La última década de nuestro siglo comenzó con la victoria de España en el Mundial de Sudáfrica. Dejando a un lado la distinción —compleja, pero importante— entre el «juego de posición» que había marcado los años de Pep Guardiola al frente del Barcelona y el más fundamental «juego de posesión» de la selección española, entrenada entonces por Del Bosque, el triunfo de España en 2010 había confirmado la consolidación de un estilo de juego del que Guardiola era la punta de lanza.
La posición: hegemonía táctica de la década de los diez
En 2014, fue Alemania la que alzó la Copa del Mundo en suelo brasileño. Al igual que cuatro años antes, la mayor competencia mundial para selecciones nacionales se convirtió en el escaparate privilegiado de un movimiento futbolístico de éxito fulgurante, que influyó y seguiría influyendo en todo el desarrollo táctico de los años venideros. Si bien el juego de posición se había impuesto en España, el futbol alemán había encontrado una vía más «vertical», en la que la recuperación del balón mediante el «Gegenpressing» —la presión ejercida inmediatamente tras la pérdida de posesión— se había convertido en una dimensión tan importante que Jürgen Klopp, el representante más destacado de la «escuela alemana», afirmaba que una acción defensiva como el Gegenpressing era, en realidad, la mejor manera de «llevar a cabo un juego ofensivo». Inventó una nueva forma de jugar futbol basada en la creación de espacios disponibles para relanzar el ataque en el momento de la recuperación del balón.
Esta dialéctica entre el juego de posición y la escuela alemana ha marcado tácticamente el futbol de nuestra década de los diez.
En este sentido, el fichaje de Pep Guardiola por el Bayern Munich en 2013 no hizo más que acelerar el proceso de fusión entre estos dos estilos de juego, lo que aportó verticalidad al futbol del técnico catalán y el repertorio táctico propio del juego de posición a la fase de posesión del balón concebida por Jürgen Klopp. La temporada pasada, Pep Lijnders, colaborador de toda la vida de Klopp, encarnó de forma concreta esta hibridación como asistente de Pep Guardiola en el Manchester City.
Al influirse mutuamente en distintos grados, estos dos estilos constituyeron la táctica futbolística dominante de la década de 2010.
Pero en el eterno vaivén de iniciativas y contrainiciativas que caracterizan el desarrollo del juego, en la alternancia entre nuevas soluciones ofensivas y las adaptaciones defensivas que de ellas se derivan, recurrir a una presión agresiva centrada en el marcaje individual no era suficiente. Poco a poco, las ventajas de un enfoque de la fase ofensiva exclusivamente posicional han mostrado ciertas limitaciones. El juego de posición se basa, en efecto, en crear y aprovechar ventajas posicionales. Es gracias al uso estratégico de determinadas posiciones dentro de la estructura defensiva rival como se puede crear espacio y, con ello, oportunidades para un ataque constructivo. En este tipo de futbol, se tiende a dominar el espacio mediante el correcto posicionamiento de los jugadores respecto al dispositivo defensivo rival para crear superioridad en zonas cada vez más adelantadas del terreno de juego. Sin embargo, desde el punto de vista mecánico, al marcar a todos los rivales, la estructura defensiva del rival desaparece; el enfrentamiento pasa del control del espacio al control del tiempo y, en este caso, las ventajas del juego de posición se reducen.
De forma casi darwiniana, el futbol ha vuelto a reaccionar. Y, una vez más, el escaparate privilegiado de esta evolución es la Copa del Mundo.
La relación: la revancha de América Latina
Hace cuatro años, en Qatar, fue la selección argentina, dirigida por Lionel Scaloni, la que alzó la Copa del Mundo.
Este equipo se inspiraba en la «Nuestra», un estilo de futbol teorizado por César Luis Menotti en la década de 1970, basado en la inspiración y la técnica de los jugadores. Ya no se trataba de un juego centrado en la «posición» en espacios determinados, sino más bien en la «relación» técnica y emocional entre los distintos jugadores. En esta táctica, el balón y su entorno inmediato ocupan el centro del mapa mental que configura la disposición de los jugadores en el campo.
En Brasil, el Fluminense FC de Fernando Diniz ha sido la punta de lanza de este movimiento. Rechazando con actitud filosófica los modelos de juego europeos, considerados desde la perspectiva del «colonialismo futbolístico», ha teorizado y desarrollado sobre el terreno un modelo de juego en el que la combinación espontánea entre los jugadores prima sobre el control racional (y posicional) del espacio.
En Europa, esta táctica se denomina «futbol relacional» para subrayar la importancia de la relación entre los jugadores en la construcción del juego. En Sudamérica, el cambio de paradigma teorizado por Diniz ha sido radical. Si el futbol posicional consiste en una ocupación racional de los espacios y, por consiguiente, la acción técnica se deriva de una estrategia que la hace funcional, para los partidarios del futbol relacional sudamericano, es precisamente del conjunto de acciones técnicas y de la asociación espontánea de los jugadores de donde puede surgir la teoría general sobre el terreno de juego.
En Europa, la ruptura con el futbol de posición siguió caminos menos ideológicos, más pragmáticos, pero no por ello menos reales. Surgió como respuesta a la difusión de los sistemas defensivos basados en el marcaje individual en fase de presión y en los bloques bajos en fase de defensa estática.
Estas dos estrategias defensivas han ido complicando cada vez más, en el futbol posicional, la búsqueda de espacios útiles para generar las ventajas deseadas. En esta nueva configuración, muchas herramientas del futbol relacional vuelven a ser útiles: la fluidez de las posiciones, que hace que los defensas encargados del marcaje individual se desplacen de forma reactiva; la búsqueda de combinaciones técnicas (triángulos, «uno-dos») incluso en situaciones de inferioridad numérica y posicional, las asimetrías, las sobrecargas en zonas delimitadas del terreno de juego o incluso la mayor atención prestada al entorno inmediato del balón en lugar de a la estructura general del equipo.
La trayectoria táctica de Luis Enrique, ganador de las dos últimas ediciones de la Liga de Campeones con el París Saint-Germain, es emblemática de la evolución del juego en los últimos años.
Enrique comenzó como un purista de la táctica posicional. En la última edición del Mundial, la selección española que entrenaba interpretó de forma ortodoxa el juego de posición y fue eliminada en octavos de final por la selección marroquí de Walid Regragui, precisamente debido a la rigidez de su enfoque táctico, fácilmente previsible y, por lo tanto, neutralizable por la defensa rival. No fue hasta unos años más tarde cuando infundió al PSG un estilo cuya fluidez de movimientos e imprevisibilidad de posiciones lo convierten en un rival difícil de digerir para cualquier adversario y, en la práctica, muy difícil de leer y de vencer.
Definir el marco táctico del Mundial de 2026
Más allá de los modelos generales, que definen los extremos del espectro táctico del juego (la posición, por un lado, y la relación, por otro), el desarrollo del futbol, impulsado por la relación dialéctica continua entre acciones y reacciones, siempre encuentra nuevas síntesis fruto de la influencia recíproca entre las ideas más dispares.
Aunque las tácticas de las selecciones nacionales no están tan desarrolladas como las de los clubes debido al poco tiempo que se dedica a la preparación del torneo, el Mundial, como demuestran los éxitos de España, Alemania y Argentina en ediciones anteriores, suele ser un escenario en el que se puede observar la evolución del juego.
¿Qué podemos esperar, pues, de esta edición de 2026 desde el punto de vista táctico?
Argentina siempre jugará con la «Nuestra»
La actual campeona del mundo vuelve este año con Scaloni aún al mando y ocho o nueve titulares procedentes directamente de la plantilla de 2022. Por lo tanto, es fácil situar a este equipo, que sigue liderado por Leo Messi, entre los que practicarán un futbol relacional.
La «Nuestra», el estilo de juego que Menotti definió como característico del futbol argentino en contraposición a la brutalidad del estilo británico, aplicado a la selección albiceleste de 2026, dará lugar a un equipo «camaleónico», capaz de adaptarse al rival, de encontrar diferentes soluciones a los problemas que tenga que resolver y llena de rotaciones y movilidad, guiada por la sensibilidad técnica y táctica de sus jugadores.
Con Ancelotti, Brasil se la juega
También en Sudamérica encontramos otro gran equipo que se sitúa en el extremo del espectro táctico marcado por la importancia de las relaciones: Brasil ha identificado históricamente su estilo futbolístico con su identidad nacional, en contraposición al colonialismo europeo. Siempre ha sido un futbol de belleza, creatividad y astucia, en contraposición a la eficacia y la organización asociadas al futbol europeo. Por eso, los intentos infructuosos de devolver a la Seleção a la cima mundial —Brasil no ha vuelto a ganar la Copa del Mundo desde 2002 —, alejándose cada vez más del «joga bonito» para adoptar el futbol posicional al estilo europeo, han sido percibidos por gran parte de la crítica brasileña como una traición a la esencia más pura del «futebol arte».
Tras el fracaso de Tite en 2022, fue Fernando Diniz, el más ferviente defensor del abandono de los modelos de juego europeos, quien se hizo cargo de la selección brasileña, sin llegar, sin embargo, a cosechar éxitos con la selección nacional. Tras largas negociaciones, Brasil ha conseguido finalmente fichar para este Mundial a Carlo Ancelotti, leyenda del futbol y el entrenador europeo más laureado.
Confiar en un entrenador europeo con la esperanza de volver a ganar un Mundial jugando «al estilo brasileño» es una apuesta contraintuitiva y audaz. Ancelotti tendrá que encontrar un equilibrio entre la necesidad de aportar una organización fiable en la fase defensiva —probablemente basándose en un 4-4-2 de estatura media— y la de dejar cierta libertad a sus jugadores ofensivos. Vinicius Jr. y Raphinha, las dos estrellas del ataque brasileño, podrán así dar lo mejor de sí mismos en la transición ofensiva en espacios reducidos. No es descabellado imaginar una selección brasileña que no esté obsesionada con el control del balón y que tenga la libertad de abrirse en el campo partiendo de un bloque central.
España adapta su «juego de posición»
En el otro extremo del espectro, muchos equipos pueden clasificarse, con razón, entre aquellos que basan todo su futbol en el juego de posición, lo que pone de manifiesto la considerable influencia que el enfoque posicional sigue ejerciendo en la actualidad. Aunque estas influencias han aportado una gran fluidez al juego de posición, el cuidado que se pone en la ocupación de los espacios sigue siendo, para muchos equipos, la piedra angular de su identidad táctica.
Tras el fracaso de Luis Enrique en el Mundial de 2022, España ha emprendido así un nuevo comienzo con un entrenador que ha desarrollado toda su carrera en la península, Luis de la Fuente, defensor de una versión menos rígida del juego de posición, en la que las rotaciones del triángulo del centro del campo adaptan constantemente la estructura de este sector a las exigencias tácticas del partido, mientras que la velocidad y la técnica de extremos como Lamine Yamal y Nico Williams aportan imprevisibilidad al juego. La calidad del juego y la victoria de España en la Eurocopa 2024 han demostrado que el futbol de posición aún poseía, en la aplicación de sus principios fundacionales, los anticuerpos necesarios para contrarrestar la previsibilidad inherente a las versiones demasiado rígidas de este enfoque. Nada menos que siete de los jugadores convocados por España militan en el FC Barcelona, el equipo que históricamente encarna el futbol posicional. El Barça está dirigido desde hace dos años por Hans-Dieter Flick, un entrenador alemán partidario de un futbol agresivo y vertical que, al igual que Guardiola, es también un ejemplo perfecto del grado de influencia recíproca entre el futbol de inspiración española y el de inspiración alemana.
Tuchel y Nagelsmann: un futbol posicional radical
Inglaterra y Alemania también son ejemplo de la influencia recíproca de estos dos estilos de juego.
Thomas Tuchel, entrenador de Inglaterra desde octubre de 2024, se formó bajo la tutela de Ralf Rangnick, el entrenador alemán, teórico del «Gegenpressing» y director técnico del imperio futbolístico Red Bull, una especie de vanguardia experimental del futbol vertical y centrado en la presión al estilo alemán. Tuchel sustituyó a Jürgen Klopp, primero en Maguncia y después en el Borussia Dortmund.
A lo largo de su carrera, se ha ido acercando cada vez más a los principios del juego de posición y su selección de Inglaterra parece ser la que aplicará en 2026 la versión más estricta de esta táctica, sobre todo con el fin de preservar al máximo la estructura espacial para evitar las transiciones ofensivas del rival. El control que Tuchel exige sobre el comportamiento de su equipo es tan estricto que ha sacrificado, en aras de la coherencia con estos principios tácticos, el talento individual de Phil Foden y Cole Palmer, excluidos de la selección para el Mundial.
Julian Nagelsmann, entrenador de Alemania, comenzó muy joven como asistente de Tuchel y, tras debutar a los 28 años al frente del Hoffenheim en la Bundesliga, pasó por el RB Leipzig —otro equipo del universo Red Bull— y el Bayern Munich para, finalmente, hacerse cargo de la selección alemana este año.
La Mannschaft quiere practicar un futbol de posición de carácter especialmente ofensivo: en fase de posesión, el equipo suele alinearse en un 3-2-5, o incluso en un 3-1-6, con el objetivo de ocupar los semiespacios gracias al talento de Wirtz y Musiala. La vocación ofensiva de los alemanes se basa en presionar y un contrapresionar de forma muy agresiva que, en caso de fracasar, expone al equipo a las transiciones ofensivas del rival.
¿Será esta la consagración de CR7 para Portugal?
La selección de Portugal de Roberto Martínez también forma parte del grupo de equipos que adoptan con convicción los principios del juego de posición. Los portugueses pueden alinear el que quizá sea el centro del campo más potente del Mundial, con Vitinha, João Neves, Bernardo Silva y Bruno Fernandes, y ocupan los espacios con gran fluidez y cambios de posición. La técnica, el dinamismo y la inteligencia del centro del campo portugués son capaces de desestabilizar la estructura defensiva de cualquier rival, y la conciencia táctica global de este equipo, compuesto por jugadores formados en sus respectivos clubes por Pep Guardiola y Luis Enrique, es extremadamente elevada. ¿Quién sabe si el último baile de Cristiano Ronaldo no podría convertirse en la mayor satisfacción de su carrera?
50 matices del Gegenpressing
El 4-3-3 dinámico y rápido de la Noruega de Haaland, el más ortodoxo de los Países Bajos y el 3-4-2-1 de Japón también se sitúan en el extremo posicional del espectro. Pero, junto a ellos, también hay numerosas interpretaciones híbridas y zonas tácticas específicas que encierran en sí mismas ciertas particularidades. Es en esta zona donde se sitúan los equipos que adoptan un estilo totalmente acorde con la escuela alemana de presión e intensidad.
La selección de Austria está dirigida por Ralf Rangnick, uno de los principales defensores del Gegenpressing. Su estilo de juego se caracteriza por las transiciones rápidas y la recuperación temprana del balón. Al frente de Canadá se encuentra el estadounidense Jesse Marsch, que ha pasado prácticamente toda su carrera dentro del ecosistema Red Bull, entrenando a los New York Red Bulls, al Salzburgo y al RB Leipzig. Fiel a la filosofía futbolística original de su entrenador, Canadá es un equipo vertical, al que le gusta jugar en transición y que presiona y contraataca con intensidad en las zonas adelantadas del campo.
El «bielsismo» o la tercera vía sudamericana
Otra faceta concreta del espectro táctico del Mundial cuenta también con la presencia, al igual que la de Rangnick al frente de Austria, de su propio precursor teórico entre los entrenadores del Mundial: Marcelo Bielsa. Este es considerado el inventor de la «tercera vía» sudamericana, una alternativa tanto a los «menottistas» —partidarios de un futbol ofensivo e imaginativo, pero libre de cualquier esquema— como a los «bilardistas», esencialmente defensivos.
Bielsa siempre ha defendido un futbol ofensivo, pero extremadamente organizado y impregnado de conceptos extraídos del futbol total holandés —que es, de hecho, el verdadero origen de casi todo el juego moderno tal y como lo conocemos—. La figura del entrenador argentino se ha convertido en un auténtico fenómeno de culto, hasta el punto de que sus seguidores han adoptado el apodo de «bielsistas» y su forma de actuar como entrenador ha dado lugar a toda una bibliografía y una leyenda compuestas por una infinidad de anécdotas sobre sus manías, sus frases y sus sistemas de entrenamiento.
Incluso Pep Guardiola ha mencionado en varias ocasiones al técnico argentino como una de sus fuentes de inspiración. Recordamos, en particular, una conversación sobre futbol que, según se dice, duró 11 horas entre ambos, cuando el joven Guardiola, a punto de convertirse en entrenador del equipo B del Barcelona, fue a visitar al maestro a su casa de campo cerca de Rosario.
Marcelo Bielsa es el técnico de Uruguay y, al igual que todos los equipos que ha dirigido, a la Celeste le gusta presionar con gran intensidad, tomando al jugador como referencia, al tiempo que siempre intenta mantener la superioridad numérica en la zona defensiva y atacar de forma vertical utilizando combinaciones de juego preestablecidas.
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Entre los «bielsistas» del Mundial se encuentra el técnico estadounidense Mauricio Pochettino, antiguo jugador de Bielsa en el Newell’s Old Boys de Rosario. Estados Unidos practica una presión alta, una especie de híbrido entre el marcaje individual y el marcaje de zona, y ataca de forma rápida y vertical con un trío ofensivo formado por Balogun, Pulisic (Milán) y McKennie (Juventus) por detrás del delantero centro.
Otro discípulo de Bielsa es Sebastián Beccacece, seleccionador de Ecuador, asistente desde hace mucho tiempo de Jorge Sampaoli —uno de los discípulos más fieles de Bielsa— y natural de Rosario, al igual que el seleccionador de Uruguay. La defensa de Ecuador, con Ordóñez del Brujas, Pacho del PSG y Hincapié del Arsenal, es, sin duda, una de las más sólidas de este Mundial. Los cinco goles encajados en los 18 partidos de la fase de clasificación sudamericana demuestran que la calidad individual de los defensas ecuatorianos y la organización agresiva en fase de no posesión implantada por Beccacece constituyen una base muy sólida para el talento de los jugadores más adelantados de la selección sudamericana.
El reto de la defensa
Por su parte, los mejores equipos africanos apuestan mucho por su solidez defensiva.
Costa de Marfil no metió ni un solo gol en los 10 partidos de clasificación para el Mundial y practica un futbol prudente que busca aprovechar la velocidad por las bandas de su 4-3-3 y de sus temibles extremos ofensivos Amad Diallo, Yan Diomandé, Adingra y Bouzamana Touré.
Senegal, ganador sobre el terreno de juego de la última edición de la Copa Africana de Naciones —que se adjudicó dos meses más tarde a puerta cerrada a Marruecos—, hace de su solidez defensiva la base que le permite dar rienda suelta a su talento ofensivo (Sadio Mané, Ndiaye, del Everton, Ismaila Sarr, del Crystal Palace, e Ibrahim Mbaye, del PSG) a disposición del técnico Pape Thiaw.
Marruecos viene de lograr un histórico cuarto puesto en el Mundial de Qatar, conseguido tras eliminar a España y a Portugal en octavos y cuartos de final, gracias a una atención y una organización defensivas casi obsesivas. El artífice de la selección marroquí de 2022, Walid Regragui, dejó el cargo tras la Copa Africana de Naciones celebrada en enero; la federación ha confiado las riendas a Mohamed Ouahbi, un entrenador formado en Bélgica que ya había dirigido a las selecciones juveniles marroquíes.
El objetivo declarado del nuevo entrenador es sacar partido a los numerosos jóvenes talentos que él mismo ha formado en las categorías inferiores e implantar un juego más ofensivo, acorde con el creciente talento técnico del equipo. El paso de la obsesión defensiva de Regragui a un futbol más desenfadado no es nada fácil, pero Marruecos cuenta con jugadores sólidos y experimentados al más alto nivel. Aunque resulta muy difícil predecir que vuelvan a quedar entre los cuatro primeros (en 2022, los marroquíes fueron eliminados por Francia en semifinales), cabe esperar que la selección de Mohamed Ouahbi se sitúe como cabeza de grupo, justo detrás del grupo de los grandes favoritos del Mundial.
El fútbol relacional de los Bleus
La selección francesa de Didier Deschamps es, sin duda, una de ellas.
Es la selección más cara de toda la competencia por el número y el valor de sus estrellas. Solo algunas dudas sobre la gestión táctica de Didier Deschamps impiden que los Bleus sean los favoritos indiscutibles del torneo. El enorme talento ofensivo de la selección francesa la obliga a alinear a cuatro jugadores en ataque: si bien Mbappé y Dembélé parecen ser apuestas seguras, Olise tiene bastante asegurada su plaza de titular, mientras que, para el cuarto puesto en ataque, la pugna parece disputarse entre Cherki y Désiré Doué, ya que Bradley Barcola, Marcus Thuram, Jean-Philippe Mateta y Maghnes Akliouche parecen estar un peldaño por debajo en la jerarquía.
El inmenso talento ofensivo de la selección francesa va acompañado de un grupo de defensas centrales de alto nivel y de un centro del campo que, en comparación con el resto del equipo, parece un poco justo, hasta el punto de tener que seguir contando con N’Golo Kanté, de 35 años, junto a Aurélien Tchouaméni. El problema del equipo sigue siendo una cierta pasividad defensiva, una falta latente de organización en las distintas fases de recuperación del balón y una tendencia a estirarse en las transiciones defensivas.
En fase ofensiva, las combinaciones técnicas son prácticamente infinitas, dada la gran cantidad de talentos disponibles. Esta configuración da lugar a un futbol bastante espontáneo, que sitúa a Francia en el extremo relacional del espectro táctico. En este sentido, la importancia cada vez mayor de la imprevisibilidad de Rayan Cherki, que destaca por su constante voluntad de acercarse al balón y así combinarse con sus compañeros, convierte a Francia en un equipo aún más centrado en la estrecha relación técnica entre sus jugadores más talentosos.
Tendencias generales
La Copa del Mundo de futbol es, históricamente, una competencia que destaca más a los futbolistas a título individual que a los equipos.
Al final de la temporada, en condiciones climáticas adversas y con un número reducido de entrenamientos disponibles para las selecciones nacionales, suele ser el talento de los jugadores lo que destaca en un contexto en el que la organización táctica no siempre está al nivel de la de los clubes. Sin embargo, la competencia suele lograr captar y poner de manifiesto las tendencias, ya sean evidentes o latentes, que surgen en el panorama táctico mundial, y mostrar, a lo largo de un mismo torneo, diferentes estilos de juego y filosofías futbolísticas. Las victorias de España en 2010, de Alemania en 2014 y de Argentina en 2022 sirvieron así para confirmar el éxito de ideas tácticas que se impusieron con fuerza durante esos años.
En la actualidad, el debate trata de analizar las consecuencias de ir más allá del juego de posición ante el auge de modelos que privilegian la relación entre los jugadores y la aparición espontánea del juego en torno al balón, que vuelve a convertirse en el centro de gravedad del futbol.
Sin embargo, la larga historia del juego de posición aún no ha llegado a su fin, como demuestra el elevado número de selecciones participantes en el Mundial que se inspiran en este estilo de juego. Y, tal y como ya ha quedado demostrado en el pasado con su fructífera fusión con el Gegenpressing de la escuela alemana, el juego de posición tiene la capacidad de combinarse con otras tácticas para evolucionar y sobrevivir.
Como siempre ha ocurrido en la historia del futbol, la dialéctica entre las diferentes teorías sobre la victoria dará lugar a síntesis originales. Cada entrenador, a la manera de un artesano del futbol, sacará de los distintos cajones de la caja de herramientas que tiene a su disposición los instrumentos que mejor se adapten a sus ideas y a las características de su equipo, situándose en una zona del espectro táctico intermedia entre los dos extremos teóricos. Sea quien sea el ganador, este Mundial será, una vez más, el mejor punto de observación de la tensión entre la posición y la relación sobre el terreno de juego.