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Si los demócratas ganan las elecciones de mitad de mandato, ¿cambiará de rumbo la política exterior estadounidense?
Probablemente habrá pocos cambios en la política exterior de Donald Trump, ya que el Congreso suele tener poco poder en esta materia. Por lo tanto, no espero que se establezca ningún freno que no existiera hasta ahora. Habrá investigaciones y enfrentamientos, pero no un cambio de rumbo real.
¿Puede la política de Trump volverse aún más descabellada?
Sí.
¿Por qué?
En primer lugar, porque será vulnerable. Donald Trump carece de confianza en sí mismo. ¿Quién sabe qué hará si se siente rechazado por el electorado? Sabemos que, en su día a día, está obsesionado con el legado que dejará. Tras la guerra contra Irán, que fue un desastre, se preguntará: «¿Qué puedo hacer para merecer mi lugar en el Monte Rushmore?». Se ha metido con Groenlandia para poder decir: «Soy el presidente que ha añadido el mayor territorio a Estados Unidos». Se ha enfrentado al régimen iraní porque quería pasar a la historia como el presidente que tuvo el valor de hacer lo que nadie más se atrevería a hacer: derrocar a la República Islámica. Tras las elecciones de mitad de mandato, se preguntará: «¿Qué puedo hacer ahora para reclamar mi lugar en la historia?». Y, en mi opinión, Cuba figurará en lo más alto de la lista.
¿Podría lanzar una nueva operación militar?
Supongo que intentará derrocar al gobierno cubano antes de que termine su mandato. Ya lo ha intentado.
¿Podría una victoria demócrata impedir la cumbre que Putin ha propuesto entre él, Xi Jinping y Trump?
No, los demócratas no podrán hacer nada al respecto. El proyecto de ley de sanciones al que Lindsey Graham dedicó los últimos años de su vida es el ejemplo perfecto: acabó siendo aprobado. ¿Y qué hizo Trump? Lo tiró a la basura.
¿Qué opina del acercamiento, cada vez más evidente, entre la Rusia de Putin y Estados Unidos?
No es difícil entender lo que está pasando. Faltan dos semanas para las elecciones de mitad de mandato. Los republicanos están en serios apuros y Trump está entrando en pánico. Estas dificultades se deben, sobre todo, al costo de la vida y, más concretamente, al precio de la gasolina y el gasóleo. Por lo tanto, su decisión de tender la mano a Putin y llegar a un acuerdo sobre las exportaciones de gasóleo está estrechamente relacionada con estas elecciones. De ahí su decisión, en los últimos días, de no aplicar las nuevas sanciones contra Rusia. A continuación, Zelenski intervino para criticar a Trump por el acuerdo sobre el gasóleo. Trump detesta que le critiquen. Por eso arremete contra Ucrania, y la situación no hace más que empeorar.
¿No debería haber criticado Zelenski este acuerdo?
Zelenski debe pronunciarse, al igual que Mark Carney o los aliados europeos, que deben establecer su línea roja y decir: «Ni se les ocurra anexionar Groenlandia». Por otro lado, Trump tiende a enfadarse y a perder los estribos. Tomemos el ejemplo de Mark Carney. Entiendo perfectamente lo que dice y lo que hace. Pero si yo fuera su asesor, le diría que hiciera lo mismo que la mayoría de los líderes europeos: apostar por el largo plazo. Mantener la boca cerrada. Esperar a que Trump se vaya. No discutir con él, porque eso nunca acaba bien. Zelenski se encuentra en una situación algo diferente, ya que su país está en guerra; por lo tanto, siente la necesidad de expresarse de una manera que yo comprendo. Pero, de nuevo, ¿fue lo correcto? Es difícil de decir.
¿Tiene razón Donald Trump al acercarse a Rusia?
Trump hace lo correcto al dialogar con Putin y negociar con los rusos.
En términos más generales, muchas de sus intuiciones son acertadas. Se dio cuenta de que el internacionalismo liberal, la política exterior tradicional de Estados Unidos, no funcionaba para la mayoría de los estadounidenses y conducía a una sobreexpansión en el extranjero, así como a un deterioro de la calidad de vida en el país. También comprendió que algunos de los mayores errores cometidos por Estados Unidos en las últimas décadas se debían a un exceso ideológico, a la convicción de que podíamos convertir Afganistán o Irak en democracias estables. Cuando escuchaba al candidato Trump hablar de política exterior, estaba de acuerdo con gran parte de lo que decía. Su discurso me llamaba la atención: se acabaron las guerras, vuelta a lo esencial, reactivación de la clase media, reducción de la implicación internacional, etc.
Pero cuando Trump traduce sus intuiciones en política, el resultado es un desastre. En casi todos los frentes en los que se ha involucrado, ha cometido excesos contraproducentes.
¿Por ejemplo?
Lo que Trump está haciendo con las alianzas era necesario desde hace mucho tiempo. Hay que reequilibrarlas. Y está funcionando: los europeos, al igual que Japón y Corea del Sur, gastan más en defensa. Pero luego comete disparates. Por ejemplo, afirma: «Me voy a apoderar de Groenlandia». Insulta a todo el mundo, incluidos los aliados, e incluso al papa. Convierte un éxito en un fracaso.
En lo que respecta a Putin y Xi Jinping, Joe Biden tenía esa visión de un mundo en el que se enfrentaban la democracia y la autocracia. Sin embargo, vivimos en un mundo en el que las democracias y las autocracias deben entenderse. Así que, cuando Trump dijo: «Voy a hablar con Putin, voy a invitar a Xi Jinping a mi toma de posesión», pensé: «Es genial». Pero luego, cuando vemos cómo ha abordado el tema de la guerra en Ucrania, incluso en estos últimos días, es un poco descabellado. Tiene esos encuentros con Trump y Xi Jinping, y dice: «Tenemos una amistad verdadera y grande», y luego no pasa nada. No conduce a nada.
Lo mismo ocurre con sus conversaciones con Putin…
Sí, una vez más, lo está haciendo mal. Los ucranianos y los europeos deberían estar en la mesa de negociaciones. Al mismo tiempo, Estados Unidos debería enviar más armas a Ucrania. Putin no deja de jugar con Trump. Mantienen encantadoras conversaciones telefónicas y Putin se muestra amable. Trump cuelga. ¿Qué ocurre la noche siguiente? Seiscientos drones se abalanzan sobre Ucrania. La voluntad de poner fin a esta guerra mediante la negociación es algo positivo. Pero su puesta en práctica es un auténtico desastre.
¿Estaría Putin dispuesto a negociar de verdad? Rusia mantiene sus objetivos maximalistas y, desde enero de 2025, Moscú no ha cedido en absoluto en su postura durante las negociaciones con Trump.
En las condiciones adecuadas, la negociación es posible. Esta guerra debe terminar, porque cuanto más dure, más posibilidades tiene Putin de salir victorioso. Lo que falta, en mi opinión, no es el diálogo, sino un contexto en el que las negociaciones tuvieran posibilidades de prosperar, y Trump no lo está creando. Debe convencer a Putin de que no podrá ir más allá. Para lograrlo, hay que ayudar a Ucrania. Hay que impedir que Putin alcance sus objetivos para que se detenga.
¿No corre el riesgo este acercamiento de debilitar a la OTAN?
Por el contrario, creo que, en cierto modo, tenemos la prueba de que la OTAN es más fuerte que Trump. Trump la está poniendo a prueba, pero cuando deje el cargo, la OTAN seguirá siendo la OTAN. Hay que distinguir entre la retórica y la realidad. A Trump no le gustan las alianzas: insulta a los aliados y adopta un comportamiento que aumenta la desconfianza hacia Estados Unidos. Pero sigue habiendo unos 80.000 soldados estadounidenses en Europa. Las tropas estadounidenses en Asia Oriental tampoco han variado realmente. No se está retirando. De hecho, hoy en día hay más soldados estadounidenses en Medio Oriente que antes.
Sin embargo, sus palabras surten efecto: por primera vez en veinte años, China goza de una imagen más positiva en el mundo que Estados Unidos.
De hecho, es precisamente en la confianza donde radica el problema. Si yo fuera el presidente francés, el canciller alemán o el primer ministro japonés, me preguntaría: «¿Puedo confiar en Estados Unidos? ¿Son de fiar?». Mi respuesta sería: «Espero que sí, pero no estoy seguro».
¿Cambiaría esto si los demócratas ganaran las elecciones presidenciales en 2028?
Esta situación no se debe únicamente a Trump; Estados Unidos atraviesa un periodo de disfunción política que afecta al sistema en su conjunto. El Congreso ya no funciona. Es un sistema que ha perdido su centro político. Si yo fuera un aliado de Estados Unidos o asesor del canciller alemán, le diría: «Apuesta por el largo plazo, mantente firme, pero ten preparado un plan B». Simplemente, no sabemos si Estados Unidos seguirá estando a la altura dentro de diez años.
¿Cómo podría Estados Unidos reconstruir ese centro político?
Ayudando a los trabajadores estadounidenses a recuperarse. Esto pasa, sobre todo, por políticas económicas progresistas: guarderías gratuitas, ayudas para el cuidado de las personas mayores, un aumento de los impuestos a los más ricos y a las empresas, ya que nos encontramos en plena crisis presupuestaria.
¿Le parece que la línea que Mamdani representa en Nueva York va por buen camino?
Mamdani propone autobuses gratuitos y supermercados municipales. Creo que lo que realmente necesitamos es una economía en la que el trabajo permita ganar un salario digno. Los estadounidenses no quieren limosnas. Quieren un contrato social que funcione. Y hoy en día no es así.
La solución consiste en determinar cómo pueden los estadounidenses ganarse la vida dignamente en la era digital.
A través de políticas diferentes —los republicanos con los aranceles y los demócratas con la Ley de Reducción de la Inflación—, ambos han prometido reindustrializar Estados Unidos, precisamente para responder a muchas de las expectativas que has enumerado. ¿Por qué no ha funcionado?
La reindustrialización es un mito. ¿Habrá nuevas fábricas en Estados Unidos? Sí, ya las hay. ¿Fabrica actualmente TSMC semiconductores en Arizona? Sí. ¿Cuántas personas trabajan allí? Quizás unos cuantos miles. Tanto los demócratas como los republicanos han mentido, en cierta medida, al electorado estadounidense al decir: «Vamos a recurrir a los aranceles, vamos a aplicar una política industrial, vamos a devolver los puestos de trabajo en las cadenas de producción manufactureras». Eso no va a suceder: el 80 % o más de la mano de obra estadounidense trabaja en el sector de los servicios. Esas personas no volverán a las cadenas de producción. Debemos mantener un debate honesto sobre cómo formar a nuestros ciudadanos para los oficios del futuro. En su mayoría, no serán empleos en la industria manufacturera.
Con Donald Trump en la Casa Blanca, la guerra en Ucrania aún en curso y Medio Oriente desestabilizado, ¿cómo describiría la situación actual de las relaciones internacionales?
La palabra que me viene espontáneamente a la mente es «desorden»: la incertidumbre, la inestabilidad y las tensiones han alcanzado, sin duda alguna, su punto álgido. Muy poca gente lo había visto venir. Sin embargo, era previsible que la redistribución del poder reavivara las rivalidades geopolíticas. En la década de los noventa, cuando todo el mundo proclamaba el «fin de la historia», yo ya consideraba que eso era ingenuo: se confundía la paz perpetua con el final de la Guerra Fría, cuando en realidad vivíamos la estabilidad propia de la unipolaridad. Ahora que el equilibrio de fuerzas está cambiando, un panorama internacional más conflictivo no me sorprende en absoluto.
¿Qué es lo que, por el contrario, lo ha sorprendido?
Desde luego, no había previsto el mal funcionamiento generalizado que se observa en muchas democracias liberales. La vida en Estados Unidos se ha vuelto irreconocible. En Francia, los disturbios internos son bastante preocupantes. La democracia liberal se tambalea, el centro político se erosiona. Eso es lo que hace que este periodo sea tan desestabilizador: sufrimos cambios procedentes del exterior, vinculados al cambio de equilibrio del poder mundial, y otros procedentes del interior, debidos, en mi opinión, a la llegada de la era digital, al impacto de la automatización sobre los trabajadores y, en muchos aspectos, a la desaparición del contrato social de la era industrial. La combinación resulta tóxica y recuerda a finales del siglo XIX, cuando los rápidos cambios en la jerarquía de las potencias se sumaron a la transición de la economía agrícola a la industrial. Se abrió entonces una época muy inestable, marcada por dos guerras mundiales en el espacio de unas pocas décadas. Espero que no sea hacia ahí hacia donde nos dirigimos.
Por lo tanto, hay que iniciar ahora mismo un proceso de reorganización, para evitar tener que hacerlo tras una nueva guerra mundial.
Estamos viviendo una especie de «interregno»…
De hecho, no conozco una fórmula mejor que la de Gramsci para describir el momento que estamos viviendo: «Lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: durante este interregno se observan los fenómenos mórbidos más variados».
Eso es exactamente en lo que nos encontramos. Estamos asistiendo al colapso del antiguo orden. Ni siquiera hemos iniciado aún el debate sobre el nuevo orden. En cierto modo, Donald Trump es el principal artífice del colapso del sistema internacional liberal, pero ni siquiera ha empezado a esbozar la más mínima visión del camino a seguir. Como escribí recientemente, Trump es un demoledor, no un arquitecto. Al final de su presidencia, por lo tanto, todos nos encontraremos en medio de los escombros del antiguo orden. La enorme tarea que nos espera entonces será reconstruir algún tipo de sistema internacional que funcione en la era post-Trump, ya que él no se encargará de ello.
¿Será el mundo «post-Trump» también un mundo «post-estadounidense»?
La Pax Americana está llegando a su fin. Dudo en afirmar que los propios Estados Unidos estén en declive, ya que la economía estadounidense sigue sin tener rival, al igual que su ejército, que supera con creces al de China. Pero Estados Unidos y sus aliados, que durante décadas han formado una coalición dominante, están perdiendo ese estatus. Las grandes democracias industrializadas que han acompañado a Washington durante todo este tiempo —Francia, Alemania, Japón, el Reino Unido, Italia y Canadá— están en declive, en el sentido de que su peso demográfico disminuye y de que las potencias emergentes —India, China, Indonesia, Brasil y Nigeria— superarán a muchos de los países que antes ocupaban los primeros puestos. La Pax Americana, que se basaba no solo en el poderío estadounidense, sino también en el de sus aliados, llega así a su fin. Al mismo tiempo, es probable que, debido a la erosión del centro político, al mal funcionamiento de las instituciones y a la erosión de la clase media, el poder estadounidense se subestime hoy en día, en cierta medida.
¿Nos dirigimos hacia un mundo multipolar y regionalizado, o hacia una nueva bipolaridad entre Estados Unidos y China?
Depende en parte de cómo se mida la polaridad. Si nos basamos en indicadores materiales, como el PIB o el gasto en defensa, entonces nos dirigimos hacia un mundo bipolar, o a la vez bipolar y multipolar. De hecho, Estados Unidos y China seguirán estando muy por delante del resto de países durante algún tiempo aún. Y aunque China esté recortando su retraso económico respecto a Estados Unidos, sigue estando muy por detrás en el ámbito militar. En cambio, si juzgamos la polaridad por el modo en que funciona el sistema internacional, nos encontramos ante un sistema mucho más multipolar. Esto se debe en gran parte a que las potencias emergentes del Sur disponen ahora de una nueva capacidad de acción. Practican lo que se denomina «multialineamiento»: aunque quizá existan dos potencias dominantes, Estados Unidos y China, la mayoría de los demás países del mundo no se decantarán por ningún bando.
¿Cómo se traduce esto?
La India es el ejemplo por excelencia. Modi viaja a Estados Unidos para asistir a una cena de Estado con Joe Biden. Un año después, está en Moscú, donde abraza a Vladimir Putin. Otro año más tarde, en China, junto a Xi Jinping. Esa es la dirección que estamos tomando. La India no es la única que lleva a cabo esta política de equilibrio. Para mí, se trata sin duda de un mundo multipolar, sin alineamientos rígidos, sin democracias por un lado y autocracias por el otro. Durante la Guerra Fría, la bipolaridad entre Estados Unidos y la Unión Soviética, entre Oriente y Occidente, estructuraba en cierto modo el mundo. La mayoría de las regiones pertenecían a un bando u otro, y los dos bloques se disputaban el apoyo de los demás países. Hoy en día, la situación es mucho más compleja.
En un contexto así, ¿sigue siendo posible la cooperación internacional para hacer frente a los retos comunes?
El mundo actual es más interdependiente y globalizado que en cualquier otro momento de la historia. A diferencia de la Unión Soviética y Estados Unidos, que vivían cada uno en su propio mundo, hoy en día Estados Unidos y China están profundamente integrados: sus economías están entrelazadas, sus intercambios comerciales son intensos y sus vínculos financieros son estrechos. Ahora nos enfrentamos a una serie de amenazas globales que exigen una acción colectiva a gran escala: el cambio climático, la salud pública, la proliferación nuclear, la seguridad, la inteligencia artificial o el desarrollo de nuevas tecnologías. No podemos permitirnos volver a un mundo fracturado. Sin embargo, esa es precisamente la dirección que estamos tomando. La demanda de gobernanza mundial es enorme, mientras que la oferta se sitúa muy por debajo de lo necesario. Es esta brecha la que debemos colmar. Si no remamos todos en la misma dirección, nos hundiremos todos juntos. El debate que debemos mantener gira en torno a cómo poner en marcha este tipo de acciones colectivas. ¿Qué instituciones y mecanismos podemos idear para evitar una fragmentación del sistema mundial que no haría más que agravar la situación de todos?
¿Ya no están las Naciones Unidas en condiciones de desempeñar ese papel?
La ONU realiza una labor extraordinaria. El envío de ayuda humanitaria, la asistencia sanitaria, el intercambio de información sobre pandemias, las misiones de mantenimiento de la paz: la organización desempeña un papel clave en el día a día. Sin embargo, si nos preguntamos qué papel ha desempeñado la ONU en los grandes conflictos de nuestra época, ya sea en Ucrania, en Gaza, durante la Guerra del Golfo o en Sudán, hay que reconocer que, en esencia, se ha limitado a ser un mero espectador.
¿Por qué?
Porque el Consejo de Seguridad está paralizado por el derecho de veto de sus miembros permanentes. Las Naciones Unidas funcionan de una manera muy atractiva, como una especie de parlamento mundial, pero su tamaño plantea un problema. De hecho, es mucho más difícil alcanzar un consenso cuando hay 193 voces que se expresan en torno a la mesa que cuando solo se expresan unas pocas. Es un problema que no tiene solución. Necesitamos una mayor representación de los países del Sur en el Consejo de Seguridad, y es evidente que la organización debe reformarse. Sin embargo, si se reformara la ONU y se ampliara el Consejo de Seguridad, eso no haría más que agravar el problema inicial. Y por eso la ONU es lo que es. Si no existiera, habría que inventarla. Pero debemos complementarla.
¿Cómo?
Necesitamos un doble movimiento. Por un lado, a medida que el poder se desplaza de oeste a este y de norte a sur, el sistema mundial se regionalizará inevitablemente: el poder fluye del centro hacia la periferia. Por lo tanto, las organizaciones y los actores regionales deben asumir mayores responsabilidades. En otras palabras, se necesita un orden ascendente que parta de la base hacia la cúspide. Por otro lado, precisamente porque vivimos en un mundo globalizado e interdependiente, necesitamos un orden descendente, que parta de la cúspide. Esto es algo nuevo. Si nos remontamos al año 1700, por ejemplo, el mundo ya estaba regionalizado y era multipolar. Pero sus polos —el Sacro Imperio Romano Germánico, el Imperio Otomano, el Imperio Mogol, la dinastía Qing y el shogunato Tokugawa— no tenían mucho que ver entre sí. Hoy en día ya no es así.
¿Existe algún modelo para esta nueva organización?
Considero que el Concierto Europeo es un modelo a seguir por varias razones. En primer lugar, prescindía de estatutos, normas formales y derecho de veto, y funcionaba por consenso: las soluciones surgían de las circunstancias. En segundo lugar, era un foro reducido, lo cual es una ventaja a la hora de tomar decisiones y hacer avanzar las cosas. De hecho, es más fácil ponerse de acuerdo entre cinco personas sentadas alrededor de una mesa que entre cien o doscientas. En tercer lugar, era ideológicamente tolerante y pluralista. Reunía a tres monarquías absolutas (Rusia, Prusia y Austria) y a dos potencias liberales (Francia y Gran Bretaña), que aceptaban discrepar en cuanto a su gobernanza interna. Por último, combinaba un orden ascendente y un orden descendente. A cada uno de sus miembros se le reconocía una esfera de influencia basada en la geografía y la proximidad, pero todos se reunían también colectivamente gracias al sistema de congresos. Es esta combinación de regionalización y centralización la que, en mi opinión, debe inspirarnos de cara al futuro.
¿No se estaría ya el mundo orientando, por defecto, hacia este tipo de diplomacia?
Al final de la Guerra Fría, vivimos un periodo relativamente breve en el que los miembros del Consejo de Seguridad se llevaban bien y el uso del veto había disminuido notablemente.
Hoy en día nos encontramos de nuevo en un mundo en el que cada uno impone su veto a todos los demás. En consecuencia, se ha producido una evolución natural hacia la formación de coaliciones de voluntarios para llevar a cabo misiones que no realizan la ONU u otras instituciones multilaterales oficiales. Si echamos la vista atrás a las últimas décadas, ¿qué grupos se han movilizado realmente para resolver los problemas? Fue el grupo P5+1 el que negoció el acuerdo nuclear con Irán. Fueron las conversaciones a seis bandas sobre Corea del Norte. En el caso de Medio Oriente, ha estado la Liga Árabe. Diferentes configuraciones han negociado la cuestión de Gaza. Francia, Estados Unidos, Líbano e Israel han analizado la situación en Líbano. En cuanto a la mediación entre Irán y Estados Unidos, han sido Pakistán, Qatar y Omán quienes han desempeñado ese papel. En cuanto a la guerra civil en Sudán, han intervenido los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Estados Unidos y algunos otros actores. Estas coaliciones se forman, por tanto, de forma natural.
Si eso va a ocurrir de todos modos, tomemos la iniciativa. Creemos esas coaliciones de voluntarios antes de que se produzcan las crisis, o al menos durante las mismas, ya que, muy a menudo, la diplomacia brilla por su ausencia. Reconozco a Trump el mérito de haber intentado negociar con los rusos sobre Ucrania. Pero durante años no hubo ningún diálogo. Los acontecimientos del 7 de octubre se produjeron en un momento en el que no había ningún proceso de paz real en marcha entre palestinos e israelíes. Hay que preguntarse qué problemas deben resolverse y quiénes deben sentarse a la mesa. Creemos esas coaliciones de voluntarios en lugar de quedarnos de brazos cruzados esperando a que surjan los problemas.
¿Cómo se podría institucionalizar este tipo de proceso?
Podríamos imaginar un «concierto mundial» que reuniera en torno a una mesa a las principales potencias y a las distintas regiones del mundo. En lugar de elegir un gran país de América Latina, como Brasil, o un gran país de África, se recurriría a los propios representantes de sus respectivas organizaciones regionales. La Unión Europea enviaría a un alto representante que actuaría como órgano de supervisión. Se establecería una sede física, situada a medio camino entre Oriente y Occidente y entre el Norte y el Sur. Estambul y Dubái, por ejemplo. Este grupo se encargaría de poner en marcha «subconciertos». Uno podría centrarse en Ucrania, otro en la cuestión israelo-palestina, otro en el clima y otro en la inteligencia artificial y la tecnología. Se trataría de coaliciones a medida que agruparan a las partes dispuestas a participar. Se reuniría a las partes que deben estar presentes. Este es el tipo de debate que necesitamos y que aún no se está llevando a cabo.
¿No carecería de transparencia un sistema así?
Creo que uno de los problemas de la ONU es, precisamente, que es demasiado transparente. El Consejo de Seguridad sirve de tribuna para discursos, gestos grandilocuentes y acusaciones mutuas. Sería útil disponer de un lugar donde los dirigentes pudieran negociar de forma continua y estratégica, al margen de la mirada del público.