Este texto se encuentra también disponible en inglés en el sitio del Groupe d’études géopolitiques.

En Jena, Hegel escribió en su diario: “La lectura del periódico es la oración matinal del hombre moderno”. Con eso se refería a una manera de tomar una posición en el mundo, no sobre la base de certezas divinas, sino sobre la base del mundo tal como es. Desde hace diez o doce años, ha sido una avalancha de eventos relatados por la prensa la que nos ha obligado a ajustar nuestros conceptos y nuestro mapa mental del mundo.

El presidente Putin redibuja sin reparo los mapas, envía envenenadores y cibersoldados rusos a Europa occidental. Erdoğan, su homólogo turco, se burla de la frontera exterior greco-europea mediante buques de guerra y chantajeando a los refugiados. El hombre fuerte de China, Xi Jinping, entra en una política de división y de conquista por medio de inversiones y de vacunas, mientras que en Estados Unidos se extiende la narrativa de una nueva Guerra Fría – no menos bajo el mandato de Joe Biden que bajo el de Trump. “La Historia está de vuelta”, declaraba desde 2014 el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk. Sin embargo, los acontecimientos que hemos presenciado desde entonces solo han acelerado el movimiento.

Frente a estas nuevas y antiguas políticas de poder, los dirigentes europeos buscan una respuesta. Desde su discurso en la Sorbona, el presidente Macron la llama “soberanía europea”, la canciller Angela Merkel pretende que “tomemos las riendas de nuestro destino”, mientras que la presidenta Ursula von der Leyen desea dirigir una “Comisión geopolítica” y el jefe de asuntos extranjeros de la Unión, Borrell, afirma que esta debe aprender el “lenguaje del poder”. Todos consideran que Europa debe convertirse en un “actor” para evitar acabar siendo el “juguete” de las superpotencias.

Más allá de la encendida retórica, el enfoque geopolítico debe ser más radical: exige una ruptura conceptual. Es necesario efectuar un cambio de ethos, de mentalidad y de visión del mundo. Para convertirse en actor geopolítico, Europa debe salir del pensamiento universalista e intemporal en el que encuentra refugio desde 1945, tanto en el plano de los valores como en el económico. Le hace falta asumir la finitud del espacio y del tiempo, volviendo a aprender el lenguaje del poder y, en definitiva, comenzar una verdadera metamorfosis –dolorosa pero liberadora–.

Poder, territorio, relato

Probemos con un primer esbozo de definición. ¿Qué debemos entender por la noción de geopolítica? ¿Por qué sería este un enfoque más radical de lo que se piensa? Me basaré en tres nociones clave: poder, territorio, relato.

La geopolítica es sobre todo una política de poder. Más que recurrir al derecho o al mercado, los actores acuden al poder para lograr sus objetivos. ¿Bajo qué formas, haciendo uso de qué medios, de qué manera se expresa el poder? Todo depende de la situación. Siendo el poder relativo, un actor aumenta el suyo cuanto más debilita a sus adversarios o socava una alianza rival.

Más allá de la encendida retórica, el enfoque geopolítico debe ser más radical: exige una ruptura conceptual.

Luuk van middelaar

Segundo concepto clave: el territorio. La geopolítica es bastante más que la política de poder, dado que incluye la geografía. Se trata de las ventajas o de las vulnerabilidades estratégicas de un país en relación con los océanos y los continentes, con los ríos, las montañas y los desiertos. El enfoque requiere una imagen de uno mismo en el espacio, la voluntad de delimitar un territorio y de tantear estratégicamente el terreno frente a los demás actores.

En tercer lugar: el relato. El prefijo “geo” enfrenta a la política del poder con el espacio delimitado, pero este tampoco se puede concebir sin conocer el sentimiento de solidaridad de los habitantes dentro de estas lindes. Tanto si se trata de un destino tenue de experiencias e intereses compartidos o de una verdadera comunidad unida en torno a valores, normas y costumbres, los actores geopolíticos son más fuertes cuando hablan en nombre de un colectivo. Por tanto, tienen interés en mantener, moldear y difundir una memoria común, una historia que conlleve un “nosotros”1.

Por supuesto, es posible jugar con el poder, el territorio y el relato en muchos registros distintos. Sin embargo, quien descuide una de las tres nociones juega en otro tablero. Todo actor geopolítico serio actúa a partir de una voluntad, muestra una conciencia del espacio y cuenta una historia que vincula el pasado, el presente y el futuro de la comunidad en cuestión. Este es nuestro punto de partida.

La pandemia está “reorganizando el mapa”

Si la pandemia sacude nuestro mapa mental del mundo, es importante, en primer lugar, darnos cuenta de que ha frustrado la visión económica de la doctrina de Bruselas, la idea de mercados abiertos, a niveles justos de competencia, donde oferta y demanda se cruzan en el mundo entero. De ahí la dificultad para que la Comisión Europea acepte, por ejemplo, que la prohibición de exportar –medida tabú en tiempos de paz– debe ser parte de nuestro abanico durante una crisis: un paso que el equipo de Von der Leyen terminó dando al respecto de las vacunas. La realidad se impone: en una pandemia, las leyes de la economía de guerra prevalecen sobre las de la economía de mercado.

En la vorágine médico-política de la primavera de 2020, cuatro ideas, tan reveladoras como desconcertantes, se imponen a los oídos sobremediatizados del público europeo.

Uno: en esta catástrofe, Europa no es ni el bote salvavidas, ni la Cruz Roja del mundo, sino una lamentable víctima. 

Dos: en la lucha contra la pandemia, el gran aliado americano, en primera línea de todas las crisis internacionales desde 1945, está ausente e incluso desarmado.

Tres: es la lejana e inaccesible China, incomprendida o subestimada por la mayoría de nosotros, quien aporta toneladas de material médico.

Cuatro: para coronarlo todo, el público europeo aprende sobre la marcha que la línea de demarcación entre ayuda de urgencia y política de poder es tan delgada que hasta un benefactor puede tener sus exigencias.

Esta serie de experiencias perturba la conciencia geográfica e histórica de Europa. La pandemia la está obligando a adoptar una mirada poscolonial a la República Popular China, una mirada post-atlántica a los Estados Unidos y a redefinir su posición e identidad continentales.

En cuanto a China, la pandemia pone en evidencia tres características fundamentales de este país como actor estratégico, tres fortalezas que es necesario comprender.

Primero, la reflexión a largo plazo. La cultura política china, que emerge de una gran civilización y de un pueblo numeroso, piensa en términos de periodos, de decenios y de siglos más que en términos de años y de cálculos en función de los ciclos electorales. Xi Jinping no pierde nunca de vista el año 2049, centenario de la Revolución roja, año para el que el país pretende ser una potencia económica, tecnológica y científica de primer orden.


Segundo, el centralismo que permite a sus dirigentes transmitir un solo mensaje a la opinión pública, tanto dentro como fuera del país. Xi es, ante todo, el secretario general del Partido Comunista Chino, que es más poderoso que el Estado.

Tercero, una visión integral. En el proceso de toma de decisiones chino, se consideran las dimensiones política, económica y de seguridad como un todo. En el plano exterior, la Nueva Ruta de la Seda, al igual que la diplomacia de las mascarillas y de las vacunas, es a la vez una gran estrategia y una iniciativa de red, una malla de pensamiento comercial y geopolítico, de operaciones tácticas y de improvisación.


En lo esencial, China “copia” la estrategia de los Estados Unidos del siglo XX, pero en el siglo XXI. La Pax Sinica. Después de todo, Estados Unidos también unía y une de manera clara y sin ambigüedad economía, seguridad, comercio, influencia cultural y geopolítica en una gran estrategia. Europa, en cambio, fragmenta sus decisiones en distintos ámbitos políticos, dentro de un enfoque sectorial repartido entre muchos actores, lo que dificulta una acción adecuada en tanto que actor geoestratégico.

Desde el momento en que China se muestra como civilización y superpotencia, ¿con qué historia, con qué imagen de sí misma y con qué poder está Europa dispuesta a oponerse a ella? ¿Tiene capacidad para oponerse?

Esta serie de experiencias perturba la conciencia geográfica e histórica de Europa. La pandemia la está obligando a adoptar una mirada poscolonial a la República Popular China, una mirada post-atlántica a los Estados Unidos y a redefinir su posición e identidad continentales.

luuk van middelaar


Estas cuestiones con respecto a China son también aplicables a la relación entre Europa y Estados Unidos, que se ha vuelto difícil de definir. La mala gestión estadounidense de la crisis del COVID19 –recordemos que el presidente Trump llegó a recomendar el uso de lejía para protegerse de la enfermedad– y la falta evidente de ayuda a los aliados han dejado su huella. Es cierto que desde principios de este año, el nuevo presidente Biden nos tiende la mano, pero la ausencia americana en tales circunstancias ha socavado la pretensión estadounidense de excepcionalismo moral y de liderazgo mundial. La sensación de soledad resultante para los europeos perturba nuestra relación con el espacio y el tiempo tanto como lo hizo nuestro descubrimiento del gigante chino.

Espacio y tiempo

Conviene clarificar lo que entendemos por las categorías de espacio y tiempo.

Empecemos por el espacio. En este ámbito, recordemos dos conceptos contrastados, expuestos por Michel de Certeau en La invención de lo cotidiano: el espacio y el lugar. Un lugar, un emplazamiento, un refugio aporta protección, estabilidad, pertenencia. Como una casa en la que la gente se siente en su hogar. Un espacio, en cambio, abre nuevas posibilidades de movimiento. Es una cuestión de dirección, de velocidad, de tiempo. Tenemos una necesidad manifiesta de ambos. Un espacio en el que volar, un nido en el que posarse. La Unión se centró inicialmente y exclusivamente en el espacio abierto: eliminación de las fronteras para mercancías, capitales, trabajadores, viajeros; creación de oportunidades; bendición para los que comercian y se mueven.


Ciertamente, desde hace una docena de años, las crisis financieras y geopolíticas han obligado a la Unión a asumir un nuevo papel: obligación de proteger de ahora en adelante  y, por tanto, de convertirse en un lugar. En este asunto, el referéndum británico ha tenido un papel importante. Imposible descartar el golpe de la victoria del Leave como una simple idiosincrasia inglesa, este resultado traduce de hecho esperanzas y decepciones próximas a las de las opiniones públicas del continente. El mensaje: Europa funciona para los nómadas –jóvenes diplomados, el mundo de los negocios–, pero no tanto, y con frecuencia, para los sedentarios, aquellos que se mudan poco, que están vinculados a su territorio y que dependen del Estado del bienestar2. Dicho de otra manera, a través del referéndum británico, la Europa de “oportunidad y espacio continental” perdió contra la Europa de “amenaza del lugar nacional”.

Para la Unión, este tránsito del espacio, únicamente, a la articulación de espacio y lugar –de la liberalización de la protección– afecta a muchas áreas de políticas públicas. Pero en lo que respecta a la dimensión internacional, convendría decir que la geopolítica solo comienza ahí, en ese cambio de una autoimagen universal (o global) a una ubicación geográfica específica.


Esta distinción lugar/espacio de Michel de Certeau corresponde a las nociones Ort/Raum de Heidegger, quien retoma la distinción de Aristóteles entre topos y choros. El topos es el lugar concreto, que tiene sentido, mientras que el choros es un lugar más abstracto, pero no vacío. Para Homero, el choros es un lugar “libre de muertos”, por tanto, podríamos decir, donde hay una ausencia de pasado, de historia. Retomamos la misma diferenciación que entre espacio abstracto (choros) y lugar concreto (topos). En este sentido, la geopolítica exige un “giro topológico”.

¡Es lo mismo para la dimensión temporal! ¡Necesitamos pasar del tiempo abstracto al tiempo concreto! Aquí también, dos conceptos griegos nos ayudarán. Por un lado, el tiempo como chronos: el tiempo abstracto, el tiempo del reloj, el de las palabras «crónica», «cronometría» o «cronología». Por otro lado, el tiempo como kairos: el momento adecuado, que tiene sentido. Aristóteles considera chronos como el tiempo del orden serial; kairos como el tiempo de la ocasión oportuna. Otras nociones merecen ser confrontadas con el tiempo abstracto de chronos, por ejemplo, aïon, o época, etapa, era.

Armados con estos conceptos temporales, fijemos los ojos en nuestro protagonista: podemos decir que, así como la Europa de la posguerra se posicionó fuera de la Geografía hasta que el mundo exterior se presentó en la Frontera, el continente se ha posicionado fuera del Tiempo hasta que los Acontecimientos se aceleran. Por eso, además de tener que dar un “giro topológico” – del espacio universal abstracto al espacio situado concreto – la Unión también debe dar un “giro histórico”: del tiempo abstracto al tiempo concreto y portador de sentido.

¡Necesitamos pasar del tiempo abstracto al tiempo concreto!

luuk van middelaar

Siguiendo el vínculo etimológico que establece Hannah Arendt entre “inter-esse” (ser entre cosas) e “interés”3, podríamos decir que nuestra capacidad para definir nuestros intereses (el punto de partida de cualquier enfoque geopolítico) no comienza hasta el momento en que determinamos entre lo que estamos. Esto, por supuesto, en ambas dimensiones: entre qué lugares, dentro de qué fronteras, por un lado; entre qué pasado y qué futuro, por otro. En otras palabras: mientras Europa negaba, incluso rechazaba su inclusión en el tiempo y el espacio, le fue imposible defenderse, conocerse o incluso vivir como cuerpo político. Todo permanece abstracto, vacío, distante. Aquí ponemos el dedo en una cuestión fundamental, puesta de relieve por todos aquellos que vieron en la Comunidad de hace mucho tiempo (e incluso en la Unión de hoy) una entidad fantasma, apátrida y sin raíces.

Hay que decir que los estudios europeos apenas le han ayudado a echar raíces: todo lo contrario. La investigación universitaria es parte de una lógica atemporal, como sugieren los dos términos clave que designan el movimiento general: “construcción europea” hace pensar en un proyecto fuera de la Historia donde queda todo por hacer, cada uno debe contribuir, mientras que “la integración europea” evoca un proceso cuasiquímico, que termina en una fusión total.

Cuando uno se propone amarrar colectivamente este todo flotante al espacio y al tiempo concretos, se encuentra, por así decirlo, con un vacío estratégico: tópicos, benevolencia, universalismo. Ahí radica toda la dificultad invisible de nuestra relación con Estados Unidos: no depende solo de valores democráticos más o menos compartidos, sino también de intereses geoestratégicos y económicos cada vez más divergentes. La incapacidadde definirlos, o incluso de hablar de ellos, implica quedar a merced del más fuerte. Esta situación es tanto más embarazosa cuanto que, a ambos lados del Atlántico, ya no compartimos el mismo topos, ni la misma era.

La pos Pax Americana

En Quand l’Europe improvise, describo la experiencia de la vulnerabilidad política como un “momento maquiavélico”, término que tomo prestado de J.G.A. Pocock. En su libro homónimo, este historiador sitúa el surgimiento del pensamiento político moderno –en Maquiavelo y algunos contemporáneos– en el reconocimiento de la finitud de la polis, que era a la vez emancipación política y liberación teológica de una escatología.

Ciertamente, para la Unión Europea, este momento se está cristalizando tras una década de peligros, desde la tormenta del euro hasta el Brexit y la crisis migratoria. En cada ocasión, se tomaron medidas para alejar el peligro inmediato. Una lenta metamorfosis, el paulatino advenimiento de una potencia en común; sin embargo, las palabras no llegarían hasta después de la elección de Trump. La frase de Merkel de 2017, “tomar nuestro destino en nuestras manos”, es una declaración maquiavélica pura en el sentido de Pocock.

No es necesario reiterar lo mucho que los cuatro años de la presidencia de Trump han reforzado esta constatación. Lo que importa ahora es el resultado. En términos de lógica narrativa, Donald Trump ha roto el “encanto narrativo” de la Alianza Transatlántica que duró 70 años. Si el patrón no ha cambiado, es difícil volver a creer, como se ha hecho en el pasado, que lo que Estados Unidos quiere o hace es necesariamente bueno para nosotros.

Así como estamos viviendo en la post-Pax Americana, también lo estamos haciendo en el post-Fin de la Historia. Esto no es una primicia, por supuesto, pero aquí también somos lentos para actuar en consecuencia. La China de Xi Jinping está alterando la narrativa de Fukuyama, la que se venía gestando desde 1945, la que nos veníamos contando desde 1989 y a la que nos seguíamos aferrando a pesar de la nueva autoconfianza de Pekín.

En Estados Unidos, el punto de inflexión en esta toma de conciencia se produjo en torno a 2016-2017, cuando Xi desplegó sus ambiciones tecnológicas y geopolíticas (y, desde entonces, climáticas) sin tapujos. Para Washington, esto es un destronamiento, una amenaza a la primacía del país en la política mundial. En Europa también estamos preocupados, pero nos falta la dimensión político-psicológica. ¿No fuimos destronados en 1918?Desde el punto de vista europeo, nos corresponde rebautizar este nuevo periodo histórico. No nos encontramos frente a un retroceso de la lucha entre democracia y autocracia, como dijo Joe Biden en Múnich. No. Más bien, estamos entrando en “The Age of Encounter” –una frase que tomo prestada del importante libro de Hans Kribbe, The Strongmen–, la era de los encuentros con otras grandes potencias, otras civilizaciones, que exige pensar en el pluralismo.

Decisiones trágicas que hay que asumir

En los últimos años, se asiste a un despertar geopolítico de Europa, sin duda a su pesar. Los duros encuentros con otros actores le han obligado a hacerlo. Mientras que durante tres cuartos de siglo, Europa, se protegió, por negación de la política, de la Historia, que creíamos que había llegado a su fin, interpretamos ahora este periodo como un intervalo, un interludio pacífico.

En definitiva, una aspiración geopolítica de este tipo requiere una capacidad estratégica para establecer prioridades, sustentada en una voluntad de manifestarse y actuar como Europa, no sin reclamar un espacio determinado. En ciertos momentos, durante la crisis migratoria de 2015-2016, por ejemplo, la Unión ha mostrado esta capacidad estratégica global. Sin embargo, siempre lo ha hecho en una situación de crisis aguda, cuando estaba en juego su supervivencia. En una situación de emergencia, improvisar no es en absoluto deshonroso; pero, como sabemos, gobernar es prever. Desde este punto de vista, la improvisación es el grado cero de gobierno. Sin duda es preferible a la inacción, pero solo representa el primer paso en el camino de una acción geopolítica seria.

Por muchas innovaciones y ajustes institucionales que puedan imaginarse, siempre se trata, en última instancia, de darse la capacidad de emitir un juicio político autorizado. Insisto en esta expresión. Europa se enfrenta a opciones trágicas; la seguridad y la prosperidad ya no pueden darse por sentadas. La finitud espacial y temporal significa que no todo puede lograrse siempre al mismo tiempo. El paso del choros al topos (en el espacio) y del chronos al kairós (en el tiempo) requiere lo que Aristóteles llama phronesis, sabiduría y capacidad de juicio. Esta categoría de pensamiento y acción se distingue de la technè, la “acción efectiva” del saber hacer, término que se encuentra en tecnología y tecnocracia. Si bien el aparato decisorio de Bruselas fue concebido para organizar un consenso técnico y normativo, ahora debe asumir los dilemas de nuestro tiempo, pasando del saber hacer a la phronesis.

Para el público, las trágicas opciones políticas del presente solo son aceptables –una condición sine qua non de nuestras democracias– si forman parte de un relato creíble del porqué: un relato que sitúe las luchas y opciones actuales en un marco temporal más amplio, en el marco de los valores subyacentes.

O dicho de otro modo: una Europa más geopolítica requiere, por supuesto, una serie de medidas prácticas, inversiones, energía diplomática. Sin embargo, para escapar del estrangulamiento estratégico de Estados Unidos –por el dólar y nuestra proximidad a Rusia, entre otras cosas– necesitaremos una emancipación narrativa paralela.

Relato y poder

Durante una visita de Estado a Atenas en noviembre de 2019, Xi Jinping apoyó sin reservas a sus anfitriones griegos para que los británicos les devolvieran el friso del Partenón. En 1801, Lord Elgin se apropió de la obra de mármol de la Acrópolis, que ahora se encuentra en el Museo Británico. La agitación de esta disputa le valió a Xi la simpatía de Grecia, cabecera de puente de la Ruta de la Seda. Del mismo, permite que China se haga pasar por el vengador de los crímenes coloniales de Occidente, un discurso que se está imponiendo en África, Asia y Sudamérica. En el diario I Kathimerini, Xi señaló las similitudes entre ambos países como “civilizaciones antiguas”, bajo el lema: “Ustedes tienen a Sócrates, nosotros a Confucio.”


Los demás actores le tienden un espejo a una Europa que encuentra dificultades para definir su papel en el mundo: son ellos los que nos ofrecen un relato al invitarnos a entrar en él. En Washington, la narrativa de una nueva Guerra Fría se desarrolla tanto bajo Joe Biden como bajo Donald Trump. En comparación, el enfoque de Pekín hacia Europa ofrece un marcado contraste: mientras que Xi Jinping sigue refiriéndose a la relación con Estados Unidos como una relación entre grandes potencias, destaca, en nuestro caso, el vínculo entre “grandes civilizaciones” (con un lugar especial para Grecia). Tercera gran potencia –Rusia–, tercera imagen que remite a Europa: en una cumbre con los líderes de la Unión, poco antes del deterioro de las relaciones por Ucrania, Vladimir Putin destacó una “herencia cristiana” común4. Otros indicios demuestran que el Kremlin se considera, una vez más, “la tercera Roma”, heredera de los papas romanos y los emperadores bizantinos.

Sin importar que se trate de la democracia, la civilización o el patrimonio religioso, los actores y observadores de fuera de nuestro continente consideran que el conjunto europeo tiene su propia identidad histórica y cultural, terreno fértil para un relato. Sin embargo, lo que todavía falta es la voluntad, o la capacidad, de nuestros países para darle una forma política.

Sin importar que se trate de la democracia, la civilización o el patrimonio religioso, los actores y observadores de fuera de nuestro continente consideran que el conjunto europeo tiene su propia identidad histórica y cultural, terreno fértil para un relato. Sin embargo, lo que todavía falta es la voluntad, o la capacidad, de nuestros países para darle una forma política.

luuk van middelaar

Relato y poder están inextricablemente unidos. Al fin y al cabo, los relatos no giran únicamente alrededor de la verdad o falsedad: tienen un poder creativo y performativo propio. Pueden convertirse en realidad.

Es conveniente elegir bien a su protagonista. Para ello, a diferencia de la civilización europea, la joven Unión Europea no está en condiciones de cargar con nuestra trama. Al principio de este análisis, argumenté que la doctrina bruselense había olvidado, e incluso declarado tabú, los tres conceptos geopolíticos básicos: poder, territorio y relato. Seamos claros sobre el relato. No se trata de decir que no se ha desarrollado ninguno, sino que el que se ha retenido se ha interesado únicamente por la integración europea en sí misma, por sus grandes hombres (Monnet, Schuman, Spaak), por sus contratiempos y avances (la crisis de la silla vacía, el Acta Única), por su progresión de tratado en tratado, de ampliación en ampliación. El viejo pasado ha tomado la apariencia de un espantapájaros, incluso con algunos precursores (desde Carlomagno hasta Erasmo o Víctor Hugo)5. Tal es así que en los folletos y el material educativo de Bruselas se lee que Europa “nació” el 9 de mayo de 1950, un comprensible deseo de ruptura histórica tras las guerras mundiales que ha llevado a borrar el pasado. Mirando hacia el futuro, purificada de sus pecados, Europa se ha convertido en un “proyecto” y una expectativa. Al mismo tiempo, se le ha otorgado la función de portavoz a juristas, economistas, técnicos e ideólogos. ¡Qué pérdida de imaginación!

Una vez identificado el protagonista, el relato requiere también determinar su lugar en el espacio y el tiempo. 

Si Estados Unidos se convierte en una potencia pacífica, el destino de Europa será el de una potencia euroasiática. En lugar de la parte oriental del orden atlántico, Europa cubrirá en el futuro los bordes occidentales de Eurasia, la mayor superficie terrestre de nuestro planeta, en cuya extremidad se encuentra el gigante económico China. 

Tendremos entonces que reorientarnos, en el sentido más literal de la palabra, hacia el Este de nuevo. ¡Un gran cambio! Por supuesto, en el mapa abstracto (del choros), nada o casi nada ha cambiado6, pero ¡mirad qué diferente es nuestro topos, qué nuevo es nuestro lugar en la tierra! Sin embargo, apenas empezamos a pensar en ello. Una gran tarea para los próximos años.

Lo mismo ocurre con el relato de nuestro lugar en el tiempo. También hay que ajustarlo. La imagen temporal que la Unión tiene de sí misma posee una serie de puntos débiles, entre los que se destaca la ilusoria apuesta por el futuro que ya se ha mencionado: la Unión no es la puerta del Fin de la Historia; el resto del mundo no avanza hacia el orden multilateral.

Los análisis del Retorno de la Historia parecen a veces lamentos consternados. Sin embargo, la geopolítica comienza a partir del momento en que un cuerpo político siente, decide: se trata de un Retorno a la Historia. Entramos en ella, perseguimos nuestros objetivos (poder), delimitamos nuestro espacio (territorio) y hacemos resonar lo que nos convierte en comunidad (relato).

Descuidar esto, abstenerse de actuar, es arriesgarse a un momento kairós de humillación. Tal y como sucedió en China en 1860 cuando el Palacio de Verano fue saqueado. Tal y como sucedió con todos nuestros países, que lo han experimentado por lo menos una vez en el pasado, todos ejemplos que nos gustaría evitar revivir. Lo que es nuevo, y que el público comienza a percibirlo cada vez más, es que los grandes acontecimientos empiezan a afectarnos, de manera muy real, como europeos, incluso como entidad europea. Mientras que, gracias a la integración europea, llevamos tres generaciones compartiendo el tiempo del reloj técnico, el del cronos, el reloj histórico, el de nuestro kairós, es el que resuena cada vez más fuerte.

Conclusión

Acabamos de ver por qué la geopolítica, muy a menudo reducida a los conceptos fundamentales de poder y territorio, está ciega y carente de un timón sin el tercer término, el “relato”. Gracias al relato –esa forma ancestral y magistral que permite enlazar pasado, presente y futuro– vivimos en un tiempo que tiene sentido.

En geopolítica, el discurso más sofisticado adopta la forma de “gran estrategia”, que articula los fines y los medios de un Estado. Parafraseando una famosa frase de Marx, se podría decir que la gran estrategia permite una mejor interpretación del mundo al tiempo que es una herramienta para transformarlo7. Esto no es solo una tarea para los académicos o los grupos de reflexión; también –y sobre todo– debe hacerse y plasmarse al más alto nivel político.

El lenguaje de la política y el poder es muy natural para un país como Francia, pero este pensamiento puede ser igual de extraño para otros públicos y sistemas de gobierno. Por lo tanto, hay que traducirlo tanto literal como figuradamente; afortunadamente, este obstáculo puede superarse en nuestra Europa, ¡un continente de escritores y traductores! Sin las palabras y su traducción, es imposible construir la esfera pública en la que se pueda contar una historia. Para transmitirlo, para escucharlo. Únicamente a través del espacio público, nos dice Hannah Arendt, podemos integrar estas pequeñas historias, que nos contamos unos a otros, en un relato mayor, el de la Historia; de lo contrario, se perderán en el tiempo.

Mientras que la historia clásica estadounidense es básicamente un “juego de moralidad” –right contra might–, la rusa es una crónica cínica –might contra might–, la china es una armonía bien ordenada y la europea nos inculca un sentido trágico de lo que suele ser la política: right contra right, la paz contra la equidad, la igualdad contra la libertad, la seguridad contra la democracia. Nosotros, europeos, no jugamos para ganar, sino para perder lo menos posible. Lo que ya es mucho.

Veinticinco siglos separan la construcción del Partenón en Atenas y la adopción de la Ley de las Doce Tablas en la República Romana de nuestra época abierta. Para nosotros, franceses, holandeses, alemanes, italianos y el resto de europeos, este es el material a partir del cual forjar un imaginario y reivindicar un relato que nos permita avanzar con confianza, en nuestra parte de Eurasia, entre nuestros amigos, nuestros vecinos y nuestros rivales, en el gran teatro de la Historia.

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Notas al pie
  1. Cf. El ensayo publicado por Vladimir Putin en 2020 sobre los orígenes de la Segunda Guerra Mundial.
  2. Según las palabras del presidente del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, Koen Lenaerts. Véase también: Luuk van Middelaar, Le Passage à l’Europe : Histoire d’un commencement, Gallimard 2012, capítulo 8.
  3. Hannah Arendt, The Human Condition, Chicago University Press 2008 [1958], p. 182.
  4. Herman Van Rompuy, L’Europe dans la tempête : leçons et défis, Racine, Bruxelles, 2014, p. 125-126.
  5. Cf. Mark Gilbert, « Narrating the Process : Questioning the Progressive Story of European Integration », Journal of Common Market Studies, 2008, n° 3, p. 641–662.
  6. Este giro continental se ha acentuado con la salida de los británicos (2020), en el pasado garantes del vínculo de Europa con el Atlántico, con Londres como puerta de entrada a Washington y Nueva York.
  7. Karl Marx, Les Thèses sur Feuerbach. Analogia tomada de Sébastien Lumet, Elie Pérot et Clémence Pèlegrin: https://legrandcontinent.eu/fr/2020/09/18/une-union-toujours-plus-geopolitique/