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Durante mis enriquecedores encuentros con personalidades del mundo francófono en los últimos meses, algunas reacciones de mis interlocutores se repitieron con una frecuencia que no puede pasarse por alto: la constatación, ampliamente compartida y lamentada, de la crisis actual del multilateralismo; la necesidad de reconstruir un espacio de diálogo internacional regido por la confianza y la igualdad entre socios; el recordatorio de la inspiración original de la Francofonía tal y como la esbozaron sus padres fundadores; la necesidad de un nuevo impulso, de un cambio radical, que pueda dar a la Francofonía un rumbo, si no una razón de ser, en un mundo en constante reconfiguración; un cierto descontento entre los actores francófonos (políticos, representantes del ámbito económico y empresarial, de la sociedad civil o del mundo académico) con respecto al modelo actual de gobernanza de la Francofonía.

Al presentarme a las elecciones para el cargo de secretario general de la Francofonía, ya conocía algunos de estos aspectos, pero, al escuchar a cada uno de mis interlocutores e interlocutoras, empezaba a perfilarse un panorama más amplio y completo, con todo lujo de detalles. Un panorama que, al mismo tiempo, constituía un diagnóstico.

A este análisis sobre la Francofonía se sumó, a lo largo de las conversaciones, una inquietud expresada en forma de pregunta: ¿será capaz la Francofonía de reinventarse para afrontar, con sus propios medios (historia, vocación, instituciones), los grandes retos de nuestro tiempo y del futuro? ¿O corre el riesgo de encerrarse en un discurso de justificación de su propia actuación, glorificando así el sentido de su existencia por el mero hecho de que ya existe de forma inercial? 

El multilateralismo en descomposición

Ya sea del sur o del norte, del este o del oeste, todos coincidimos en que la crisis actual del multilateralismo no se debe simplemente al debilitamiento de una u otra institución, sino que se debe a una desintegración de las reglas del juego internacional tal y como se establecieron tras 1945 y se reafirmaron tras 1989. Ya se trate de la ineficacia o incluso de la parálisis política e institucional de los grandes foros de la ONU, del debilitamiento de una serie de instituciones debido a la reducción o la supresión de las contribuciones voluntarias, o también de la reconfiguración del orden mundial mediante argumentos de fuerza y no de diplomacia; el panorama mundial se vuelve cada vez más claro a nuestro alrededor: el multilateralismo ya no parece ser la vía más eficaz para responder a los retos climáticos, de seguridad, sanitarios, migratorios o tecnológicos. En el contexto de tal incapacidad y de la sospecha persistente de que se rige por la lógica de «dos varas de medir» (en la que las grandes potencias aplican el derecho internacional de forma selectiva en función de sus intereses), la reacción cada vez más presente es la de una creciente desconfianza hacia el multilateralismo, acompañada de un repliegue retórico, político o armado hacia el soberanismo y el aislacionismo. 

¿Será capaz la Francofonía de reinventarse para hacer frente a los grandes retos de nuestro tiempo y del futuro?

Dacian Cioloș

Estos síntomas de desmoronamiento del multilateralismo tampoco han dejado de lado a la Francofonía. Con sus 90 miembros, entre los que se cuentan 53 Estados y gobiernos titulares, sus redes mundiales de universidades (la AUF, que cuenta con más de 1.000 centros), de alcaldes francófonos (más de 350 ciudades y asociaciones nacionales de ciudades de 57 países), y con un operador de medios de comunicación, TV5Monde, que emite sus programas prácticamente en todos los países del mundo, y que se apoya además en una Asamblea Parlamentaria de la Francofonía, en una Conferencia de Organizaciones Internacionales No Gubernamentales, así como en redes de empresarios y de mujeres emprendedoras, la Francofonía es, sin duda, un dispositivo global muy complejo y único por su propia estructura, con un potencial de intervención pública significativo. Hay quien puede pensar que es precisamente esta amplitud y complejidad del sistema lo que dificulta tanto su gestión y su funcionamiento, o que es la propia dificultad de armonizar ambiciones tan diversas lo que complica tanto su puesta en práctica. Se trata de cuestiones importantes y de inquietudes legítimas, sin duda, pero no las comparto. Creo que es precisamente este tejido organizativo el que podría constituir una de las ventajas estratégicas para construir una Francofonía que haga realidad una visión de futuro audaz. Pero la condición es lograr que todas estas estructuras colaboren, que se apoyen mutuamente y que pongan de relieve sus fortalezas complementarias.

Sin embargo, una cosa es segura: la Francofonía no dispone actualmente de los recursos (sobre todo financieros) que le permitan estar a la altura de sus ambiciones declaradas. Y las declaraciones no bastan para hacer realidad tales ambiciones. 

Me gustaría plantear aquí otra hipótesis: incluso en el caso ideal en el que esos recursos financieros fueran abundantes, no es en absoluto seguro que la Francofonía ganara automáticamente influencia en la escena mundial y en las escenas regionales y, al mismo tiempo, repercusión en el seno de las comunidades de los distintos países. Una cuenta bancaria bien surtida es una condición necesaria, pero desde luego no suficiente para estar a la altura de sus propios ideales. 

Es, pues, en este contexto mundial en el que la Francofonía debe reinventarse y proponer una nueva visión de futuro para sus poblaciones. Podrá hacerlo si, en primer lugar, retoma la inspiración de sus padres fundadores, quienes sentaron sus bases sobre valores como la complementariedad de las «energías latentes» de todos los continentes, sobre una comunidad de valores que cuenta con esa maravillosa herramienta que es la lengua francesa (Léopold Sédar Senghor), una herramienta que abre la diversidad del mundo francófono a la libertad (Habib Bourguiba) y que es una lengua de oportunidades y un instrumento de solidaridad activa, de emancipación y de progreso social (Hamani Diori). Solo así podrá la Francofonía hacer realidad el sueño de Norodom Sihanouk, quien la veía más bien como un puente entre los continentes, entre Oriente y Occidente, basado en el respeto de nuestras respectivas identidades.

Hoy en día, abrumados por el estruendo ensordecedor de las guerras y las declaraciones belicosas, nos cuesta recuperar el sentido de estas palabras. Nos cuesta encontrarle sentido a la acción francófona, ya que parece estar cautiva del discurso funcionalista y de la microgestión cotidiana de sus proyectos y organigramas. 

Pero es precisamente contra esta realidad y contra esta mentalidad contra las que debemos luchar; es en un mundo como el nuestro donde debemos emprender una lucha por el sentido de la Francofonía. Un sentido que no podrá surgir ni de un aislamiento regional o continental, ni de la desconfianza mutua, ni de los juegos y las transacciones interesadas, ni siquiera de los discursos triunfalistas pronunciados desde las tribunas internacionales. 

El futuro se nos presenta con importantes retos que podrían agravar los desequilibrios y las desigualdades a escala mundial. En la lucha entre las grandes potencias, los primeros en salir perdiendo son los países pequeños de las regiones más empobrecidas del mundo, que pagan el precio más alto en la carrera por los recursos. Las crisis climáticas azotan con mayor virulencia a África, el Sudeste Asiático y, en particular, a los países insulares. La gestión del COVID-19 también ha puesto de manifiesto el instinto de «sálvese quien pueda» (ese mezquino nacionalismo vacunal) en detrimento de una respuesta mundial coordinada. A falta de un consenso internacional sobre su gobernanza y la ciberseguridad, el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial permite a las grandes empresas acaparar los beneficios, al tiempo que descargan el peso de los costos sociales y los daños colaterales sobre las poblaciones más desfavorecidas. Al mismo tiempo, la carrera desenfrenada por los minerales raros, indispensables para las nuevas tecnologías, provoca auténticas tragedias ecológicas, sociales y de seguridad en los países que poseen estos recursos, sin que su explotación genere valor añadido en las comunidades de origen.

Es en un mundo como el nuestro donde debemos emprender una lucha por el sentido de la Francofonía.

Dacian Cioloș

No se pueden ignorar los retos sociales: en África, por ejemplo, los jóvenes menores de 18 años representan aproximadamente el 50 % de la población, mientras que la edad mediana es de unos 19 años. Más de 600 millones de niños y adolescentes africanos constituyen el recurso más valioso del continente, pero, al mismo tiempo, su mayor responsabilidad. En África, al igual que en el resto de las regiones de la Francofonía, ¿estamos preparados para asumir la posibilidad, muy real, de un conflicto intergeneracional derivado de nuestra incapacidad para crear las condiciones dignas que permitan una vida plena a las generaciones futuras? ¿Somos capaces nosotros, las generaciones adultas, de comprender que las preocupaciones existenciales de los jóvenes ya no son las mismas que las nuestras de hace tres, cuatro o cinco décadas? 

¿Cómo podrá la Francofonía hacer frente a estos retos? Solo podrá hacerlo gracias al valor de una visión renovada, basada en una comprensión lúcida del pasado, el presente y el futuro del mundo francófono. 

Esta visión, que tiene en cuenta tanto la riqueza de nuestro patrimonio común como el potencial creativo —insuficientemente valorado— del espacio francófono, se basa en una filosofía de acción colectiva y en una mayor responsabilidad por parte de los representantes nacionales que se encargan de la gestión de las estructuras institucionales de la Francofonía. 

Por ello, con el fin de dar un nuevo sentido a nuestro compromiso con la Francofonía, propongo un nuevo rumbo que nos lleve con confianza hacia el futuro.

Una Francofonía más política

La diversidad cultural, lingüística e histórica de las comunidades francófonas nos obliga a poner en práctica lo que yo denomino un «multilateralismo ilustrado», que previene las crisis y se compromete a resolverlas allí donde surjan, y ello mediante la acción conjunta de los responsables políticos de los países afectados y de los mediadores de la Francofonía. Sin una acción concertada de los Estados y las comunidades, de los políticos y los expertos, del ámbito económico y empresarial, y de la sociedad civil, no podremos sentar las bases de un diálogo transparente que permita restablecer las condiciones para una vida pacífica y digna para nuestros ciudadanos.

Este tipo de multilateralismo puede calificarse sin dudarlo de «iluminado», en la medida en que extrae su fuerza de la riqueza de la red de socios en pie de igualdad. Una igualdad entre los Estados, los hombres y las mujeres, los líderes y la sociedad civil, las generaciones y los grupos sociales que conforman su diversidad.

Una Francofonía más política supone que los dirigentes de las organizaciones de la Francofonía y de los países miembros recuperen la confianza de las poblaciones y su adhesión a las decisiones tomadas conjuntamente con ellas. Por otra parte, siempre se trata de forjar una confianza mutua cuando la prevención y la mediación de conflictos —como misión de la Francofonía— parten del principio del respeto a la soberanía de los Estados para construir, junto con ellos, soluciones comunes. 

El compromiso decididamente político de la Francofonía obtiene su legitimidad del contacto permanente con los ciudadanos y las comunidades a las que representa y a cuyo servicio se pone incondicionalmente. 

Una Francofonía más económica

Todos podemos constatar que el atractivo de la Francofonía ya no reside en la belleza de sus tesoros culturales. Por muy admirable que sea, esta riqueza ya no basta para abrir a las mujeres y los hombres de nuestras sociedades, a los jóvenes de los distintos países, las perspectivas de una vida mejor. Cuando hablo de una Francofonía de oportunidades, no me refiero en absoluto a un escenario basado en ninguna instrumentalización o especulación de sus ventajas. Más bien veo en ella la creación de las condiciones que permitan a un joven o a una joven que hable francés encontrar en este espacio las perspectivas para estudiar, para encontrar un empleo o para crear puestos de trabajo, para poner en valor sus competencias y su talento, para moverse y difundir sus ideas, y para asociarse con colegas y socios en redes internacionales. 

La idea de la oportunidad también puede interpretarse desde otra perspectiva: los retos del presente y del futuro exigen una capacidad de adaptación sin precedentes y unos recursos de creatividad e innovación audaces, de los que las generaciones jóvenes son las más capaces. Gracias a su relativa inexperiencia —que deja de ser un obstáculo para convertirse en una ventaja liberadora—, libres de dogmas obsoletos o de los reflejos burocráticos del pasado, sabrán afrontar las crisis con una mayor libertad de pensamiento y con una flexibilidad cognitiva que les permitirá imaginar nuevos paradigmas económicos. Y eso sin mencionar siquiera el hecho de que las nuevas generaciones de todo el mundo están más conectadas con las transformaciones del presente (inteligencia artificial, transiciones climáticas, gobernanza) y, por lo tanto, dominan de forma innata los códigos y los relatos del mundo que está por venir. 

De esta visión se pueden extraer dos conclusiones provisionales: por un lado, que los principales retos de nuestro tiempo pueden transformarse en oportunidades para la reinvención y el renacimiento de la Francofonía. Por otro lado, la agilidad inherente y la vitalidad creativa de la juventud ya no la sitúan en una posición de objetivo o de aprendiz al que otros deben preparar para el futuro, sino en una posición de protagonista clave del cambio en el presente y de la imaginación del futuro.

Depende de nosotros decidir si nos limitamos a mencionar esta ventaja o si la ponemos en práctica. 

Dacian Cioloș

Una última reflexión sobre la relación entre la Francofonía y la visibilidad: si se considera esta última como una oportunidad estratégica, puede contribuir de manera decisiva al desarrollo económico de nuestras sociedades. Iniciado en el ámbito de reflexión de Quebec, el debate sobre la visibilidad merece transformarse en un plan de acción a medio y largo plazo, y ello por varias razones: ya sea en la lucha contra la opacidad de los algoritmos que hacen invisibles tantos contenidos francófonos, ya sea en el desarrollo y la promoción de contenidos culturales y creativos mediante procesos de reestructuración de los metadatos, o, por último, del entrenamiento de los grandes modelos de inteligencia artificial con corpus mayoritariamente anglosajones; en cada uno de estos casos vemos no solo la necesidad de una estrategia concreta en torno a la visibilidad, sino también auténticos retos relacionados con la democratización del conocimiento, el multiculturalismo y el multilingüismo, la accesibilidad de la investigación científica, la puesta en valor de las identidades locales y la lucha contra la desinformación y la información errónea.

Una Francofonía más social

A menudo he oído, en mis conversaciones con interlocutores de distintos países, que uno de los puntos débiles de la Francofonía radica en su alejamiento de la población. Que habría perdido fuerza a medida que se ha ido desmoronando su acción entre la población y en las comunidades que la componen.

Una visión audaz de la Francofonía implica volver a la vida cotidiana de nuestros conciudadanos y conciudadanas. Las bonitas reuniones políticas y diplomáticas no bastan para aumentar su atractivo. Volverá a ser atractiva en cuanto sepa hablar el idioma de los hombres y las mujeres que, día a día, conforman su tejido de resistencia. 

Una Francofonía que resulte atractiva gracias al diálogo entre sus culturas (literatura, artes plásticas, música, cine, gastronomía, turismo, etc.), pero también y sobre todo por su capacidad para actuar como vector de emancipación y ascenso social. Por su disposición a crear ecosistemas en los que la formación académica y profesional no esté separada ni alejada de la inserción en el mercado laboral, sino que, por el contrario, conduzca directamente a ella. Estos ecosistemas deben permitir, en primer lugar, la autonomía económica de las mujeres y los jóvenes, así como su acceso a la financiación para poner en marcha proyectos concretos de desarrollo local. 

La Francofonía será más social cuando consiga afianzar sus políticas en sus territorios y crear mecanismos funcionales de cooperación descentralizada, con el fin de reducir las desigualdades, la discriminación y la exclusión en todos los ámbitos que afectan a la vida de las poblaciones locales. 

En este momento de la historia, marcado por la reconfiguración de las relaciones en el mundo, de nuestras economías y de nuestras sociedades, y por la integración de las tecnologías en nuestra vida cotidiana, el hecho de que países de distintos continentes, con historias y niveles de desarrollo diferentes, pero con recursos a menudo complementarios, compartan una lengua común, una lengua puente portadora de valores que aún nos inspiran, es una ventaja.

Depende de nosotros decidir si nos conformamos con limitar a mencionar esta ventaja o si la ponemos en práctica.