Al asombro de los primeros días le sigue, como siempre, el horror ordinario de los bombardeos y los refugiados de guerra. A la temporalidad histérica de los primeros asaltos le seguirá la más suave y menos espectacular de las negociaciones y los compromisos. Como muchos lo predicen, la paz será amarga para Ucrania, ya que las condiciones establecidas por el régimen ruso para un cese al fuego y un acuerdo son muy severas, y el involucramiento militar de Europa y Estados Unidos es poco probable.

En medio de las incertidumbres de la guerra, el inicio por parte de Vladimir Putin de un conflicto abierto en su flanco occidental ha revelado, sin embargo, una línea de falla ineludible. 

Europa y Estados Unidos respondieron con sanciones económicas a la agresión militar y territorial rusa, que en las mentes occidentales marcadas por el pacifismo kantiano y por la idea de la obsolescencia histórica de la guerra son un acto que sólo puede denotar atraso. Inicialmente selectivas, dirigidas a los famosos «oligarcas» rusos y a las estructuras de poder del Kremlin, más tarde las sanciones se extendieron a todo el tejido económico y financiero ruso, con el riesgo de debilitar a la población más que a su gobierno. En un contexto en el que la disuasión nuclear recupera cierta relevancia e inhibe el envío de tropas, asistimos a una guerra asimétrica en la que los medios que invierten los dos bandos son totalmente heterogéneos. A los bombardeos y el despliegue de tropas, a la estrategia militar y la ocupación directa del terreno en el espacio adyacente a la confrontación física, se responde con la organización concertada de una desconexión rusa del sistema comercial y financiero internacional. 

Como ha demostrado Nicholas Mulder en un reciente y oportuno libro1, la invención de las sanciones económicas se remonta al periodo de entreguerras, a las instituciones pacifistas de la Sociedad de Naciones y, precisamente, a la voluntad de evitar el uso de la fuerza en la resolución de conflictos internacionales. Mientras que el derecho internacional debía garantizar la paz haciendo que la guerra agresiva fuera ilegal, se acompañaba de la posibilidad de ajustar el derecho mercantil y el acceso a las instituciones financieras para penalizar a los Estados que dieran muestras de belicismo. Este dispositivo puede considerarse, pues, como una sublimación de la confrontación directa mediante una forma de coerción menos violenta, basada en el ideal liberal e internacionalista de exorcizar la violencia, pero también como una forma insidiosa de explotación geoestratégica de las reglas del capitalismo internacional. Las sanciones económicas, además, tienen el potencial de infligir una violencia real, especialmente a las poblaciones civiles expuestas a la degradación de sus condiciones materiales de existencia, que puede llegar hasta la hambruna. El arma económica amerita el nombre, y en una subversión de la famosa máxima de Clausewitz, se trata, en efecto, de una continuación de la guerra por otros medios en el marco de un intento por humanizar el conflicto propio de las democracias liberales y de sus paradojas2.

La ecología como arma de guerra en el interregno

Todavía es imposible prever las consecuencias de las sanciones económicas impuestas a Rusia y, sobre todo, sus efectos indirectos en el abastecimiento energético y alimentario de las economías que son clientes de ese país, que es sobre todo una potencia extractiva clave en la economía de las materias primas. Pero la confrontación asimétrica ya abrió el espacio para un nuevo discurso de movilización ideológica y económica por parte de las naciones europeas y de Estados Unidos, que puede denominarse ecología de guerra.

Mientras que el derecho internacional debía garantizar la paz haciendo que la guerra agresiva fuera ilegal, se acompañaba de la posibilidad de ajustar el derecho mercantil y el acceso a las instituciones financieras para penalizar a los Estados que dieran muestras de belicismo.

pierre charbonnier

En el contexto de la agresión militar de un Estado petrolero contra uno de sus vecinos con el fin de consolidar su imperio, la ecología de guerra consiste en ver el cambio hacia la sobriedad energética como «un arma pacífica de resiliencia y autonomía»3. El punto de partida es simple: la dependencia energética de Europa con respecto a Rusia, especialmente en lo que se refiere al suministro de petróleo y gas, implica la financiación indirecta de la empresa militar de Vladimir Putin y, por tanto, una complicidad involuntaria con la guerra. Mientras que las sanciones económicas impuestas a Rusia fueron diseñadas para provocar un estrangulamiento inmediato del régimen y su caída —con un éxito muy incierto—, la transición a la sobriedad energética tiene más sentido en un plazo intermedio. Se trata de romper con una dependencia tóxica tanto en términos geoestratégicos como de política climática. La sobriedad, en el contexto de la emergente ecología de guerra en Europa, permite matar dos pájaros de un tiro al alinear el imperativo de la coerción contra el régimen ruso con el imperativo de la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.

En otras palabras, el «arma económica» se presenta en dos momentos. El primero debe afectar el financiamiento inmediato de la maquinaria bélica rusa; y el segundo, más estructural, debería afectar a la propia lógica de la economía política de aquel Estado petrolero y gasista, al tiempo que da un nuevo impulso a los planes europeos de reorientación energética. En este segundo momento, los principios de la ecología política no se ajustan simplemente al tiempo de la guerra, sino que se redefinen y se subordinan al imperativo de llevar a cabo la guerra, integrándose en una lógica de confrontación en la que el enemigo es, a la vez, la fuente de desestabilización geopolítica y quien posee el recurso tóxico. La ecología de guerra surge así como heredera histórica y como relevo ideológico de la economía de guerra.

© AP Photo/Eugene Hoshiko

Desde un punto de vista teórico, el nacimiento de la ecología de guerra corresponde a una evolución más profunda del discurso sobre la soberanía en las naciones y regiones que históricamente obtenían una parte importante de su sustento de las importaciones. De hecho, Europa se ha sentido cómoda durante mucho tiempo con una situación de dependencia energética, ya sea frente a Estados Unidos, Medio Oriente o Rusia, siempre que la dependencia estuviera acompañada de una orientación hacia actividades de mayor valor añadido, y en la que el horizonte de paz y estabilidad geopolítica mitigara los llamados imperativos «estratégicos». Como ya demostró la crisis de Covid, la soberanía en el siglo XXI no podrá perpetuarse bajo la forma esencialmente abstracta que ha adoptado en las últimas décadas: en un contexto en el que Europa se ve cada vez más como una ciudadela asediada, la necesidad de controlar los recursos es cada vez más acuciante. Así, la pretensión de Europa de alcanzar el poder mundial se enfrenta a las condiciones materiales del poder, que todos conocían pero cuyas consecuencias eran generalmente postergadas.

Los principios de la ecología política no se ajustan simplemente al tiempo de la guerra, sino que se redefinen y se subordinan al imperativo de llevar a cabo la guerra, integrándose en una lógica de confrontación en la que el enemigo es, a la vez, la fuente de desestabilización geopolítica y quien posee el recurso tóxico.

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El dispositivo de la ecología de guerra es un éxito rotundo. En Francia, ha sido promovido por el ministro de economía y finanzas, Bruno Le Maire, en un llamado a la moderación de los hogares, así como en un artículo de opinión publicado por el expresidente François Hollande4. También en Francia, el candidato ecologista, Yannick Jadot, no deja de repetir que las circunstancias actuales no hacen más que confirmar el programa que su partido siempre ha defendido. El secretario de Estado británico de energía y estrategia industrial, Kwasi Kwarteng, da un giro a esta ecología de guerra y afirma que la estrategia de «Net Zero» y las políticas ambientales están ahora integradas en el marco más amplio de los principios de seguridad nacional. El presidente de Estados Unidos, Biden, utiliza una retórica similar, mientras que el ministro de finanzas alemán, Christian Lindner, define las energías renovables —que son la vertiente positiva de la emancipación frente al gas ruso— como la base de la libertad futura5.

En los primeros días de marzo, la Agencia Internacional de la Energía, cuya misión original no es crear las condiciones materiales para una paz perpetua, publicó un plan de diez puntos para reducir la dependencia de la Unión frente al gas ruso6. Más allá de los mecanismos de mercado que contribuyen a aumentar el precio de la energía en general, en las gasolineras y en las tomas de corriente, nos dirigimos pues hacia una regulación voluntaria de los patrones de consumo industrial y doméstico, una regulación que se vuelve legítima en el marco de una movilización ciudadana en nombre de la paz, la estabilidad y la autonomía.

La era de las guerras fósiles

La casualidad jugó su papel cuando la representante ucraniana del IPCC, Svitlana Krakovska, declaró: “esta es una guerra de los combustibles fósiles”7. Con su afirmación, estableció un vínculo directo entre la agresión militar en su país y las amenazas sistémicas a largo plazo a las que se exponen las sociedades humanas a través del cambio climático. En el contexto de una institución científica y diplomática creada bajo la égida de las Naciones Unidas para encarnar la misión universal de la ciencia y el valor transideológico de la preservación del planeta, esta declaración lanza a su vez la cuestión del clima a un nuevo espacio de interrogación.

Además de todos estos planes y declaraciones institucionales, han proliferado los mensajes culturales que, a modo de apoyo al pueblo ucraniano, sugieren bajar la calefacción, ponerse un suéter y andar en bicicleta en lugar de usar el coche8.

Fuente: Twitter @createstreet

Sabemos lo estrechamente vinculada que está la historia de la ecología política a la del pacifismo, a la lucha contra la carrera por el poder y el armamento, y a la voluntad de socavar los cimientos de una dinámica de excesos materiales de todo tipo. En 1977, Amory Lovins ya vislumbraba que lo que él llamaba la «vía de la energía blanda» (“soft energy path”) constituiría una garantía de estabilidad internacional. Ahora, esta contracultura parece estar atrapada en la lógica de la ecología de guerra, en un momento en que la lucha contra el régimen de Putin parece ser una guerra justa y justificable, sobre todo si se lleva a cabo por medios pacíficos y benéficos.

Desde un punto de vista teórico, el nacimiento de la ecología de guerra corresponde a una evolución más profunda del discurso sobre la soberanía en las naciones y regiones que históricamente obtenían una parte importante de su sustento de las importaciones.

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En la vorágine de reacciones inmediatas a la guerra de Ucrania, también se encuentra una expresión de simetría opuesta a esos sentimientos de solidaridad benévola. Desde los primeros días de la guerra, algunos actores de las finanzas internacionales han exigido que se reconozcan las inversiones en armamento como parte del financiamiento “de impacto” social y medioambiental. La lógica es implacable y cínica: si el objetivo común de las democracias liberales es garantizar la seguridad de los pueblos frente a la agresión militar rusa, entonces el armamento es un vector de estabilidad democrática al igual que la descarbonización de la economía9. Kenneth Rogoff, profesor de economía de Harvard, explica que el dividendo de la paz, es decir, la idea de que la economía y la prosperidad mundiales se benefician de la paz, corre el riesgo de volverse obsoleta si los famosos «valores liberales» no están protegidos por un sistema sólido en el que el crecimiento sostenible y la industria de la defensa aparezcan como dos pilares complementarios10. El argumento tiene el mérito de llevar al límite la lógica de la ecología bélica: si la defensa de la democracia se basa en la movilización total contra la Rusia de Putin, y si esa movilización se basa en la sobriedad energética y en la capacidad de no ceder a un enfrentamiento, las esferas de influencia vinculadas a las energías renovables y al armamento tienen intereses y valores comunes. Esto da toda una nueva dimensión a la expresión inglesa de «climate hawk» (halcón climático).

Los ejemplos de adhesión a la ecología de guerra podrían multiplicarse hasta el infinito. Proceden principalmente del establishment liberal y de los ecologistas, reúnen a antiguos rivales en la escena política, movilizan la experiencia de los economistas de la energía, de los ingenieros encargados de planear la reorganización de los circuitos de suministro. En este sentido, se trata de un fenómeno estructural que redibuja el paisaje de las alianzas políticas nacionales e internacionales, que permite formular las preocupaciones preexistentes en un lenguaje nuevo —para los partidarios de la sobriedad— o, a la inversa, captar el valor social de las aspiraciones medioambientales en un nuevo realismo estratégico. Estas cuestiones se debatieron en la cumbre europea de Versalles de los días 10 y 11 de marzo, y es comprensible que la construcción de una salida concertada de la dependencia de Rusia constituya un punto de encuentro muy potente entre los diferentes intereses nacionales dentro del espacio europeo, y active mecanismos de ayuda y de transferencia de fondos a los países más afectados por la dependencia, como Bulgaria, que depende al 100% del gas ruso.

Si la defensa de la democracia se basa en la movilización total contra la Rusia de Putin, y si esa movilización se basa en la sobriedad energética y en la capacidad de no ceder a un enfrentamiento, las esferas de influencia vinculadas a las energías renovables y al armamento tienen intereses y valores comunes. Esto da toda una nueva dimensión a la expresión inglesa de «climate hawk».

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Como han señalado varios analistas, podríamos estar presenciando un «despertar geopolítico de Europa«, una aceleración del proceso de construcción europea bajo el impacto de la guerra. Y aunque tomemos con distancia este tipo de afirmaciones, incluso con escepticismo, es cierto que Europa está redescubriendo el patrón histórico y político que había constituido su base fundacional: sufrir una guerra estimula la formación de un compromiso económico e ideológico que pone en el centro la búsqueda de la paz mediante nuevos acuerdos productivos y distributivos.

Una de las imágenes que circulan hoy en día para popularizar la ecología de guerra juega explícitamente con una referencia a la lucha contra el totalitarismo y el fascismo11.

Fuente:Twitter @noface

Esta apropiación de una imagen propagandística de la Segunda Guerra Mundial, que pedía limitar el consumo de gasolina en beneficio del ejército de liberación contra el nazismo, nos remite al vínculo histórico entre las políticas energéticas y la guerra. Uno de los elementos estructurales ineludibles del orden mundial moderno es la ecuación entre el poder político y el control de los recursos energéticos12. Así, la sed de tierras que tradicionalmente impulsaba las rivalidades militares entre naciones se ha ido redefiniendo progresivamente: ahora es la conquista directa o indirecta de la energía —a través de los mercados, de las infraestructuras— lo que ha servido de hilo conductor para el enfrentamiento de las potencias geopolíticas desde la segunda mitad del siglo XIX. Este hilo histórico no se ha roto del todo, como lo demuestra la voluntad de aniquilar el esfuerzo bélico ruso privándolo de su apoyo en los combustibles fósiles. Pero las modalidades del vínculo histórico entre guerra y energía han sufrido una inflexión esencial en los últimos días: las guerras ya no se libran sólo por los recursos con la esperanza de conquistar un lebensraum territorial o geológico, las guerras se libran a través de las políticas energéticas. La energía ya no es sólo una fuente de poder en la medida en que alimenta a los ejércitos y a la producción, también es un factor de riesgo que hay que superar. En este juego entre energía-poder y energía-desastre, la ecología de guerra es una fórmula política con un gran futuro.

Las guerras ya no se libran sólo por los recursos con la esperanza de conquistar un lebensraum territorial o geológico, las guerras se libran a través de las políticas energéticas. La energía ya no es sólo una fuente de poder en la medida en que alimenta a los ejércitos y a la producción, también es un factor de riesgo que hay que superar.

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Por supuesto, el control de los recursos es una herramienta de coerción muy utilizada. En el caso de las sanciones económicas contra Irán, por ejemplo, el aislamiento diplomático y el debilitamiento económico del país rival ya se consiguen mediante mecanismos relacionados con la energía. En la época de la crisis del petróleo de 1977, se adoptaron medidas masivas de ahorro energético, y el presidente Carter parafraseó a William James cuando anunció que la moderación energética era “el equivalente moral de la guerra”13. Pero en la situación actual, un elemento adicional marca la diferencia: Estados Unidos, en una medida muy limitada, y sobre todo Europa, consienten voluntariamente a un sacrificio económico inmediato en nombre de un bien superior que es la estabilidad, la democracia y, en última instancia, la concordia universal en una misma Tierra. Éste es el elemento que realmente permite hablar de una ecología de guerra, asumiendo el paralelismo con la economía de guerra: se requiere un esfuerzo de la sociedad civil en el contexto de la rivalidad estratégica, un esfuerzo que tiende a asimilar el comportamiento privado, las decisiones individuales, a una contribución directa a la dinámica de la confrontación. La conducción de la guerra por medio de la ecología, en el caso de la sobriedad energética precipitada, hace de cada uno de nosotros un actor potencial de la movilización, y pone en juego la responsabilidad de cada uno en el despliegue de los acontecimientos.

Matriz estratégica de los años veinte

En este sentido, ya no se trata sólo de poner en juego la energía como medio y como fin de la confrontación, sino de introducir las políticas climáticas en una nueva gran narrativa histórica. Mientras que el sacrificio que exigen los ecologistas a la industria y a los consumidores para mitigar el choque climático solía codificarse como una restricción pesada, incierta y engorrosa, este mismo esfuerzo, que ahora se califica como una cuestión de seguridad internacional, de subversión de la tiranía y, en cierto modo, de patriotismo, se convierte de repente no sólo en algo aceptable, sino en algo que se busca activamente.

La conducción de la guerra por medio de la ecología, en el caso de la sobriedad energética precipitada, hace de cada uno de nosotros un actor potencial de la movilización, y pone en juego la responsabilidad de cada uno en el despliegue de los acontecimientos.

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La descarbonización de la economía se convierte en la oportunidad de deshacerse de la encarnación contemporánea del totalitarismo, y por una curiosa inversión histórica, ya no es la intensificación energética la que hace posible la victoria, sino la abstinencia invocada como arma de guerra.

Cada vez son más los análisis que cuestionan la capacidad de las sanciones económicas para ejercer suficiente presión sobre el régimen ruso y obtener una retirada de las tropas de Ucrania o provocar la caída de Putin14. Existe el riesgo de que el sufrimiento ruso alimente el victimismo e inflame el nacionalismo, de que las sanciones se extiendan a la población civil por la perturbación de los mercados de alimentos, o incluso de que perjudiquen a la propia Europa más que al objetivo previsto. Del mismo modo, la lucidez impone una mirada crítica sobre la ecología de guerra en un momento en que parece imponerse como matriz geoestratégica de la Unión Europea.

© AP Photo/Rodrigo Abd

Por un lado, es evidente que los intereses ecológicos y de seguridad convergen, que por fin tenemos un argumento que movilizará esferas de influencia e inversión que hasta ahora se resistían a la transición energética. Aunque el debate sobre la dimensión de seguridad de la crisis climática lleva varios años, la guerra entre Rusia y Ucrania es una materialización de esas reflexiones, y parece imposible volver en el futuro. 

Ya no se trata sólo de poner en juego la energía como medio y como fin de la confrontación, sino de introducir las políticas climáticas en una nueva gran narrativa histórica.

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Una vez más, se pueden establecer analogías históricas: la constitución del Estado de bienestar moderno es en gran medida producto de la situación de posguerra, y si la reinvención del «Estado de guerra» en el «Estado de bienestar» arroja una luz poco halagadora sobre las ambiciones reales que impulsaron las medidas de protección social, hay que aceptar que los fines ideales se consiguen con medios realistas. El avance hacia una base energética descarbonizada, o incluso hacia una cierta cultura cívica de moderación energética, podría haberse logrado por la mera fuerza de los argumentos socioecológicos, pero la historia está llena de ironías y quizás una guerra acabe por hacer realidad esta transición.

Por otro lado, está claro que la apuesta es arriesgada, al igual que el juego. Si resulta que la cultura de la autolimitación no tiene los efectos geopolíticos esperados, podría erosionar el potencial de movilización de las cuestiones climáticas en el futuro. Si la organización real de la sobriedad energética en Europa resultara caótica, ineficaz, injusta y se percibiera socialmente como una carga, la ecología de guerra se asimilaría rápidamente a una nueva etapa de la desastrosa historia del proyecto europeo. De momento, se ha movilizado sobre todo el registro de la responsabilidad individual —apagar las luces, andar en bicicleta…— y de la resiliencia ante las crisis: no se ha puesto en marcha ningún plan de inversión concreto en nuevas energías ni en eficiencia, ni se ha lanzado ninguna estrategia de planificación, por lo que la dimensión sistémica de los problemas queda rezagada. Si la transición energética europea deja en el camino a algunos de los actores económicos más vulnerables (los países de Europa del Este en particular), podría crear nuevas líneas de fractura dentro del continente. Por último, si el cambio se impone a nivel internacional en forma de ajustes estructurales y restricciones exógenas, como en el caso de la austeridad fiscal, las fracturas podrían adquirir una dimensión global.

Además de todo esto, la ecología de guerra debe enfrentarse a la estrategia opuesta, promovida por los representantes de la coalición fósil. Esa estrategia afirma que hay que acelerar la extracción de combustibles fósiles en todas las regiones del mundo fuera de Rusia para compensar las pérdidas relacionadas con un posible boicot, y reafirma el hecho de que sólo la movilización energética puede deshacerse del enemigo. Por ejemplo, la diplomacia estadounidense se ha mostrado activa a la hora de reconstruir las asociaciones con Venezuela, y la Unión Europea ha intentado aumentar su suministro de gas natural licuado (GNL). En menor medida, también se están erosionando algunas normas medioambientales en Europa para dejar más espacio a las actividades extractivas y agrícolas, de nuevo para proporcionar un espacio normativo suficiente para la compensación de las pérdidas en importaciones. Y a falta de una verdadera estrategia socioeconómica de ahorro energético, se impone la hipótesis de la sustitución del suministro.

En otras palabras, el éxito de la ecología de guerra depende en gran medida de cómo se articulen las dimensiones geoestratégica y distributiva. Como siempre, y como nos recuerda brillantemente Helen Thompson en su último libro, la geopolítica y las relaciones de clase son indisociables. La economía energética, y en particular los combustibles fósiles, es uno de los intermediarios más poderosos entre los dos polos de la justicia humana, a saber, la regulación de las relaciones de poder internacionales y la creación de instituciones redistributivas. La energía impulsa tanto la conquista del poder como las oportunidades de empleo en las sociedades industriales; el precio de los recursos fósiles es un motor histórico determinante en las relaciones comerciales y sociales a escala mundial. La idea de que el desafío climático está modificando este acuerdo geopolítico y de justicia social ya está presente en el imaginario popular, a menudo en estado latente, a menudo de forma puramente declarativa que mira hacia un futuro algo abstracto. El vínculo es ahora absolutamente inmediato. La guerra ayuda a redibujar el espacio de las posibilidades políticas. Pero no se trata de un mecanismo ciego e impersonal: la ecología de guerra es, por el momento, un conjunto dispar de medidas y ambiciones circunstanciales, y su consolidación como columna vertebral de la Europa de los años veinte depende enteramente de nuestra capacidad para traducirla en una política social. Esto es especialmente cierto en la medida en que el objetivo no es sólo reducir nuestro consumo bruto de combustibles fósiles, sino también crear una movilización colectiva y una comunidad de intereses en la sociedad europea en torno a los principios de la ecología. Porque detrás de la ecología de guerra se perfila el patriotismo ecológico.

La ecología de guerra es, por el momento, un conjunto dispar de medidas y ambiciones circunstanciales, y su consolidación como columna vertebral de la Europa de los años veinte depende enteramente de nuestra capacidad para traducirla en una política social.

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Evidentemente, es demasiado pronto para pronunciarse de manera concluyente sobre las consecuencias de esta coyuntura histórica. Pero nunca se insistirá lo suficiente en la importancia de los movimientos políticos que se van sumando en torno a la ecología de guerra. Con un poco más de perspectiva, está claro que el éxito de esta estrategia va de la mano de la lucha contra la amenaza interna que supone el régimen de Putin para Europa. Este último es, de hecho, el paladín internacional de una ideología del declive, nacionalista y militarista, sin ningún interés por el problema del clima, y que sólo espera el fracaso de la reinvención de Europa para devorar sus restos. En otras palabras, la capacidad de Europa de no caer totalmente bajo la influencia del modelo totalitario de Putin depende de la invención de un modelo de desarrollo, de cooperación y e construcción cívica que integre el imperativo global en el juego de las rivalidades geopolíticas15.

Notas al pie
  1. Nicholas Mulder, The Economic Weapon. The Rise of Sanctions as a Tool of Modern War, Yale University Press, 2022, 448p.
  2. Samuel Moyn, Humane : How the United States Abandoned Peace and Reinvented War, Farrar, Straus and Giroux, 2021, 416p.
  3. Uso la expresión de Thierry Salomon, ingeniero especialista en política energética.
  4. François Hollande, « Pour arrêter Vladimir Poutine, arrêtons de lui acheter du gaz », Le Monde, 7 de marzo de 2022
  5. https://twitter.com/ZiaWeise/status/1497896784378671106?s=20&t=jY4vkyPVd6DauvL80umITA
  6. IEA, A 10-Point Plan to Reduce the European Union’s Reliance on Russian Natural Gas, marzo 2022
  7. Olivier Milman, ‘This is a fossil fuel war’ : Ukraine’s top climate scientist speaks out, The Guardian, 9 de marzo de 2022
  8. Ver por ejemplo: https://twitter.com/createstreets/status/1500012971317157889?s=20&t=jY4vkyPVd6DauvL80umITA
  9. Jeff Sommer, Russia’s War Prompts a Pitch for ‘Socially Responsible’ Military Stocks, The New York Times, 4 de marzo de 2022
  10. Kenneth Rogoff, Is the Peace Dividend Over ?, Project Syndicate, 2 de marzo de 2022
  11. Ver por ejemplo: https://twitter.com/no_face/status/1497023409926156292?s=20&t=jY4vkyPVd6DauvL80umITA
  12. Véase Timothy Mitchell, Carbon Democracy, y, más recientemente, Helen Thompson, Disorder. Para una discusión sobre las evoluciones recientes de la ecuación entre energía y poder, véase https://legrandcontinent.eu/fr/2020/09/30/le-tournant-realiste-de-lecologie-politique/
  13. Miller Center, April 18, 1977 : Address to the Nation on Energy
  14. Dominik A. Leusder, Strangling Russia’s Economy Won’t End Putin’s War — But Could Be Disastrous for CiviliansJacobin Mag, 2 de marzo de 2022
  15. Agradezco a Magali Reghezza, cuya relectura crítica fue muy benéfica para el texto.