Tras dos meses de una trayectoria errática, marcada por decenas de anuncios de un acuerdo inminente seguidos de amenazas con tintes a veces exterminadores, Donald Trump intenta ahora presentar el desenlace del conflicto con Irán como una victoria. 

En el mundo de ayer, en el que el resultado de las guerras se medía en función de las operaciones militares y el control de los territorios, el presidente estadounidense parece haber perdido efectivamente. No obstante, hay que tomarse en serio su convicción contraria.

En las últimas semanas, Donald Trump ha triunfado en el ámbito que considera decisivo: el de los mercados. La Bolsa, la valoración de los activos, el «stock market», constituyen a su juicio el verdadero árbitro, más relevante que los estados mayores, los diplomáticos o los expertos. «Esos imbéciles, que piensan que no he sido lo suficientemente firme con Irán, cuando la Bolsa acaba de alcanzar un NIVEL RÉCORD y los precios del petróleo se están “desplomando”, o están celosos, o son malas personas, o son estúpidos». 1 

Es cierto que resulta difícil imaginar a Churchill o a Roosevelt justificando el fin de la guerra contra Hitler por el entusiasmo que tal decisión despertaría en los mercados. Pero estas comparaciones nos llevarían por otro camino.

SpaceX, o cómo la geopolítica estadounidense se ha convertido en una tecnología para la creación de activos

La geopolítica contemporánea de Estados Unidos ya no puede interpretarse únicamente a través del prisma de la diplomacia, las doctrinas militares o los ciclos electorales. A partir de ahora debe considerarse como una tecnología de creación de activos. Las guerras, los anuncios, los cambios de rumbo, las regulaciones, los golpes de fuerza o los golpes de efecto son señales que el presidente de Estados Unidos envía a los mercados en un espacio informativo dominado por lo digital, donde la inteligencia artificial y su financiación se convierten en el motor fundamental de la creación de valor, el cambio de escala y el poder.

En esta nueva dimensión, Donald Trump no es un simple «accidente de la historia», sino la expresión y la cristalización de un nuevo paradigma de gobernanza económica y de las relaciones entre la política, la tecnología y los mercados. 

Sus «irregularidades», que se manifestaban a diario y de forma espectacular durante el conflicto iraní, no serían, por tanto, fruto de un capricho ni de su salud mental, sino que deben entenderse como una serie de maniobras destinadas a influir directamente en los índices bursátiles, garantizar las salidas a bolsa y consolidar un nuevo capitalismo centrado en las infraestructuras de inteligencia artificial.

Para darse cuenta de ello, basta con centrarse en un periodo de unas pocas horas.

El jueves 11 de junio por la mañana, Donald Trump dio las primeras señales de una reanudación brusca de la escalada contra Irán, lo que provocó una caída de los mercados financieros. El día anterior, el Nasdaq había cerrado con una caída del 1,98 % en un contexto de tensiones con Teherán, mientras que el precio del petróleo volvía a subir. La incertidumbre estratégica volvía a imponerse.

Unas horas después de estos anuncios, SpaceX iba a llevar a cabo la mayor salida a bolsa de la historia, en un contexto especialmente difícil, marcado por unos mercados poco favorables. Fue entonces cuando, de forma sorprendente, Donald Trump anunció de repente que renunciaba a los ataques previstos contra Irán, afirmando que se vislumbraba un acuerdo, sin que Teherán confirmara sus declaraciones.

Como ya hemos señalado, el impacto de las declaraciones del presidente de Estados Unidos en los mercados es ahora comparable al del presidente de la Fed. Por lo tanto, no es de extrañar que la reacción a estos anuncios sea inmediata: Wall Street da un giro, el Nasdaq cierra con una subida del 2,53 % y los bookrunners, que se disponían a fijar el precio de la operación, recuperan el ánimo. Ha llegado el momento de la relajación psicológica. 

¿Es una coincidencia que este repunte geopolítico se produzca justo en el momento en que SpaceX debe fijar el precio de su salida a bolsa, que finalmente se establecerá en 135 dólares por acción, un nivel especialmente elevado? ¿Está este repunte bursátil estrechamente relacionado con la distensión en el Golfo Pérsico? ¿Es posible imaginar que no haya ningún interés lucrativo detrás de este mecanismo?

Lo que es seguro es que el viernes 12 de junio, las acciones de SpaceX abrieron a 150 dólares, es decir, aproximadamente un 11 % por encima del precio de salida a bolsa, antes de estabilizarse en torno a los 160 dólares durante la sesión, para cerrar su primer día con una subida de entre el 19 % y el 20 %.

Con la información disponible en el dominio público, no es posible establecer un vínculo directo entre la secuencia iraní y un posible contacto entre Trump y Musk en relación con SpaceX. Pero ¿cómo no percibir una relación entre la política exterior, los mercados, los activos tecnológicos e incluso los intereses privados en el seno del nuevo orden de poder estadounidense?

Se trata, en este caso, de reconocer la existencia de una profunda coincidencia de intereses. Donald Trump debe dar la talla en cuanto al poderío tecnológico e industrial de Estados Unidos, mientras que Elon Musk necesita mercados alcistas, desregulación y capital paciente. Wall Street busca nuevos activos capaces de atraer el ahorro mundial. Por último, el aparato estratégico estadounidense necesita infraestructuras críticas privadas, pero de carácter nacional.

El capitalismo financiero estadounidense y la nueva razón de Estado

Retomando una expresión de Yves Lacoste, podríamos proponer un marco de interpretación radical, pero sorprendentemente eficaz, para dotar de coherencia a lo que a menudo parece una sucesión de improvisaciones: para Donald Trump, la geopolítica sirve, ante todo, para generar valor financiero. 

Puede que el presidente de Estados Unidos haya perdido la guerra con Irán, tal y como afirma el New York Times, 2 pero, al mismo tiempo, ha triunfado en el terreno que considera decisivo: el de los mercados. La espectacular salida a bolsa de SpaceX, mientras las negociaciones en torno al conflicto iraní estaban en pleno apogeo, es una hazaña financiera que pone de manifiesto una nueva articulación entre el poder público estadounidense, los mercados financieros, las infraestructuras de inteligencia artificial y el discurso geopolítico. 

Las cifras hablan por sí solas. Tras su salida a bolsa en el Nasdaq, la capitalización bursátil de SpaceX se disparó hasta los 1.780 mil millones de dólares, con una recaudación cercana a los 75 mil millones de dólares. Se trata de la mayor salida a bolsa de la historia. Sin embargo, el grupo registró una facturación de tan solo unos 18.700 millones de dólares en el año 2025 y unas pérdidas netas de 4.900 millones, con un CAPEX total de 20.700 millones.

La ecuación económica es, como mínimo, precaria. La única actividad realmente rentable de SpaceX, es decir, los lanzamientos de cohetes, financia por sí sola un conjunto heterogéneo de actividades que combinan una constelación orbital, infraestructura informática, modelos de inteligencia artificial y proyectos marcianos. 3 Sin embargo, la valoración bursátil no remunera los flujos de caja actuales, sino que se basa en la promesa de un cuasi-monopolio futuro en los ámbitos críticos de un nuevo ciclo tecnológico que podría abarcar la conectividad, la computación, los datos, la defensa, la logística orbital y la inteligencia artificial.

Si la operación hubiera fracasado, se habría visto debilitada toda la idea de un nuevo ciclo bursátil estadounidense, basado en la inteligencia artificial, la potencia de cálculo y las infraestructuras críticas, así como la pretensión de Estados Unidos de rivalizar con China y su propio modelo de desarrollo de la IA.

Se trata, sin duda, de la dimensión sistémica de lo que está ocurriendo. El capitalismo entra en una fase en la que los accionistas mundiales no se limitan a financiar empresas tecnológicas, sino que financian arquitecturas de poder ávidas de capital. La IA se ha convertido en una capa estratégica que reorganiza la jerarquía de las industrias, atrae el ahorro mundial hacia Estados Unidos y acentúa los desequilibrios entre los países con excedente de capital y los países capaces de absorber ese capital en forma de activos «soñados». 

Esta estrategia impulsada por la administración estadounidense encaja perfectamente en el «sistema Musk», basado en un principio sencillo: movilizar enormes volúmenes de capital para maximizar las posibilidades de ocupar, en el futuro, una posición dominante. 4

Esta interrelación entre el capital y las actividades comerciales plantea un problema clásico de gobernanza: ¿a partir de qué momento un conjunto de sociedades jurídicamente distintas, pero dirigidas por la misma persona, se convierte en un grupo integrado, sin la transparencia consolidada adecuada?

SpaceX es un ejemplo extremo de este modelo. La empresa ha acumulado pérdidas masivas, ha invertido más de 20 mil millones de dólares en CAPEX en un solo año y, en lo que respecta a su división espacial, depende de un flujo constante de contratos públicos, sobre todo de la NASA y del Pentágono.

En otras palabras, el Estado estadounidense garantiza en última instancia la seguridad de las infraestructuras estratégicas, y son los mercados privados los que se encargan después de sacar partido de ese potencial casi infinito.

Esto es lo que hace que la salida a bolsa de SpaceX sea excepcional: no solo por las cantidades históricas que están en juego, sino también por los cambios que ha impuesto en la propia estructura de los mercados estadounidenses. Para facilitar la llegada de un actor de esta envergadura, el Nasdaq ha flexibilizado varias de sus normas y adaptado sus procedimientos. 5 De este modo, SpaceX podrá incorporarse al Nasdaq 100 tras solo 15 días de cotización, frente a los varios meses que se requieren en circunstancias normales. También se han flexibilizado los requisitos relativos al capital flotante. Más que una simple salida a bolsa, la operación ilustra la capacidad de un actor que se ha convertido en sistémico para modificar las reglas del mercado encargado de acogerlo. 

Por su parte, el índice bursátil S&P se ha negado explícitamente a flexibilizar sus normas, recordando, en particular, el requisito de rentabilidad según las normas GAAP para formar parte de sus principales índices. Este contraste es fundamental, ya que pone de manifiesto que el éxito de una salida a bolsa ya no se deriva de una simple lógica de mercado o de la calidad de la empresa, sino de una adaptación institucional de las reglas del juego a un activo que se considera demasiado valioso como para dejarlo a merced de una devaluación.

OpenAI, Anthropic y xAI se preparan para ocupar los mercados públicos o semipúblicos, al igual que las grandes empresas ferroviarias o petroleras de antaño que dominaban los mercados financieros de la era industrial. En esta batalla, dominar el código no es suficiente. Hay que controlar los procesadores gráficos, garantizar el suministro eléctrico, los centros de datos, el acceso a los satélites y los canales de datos, adaptarse a la normativa, cumplir con los estándares de seguridad y, a partir de ahora, dominar los índices bursátiles.

En este nuevo panorama, la salida a bolsa de SpaceX funciona como una ronda de financiación matricial. No solo permite financiar Starship o Starlink, sino también absorber importantes pérdidas en el ámbito de la IA, apoyar a Grok, construir enormes infraestructuras informáticas y trasladar la rivalidad con OpenAI y Anthropic a un terreno mucho más amplio.

Con una cifra astronómica de casi 75 mil millones de dólares recaudados, SpaceX ha obtenido una cantidad equivalente a casi tres veces el presupuesto del Ministerio francés de Educación Superior, Investigación y Espacio. O tres veces el de la NASA. Ya no es una empresa espacial, sino un vehículo de captación de capital destinado a permitir que Elon Musk tome la delantera, sobre todo en la carrera por la IA, tras haberse quedado atrás en su primera etapa. 

La cuestión de la competencia y la estrategia europea

Si ampliamos la perspectiva, se entiende mejor por qué esta salida a bolsa se había convertido en algo tan vital para Musk. Su rivalidad con OpenAI forma parte de una competencia más amplia por el acceso al capital en la carrera por la IA. En 2024, el director ejecutivo de SpaceX demandó a OpenAI y a Sam Altman, acusándolos de haber traicionado su misión en beneficio de una lógica comercial vinculada a Microsoft. La ofensiva se volvió en su contra, ya que los tribunales dictaminaron en mayo de 2026 que había actuado demasiado tarde. 

Detrás del argumento moral se esconde una realidad más trivial. Musk no formó parte de la primera generación de modelos fundacionales. xAI y Grok llegaron tarde y eran más vulnerables frente a OpenAI, de ahí su estrategia de compensación a través de las infraestructuras, los mercados y el discurso político.

En esta carrera, hay un actor que ocupa un lugar singular. Fundada por antiguos empleados de OpenAI, Anthropic ha situado a Claude entre los mejores modelos del mundo, gracias a una combinación de rendimiento, prudencia y claridad ética.

Sus dos líneas rojas explícitas (armas autónomas y vigilancia masiva a nivel nacional) la han puesto en conflicto con el Pentágono y la administración de Trump: a principios de 2026, tras negarse a ceder, la empresa fue clasificada como «riesgo para la cadena de suministro» y excluida de los contratos federales. Posteriormente, los días 12 y 13 de junio de 2026, se produjo una decisión sin precedentes: una directiva de control de exportaciones del Departamento de Comercio que suspendía el acceso a sus modelos más avanzados para cualquier ciudadano extranjero, incluidos sus propios empleados residentes en Estados Unidos. 

El alcance de esta maniobra es considerable. Pone fin a la universalidad de un líder estadounidense en inteligencia artificial y envía a los inversores la señal de que un activo puede ser reclasificado políticamente de la noche a la mañana, transformándose en un bien cuasi estratégico sujeto a normas similares a los controles de exportación. 

La decisión contra Anthropic es, por tanto, exactamente lo contrario del éxito de SpaceX: por un lado, se organizan los indicadores para impulsar un activo considerado estratégico; por otro, se acciona la palanca normativa y de seguridad para restringir otro, considerado demasiado sensible. Crear y eliminar activos: la misma mano, la misma lógica.

La conmoción fue tal que la Comisión Europea denunció la medida como discriminatoria. Varios responsables europeos lo interpretaron como una señal de alarma sobre la vulnerabilidad del continente frente a la extraterritorialidad estadounidense y sobre el riesgo de que se aplicara un auténtico «kill switch» a componentes tecnológicos críticos. Este episodio confirma, por tanto, que una soberanía tecnológica creíble no puede basarse en plataformas que puedan ser desactivadas de forma unilateral.

Más allá de sus implicaciones estratégicas, este nuevo régimen financiero tiene un efecto macroeconómico de gran envergadura. La absorción del ahorro mundial por parte de un puñado de activos estadounidenses hacia los que los índices y los fondos pasivos orientan mecánicamente los flujos. No estamos asistiendo tanto a una desintermediación del capital propio como a una forma de «recapitalización ultraconcentrada», en la que unas pocas empresas captan volúmenes de capital sin precedentes en nombre de un futuro que sigue siendo en gran medida especulativo. El riesgo es que se agraven los desequilibrios mundiales y, a la larga, se produzca una corrección potencialmente brutal.

Ante esta situación, Europa se encuentra entre la espada y la pared, pero aún puede actuar basándose en tres pilares. 

En primer lugar, el talento. Las restricciones impuestas por Estados Unidos a los investigadores extranjeros abren una oportunidad estratégica. Un programa ambicioso —un «Welcome to Europe for AI» con sede en el campus de Saclay— podría atraer a equipos desanimados por el clima político estadounidense, siempre que ofrezca una ventaja comparativa clara: la estabilidad del Estado de derecho, un marco normativo previsible y una concepción de la tecnología orientada al bien común.

A continuación, la infraestructura. Centros de datos, capacidad de cálculo, redes seguras y almacenamiento de datos bajo jurisdicción europea: la soberanía ya no se limita únicamente al software, sino que depende de la capacidad de ofrecer un ecosistema completo para el cálculo, los modelos y los datos.

El capital, por último. Sin una verdadera Unión de los mercados de capitales, Europa nunca podrá financiar los importes de CAPEX que exige la competencia mundial. La integración financiera no es un proyecto técnico más entre otros; constituye la condición misma de la autonomía estratégica del continente. En la era de la inteligencia artificial, se ha convertido en una necesidad política, económica y geopolítica.

No nos dejemos engañar, pues, por las evasivas estadounidenses y analicemos lo que realmente está en juego en este nuevo paradigma. No estamos asistiendo simplemente a los caprichos de un presidente conocido por su imprevisibilidad, sino al surgimiento de un modo de gobierno en el que los mercados, la seguridad nacional, la tecnología y la política exterior funcionan como instrumentos interdependientes.

Desviar los flujos financieros, someter a la competencia, atraer el ahorro mundial, respaldar activos estratégicos, remodelar las jerarquías industriales: la aparente irregularidad se ha convertido en un método. Es en esta articulación, ya sistémica, donde reside la racionalidad profunda del momento trumpista. Su ambición ya no es solo gobernar Estados Unidos, sino convertirlo en el centro de gravedad de un nuevo capitalismo político, financiero y tecnológico, estructurado en torno a la inteligencia artificial. Una visión del futuro que no tiene por qué ser la nuestra, pero que debemos comprender para poder responder a ella.

Notas al pie
  1. «Ya sabes, el mercado de valores es más brillante que cualquiera de los que están ahí, incluida la gente que está en el escenario, aparte de mí, claro… Cada vez que decíamos algo increíble, como que íbamos a llegar a un acuerdo, subía. Cada vez que decíamos algo negativo, como: «adivina qué, no vamos a poder llegar a un acuerdo», bajaba, mucho, muchísimo. Eso te dice algo». Rueda de prensa de Donald Trump en la Cumbre del G7 de Évian, el miércoles 17 de junio de 2026.
  2. «President Trump Lost This War», New York Times, 15 de junio de 2026.
  3. La rentabilidad de SpaceX se basa, ante todo, en Starlink. En 2025, la actividad de internet por satélite generó 11.400 millones de dólares de facturación (el 61 % del total) y 4.400 millones de beneficio operativo. Por el contrario, las actividades espaciales (Dragon, lanzadores y Starship) registraron una pérdida operativa a pesar de los 4.1 mil millones de ingresos, mientras que el segmento de IA también fue muy deficitario, con cerca de 6.3 mil millones de pérdidas frente a 3.2 mil millones de facturación.
  4. Hasta ahora, Tesla sigue siendo la única de sus grandes apuestas industriales que ha demostrado su capacidad para generar beneficios de forma sostenible. Sin embargo, esta rentabilidad parece estar cada vez más bajo presión, atrapada entre la guerra de precios que azota el mercado de los vehículos eléctricos y una creciente dependencia de fuentes de ingresos secundarias, algunas de las cuales proceden de otras empresas pertenecientes al ecosistema de Musk
  5. Varios analistas y responsables de inversiones públicas han destacado los riesgos extremos de volatilidad, conflicto de intereses y distorsión que conlleva esta reforma. De hecho, los fondos indexados se ven automáticamente obligados a comprar un valor que aún tiene poca liquidez a una valoración ya de por sí extrema, lo que supone un riesgo importante para los pequeños accionistas.