Europa está sola. 1 Ciertamente, no del todo ni de forma irrevocable, pero hay que reconocer que nunca lo había estado realmente desde 1945. Esta soledad sin duda habría dejado estupefactos a los artífices del orden mundial de la posguerra, desde Monnet hasta Schuman, pasando por Adenauer, Bevin, Spinelli y Churchill, e incluso al propio De Gaulle cuando se encontraba de humor rebelde. Por primera vez en tres generaciones, nos vemos obligados a reflexionar seriamente sobre la defensa de nuestro continente, la seguridad de su vecindad y la credibilidad de sus medios de disuasión, sin poder contar con la hipótesis de que una caballería aliada vendrá siempre a salvarnos desde el extranjero.
Entonces, ¿cómo salir de esto? Esta situación, en gran medida sin precedentes, exige la elaboración de una respuesta estructurada.
En primer lugar, la autonomía estratégica de Europa, que durante mucho tiempo ha sido una obsesión francesa, al tiempo que una fuente de incomodidad para los alemanes y de irritación para los británicos, se ha convertido hoy, nos guste o no, en una necesidad. No porque los argumentos a favor de esta autonomía nos hayan convencido, sino porque las alternativas que se nos presentan ahora son, sencillamente, inaceptables.
En cierto modo, ya hemos empezado a ponerla en práctica: así lo demuestran las sumas sin precedentes que se han puesto sobre la mesa, las nuevas instituciones y la agilidad en la toma de decisiones, que se suceden a un ritmo que en 2019 habría sido impensable. Pero los recursos financieros movilizados y las siglas no pueden constituir por sí solos una estrategia. En otras palabras: tenemos un presupuesto, pero aún no tenemos una doctrina. Eso es un problema.
Por otra parte, si la respuesta propuesta ha de ser una verdadera respuesta europea, la cuestión alemana debe ocupar un lugar preponderante. El auge de Alemania como potencia militar constituye uno de los cambios más destacados en el arsenal de seguridad de Europa desde la caída del Telón de Acero. La cuestión de si esta transformación es una oportunidad o un problema para el resto del continente dependerá de su arraigo en Europa. En esta perspectiva, Berlín necesita una hoja de ruta renovada para entrar en esta nueva era.
Por último, esta soledad europea no es solo militar. También está, por naturaleza, ligada a la preservación de nuestra integridad política. Nos hemos convertido en los guardianes de algo que va más allá de nuestro territorio, una tradición política cuyos demás pilares se encuentran hoy en dificultades.
¿Cómo hemos llegado a esta situación?
La expresión «autonomía estratégica europea» no entró en el vocabulario oficial de la Unión hasta 2013, en las conclusiones del Consejo Europeo de diciembre dedicado a la defensa. En aquel momento se había formulado con cuidado, para que no se percibiera como algo demasiado amenazante. Hacía referencia a la base industrial de la Unión, a su capacidad para fabricar sus propios helicópteros y fragatas, y fue recibida en Londres y Washington con la sonrisa indulgente que se reserva a las declaraciones de los franceses.
Esa sonrisa no tardó en desvanecerse, primero lentamente, luego con cierta precipitación. A partir de la década de 2010, nos resultó cada vez más difícil sonreír ante el cuestionamiento de algunas de nuestras certezas. Aunque la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014 puso fin a la tregua histórica de la posguerra fría, en aquel momento no lo habíamos admitido del todo. El enfoque de la primera administración de Trump hacia la OTAN —las reprimendas públicas sobre las contribuciones del 2 %, la sugerencia de que el artículo 5 podría ser condicional— sacudió sin duda los cimientos psicológicos de la Alianza, aunque su arquitectura institucional se mantuviera firme. El Brexit ha privado a la Unión de su mayor potencia militar y de uno de sus dos Estados dotados de armas nucleares. La retirada no concertada de Afganistán en 2021 demostró que incluso una administración estadounidense atlantista seguiría marcando una agenda a la que los europeos se verían obligados a adaptarse.
A partir del 24 de febrero de 2022, esa sonrisa cortés se desvaneció por completo. La invasión rusa de Ucrania no lo cambió todo para nosotros, es cierto, pero sí alteró lo esencial. Demostró que una guerra terrestre a gran escala en Europa no era solo un recuerdo lejano, sino una nueva realidad. Ha demostrado que las industrias de defensa europeas, debilitadas por décadas marcadas por los «dividendos de la paz», eran incapaces de producir proyectiles de artillería al ritmo al que la guerra los consumía. Dejó patente que los países europeos, considerados individualmente, no disponían de los medios estratégicos —repostaje en vuelo, inteligencia por satélite, neutralización de las defensas aéreas enemigas, ataques de precisión de largo alcance— necesarios para transformar nuestros ejércitos, por lo demás llenos de buena voluntad, en ejércitos eficaces. Entre todos, teníamos más tanques a nuestra disposición que Rusia, pero fuimos incapaces de transportarlos hasta el frente.
Nunca, en la historia moderna, nuestro continente ha tenido en su centro a una Alemania que fuera a la vez pacífica y militarmente dominante.
Franziska Brantner
La guerra de Ucrania ha puesto de manifiesto, sobre todo, que, aunque el Estados Unidos de Biden seguía estando —en aquel momento— dispuesto a desempeñar un papel de primer orden, la seguridad europea ya no podía ser un bien militar producido en Estados Unidos y consumido pasivamente por los europeos.
La segunda administración de Trump ha dejado clara esta constatación: al igual que el giro hacia Asia es muy real, la retirada de Europa es un hecho. Las condiciones relacionadas con el artículo 5, que antes solo se insinuaban, ahora se enuncian alto y claro. La retirada recientemente anunciada de 5 mil soldados estadounidenses de Alemania —motivada, según nos dicen, menos por un cálculo estratégico que por el descontento del presidente ante las críticas del canciller Merz a la guerra contra Irán— es un detalle menor —puesto que Estados Unidos ha anunciado que enviará el mismo número de tropas a Polonia, país cuyo presidente es un aliado político de Donald Trump—, pero revelador. La defensa de Europa depende ahora en parte de los caprichos de un hombre en Washington. Sin embargo, esta constatación es tan evidente como lo es que resulta imposible basar la seguridad de 500 millones de personas únicamente en la figura de Trump.
Este contexto ha llegado para quedarse. A lo largo de varias elecciones, los votantes estadounidenses, tanto republicanos como demócratas, han dejado claro que el equilibrio en el reparto de cargas dentro de la Alianza Atlántica debe cambiar. Eso es lo que desean y debemos tomar nota de ello y actuar en consecuencia. ¿Qué opciones se nos ofrecen?
La Unión Europea de Defensa
Desde marzo de 2025, hemos empezado a tomarnos la situación más en serio. El libro blanco de la Comisión sobre la defensa europea —Readiness 2030, inicialmente denominado «ReArm Europe»—, se presentó el año pasado. En él se proponía movilizar hasta 800.000 millones de euros en gasto de defensa en toda la Unión durante los próximos años. Su primer pilar —el instrumento «Security Action for Europe» (SAFE)— prevé 150.000 millones de euros en préstamos a largo plazo a los Estados miembros para la adquisición conjunta de capacidades de defensa. El SAFE fue adoptado por el Consejo en mayo de 2025 y, en cuestión de meses, fue suscrito en su totalidad por 19 Estados miembros. Además, 17 países han activado ya la cláusula de exención nacional del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, lo que les permite aumentar su gasto en defensa sin infringir las normas presupuestarias. En Alemania, incluso hemos modificado nuestra Constitución para que el gasto en defensa superior al 1 % del PIB pueda, de facto, financiarse mediante un endeudamiento ilimitado. Estas decisiones constituyen los compromisos más importantes en favor de la defensa colectiva europea en los últimos setenta años.
Por cierto, el ecosistema de defensa europeo ha multiplicado las siglas a un ritmo que haría sonrojar incluso al Pentágono: SAFE, PESCO, EDIRPA, ASAP, EDIP. Cada una de ellas constituye un instrumento verdaderamente útil. En conjunto, reflejan la ausencia de una autoridad política única en materia de defensa. En el mejor de los casos, es el inicio de una estrategia que aún debe responder a cuatro preguntas: ¿contra quién nos defendemos? ¿Con qué medios? ¿A través de qué estructura de mando? ¿Con qué objetivo político?
La primera pregunta ya tiene una respuesta parcial: Rusia constituye la amenaza más grave, más inmediata y más cercana para el orden de seguridad europeo. Lo seguirá siendo durante al menos una generación, sea cual sea el desenlace de la guerra en Ucrania. Esto ya no es objeto de ningún debate serio en ninguna capital europea, incluidas aquellas que se empeñan en cuestionarlo a nivel retórico.
A la segunda pregunta hemos empezado a responder con financiación. Si se materializan, los 800.000 millones de euros anunciados constituyen una estimación seria de los recursos de que disponemos. El problema es que los proyectiles de artillería no aparecen por arte de magia, simplemente asignando fondos para ello. Por otra parte, la mayor parte de estos fondos sigue transitando por los canales nacionales: pero 27 presupuestos distintos implican también 27 procedimientos de compra distintos y 27 prioridades distintas. El dispositivo tal y como se presenta hoy en día no permitirá garantizar la dimensión europea común necesaria para el establecimiento de una fuerza de disuasión global y creíble frente a cualquier agresor potencial.
Apenas estamos empezando a responder a la tercera pregunta: no existe un mando europeo, y la Agencia Europea de Defensa es un organismo de coordinación de la contratación pública, mientras que el Estado Mayor de la Unión es una célula de planificación. Hoy en día, en cualquier escenario plausible, el mando de las fuerzas europeas sigue siendo o bien una prerrogativa nacional, o bien un mando conjunto de la OTAN. En otras palabras, en los escenarios más exigentes, seguimos dependiendo de la buena voluntad de Estados Unidos o de su estado de ánimo.
Por último, aún no hemos empezado realmente a responder a la cuarta pregunta: ¿con qué objetivo político nos estamos rearmando? Para disuadir a Rusia, sin duda. Pero la disuasión no es más que un medio. ¿Nos estamos rearmando para facilitar la victoria de Ucrania o para mantener el statu quo? En definitiva, ¿qué defendemos? No se trata de cuestiones teóricas. Determinan de qué fuerzas y de qué base industrial necesitamos, y la postura nuclear que hay que adoptar en consecuencia. Ningún gobierno europeo ha formulado por el momento una respuesta a esta pregunta. La mía se resume en pocas palabras: la Unión Europea de la Defensa. Los grandes Estados que deberían formar parte de ella son Francia, Alemania, Polonia, España e Italia, así como los países con experiencia en primera línea, es decir, los países bálticos y los países nórdicos. Por último, los Estados que aportan un peso industrial y naval significativo en materia de defensa: los Países Bajos, idealmente Noruega y, lo cual es indispensable, el Reino Unido.
En términos más concretos, una Unión de la Defensa debería basarse en cuatro pilares distintos que, en conjunto, constituirán esa entidad de la que Europa nunca ha dispuesto hasta ahora.
En primer lugar, fuerzas armadas europeas desplegables, y no formaciones que solo existen sobre el papel o un sistema de rotaciones de personal; unidades permanentes capaces de actuar bajo una cadena de mando europea cuando la situación lo exija. En segundo lugar, estructuras de toma de decisiones que funcionen realmente, más rápidas que la OTAN, pero capaces de tomarse el tiempo necesario para reflexionar a pesar del pánico, con normas claras sobre quién decide qué y en nombre de quién. En tercer lugar, que las compras conjuntas sean la norma y no la excepción, y una agencia europea de armamento dotada de las competencias necesarias, con autoridad para tomar decisiones y el presupuesto para respaldarlas. En cuarto lugar, un complejo industrial europeo de defensa y seguridad verdaderamente integrado —en lugar de 27 líderes nacionales en competencia—, un mercado único de la defensa estructurado de manera concertada en el que los finlandeses, los franceses, los alemanes, los neerlandeses, los polacos, los italianos, los españoles, los suecos, los checos, los británicos y todos los demás miembros de la Unión Europea de la Defensa —así como, llegado el momento, nuestros héroes y amigos ucranianos, cuyo ingenio y saber hacer serán muy valiosos— estén reunidos en un todo.
La fórmula que propondría es la siguiente: Nie wieder allein, «nunca más solos».
Franziska Brantner
Debemos ser plenamente conscientes de lo que esta arquitectura debe aportar. Las carencias de capacidad más reveladoras en 2026 no son solo aquellas que la guerra en Ucrania ya ha puesto de manifiesto —artillería, defensa aérea integrada, ataques de precisión de largo alcance, inteligencia por satélite, medios estratégicos—. También son, cada vez más, de carácter digital. Los drones han revolucionado la economía del campo de batalla moderno. Hemos tardado demasiado en aprender la lección. La Unión Europea de la Defensa debe ser un proyecto de soberanía que abarque todos los elementos en los que se basa hoy en día el poderío militar moderno: una infraestructura en la nube soberana, comunicaciones seguras, nuestros propios chips, nuestras propias capacidades de IA para aplicaciones de defensa, así como un esfuerzo serio y sostenido para reducir la dependencia europea de las tierras raras y los minerales críticos importados. Sin esta columna vertebral digital e industrial, cada proyectil que produzcamos y cada avión que despleguemos seguirá funcionando a partir de una infraestructura controlada desde fuera.
Todo esto no es una quimera. Es la estructura mínima necesaria para hacer frente a nuestra soledad estratégica y, gracias a ella, empezaremos a disponer de una respuesta creíble a la pregunta de para qué sirven esos medios y bajo qué autoridad se utilizarán.
Por último, la vocación de Europa no es solo disuadir, sino también seguir siendo, como lo fue en su apogeo, una fuerza al servicio de la paz gracias a la diplomacia, al desarrollo y a la creación paciente de instituciones que permitan ofrecer soluciones a los conflictos antes de que degeneren en luchas armadas.
«Nie wieder allein»: una estrategia para Alemania
En un reciente artículo de opinión publicado con motivo del 81.º aniversario del fin de la guerra, Timothy Garton Ash recordaba un hecho y planteaba una pregunta. 2 El hecho es que Alemania volverá a ser la primera potencia militar europea. A partir del año que viene, el gasto en defensa de Alemania alcanzará un nivel equivalente al de Francia y Gran Bretaña juntas. De aquí a 2030, será claramente superior al de ambos países. El objetivo declarado del gobierno alemán, enunciado en su primera estrategia militar nacional —titulada Verantwortung für Europa, «Responsabilidad para Europa»—, es disponer del ejército convencional más poderoso del continente. Salvo imprevistos, eso es lo que ocurrirá.
A continuación, Garton Ash plantea la siguiente pregunta: ¿cómo podemos conseguir que, esta vez, el refuerzo del poderío militar alemán sea un avance positivo para toda Europa?
Del miedo alemán al miedo a Alemania
Al canciller Merz le faltó sentido de la historia cuando se pronunció sobre el poderío militar alemán la semana del 8 de mayo, sin preocuparse ni por un instante de lo que esas palabras significaban y siguen significando en la memoria colectiva del continente. Esta despreocupación resulta sorprendente. Nacida en la frontera franco-alemana, soy hija del proyecto de reconciliación entre ambos países. Pero cada vez me pregunto más por la rapidez con la que mis conciudadanos «olvidan» las cicatrices que el imperialismo alemán y el nazismo dejaron por toda Europa. Verdún y el Somme. Varsovia y Coventry, Lidice y Róterdam. Auschwitz. La República Alemana de la posguerra se construyó precisamente sobre el reconocimiento de que eso no debía ni podía volver a suceder jamás. Nie wieder son las dos palabras más sencillas y poderosas del lenguaje político alemán moderno: «nunca más».
Desde hace setenta años, «nie wieder» ha sido sinónimo de moderación. Aún hoy, este principio implica una reticencia constitucional a recurrir a la fuerza. Se ha traducido en la instauración deliberada de una cultura estratégica cuya prudencia, a veces extrema, ha podido exasperar a nuestros aliados; y también en una deferencia, en cuestiones militares, hacia Washington, París y Londres. Esta moderación es uno de los logros fundamentales del orden de posguerra. Era el precio que había que pagar para ser admitidos en una comunidad de naciones que tenía todas las razones para desconfiar de nosotros.
Pero ese «nie wieder» que se traduce en moderación, en aplazamiento, en un ejército más reducido de lo que exigen las circunstancias, ya no es el «nie wieder» que necesita el mundo actual. El «nie wieder» debe pasar ahora por un compromiso de Alemania para que las catástrofes del siglo XX no vuelvan jamás a este continente. La moderación ante una Rusia agresiva y una América poco fiable es una mala interpretación del «nie wieder». Hoy, este lema debe ser reinterpretado para convertirse en una contribución a la paz en Europa.
La cuestión no es si debemos rearmarnos, sino cómo. Y ese «cómo» tiene que ver con la percepción que Alemania tiene de sí misma.
Nuestros vecinos observan con atención el rearme alemán, sus esfuerzos y sus intenciones. A la clase política alemana le gustaría creer que todo va de maravilla, pero las encuestas cuentan otra historia: la del malestar que sienten los países europeos ante una Alemania en plena remilitarización, y nuestra aparente reticencia a responder a sus temores. No se trata de una crítica gratuita: cuanto más tabú sea entre nosotros, más daño causará. En Berlín, desde hace tres años, nos hemos arrullado con una historia muy reconfortante: que la Zeitenwende se esperaba desde hacía mucho tiempo, que Europa nos estaba agradecida, que nuestros socios esperaban que asumiéramos nuestras responsabilidades y hoy nos felicitan por ello. Hay algo de verdad en ello: nuestros socios están, en general, aliviados de que Alemania haya despertado de su largo letargo estratégico. Pero detrás de ese alivio, esos mismos socios, que se alegran de una Bundeswehr más fuerte, experimentan un sentimiento que su cortesía les impide expresar en voz alta: un malestar discreto, persistente y arraigado en la historia ante la perspectiva de un continente en el que la potencia militar hegemónica volvería a ser Alemania. No lo dicen alto y claro porque son nuestros amigos, porque la Unión se ha construido sobre la supresión paciente de esas mismas inquietudes, y porque reconocen que la amenaza inmediata proviene de Moscú, y no de Berlín. Pero el malestar está ahí. Es real y no es paranoia. Sería ilusorio creer que se atenuará a medida que el presidente estadounidense reduzca su compromiso con la OTAN y pierda interés por la seguridad europea: al contrario, se intensificará.
«Los alemanes bajo tutela»
Lord Ismay, primer secretario general de la OTAN, había declarado en una frase que pasó a la historia que el objetivo de la Alianza era «mantener a los rusos fuera, a los estadounidenses dentro y a los alemanes bajo tutela». Esta fórmula simplista e irónica ocultaba en el fondo una arquitectura muy real. Fue la presencia de Estados Unidos la que permitió mantener a los alemanes en su sitio y la que hizo que el poder alemán, de vuelta entre sus vecinos y aliados, pudiera integrarse en las estructuras europeas en lugar de amenazarlas. A medida que los estadounidenses se retiran, la cuestión vuelve a salir a la luz. Nuestros vecinos están sintiendo los efectos. Nosotros, los alemanes, también debemos sentirlos.
La reacción de la derecha polaca ante el rearme alemán y la retirada estadounidense no es una irracionalidad que baste con erradicar mediante un poco de pedagogía. Es la memoria colectiva la que se expresa. Esa misma memoria se expresa en Praga, en París, en La Haya, en Atenas, en Bruselas. También se expresa de forma más discreta entre nuestros amigos británicos y estadounidenses. Nosotros, los alemanes, debemos escucharla. Debemos escucharla no porque nuestros vecinos estén equivocados, sino porque históricamente tienen razón. Nunca, en la historia moderna, este continente ha tenido en su centro a una Alemania a la vez pacífica y militarmente dominante. No podemos restarle importancia a esto con un simple gesto, poniendo de relieve los logros de la República Federal. Debemos ganarnos la confianza —en contra de la experiencia histórica, en contra de los propios instintos— de unas poblaciones que tienen todas las razones para no confiar en nosotros.
Sin embargo, este debate brilla por su ausencia en Alemania desde 2022.
Se habla de la Zeitenwende como de un proyecto alemán —lo que debemos hacer, lo que debemos gastar, lo que debemos construir—, pero rara vez de cómo se percibe desde Varsovia, París y Londres. Igualmente, rara vez nos preguntamos cómo llevamos a cabo este rearme —en gran parte mediante compras estadounidenses, siendo el resto mayoritariamente nacional, suministrado por nuestra propia base industrial, nuestras propias fábricas, nuestras propias circunscripciones— y si es una forma de tranquilizar a nuestros vecinos o, por el contrario, un elemento capaz de reavivar discretamente sus miedos más antiguos.
El malestar que sienten nuestros vecinos se ve, por supuesto, agravado por la situación política actual en Alemania, donde la Alternativa para Alemania (AfD) lidera actualmente las encuestas nacionales. Paradójicamente, un gobierno liderado por la AfD parecería más inclinado a adoptar una política de apaciguamiento hacia Moscú que a recurrir de forma agresiva al poderío militar alemán: tal es la ironía histórica del nacionalismo alemán actual. Pero el horizonte de planificación de la nueva estrategia militar alemana se extiende hasta 2035. Nadie puede predecir la política alemana de 2035. La nueva Bundeswehr que hoy está tomando forma estará en manos de coaliciones políticas que aún no podemos nombrar, en condiciones geopolíticas que aún no podemos prever. Todos los alemanes deberían ver en ello un motivo de reflexión. Y el hecho de que aún no sea así es, en sí mismo, un motivo de preocupación.
No se trata de sustituir el «nie wieder», sino de ampliarlo y adaptarlo al mundo en el que vivimos hoy. A partir de ahora, también debe significar: «nunca más al excepcionalismo alemán». Debe ser sinónimo de una Alemania que trabaje por la paz europea.
La frase que propondría es la siguiente: Nie wieder allein, «nunca más solos».
Nunca más solos
Nuestro mayor interés radica en formar parte de una Europa fuerte y en contribuir generosamente a que el continente sea lo suficientemente fuerte como para disuadir a cualquier agresor de atentar contra el orden europeo.
Este principio constituye también un llamado a nuestros socios. «Nie wieder allein» debe significar que el poder alemán nunca más se ejercerá en solitario, no en el sentido de que no podamos tener un ejército nacional, sino en el sentido de que las grandes decisiones —qué construir, qué desplegar, adónde enviarlo, bajo qué mando, con qué fin— se tomen de forma concertada, en el seno de estructuras, dentro de marcos vinculantes, con aliados que tengan voz y voto y a los que no se consulte por mera cortesía. Deberíamos presentar nosotros mismos esta arquitectura a nuestros vecinos antes de que se vean obligados a exigírnosla.
Las catástrofes del siglo XX no se produjeron porque Alemania estuviera demasiado integrada en Europa. Se produjeron porque no estábamos lo suficientemente integrados. Helmut Kohl lo comprendió en la década de 1990, cuando incorporó a la Alemania recién unificada al mercado único y a la moneda única, a pesar de las dudas de muchos de mis compatriotas. Ningún país se ha beneficiado más de ello que el nuestro.
Es cierto que las estructuras de la defensa europea no estarán tan bien organizadas como las del mercado único y que la seguridad no se reduce a una cuestión económica. Pero el principio sigue siendo el mismo. El poderío alemán, bien arraigado, es una gran oportunidad para el continente. Por el contrario, un poderío alemán desconectado de su contexto regional se convertiría en una fuente de preocupación para nuestros vecinos y para la propia Alemania.
De la aplicación del principio «Nie wieder allein» y del actual proceso de rearme en Alemania se derivan al menos cuatro consecuencias.
En primer lugar, desde el punto de vista industrial, el fuerte aumento del gasto alemán en defensa no tiene por qué recaer automáticamente en una base industrial nacional. Sin embargo, las presiones en este sentido son considerables. De hecho, nuestro modelo económico basado en las exportaciones está en crisis; la defensa es uno de los pocos sectores de crecimiento que se nos ofrecen. Algunas de nuestras grandes fábricas ya se están reconvirtiendo a la producción de armas. Todo contrato de adquisición superior a 25 millones de euros debe ser autorizado por la comisión presupuestaria del Bundestag: es un mecanismo perfecto para convertir decisiones estratégicas en disputas regionales. Si este rearme da lugar a una industria de defensa nacional considerablemente ampliada, pero que se haya contentado con sustituir las importaciones estadounidenses sin una verdadera integración con las capacidades francesas, neerlandesas, polacas, italianas, españolas, suecas o incluso británicas, no habremos construido una defensa europea. Haremos una industria de defensa alemana que se convertirá en el caldo de cultivo de ese nerviosismo europeo que precisamente el «nie wieder allein» pretende evitar.
En segundo lugar, una implicación en nuestro sistema de adquisiciones. Hoy en día, mientras que Estados Unidos utiliza 33 grandes sistemas de armas, Europa utiliza 174 en el conjunto de sus fuerzas armadas, entre ellos, 12 tipos diferentes de carros de combate y 14 de aviones de combate. Se trata de una incoherencia estratégica que nos sale cara.
En tercer lugar, en lo que respecta al mando y las operaciones, este nuevo principio implica integrar las nuevas fuerzas alemanas en estructuras multinacionales, de las que un futuro gobierno alemán no podrá retirarse fácilmente. Pero también se necesitan cuerpos multinacionales permanentes, una defensa aérea integrada, medios estratégicos compartidos y un despliegue en el Este que constituya un compromiso real, y no simples gestos simbólicos. La idea es que la Alemania de 2026 —lúcida, consciente de su historia, atenta a sus propias fragilidades políticas— limite de antemano a la Alemania impredecible de 2035.
En cuarto lugar, y este es el punto más delicado, el principio de «nie wieder allein» debe extenderse a la disuasión nuclear, incluyendo a Francia, el Reino Unido y, a largo plazo, a los alemanes. El debate sobre la ampliación de la cobertura nuclear británica y francesa hacia el Este, hasta hace poco impensable, está empezando a abrirse. Es un debate que nosotros, los alemanes, no podemos mantener solos, y al que Gran Bretaña y Francia no pueden sustraerse. En términos más generales, necesitamos el apoyo británico. No le pedimos a Gran Bretaña que elija entre su soberanía y la solidaridad con sus vecinos; le pedimos que ponga la primera al servicio de la segunda. La Unión Europea de la Defensa se construirá con Gran Bretaña o, sin ella, fracasará.
Lo que defendemos
En La historia olvidada del liberalismo, 3 Helena Rosenblatt muestra que el «liberalismo» no era, en sus orígenes, la doctrina angloamericana de los derechos individuales y del libre mercado con la que lo asociamos hoy en día. Se trataba ante todo de una tradición continental —francesa, alemana, suiza, italiana— centrada en la virtud cívica, los deberes para con la comunidad, así como en la formación moral y educativa de ciudadanos capaces de autogobernarse. La propia palabra «liberal», en su sentido político moderno, se acuñó a principios del siglo XIX, no en Londres ni en Boston, sino en París, Madrid y Berlín. El liberalismo de Constant, Tocqueville, Guizot o de la tradición alemana del Rechtsstaat no tenía como objetivo principal liberar a los ciudadanos del yugo del gobierno. Se trataba de capacitar a los ciudadanos para que asumieran la libertad que habían conquistado.
Para Hannah Arendt, que conocía íntimamente y desde dentro esta tradición, la libertad no es una propiedad del individuo aislado. No es la ausencia de injerencia. Ni siquiera es, en primer lugar, un estado interior de la voluntad. La libertad, afirmaba, solo surge en el espacio que existe entre las personas, es decir, en la pluralidad, en la esfera pública, en lo que ella denominaba la acción concertada. Ser libre es no estar solo. Es actuar con los demás, en público, sobre cuestiones que nos conciernen a todos. Es una práctica activa más que un estado de hecho. Solo existe mientras dura la acción.
Tanto Rosenblatt como Arendt nos recuerdan que la libertad es un logro cívico, y no un bien privado. Requiere instituciones, costumbres, virtudes y, sobre todo, una comunidad de ciudadanos dispuestos a preservarla. El individuo aislado, soberano sobre sus propias decisiones pero indiferente a la esfera pública, no es la encarnación de la libertad, sino su destructor.
La tradición política a la que debe vincularse la autonomía estratégica europea —esa tradición por cuya defensa gastamos hoy 800.000 millones de euros— se ajusta a esta definición. La libertad no es lo que se posee cuando se está solo, sino lo que se hace cuando se actúa juntos. Es precisamente esta concepción la que se encuentra en la base de la Unión Europea: aquella que apuesta por la puesta en común de la soberanía entre los Estados, lo que no debe verse como una disminución de la libertad, sino, por el contrario, como su ampliación.
Nadie puede predecir cómo será la política alemana en 2035. La nueva Bundeswehr, que hoy está tomando forma, estará en manos de coaliciones políticas que aún no podemos nombrar.
Franziska Brantner
Sin embargo, esta libertad se ve hoy sometida a fuertes presiones por parte de Estados Unidos, que se encuentra sumido en un dilema antiliberal cuyo desenlace nadie puede predecir. Algunos amigos estadounidenses a los que respeto se preguntan abiertamente si su tradición liberal sigue siendo capaz de reinventarse. Recurren, de manera significativa, a los pensadores europeos en busca de principios que les sirvan de inspiración, de ideas que han caído en el olvido: Constant, Tocqueville, Arendt. Ese liberalismo cívico, continental e impregnado de virtudes que nosotros, los europeos, recordamos con cierta timidez como propio.
Ahí radica el sentido profundo de la soledad europea. Estamos solos porque ahora debemos defender nuestro territorio por nuestros propios medios, pero también porque somos los últimos guardianes de una tradición política a la que Estados Unidos está renunciando.
El continente más solitario es, por tanto, también el portavoz de un liberalismo político que se ha quedado en gran medida aislado.
No se trata de convertir a Europa en un continente que se erija, con arrogancia, en único guardián de la libertad frente al resto del mundo. Los indios, los brasileños y los surcoreanos defienden su democracia, sometida a una intensa presión. Los demócratas, desde Sudáfrica hasta Taiwán, desde Senegal hasta Costa Rica, libran sus propias luchas por la libertad cívica, a menudo a costa de sacrificios personales más duros de lo que jamás se ha pedido a la mayoría de los europeos de hoy en día. Nuestra soledad es la de un viejo guardián que descubre que la estructura en la que se apoyaba se ha debilitado, y no la del último superviviente.
Lo cual significa que una Europa fuerte no es un fin en sí misma. Es más bien la base de un proyecto político que reunirá a todos aquellos que se identifican con esta concepción cívica de la libertad. El mundo posestadounidense no es un mundo en el que Europa sustituya a Estados Unidos como única garante de esos valores. Es un mundo en el que la garantía de la libertad debe ser plural, compartida entre numerosas democracias. Para ello, no basta con rearmarnos. No basta con integrar el poder alemán en las estructuras europeas. No basta con extender la disuasión nuclear francesa y británica hacia el Este. También debemos vivir realmente la concepción de la libertad que defendemos. Debemos mantener la vitalidad de nuestras esferas públicas. Debemos resistir la tentación de concebir la libertad como una posesión privada que la política no puede sino amenazar, en lugar de como una práctica pública que solo la política hace posible. Debemos, según las recomendaciones de Arendt, seguir actuando de forma concertada, gracias a nuestras instituciones y a nuestros socios democráticos.
La defensa de Europa y la defensa de la libertad europea son una y la misma cosa; aunque se libren en frentes diferentes, exigen las mismas virtudes: la solidaridad, la diversidad, la voluntad de actuar de forma concertada y el rechazo a permanecer en soledad. Si logramos comprender esto, habremos hecho mucho más que simplemente reconstruir nuestros ejércitos. Habremos recuperado nuestra razón de ser. Esa es la tarea que le corresponde a nuestra generación.
La filósofa francesa Élisabeth Badinter ha dedicado su vida a demostrar que la Ilustración no es un periodo de la historia, sino un proyecto. No es algo que heredamos en una forma acabada, como si viniera directamente del siglo XVIII, sino algo que cada generación debe hacer suyo, defender y hacer avanzar, so pena de verlo desvanecerse. Tiene razón: la Ilustración es un proyecto, el liberalismo es un proyecto, Europa es un proyecto, la libertad —en el sentido cívico en que la entendían Rosenblatt y Arendt— es un proyecto. Es hora de hacerlo realidad.
Notas al pie
- Este texto es una versión editada de la conferencia impartida en Oxford el 14 de mayo de 2026.
- Timothy Garton Ash, «Germany’s military power is on the rise. This time it must be firmly embedded in Europe», The Guardian, 4 de mayo de 2026.
- Helena Rosenblatt, La historia olvidada del liberalismo. De la Antigua Roma al siglo XXI*, Crítica, 2022, trad. Yolanda Fontal Rueda.