A partir de mañana y hasta el 20 de agosto, el Grand Continent publicará en acceso libre «El vocabulario de la extrema derecha», fruto del trabajo colectivo de investigadoras e investigadores —sociólogos, historiadores y politólogos— procedentes de toda Europa. Para recibir cada entrada en su correo electrónico y apoyar el trabajo de una redacción independiente, suscríbase
Tras haber dedicado varios estudios de teoría y sociología política a la internacional reaccionaria, consideró que era necesario retomar el estudio de la extrema derecha contemporánea centrándose en las palabras, más que en los partidos, el electorado o los programas políticos. ¿Por qué ha trabajado en este ambicioso Vocabulario de la extrema derecha? 1
Porque el vocabulario es la puerta de entrada a la extrema derecha y, a menudo, la primera señal de alarma. El requisito previo para la aceptación social de los partidos de extrema derecha es la normalización de las ideas y propuestas que difunden. Debido a esta normalización, muchas personas llegan a considerar a esas formaciones como una opción política aceptable, desde Estados Unidos hasta Eslovaquia.
Solo una vez realizado este trabajo, los partidos marginales pueden aspirar a convertirse en actores centrales. Ahora bien, este proceso pasa, en primer lugar, por una batalla en el terreno de las palabras. Como recordaba Cas Mudde, durante la Guerra Fría, la extrema derecha se consideraba una patología normal de la democracia occidental. Desde la década de 1990, se ha convertido en una «normalidad patológica». 2
Este cambio se aprecia, ante todo, en el lenguaje.
En el centro de este proceso se encuentra la experiencia contrarrevolucionaria estadounidense. Uno de los agentes clave de la aceleración reaccionaria, Peter Thiel, habla de una apertura sin precedentes de la «ventana de Overton». 3 ¿Es así?
Peter Thiel tiene razón en su observación, de la que se enorgullece, y eso es precisamente lo que debería preocuparnos. Ideas que antes se consideraban inaceptables se describen ahora como parte del sentido común, hasta el punto de que, en ocasiones, llegan a incorporarse al ordenamiento jurídico de los Estados.
Es innegable que la ventana de Overton se ha abierto de forma espectacular; pero hablar de «apertura» corre el riesgo de llevarnos a una eufemización interesada del proceso. Donde Thiel ve una liberación de la libertad de expresión, yo veo un proceso de normalización casi completado: una palabra se considera primero transgresora, luego se banaliza y, por último, se codifica en la ley.
Al trabajar con este vocabulario, ¿no corre el riesgo de convertirse en la policía del lenguaje? ¿Quién decide que una palabra es «extremista»? ¿No es acaso una postura de superioridad la que un bando decide adoptar frente a otro?
Es una objeción seria y no la descarto. Mi respuesta es que el glosario no pretende prohibir palabras, sino mostrar lo que estas ocultan.
Detrás de términos aparentemente inofensivos —el «declive de Occidente», el «orden natural de las cosas», el «globalismo», el «marxismo cultural», la «libertad de expresión»—, se esconde a veces una intención extremista que no se percibe a primera vista.
¿En qué se basa?
Todos estos relatos se basan en una misma estructura: la clara distinción entre un «in-group» moralmente superior, percibido como el único legítimo, y un «out-group» considerado inferior y amenazante. Frente a este último, el primero estaría justificado para defender sus intereses a toda costa, incluso recurriendo a la violencia.
Hacer visible este mecanismo no tiene nada que ver con la censura. El ciudadano sigue siendo libre de hacer con él lo que quiera, pero para ello es necesario que pueda verlo.
Tomemos como ejemplo la «libertad de expresión», que usted incluye entre esas expresiones que utiliza la extrema derecha. La administración estadounidense lo vería como una prueba de parcialidad: ¿cómo es posible que un principio democrático fundamental figure en un glosario sobre el extremismo?
Porque lo que nos interesa no es el principio, sino su desviación.
Lo que plantea dudas no es la libertad de expresión en sí misma. Evidentemente, no hay nada sospechoso en ella y, por el contrario, constituye uno de los pilares del orden democrático. Pero lo que se observa es que, hoy en día, este término se utiliza, sobre todo en el ámbito del movimiento MAGA, como un caballo de Troya: se invoca la libertad de expresión para legitimar lo que en realidad es discurso de odio, para luego lanzar la acusación de censura contra cualquiera que recuerde la importancia de establecer límites.
Nuestro trabajo no consiste en decir: «Desconfíen de la libertad de expresión». Se trata más bien de instar al lector a la vigilancia: «Presten atención al momento en que se emplea esa palabra, quién la utiliza y con qué fin». Es algo muy diferente. Una palabra casi nunca es extremista en sí misma: es su uso, ya sea deliberado o implícito, el que puede serlo.
Entre las palabras que aparecen en este vocabulario hay términos antiguos (monarquía, apocalipsis, decadencia), y usted, por su parte, menciona relatos que «nunca desaparecen» y resurgen. ¿Estamos asistiendo a un retorno al contexto de los años 1920-1930?
Sí, pero con un matiz fundamental: no creo que esos relatos sean idénticos, sino que se reciclan. Llevan más de un siglo circulando —a veces incluso más, como «Reconquista», que pasó de la extrema derecha española al nombre del partido de Éric Zemmour— adaptándose a cada contexto.
Para comprender este proceso de circulación, hemos utilizado, junto con el colectivo de historiadores, sociólogos, politólogos y sociolingüistas que ha redactado las entradas de este glosario, 4 el concepto de «rizoma», concebido por Deleuze y Guattari. 5
Los discursos de la extrema derecha no han desaparecido: se han extendido y se conectan entre sí de forma no lineal. Son precisamente la circulación y las transformaciones las que mantienen su relevancia. Ya se refieran a la nación, al género o a la ciencia, se transforman y reaparecen sin perder nada de lo esencial.
Con este trabajo genealógico, ¿no corre el riesgo de desacreditar todo el pensamiento de derecha?
Nos esforzamos precisamente por no caer en esa trampa. Nuestro objetivo no es el pensamiento de derecha en general, sino la genealogía antidemocrática y antiliberal de un imaginario extremo, que es algo totalmente distinto.
Lo que describimos es la plasticidad de ese imaginario. Es precisamente eso lo que lo hace eficaz. Se puede rastrear el origen de una palabra para detectar sus transformaciones, sus reapariciones y sus vectores de difusión.
Tomemos como ejemplo el «gran reemplazo» y su idea de que las élites globalizadas pretenden sustituir a las poblaciones europeas por inmigrantes musulmanes. Su origen puede documentarse desde la bibliografía de finales del siglo XIX hasta sus formulaciones actuales. Todo ello es verificable, datable y rastreable.
Además de la plasticidad a largo plazo, hace mucho hincapié en los cambios en el vocabulario. Afirma que la tecnología, las redes sociales y el vocabulario técnico han contribuido a la aparición de términos como «memetic warfare» o «cuckservative», poco conocidos en Francia, aunque, según usted, sus efectos ya son muy reales.
De hecho, es imprescindible evaluar la magnitud del arsenal del que dispone hoy en día la extrema derecha.
A las transformaciones del sistema mediático se suman tácticas de manipulación de la opinión pública de todo tipo: el trolling, el shitposting (literalmente, «publicar mierda») o las shitstorms («tormentas de mierda»), siguiendo la estela de las enseñanzas de Andrew Breitbart y Steve Bannon, el antiguo asesor de Donald Trump. Este último es el artífice de la famosa estrategia del «flood the zone with shit», literalmente «inundar la zona de mierda». Podríamos continuar con el hashtag stuffing (el hecho de apropiarse de los hashtags de los adversarios, una táctica que hoy en día parece propia del Paleolítico digital), los bots y los sockpuppets (perfiles falsos automatizados) que, con la llegada de la inteligencia artificial, mantienen ahora conversaciones difícilmente distinguibles de las de un ser humano. Mencionemos también el «astroturfing»: campañas financiadas y orquestadas por empresas o partidos que simulan un apoyo popular espontáneo.
Cada una de estas tácticas tiene su propio término, y estos términos se limitan al inglés de las comunidades en línea. Es ahí donde se libra una parte decisiva de la batalla, precisamente porque resulta invisible para quienes no frecuentan esos espacios.
La «guerra memética» a la que se refieres consiste en la difusión de ideas extremistas bajo el pretexto del humor: primero te ríes y, poco a poco, acabas aceptándolas. El insulto «cuckservative», acuñado por la alt-right contra los conservadores considerados demasiado blandos, ilustra por sí solo la purga del centro por parte de sus extremos. Estos términos pueden parecer anecdóticos desde la perspectiva francesa, pero es imprescindible conocerlos para comprender el funcionamiento de la extrema derecha estadounidense.
Por ejemplo, cuando Vox apareció en España en 2018, el partido calificó al Partido Popular de «derechita cobarde». Se trataba de la adaptación al español del término estadounidense «cuckservative». Lo que se inventa allí acaba llegando, con unos años de retraso, a nuestros debates públicos. Aprender este vocabulario es reconocer lo que ya está ocurriendo y lo que ocurrirá mañana.
Pero al insistir tanto en el lenguaje y las tácticas, ¿no corremos el riesgo de perder de vista las dinámicas de fondo? ¿No es acaso que la extrema derecha avanza, ante todo, porque los problemas reales —las desigualdades, la inmigración, la crisis de representación y de reconocimiento— son tratados como cuestiones meramente formales por el centro y los progresistas?
Creo que una estrategia eficaz debe basarse en los puntos fuertes o en las contradicciones existentes.
La normalización de la extrema derecha es consecuencia de factores materiales y de una demanda de recuperar el control ante cambios vertiginosos, como los flujos migratorios.
Sin embargo, estas condiciones nunca actúan directamente: solo se traducen políticamente a través de relatos que les dan forma y sentido. La desigualdad por sí sola no empuja al voto extremista, pero sí lo hace un relato que se aprovecha de esa desigualdad.
Hay causas materiales específicas que han dado lugar a la extrema derecha estadounidense, mientras que en otros lugares son otros tipos de problemas o de insatisfacción los que alimentan a los partidos de extrema derecha. La diferencia no radica ahí. Lo que importa es quién gana la batalla del discurso. Por eso, descuidar el estudio de las palabras y las representaciones de la extrema derecha es impedirnos comprender por qué, en el fondo, algunas personas se decantan por un lado en lugar de por el otro.
¿Qué respondería a quienes piensan que, al analizar las palabras y las tácticas de la extrema derecha, corre el riesgo de amplificar su alcance y de darles publicidad sin querer?
Es el dilema de cualquier trabajo filológico sobre la propaganda y no me lo tomo a la ligera. Pero creo que la ignorancia protege menos que el conocimiento.
Todas estas tácticas tienen un punto en común: funcionan mejor cuanto más invisibles son. El troll no dice que está trolleando, mientras que el astroturfing se hace pasar por un movimiento espontáneo y el meme racista difunde sus tesis bajo el pretexto del humor. Los algoritmos se encargan del resto: en internet, las burbujas de filtro y las cámaras de eco, respaldadas por nuestros sesgos de confirmación, generan un comportamiento gregario y un doble movimiento de polarización. Esta polarización es de tipo ideológico y afectivo en lo que respecta a las opiniones, pero también reticular cuando afecta a la propia estructura de nuestras interacciones. Todo ello ha acabado constituyendo un auténtico ecosistema mediático, no solo digital, al que se denomina acertadamente «fachósfera».
La fuerza de estos procedimientos reside en su ocultación. Por lo tanto, es la descripción lo que los debilita, y no al revés. Una manipulación que ha sido señalada como tal —y para señalarla hay que resignarse a difundirla— ya ha perdido parte de su poder.
Analicemos el hilo conductor que recorre este vocabulario: para usted, el cambio de régimen es, ante todo, un cambio léxico. ¿Ha ganado la extrema derecha la batalla de las palabras al adoptar la estrategia metapolítica de la Nueva Derecha francesa?
Si es que aún no lo ha hecho, la está ganando, precisamente porque ha adoptado, de forma consciente o inconsciente, esta estrategia concebida en los años setenta por Alain de Benoist y la Nueva Derecha: conquistar primero la hegemonía cultural, requisito previo a la hegemonía política, que se consigue en la batalla de las ideas. Y es precisamente en el ámbito de la lengua donde se libra esa batalla.
A ello se han sumado tácticas más recientes: el storytelling emocional, que contrapone los afectos a los hechos; el humor, la ironía, la provocación, los memes; la centralidad de las guerras culturales —el aborto, la homosexualidad, el multiculturalismo—. Estudiar las palabras es, por tanto, estudiar el propio campo de batalla. Es aquí donde se decide la partida.
Pero si la extrema derecha gana «la batalla de las palabras», ¿no es también porque sus adversarios han abandonado el centro del campo, o lo ocupan de forma torpe? ¿Acaso la extrema izquierda no tiene también sus palabras-escudo y sus narrativas?
Claro que sí. Toda corriente política genera marcos interpretativos, narrativas y consignas. La extrema derecha no es la única que cuenta historias. Lo que la distingue es la estructura de sus narrativas: la dicotomía maniquea «nosotros/ellos» y la designación de un «out-group» inferior y peligroso frente al cual el «in-group» estaría justificado para defender sus intereses a toda costa, llegando incluso a legitimar la violencia.
Cuando miembros de extrema derecha del gobierno israelí califican de «animales» o «monstruos» a la población palestina, 6 mientras que figuras influyentes del movimiento MAGA afirman públicamente que las mujeres no deberían votar, 7 cuando un presidente califica la justicia social de cáncer que hay que erradicar, 8 se ha abandonado el marco político habitual: nos encontramos ante una lógica que desemboca en formas de violencia que pueden llegar a ser extremas.
Dicho esto, tiene razón en una cosa: el abandono del terreno forma parte del problema. Si las palabras de la extrema derecha dominan el debate, es también porque los contra-relatos democráticos son débiles, defensivos y, a menudo, meramente reactivos. Un glosario puede ayudar a desenmascarar, pero nunca sustituirá a un discurso con el que contrarrestarlo.
Un vocabulario da por sentado que el conocimiento puede desarmar el error. Pero en la era de la «slopaganda», ¿sigue siendo suficiente saber? ¿No nos estamos equivocando al oponer definiciones a un fenómeno que, precisamente, se burla de la razón crítica?
Es una limitación que reconozco. Vivimos en una época en la que la memoria es cada vez más corta y en la que la verdad depende de las sensaciones de cada uno. No es casualidad que, en 2016, año del Brexit y de la primera victoria de Trump, los diccionarios de la Universidad de Oxford eligieran «posverdad» como palabra del año, término que designa aquellas circunstancias en las que los hechos objetivos tienen menos peso, a la hora de formar la opinión pública, que los llamados a las emociones y a las convicciones personales.
Un glosario, por sí solo, no revierte esa economía afectiva; no me hago esa ilusión. Pero sigo sosteniendo que es un requisito previo necesario, aunque no suficiente.
Solo una ciudadanía informada puede defender los principios democráticos. El conocimiento es el primer paso para desenmascarar las ideas extremistas. No es el último, sino el primero. Sin él, todo lo demás es imposible.
Una última reflexión. De todas las entradas de este vocabulario que nuestras lectoras y lectores podrán descubrir a partir de mañana y hasta el 20 de agosto, 9, ¿cuál le preocupa más?
El «orden natural de las cosas». Precisamente porque no es ni el más espectacular ni el más conocido. El «gran reemplazo» se presenta tal y como es: una teoría de la conspiración racista, al igual que la «supremacía blanca». Pero el «orden natural» no parece un término de extrema derecha: parece apelar a nuestro sentido común.
Es la máscara perfecta, aquella bajo la cual se hace pasar la jerarquía entre los sexos, entre los pueblos, entre las «civilizaciones», como algo evidente que solo unos ideólogos peligrosos cuestionarían.
Espero que así lo demuestren las entradas que publicaremos en los próximos días, desde el «aceleracionismo» hasta el «ecofascismo». Se tratará de aprender a leer el doble sentido de las palabras cotidianas para dotarnos de un mapa, aunque sea provisional, que nos permita navegar por estos tiempos turbulentos.
Notas al pie
- El glosario del extremismo de derecha, concebido y coordinado por Steven Forti, cuenta con la colaboración de historiadores, sociólogos, politólogos y sociolingüistas de diversos países europeos miembros de ARENAS (Analysis of and Responses to Extremist Narratives: https://arenasproject.eu/), un proyecto financiado por el programa de investigación e innovación «Horizonte Europa» de la Unión Europea.
- Cas Mudde, La ultraderecha hoy, Paidós, 2021, p. 145.
- La ventana de Overton, concepto acuñado por el politólogo estadounidense Joseph P. Overton en la década de 1990, se refiere al abanico de ideas consideradas aceptables en el debate público en un momento dado, fuera del cual una postura parece demasiado radical como para ser defendida. En una entrevista con el podcast de Tyler Cowen el 21 de febrero de 2024, al hablar de Carl Schmitt, Peter Thiel compara el Estados Unidos de la década de 2020 con la Alemania de la década de 1920 y, ante el «agotamiento» del liberalismo y la democracia, insta a plantear preguntas «muy fuera de la ventana de Overton». Véase también «The World According to Thiel», Hoover Institution, 7 de febrero de 2020.
- Gwenaëlle Bauvois, Arsenio Cuenca, Jure Gašparič, Claudia Jareño, Simo K. Määttä, Katalin Miklóssy, Julien Longhi, Ana Yara Postigo Fuentes, Sergi Soler
- Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, trad. José Vázquez Pérez, Valencia, Pre-Textos, 2004 [1980].
- En marzo de 2023, Bezalel Smotrich, ministro de Hacienda, declaró que la localidad palestina de Huwara «debe ser arrasada». En noviembre de 2023, Amichai Eliyahu, ministro de Patrimonio, planteó la opción de lanzar una bomba nuclear sobre Gaza, afirmó que «no hay civiles ajenos al conflicto» en el enclave y se refirió a los «monstruos de Gaza».
- El streamer nacionalista blanco Nick Fuentes, figura central del universo MAGA, reafirmó en una entrevista con Piers Morgan que a las mujeres no se les debería permitir votar (Piers Morgan Uncensored, diciembre de 2025).
- Javier Milei califica la justicia social de «aberración» desde la noche de su victoria en las primarias argentinas (13 de agosto de 2023), expresión que repitió, entre otros lugares, en Davos en enero de 2024.
- Esta es la lista de los lemas analizados: aceleracionismo, antinacionalismo, black pill, crisis de la masculinidad, «cuckservative», declive de Occidente, «deep state» (Estado profundo), «free speech» / libertad de expresión, ecofascismo, globalismo, «gran sustitución», ideología de género, antiliberalismo, islamoizquierdismo, «legacy media» (medios tradicionales), ley y orden, marxismo cultural, guerra memética (memetic warfare), orden natural (natural order of things), plandemia, Reconquista, «red pill», religión climática, supremacismo blanco, «wokismo».