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Marco Rubio inventa el Occidente de Trump

Desde Leónidas hasta Cortés, en la Pnyx, el secretario de Estado estadounidense reescribe la historia de Occidente para dotar de una nueva doctrina al Estados Unidos post-Trump.

Traducimos y comentamos su discurso en Atenas.

Es muy posible que el nuevo orden post-Trump haya encontrado ya su texto fundacional. El discurso pronunciado este miércoles 7 de octubre por Marco Rubio en la Pnyx, frente a la Acrópolis, hace eco del que pronunció en la conferencia de Múnich. 

En febrero, el secretario de Estado planteó el colapso como una opción e instó a Europa a rechazar el «declive controlado». En Atenas, anclará este voluntarismo en una Antigüedad reconstruida en la que Leónidas, Aquiles, Alejandro y Cortés formarán un único linaje, el de un Occidente conquistador del que Washington se erige ahora en depositario y árbitro.

El diagnóstico no ha cambiado desde que la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de diciembre de 2025 dejara entrever para Europa una «desaparición civilizacional». Tampoco lo ha hecho la respuesta europea. 

El contexto griego no es neutro. A finales de septiembre, el Wall Street Journal hizo eco de unas declaraciones realizadas en marzo en Atenas por la embajadora estadounidense, Kimberly Guilfoyle. Al referirse a la caída del gobierno rumano de Ilie Bolojan, supuestamente le aseguró a un ministro griego que Washington podía hacer lo mismo en cualquier país. Stavros Papastavrou le habría respondido que ninguna potencia podía sustituir a un gobierno elegido por los votantes griegos. Su abogado niega esta versión, pero el asunto le ha valido a la embajadora una investigación iniciada el 1 de octubre por el demócrata Gregory Meeks.

Desde Rumanía hasta Alemania, Moscú y Washington apoyan, por diferentes motivos, a las mismas fuerzas de extrema derecha. El discurso de Atenas esboza la doctrina de esta convergencia: la de un Norte global que define la civilización en términos de poder, fronteras y ascendencia. Queda la pregunta que plantea Jörg Lau: «¿Por qué los europeos permiten que los adversarios de la Unión utilicen su patrimonio como utilería para su propaganda?».

Hay grandes ruinas por todo el mundo. A menudo son lugares en los que la historia parece haberse agotado: vestigios de culturas lejanas, que hace tiempo que han desaparecido de la memoria viva.

En Múnich, Rubio ya se refería a las ruinas de 1945. El inicio de su discurso sobre la Pnyx retoma un topos que va desde Gibbon hasta Spengler, pasando por Los hombres y las ruinas, de Julius Evola. Si bien la profecía del declive de Occidente suele servir de base ideológica para el ataque contra la democracia liberal, las ruinas del Partenón son, sin embargo, testimonio de un choque de civilizaciones paradójico. Convertido en polvorín por los otomanos, el templo voló por los aires en 1687 tras el impacto de un obús veneciano, disparado por un ejército de la Liga Santa cristiana. 

Pero la Acrópolis es diferente.

Desde hace miles de años, la civilización que construyó lo que se alza a mis espaldas cautiva la imaginación del mundo occidental. Generaciones de nuestros estadistas, artistas y filósofos se han fijado en ella con asombro y con un temor respetuoso.

El paso del tiempo tiende a embotar los sentidos. Tanto las grandes victorias como las derrotas catastróficas parecen reducirse a una nota a pie de página en un libro de texto, un hecho más que nuestros estudiantes aprenden y luego olvidan. Pero los griegos de la Antigüedad ejercen sobre nuestra memoria un influjo casi místico. Nos atraen hacia ellos, una y otra vez.

En el año 480 a. C., los ejércitos de Jerjes llegaron a esta ciudad e incendiaron sus santuarios. La mayoría de los atenienses ya habían sido evacuados en barco a una isla cercana. Pero un puñado de ellos se había negado a abandonar sus hogares. Se atrincheraron en la fortaleza rocosa de la Acrópolis para librar una última y extraordinaria batalla. Hicieron rodar enormes piedras desde lo alto de los acantilados sobre los invasores persas y mantuvieron a raya, durante días, al imperio más grande de la época. Al final, acabaron siendo abrumados. Los persas saquearon los templos, incendiaron los santuarios y arrasaron la Acrópolis. Pero, a su regreso, los atenienses recogieron los escombros de la antigua Acrópolis y los enterraron en la colina donde se había alzado. Unas décadas más tarde, bajo el mandato de Pericles, erigieron el Partenón.

El eco del enfrentamiento entre persas y griegos que se desprende de este discurso es ampliamente destacado y objeto de burla en su variante memética, a partir de los callejones sin salida de la guerra librada por la administración de Trump en Irán. Sin embargo, el relato de Rubio se basa en una interpretación errónea. Heródoto cuenta, en efecto, que los que se habían quedado creían que la «muralla de madera» prometida por la Pitia contra los persas se refería a la empalizada de la Acrópolis, mientras que el estratega ateniense Temístocles había comprendido que se trataba de la flota. La decisión que salvó a Atenas fue, por tanto, la contraria a la que Rubio ensalza: abandonar la ciudad para luchar en el mar. Cabe señalar, además, que la victoria de Salamina fue obra de los tetes, los ciudadanos más pobres que remaban.

Desde hace veinticinco siglos, el Partenón sigue en pie. A su sombra han surgido y se han derrumbado imperios. Y los descendientes de los hombres que lo construyeron, los hijos de Atenas y Roma, han llevado su civilización hasta los confines de la Tierra.

Dos siglos y medio después de la fundación de la República de Estados Unidos, en el otro extremo del mundo, me encuentro hoy aquí como secretario de Estado de esta República y bisnieto de colonos que llegaron desde España al Nuevo Mundo. Vengo a dar testimonio de una deuda que ni el paso del tiempo ni la distancia podrán borrar jamás.

La historia de Estados Unidos, la historia de mi país, lleva por todas partes las huellas de la Antigüedad. Grecia está, literalmente, grabada en la arquitectura de nuestro gobierno: en las inmensas columnas, en las cúpulas y en los monumentos de nuestra capital. La ciudad donde nació nuestra Constitución, Filadelfia, lleva ella misma un nombre griego.

Los hombres que fundaron mi país estaban fascinados por el legado que recibimos del suyo. Conocían la historia a la perfección y eran muy conscientes del lugar único que ocupaban en ella. Pero ninguna otra época del pasado captaba su atención e imaginación tanto como la Antigüedad. A mucha gente le sorprende saber que el autor más citado en los Federalist Papers no es un filósofo de la Ilustración ni un teórico político. No, es Plutarco, el biógrafo griego de los grandes hombres de Grecia y Roma.

Un aspecto especialmente sorprendente del discurso. En su estudio de referencia sobre la literatura política estadounidense de finales del siglo XVIII, Donald Lutz estima que Montesquieu representa el 8,3 % de las citas, mientras que Plutarco se queda en el 1,5 %. En los propios Federalist Papers, Madison se refiere a Montesquieu como el oráculo al que siempre se recurre en materia de separación de poderes. Sobre todo, los Fundadores consideraban a Grecia como un contraejemplo. «Si cada ciudadano ateniense hubiera sido un Sócrates, cada asamblea ateniense no habría dejado de ser una turba», escribe, por ejemplo, Madison.

Se ha escrito y dicho mucho sobre la influencia de la Antigua Grecia en las ideas de los Padres Fundadores estadounidenses y, por otra parte, en todos los filósofos y estadistas occidentales que les precedieron. La mayoría de nosotros conocemos las líneas generales de esta historia. Atenas nos dio la democracia. Platón y Aristóteles nos dieron la filosofía occidental. Nuestras ideas sobre el derecho, la virtud, la ciudadanía y el gobierno republicano se forjaron en las ciudades-Estado griegas. Incluso gran parte de nuestro vocabulario político, palabras como «democracia», «tiranía» y la propia palabra «política», tiene su origen aquí.

Todo eso es cierto. Pero lo que le debemos a este lugar, como estadounidenses y como occidentales, es en realidad mucho más profundo. Esas instituciones e ideas eran la expresión externa de cualidades más fundamentales que se observan en los antiguos griegos, cualidades que no pueden reducirse a ningún sistema ni a ninguna teoría política.

Fue aquí, en Atenas, donde se manifestaron plenamente por primera vez todos los rasgos esenciales que definirían a Occidente: una individualidad indomable y una ambición incansable; la audacia de la exploración y la invención; la sed de descubrimiento, de aventura, de riesgo y de gloria. Una curiosidad insaciable por el mundo y los principios que lo rigen, un ansia por conocer los misterios de la naturaleza y desentrañar los secretos del cosmos. Una impaciencia ante la mera idea de lo imposible, que se enfrenta a todas las fronteras y a todos los límites y se esfuerza por escudriñar las profundidades de lo desconocido.

Un elogio del espíritu clásico que puede sorprender, pero que evoca la base ideológica de la aceleración reaccionaria del IPO de SpaceX: «Construir los sistemas y las tecnologías necesarios para hacer que la vida sea multiplanetaria, comprender la verdadera naturaleza del universo y extender la luz de la conciencia hasta las estrellas».

No se trataba únicamente de fórmulas o preceptos de una escuela filosófica concreta. Era el carácter de un pueblo, expresado en sus tradiciones, sus relatos y su imaginación; en las cualidades que exigía a sus ciudadanos; en aquello por lo que vivía, luchaba y moría.

Conocerlos es conocernos a nosotros mismos.

Lo que floreció aquí, en este lugar, fue el deseo occidental de sacar a la luz todo aquello que la ignorancia, las tinieblas y la distancia habían ocultado al espíritu humano. Los griegos no solo forjaron la historia; nos dieron la historia misma. Gran parte de lo que sabemos de numerosas civilizaciones antiguas proviene casi en su totalidad de los relatos de exploradores e historiadores griegos. No se limitaban a relatar la historia de su propio pueblo: partían hacia lugares lejanos para observar y dejar constancia de las sagas de pueblos y culturas extranjeras de todo el mundo.

Mientras otros miraban hacia dentro, los griegos fueron los primeros en dirigir su mirada hacia fuera, en buscar la emoción y la gloria de contemplar todo lo que era extraño y nuevo. Fue este rasgo el que impulsó a Occidente a crear y construir lo que otros no podían, y lo que nos ha distinguido de tantas otras culturas y civilizaciones en las que la estabilidad y la subsistencia eran los fines más elevados de la vida.

Pero de los griegos no solo heredamos la ambición de explorar lo desconocido; heredamos de ellos la convicción de que lo desconocido puede conocerse. La certeza de que el mundo puede cartografiarse, medirse, registrarse y comprenderse. Y de que existe un orden racional del cosmos, regido por ciertas leyes fundamentales, leyes que el hombre puede observar y que la mente puede llegar a comprender.

Ese fue el fundamento del espíritu occidental: nuestras matemáticas, nuestra ciencia, nuestra medicina. Nuestra filosofía, nuestra ética y nuestra religión. Esto preparó el terreno en el que el Evangelio de Jesucristo encontraría un suelo fértil en Europa y florecería en el imperio de la cristiandad. Fue la base de las riquezas de la teología cristiana, de Agustín, de Tomás de Aquino y de toda la tradición del derecho natural.

Esto dio lugar a una civilización caracterizada no solo por una cultura común, sino también por una antropología común: una visión común del ser humano y de su lugar en el universo. Sus descendientes compartirían no solo la idea de un orden natural, sino también una concepción singular de la virtud; del destino y la fatalidad; de lo verdadero, lo bueno y lo bello; de un código que dicta cómo deben vivir los hombres; de normas e ideales objetivos hacia los que aspirar.

Para los griegos de la Antigüedad, la búsqueda de la excelencia era el principio mismo de la existencia humana. Organizaban toda la vida cívica en torno a la rivalidad, la ambición y la competencia: en la filosofía y la poesía, en la escultura y el teatro, en el atletismo y el arte, en la guerra y el arte de gobernar. La ciudad-Estado griega clásica era una arena en la que los grandes hombres se ponían a prueba y demostraban su valía, agudizando su potencial en una lucha perpetua: ser el mejor, el más fuerte, el más bello, esforzándose por acercarse siempre un poco más a la perfección.

Sé que, para el oído moderno, este modo de vida que acabo de describir puede parecer extraño, incluso cruel. El ideal de muchas ideologías de nuestro tiempo se ha convertido, francamente, en un mundo de seguridad perfecta, sin riesgos ni fracasos, sin la gloria de la victoria ni la vergüenza de la derrota. Hoy en día, con demasiada frecuencia, construimos a la baja. Diseñamos nuestras normas de tal manera que nadie salga perdiendo; nos preocupamos más por la comodidad de los más débiles que por el potencial de los mejores. Tomamos como rehenes a los más excepcionales entre nosotros en beneficio de lo mediocre, lo corriente y lo normal.

Los hombres que construyeron el Partenón edificaban hacia lo alto. Consideraban que la aspiración más elevada y noble de la vida era superar a todos los demás, esforzarse por ser el mejor en todo. Las antiguas ciudades griegas estaban llenas de pasiones intensas y rivalidades, de facciones y conflictos. Pero de esa lucha constante por destacar surgió el gran florecimiento del arte, la filosofía y la energía política e intelectual que transformaría un conjunto de ciudades mediterráneas en la cuna de la mayor civilización del mundo.

Este largo pasaje y, en términos más generales, todo el discurso de Rubio, tiene ecos straussianos. No es de extrañar, ya que Leo Strauss es una de las principales referencias intelectuales del conservadurismo estadounidense. No obstante, hay que detectar aquí la huella de una corriente que propone una lectura heterodoxa: la de los denominados «straussianos de la costa oeste». El fundador de esta corriente, Henry Jaffa, ofrece una interpretación nacionalista del straussismo. Según él, el Estados Unidos de los Padres Fundadores habría producido una síntesis entre Atenas y Jerusalén, culminando al mismo tiempo la historia de Occidente (mientras que el propio Strauss veía entre Atenas y Jerusalén una tensión irreconciliable). Tal y como describe Laura K. Field en Furious Minds, los straussianos de la costa oeste desempeñaron un papel decisivo en la recomposición ideológica de la derecha estadounidense a través de su centro de estudios, el Claremont Institute. El ejemplo más llamativo es, sin duda, Michael Anton, antiguo director de planificación de políticas en la Casa Blanca y redactor principal de la Estrategia de Seguridad Nacional.

El «thumos», como lo llamaban los antiguos griegos —el fuego de la pasión, la fuerza, el valor, el orgullo—, es el corazón de una gran civilización. 

En Homero, el «thumos» se refiere al ardor que impulsa al héroe al combate. Platón, en La República, lo define como la parte del alma que se indigna y quiere ser honrada, y que resulta útil mientras obedece a la razón, como el perro obedece al pastor, pero se vuelve peligrosa en cuanto se libera de ella. El uso que hace de él Rubio proviene de la reinterpretación de Francis Fukuyama y pasa por alto su dimensión más filosófica. El concepto de thumos también es muy apreciado por los straussianos de la costa oeste, como Harvey Mainsfield, autor de Manliness, que defiende una virilidad clásica (cuyos ecos se perciben a lo largo de todo este discurso).

¿Y sin él? Sin él, las naciones pierden la voluntad de luchar, la voluntad de superarse, la voluntad de sobrevivir.

Hoy en día, gran parte de Occidente ha olvidado esa cualidad. Con el paso del tiempo, los occidentales hemos llegado a avergonzarnos de lo que nos convertía en seres excepcionales. Nos daba vergüenza que nuestros logros nos distinguieran del resto del mundo. Nuestra prosperidad se ha convertido, de una forma u otra, en una fuente de culpa. Ya no creíamos merecer ni habernos ganado nuestra grandeza.

La palabra «nacionalismo» se ha convertido en una palabrota. Así que hemos derribado nuestros monumentos; hemos condenado nuestra propia historia. Y en demasiados lugares, hemos enseñado a nuestros hijos a avergonzarse de los países que heredarían. Al hacerlo, hemos abierto nuestras fronteras, hemos deslocalizado nuestra industria y hemos dejado que nuestras fuerzas armadas se deterioren y se degraden.

Y, año tras año, parecía que cedíamos cada vez más nuestra soberanía, transfiriendo nuestras decisiones a burocracias mundiales que escapaban a nuestro control.

Pero otros se han mostrado más que dispuestos a llenar el vacío que dejábamos, el vacío provocado por nuestra debilidad. Y a medida que la confianza de Occidente se tambaleaba, sus adversarios y rivales se volvían más agresivos, acumulando su propia riqueza y su propio poder en nuestro lugar.

Y hoy nos encontramos en una encrucijada. Porque la próxima década y las decisiones que tomemos marcarán la historia del siglo que viene. El camino que elijamos determinará si Occidente conserva su lugar a la cabeza del mundo o se resigna a un futuro de atrofia, servidumbre y declive. O decidimos actuar ahora, o perderemos incluso la posibilidad de actuar.

Bajo la presidencia de Donald Trump, Estados Unidos ha tomado una decisión. Optamos por la búsqueda decidida, sin excusas, del poder nacional: recuperar el control de nuestras cadenas de suministro críticas, reindustrializar nuestra economía, reconstruir nuestra defensa y luchar por dominar las tecnologías y las industrias del futuro.

Hemos decidido conquistar nuevas fronteras: en la fabricación de vanguardia y la superinteligencia; en los drones, las armas y la guerra; en los chips, los minerales, la ciberseguridad y todos los demás ámbitos de lo posible para el ser humano. Liberar nuestra energía, reconstruir nuestras fábricas, enviar de nuevo a nuestros astronautas a la Luna y abrir una nueva era de exploración espacial.

A pesar de todos sus nobles ideales, los antiguos griegos no eran ingenuos. Sabían que las naciones tienen intereses propios. Sabían que el arte de gobernar exige prudencia y diplomacia, pero también la capacidad de recurrir a la fuerza cuando la prudencia y la diplomacia fallan. Sabían que el poder exige no solo los medios para defenderse, sino también la credibilidad de estar dispuesto a utilizarlos.

Es precisamente esta concepción clásica de la política y del arte de gobernar la que la administración Trump pretende recuperar, no solo para nuestro país, sino para toda nuestra civilización.

Creemos que Europa puede despertar de su largo letargo y reavivar el fuego que se encendió aquí hace milenios.

Ya hay indicios.

En todo este continente, estamos siendo testigos de lo que esperamos que sean los primeros indicios de un cambio generacional: un gasto en defensa que se dispara, multitud de nuevas alianzas y programas, y un aumento de la fabricación y la producción, como continuación de los compromisos históricos en materia de defensa asumidos el año pasado en La Haya.

Grecia se encuentra en el centro de este cambio. El pueblo de esta nación ha demostrado una vez más ser un amigo indispensable tanto para Europa como para Estados Unidos en todos los ámbitos, desde la energía hasta la migración, pasando por la defensa, donde Grecia ha sido un aliado ejemplar.

Y esperamos sinceramente que toda Europa siga vuestro ejemplo.

Aunque en ocasiones las pasiones hayan puesto a prueba los lazos de afecto entre Estados Unidos y Europa, no debemos permitir que se rompan. Juntos debemos reforzar una alianza capaz de hacer frente a las amenazas de nuestro tiempo.

Y podemos hacerlo. Porque no creemos que la amistad transatlántica sea un juego de suma cero. 

Elegir el Partenón, financiado en parte por el tesoro de la Liga de Delos, para ensalzar una alianza «que no es un juego de suma cero» es fruto de un acto fallido o de una ignorancia crasa. La Liga ateniense es el ejemplo por excelencia de una coalición que se transforma en un sistema de explotación y tributos, y cuya lógica imperial expuso Tucídides en las páginas del diálogo de Melos.

Todo lo contrario: nuestra visión es la de una alianza cuya fuerza es mayor que la suma de sus partes. Es una visión que hemos visto en acción el mes pasado, en un acuerdo sin precedentes entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia, un acuerdo que va a remodelar el Ártico y reforzar la seguridad de toda la OTAN. Los tres socios han salido ganando con este acuerdo. Toda Europa, la OTAN y Estados Unidos han salido de ello más seguros, más fuertes y mejor protegidos.

Queremos ganar juntos. Tenemos que ganar juntos.

Se ha puesto de moda creer que una política exterior sensata consiste en anteponer la comunidad mundial a su propio pueblo. Una vez más, creo que tenemos mucho que aprender de los hombres de la Antigua Grecia. Ellos sabían que no había nada de egoísta ni de malo en ser leal a la propia nación, ni en luchar para defender sus intereses por encima de todo.

Creían fervientemente en el ideal del gran hombre: el individuo excepcional que alcanza la inmortalidad gracias a sus propios actos. Pero creían que la gloria y la fama se ganaban luchando, sacrificándose y logrando grandes cosas por una causa más grande que uno mismo. El héroe recurrente del mundo griego antiguo era el hombre dispuesto a pagar cualquier precio por una causa digna de su lealtad.

Lo vemos en Sócrates, que se negó a renunciar a la búsqueda de la verdad, incluso a costa de su vida. Lo vemos en la legendaria resistencia de los 300 espartanos que, rodeados y en clara inferioridad numérica frente a los inmensos ejércitos de Persia, rechazaron la posibilidad de salvarse y optaron por luchar hasta el último antes que abandonar su puesto o su deber. Y lo vemos en el mito épico de Aquiles, a quien se le ofreció volver a casa y vivir una vida larga y tranquila, pero que optó por quedarse en Troya y perecer en busca de la gloria eterna.

Son estas cualidades las que darían forma al imaginario moral de Occidente. Desde el mártir cristiano que se negó a traicionar su fe hasta el patriota que dio su vida por su país; desde santo Tomás Moro hasta la batalla del Álamo, pasando por las inmortales últimas palabras de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: «Comprometemos mutuamente, unos con otros, nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor».

El Occidente ha heredado de los griegos su sentido del deber: una lealtad inquebrantable hacia su código, su causa y su país. Nuestros héroes, los héroes de Occidente, son aquellos que eligen permanecer fieles a su deber precisamente cuando resulta más difícil y doloroso: el hombre atado a su palabra, el soldado que no abandona su puesto, el capitán, el proverbial capitán, que se hunde con su barco.

Esto no tiene nada que ver con lo que seguimos viendo hoy en día, por ejemplo, en fanáticos como los mulás radicales de Irán, cuyo culto a la muerte ensalza a los niños kamikazes como héroes nacionales y presenta el martirio como un fin en sí mismo.

Nuestros héroes pueden estar dispuestos a morir por su causa, pero no rinden culto a la muerte. Es precisamente porque valoramos la vida por lo que reconocemos el heroísmo de aquellos que prefieren sacrificarla antes que traicionar sus principios. Damos por sentada la concepción occidental de estas cosas: el heroísmo, el honor, el deber. Suponemos que son, en cierto modo, universales, comunes a todos los pueblos, en todas las épocas y en todos los lugares. Pero no lo son. Son el producto de un carácter singular, un carácter que nació aquí y que ha moldeado toda la historia de la civilización posterior. Una civilización por la que hoy debemos luchar para defenderla con la misma pasión que nuestros antepasados.

A los hombres que construyeron el Partenón les sucedieron los arquitectos de la cristiandad europea, que erigieron las catedrales de Milán, Colonia y Florencia. La búsqueda de la perfección de la forma humana que animaba a los escultores griegos encontró una nueva expresión en Miguel Ángel. La búsqueda de la estructura del universo por parte de los filósofos griegos fue retomada por Copérnico, luego por Galileo, después por Kepler y, finalmente, por Newton.

Fue la sed de nuevos conocimientos lo que dio lugar a la primera expedición de Magallanes alrededor del mundo, al descubrimiento de América por parte de Colón y, finalmente, al viaje del Apolo 11 a la Luna. Y las cualidades que llevaron a Alejandro a conquistar todo el mundo conocido reaparecieron en César, luego en Carlomagno y en Cortés.

Y en América se redescubrió esa misma tradición. Una tierra abierta y salvaje se convirtió en el escenario de un gran renacimiento de la imaginación y la ambición occidentales. 

El anhelo griego por nuevos horizontes se convirtió en el espíritu pionero estadounidense, el espíritu de la Frontera. La civilización de Atenas y Roma transformó una joven república costera en un imperio continental.

Los estadounidenses más destacados de cada generación han lucido los rasgos inconfundibles de sus antepasados: nacidos en Atenas, educados por Roma, bautizados en el cristianismo, templados en el crisol de la Europa medieval, dotados del genio inglés por la libertad y, posteriormente, llevados al otro lado del Atlántico para renacer en las costas de un nuevo mundo.

Juntos, debemos ahora redescubrir ese espíritu. Nos encontramos en un punto de inflexión, no solo en la historia de mi nación, sino en la historia de toda nuestra civilización.

Las amenazas a las que nos enfrentamos hoy en día son tan reales como lo eran en los escenarios dramáticos de la Antigüedad.

Los intereses nacionales no han desaparecido ante las instituciones internacionales. La guerra no ha desaparecido simplemente porque prefiriéramos la paz. Otros Estados han seguido armándose, buscando influencia y disputándose territorios, tecnologías, recursos, mercados, energía y poder.

Y hoy, la guerra ha vuelto. La rivalidad entre las grandes potencias ha vuelto. La vulnerabilidad, la agresión, el terrorismo… Todo un mundo de nuevas amenazas y nuevos ataques ha vuelto.

Por lo tanto, debemos reconstruir nuestras instituciones y nuestras alianzas para hacer frente juntos a estas amenazas. Su objetivo no es abolir la soberanía de las naciones que las componen, sino defenderla. Y las naciones no tienen por qué renunciar a su propia identidad para reconocer sus intereses comunes.

Hemos creado un modelo de esto junto con nuestros socios aquí, en Grecia: en nuestras alianzas en materia de defensa, energía y tecnología, y en nuestra ambición común de proteger las fronteras de Europa frente a las amenazas de la migración masiva.

Nuestra amistad se remonta a los primeros años de mi nación. Cuando Grecia se rebeló en 1821 para recuperar su independencia tras siglos de dominio otomano, los estadounidenses reconocieron algo familiar en esa lucha. Tres años más tarde, el gran estadista estadounidense Daniel Webster pronunció ante el Congreso un famoso discurso que contribuyó a dar a conocer la causa de la revolución griega ante los representantes de la joven República estadounidense.

La resolución de Webster, de 1824, solicitaba el envío de un comisionado ante los insurgentes griegos. Al chocar con la política de no intervención defendida entonces por Quincy Adams, no fue aprobada.

Empezó por llamar su atención sobre todo lo que les rodeaba. Esto es lo que dijo en su discurso: «Esta forma libre de gobierno, esta asamblea popular… Esta práctica del libre debate y la discusión pública, este intercambio de ideas… Hasta el propio edificio en el que nos encontramos reunidos, estas columnas bien proporcionadas, esta arquitectura ornamentada, todo nos recuerda que Grecia existió y que nosotros, al igual que el resto de la humanidad, le debemos mucho».

Esas palabras son tan ciertas hoy como el día en que las pronunció. Y todos nosotros, no solo los estadounidenses, sino también los europeos y nuestros amigos de todo Occidente, debemos volver a aprender las lecciones que nuestros antepasados extrajeron de este lugar y de su historia.

La historia de Grecia no solo nos ofrece una visión de nuestras instituciones en sus formas más primitivas. La historia de Grecia nos muestra una imagen de nosotros mismos.

Nos muestra que somos los herederos de grandes héroes y que deberíamos estar orgullosos, profundamente orgullosos, de nuestros orígenes. Deberíamos maravillarnos ante lo que nuestros antepasados forjaron en esta tierra. La historia de nuestra civilización es la más grandiosa que la humanidad haya conocido jamás. Y comenzó aquí, con los primeros hombres y mujeres de Occidente. En ellos podemos encontrar las virtudes, el valor y la fuerza para hacer frente a los peligros de nuestro tiempo.

Gracias.

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