México mantiene una relación compleja con el comercio. Tras un largo periodo de aislamiento bajo el régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el país vivió su apertura económica —primero con la creación del TLCAN y luego con la adhesión de China a la OMC— como una serie de sacudidas que provocaron la pérdida de numerosos puestos de trabajo.
Paradójicamente, fue la llegada al poder de Donald Trump en 2017 lo que cambió las reglas del juego. La guerra comercial que desencadenó contra China, continuada por Joe Biden y luego intensificada a partir de abril de 2025, ha desalentado en gran medida, como es sabido, los intercambios directos entre Washington y Pekín. En este contexto, la proximidad geográfica y económica de México con Estados Unidos, percibida durante mucho tiempo como una vulnerabilidad, se ha convertido en una ventaja.
Pero ajustar su política comercial a las exigencias de la administración de Trump —en particular, mediante la imposición de aranceles a las importaciones chinas— expone a México a perturbaciones en sus flujos comerciales. Para el país de Sheinbaum, la concentración de las relaciones comerciales en un único socio con orientaciones políticas impredecibles constituye un riesgo estructural que plantea a su país una cuestión fundamental: ¿cómo aprovechar su condición de país «conector» sin quedar cautivo de un único mercado?
Lo que le ha costado a México convertirse en la economía más abierta del mundo
Desde principios del siglo XX, México era, en esencia, una economía cerrada. El colapso de su sistema financiero en 1988 se convertiría en el principal catalizador del cambio. En aquel momento, la liberalización financiera y comercial se presentó como la solución ideal y, de hecho, convirtió a México en una de las economías más abiertas del planeta, con acuerdos de libre comercio firmados, hasta la fecha, con 50 Estados, es decir, más que prácticamente cualquier otro país del mundo.
Esta liberalización también resultó ser extremadamente costosa. La industria local no supo competir en el libre mercado; los trabajadores rurales, empobrecidos, perdieron sus tierras en beneficio de los grandes propietarios institucionales, incapaces de hacer frente a la agroindustria estadounidense subvencionada. Ante estas dificultades, los dirigentes del país y la comunidad internacional liberal optaron por la política del avestruz. Además de constituir una oportunidad lucrativa para la nueva clase industrial mexicana y las multinacionales mundiales, la doctrina liberal de finales del siglo XX y principios del XXI consistía en afirmar que era, objetivamente, la mejor y única forma de alcanzar la prosperidad nacional.
Los movimientos de resistencia que surgieron como reacción a esta política fueron tachados de anacrónicos y reprimidos con violencia. Los zapatistas, una alianza de comunidades indígenas pobres del sur de México, se levantaron en armas el 1 de enero de 1994, el mismo día en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), firmado con Estados Unidos y Canadá. Para justificar la violencia de las represiones que se abatieron sobre ellos, se argumentaba que México alcanzaría por fin la prosperidad gracias a esta nueva y más estrecha integración con América del Norte.
Décadas más tarde, a pesar del fuerte aumento de la producción industrial y las exportaciones, la mayoría de los mexicanos seguían siendo pobres. Los salarios reales bajaron, alejándose en lugar de acercarse a los de sus homólogos estadounidenses y canadienses. Tras las crisis financieras de los años ochenta y noventa, la política del gobierno mexicano consistió en desvincular el salario mínimo del salario mínimo vital, es decir, aquel que permite a cualquier persona sobrevivir. El resultado: cayó más de un 70 % en términos reales entre los años noventa y mediados de la década de 2010. 1
Según los dirigentes, esa era la única forma de permitir que México siguiera siendo competitivo, mientras que, al mismo tiempo, el resto de América Latina disfrutaba de un auge económico. Ese mismo razonamiento se esgrimió para vulnerar los derechos de los trabajadores y excluir a los sindicatos de la mesa de negociaciones.
La primera víctima estadounidense de China
Si bien el TLCAN supuso un duro golpe para la economía mexicana, no fue el único cambio importante que vivió el país durante esa década decisiva. En el año 2000, China se adhirió a la OMC, con la aprobación de Estados Unidos. México se encontró entonces frente a un competidor directo y esta nueva situación comercial perjudicó gravemente a su industria. De hecho, era imposible competir con los bajos salarios y, posteriormente, con el aumento de la capacidad industrial de China.
Los sectores de la confección y el calzado, en particular, se vieron afectados. Fue también en esa época cuando las plantas de ensamblaje de la industria pesada —las maquiladoras— experimentaron un gran auge. Esos años de apertura dejaron a la economía mexicana estancada, lo cual, por otra parte, resultaba engañoso, ya que gran parte del valor creado en México salía en realidad del país en forma de beneficios obtenidos por empresas extranjeras. Además, lo que quedaba en el país no se redistribuía de manera equitativa, lo que provocó un aumento vertiginoso de las desigualdades.
Es evidente que esta situación no se debió a una guerra comercial librada por China contra México. Se trataba simplemente de seguir las reglas del Consenso de Washington —por utilizar el nombre que se le dio al programa estadounidense de liberalización mundial al final de la Guerra Fría—, según el cual la privatización de la industria y el principio de libre competencia en el mercado se presentaban como las únicas vías para alcanzar la prosperidad. México se plegó a ello: las industrias más sólidas invirtieron masivamente en tecnología y automatización, generando muchos menos puestos de trabajo de los que exigía el declive de los sectores manufacturero y agrícola, donde millones de trabajadores se encontraban ahora en desempleo.
Mientras los defensores del Consenso de Washington lograban tranquilizar a los gobiernos y a los empresarios mexicanos afirmando que esas dificultades no eran más que un presagio de la prosperidad futura, cerca de tres millones de mexicanos emigraron a Estados Unidos entre 1995 y 2000. Esta emigración no fue el único efecto secundario tangible del Consenso de Washington: los trabajadores estadounidenses fueron los primeros en sufrir la deslocalización de la producción intensiva en mano de obra, que aportaba poco valor añadido a la cadena de suministro, a países como México.
Por su parte, Pekín ha invertido masivamente en sectores que han comenzado a competir en segmentos cada vez más avanzados de la cadena de valor. Es cierto que esta transformación de China en una potencia industrial especializada en alta tecnología se ha producido a costa de un intervencionismo estatal despiadado y de numerosas violaciones de la propiedad intelectual. Su hoja de ruta se inspiraba explícitamente en países ya ricos como Estados Unidos, cuyo auge industrial está salpicado de prácticas engañosas, coacciones de todo tipo y subvenciones jugosas.
En este sentido, los años del Consenso de Washington fueron la encarnación perfecta del dicho «haz lo que yo digo, no lo que yo hago». China «se saltó el sistema», al tiempo que jugaba según las reglas establecidas por Estados Unidos. México, por su parte, se limitó a seguir ingenuamente las instrucciones de su vecino.
Un país puente: las perspectivas que abre la guerra comercial
A partir de 2018, con la imposición de aranceles por parte de la primera administración de Trump contra China, comenzó a materializarse un proceso de ralentización progresiva del comercio directo entre Pekín y Washington.
Ahora que estos aranceles han entrado en vigor, China, que antes era la principal fuente de importaciones de Estados Unidos, ha quedado relegada al tercer puesto, con una proporción del 6,6 %. Por su parte, México se ha convertido en el principal importador de Estados Unidos, con una proporción del 16,9 % del mercado estadounidense de importaciones.
Sin embargo, esta tendencia ha resultado ser más compleja que una simple ruptura de las relaciones comerciales.
Era de esperar que el mayor mercado mundial y la primera potencia industrial mundial siguieran siendo, de hecho, estrechamente interdependientes. Y es a través, en gran parte, de terceros países como se mantienen hoy en día esos intercambios. En estos países denominados «conectores», los productos se ensamblan a partir de grandes cantidades de componentes procedentes de China, en fábricas que a veces son propiedad de los propios fabricantes chinos. Junto con Vietnam, México es uno de los principales enlaces entre las empresas chinas y estadounidenses.
Ante el aumento de los aranceles y las crecientes presiones, ya sean de los responsables políticos o de los consumidores, para reducir su dependencia de China, muchas empresas buscan diversificarse fuera del territorio chino. Para ello, necesitan encontrar ubicaciones con mano de obra barata, ecosistemas industriales sólidos y una logística eficaz. Gracias a su experiencia industrial, sus acuerdos de libre comercio y su proximidad a Estados Unidos, México se perfila como el país ideal para estas inversiones denominadas «nearshoring». Al mismo tiempo, las empresas chinas ven en ello la forma de preservar su acceso continuo al mercado estadounidense.
La electrónica es un sector clave de este intercambio comercial. México alberga numerosas fábricas de montaje que producen aparatos electrónicos de consumo y servidores, en particular servidores equipados con procesadores gráficos (GPU), necesarios para el desarrollo de la inteligencia artificial. Muchos de los componentes utilizados para la fabricación de estos productos se fabrican en China. Por lo tanto, la electrónica es la principal categoría de mercancías importadas de China a México: en 2025, representaba 45.000 millones de dólares.
No obstante, es precisamente en el sector automovilístico donde el papel de México como eje central de la guerra comercial resulta más evidente. Las inversiones no dejan de crecer y la asociación nacional de la industria de componentes de automóviles declaró en 2025 que 40 empresas chinas se habían establecido en México y que, por sí solas, representaban el 3,1 % de la producción industrial nacional en este sector. Recientemente, en febrero de 2026, BYD y Geely presentaron una oferta para adquirir una planta de Nissan-Mercedes en Aguascalientes; en abril, GAC anunció la construcción de su primera planta en México para ensamblar automóviles de gasolina, híbridos y eléctricos. Paralelamente, las importaciones de piezas de automóvil están experimentando un rápido crecimiento: han pasado de 2.000 millones de dólares al año en 2010 a 5.300 millones en 2023.
El fantasma de una dependencia sin límites respecto a Estados Unidos
El comercio mundial suele funcionar según la ley de la gravedad: los intercambios comerciales se producen sobre todo entre mercados vecinos. México, por ejemplo, mantiene relaciones comerciales mucho más intensas con Centroamérica en su conjunto que con países como Colombia, Perú y Chile, que, sin embargo, son mucho más poderosos económicamente si se suman. La Alianza del Pacífico, el acuerdo de libre comercio firmado entre México y estos países, podría, en teoría, impulsar estas relaciones. Pero la atracción que ejerce Estados Unidos es tan fuerte que ha arrastrado a México en su estela, haciéndolo casi totalmente dependiente: alrededor del 80 % de las exportaciones del país, el 55 % de sus importaciones y el 41 % de su inversión extranjera directa dependen de Estados Unidos. Hasta hace poco, estos datos podían considerarse el resultado positivo de 30 años de una fructífera alianza en el marco del TLCAN y, posteriormente, del Tratado México-Estados Unidos-Canadá (T-MEC). Pero la crisis provocada por Donald Trump ya no permite interpretar estas cifras de la misma manera: la imposición de aranceles del 25 % sobre todos los productos mexicanos importados a Estados Unidos, prometida por el presidente estadounidense, amenaza con sumir a la economía mexicana en la tormenta.
Cabe destacar, sin embargo, que la ofensiva de Trump contra el comercio mundial solo ha tenido, por el momento, un impacto sorprendentemente limitado en México. Al abstenerse de denunciar el T-MEC, le ha dado al país una ventaja nada desdeñable frente a otros exportadores. Es más, las exportaciones de México a Estados Unidos incluso aumentaron un 5,8 % en 2025 y alcanzaron los 535.000 millones de dólares.
No obstante, lo cierto es que Estados Unidos se muestra cada vez más impredecible y autoritario. Por ello, ya no puede considerarse un socio fiable para México.
Para México, se hace necesario diversificar sus relaciones comerciales; de ello dependen la seguridad y la estabilidad económica del país. No es necesario romper relaciones con Estados Unidos ni obligar a las empresas a dejar de comerciar con ellos. No obstante, gracias a un apoyo intenso y concertado por parte del gobierno, México podría fomentar y estimular la creación de nuevas empresas y establecer relaciones diversificadas con otros Estados.
Por el momento, el gobierno mexicano, bajo la presión de la administración de Trump, ha optado más bien por aplicar una política comercial dirigida contra China.
China se ha convertido en una parte indispensable de la cadena de suministro
La tasa de crecimiento de las ventas chinas en México, expresada como porcentaje del total de sus compras, se disparó a principios de la década de 2000, pasando de menos del 2 % a más del 20 % desde el inicio del siglo XXI. En aquella época, la industria mexicana no podía hacer frente a la competencia directa de una China que acababa de ser admitida en la OMC. Sin embargo, hoy en día, aunque las ventas chinas representan una parte más importante que nunca de las compras internacionales de México, la política y el proteccionismo han frenado considerablemente esta tendencia desde la década de 2010, aunque no lo suficiente a ojos de los gobiernos estadounidense y mexicano.
Aunque a menudo se consideran una amenaza y una prueba de que México se está convirtiendo en una especie de «puerta trasera» que facilita la entrada de productos asiáticos baratos en Estados Unidos, las relaciones comerciales cada vez más estrechas entre México y Pekín son, en realidad, más complejas y reveladoras.
Aunque las importaciones chinas en México alcanzaron niveles récord durante el primer semestre de 2025, el país niega ser el «caballo de Troya» de Pekín para la entrada en el mercado estadounidense de productos asiáticos a bajo precio. El gobierno mexicano alega como prueba su intensificada lucha contra las importaciones ilegales procedentes de China y sus propuestas a favor de una producción local que permitiría reducir las importaciones chinas. Pero incluso si estas medidas se aplicaran realmente, una industrialización mediante la sustitución de importaciones no significaría necesariamente una disminución de los productos procedentes de la República Popular.
La ventaja competitiva de México frente a Estados Unidos radica en su capacidad para fabricar productos de alta calidad y muy complejos a precios más bajos. Es cierto que el país cuenta con una base industrial sofisticada, pero para sustituir a los productos chinos no tiene más remedio que recurrir a nuevas importaciones procedentes de ese país. En el sector de la confección, por ejemplo, que México protege activamente mediante aranceles para estimular la producción «Made in Mexico», las materias primas básicas, como el algodón o los remates de cordones, no siempre se obtienen localmente y a menudo proceden de China. Para que estos insumos básicos se produzcan en México, se necesitarían más recursos, que por el momento apenas son suficientes para reactivar las inversiones en las industrias existentes. Lo importante, sin embargo, no es tanto la cantidad de productos fabricados en un país como la parte del valor que se retiene en él. Es precisamente esta visión más matizada la que suelen pasar por alto los nacionalistas económicos estadounidenses, que tienden a considerar el comercio como un juego de suma cero en el que cada importación conlleva una exportación equivalente.
Consciente de esta realidad, China mantiene relaciones cordiales con México. La presidenta Claudia Sheinbaum ha afirmado su intención de visitar a Xi Jinping a lo largo de 2026, en lo que será uno de sus pocos viajes al extranjero, con el fin de apaciguar las tensiones surgidas tras la imposición de aranceles sobre 1.400 productos —entre ellos, aranceles del 50 % sobre la ropa y los automóviles, que apuntan claramente a China — procedentes de países con los que México no ha firmado un acuerdo de libre comercio. Aunque el gobierno mexicano ha justificado esta decisión por su voluntad de cumplir con las normas de la OMC, corre el riesgo de poner en peligro sus relaciones comerciales con socios de larga data, como Japón, Corea del Sur y Brasil. Una investigación llevada a cabo por el Ministerio de Comercio chino ha determinado que estas medidas supondrían un perjuicio para China de 30.000 millones de dólares en sus exportaciones y podrían acarrear una pérdida de 9.400 millones de dólares en ingresos. 2
En este contexto, en lugar de romper sus vínculos con China o mantenerlos tal cual, a México le convendría pasar de ser un simple enlace pasivo a convertirse en un intermediario avispado: de este modo, las tecnologías y los insumos chinos podrían ponerse al servicio de una producción de bienes con mayor valor añadido, destinados no solo al mercado estadounidense, sino también a los mercados de todo el mundo.
Estado clave, Estado estratega: utilizar las relaciones como palanca
Tras haber navegado durante décadas en un sistema económico que le fue impuesto desde el exterior, México tiene hoy la suerte de haber sido traicionado por Estados Unidos. De ello sale con un privilegio peligroso: el de poder elegir el camino que va a seguir.
Karl Polanyi puede ayudarnos a comprender mejor este momento histórico. Todos conocemos la famosa frase: «El laissez-faire fue planificado». Así como Estados Unidos recurrió al proteccionismo y se aprovechó de los conflictos armados para ascender a la categoría de potencia, y así como hoy se acusa a China de intervención estatal agresiva y de violación de la propiedad intelectual con los mismos fines, todos los países deben comprender que su desarrollo no depende de una ley económica universal, sino, ante todo, de su situación dentro de la economía mundial.
El hecho de que el comercio directo entre Estados Unidos y México esté disminuyendo no significa necesariamente que el comercio entre ambos países vaya a reducirse. La creciente complejidad de las rutas comerciales abre la puerta a un mayor intercambio con otros socios: Canadá, América Latina, Europa —con la que México está profundizando su acuerdo de libre comercio— y Asia.
El papel de México como eje central no debe minimizarse ni temerse. Con su amplia base industrial, una mano de obra joven y calificada, acuerdos de libre comercio con 50 países y una ubicación geográfica en la encrucijada de las dos mayores economías del mundo, esta es su principal ventaja estratégica en la configuración actual del mundo.
Una política industrial coordinada podría permitir a México asumir plenamente este papel de eje central. Para ello serán necesarias inversiones, tanto privadas como públicas, con el fin de dinamizar la industria local. Esto exigirá transferencias de tecnología y, en ámbitos estratégicos, esfuerzos en investigación y desarrollo a nivel nacional. Chile puede servir de inspiración en este sentido: en 2017, este país contaba con casi el doble de empresas exportadoras por habitante que México, precisamente gracias a las inversiones masivas en sus PYMES.
Sobre todo, en lugar de limitarse a apostar por los sectores en los que destaca por mera casualidad geográfica, México tiene hoy la oportunidad de elegir los sectores y los socios con los que desea mirar hacia el futuro. Una nueva visión del Estado, centrada quizá en las industrias verdes y la excelencia científica, podría materializarse gracias a la puesta en marcha de políticas industriales ambiciosas en este momento.
El mundo empresarial ya anticipa el fin del mandato de Trump. Es tiempo suficiente para que una guerra comercial desestabilizadora acabe con empresas y puestos de trabajo en toda América del Norte. Pero también es un tiempo que el gobierno de Sheinbaum podría aprovechar para reorganizar la industria mexicana con el fin de dejar de depender de un único socio.
Notas al pie
- Rafael Garduño-Rivera, Neil Reid, Haoying Wang, «Mexico’s Minimum Wage Data: Trends, Policies, and a Research Agenda», Investigaciones Regionales – Journal of Regional Research, mayo de 2024.
- «China says it has right to retaliate against Mexico’s tariff hikes», Reuters, 25 de marzo de 2026.