Para la Unión Europea, que ahora reclama y asume la ambición de pensar y actuar «geopolíticamente»1, el año 2022 fue una prueba de fuego. Marcada por la invasión rusa de Ucrania en febrero y el repentino aumento de la tensión en torno a Taiwán en julio, obligó a sus líderes a pasar de las palabras a los hechos más rápidamente de lo que hubieran deseado, dándose así un peligroso bautismo de fuego. En consecuencia, y sobre todo, ha hecho más necesario que nunca aclarar la naturaleza exacta de la «geopolítica» que los europeos dicen querer hacer suya, sin haberse arriesgado a definirla con precisión hasta ahora2. Mientras que la transición ecológica ha sido objeto de importantes trabajos teóricos durante muchos años, no se puede decir lo mismo de la transición geopolítica que, aunque se presenta como igual de urgente y necesaria para la Unión, sigue estando mucho menos clara. No obstante, es esencial ponerse de acuerdo sobre la naturaleza, las oportunidades y también los peligros de esta transición si queremos tener éxito. Y para que no lleve a los europeos a sacrificar su patrimonio cosmopolítico en el altar de sus nuevas ambiciones geopolíticas, sino a trabajar para ponerlo al servicio de éstas.

¿Repensar los fines de la unidad europea?

Para muchos observadores de la escena internacional, la ofensiva rusa en Ucrania ha confirmado la realidad del «retorno de la geopolítica» que estaría en marcha al menos desde hace una década3. Tras un periodo de relativa calma en las relaciones internacionales tras el final de la Guerra Fría, la entrada en el siglo XXI se caracterizaría por un uso cada vez más descarado de la fuerza por parte de un número creciente de potencias que no ocultan su deseo de deshacer un orden internacional cuya legitimidad impugnan. En esta visión de las cosas, el mundo sería tanto más geopolítico cuanto que está dividido, plagado de tensiones, impregnado de conflictos y sometido a la implacable ley del equilibrio de poder. La geopolítica sería sinónimo de divisiones y enfrentamientos entre potencias despiadadas que prefieren jugar al juego de la dominación sobre los demás en lugar de cooperar entre sí. La pérdida de eficacia de las instituciones que deben regular pacíficamente las relaciones internacionales, resultante de la «deriva salvaje» de sus actores4, reflejaría la renovada agudeza de este paradigma que los europeos habían creído erróneamente relegado definitivamente al olvido. 

La entrada en el siglo XXI se caracterizaría por un uso cada vez más descarado de la fuerza por parte de un número creciente de potencias que no ocultan su deseo de deshacer un orden internacional cuya legitimidad impugnan.

florian louis

Su voluntad declarada de adoptar un enfoque «geopolítico» parece ser una cruel admisión de fracaso. Renunciando a su ambición kantiana de extender al resto del mundo, por la mera fuerza de su ejemplaridad, el modelo cooperativo que les ha permitido desde los años 1950 frenar drásticamente la violencia bélica en su suelo, se verían reducidos a (re)adoptar una geopolítica egoísta de inspiración hobbesiana que habían pretendido dejar obsoleta y a cuya práctica, en consecuencia, ya no están acostumbrados y menos aún predispuestos. La transición geopolítica europea parece conducir a una importante redefinición del proyecto comunitario. Hasta ahora, la construcción europea había sido pensada como un proceso de pacificación multiescalar que debía poner en marcha una dinámica virtuosa con vocación universal: al tiempo que permitía pacificar las relaciones entre los europeos, debía contribuir a pacificar las relaciones entre Europa -cuna de dos guerras mundiales en el siglo XX- y el resto del mundo, y por tanto el mundo mismo5. Al emprender el camino de la unificación, las potencias europeas no sólo renunciaban a la guerra entre ellas, sino también contra otras, que necesariamente acabarían imitándolas: la pax europeana se concebía como la premisa de una pax universalis. Paradójicamente, no se trataba tanto de unirse para ser más fuertes como para ser más pacíficos, de acuerdo con la convicción de Jean Monnet de que «hacer Europa es hacer la paz»6. Incluso el proyecto, finalmente abortado, de la Comunidad Europea de Defensa (CED) no pretendía tanto reforzar el arsenal europeo frente a la URSS como amordazar el rearme de Alemania Occidental frente a sus vecinos de Europa Occidental. 

Al renunciar al poder y adoptar una posición de repliegue «por encima de la refriega” geopolítica, según las palabras de Luuk van Middelaar en estas columnas, Europa esperaba situarse en la vanguardia de la marcha de la historia y poner en marcha una espiral pacifista a la que pronto se sumarían otros. Sin embargo, lejos de conseguir el resultado esperado, esta audaz apuesta por el «poder de la impotencia»7 parece más bien, natura abhorret a vacuo, haber despertado el apetito de los otros en cuestión: lo que debía ser entendido por ellos como un signo de sabiduría a imitar ha sido visto en cambio como un signo de debilidad a explotar. De ahí la tentación actual de repensar la finalidad de la unificación europea a la luz de un mundo que ha seguido siendo «geopolítico», presentándola no como una contribución a la pacificación de la esfera internacional sino como una respuesta necesaria a su embrutecimiento8. Tanto es así que la construcción de Europa ya no se presenta como un medio para poner fin a la guerra, sino para poder librarla, si es necesario, en la mejor posición posible. Pero no nos equivoquemos: el giro geopolítico que se está produciendo no significa en absoluto que los europeos hayan renunciado a su ethos pacifista, sino que han llegado a la amarga constatación de que no es lo más compartido del mundo. Y que, por tanto, deben hacer suyo el adagio de que la mejor manera de conseguir la paz sigue siendo prepararse para la guerra. Si hay un cambio radical en los medios movilizados, el fin buscado sigue siendo el mismo.

Europa esperaba situarse en la vanguardia de la marcha de la historia y poner en marcha una espiral pacifista a la que pronto se sumarían otros.

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La prueba ucraniana

La ofensiva rusa sobre Ucrania ha sido un potente acelerador de esta transición geopolítica europea, como subrayó el canciller Scholz en su discurso de Praga, según el cual «para contrarrestar este ataque, necesitamos desarrollar nuestra propia fuerza». Hizo tangible una amenaza que algunos occidentales habían considerado hasta entonces sobrevalorada por los países del flanco oriental de la Unión, y contribuyó a soldar unas filas europeas habitualmente desordenadas en materia de política exterior. No contento con haber resucitado a la OTAN de su «muerte cerebral» al conseguir incorporar a Suecia y Finlandia, el expansionismo ruso ha provocado, en palabras del Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, en las columnas del Grand Continent, un doloroso pero saludable «despertar geopolítico» europeo. A través del susto que causó en la opinión pública, aturdida por el estallido de un conflicto de alta intensidad a sus puertas, permitió superar muchas de las disensiones que hasta entonces habían debilitado la cohesión del bloque europeo, limitando su capacidad de aunar las fuerzas de sus miembros al servicio de una potencia común. Este renacimiento de la solidaridad europea, que se ha reflejado en la renuncia de los daneses a su opción de retirarse de la PCSD9 y en un calentamiento de las relaciones entre Bruselas y Varsovia, sigue siendo frágil, sin embargo, ya que Hungría se ha mostrado más conciliadora que sus socios con respecto a Moscú, mientras que algunos países, en primer lugar Italia, también podrían ver pronto la llegada de líderes menos inclinados a asumir una lógica de confrontación con Rusia. Por lo tanto, persiste el riesgo de que las ambiciones de poder europeas se estrellen contra los frágiles cimientos de una Unión que permanece a merced de la espada de Damocles que constituyen las disensiones estratégicas entre sus miembros.

Sobre todo, la unidad europea frente a la ofensiva rusa adolece de una ambigüedad fundamental. Para los europeos, que seguían siendo profundamente alérgicos a la guerra, unir fuerzas contra Moscú fue paradójicamente tanto más fácil cuanto que el enemigo era tan grande que se sabía que la confrontación militar directa estaba excluida desde el principio. Por lo tanto, fue aún más fácil aceptar el suministro de armas a los combatientes ucranianos, ya que se sabía que no era posible que los soldados europeos fueran a enfrentarse a las tropas rusas en el frente. Es de suponer que las cosas habrían sido mucho más complicadas si se hubiera tratado de acordar el envío de soldados europeos para luchar directamente contra una potencia hostil, incluso sin una fuerza de ataque nuclear. Al ayudar a los ucranianos a luchar en la guerra, los europeos se ahorraron tener que luchar ellos mismos. Y así, en cierto modo, siguen siendo reacios a afrontar el obstáculo de la conversión a una geopolítica de la que prefieren delegar las últimas consecuencias en otros, cuidando de no aparecer ante Moscú como cobeligerantes.

Para los europeos, que seguían siendo profundamente alérgicos a la guerra, unir fuerzas contra Moscú era paradójicamente tanto más fácil cuanto que el enemigo era tan grande que se sabía que la confrontación militar directa estaba excluida desde el principio.

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Autonomía energética y soberanía estratégica

Al carecer de la capacidad -por la disuasión nuclear- pero también del deseo -por su aversión a la guerra- de responder a la ofensiva rusa en el plano militar elegido por Vladimir Putin, es en el plano económico, donde se encuentran mucho más a gusto y disponen de una fuerza de ataque mucho más intimidatoria, donde los europeos han optado por afrontar la situación. Al oponer las sanciones económicas a los tanques y misiles rusos, han demostrado que, a pesar de sus proclamas, siguen siendo por el momento una potencia más geoeconómica que geopolítica. Se sienten cómodos cuando se trata de coaccionar o proteger mercados, empresas o consumidores, pero están mucho más limitados cuando se trata de defender territorios manu militari y, a fortiori, de (re)conquistarlos. Este desequilibrio entre el poder geoeconómico y geopolítico de la Unión Europea es tanto más perjudicial cuanto que una de las lecciones de la crisis ucraniana es precisamente que el primero sigue teniendo poco peso en comparación con el segundo. De hecho, está claro que, como casi siempre, las sanciones económicas no han logrado en absoluto el resultado esperado por sus iniciadores, es decir, hacer que Rusia abandone su ofensiva sobre Ucrania. Y que el actual fracaso de esta ofensiva es el resultado de la feroz resistencia de los combatientes ucranianos y no de las sanciones occidentales.

Lejos de demostrar la fuerza de Bruselas y arrinconar a Moscú, la drástica reducción de las importaciones de hidrocarburos rusos por parte de los europeos ha puesto de manifiesto sobre todo su dependencia energética y, por tanto, su vulnerabilidad. Ello ha hecho aún más urgente la diversificación de sus fuentes de suministro y la reducción de su consumo en este ámbito. Después de la crisis de Covid-19, la crisis ucraniana se percibió así como una confirmación de la necesidad imperiosa de que la Unión Europea, si quiere reclamar seriamente el estatus de potencia, encuentre por sí misma e idealmente en sí misma los recursos de todo tipo necesarios para su buen funcionamiento. Esta observación no carece de consecuencias, sobre todo en lo que respecta a la cuestión de la ampliación. Después de haber sido criticados por su carácter a veces precipitado y su tendencia a paralizar la capacidad de profundización de la Unión, ahora podrían ser vistos de forma mucho más favorable: en su discurso de Praga, Olaf Scholz llegó a evocar favorablemente la perspectiva de una Europa con 36 Estados miembros de aquí a finales de siglo. En efecto, dado que la Unión pretende reducir su dependencia del resto del mundo para poder llevar a cabo una política de poder soberano, tiene todo el interés en disponer de un territorio lo suficientemente vasto, rico y variado como para poder encontrar en él lo que preferiría no verse obligada a traer de otros a riesgo de ponerse a su merced. 

© J.J. Guillén/EFE/SIPA

Desde este punto de vista, el levantamiento de las reticencias que durante mucho tiempo han rodeado la solicitud de adhesión de Ucrania a la Unión Europea no debe considerarse únicamente desde un prisma emocional, sino ante todo geopolítico: al acelerar la integración de un vasto país de 600.000 km2 con tierras fértiles y una gran salida al Mar Negro, la Unión Europea no sólo muestra su solidaridad con un pueblo martirizado, sino que sobre todo refuerza su potencial de autonomía y, por tanto, su capacidad de ejercer el poder. De esta manera, la mano tendida por los europeos a los ucranianos no es sólo una cuestión de compasión de los primeros hacia los segundos, sino, en el contexto de un mundo en proceso de fragmentación avanzada, de un interés mutuo bien entendido. Para la Unión Europea, se trata de adaptar su geografía a la política que pretende llevar a cabo, partiendo de la constatación de que no puede ser una potencia digna de ese nombre sin dotarse de los medios necesarios para ello, que son principalmente territoriales. Una de las lecciones de la crisis ucraniana es que la geopolítica no puede reducirse a la primacía de la conflictividad y el equilibrio de poder, como se reduce con demasiada frecuencia, sino que nos invita, como su propio nombre indica, a considerarlos en su dimensión espacial. Por lo tanto, para adoptar plenamente la geopolítica, los europeos no sólo deben pensar en términos de poder, sino también considerar la forma en que el poder se inscribe y se despliega en el espacio. Y actuar en consecuencia. 

Una de las lecciones de la crisis ucraniana es que la geopolítica no puede reducirse a la primacía de la conflictividad y el equilibrio de poder, como se reduce con demasiada frecuencia, sino que nos invita, como su propio nombre indica, a considerarlos en su dimensión espacial.

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El peligro autárquico

Una de las singularidades del giro geopolítico que se está produciendo en Europa es que el poder que pretende generar no está destinado, como suele ser el caso, a proyectarse hacia el exterior para constreñir a los rivales, sino a garantizar una disuasión suficiente que permita una forma de repliegue protector. Su objetivo es más bien protegerse de las injerencias de un entorno internacional percibido como amenazante que intervenir en él para hacerlo más seguro. Aunque la palabra no se utilice hoy en día, la búsqueda de la autonomía y la soberanía en la que está inmersa la Unión puede conducir a la larga a una pendiente autárquica. El loable objetivo de reducir la dependencia de Europa del resto del mundo la lleva a favorecer, sin decirlo o incluso quizás sin darse cuenta, una lógica de bloques autosuficientes que es contraria al espíritu de apertura y cooperación de sus fundadores. Esto recuerda a los proyectos de los geopolíticos alemanes que, entre las dos guerras mundiales, abogaban por dividir el globo en cuatro o cinco «panregiones» autónomas que, según ellos, podrían coexistir pacíficamente, ya que cada una dispondría del «espacio vital» necesario para que sus habitantes florecieran sin necesidad de comerciar con las demás ni tener la tentación de atacarlas para apropiarse total o parcialmente de sus tierras y recursos10

A la fuerza, más que por voluntad propia, los europeos se ven arrastrados a una lógica de fragmentación geopolítica que parece tanto más perjudicial cuanto que se produce en un momento en que el mundo se enfrenta a colosales desafíos medioambientales, sanitarios, económicos y sociales, que hacen más necesaria que nunca una acción concertada a escala universal, como única forma de conseguir resultados significativos. Sin duda, podemos sacar lo mejor de una mala situación e intentar transformar esta limitación en una oportunidad. Esto es lo que han hecho los europeos al presentar el sacrificio de renunciar a los hidrocarburos rusos como una oportunidad para acelerar su necesaria y saludable transición energética. Esta transición ya no se considera un imperativo ecológico, sino también geopolítico. Al emprender el camino de la ecología de guerra, según la expresión de Pierre Charbonnier, los europeos esperan luchar tanto contra el expansionismo ruso -privando a Moscú del dinero necesario para financiar su ofensiva- como contra el cambio climático -reduciendo sus emisiones de gases de efecto invernadero más drástica y rápidamente de lo previsto-11

Pero lo que puede parecer una dinámica doblemente positiva no está exenta de implicaciones potencialmente problemáticas o incluso contraproducentes. La lucha contra el cambio climático, que hasta ahora se consideraba una lucha consensuada y beneficiosa para toda la humanidad, se ha convertido paradójicamente en un arma utilizada por una parte de la humanidad contra otra. Esto puede no estar exento de peligro para la aceptabilidad social de esta lucha cuando, trasladada del terreno consensuado de la cosmopolítica al terreno intrínsecamente conflictivo de la geopolítica, ya no se piensa únicamente como un fin beneficioso para la humanidad en su conjunto, sino también como un medio para que una parte de la humanidad pese sobre otra en un conflicto que la fractura profundamente. Este riesgo es aún mayor en el presente caso porque este conflicto afecta a un país, Rusia, cuyos dirigentes ven los cambios climáticos en curso como oportunidades que hay que aprovechar -en cuanto a la navegabilidad del Ártico, el acceso a los recursos fósiles que antes estaban encerrados en el hielo o el aumento de las tierras agrícolas disponibles gracias al retroceso del permafrost- y no como una amenaza. El anuncio de China el 5 de agosto de que dejaría de cooperar con Estados Unidos en cuestiones climáticas, como reacción a la visita de Nancy Pelosi a Taiwán, también ilustra esta peligrosa contaminación del consenso climático por el disenso geopolítico12.

La lucha contra el cambio climático, que hasta ahora se consideraba una lucha consensuada y beneficiosa para toda la humanidad, se ha convertido paradójicamente en un arma utilizada por una parte de la humanidad contra otra.

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Articular geopolítica y cosmopolítica

Por lo tanto, existe un gran riesgo de que la actual profundización de las divisiones geopolíticas entre las principales potencias sobre diversas cuestiones las lleve a encerrarse en sí mismas, impidiéndoles trabajar juntas en cuestiones cruciales como la lucha contra el cambio climático. Se trata de cuestiones en las que, objetivamente, les interesa cooperar. Si el mundo sigue regido por tensiones geopolíticas en el sentido de que sigue y seguirá siendo objeto de luchas entre potencias que desean apropiarse de todo o parte de él, también se enfrenta más que nunca a desafíos que exigen respuestas de carácter cosmopolítico, es decir, llevadas a cabo de forma concertada por todos los actores de la escena internacional que se muestran capaces de dejar de lado sus diferencias en la medida en que también son solidarios frente a los desafíos globales a los que todos son vulnerables. 

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Durante varias décadas, el error cometido por los europeos fue pensar que el paradigma cosmopolítico del que eran la encarnación a nivel regional estaba destinado a dejar obsoleto el paradigma geopolítico. Si ahora han comprendido que no era así y que debían dotarse de medios para actuar geopolíticamente en un mundo cuya evolución no se ajustaba a la visión irenista que habían tenido, esto no debe llevarlos a renunciar a la experiencia cosmopolítica que habían adquirido y que es más que nunca necesaria no sólo para Europa sino para el mundo. El desafío planetario de los años Veinte reside en la capacidad de los actores internacionales de articular la persistencia de las divisiones geopolíticas, que no desaparecerán por encanto, con la necesidad imperiosa de llevar a cabo acciones de carácter cosmopolítico. En otras palabras, concebir políticas que logren pensar de forma concomitante para articular dos regímenes de territorialidad igualmente relevantes, aunque potencialmente antagónicos: el geopolítico, que concibe la Tierra como una cuestión de luchas por la apropiación y el dominio entre sociedades rivales, y el cosmopolítico, que la aprehende como su bien común, la gestión de cuyos retos crea una solidaridad que requiere y a la vez permite la cooperación entre ellas. Este es el camino que la Unión Europea ha tomado en los últimos años con respecto a China, a la que considera al mismo tiempo un «socio» cosmopolítico, un «competidor» económico y un «rival» geopolítico.

Ante este inmenso reto, la Unión Europea tiene mucho que ofrecer al resto del mundo. A nivel regional, es un laboratorio comprobado para el desarrollo exitoso de una cosmopolítica, ya que ha logrado en una serie de cuestiones cruciales que Estados con intereses que seguían siendo divergentes en otras cuestiones cooperen. Su necesaria conversión a una lógica geopolítica destinada a seguir siendo eficaz no debe ser a costa de abandonar su saber hacer cosmopolítico, que debe beneficiar al resto del mundo asumiendo su papel de mediadora13.

Durante varias décadas, el error cometido por los europeos fue pensar que el paradigma cosmopolítico del que eran la encarnación a nivel regional estaba destinado a dejar obsoleto el paradigma geopolítico.

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Por lo tanto, es necesario comprender y aceptar que la cosmopolítica no es, como creían los europeos, una post-geopolítica. La relación entre la geopolítica y la cosmopolítica no es un juego de suma cero en el que la eficacia de una evoluciona de forma inversamente proporcional a la de la otra, sino una relación dialéctica hecha de interacciones complejas y perpetuas. Ciertamente, podemos lamentar que el progreso de la cosmopolítica no signifique que la geopolítica deje de ser relevante. Pero también podemos alegrarnos de que esta observación demuestre que es verdaderamente posible reconciliar a ambas y que los desacuerdos geopolíticos no deben servir de pretexto para abandonar la búsqueda de la cooperación cosmopolítica. Si, como ocurre actualmente, el resurgimiento de las tensiones geopolíticas puede afectar a la fluidez de las prácticas cosmopolíticas, no debería conducir a su abandono. Por el contrario, la búsqueda geopolítica de poder, que los europeos no pueden evitar, puede considerarse como un medio de promoción. De la misma manera que la Unión Europea ha utilizado con éxito su poder económico durante décadas para difundir sus normas a nivel mundial, puede plantearse utilizar su emergente poder geopolítico para difundir sus conocimientos cosmopolíticos a escala global. Es decir, cambiar de rumbo manteniéndolo a su vez. Su transición geopolítica no habría sido entonces una penosa renuncia a lo que es, sino una lúcida superación de sus debilidades al servicio de la influencia de sus fortalezas.

Notas al pie
  1. Comisión Europea, «La Comisión von der Leyen: por una Unión más ambiciosa», 10 de septiembre de 2019.
  2. Florian Louis, « Quatre problèmes géopolitiques de la Commission géopolitique », Le Grand Continent, 8 de septiembre de 2020.
  3. Stefano Guzzini (ed.), The Return of Geopolitics in Europe ? Social Mechanisms and Foreign Policy Identity Crises, Cambridge University Press, 2012 ; Walter Russel Mead, “The Return of Geopolitics. The Revenge of the Revisionist Powers”, Foreign Affairs, mayo-junio de 2014.
  4. Thérèse Delpech, L’ensauvagement. Le retour de la barbarie au XXIe siècle, Paris, Grasset-Fasquelle, 2005.
  5. Stella Ghervas, Conquering Peace. From the Enlightenment to the European Union, Harvard University Press, 2021.
  6. Jean Monnet, Discurso de Aix-la-Chapelle, 17 de mayo de 1953.
  7. Bastien Nivet, L’Europe puissance, mythes et réalités. Une étude critique du concept d’Europe puissance, Bordeaux, Presses universitaires de Bordeaux, 2019, p. 274.
  8. Hans Kribbe, The Strongmen : European Encounters with Sovereign Power, Newcastle, Agenda Publishin, 2020.
  9. El «sí» a abandonar la opción de retirarse de la Política Común de Seguridad y Defensa de la UE ganó con el 66,87% de los votos en el referéndum celebrado el 1 de junio de 2022.
  10. Karl Haushofer, Geopolitik der Pan-Ideen, Berlin, Zentral Verlag, 1931.
  11. Pierre Charbonnier, «El nacimiento de la ecología de guerra», el Grand Continent, 18 de marzo de 2022.
  12. Comisión Europea, «Comunicación conjunta al Parlamento Europeo, al Consejo Europeo y al Consejo sobre las relaciones UE-China – Una visión estratégica», 12 de marzo de 2019.
  13. Luiza Bialasiewicz, « Le moment géopolitique européen : penser la souveraineté stratégique », le Grand Continent, Politiques de l’interrègne. Chine, pandémie, climat, París, Gallimard, 2022, pp. 217-236.