¿Habríamos entrado en la era de la «slopaganda»? Este neologismo anglosajón, un acrónimo formado por «slop» (caldo, sopa) y «propaganda», hace referencia a ese momento en el que ya no se puede llegar a la verdad, en el que ya nada es posible. 

Las imágenes y videos generados por IA con los que Donald Trump nos inunda a través de sus redes sociales han despertado un gran interés en los medios de comunicación en los últimos meses. Los ejemplos son tan absurdos como numerosos. Trump con el aspecto de Jesús, que impone una mano sanadora sobre un hombre enfermo, mientras un ejército celestial lo rodea con una bandera estadounidense al fondo. Trump a bordo de un avión de combate, lanzando excrementos sobre manifestantes en Nueva York. Trump como rey. Trump como Jedi, en referencia a los personajes de la saga Star Wars. Trump como jefe de guerra triunfante. En The Guardian, el periodista Steve Rose ve este torrente de imágenes como una mezcla de «memes, deseos piadosos, nostalgia y “deepfakes”». 1 A esto se refiere precisamente la «slopaganda», un término acuñado por académicos para describir los «residuos» visuales generados por una IA de mala calidad, producidos en serie y difundidos en las redes sociales con fines políticos. Se trata de una forma renovada de propaganda, 2 destinada a «manipular las creencias para alcanzar objetivos políticos», pero con medios mucho más eficaces y un alcance mucho mayor que antes. 

La «slopaganda» se propaga por internet a una velocidad vertiginosa. Las cuentas de la Casa Blanca en las redes sociales están saturadas de memes absurdos, pomposos y grotescos. La oposición contraataca 3 a su vez con su propia «slopaganda» dirigida contra Trump, cuyas creaciones se vuelven virales a medida que la máquina de escándalos de las redes sociales se desata. 4 Los hilos de noticias de todas las plataformas, ya sean occidentales o extranjeras, están hoy en día saturados 5 de contenido generado por máquinas. En la actualidad, es muy probable que todo lo que aparece en nuestros hilos de noticias sea «basura» o «slop». 6 Esta difusión generalizada no es solo digital: tiene repercusiones en el mundo real. Las figuras políticas aprovechan ahora las herramientas de IA en sus materiales de campaña electoral. 7 En el Reino Unido, las noticias falsas generadas por la IA han contribuido a avivar las recientes manifestaciones contra los inmigrantes. 8 

El objetivo ya no es, como en la propaganda clásica, servir a unos «fines políticos» por los que se justifica emplear todos los medios, sino vaciar de todo contenido la propia palabra «posibilidad», bajo el efecto de la naturaleza profundamente digital de nuestra década de 2020.

Ian Garner

Del mismo modo, es en el terreno de la «slopaganda» donde Irán y Estados Unidos libran una guerra encarnizada, en la que cada bando se esfuerza por bombardear al mundo con contenidos cada vez más absurdos 9 mientras, paralelamente, la guerra convencional sigue en pleno apogeo. Mañana, los políticos de todo el planeta podrían emplear esta misma «slopaganda» para llegar a su público objetivo, con una precisión y una potencia de impacto sin precedentes. 

Gran parte de los contenidos que tienen la política como tema central son tan absurdos 10 que resulta difícil imaginar que pueda tener algún tipo de objetivo propagandístico. Parece servir únicamente para reforzar en un público ya muy polarizado la idea de que su bando tiene y siempre tendrá la razón. En el mejor de los casos, estas imágenes pueden contribuir a exacerbar sus ganas de luchar y defender su propio bando. ¿Quién, en el bando estadounidense, puede seguir deseando calmar los ánimos con Irán después de haber visto estas animaciones de Lego, generadas por IA, que ridiculizan a Donald Trump? 11 Varios análisis del hilo de noticias de Trump interpretan la «slopaganda» bien como el «reflejo mental de su vida fantaseada», 12 bien como un «trolling que se presenta como parte de la comunicación oficial del gobierno». 13 La «slopaganda» puede concebirse, pues, como una extensión del régimen de la «posverdad», surgido tras la llegada de Trump al poder en 2016, en el que la prominencia y el dominio de un relato determinan la parte de verdad que se percibe en él. La IA simplemente permitiría su expresión visual: tras el «mucha gente dice», ahora sería el turno del «mucha gente ve»

Una crisis de la comunicación política

Pero no nos equivoquemos: la «slopaganda» se distingue claramente de la propaganda a la que estamos acostumbrados, incluida la de la «posverdad». Es cierto que, hoy en día, es habitual encontrarse con información falsa. De hecho, forma parte integrante del discurso político contemporáneo. Pero, cuando todo el mundo, desde los políticos más influyentes hasta los ciudadanos de a pie, dispone de las herramientas indispensables para crear y difundir a gran escala y a gran velocidad falsedades tan flagrantes como sensacionalistas, es probable que se avecine una crisis más generalizada de la comunicación política.

En una época en la que a los líderes políticos les cuesta muchísimo esbozar perspectivas de futuro atractivas, la proliferación de esta «slopaganda» contribuye aún más a restar credibilidad al discurso político.

Esta estrategia de desestabilización forma parte de su propia esencia. ¿Cómo actúa? Sembrando la duda: ya no hay ni un texto, ni una imagen, ni un discurso que no sea ahora motivo de recelo, como tantas versiones desechables de un presente asfixiado.

La «slopaganda» se diferencia claramente de la propaganda a la que estamos acostumbrados, incluida la de la «posverdad».

Ian Garner

Si estos contenidos no se ajustan a la realidad, cuesta imaginar que el futuro pueda presentarse ante nosotros como una posibilidad alcanzable. El objetivo ya no son, como en la propaganda clásica, los «fines políticos» para los que se despliega: es la propia palabra «posibilidad» la que se ve vaciada de todo contenido, alienada por la naturaleza profundamente digital de nuestros años 2020. 

Para comprender las inquietantes implicaciones de la «slopaganda» en el discurso, debemos remontarnos a los orígenes estéticos de la propaganda totalitaria, es decir, al modelo de propaganda más perfeccionado y destructivo desarrollado en el siglo pasado. En estos tiempos de agitación y transformaciones, los orígenes revolucionarios del totalitarismo ofrecen paralelismos fructíferos para comprender la existencia de la «slopaganda», así como sus características radicalmente nuevas. 

Kitsch totalitario

En el clima revolucionario de la década de 1910, los futuristas, desde Italia hasta Rusia, llegaron a creer que el arte —la propia estética— debía y podía desempeñar un papel esencial en un contexto revolucionario. Marinetti, poeta y polemista italiano considerado el autor del primer manifiesto del movimiento, 14 dio rienda suelta en 1909 a esa energía vibrante que le inspiraba la perspectiva, sin duda muy tentadora, de la aniquilación de lo antiguo para dar paso a lo nuevo: «Destruiremos los museos, las bibliotecas, las academias de todo tipo; combatiremos el moralismo, el feminismo, toda cobardía oportunista o utilitarista. Cantaremos a las grandes multitudes exaltadas por el trabajo, por el placer y por la revuelta; cantaremos a las mareas multicolores y polifónicas de la revolución en las capitales modernas; cantaremos al fervor nocturno y vibrante de los arsenales y los astilleros iluminados por violentas lunas eléctricas».

Ahora bien, fue precisamente esta yuxtaposición entre destrucción y creación, tal y como la planteó Marinetti, la que acabaría convirtiéndose en un elemento clave del funcionamiento de la propaganda totalitaria. Tanto los comunistas como los fascistas la reivindicaron: forjar el futuro significaba, ya de por sí, remodelar la propia percepción del presente.

El argumento político propiamente dicho no era el elemento más importante. Se trataba, ante todo, de condicionar las mentes, de transmitirles esa euforia que Marinetti extraía de la destrucción y de la idea de renovación. Como señala el investigador británico Roger Griffin, el fascismo y el comunismo son dos movimientos que se esfuerzan por forjar «una nueva cultura en un acto total de creación, de poesis».

Fue en la Unión Soviética donde este fenómeno alcanzó su apogeo. La propaganda estalinista, incluso en su forma más discreta y cuasi-realista —pensemos en la estética del realismo socialista que, en la década de 1930, sustituyó a los experimentos de la década de 1920—, no se limitaba a «reflejar la vida, sino que contribuía realmente a transformarla». 15

Atrapados en una duda incesante y fulgurante, los usuarios —nosotros— estamos atrapados en el presente político, en la interfaz entre el texto, la imagen, el hilo de noticias y la plataforma, planteándonos sin cesar las mismas preguntas sobre los fundamentos de la realidad. 

Ian Garner

El arte propagandístico soviético, repleto de contenidos estereotipados —desde los colores hasta los símbolos, pasando por las composiciones—, era producido en serie por artistas a los que se vigilaba para que no se desviaran de la norma. De los talleres estatales brotaban imágenes de campos soleados, obreros de juerga, héroes de guerra adulados y dirigentes impecablemente arreglados; todas ellas tan falsas como la «slopaganda» de hoy en día. Su visión casi utópica recuerda a ciertas representaciones que Trump ofrece tanto de sí mismo como de su programa político. 

Tomemos, a modo de ejemplo, el cuadro de Yuri Pimenov de 1962, «Boda en la calle Mañana». Una novia y un novio, resplandecientes con su vestido blanco y su traje oscuro, caminan de la mano sobre unas pasarelas doradas y relucientes que cubren el suelo de una obra. A su alrededor, grúas y bloques de viviendas bañados por la luz se alzan hacia el cielo: es una forma de mostrar el futuro radiante que, evidentemente, les espera a la pareja, en este mundo imaginario lleno de nuevas construcciones. Esta imagen, al igual que las producciones generadas por la IA, es ostensiblemente irreal: ni siquiera las bodas soviéticas más felices se celebraban en obras.

Yuri Ivanovich Pimenov, «Boda en la calle Mañana», 1962

Sin embargo, y este es precisamente el análisis que nos ofrece Milan Kundera en La insoportable levedad del ser, el efecto de una obra así sobre el espectador es tangible: crea una experiencia o una certeza compartida. Es propio del «kitsch», como lo califica Kundera, ese arte socialista que «hace brotar dos lágrimas seguidas. La primera lágrima dice: “¡Qué agradable es ver a los niños correr por la hierba!”. La segunda lágrima dice: “¡Qué agradable es emocionarse, junto con toda la humanidad, al ver a unos niños corriendo por la hierba!”». Así, Kundera había captado a la perfección la forma en que el gran público se dejaba atrapar por ese mundo ficticio, reproducido según un esquema prefabricado. Frente a la monotonía de la vida cotidiana, al menos se podía experimentar, con una obra como Boda en la calle Mañana, la satisfacción de ver cómo se dibujaban ante los ojos juegos de luz fantásticos y agradables. En este sentido, esta propaganda pretendía moldear el mundo a través de la creencia en un futuro común.

La paradoja de una propaganda que no difunde nada

El arte generado por IA, con sus contornos de colores suaves y sus tonos sepia, es evidentemente estereotipado y artificial. Cada imagen ofrece una visión del mundo tal y como podría ser, más que del mundo tal y como es. La realidad cede terreno ante un mosaico heterogéneo de contenidos estéticos de mala calidad: recordemos a este respecto la perspicaz observación de Boris Groys, quien decía que «los artistas de vanguardia son dictadores sin poder real, mientras que los estalinistas son artistas sin talento». De hecho, sean cuales sean los efectos de esta producción mediocre generada por la IA, el talento de los artistas no es aquí un factor determinante. Reproducidas en masa para ser luego difundidas entre millones de usuarios, y convertidas al instante en virales por sus adversarios, ¿por qué no iban a generar también estas imágenes millones de certezas compartidas? Este cuestionamiento puede aplicarse a las publicaciones de Trump, a las represalias informativas de Irán, a las manifestaciones contra la inmigración o a los contenidos producidos por figuras políticas de todo el mundo. 

Sin embargo, la «slopaganda» no cumple su función de propaganda con fines políticos. No consigue suscitar un sentimiento de certeza. Retomando la metáfora de Kundera, no logra hacer brotar esa «segunda lágrima», tan crucial.

Para comprender esta paradoja, hay que mencionar una de las dimensiones más subestimadas de la comunicación política del siglo XXI: la propia naturaleza de nuestro ecosistema mediático. Este, en el que se inscribe la «slopaganda», combina una plataforma, una tecnología y un feed de noticias. En él, flujos autónomos y en constante evolución hacen desfilar a una velocidad vertiginosa innumerables versiones del mundo. Por definición, estas visiones diferentes no pueden cristalizarse en un proyecto político ni en un horizonte único. Aparecen y desaparecen de nuestro campo de atención, como basura, y desestabilizan nuestro cerebro por su carácter repugnante, por su burda puesta en duda de la realidad. Al mismo tiempo, nos asalta la duda: ya sea que nuestra primera reacción sea reír o llorar, ¿pueden nuestros vecinos tener la misma reacción? Para imaginar el futuro, las personas deben ser capaces, en primer lugar, de reconocer que comparten el mismo presente.

En este sentido, la era de la «slopaganda» no es la de una propaganda transformadora, sino la de la plasticidad, en la que todo puede aparecer. La saturación forma parte integrante de este proceso de inundación por la plasticidad de las imágenes. Del mismo modo, el presentismo es otro principio que deja sin efecto cualquier discurso que intente imaginar un futuro común: lo propio de la «slopaganda» es, precisamente, agitar sin cesar nuestro presente. 

La «slopaganda» erosiona la realidad precisamente porque su razón de ser es disolverla.

Ian Garner

Basta con echar un vistazo al muro de Donald Trump en Truth Social para ver cómo se desvanece el futuro, o incluso cómo resulta imposible. Esta plataforma, digna de los carnavales más grandiosos, reúne a los partidarios del movimiento «Make America Great Again» (MAGA) y permite a Donald Trump dirigirse a sus 13 millones de seguidores. A primera vista, esta plataforma abiertamente partidista constituye un espacio donde la concordancia entre Trump y sus seguidores está garantizada, donde la duda no tiene cabida. En realidad, quizá sea ese el sentimiento más destacado que se desprende de su feed. Trump publica allí decenas, o incluso más, de mensajes al día. A veces se centra de forma obsesiva en un único tema; otras, da rienda suelta a sus asociaciones de ideas, saltando de un tema a otro dentro de una misma frase, o incluso de un solo sintagma. Sus mensajes oficiales, que se corresponden con sus declaraciones textuales, dominan el hilo de noticias. Sin embargo, resulta difícil distinguirlos de las publicaciones más absurdas y alejadas de la realidad que se pueden encontrar en otras partes de la red. 

Los desmanes de Trump, ampliamente documentados, 16 no constituyen, sin embargo, más que una parte del ecosistema de Truth Social. Al conectarse a la plataforma, el hilo de noticias se ve constantemente interrumpido por una multitud de otras fuentes: sugerencias automáticas de cuentas a las que seguir o leer; comentarios, «me gusta» y respuestas de usuarios anónimos. Así, cuando «leemos» la «slopaganda» de Trump, también nos vemos expuestos a un aluvión de otros residuos digitales. Aunque apenas les prestemos atención, estos elementos desfilan ante nuestra conciencia. Es esta interfaz la que nos permite experimentar el mundo, con la nariz pegada a nuestras pantallas. ¿En qué consiste exactamente? En una red algorítmica, en un popurrí indescriptible e infinito, que se ensambla en un presente en constante regeneración. Ni siquiera una figura tan influyente como Trump puede dominarlo por completo: se desborda.

Así, al recorrer el hilo de noticias de Trump, se observa que las respuestas de los usuarios, que surgen al instante en cuanto el líder publica un mensaje, tienen tanto impacto como las declaraciones del propio presidente, o sus visiones erróneas del mundo. Por regla general, y este es un punto crucial, estas respuestas imitan a Trump tanto en el estilo de redacción como en la forma visual: de hecho, las respuestas de los usuarios suelen estar redactadas con esa escritura miasmática, cercana al flujo de conciencia; por otro lado, recurren cada vez más a imágenes generadas por IA, que pueden no tener ninguna relación con el tema principal de la propia publicación de Trump.

Una de las preocupaciones actuales de Donald Trump son las primarias republicanas, que se prolongarán hasta septiembre. En una reciente publicación en Truth Social, el presidente recurre a un meme tradicional, que consiste en comparar a dos demócratas con dos personajes de la cultura pop, simplemente colocando sus retratos uno al lado del otro. Es una forma de menospreciarlos. Los cientos de respuestas a este mensaje apenas mencionan el tema de la publicación.

Arriba a la izquierda, imagen compartida por Trump en Truth Social en mayo de 2026, en la que aparece él mismo añadido al Monte Rushmore junto a Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln. Esta imagen forma parte de una campaña más amplia a favor de su escultura en el monumento, impulsada, entre otras cosas, por una propuesta de ley de la diputada Anna Paulina Luna. Arriba a la derecha, imagen difundida por la Casa Blanca el 4 de mayo de 2025, con motivo del «Día de Star Wars», en la que aparece Trump vestido de Jedi, armado con un sable láser rojo. Pie de foto original: «Happy May the 4th to all, including the Radical Left Lunatics who are fighting so hard to bring Sith Lords, Murderers, Drug Lords, Dangerous Prisoners, & well-known MS-13 Gang Members back into our Galaxy. You’re not the Rebellion—you’re the Empire». Abajo a la izquierda, imagen de trineos tirados por perros que se dirigen hacia la Casa Blanca, Rusia o China, publicada por la cuenta oficial de la Casa Blanca, con el pie de foto: «Which way, Greenland man?». Abajo, en el centro, imagen compartida por Trump en Truth Social, en mayo de 2026, en la que aparece en un puesto de mando, pulsando un botón rojo, con pantallas que muestran ataques sobre la Tierra.

Es un torrente incoherente de «slopaganda»: imágenes y mensajes racistas que atacan a Barack Obama; el rostro de Trump superpuesto en el Monte Rushmore; imágenes del líder a los mandos de un avión; representaciones de las fuerzas armadas estadounidenses y clichés cristianos evangélicos. Cuanto más se examina este flujo, más parecen los comentarios y las imágenes que dejan los usuarios pertenecer a un puro delirio personal y subjetivo. Se ve el mundo, no a través de una visión compartida de lo que podría ser, sino según la propia visión de cada individuo presente en la red. Cada uno vierte allí sus propias falsedades, al mismo tiempo que sus propias oleadas de duda sobre lo que es (o no es) real. Actualiza la página de publicaciones de Trump y surgirán nuevas digresiones con aspecto de arabescos, sumiendo la realidad en una inmensa espiral. La relación entre A y B, entre el enunciado y la respuesta, entre la realidad y la afirmación falsa, se ve constantemente rota por esta cacofonía de voces individuales. A los usuarios solo los une la duda, aunque esta sea meramente individual, anclada en el presente y aislada.

Lo mismo ocurre, sin duda, en cualquier red social, sin necesidad de ser tan abiertamente partidista. Los usuarios se agitan constantemente unos a otros, al tiempo que ellos mismos se ven agitados por el flujo incesante de contenidos que atraviesan su muro de noticias y que hacen de la duda un sentimiento dominante. Cada hecho, cada afirmación, cada realidad debe analizarse rigurosamente y reflexionarse a fondo, un proceso que la rapidez de las redes sociales —y de la «slopaganda»— nos impide precisamente adoptar. ¿Quién no se ha visto recientemente asaltado, al navegar por las redes sociales, por la duda sobre la veracidad de una imagen, un texto o un sonido? ¿Cuántos de nosotros experimentamos una sensación permanente, casi inconsciente, de malestar ontológico a medida que empezamos a dudar de las declaraciones de nuestro propio bando en esta era de polarización, por no hablar de las de nuestros adversarios? Así, el efecto principal —y el más aterrador— de la «slopaganda» no es simplemente asaltarnos con una única realidad falsa, sino, gracias a su poder de saturación, producir la sensación incesante de que todo podría ser falso. La falsedad del fenómeno forma parte integrante de su poder: la «slopaganda» erosiona la realidad precisamente porque su razón de ser es disolverla. 

Montaje de imágenes generadas por IA. Arriba a la izquierda, la imagen que Donald Trump compartió en Truth Social, en mayo de 2026, en la que aparecen Obama, Biden y Pelosi en el estanque reflectante del Lincoln Memorial, lleno de basura. Leyenda original: «Dumacrats Love Sewage». A la derecha, un autorretrato de Trump rodeado de aviones de combate y buques de guerra, publicado en Truth Social. Leyenda original: «YOU’RE GETTING DISCOMBOBULATED», publicada mientras el secretario de Defensa, Pete Hegseth, afirmaba que Estados Unidos estaba listo para reanudar la guerra contra Irán. Abajo a la izquierda, imagen de dos dirigentes demócratas con sombreros mexicanos, sosteniendo tacos, difundida por la Casa Blanca para burlarse de Hakeem Jeffries y Chuck Schumer, en la línea de una serie de memes considerados racistas, utilizados durante el cierre del gobierno, en otoño de 2025. Abajo, en el centro, un fragmento típico de los videos de propaganda iraní con Lego, difundidos masivamente por los medios de comunicación estatales iraníes.

Prisioneros de una duda incesante y fulgurante, los usuarios —nosotros— estamos atrapados en el presente político, en la interfaz entre el texto, la imagen, el hilo de noticias y la plataforma, planteándonos sin cesar las mismas preguntas sobre los fundamentos de la realidad. La «slopaganda» es una forma que se basa menos en los fines políticos que solemos asociar a la propaganda —y a los que se vinculan las formas más rígidas de propaganda, aquellas que estéticamente se acercan más a la «slopaganda»— que en sus medios políticos. Así, en la era de la «slopaganda», nada es verdad y nada es posible. 17

En cierto modo, se podría ver en ello un acelerador del proyecto político trumpista. Si bien el presidente y sus seguidores no se mueven por otra cosa que no sea el poder, sin duda disfrutan —al igual que sus predecesores totalitarios— la destrucción. La fascinación de los primeros futuristas por el poder dinamizador de la destrucción se trasluce en todo, desde la declaración de Steve Bannon en 2013 — «Quiero derribarlo todo y destruir todo el establishment actual» — hasta el proyecto de Trump de «aniquilar por completo el Estado profundo» y la tristemente célebre «motosierra contra la burocracia» de Elon Musk. Sin embargo, el trumpismo carece de un plan coherente para la creación de un futuro común, ni siquiera reconoce en lo más mínimo la necesidad de tal futuro. Como detalló Masha Gessen en su libro de 2020 titulado Surviving Autocracy18 «En la era Trump, no hay ni pasado ni futuro, ni historia ni visión: solo un presente angustioso». La era de la «slopaganda» contribuye a consolidar este «presente angustioso», gracias a mecanismos que van mucho más allá del propio trumpismo. 

En la era de la «slopaganda», nada es verdad y nada es posible.

Ian Garner

La gran ambición del arte totalitario era crear un campo estético unificado, en el que no pudiera sobrevivir ninguna forma autónoma, discordante o desviada. El arte —y sobre todo el arte como instrumento de propaganda que da forma al mundo— debía convertirse en objeto de una experiencia colectiva simultánea: las mismas imágenes, los mismos símbolos, los mismos héroes, los mismos gestos de reverencia y exaltación, reproducidos hasta que su visión común se presentara como ineludible. El obrero radiante, el soldado heroico, el líder querido, el niño retozando en la hierba fresca —la fiesta de boda en una obra— no dejan lugar a la más mínima ambigüedad. Dado que tanto la producción como la difusión estaban controladas por una única fuente, el efecto podía controlarse.

Por el contrario, la «slopaganda» convierte sus propias anomalías en un rasgo distintivo que reivindica: la evidente artificialidad, el carácter estridente, los errores técnicos, el mal gusto y la fantasía (a medio camino entre lo serio y lo lúdico) de un retorno del fascismo contribuyen a confundirlo todo. ¿Cómo distinguir entre las bromas privadas que solo pueden descifrar los allegados al poder, los insultos dirigidos a los enemigos, las trampas tendidas a los periodistas, las señales enviadas a los extremistas y, entre todo ello, la pura basura digital? Peor aún, la «slopaganda» empaña la imagen «no slop» y, con ella, la de la afirmación cotidiana, del fragmento documental o del discurso político anclado en la realidad. Desde fotos de gatos adorables hasta caricaturas obscenas, pasando por bocetos de auténticos proyectos políticos: todos estos datos se encuentran reunidos en un mismo espacio de creación potencial, profundamente opaco.

Desde el primer visionado, el espectador se ve tomado por sorpresa: ¿debe sentirse sorprendido, divertido, repugnado, incómodo, fascinado, indeciso? La «segunda lágrima» de Kundera no puede formarse, ya que el espectador no puede saber qué sienten los demás, ni siquiera qué sentimiento suscita la propia imagen. ¿Se ríen con ella o de ella? ¿Fingen creer en ella o no creer en ella? ¿La consideran política, entretenimiento, una amenaza, una tontería o un juego? Todo el mundo ve al rey, al guerrero, a Cristo, la ciudad en llamas, el avión, la bandera, al enemigo humillado o aniquilado, pero los usuarios nunca forman parte de un «nosotros» colectivo. Por lo tanto, la «slopaganda» solo puede parecerse superficialmente a la estética totalitaria del siglo XX. No puede interpretarse como propaganda según los criterios con los que hemos analizado las propagandas anteriores, que, en mayor o menor medida, todas han recurrido al manual totalitario.

Aún nos encontramos en los albores de la era de la «slopaganda». Su función va mucho más allá de los «memes, los deseos piadosos, la nostalgia y los deepfakes» o del simple «trolling». 

Entramos ahora en la segunda década de una crisis del futuro, durante la cual los partidos occidentales y los defensores de todos los espectros políticos han tenido dificultades para definir una visión coherente del futuro. Quienes buscan perjudicar a Occidente ya se apresuran a aprovechar las posibilidades que ofrecen las herramientas basadas en la IA para reforzar esa sensación de estancamiento. Es cierto que los videos iraníes producidos en el contexto de la guerra han sido escasos, pero Rusia ya ha comenzado —aunque con un éxito aparentemente limitado— a utilizar «contenido basura» o «slop» generado por la IA para llevar a cabo campañas de desestabilización. 19 Mientras la «slopaganda» continúa su «blitzkrieg» aparentemente imparable contra el futuro, las campañas informativas de nuestros adversarios se volverán más sofisticadas y eficaces, mientras que nuestro propio discurso político se empantanará cada vez más en su propio estancamiento, dictado por las plataformas.

Reinventar el espacio de la política

Para hacer frente a este problema, hay que replantearse la forma en que se lleva a cabo la comunicación política y los espacios en los que se desarrolla. Nada puede detener a la IA en el ágora digital: se ha abierto la caja de Pandora del «slop». Regular a las empresas occidentales de IA no impedirá que se pierda terreno frente a los contenidos generados por IA procedentes de China o Rusia. 20 Esto no significa que la regulación sea un callejón sin salida ni que deba ignorarse, pero la respuesta no puede residir en ajustes menores realizados en la propia IA. De hecho, el problema subyacente no es necesariamente el contenido de esa información engañosa —un mensaje de «slopaganda» tomado de forma aislada no es más que una falsedad burda y sin efecto—, sino su modo de difusión, es decir, el flujo de las plataformas, demasiado rápido, demasiado artificial, demasiado opaco y demasiado contaminado por la producción automatizada y la circulación algorítmica como para poder controlarlo.

Si el «slop» digital arranca el discurso político de su origen, de su lugar, de su responsabilidad y de su época, la respuesta debe consistir en volver a centrarlos: el discurso debe estar arraigado en espacios en los que las personas, los lugares y las consecuencias sean claramente identificables. Solo volviendo a los espacios comunitarios compartidos —aquellos en los que el debate es real, y la información la difunden personas reales y dignas de confianza, a quienes su público conoce—, el debate político podrá resistir la cascada de dudas que nos asaltará si dejamos que la «slopaganda» tome el poder.

Los gobiernos y las asociaciones ciudadanas deberían consolidar y revitalizar la prensa local, adoptando medidas de protección: la condición de organización benéfica, desgravaciones fiscales, subvenciones para el periodismo de interés público, vales de compra para la información local, donaciones a cambio de contrapartida y apoyo a las redacciones sin ánimo de lucro.

La «slopaganda» prospera en el vacío interestelar de un hilo de noticias, donde cada afirmación está desconectada de su fuente y de sus consecuencias, y donde cada afirmación refuerza un sentimiento universal de duda.

Ian Garner

El objetivo no sería crear medios de comunicación estatales, sino descentralizar el debate de la escena mundial hacia la escena local. Las bibliotecas deberían considerarse infraestructuras democráticas más que simples equipamientos culturales. Horarios de apertura ampliados, salas de reuniones gratuitas, talleres de educación mediática, puntos de atención para periodistas, conferencias de interés público y grupos de debate temáticos —todos ellos espacios en los que los ciudadanos pueden volver a la realidad— son estrategias que pueden resultar eficaces 21 para hacer evolucionar unos habitus políticos ya muy arraigados. Cada club deportivo, cada centro juvenil, cada sala comunitaria o cafetería, cada centro de educación para adultos, cada local sindical y cada grupo de organización comunitaria puede convertirse en un espacio donde el discurso político adquiera un sentido compartido.

Esta visión, esta respuesta que hay que dar a una sociedad que carece de futuro, no supone en absoluto un retroceso ni un sentimiento de añoranza hacia las sociedades de la posguerra, de las que habría que sentir nostalgia. Este proyecto no tiene nada de retrógrada ni de utópico. Más bien pretende recuperar una capacidad democrática que el flujo digital nos está robando. Arraigada en lo tangible y lo local, esta capacidad rechaza la propia noción de utopía, ya que se trata precisamente de renunciar a las grandes visiones de futuro para devolver toda su consistencia a los debates lentos, orgánicos y compartidos. Esas mismas discusiones que se oponen a la velocidad, al ritmo frenético de las redes sociales y a las dudas inherentes a la era de la «slopaganda».

La «slopaganda» prospera en el vacío interestelar de un feed de noticias, donde cada afirmación está desconectada de su fuente y de sus consecuencias, y donde cada afirmación refuerza un sentimiento universal de duda. El futuro no se salvará con intentos normativos, ni con la verificación de los hechos, ni con las luchas partidistas destinadas a dominar el hilo de noticias según normas que varían según los grupos. Es en espacios con una temporalidad deliberadamente más lenta donde habrá que imaginar ese futuro, en el seno de una sociedad capaz de reconocer que forma parte de la misma realidad.

Notas al pie
  1. Steve Rose, «The slopaganda era: 10 AI images posted by the White House and what they teach us», The Guardian, 29 de enero de 2026.
  2. Michał Klincewicz, Mark Alfano y Amir Ebrahimi Fard, «Slopaganda: The interaction between propaganda and generative AI», Universidad de Cornell, arXiv, 3 de marzo de 2025.
  3. Véase un ejemplo de tuit de Spencer Hakimian en X, el 12 de junio de 2026, con una imagen generada por IA del estanque del Lincoln Memorial, en la que aparecen los retratos de Donald Trump y Jeffrey Epstein.
  4. Tobias Rose-Stockwell, Outrage Machine: How Tech Amplifies Discontent, Disrupts Democracy—And What We Can Do About It, Hachette Books / Legacy Lit, 11 de julio de 2023.
  5. Charlie Warzel, «The MAGA Aesthetic Is AI Slop», The Atlantic, 21 de agosto de 2024.
  6. Kate Knibbs, «Yes, That Viral LinkedIn Post You Read Was Probably AI-Generated», WIRED, 26 de noviembre de 2024.
  7. Véase cómo el partido político Reform UK utiliza la IA en sus campañas de comunicación.
  8. Jason Okundaye, «The right has created a false reality – fuelled by toxic images delivered straight to your phone», The Guardian, 13 de junio de 2026.
  9. Matt Shea y Laurie Kalus, « We spoke to the man making viral Lego-style AI videos for Iran. Experts say it’s powerful propaganda», BBC, 12 de abril de 2026.
  10. Véase este video de la cuenta de Instagram julius.deinius, en el que Donald Trump, Kim Jong-Un y Vladimir Putin juegan con peluches de Labubu.
  11. Video de YouTube, CNA, «Propagande de l’IA : des vidéos d’IA de style Lego donnent une nouvelle dimension à la guerre…», 20 de abril de 2026.
  12. Dan Clark y Anna Nicolaou, «Inside Donald Trump’s AI ‘slopaganda’ machine», Financial Times, 19 de mayo de 2026.
  13. Steve Rose, «The slopaganda era: 10 AI images posted by the White House and what they teach us», The Guardian, 29 de enero de 2026.
  14. Filippo Tommaso Marinetti, Manifiesto del futurismo, 1909.
  15. Boris Groys, The Total Art of Stalinism: Avant-Garde, Aesthetic Dictatorship, and Beyond (edición original alemana: Gesamtkunstwerk Stalin, 1988), Princeton University Press, 1992.
  16. Yini Zhang, Josephine Lukito, Jiyoun Suk y Ryan McGrady, «Trump, Twitter, and Truth Social : how Trump used both mainstream and alt-tech social media to drive news media attention», Journal of Information Technology & Politics, 13 de marzo de 2024.
  17. Peter Pomerantsev, Nothing Is True and Everything Is Possible: The Surreal Heart of the New Russia, PublicAffairs, 2014.
  18. Masha Gessen, Surviving Autocracy, Riverhead Books, 2020.
  19. Daria Mosolova, «The AI videos supercharging Russia’s online disinformation campaigns», BBC, 27 de febrero de 2026.
  20. Leah Siskind, «AI-Amplified Narratives: Measuring Propaganda in LLM Citations», Foundation for Defense of Democracies, 3 de marzo de 2026.
  21. Yesid Paez, «Re-imagining children’s identities through informal education: the role of local libraries in peacebuilding», ResearchSPAce, Universidad de Bath Spa, 5 de mayo de 2026.