La memoria histórica es selectiva. Eso es lo que señala el historiador Giles Tremlett cuando afirma que «España tiene una visión demasiado idílica del régimen de Franco». Y con razón: los españoles se pasan el tiempo recordando el auge económico de los años sesenta en lugar de afrontar el sombrío balance del franquismo en materia de derechos humanos. 1

Su observación no solo está fundamentada, sino que el auge de partidos populistas de derecha como Vox hace que España corra el riesgo de que la nostalgia por el franquismo se convierta, si no en algo hegemónico, al menos en una práctica política habitual. Sería un error reducir este fenómeno a la simple nostalgia de una época de prosperidad económica: si lo analizamos más detenidamente, esta complacencia forma parte de un entramado multifacético, constituido por mitos que, en su mayoría, provienen de la propia propaganda de la dictadura; mitos que, en realidad, no son exclusivos de España. Las fuerzas de derecha en Brasil, Argentina y Chile, por ejemplo, siguen alabando a sus dictaduras nacionales de los años sesenta y setenta (muchas de las cuales, por cierto, surgieron inspirándose en el franquismo y tomándolo como modelo). Los populistas de derecha, desde Santiago Abascal hasta Javier Milei, pasando por José Antonio Kast y Jair Bolsonaro, no se enorgullecen de las prácticas autoritarias de esos regímenes. Ese análisis sería demasiado simplista. Más bien retoman una serie de tópicos que, hábilmente combinados, llevan a la conclusión de que las «dictaduras suaves» de finales de la Guerra Fría fueron beneficiosas para la nación y que, por ello, deben constituir un motivo de orgullo más que de vergüenza. 2

Daniel Gunnar Kressel, Hispanic Technocracy. From Fascism to Catholic Authoritarianism in Spain, Argentina, and Chile, 1945–1991, Cambridge University Press, 7 de agosto 2025.

Sería erróneo afirmar que la nostalgia que se siente por un régimen autoritario es necesariamente sinónimo de un deseo de volver a vivir bajo una dictadura. Los populistas de derecha demuestran mayor sutileza. Su instrumentalización de la memoria histórica se centra en algunos momentos gloriosos y concretos de la historia de sus dictaduras: el milagro económico de 1959-1973 en el caso de España, el milagro de 1975-1983 en Chile, el milagro de 1969-1974 bajo el mandato de Emílio Médici en Brasil (también conocido como los «años de plomo») y, en menor medida, el milagro de 1966-1970 bajo el mandato de Juan Carlos Onganía, en Argentina. 

Por muy crueles que hayan sido con sus propios ciudadanos, estos regímenes habrían demostrado ser especialmente funcionales, hasta tal punto que el discurso de la derecha los presenta a veces como un sistema político más eficaz que la democracia liberal. Gracias a su política y a su gestión del poder, estos regímenes habrían contribuido a modernizar el país, sin comportamientos fascistas ni totalitarios demasiado ostentosos. 

Ante la llegada de las próximas elecciones en Brasil (octubre de 2026), en España (julio de 2027), en Argentina (octubre de 2027) y en Chile (2029), resulta urgente desmontar siete mitos populares en los que, sin duda, los candidatos y los representantes de la derecha basarán su discurso.

1 — La culpa habría que buscarla en la izquierda

Antes incluso de hablar de los supuestos éxitos excepcionales atribuibles a la dictadura, cabe anticipar un truco retórico ya bien conocido: los populistas de derecha no dejarán de repetir que fue la izquierda la principal responsable del auge de los extremismos y del advenimiento de las dictaduras. Por lo tanto, si ha sufrido, solo puede culparse a sí misma. Los dirigentes autoritarios solían recurrir con gusto a este tipo de tópico: era por culpa de la izquierda por lo que la nación se encontraba al borde de la guerra civil. 3 Si ese partido traidor se hubiera mantenido en el poder, ¿quién sabe si los países en cuestión no se habrían convertido en Estados soviéticos fallidos, como Cuba? Este es uno de los argumentos estrella de los revisionistas españoles, como Luis Pío Moa, quien afirmaba que Franco, sin negar su carácter autoritario, era infinitamente menos sanguinario de lo que habría sido la Segunda República española si hubiera llevado a cabo su proyecto de instaurar un régimen de tipo soviético en España. 4 Nos encontramos aquí ante lo que podríamos denominar un «sofisma del universo paralelo». Cualquier debate sobre cómo se habría desarrollado políticamente la República —o los gobiernos de Salvador Allende en Chile y de João Goulart en Brasil— si no hubiera sido derrocada no solo es especulativo, sino que, en esencia, carece de relación con la cuestión de si el modelo autoritario que tomó el relevo presentaba algún aspecto positivo. 

2 — Franco, Pinochet y Médici: dictadores «a su pesar»

Sin embargo, si hay un hecho histórico indiscutible, es que Franco, y tras él hombres como Pinochet, no solo tomaron el poder por la fuerza, sino que también masacraron, de forma extrajudicial y con total impunidad, a todos aquellos a quienes consideraban «enemigos internos» de la nación. Llama la atención que, para la derecha populista, esta realidad apenas suponga motivo de vergüenza. Al contrario, haciendo eco de un argumento tomado de Carl Schmitt, hombres como Franco, Pinochet y Médici habrían sido supuestamente dictadores a su pesar, obligados a emplear la fuerza para «pacificar» sociedades sumidas en el caos. La idea subyacente es que ese «estado de excepción» (Ausnahmezustand), instaurado por la fuerza por esos generales, no solo era deseable, sino que era deseado colectivamente por las propias sociedades. De ahí la creencia de que estos hombres fuertes eran populares y verdaderamente queridos por la mayoría de los ciudadanos. Entre los mitos evocados, el del dictador represivo a su pesar y, sin embargo, muy popular es sin duda uno de los más íntimamente ligados a la propia propaganda de la dictadura. Sin embargo, aunque se erige como la piedra angular del régimen dictatorial y de su autolegitimación, lo que algunos denominan la «paz de Franco», al igual que la de Pinochet y la de Médici, es sencillamente un disparate. 5 Sería inútil intentar evaluar la popularidad real de estos militares: las sociedades que gobernaban estaban sometidas a un régimen de terror sistemático orquestado por el Estado. No obstante, la debacle electoral de Pinochet en 1988 puede servir de prueba, indicando que, incluso tras quince años de opresión y propaganda, los chilenos —al igual que los españoles, los brasileños y los argentinos antes que ellos— no «querían» a su dictador. Al menos, no de la forma en que los partidarios de la derecha de hoy en día querrían hacernos creer.

3 — El espejismo de una democracia alternativa 

Uno de los aspectos más fascinantes, e incluso desconcertantes, de la escritura de obras sobre el posfascismo de la Guerra Fría reside en la forma en que los dictadores rechazaban públicamente la etiqueta de «fascistas», al tiempo que promovían ideologías de Estado que no eran, en todos los aspectos, más que mitos políticos que hacían eco del modelo estatal de Mussolini. El término «corporativismo» ilustra bien este intento de encubrimiento en el ámbito semántico: dictadores como Franco, Onganía y Pinochet habían aprendido a evitarlo desde la década de 1960. En lugar de admitir que sus modelos de régimen eran corporativistas, comenzaron a presentarlos como «democracias» de un tipo ligeramente diferente, que promovían la «participación» y la separación de poderes por medios distintos a un parlamento elegido democráticamente. En su apogeo, encarnado quizás por Pinochet a mediados de la década de 1970, este supuesto «Estado subsidiario» se presentaba como nada más que una nueva forma de democracia en la que el dictador, tras haber instaurado la «paz social», devolvía el poder ejecutivo a la sociedad y, más concretamente, a unas «sociedades intermedias» de confianza dentro de la misma. 6

Pinochet, interpretado por Jaime Vadell en la película «El conde».

Hoy sabemos que se trataba de puro teatro político, independientemente del origen de ese reparto del poder autoritario: Juan Vázquez de Mella, el papa Pío XI o José Antonio Primo de Rivera, por citar solo algunas fuentes. A pesar de ello, este espejismo de una democracia alternativa, supuestamente más eficaz, ocupa hoy en día un lugar preponderante en los programas de los partidos de derecha, especialmente en Chile, como la UDI y el Partido Republicano de Kast. 7 La convicción de que este singular modelo neocorporativista había logrado sustituir, aunque fuera brevemente, al modelo democrático occidental, sigue estando muy extendida también en los círculos de la derecha en España y Argentina.

4 — La ilusión de una gobernanza «tecnocrática» que trasciende las ideologías

A las «dictablandas» de los años sesenta y setenta les gustaba, de hecho, presentarse —sin temor a las paradojas— como espacios de participación política directa, al tiempo que se organizaban como una sociedad regida, no por la política de masas, sino por una élite de especialistas. El politólogo Guillermo O’Donnell, por otra parte, bautizó a estos regímenes con un nombre que resume bien este modo de gobernanza: «autoritarismo burocrático». 8 En España, en la década de 1960, a estas élites se las denominaba los «tecnócratas» de Franco. De hecho, un régimen en el que son los especialistas, y no los políticos, quienes gobiernan una sociedad industrial y se encargan de sus conflictos no es otra cosa que una tecnocracia. 9 ¿Acaso los regímenes español, brasileño, argentino y chileno no reivindicaban esta forma de poder cuando afirmaban que solo este tipo de autoritarismo podía llevar a buen término ese «auge económico» tan deseado? Los tecnócratas de Franco y de Onganía no dejaron de proclamarlo, al tiempo que pretendían hacer pasar a sus países de la categoría de «subdesarrollados» a la de «desarrollados» y evitar así convertirse en «satélites» de Estados Unidos y de la URSS. 10 Si bien la idea de que la pericia, la eficacia y el racionalismo pueden ir de la mano de un régimen autoritario parece admisible en el caso chino, por ejemplo, aplicarla a la España de Franco sería un contrasentido histórico. No existe una oposición binaria entre la izquierda «ideológica» y la derecha «no ideológica», cuyo ejercicio del poder sería puramente funcional. Los tecnócratas que rodeaban al dictador español estaban imbuidos de una ideología: sus esfuerzos por desregular el Estado, de acuerdo con las prescripciones del FMI y del Banco Mundial, respondían claramente a una ideología neoliberal. Cuando, en septiembre de 2019, Carlos Bolsonaro declaró que «la transformación que Brasil necesita no se producirá a la velocidad que esperamos por medios democráticos», hizo eco precisamente de esa memoria histórica. 11 La fantasía, entre los partidarios de la derecha latinoamericana, de un retorno a esa forma de gobernanza «tecnocrática» que permitiría trascender la política de masas y las ideologías, sigue, por tanto, muy presente. 

5 — El «milagro» económico y el papel de la propaganda 

Para comprender por qué la fantasía de un desarrollo autoritario ocupa un lugar tan importante en el imaginario de la derecha, es fundamental examinar más de cerca esos «milagros» y esos «booms» económicos que constituyen el núcleo de este pensamiento mitológico. De los siete mitos que aquí se presentan, este es quizás el más difícil de refutar. De hecho, en las décadas de 1960 y 1970, los regímenes en cuestión experimentaron efectivamente un aumento sustancial de su PIB tras la integración de sus economías en los mercados financieros mundiales y la afluencia de inversión extranjera directa. Sin embargo, el hecho de que estas estadísticas se convirtieran en un «milagro» fue, como cabía esperar, el resultado de una propaganda agresiva. De hecho, el «milagro» económico español de los años sesenta no solo se difundió intensamente en América Latina, sino que también se presentó al público español como un sofisticado proceso de ingeniería social (a través de los «polos de desarrollo» en la periferia y la «regionalización»), así como un «cambio de piel» cultural y psicológico. 12 Verdadera era del ocio y el consumo, representaba incluso, para los ideólogos de Franco, la erradicación de la política redistributiva de masas (o el «ocaso de las ideologías»). 13 A pesar de esta burda propaganda, los logros económicos del régimen fueron, durante algunos años, indiscutibles. Sin embargo, lo que la derecha omite mencionar hoy en día son las desastrosas consecuencias de esas reformas económicas, entre las que figuraban la inmigración masiva, la fuga de cerebros, el agravamiento espectacular de las desigualdades sociales y la corrupción endémica. 14 Por otra parte, incluso si nos ceñimos a los resultados en términos de PIB, las dictaduras en cuestión nunca superaron realmente a los gobiernos democráticos que les sucedieron.

¿Por qué se sigue hablando de los «milagros» de Franco, Pinochet y Médici? Principalmente porque su promoción se había convertido en el único medio de supervivencia de esos regímenes, a través de un relato hábilmente urdido: no fue la erradicación del comunismo lo que justificó ese paréntesis autoritario, sino precisamente ese salto económico, que mereció la pena y que justificaba, sobre todo, que se sometiera a la clase obrera, por su propio bien. En otras palabras, la credibilidad de esta mitología del «milagro» es indisociable de la forma teleológica en que las dictaduras presentaron las estadísticas del PIB al público. Así, quienquiera que evoque el «milagro español» sin ninguna perspectiva crítica no hace, en esencia, más que promover un relato histórico erróneo. Este relato oculta la tragedia sufrida por miles de hombres y mujeres cuyas vidas se vieron trastornadas o destruidas durante ese proceso de reformas neoliberales, que bien podría haberse llevado a cabo de forma más flexible en el marco de una democracia liberal.

6 — El mito de la «renovación espiritual»

Uno de los discursos más perniciosos, concebido para respaldar ese «milagro», es el de una sociedad que, bajo la dictadura, habría experimentado una «unidad» y una «renovación espiritual» sin precedentes. A un teórico franquista, uno de esos tecnócratas afines al régimen, le gustaba decir que España era una nación «europea en los medios, pero española en los fines» —es decir, tecnológicamente europea, pero culturalmente católica y a salvo de los males de la sociedad occidental laica. En la década de 1950, bajo el régimen de Franco, y en países como Argentina y Chile, se hacía referencia a esta forma de modernidad reaccionaria mediante un término concreto: «hispanidad». 15 Se han escrito numerosas obras sobre las dimensiones psicológicas y culturales de la vida bajo una dictadura, muchas de las cuales destacan los procesos de infantilización colectiva y la ingenuidad generalizada de la que era víctima la sociedad. Huelga decir que, para un reducido grupo de personas, la vida era agradable, incluso ideal. Pero llegar al extremo de convertir los regímenes de Franco, Pinochet, Médici y Onganía en un lugar de exaltación espiritual y armonía perfecta es, evidentemente, fruto de recuerdos sesgados. Esos regímenes estuvieron marcados por agitaciones estudiantiles, huelgas obreras y, a su vez, por la violencia y el terror de Estado. Fue precisamente esa movilización masiva la que condujo progresivamente a un movimiento de reforma política, hasta que dichos regímenes dieron paso a la democracia. 

En términos más generales, cuando los partidarios de la derecha se refieren a los años setenta como una época de «unidad cultural» y «moralidad sana», lo que se olvidan de mencionar es el opresivo aparato de censura —por no hablar de la policía secreta— que dictaba a las mujeres y a los jóvenes en general lo que podían o no podían llevar puesto, leer y comer. De hecho, el sistema de imposiciones morales instaurado por Franco, Pinochet y Médici no dejaba de recordar al que se aplica en los países actualmente regidos por la sharia. 16 Sin embargo, los portavoces de Vox siguen defendiendo la «Iberósfera» (un neologismo que pretende hacer eco de la «Hispanidad»), según la cual se tendría derecho a vivir según un sistema ético diferente al que propugna el Occidente «woke». En este sentido, su evocación provocadora de los años setenta transmite un mensaje cercano al de pensadores como Aleksandr Dugin y Steve Bannon, según el cual la nación —como santuario de la «civilización occidental» — debería purificarse de toda contaminación ideológica y cultural progresista, en particular de aquellas relacionadas con los derechos LGBTQ y los derechos reproductivos.

7 — El supuesto papel de la dictadura como trampolín para la transición democrática

Por último, y esta es la afirmación más retorcida de todas, a menudo se oye decir que la modernización económica de los años setenta habría servido de trampolín para la exitosa transición democrática de los años ochenta. O, como declaró recientemente un miembro de Vox, el franquismo habría sido «una etapa de progreso y reconciliación con el objetivo de alcanzar la unidad nacional». 17 En su versión más extrema, esta convicción puede llegar incluso a hacer afirmar que hombres como Franco y Pinochet habrían buscado conscientemente instaurar la democracia en sus países tras su «mandato». En su versión más moderada, y también la más habitual, lleva a afirmar que fue gracias al «boom económico» de la dictadura que pudieron surgir las clases medias moderadas y, posteriormente, hacer funcionar una democracia parlamentaria. 18 Este escenario, claramente ficticio, convierte a la dictadura tecnocrática en un embrión de la democracia que surgiría más tarde, por no decir en un paso previo obligatorio. Es esta continuidad la que describe de manera engañosa Pío Moa cuando afirma que «la democracia española nació del propio franquismo, y no del antifranquismo ni de la República». 19

La verdad histórica es, por supuesto, mucho más compleja. Hombres como Franco no querían que su régimen cambiara e hicieron todo lo posible por consagrarlo como un estado definitivo, confiando responsabilidades de gran importancia a figuras autoritarias que les eran fieles, como Luis Carrero Blanco. En el caso de Pinochet, este buscó instaurar ante todo una «democracia autoritaria» y dejó en Chile un marco constitucional que obstaculizó, más que facilitó, el retorno a una democracia de tipo occidental. 20 En cuanto al determinismo sociológico según el cual la prosperidad económica y el consumo conducen a la moderación política y a actitudes anticomunistas —además de que se trata de una reiteración de la lógica del «ocaso de las ideologías» defendida por los tecnócratas—, no puede refutarse ni corroborarse fácilmente. Es cierto que las clases medias acomodadas son menos propensas a adoptar un comportamiento revolucionario que las más desfavorecidas. Sin embargo, a lo largo de la historia mundial, han surgido democracias sólidas sin necesidad de una «modernización económica» autoritaria, y mucho menos de una modernización que implique el asesinato y la tortura de miles de personas.

Concluyamos, pues, de estos siete mitos difundidos por los populistas de extrema derecha que son o bien falsos, inexactos, una repetición palabra por palabra de la propaganda de regímenes dictatoriales o históricamente inoportunos en el debate sobre si el autoritarismo «mereció la pena» o no. 

Sin embargo, debemos preguntarnos qué lleva a un joven candidato de Vox, y con él a sus seguidores, a reivindicar el «derecho a estar orgulloso» de una dictadura que terminó mucho antes de que él naciera. Parece que, para la nueva derecha populista, el «franquismo» es menos un fenómeno histórico del que se puedan extraer lecciones e inspiración, que una herramienta en la guerra cultural declarada contra una internacional «progresista» y «woke», en gran parte imaginaria. Por lo tanto, no tiene sentido detenerse en las sutilezas de las «constituciones» de Franco y Pinochet, ni en la cuestión de si aspiraban a un futuro democrático para sus países. Cuando Santiago Abascal afirma que Franco «gobernaba mejor» que los presidentes del gobierno Sánchez, Zapatero y Rajoy, 21 es evidente que no se inscribe en un debate histórico matizado ni pretende evaluar seriamente las diferencias en cuanto a los logros económicos entre dictaduras y democracias. Sin embargo, los hechos históricos están ahí, tanto en Europa como en América Latina: las dictaduras nunca han obtenido realmente mejores resultados que las democracias en el ámbito económico y, aunque hayan demostrado ser eficaces en determinados periodos muy concretos, los traumas que han legado a sus sociedades no compensaban en absoluto el aumento del PIB conseguido.

Notas al pie
  1. Spain has too rosy a view of Franco’s regime. Let’s remind ourselves of its horrors», The Guardian, 21 de noviembre de 2025.
  2. John Bartlett, «José Antonio Kast, the Pinochet fan about to swerve Chile to the far right», The Guardian, 11 de marzo de 2026.
  3. La obsesión por afirmar y querer demostrar que fue precisamente la República la que desencadenó la Guerra Civil desde en 1934, y que habría creado un Estado soviético en España si Franco no lo hubiera impedido, aparece principalmente en dos obras tristemente célebres de Luis Pío Moa: Los mitos de la Guerra Civil, publicado en 2003, y Los crímenes de la guerra civil y otras polémicas, publicado en 2004. Sobre esta «subversión neofranquista», véase: Alberto Reig Tapia y Paul Preston, Anti-Moa: la subversión neofranquista de la historia de España, Madrid, Ediciones B, 2006.
  4. Luis Pío Moa, Los crímenes de la guerra civil y otras polémicas, Madrid, La esfera de los libros, 2004; Luis Pío Moa, Los mitos de la Guerra Civil, Madrid, La esfera de los libros, 2003, p. 369.
  5. La campaña de los «veinticinco años de paz» de Franco, lanzada en 1964, marcó el inicio de esta tendencia, que se alejaba de la retórica anticomunista para hacer hincapié en los frutos de la paz; véase, por ejemplo, L. del Álamo, Veinticinco años de paz vistos por 25 escritores españoles, Madrid, Servicio Informativo Español, 1964; para más información sobre el discurso franquista sobre la paz, véase Carolyn P. Boyd, Historia Patria: Politics, History, and National Identity in Spain, 1875-1975, Princeton, Princeton University Press, 1997.
  6. El «principio de subsidiariedad» era, según el principal teórico político de Pinochet, Jaime Guzmán, la «antítesis del fascismo» y sinónimo de «libertarismo»; véase «Jaime Guzmán y el desafío gremial», Qué Pasa, 80 (26 de octubre de 1972), págs. 38-39.
  7. Los «principios» del partido están repletos de discursos sobre la «subsidiariedad»; véase https://partidorepublicanodechile.cl/nosotros/principios/ (última consulta el 24 de junio de 2026).
  8. En Bureaucratic Authoritarianism: Argentina, 1966-1973, in Comparative Perspective, Guillermo O’Donnell se basó en la dictadura de Onganía como principal caso de estudio de lo que él denominaba la «dictadura blanda» de los años sesenta.
  9. El autor del neologismo es Howard Scott. Para la aplicación de este concepto en América Latina, véase Eduardo Dargent, Technocracy and Democracy in Latin America: The Experts Running Government, Cambridge, Cambridge University Press, 2015.
  10. En palabras de uno de los tecnócratas de Onganía, Mario Díaz Colodrero, Dos políticas, dos argentinas. Palabras pronunciadas por el secretario de Gobierno de la Nación, Dr. Mario Díaz Colodrero, a través de la red de radio y televisión, el 15 de marzo de 1968, Buenos Aires, Secretaría de Estado de Gobierno, p. 29; para más información sobre este discurso, véase Daniel Gunnar Kressel, Hispanic Technocracy: From Fascism to Catholic Authoritarianism in Spain, Argentina, and Chile, 1945-1991, Cambridge, Cambridge University Press, 2025.
  11. Tom Phillips, «Outcry as Bolsonaro’s son questions value of democracy in Brazil», The Guardian, 11 de septiembre de 2019.
  12. El régimen de Franco se apresuró a difundir su «milagro económico» en términos sumamente simplistas entre el público latinoamericano y, a su vez, se convertiría en fuente de inspiración para los futuros regímenes tecnocráticos; véase, por ejemplo, Waldo de Mier, España cambia de piel: (Nuevo viaje por la «España del Milagro»), Madrid, Editora Nacional, 1964.
  13. «Somos una nación de treinta millones de habitantes cuya única “ideología” es el desarrollo económico, es decir, ya no es realmente una ideología, sino un impulso racional y realista», se jactaba Gonzalo Fernández de la Mora, principal teórico de Franco en la década de 1960; véase «El desarrollo económico deja atrás las ideologías: Entrevista al profesor español Fernández de la Mora», El Mercurio, 29 de septiembre de 1967.
  14. Sobre los aspectos negativos del progreso franquista, véase la excelente obra de Antonio Cazorla Sánchez, Fear and Progress: Ordinary Lives in Franco’s Spain, 1939-1975, Malden, MA, Wiley-Blackwell, 2010; tal y como ha demostrado el sociólogo Vicenç Navarro, la escasa inversión pública, el elevado endeudamiento público y la corrupción crónica derivadas de una separación de poderes deficiente hicieron que España siguiera siendo, en la década de 1980, una sociedad subdesarrollada; véase Vicenç Navarro, El subdesarrollo social de España: causas y consecuencias, Barcelona, Editorial Anagrama, 2006.
  15. Para más información sobre el significado de este término, véase Ilan Stavans e Iván Jaksic, What Is La Hispanidad? A Conversation, Austin, University of Texas Press, 2011.
  16. Según la definición del historiador Benjamin Cowan, el régimen militar brasileño constituía, sin lugar a dudas, una «tecnocracia moral», en la que la sociedad debía protegerse no solo de las ideologías surgidas de la Ilustración, sino también de los nuevos vicios asociados a la cultura occidental, Ben Cowan, Securing Sex: Morality and Repression in the Making of Cold War Brazil, Chapel Hill, The University of North Carolina Press, 2016.
  17. «Un diputado de Vox dice que el franquismo fue «una etapa de progreso para lograr la unidad nacional»», El Mundo, video de YouTube, 26 de noviembre de 2024.
  18. De hecho, ya en 1983, sociólogos como José Casanova sugerían que los tecnócratas franquistas del Opus Dei «habían servido indirectamente para preparar a la administración del Estado para el papel que estaría llamada a desempeñar en un sistema democrático»; véase José Casanova, «Modernization and Democratization: Reflections on Spain’s Transition to Democracy», Social Research, 50, 4 (invierno de 1983), p. 963.
  19. Luis Pío Moa, Contra la mentira, Madrid, Libros libres, 2003, p. 226.
  20. La Constitución chilena de 1980 constituye el ejemplo perfecto de un texto que hoy se considera un símbolo políticamente polarizador, lo que sugiere que el autoritarismo, lejos de modernizar el aparato del Estado, había comprometido más bien el futuro democrático de Chile. Para más información sobre este texto, véase Robert Barros, Constitutionalism and Dictatorship: Pinochet, the Junta, and the 1980 Constitution, Cambridge, Cambridge University Press, 2002.
  21. Carmen Moraga, «Abascal hace guiños al franquismo y dice que el dictador gobernó mejor que Sánchez, Zapatero y Rajoy», elDiario.es, 10 de septiembre de 2020.