Las imágenes del encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín cuentan una historia: dos líderes rodeados de delegaciones de empresarios, flanqueados por directores generales, brindando por la promesa de unas relaciones comerciales renovadas. Los informes públicos de las conversaciones hacen referencia a la creación de nuevos organismos para el comercio, marcos normativos para la inversión, rumores de que las empresas financieras estadounidenses habrían logrado finalmente abrirse paso en el mercado chino y de que las empresas chinas de tecnologías verdes se establecerían pronto en Estados Unidos.
El tono positivo de estos anuncios es deliberado y tiene por objeto tranquilizar a los mercados. Sin embargo, no se trata tanto de un punto de inflexión decisivo como de un telón de fondo útil para ocultar otros debates no menos importantes en los que, en este caso, las posiciones china y estadounidense no han variado.
Para hacerse una idea, podemos comparar esta cumbre con la anterior reunión entre Trump y Xi celebrada en Busan en octubre de 2025. En Corea del Sur, las conversaciones se centraron casi exclusivamente en cuestiones económicas. Ambas partes presentaron el encuentro como una especie de «reset» puramente transaccional, prudente y de alcance limitado.
A juzgar por los comunicados oficiales, la reunión de Pekín habría supuesto una continuación de los esfuerzos iniciados en Busan, profundizando en ellos. En algunos aspectos, así fue. Pero el verdadero contenido de la cumbre de Pekín tuvo consecuencias más trascendentales. En el fondo, se trató más bien de negociaciones sobre la militarización de la stack de IA y de una comunicación mutua de las líneas rojas que revela hasta qué punto las relaciones entre las grandes potencias siguen sin cambiar y, en definitiva, son precarias.
La tregua: una pausa muy temporal en la guerra tecnológica
Para comprender lo que realmente se negoció en Pekín, hay que entender la profunda asimetría que caracteriza la carrera por la IA.
Por un lado, Estados Unidos domina un aspecto fundamental: tiene el dominio y el control sobre el hardware necesario para la potencia de cálculo en la que se basa la carrera por la IA. Los chips de Nvidia, la capacidad de fabricación de TSMC —obtenida gracias a la presión diplomática estadounidense— y el ecosistema más amplio de semiconductores avanzados constituyen un cuello de botella que Washington lleva tres años estrechando en torno a Pekín.
En este momento, ninguna de las dos partes puede permitirse apretar el gatillo que ha estado amartillando durante los últimos meses.
Alicia García-Herrero
Por otra parte, China controla un cuello de botella que no suele destacarse tanto, pero que es igual de crucial: las tierras raras y los minerales críticos, sin los cuales no se puede fabricar ningún chip, montar ninguna batería de vehículo eléctrico ni desplegar ningún sistema de armamento avanzado.
Sin embargo, antes de la cumbre, ambas partes habían intensificado y acelerado la militarización de sus respectivas ventajas: Washington reforzando sus controles a la exportación, y Pekín respondiendo con restricciones a la exportación de galio, germanio y, ahora, al procesamiento de tierras raras en general, ejerciendo, con estas represalias, una forma de contraofensiva frente a las medidas estadounidenses destinadas a limitar sus posibilidades.
Si esta dinámica hubiera continuado, habría fragmentado la cadena de suministro tecnológica mundial en dos sistemas verdaderamente incompatibles, destruyendo valor en ambos bandos y acelerando al mismo tiempo una desconexión para la que ninguna de las dos economías está realmente preparada. Es en este contexto donde la cumbre ha dado lugar a lo que parece una tregua mutua respecto a los usos más agresivos de estos cuellos de botella. No se trata en absoluto de una resolución de las disputas que enfrentan a Pekín y Washington, sino de un freno a una dinámica peligrosa que se ha desencadenado desde hace varios meses. Aunque Estados Unidos y China no admitan sus vulnerabilidades, se puede ver en ello un reconocimiento implícito de que, en este momento, ninguna de las dos partes puede permitirse apretar el gatillo que ha estado cargando durante los últimos meses.
El contexto: conversaciones comerciales sin compromiso
El marco de trabajo sobre cuestiones comerciales anunciado en Pekín es una realidad y no debe pasarse por alto. La perspectiva de que las empresas de servicios financieros estadounidenses accedan a los mercados minoristas e institucionales chinos representa un verdadero potencial de ganancias, y el hecho de que a las empresas chinas del sector de las energías limpias se les abran vías más claras hacia el mercado estadounidense desbloquea claramente un cuello de botella que obstaculizaba las ambiciones de la política industrial de Pekín. Los dos gobiernos, que necesitaban algo que presentar en sus respectivos países como una victoria, han podido así encontrar puntos en común.
Estados Unidos no ha asumido ningún compromiso claro respecto a un posible cese de las ventas de armas a Taiwán.
Alicia García-Herrero
Sin embargo, los consejos comerciales y otros comités de inversión constituyen un marco extremadamente flexible: aunque proporcionan simplemente la estructura de incentivos económicos que hace que los posibles compromisos más firmes resulten un poco más creíbles, no son, en sí mismos, compromisos.
La geopolítica de una cumbre: las líneas rojas trazadas en Pekín
Las conversaciones más tensas, que se llevaron a cabo de forma más discreta y sin duda más difícil, se centraron en las líneas rojas de ambas partes en el ámbito militar.
Estados Unidos llegó a Pekín con un mensaje claro y no negociable: China debe dejar de armar a Irán. El flujo de tecnologías y componentes chinos de doble uso hacia los programas de armamento iraníes —algunos de los cuales también acaban en manos de los rusos en Ucrania— se ha convertido, de hecho, en una fuente de gran irritación en Washington, amenazando con hacer fracasar cualquier normalización más amplia. En este punto, Xi Jinping parece haber hecho una oferta a Trump, quien declaró al abandonar China que él y su homólogo tenían puntos de vista «similares» sobre el fin de la guerra en Irán. Sin embargo, los contornos precisos de un compromiso de Pekín al respecto siguen siendo deliberadamente vagos.
La cumbre de Pekín permitió lograr una tregua táctica en una lucha estratégica a largo plazo.
Alicia García-Herrero
Por parte de China, la línea roja sigue siendo Taiwán. En este sentido, el mensaje de Xi fue inequívoco: la continuación de las transferencias de armamento estadounidense a Taipéi constituye una provocación que Pekín no podrá tolerar indefinidamente. La respuesta pública del secretario de Estado Marco Rubio —según la cual cualquier acción militar contra Taiwán sería un error catastrófico— confirmó que efectivamente se había producido un intercambio entre ambas partes sin que ninguna cediera en el terreno político. En este sentido, ambas declaraciones iban dirigidas tanto a la opinión pública como a la otra parte.
Sin embargo, cabe señalar que, en los resúmenes públicos de las conversaciones, Estados Unidos no asumió ningún compromiso claro respecto a un posible cese de las ventas de armas a Taiwán. Este silencio lo dice todo: en este asunto, se podría concluir que Washington se limitó a escuchar a Pekín, pero no cedió a la petición de Xi.
La continuidad: en el fondo, los puntos de desacuerdo no han cambiado
Tras una cumbre que ha dado lugar a fotos de líderes sonrientes y listas de posibles acuerdos comerciales, sería tentador concluir que las relaciones entre China y Estados Unidos se han estabilizado y han allanado el camino para una posible reactivación. Pero no es así.
Las condiciones que hacen que esta relación sea estructuralmente antagónica siguen intactas: China no ha renunciado a su calendario ni a sus intenciones respecto a Taiwán; Estados Unidos no ha cuestionado su compromiso con el derecho de la isla a defenderse en caso de ataque. Además, es muy probable que la carrera tecnológica se reanude, quizá de forma ligeramente más moderada, tan pronto como se disipe la buena voluntad diplomática de Pekín.
Lo que la cumbre sí ha logrado, en cambio, es una pausa táctica en una lucha estratégica a largo plazo.
En Pekín, las líneas rojas que se trazaron eran advertencias.
Alicia García-Herrero
Es evidente que ambas partes necesitaban una tregua, y las dos economías están lo suficientemente interrelacionadas como para que una escalada incontrolada resulte verdaderamente perjudicial. Generalmente optimistas y animados por la posibilidad de una recuperación ambiciosa, los círculos empresariales y, por extensión, los mercados probablemente interpretarán estos nuevos marcos de inversión como una luz verde que abre un periodo próspero para los acuerdos, aunque algunos acuerdos puedan haber decepcionado en Pekín, como lo demuestra la caída de las acciones de Boeing tras el anuncio de un contrato de 200 aviones considerado decepcionante en comparación con lo que se había anticipado como un «megacontrato».
Es cierto que, durante un tiempo, cabe esperar una tregua en este sentido. Pero la dinámica de la competencia entre las grandes potencias no se define en las mesas de negociación comercial ni a base de fotos de familia.
En Pekín, las líneas rojas que se trazaron eran advertencias. Y el hecho de que ambas partes se sintieran obligadas a formularlas al más alto nivel posible dice mucho de una realidad subyacente que ningún comunicado diplomático podrá cambiar. La tregua, en definitiva, es real, pero todo aquello que se supone que debe suspender temporalmente lo es igualmente.