Las dos geopolíticas de la energía, una conversación con Helen Thompson

« Vamos a vivir en un mundo caracterizado por una compleja geopolítica de la energía verde, combinada con una geopolítica muy caótica vinculada a los combustibles fósiles tradicionales. Estas dos dinámicas coexistirán. » Tras la invasión de Ucrania, Helen Thompson analiza las líneas de fractura que marcan esta época del desorden.

Helen Thompson, Disorder: Hard Times in the 21st Century, Oxford, Oxford University Press, 2022, 384 páginas, ISBN 9780198864981

Helen Thompson es profesora de Economía Política en el Departamento de Ciencias Políticas y Estudios Internacionales de la Universidad de Cambridge. Escribe una columna quincenal para el New Statesman y ha sido colaboradora habitual del podcast Talking Politics. Nos reunimos con ella con motivo de la publicación de su último libro, Disorder: Hard Times in the 21st Century, publicado por Oxford University Press.

El objetivo de su libro es mostrar cómo las disfunciones actuales —tanto en la política interna de las democracias occidentales como en la política internacional— se originan en una serie de choques estructurales cuyos efectos se han extendido entre las esferas geopolítica, económica y política. Entre las diversas fuerzas que están detrás de estas rupturas, usted dice que la geopolítica de la energía es un factor determinante. ¿Puede repasar la historia de esta geopolítica en el siglo XX y principios del XXI? 

El punto de partida de la geopolítica energética contemporánea, y en consecuencia, de mi libro, está a principios del siglo XX, cuando quedó claro para las principales potencias europeas que iba a comenzar una «era del petróleo». Muy pronto, los gobiernos europeos se dieron cuenta de que ese mundo sería bastante peligroso si no hubiera reservas de petróleo en su suelo, a diferencia de, por ejemplo, Estados Unidos o Rusia. Durante la Primera Guerra Mundial, quedó claro que el poder militar del siglo XX se basaría en el petróleo como fuente de energía. Por ello, la contribución más importante de Estados Unidos a la guerra no fue necesariamente mandar tropas, sino su capacidad de suministrar petróleo a Gran Bretaña y Francia, mientras Alemania y sus aliados no podían conseguirlo. 

Después de la Primera Guerra Mundial, todos los países europeos intentaron deliberadamente liberarse de lo que se había convertido en una dependencia del petróleo importado del hemisferio occidental, especialmente de Estados Unidos. Como resultado, al final de la guerra, Estados Unidos se encontró paradójicamente en una situación difícil, ya que su suministro de petróleo empezó a verse limitado por su capacidad de producción, mientras que Gran Bretaña y Francia se habían establecido en Medio Oriente, la región del mundo con las mayores reservas de petróleo.

Esto puso en marcha una compleja serie de dinámicas geopolíticas que explican gran parte de la política europea de entreguerras, incluida la forma en que los nazis reaccionaron al problema de la exclusión alemana de Medio Oriente y las consecuencias de la falta de petróleo en su territorio. En mi libro, describo el surgimiento, a partir de finales de los años 20, de una dependencia energética de los países de Europa occidental respecto al petróleo soviético. Durante la Guerra Fría, aunque esta dependencia se había convertido en un tema tabú, Estados Unidos no estaba preparado para que los países de Europa occidental volvieran a importar petróleo del hemisferio oeste, porque los propios estadounidenses estaban muy preocupados por la sostenibilidad de su suministro interno. En consecuencia, los países europeos no tuvieron más remedio que concentrar sus esfuerzos de abastecimiento en Medio Oriente, lo que supuso un verdadero problema por el riesgo de inestabilidad geopolítica en la región.

La crisis de Suez y la década de 1970 fueron también puntos de inflexión en la geopolítica mundial de la energía… 

Como explico en el libro, la crisis de Suez fue un momento geopolítico decisivo para la estructuración de la seguridad energética de la posguerra en Europa occidental. Las acciones británicas, francesas e israelíes para garantizar esta seguridad enfurecieron a Eisenhower, que no quería dar la impresión de que Estados Unidos se oponía al nacionalismo árabe apoyando a las potencias imperiales europeas. En este contexto se originó la relación energética entre Europa occidental y la Unión Soviética, basada primero en el petróleo, en los años 50 y 60, y luego en el gas en los 70.

En efecto, la década de 1970 es especialmente importante para entender por qué Occidente se encuentra en la situación actual. En 1970, la producción nacional de petróleo de EUA alcanzó un pico que duraría hasta el boom del esquisto de la década de 2010. Como resultado, a partir de 1970, Estados Unidos se convirtió en el mayor importador de petróleo del mundo y aumentó considerablemente su dependencia de las importaciones de petróleo de Medio Oriente. Sin embargo, los estadounidenses no estaban en condiciones de suceder a los británicos en la posición dominante de la región, porque una intervención militar en Medio Oriente era inconcebible después de la guerra de Vietnam, pero también porque el nacionalismo energético estaba creciendo en muchos países productores de petróleo, en parte como resultado de la descolonización. A finales de 1973, Arabia Saudita había dejado claro que estaba dispuesta a utilizar el petróleo como arma geopolítica. En Irán, la revolución de 1979 desembocó en relaciones hostiles con Washington. Estados Unidos se colocó así en una posición de dependencia frente a una parte del mundo en la que le resultaba increíblemente difícil ejercer una influencia duradera en la configuración del reparto de poder. La forma en que los estadounidenses trataron de abordar este problema recorre la geopolítica de los años 70 hasta la década de 2010.  

Estados Unidos se colocó así en una posición de dependencia frente a una parte del mundo en la que le resultaba increíblemente difícil ejercer una influencia duradera en la configuración del reparto de poder. La forma en que los estadounidenses trataron de abordar este problema recorre la geopolítica de los años 70 hasta la década de 2010.  

HELEN THOMPSON

Sin embargo, cuando Estados Unidos volvió a ser un importante productor de petróleo y de gas gracias al boom del esquisto, resultó ser tan desestabilizador para Medio Oriente como cuando intentó utilizar el poder militar para estabilizar la región entre la primera y la segunda guerra de Irak. En cierto sentido, pues, existe un marco histórico estructurante en torno al posicionamiento de Estados Unidos en Medio Oriente. Las dificultades actuales asociadas a este posicionamiento constituyen un nodo central de tensiones que moldean la dinámica geopolítica actual.

¿Hasta qué punto cree que los intereses energéticos explican las diferencias internas de la Unión Europea y nos ayudan a entender mejor la situación actual?

La energía es una diferencia fundamental dentro de la Unión Europea. Si nos remontamos a la década de los 90 y principios de los 2000, los distintos países de la UE tenían actitudes muy distintas respecto a dejar de depender del gas de Rusia. Alemania, en particular, nunca ha abrazado la idea de que Europa necesita liberarse del gas ruso porque, desde 1970, los gobiernos alemanes han hecho de la relación gasística con la Unión Soviética —y luego con Rusia— la piedra angular en muchos aspectos de la Ostpolitik. Otros países europeos han sido más activos en la búsqueda de alternativas. Sin embargo, el verdadero punto de tensión en este tema dentro de Europa lo provocó el boom del gas de esquisto en Estados Unidos en la década de 2010. De hecho, el desarrollo por parte de Estados Unidos de una importante capacidad de exportación de gas natural licuado a través de los océanos le ha permitido posicionarse como un nuevo competidor de Rusia en el mercado europeo del gas.

Algunos países de la UE, con Polonia a la cabeza, querían aprovechar esta oportunidad no sólo porque les molestaba la dependencia general de la UE respecto a Rusia, sino también porque estaban muy preocupados por los intentos de Putin de rodear a Ucrania para llevar el gas ruso a Europa. Tal fue el caso, en particular, cuando en 2005 el gobierno alemán aprobó Nord Stream I que pasa por debajo del Mar Báltico. Esta situación se vio agravada por una desafortunada contradicción: mientras que la Comisión no fue muy severa con Nord Stream, sí lo fue con el gasoducto South Stream, que debía pasar por debajo del Mar Negro, desde Rusia hasta Bulgaria, y que fue detenido por una acción conjunta de las autoridades europeas y estadounidenses. Por lo tanto, este contexto daba la impresión de un trato injusto: la dependencia de los oleoductos que rodean Ucrania no parecía ser un problema para abastecer a Alemania, pero era inaceptable para los Estados miembros del sur de Europa.

En lo que respecta a Ucrania en sí, creo obviamente que el punto álgido es en gran medida la energía. Es realmente importante entender que la disolución de la Unión Soviética en 1991 tuvo un profundo efecto en la naturaleza de la dependencia energética de la Unión con respecto a Rusia. Los oleoductos que iban de la Unión Soviética a Polonia se convirtieron en oleoductos entre Rusia y los países independientes que ahora son Ucrania y Bielorrusia. Desde el punto de vista de los rusos, esto resultó ser una gran vulnerabilidad que los puso en desventaja. Incluso antes de que Putin llegara al poder a finales de 1999, el gobierno ruso no se sentía cómodo con esta dependencia del tránsito a través de Ucrania y buscaba alternativas, inicialmente bajo el Mar Negro más que bajo el Báltico.

¿Cuál es su lectura de las diferencias que atraviesan paralelamente a la OTAN y a la Unión Europea? 

En lo que respecta a las diferencias entre la Unión Europea y la OTAN en la cuestión de Ucrania, la raíz del problema radica en la dependencia de la UE frente a la OTAN para garantizar su seguridad. En este sentido, no creo que sea en absoluto una coincidencia que los países de Europa del Este se hayan incorporado a la OTAN varios años antes de entrar en la UE —como Polonia, Hungría, la República Checa o Eslovaquia— o el mismo año —como las repúblicas bálticas en 2004—. Por el contrario, lo que la UE trató de hacer entonces con Ucrania —y que fue el preludio de la crisis de 2014 con la anexión de Crimea— fue obtener una especie de adhesión por asociación cuando no sólo Ucrania no formaba parte de la OTAN, sino que los gobiernos alemán y francés habían vetado su adhesión en 2008 y, en el caso de Alemania, debilitado su posición económica al aceptar el Nord Stream. La idea de que Ucrania podía llegar a un acuerdo de adhesión por asociación y mantener su integridad territorial, mientras estaba en medio de una crisis financiera y sin una perspectiva clara de ingreso a la OTAN, es un planteamiento muy incoherente y perjudicial. 

La idea de que Ucrania podía llegar a un acuerdo de adhesión por asociación y mantener su integridad territorial, mientras estaba en medio de una crisis financiera y sin una perspectiva clara de ingreso a la OTAN, es un planteamiento muy incoherente y perjudicial. 

HELEN THOMPSON

Creo que el reto para el futuro será Turquía, entre otras cosas porque hay muchos paralelismos estructurales entre la historia de Turquía y la de Ucrania desde el final de la Guerra Fría. Las dinámicas específicas son obviamente diferentes, pero ambos son países bastante grandes, que colindan con la UE y con Rusia. En cierto modo, han sido objeto de una lucha entre estos dos polos de poder en lo que respecta a las relaciones económicas, y sobre todo al tránsito energético. En particular, en las décadas de 2000 y 2010 hubo un intento, alentado por las autoridades de Ankara, de ver a Turquía como un Estado de tránsito estratégico que podría llevar gas a Europa desde Azerbaiyán y Medio Oriente. Algunos esperaban que este enfoque le permitiera a Turquía entrar a la UE, pero las autoridades europeas también se dieron cuenta muy pronto de que había grandes dificultades logísticas y políticas para animar a Turquía a convertirse en un centro energético para Europa.

En el libro, usted dedica una amplia sección a China y a su reorientación estratégica de largo plazo desde el Pacífico hacia Eurasia. ¿Puede describir las circunstancias y consecuencias de ese cambio geopolítico?

Para entender este cambio, hay que remontarnos a principios de la década de 2000 y a la guerra de Irak en particular. A partir de 1993, China ya no puede depender exclusivamente de su producción nacional de petróleo y se convierte en importadora. A partir de entonces, los dirigentes chinos entendieron muy bien que esto planteaba algunos problemas, ya que ahora tenían que importar petróleo de Medio Oriente y de África. Esta dependencia ponía a China, en el largo plazo, a merced del poder naval estadounidense. Lo anterior causó gran preocupación en Pekín, ya que la invasión de Irak en 2003 confirmó que los estadounidenses también estaban muy preocupados por la seguridad energética y los problemas de suministro de petróleo. 

A partir de 1993, China ya no puede depender exclusivamente de su producción nacional de petróleo y se convierte en importadora.Esta dependencia ponía a China, en el largo plazo, a merced del poder naval estadounidense.

En ese momento, los dirigentes chinos se dieron cuenta de que eran muy vulnerables, pues los estadounidenses podían cortar el suministro de petróleo de China bloqueando el estrecho de Malaca. En mayo de 2003, el gobierno chino y Putin llegaron a un acuerdo sobre la construcción de un oleoducto entre Rusia y China, reduciendo así, en principio, el volumen de las importaciones de petróleo a través de Malaca.

Esta decisión geopolítica se dio 10 años antes que las nuevas rutas de la seda de Xi Jinping, pero creo que marca la toma de conciencia por parte de China de los riesgos que implica el tránsito energético por mar en un mundo en el que Estados Unidos sigue siendo la potencia naval dominante. No cabe duda de que cuando Xi Jinping dio el giro en 2013, estaba motivado en parte por la necesidad de conseguir una salida directa por tierra del Golfo Pérsico lo antes posible, para no depender tampoco de Rusia. Así, se dirigió a Guadar, en la costa pakistaní, justo debajo del Golfo Pérsico, con la idea de construir un oleoducto a través de Pakistán que llevara el petróleo a la provincia de Xinjiang. Esto también explica por qué Xi Jinping ve cualquier resistencia al dominio chino en esta provincia como una gran amenaza para la seguridad de China. La geografía juega aquí un papel fundamental.

¿De qué manera el giro euroasiático de China ha sido una fuente de importantes trastornos geopolíticos y económicos para la Unión Europea? 

Lo que vemos —y esto es anterior a la llegada de Xi al poder— es un giro chino hacia Europa en términos de mercados de exportación e inversión extranjera tras la crisis financiera de 2008 y hasta mediados de la década de 2010. A continuación, China también experimenta una crisis financiera en 2015, provocada en gran medida por las medidas de la Reserva Federal de Estados Unidos para restablecer cierta normalidad monetaria mediante la subida de las tasas de interés. Esta crisis, bastante grave desde el punto de vista de China, lleva al banco central chino a imponer más controles de capital, lo que provoca un repliegue de las inversiones en la Unión Europea. Sin embargo, esto es mucho menos frecuente en los países de Europa del este y del sur que en los de Europa occidental. Como resultado, en 2016 quedó claro que la relación con China estaba dividiendo a la Unión Europea. Además, Alemania había desarrollado una relación económica especial con China a partir de la década de 2000 gracias a su capacidad de exportación única en Europa. Así que ya había una diferencia en torno a China en la Unión, que estaba vinculada a la singularidad de la economía alemana, a la que se añadieron divisiones en torno a los países en los que los chinos siguieron invirtiendo después de 2016. 

La primera diferencia en torno a China en la Unión estaba vinculada a la singularidad de la economía alemana, a la que se añadieron divisiones en torno a los países en los que los chinos siguieron invirtiendo después de 2016. 

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Ante esta situación, Angela Merkel y Emmanuel Macron se mostraron bastante descontentos con el giro que estaban dando las relaciones entre la Unión y China, y con la capacidad de las autoridades chinas para dividir Europa. Esta tensión llegó realmente a un punto crítico a principios de 2019, cuando Italia decidió unirse a las nuevas rutas de la seda. Por ello, Merkel y Macron hicieron muchos esfuerzos por conseguir el acuerdo global de inversiones. En la medida en que este acuerdo se materializó en diciembre de 2020, en el interludio entre las elecciones presidenciales estadounidenses y la toma de posesión de Joe Biden como nuevo presidente, me parece que se trató de una verdadera declaración de autonomía estratégica, que indicaba que la Unión no podía verse limitada por el estado de las relaciones entre Estados Unidos y China.

Aunque es bastante difícil que la Unión adopte una posición unificada con respecto a China, y aunque el acuerdo no se ratificó debido a las acciones chinas posteriores, hemos visto claramente en esta secuencia cómo la aspiración de autonomía estratégica europea, formulada generalmente por los franceses en términos de defensa, se ha combinado con la idea alemana de autonomía estratégica económica. En este sentido, Emmanuel Macron y Angela Merkel acabaron en la misma frecuencia, aunque no compartieran la misma perspectiva inicial. Se trata de un avance importante en el posicionamiento de los países europeos en el contexto de la rivalidad sino-estadounidense.

Al mismo tiempo, hay que reconocer que es difícil que los estadounidenses presionen a los países de la UE, especialmente a Alemania, para que decidan entre sus intereses estratégicos frente a Rusia y China. Creo que si la administración Biden estaba dispuesta a levantar las sanciones sobre Nord Stream 2 en mayo de 2021 era porque los colaboradores de Biden creían que tal concesión podría, a cambio, convencer a las autoridades alemanas de alinearse más estrechamente con la posición de Washington frente a China. Pero los acontecimientos demostraron que esta estrategia era errónea y Putin aprovechó las concesiones para debilitar la posición de Ucrania.  Este episodio muestra cómo el enredo entre la cuestión china y la cuestión rusa no sólo dificulta las cosas para la UE, sino también para los estadounidenses.

¿Cuáles son las dinámicas energéticas estructurantes que prevé para el futuro? En el libro, usted habla en particular de la coexistencia entre la geopolítica «tradicional» del petróleo y del gas y las nuevas formas de rivalidad, por ejemplo, en torno a la producción en los sectores de las energías renovables. 

Creo que es fundamentalmente ingenuo pensar que la transición a la energía verde podría eliminar la geopolítica de las cuestiones energéticas. Sin embargo, me parece que hay mucha esperanza retórica en esta idea porque los gobiernos europeos llevan más de un siglo enfrentándose constantemente a problemas de dependencia energética del exterior y se han dado cuenta de que la gestión de esos problemas tiene consecuencias destructivas, incluso catastróficas. La idea de que la energía verde es una salida a esta situación es, por supuesto, atractiva, porque si sólo dependemos del viento que sopla y del sol que brilla en el propio país, no hay necesidad de ir a buscar petróleo ni gas por todo el mundo y enfrentarse a las tensiones geopolíticas vinculadas a su búsqueda y explotación.

Creo que es fundamentalmente ingenuo pensar que la transición a la energía verde podría eliminar la geopolítica de las cuestiones energéticas.

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Sin embargo, dejando de lado los problemas de intermitencia ligados a la conversión del sol y del viento en energía, toda la cuestión de la infraestructura para captar esas fuentes de energía gira en torno a la escasez de tierras y minerales preciosos. Resulta que esta distribución dispersa por todo el mundo favorece a China, que además ocupa una posición dominante en las cadenas de producción, de extracción y de suministro de esos metales, lo cual hace que la energía verde sea una cuestión eminentemente geopolítica, no sólo en términos de la relación de Europa con China, sino también con el resto del mundo, y por supuesto en el contexto de la rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y China. 

Además, el proceso de transición energética no se completará en un corto periodo de tiempo, sobre todo porque los compromisos de cero emisiones se basan en tecnologías que aún no existen. Tenemos que vivir en el presente, lo que significa que la vieja geopolítica de la energía fósil continuará, a pesar de que la dinámica que hay detrás es muy disfuncional y de que las limitaciones de suministro son significativas, especialmente para el petróleo. El boom del esquisto ayudó a gestionar en parte estas limitaciones durante la década de 2010, pero la pregunta ahora es si los productores estadounidenses podrán volver a tener el mismo volumen que a finales de 2019. De hecho, es importante señalar que la producción de petróleo de esquisto había alcanzado su punto máximo justo antes de que llegara la pandemia, no a causa de ella. Por tanto, vamos a vivir en un mundo caracterizado por una compleja geopolítica de la energía verde, combinada con una geopolítica muy caótica vinculada a los combustibles fósiles tradicionales. Estas dos dinámicas coexistirán. 

Vamos a vivir en un mundo caracterizado por una compleja geopolítica de la energía verde, combinada con una geopolítica muy caótica vinculada a los combustibles fósiles tradicionales. Estas dos dinámicas coexistirán. 

HELEN THOMPSON

¿Cómo se entrelazan las dinámicas energéticas y económicas de los últimos cincuenta años en la historia de las diferencias geopolíticas? Usted sostiene en su libro que la crisis financiera de 2008 fue también una crisis del petróleo. ¿Puede hablarnos de esto y de cómo 2005 fue un año clave en este sentido? 

Creo que hay dos maneras de entender la interacción entre la historia del petróleo y la crisis financiera de 2008. La primera, y en cierto modo la más sencilla, es recordar que tres meses antes de la quiebra de Lehman Brothers, que suele considerarse el epicentro del crack financiero, el petróleo alcanzó los 150 dólares por barril, el precio más alto de la historia en términos absolutos y ajustados a la inflación. A partir de entonces, los precios del petróleo se desplomaron. Cuando se observa el estado de las economías occidentales en ese momento, en junio de 2008, se ve que la economía estadounidense estaba en recesión desde el último trimestre de 2007; las economías de la eurozona y del Reino Unido estaban en recesión porque no podían sostener unos precios del petróleo tan altos. Esto no es en absoluto sorprendente, ya que todas las grandes recesiones de las economías occidentales desde el final de la Segunda Guerra Mundial han tenido como condición previa los altos precios del petróleo. Por lo tanto, existe una relación bastante directa entre los momentos en que el petróleo se encarece excesivamente, lo cual destruye la demanda, y los períodos de recesión. El hecho de que la crisis financiera se produjera de la forma que vimos en septiembre de 2008 evitó que entendiéramos la relación entre las crisis energética y económica, no porque la crisis financiera no fuera importante, sino porque la gente no vio que había otra crisis en marcha.

En segundo lugar, al analizar por qué los precios del petróleo alcanzaron el nivel de 2008, vemos que 2005 fue un año muy importante, ya que fue el año en que la producción de petróleo se estancó. Hay muchas razones que explican este estancamiento, desde las secuelas de la guerra de Irak, pasando por el malestar interno en Venezuela y Nigeria, hasta el hecho de que el régimen iraní estaba sometido a sanciones. En definitiva, parece que sólo Rusia estaba en condiciones de aumentar significativamente su producción en un momento en que la demanda asiática en general, y la china en particular, aumentaba considerablemente. Así que llegamos a un punto en el que hubo un choque chino en la demanda de petróleo, pero con una producción insuficiente. Como era de esperarse, esto hizo subir rápidamente los precios. En cierto modo, el punto de unión directo entre estas dos situaciones es cuando el precio del petróleo subió significativamente en 2004, tanto que incluso la Reserva Federal y otros bancos centrales se preocuparon. La Reserva Federal comenzó a subir las tasas de interés en 2004, lo que tuvo consecuencias en el mercado inmobiliario estadounidense, y después en los mercados de títulos hipotecarios y, en última instancia, en los mercados de crédito bancario, donde se utilizaban esos títulos como garantía. Así, en cierta medida, la historia del mercado del petróleo y la crisis financiera tienen causas interconectadas.

Igualmente, los banqueros centrales empezaban a preocuparse en 2005 por la posibilidad de que las economías occidentales entraran en un periodo de estanflación como el de los años 70. Los niveles de inflación no fueron tan elevados debido a los efectos de la integración de China en la economía mundial, incluida la caída de los precios en ciertos sectores manufactureros, que actuó como fuerza antiinflacionaria. Sin embargo, creo que en 2005 y en los años siguientes se tomó conciencia de que se estaba produciendo un choque energético. Este choque sólo se tuvo en cuenta después de 2008 con el boom del esquisto, que proporcionó una nueva fuente de suministro considerable. Incluso entonces, entre 2011 y 2014, en los primeros años del boom del esquisto, los precios se mantuvieron muy altos, y fue en ese momento cuando el BCE reaccionó a lo que consideraba una presión inflacionaria subiendo las tasas de interés para la eurozona dos veces en 2011. Esto tuvo un impacto bastante significativo en varias economías de la eurozona, que entraron en recesión. El alcance de esta recesión varió de un país a otro, pero está claro que las perspectivas macroeconómicas y la situación del petróleo típica de la época interactuaron de forma perjudicial.

Que la crisis financiera se produjera de la forma que vimos en septiembre de 2008 evitó que entendiéramos la relación entre las crisis energética y económica, no porque la crisis financiera no fuera importante, sino porque la gente no vio que había otra crisis en marcha.

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El posicionamiento geoeconómico general de China parece haberse visto fuertemente afectado por este contexto. ¿Cómo ha influido en la relación económica sino-estadounidense y en su evolución en las últimas décadas? 

Una de las principales lecciones que ha aprendido China de todo lo ocurrido en 2008, incluida la pérdida de confianza del banco central chino en la compra de la deuda de las dos grandes empresas hipotecarias estadounidenses Fannie Mae y Freddie Mac, es que tiene un problema de dólares. En respuesta a ese problema, el gobierno ha intentado convertir la moneda china, el renminbi, en una moneda internacional. Una de las motivaciones a mediano y largo plazo era avanzar hacia un mundo en el que China ya no necesitara comprar petróleo ni gas en dólares, ni siquiera a Rusia, sino en su propia moneda. Yo diría que China consiguió modestamente internacionalizar el renminbi durante un tiempo, hasta que se vio obligada a endurecer los controles de capital durante la crisis financiera de 2015-2016. La idea de que los extranjeros utilicen el renminbi como moneda, y que después se enteren de que el gobierno chino puede impedirles convertirlo en moneda extranjera, ha limitado considerablemente la viabilidad de la estrategia.

Así que los intentos de China por escapar de la dolarización no han sido muy eficaces. De hecho, yo diría que la mayor integración de los bancos y las grandes empresas chinas en los mercados de crédito en dólares tras el crack hizo que China fuera más vulnerable que antes frente a Estados Unidos en términos monetarios y financieros. A mediados de la década de 2000, Estados Unidos era potencialmente más vulnerable frente a China en términos monetarios que a la inversa, ya que las tasas de interés estadounidenses habrían subido si los chinos hubieran dejado de comprar deuda estadounidense. Pero después de 2008, los estadounidenses dejaron de necesitar a los chinos como acreedores estructurales, ya que la Reserva Federal pudo satisfacer las necesidades de endeudamiento del gobierno mediante la flexibilización cuantitativa. China no dejó de ser acreedora de Estados Unidos, pero los programas de expansión cuantitativa alteraron la situación. Al mismo tiempo, las decisiones de la Junta de la Reserva Federal tuvieron un mayor impacto en la economía china que antes de 2008, como lo demuestra la crisis financiera china de 2015-2016.

Si bien es llamativo que la primera respuesta económica de China tras el crack de 2008 fuera por el lado financiero, tratando de escapar de la trampa del dólar, el enfoque de China a partir de 2015 se centró más en su transformación en una superpotencia manufacturera de alta tecnología, con ambiciones de dominar en el terreno en energía verde, vehículos eléctricos, etc. No estoy segura de cómo se desarrolla esto en la mente de Xi Jinping, pero China pasó de la necesidad de reducir su dependencia financiera a querer dominar la fabricación y las cadenas de suministro que la rodean.

Parte del cambio chino está anclado en su deseo de reducir la vulnerabilidad del país frente a los mercados estadounidenses después de 2008, lo que también significa que China tiene que depender un poco más del mercado europeo y de la inversión en la Unión Europea, como ya hemos comentado. Creo que es revelador que China haya frenado la inversión en Europa en 2016 porque no podía escapar del problema de la dependencia del dólar. Este es un parámetro clave para entender las dificultades de China. En este sentido, la economía mundial en la década de 2010 está moldeada por la fuerza china, por supuesto, pero también por sus debilidades, que son principalmente financieras y monetarias. 

La economía mundial en la década de 2010 está moldeada por la fuerza china, por supuesto, pero también por sus debilidades, que son principalmente financieras y monetarias. 

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Teniendo en cuenta el contexto actual y todos los elementos comentados en esta entrevista, ¿cuáles son los puntos álgidos a los que prestaría especial atención en los próximos meses y años? 

Creo que muchas de las cuestiones que acabamos de debatir se están cristalizando hoy en Ucrania, sobre todo porque está claro que esta guerra tiene consecuencias energéticas y económicas muy graves. Esto se refleja no sólo en el aumento de los precios de la energía, sino también en el de los alimentos. En este sentido, los dos lugares que podrían verse especialmente desestabilizados en las próximas semanas son Irak y Líbano. La inestabilidad de esos países ya era evidente en 2019, y dado que los altos precios del petróleo y de los alimentos fueron el motor económico de la Primavera Árabe en 2011, creo que podemos esperar turbulencias importantes en ambos países en los próximos meses.

En los próximos años, estaré muy atenta a lo que ocurra en Turquía y el Mediterráneo oriental en materia de gas, porque el Mediterráneo oriental se está convirtiendo en una fuente importante y evidente de suministro de gas para los países europeos, a medida que la producción despega allí. Esto plantea cuestiones complejas, ya que Turquía queda al margen de ese desarrollo del gas, y el revisionismo territorial que proyecta Erdogan en sus discursos, por ejemplo hacia Chipre o Grecia, es muy preocupante. Erdogan da la impresión, al menos retóricamente, de que es tan propenso a cuestionar los acuerdos territoriales europeos surgidos tras la Primera Guerra Mundial como Putin a cuestionar los acuerdos surgidos tras la disolución de la Unión Soviética al final de la Guerra Fría.  Puede que Turquía no tenga el poder militar de Rusia y su pertenencia a la OTAN impone obviamente límites, pero las dificultades energéticas de Turquía tendrán importantes consecuencias. En particular, es probable que esas consecuencias ejerzan presión sobre la relación franco-alemana.

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