Un cambio de régimen: la ira como nueva norma

Las democracias no solo atraviesan una crisis institucional, sino también una crisis emocional. 1 En Francia, alrededor del 35 % de los mensajes políticos en línea expresan ira, lo que supone un aumento de más del 66 % desde los Chalecos Amarillos. En Estados Unidos, se observa una ruptura clara a partir de 2016, que persiste más allá de los cambios de gobierno. A escala mundial, las emociones negativas han aumentado en torno a un 43 % entre 2016 y 2022 y predicen de forma sólida el auge de las actitudes populistas. 2

En Francia: una ruptura que se afianza

El análisis de varios cientos de miles de mensajes políticos en X entre 2011 y 2024 revela que la ira domina ampliamente sobre las demás emociones en el espacio público francés. El 35 % de los tuits políticos expresan ira, de los cuales el 60 % proceden de simpatizantes de LFI y de RN, con un aumento del 66 % desde la crisis de los Chalecos Amarillos en 2018.

Esta ruptura no se disipa: se está consolidando como una nueva norma expresiva.

La intensidad emocional es mayor entre los simpatizantes de la izquierda radical (LFI) y de la derecha radical (RN), pero los registros dominantes en los extremos son diferentes: sobre las desigualdades en los primeros, sobre la seguridad, la delincuencia y los impuestos en los segundos. Y esta retórica se difunde progresivamente hacia el centro, contribuyendo a una normalización de la ira como lenguaje político habitual. Al mismo tiempo, la retórica del entusiasmo y la esperanza ha desaparecido prácticamente de los debates políticos.

La ira no es un ruido afectivo: es un lenguaje político sustitutivo que permite expresar una experiencia fragmentada.

Yann Algan

En Estados Unidos: una ruptura clara a partir de 2016

El análisis de varios millones de mensajes en Twitter y posteriormente en X entre 2013 y 2025 revela una ruptura clara a partir de 2016, caracterizada por un aumento sostenido de la ira tanto entre los simpatizantes demócratas como entre los republicanos, aunque la intensidad es más pronunciada entre los «anywhere» con bajo nivel educativo y en los territorios desatendidos. Este aumento proviene principalmente de las mismas personas, que se expresan con mucha más ira sobre los mismos temas a lo largo del tiempo, y no de la entrada de personas más extremistas ni de la salida de personas más moderadas de la plataforma X. Este aumento no va acompañado de un incremento comparable del miedo.

Este punto es decisivo: el predominio de la ira sobre el miedo no indica un aumento de la inseguridad objetiva, sino una transformación del modo de politización de las experiencias sociales. A escala mundial, Ward y sus coautores, 3 basándose en la encuesta Gallup World Poll realizada en más de 150 países, documentan un aumento de aproximadamente el 43 % de las emociones negativas entre 2016 y 2022, lo que predice de manera sólida las actitudes populistas y los principales resultados electorales, desde el Brexit hasta la elección de Trump.

Cuando los representantes políticos encienden la arena

El aumento de la ira en el espacio público no es solo cosa de los ciudadanos. La oferta política ha transformado profundamente su registro de expresión, bajo el efecto conjunto de la competencia por la atención y un aprendizaje estratégico deliberado.

La Asamblea Nacional como escenario de visibilidad emocional

El análisis de cerca de dos millones de intervenciones en la Asamblea Nacional entre 2007 y 2024 revela una profunda transformación. La proporción de intervenciones dominadas por un registro emocional —en particular el de la ira— pasó de alrededor del 22 % a principios de la década de 2010 a cerca del 40 % después de 2022, con una clara aceleración a partir de 2017. Nuestro índice de polarización —que mide simultáneamente las divisiones ideológicas y emocionales— se ha multiplicado por seis en 15 años.

Esta evolución va acompañada de una reducción de la duración de las intervenciones, un aumento de las interrupciones conflictivas y de secuencias diseñadas para la difusión viral. En otras palabras, el Parlamento funciona cada vez más como un escenario de visibilidad emocional: el objetivo ya no es la deliberación interna, sino captar a un público externo de seguidores en X y TikTok, a través de videos de intervenciones especialmente diseñados para estas plataformas.

En Estados Unidos, se observa la misma ruptura a partir de 2016, con un dato revelador: los mensajes de los representantes electos en las redes sociales son significativamente más «emocionales» que sus discursos institucionales en el Congreso, lo que sugiere un uso estratégico diferenciado según los ámbitos.

La estrategia de RN: de la ira a la normalización instrumental

La reciente polarización afectiva viene impulsada principalmente por la izquierda radical. Por el contrario, desde 2022, Rassemblement National se inscribe en una estrategia de normalización caracterizada por una marcada disminución de la expresión de la ira.

Este reposicionamiento no es ideológico: es racional desde el punto de vista electoral. La conquista de los jubilados en el electorado —el 27,5 % de los inscritos, muy recelosos de la retórica de la ira asociada al desorden— es indispensable para alcanzar el 50 % en 2027. El paso de un discurso dominado por el miedo (inmigración, inseguridad) a uno que integra protección y esperanza («vivir mejor», una Francia «apaciguada») ilustra lo que podríamos llamar la esperanza instrumental: la esperanza como forma, la ira como combustible.

En Estados Unidos, la dinámica es diferente: un aumento sin precedentes de la retórica de la ira entre los representantes republicanos desde la presidencia de Biden, a la que se ha sumado la de los demócratas desde la elección de Trump en 2024. Ambos bandos se encuentran ahora en el mismo nivel de intensidad emocional.

La polarización afectiva avanza más rápido que la polarización ideológica: la democracia se transforma en un espacio de confrontación emocional permanente.

Yann Algan

3 — La ira modifica las preferencias: una prueba causal

En nuestra nota «¿Es gobernable la democracia emocional?», 4 describimos en detalle las razones del advenimiento de una democracia emocional, dominada en particular por la ira. En resumen, la tradición sociológica insiste en el paso de una sociedad encastrada en instituciones estables —sindicatos, partidos, Iglesias— a una sociedad posindustrial donde el desmoronamiento de esos marcos ha dejado un espacio cada vez mayor para lo afectivo. François Dubet, Pierre Rosanvallon 5 y Eva Illouz 6 coinciden en un mismo diagnóstico: la injusticia contemporánea se percibe cada vez menos como el producto de relaciones sociales objetivables, y se vive cada vez más como una herida individual, comparativa y emocional. La ira política actual no solo es más frecuente: carece de un marco institucional.

Presentamos aquí más detalladamente las consecuencias de este advenimiento del imperio de la ira y la forma en que los actores políticos la manipulan estratégicamente.

La economía de la atención: la rentabilidad estratégica de la ira

La teoría de la «inteligencia afectiva» 7 distingue dos regímenes emocionales con efectos radicalmente opuestos.

Mientras que el miedo moviliza cognitivamente —incita a buscar información, a confiar en los expertos, a aceptar el pacto—, la ira, por el contrario, es una emoción de certeza moral: 8 identifica a un culpable, exige un castigo y cierra la receptividad a la información contradictoria, lo que hace que cualquier respuesta institucional resulte estructuralmente insuficiente.

Ahora bien, esta disposición cognitiva implica que la ira resulta mucho más rentable de movilizar por parte de los actores políticos para involucrar a sus audiencias.

En una nota reciente 9 que analiza el conjunto de los discursos políticos sobre X en Estados Unidos, se observa un aumento del 40 % al 50 % en los retuits de un mensaje «iracundo» entre los representantes electos estadounidenses y un aumento del 80 % al 90 % en la participación de los ciudadanos.

Estas cifras confirman la rentabilidad estratégica de la ira en el espacio mediático contemporáneo. La ira es claramente más eficaz que el miedo para modificar actitudes y movilizar políticamente. Esta diferencia de compromiso alimenta un aprendizaje estratégico: los actores políticos ajustan su comunicación, normalizando la ira como registro habitual del debate.

Sin embargo, hay que hacer una precisión: si bien los actores políticos alimentan la ira, no se trata por ello de descalificar esta emoción. Una sólida tradición filosófica, desde Srinivasan hasta Cherry, defiende su legitimidad frente a la injusticia y, a continuación, propondremos una brújula de la acción pública para responder a ella.

Preferencias políticas transformadas

Para evaluar las consecuencias de la ira sobre las preferencias políticas en experimentos controlados, 10 exponemos a los encuestados de forma aleatoria a un estímulo emocional —sin ningún contenido político explícito— y observamos cómo sus preferencias en materia de políticas públicas se ven significativamente modificadas.

El efecto causal de la ira afecta a un amplio espectro de preferencias. Las personas expuestas a un estado emocional de ira apoyan en mayor medida las políticas proteccionistas y las restricciones comerciales, expresan un mayor apoyo a las políticas migratorias restrictivas y se muestran más favorables a la redistribución de la renta, siendo este último punto contrario a lo que cabría esperar. En materia de inmigración, los resultados son especialmente reveladores: la percepción general de la inmigración permanece inalterada, pero el apoyo a las medidas restrictivas aumenta significativamente. Es el estado emocional, y no la información, lo que modifica la preferencia en materia de políticas públicas.

La ira no equivale a una retirada de la acción pública: es una mayor demanda de intervención.

Yann Algan

Esta paradoja se refuerza a sí misma.

La decepción generada por la incapacidad de las instituciones para responder a las expectativas emocionales de los ciudadanos alimenta a su vez una ira de segundo orden —una ira contra la insuficiencia de la respuesta a la ira— que alimenta la desconfianza institucional, el rechazo a hacer pactos y, en última instancia, el atractivo de las propuestas más radicales.

Una brújula emocional para la acción pública

Si la ira se ha convertido en un lenguaje político central, es porque señala necesidades emocionales insatisfechas. El enfoque que aquí se propone no niega ni las restricciones presupuestarias ni los equilibrios institucionales: explica más bien por qué unas políticas objetivamente eficaces pueden ser rechazadas masivamente, mientras que otras, con efectos materiales limitados, suscitan un fuerte apoyo. Nuestros experimentos muestran que la ira activa específicamente las necesidades defensivas —aumenta el apoyo a las políticas proteccionistas y restrictivas—, mientras que las emociones positivas activan preferentemente las necesidades proyectivas.

Una cartografía de las necesidades

Identificamos seis necesidades emocionales a partir de tres grandes tradiciones. La psicología social identifica las necesidades de reconocimiento, pertenencia y equidad como necesidades relacionales fundamentales. 11 La filosofía política —desde Rawls hasta Nussbaum, pasando por Fukuyama— ancla la demanda de protección y proyección en una teoría normativa del sujeto político. La sociología contemporánea de Dubet, Rosanvallon 12 e Illouz 13 documenta empíricamente la demanda de orden y estabilidad como respuesta a la desinstitucionalización. Estas seis necesidades se organizan en dos familias funcionalmente distintas: las necesidades proyectivas —reconocimiento, pertenencia, proyección— responden a aspiraciones: construyen un «nosotros» y abren un horizonte temporal; las necesidades defensivas —orden, protección, equidad— responden a amenazas percibidas: cobran relevancia en situaciones de crisis o de injusticia vivida.

La necesidad de reconocimiento 14

Las injusticias se viven como invisibilización y desprecio. Fukuyama convierte así la demanda de reconocimiento (thymos) en el «master concept» de la política contemporánea: un grupo humillado en busca de la restitución de su dignidad conlleva una carga emocional muy superior a la simple búsqueda de ventajas económicas. Gidron y Hall muestran que la pérdida de estatus social subjetivo predice el voto populista mejor que los ingresos o el desempleo. Responder a ello pasa por la valorización de la experiencia práctica y de los mecanismos participativos concebidos como instrumentos de visibilidad política, sin exigir necesariamente un aumento masivo de los recursos.

La necesidad de orden y estabilidad 15

Esta segunda necesidad no es un llamado al autoritarismo, sino una demanda de claridad y previsibilidad en entornos percibidos como inestables y opacos. Las mismas personas pueden mostrarse tolerantes en épocas de calma y radicales en épocas de desorden percibido. El orden se acepta emocionalmente cuando es equitativo y se aplica de manera efectiva; cuando parece arbitrario o asimétrico, se convierte él mismo en un motor de ira.

La necesidad de protección 16

La ansiedad empuja a los ciudadanos hacia los expertos y las autoridades, pero los líderes políticos desvían esta demanda hacia respuestas punitivas. El periodo del COVID-19 ofrece el ejemplo contrario: al desplegar masivamente el desempleo parcial y las subvenciones a las actividades cerradas, el gobierno de Macron ha mantenido un nivel de popularidad en su vertiente económica, prueba de que responder directa y rápidamente a la necesidad de protección material puede suspender temporalmente la desconfianza, incluso en un contexto de fuerte carga emocional.

La necesidad de proyección y esperanza 17

Se trata de la capacidad de imaginarse un futuro personal y colectivo creíble. Jonathan Lear analiza la esperanza como la capacidad de proyectarse en un futuro que aún no existe, una «esperanza radical» que fundamenta la posibilidad de la acción política en situaciones de desorientación colectiva. Algan et al. (2026) muestran que es menos la precariedad económica inmediata que la sensación de estar bloqueado —la ausencia de perspectivas, la movilidad social percibida como definitivamente cerrada— lo que se asocia al voto a RN.

La necesidad de pertenencia 18

Esta necesidad remite a la aspiración de formar parte de un «nosotros» que dé sentido a la experiencia individual. Hochschild, en su «deep story» de la derecha estadounidense, muestra que los ciudadanos se sienten «extranjeros en su propio país»: una ruptura de pertenencia que precede y alimenta la ira política. El MAGA de Trump, el «chez nous» de Le Pen, la «Francia de los olvidados» responden ante todo a esta necesidad antes que a ser programas. La abstención masiva de los jóvenes también puede interpretarse como un déficit de pertenencia política: no se vota cuando no se siente que se forma parte de nada.

La necesidad de equidad 19

Se trata aquí de transmitir la sensación de que las reglas del juego son las mismas para todos. Kim y Hall demuestran que el sentimiento de injusticia personal empuja hacia el populismo de derecha, mientras que el sentimiento de injusticia social empuja hacia la izquierda radical. Tyler ha establecido que los ciudadanos aceptan resultados desfavorables si el procedimiento se percibe como justo y, a la inversa, que los resultados favorables en un marco percibido como injusto alimentan la ira. Este es el motor de los Chalecos Amarillos: menos una demanda de simple redistribución que un grito de justicia procesal.

Tensiones entre necesidades y consecuencias políticas

Las seis necesidades entran a veces en tensión, y es en estas zonas de fricción donde se juega gran parte de la política emocional contemporánea. Tres tensiones son particularmente determinantes.

  • Orden frente a equidad: la demanda de orden satisfecha mediante medidas asimétricas transforma la demanda de seguridad en combustible para la ira, esa es la paradoja de muchas políticas de seguridad.
  • Pertenencia frente a reconocimiento: el «nosotros», que satisface la necesidad de pertenencia, se construye a menudo por exclusión, negando el reconocimiento de los grupos designados como «ellos».
  • Proyección frente a protección: la esperanza en un futuro mejor puede percibirse como ingenua cuando no se satisface la demanda de seguridad inmediata. Este es el fracaso de Obama tras 2008: un discurso de proyección sin respuesta a las necesidades de protección material y el bloqueo del Obamacare generan una decepción tanto más fuerte cuanto más intensa era la esperanza inicial.

La gran tragedia de nuestras democracias contemporáneas —y en particular de la socialdemocracia— es que se ha vuelto mucho más difícil resolver estas tensiones entre las diferentes necesidades emocionales en un período de crecimiento económico muy débil. Durante los Treinta Gloriosos, la socialdemocracia articulaba crecimiento, movilidad social y protección: la esperanza y la protección estaban garantizadas por el fuerte crecimiento. Este vínculo se ha roto, lo que explica en gran parte el auge de los votos antisistema. El balance contrastado de Obama y Macron ilustra la fragilidad de la esperanza sin resultados visibles: cuanto más intensa es la esperanza, mayor es la decepción y más radical es la ira resultante, lo que Illouz denomina la «espiral de la decepción». 20

Toda política que satisface una necesidad sacrificando otra genera un exceso de ira.

Yann Algan

La IA: ¿amplificador o contrapoder?

Nuestras democracias han entrado en un régimen de gran intensidad emocional estructurado por la economía de la atención. El auge de la IA no ha creado esta dinámica, pero la refuerza, la acelera y la reconfigura.

El caldo de cultivo algorítmico

Antes de la IA generativa, los algoritmos de recomendación ya constituían el primer multiplicador emocional a gran escala. Facebook ponderaba explícitamente las reacciones «angry» cinco veces más que los simples «likes» ya en 2017. Un experimento aleatorio en X aporta la prueba causal: 21 el algoritmo de interacción amplifica la ira en +0,75 desviaciones estándar en los tuits políticos, al tiempo que aumenta la animadversión hacia el bando contrario, mientras que los usuarios declaran preferir un hilo cronológico neutro. La amplificación emocional no es una preferencia revelada: es un artefacto de la maximización del compromiso. La IA generativa la industrializa a un costo marginal casi nulo.

Los marcos normativos existentes —la Ley de IA europea (2024), la Ley de Servicios Digitales (2022)— se centran en los sesgos discriminatorios y la desinformación factual. Dejan en el punto ciego la esencia de la influencia política de la IA: el registro emocional en el que se presenta la información. Un mismo hecho puede enmarcarse en un tono neutro, angustiante, indignado o movilizador. Regular la desinformación sin regular el tono emocional es cerrar la puerta mientras se dejan las ventanas abiertas de par en par.

La paradoja de los LLM: ¿hacia una fuerza de convergencia?

Mientras que las redes sociales han constituido una fuerza de divergencia epistémica, los grandes modelos de lenguaje podrían actuar como una fuerza de convergencia. La razón es estructural: entrenado con corpus procedentes de todo el espectro político, un LLM responde a cada usuario a partir de una síntesis de lo que piensa la mayoría silenciosa, no de una cámara de eco partidista. Thomas Renault, David Rand y sus coautores, 22 en un estudio sobre 1,67 millones de solicitudes de fact-checking dirigidas a Grok y Perplexity en X, muestran que los participantes modifican significativamente sus creencias, con magnitudes de efecto comparables a las de los fact-checkers profesionales humanos.

Se pueden considerar tres medidas reguladoras complementarias: hacer auditable el registro emocional de los modelos de IA (un «perfil emocional» añadido a las model cards, siguiendo el modelo de los sesgos de género ya documentados); señalar el tono emocional de los contenidos políticos amplificados (una «etiqueta nutricional emocional», no censora, que haga visible un mecanismo hoy invisible); y concebir las interfaces conversacionales como espacios de regulación, siguiendo el modelo de los trabajos de Costello, Pennycook y Rand, 23 que demuestran que los agentes de IA diseñados para escuchar de forma empática reducen de manera duradera la adhesión a las creencias conspirativas.

La IA conversacional podría convertirse en una herramienta de «desaceleración emocional».

Yann Algan

Por una democracia emocionalmente sostenible

Las democracias contemporáneas no están experimentando tanto una explosión de divergencias programáticas como un rápido aumento de la polarización afectiva: el desacuerdo ya no se centra en las soluciones a los problemas colectivos, sino en la legitimidad moral del adversario.

La ira provoca precisamente este cambio, transformando, según Chantal Mouffe, 24 el agonismo democrático en antagonismo existencial, donde el compromiso ya no se percibe como un mecanismo necesario, sino como una rendición. Esta es la paradoja central: la ira aumenta simultáneamente la intensidad de la demanda política y la imposibilidad de satisfacerla por las vías ordinarias. Los ciudadanos enfadados quieren más acción pública —protección, justicia, reparación— pero toleran cada vez menos las concesiones y los plazos largos que toda acción pública implica necesariamente. 25 Peter Mair describe las consecuencias institucionales: la democracia contemporánea se debate entre su dimensión expresiva (transmitir emociones) y su dimensión gobernante (producir decisiones estables). Los partidos se convierten en eficaces transmisores de emociones, pero también en instrumentos de gobierno cada vez más frágiles. Eva Illouz formula la consecuencia última: la democracia gobernante está estructuralmente condenada a producir respuestas «tibias» ante demandas «ardientes», generando una ira de segundo orden que alimenta la desconfianza y el atractivo de las propuestas más radicales.

En este contexto, la pregunta que se impone a las fuerzas progresistas es la siguiente: ¿qué registro emocional les queda?

La ira es estructuralmente el registro de la denuncia: de los culpables señalados, de los enemigos nombrados, de un orden moral que restaurar mediante el castigo. Es el terreno natural de los populismos, que lo han ocupado con una eficacia formidable. Para la socialdemocracia, intentar unirse a ellos sería un error estratégico y una falta intelectual: la ira simplificadora contradice la complejidad de los diagnósticos que formula.

El único camino disponible es el de la esperanza, no tanto la esperanza ingenua que ignora la ira y genera la espiral de decepción que Eva Illouz ha descrito tan bien, sino una esperanza exigente, basada en resultados intermedios visibles. Una esperanza que reconozca el sufrimiento sin convertirlo en su principal combustible. Una esperanza que convenza de que la política puede ser un juego de suma positiva: favorecer la innovación, proteger a unos sin sacrificar a otros, abrir la movilidad social allí donde se ha cerrado. Esa esperanza no puede ser un discurso: debe ser una realidad tangible. Supone crecimiento, innovación, movilidad social, igualdad de oportunidades, las condiciones materiales sin las cuales el horizonte permanece vacío y la promesa inaudible.

Este es el gran reto de las socialdemocracias en un contexto de crecimiento estructuralmente débil: recrear las condiciones de una esperanza creíble, allí donde los Treinta Gloriosos las ofrecían espontáneamente.

En este contexto, una democracia emocionalmente sostenible es aquella que cumple tres condiciones simultáneamente.

Reconoce las emociones de los ciudadanos como señales legítimas, en lugar de como patologías que hay que reprimir o instrumentalizar.

Traduce estas señales en políticas que responden efectivamente a las necesidades emocionales subyacentes, más que a sus expresiones inmediatas.

Por último, preserva las condiciones de la deliberación —buena fe, objetividad, reconocimiento del adversario como legítimo— sin las cuales la ira ya no es una señal, sino un ruido que satura el sistema.

La democracia emocionalmente sostenible no es aquella que elimina las emociones de la política —proyecto vano e indeseable—, sino aquella que transforma la conflictividad afectiva en deliberación productiva. La IA hace que esta ambición sea a la vez más urgente y, tal vez, más accesible: no sería la menor de las revoluciones democráticas de nuestro tiempo.

Notas al pie
  1. Esta pieza de doctrina se basa en una nota más detallada: Yann Algan, «La démocratie émotionnelle est-elle gouvernable ?», Policy note CEPREMAP-HEC, abril de 2026.
  2. George Ward et al., «The Role of Negative Affect in Shaping Populist Support», American Psychologist, 80 (3), 2025.
  3. Ibid.
  4. Yann Algan, «La démocratie émotionnelle est-elle gouvernable  ?», op. cit.
  5. Pierre Rosanvallon, Les épreuves de la vie, París, Seuil, 2021.
  6. Eva Illouz, Explosive modernité, trad. Frédéric Joly, París, Gallimard, 2025.
  7. George E. Marcus, W. Russell Neuman y Michael B. MacKuen, Affective Intelligence and Political Judgment, Chicago, University of Chicago Press, 2000.
  8. Jennifer S. Lerner t Dacher Keltner, «Fear, anger, and risk», Journal of Personality and Social Psychology, 81 (1), 2001.
  9. Yann Algan, Eva Davoine, Thomas Renault y Stefanie Stantcheva, «Emotions and Policy Views», op. cit.
  10. Ibid.
  11. Roy F. Baumeister y Mark R. Leary, «The need to belong: Desire for interpersonal attachments as a fundamental human motivation», Psychological Bulletin, 117 (3), 497-529., 1995; Tom R. Tyler, Why People Obey the Law, Princeton, Princeton University Press, 2006.
  12. Pierre Rosanvallon, Les épreuves de la vie, op. cit.
  13. Eva Illouz, Explosive modernité, op. cit.
  14. Francis Fukuyama, Identity. The Demand for Dignity and the Politics of Resentment, Nueva York, Farrar, Sraus and Firoux, 2018; Noam Gidron y Peter A. Hall, «The politics of social status», British Journal of Sociology, 68(S1), 2017.
  15. John T. Jost, Jack Glaser, Arie W. Kruglanski y Frank J. Sulloway, «Political conservatism as motivated social cognition», op. cit.; Karen Stenner, The Authoritarian Dynamic, op. cit.
  16. Anne Johnston y Ted Brader, «Campaigning for Hearts and Minds : How Emotional Appeals in Political Ads Work», The Public Opinion Quarterly 70, no. 4, 2006; Bethany Albertson y Shana Kushner, Anxious Politics: Democratic Citizenship in a Threatening World, Cambridge, Cambridge University Press, 2015.
  17. Jonathan Lear, Radical Hope, Cambridge (Massachusetts), op. cit.; Eva Illouz, Explosive Modernité, op. cit.
  18. Roy F. Baumeister y Mark R. Leary, «The need to belong: Desire for interpersonal attachments as a fundamental human motivation», op. cit.; Arlie Russell Hochschild, Strangers in Their Own Land, op. cit.
  19. Tom R. Tyler, Why People Obey the Law, op. cit.; Sung In Kim y Peter A. Hall, «Fairness and support for populist parties», Comparative Political Studies, 57(3), 2024.
  20. Remitimos a nuestra nota «La démocratie émotionnelle est-elle gouvernable ?» para consultar un análisis detallado de los programas de Donald Trump, Marine Le Pen y Sarah Knafo, así como de la elección de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York, a la luz de esta brújula emocional.
  21. Smitha Milli et al.,  Engagement, user satisfaction, and the amplification of divisive content», PNAS Nexus, 4 (3), 2025.
  22. Thomas Renault, David G. Rand et al., «LLM Fact-Checking at Scale on X» [working paper inedito], 2026.
  23. Thomas H. Costello, Gordon Pennycook y David G. Rand, «Durably Reducing Conspiracy Beliefs Through Dialogues with AI», Science, 385 (6714), 2024.
  24. Chantal Mouffe, On the Political, Nueva York, Routledge, 2005.
  25. Peter Mair, Ruling the Void: The Hollowing of Western Democracy, Londres, Verso, 2013.