El Pentágono arremete contra las potencias medias
En un texto publicado en X y ampliamente comentado, Elbridge Colby pretende demostrar las contradicciones de una estrategia de autonomización respecto a Estados Unidos.
Lo traducimos y lo comentamos línea por línea.
- Autor
- El Grand Continent
Elbridge Colby es un estratega republicano especializado en defensa, teórico de la reorientación de los recursos militares estadounidenses hacia la competencia con China. Antiguo artífice de la Estrategia de Defensa Nacional de 2018, actualmente ocupa el cargo de subsecretario de Guerra encargado de la política, es decir, el número tres del Pentágono, rebautizado desde septiembre de 2025 como Departamento de Guerra. Autor de The Strategy of Denial, 1 reivindica un realismo asumido, según el cual las alianzas solo tienen valor a través del «prisma de los intereses, la geografía, la economía y el poder militar».
En un hilo publicado en su cuenta oficial de X 2 el 14 de julio, que tuvo una amplia difusión y fue muy comentado, Colby se dirige ostensiblemente a los analistas, pero, en realidad, a las capitales de los países históricamente aliados de Estados Unidos, con un doble objetivo: descartar de antemano cualquier intento de coordinación entre potencias medias y recordar la dependencia absoluta de esos países respecto a la industria de defensa estadounidense, con una amenaza apenas velada: «el acceso a la base industrial de defensa estadounidense es un privilegio, no un derecho».
Esta intervención tiene lugar el día del desfile del 14 de julio, en el que se reunieron por primera vez en París las fuerzas de una amplia coalición sin Estados Unidos —tropas de 35 países desfilaron por los Campos Elíseos, ante 25 jefes de Estado y de gobierno invitados, entre ellos el presidente ucraniano Volodimir Zelenski—, en una configuración paralela a la de la OTAN. Es precisamente este cambio, aún frágil pero ya visible, el que el texto de Colby pretende contrarrestar, relativizando de manera indirecta su influencia, pero atacándola.
De ahí la importancia de leer el texto que sigue y comprender lo que revela.
Últimamente hay mucho revuelo en torno a una estrategia colectiva de las «potencias medias».
La «estrategia colectiva de las potencias medias» se refiere a la idea —popularizada, en particular, por el primer ministro canadiense Mark Carney en un discurso pronunciado en Davos en enero y retomada en los debates europeos sobre la autonomía estratégica— según la cual los Estados de rango intermedio, como Canadá, Japón, Corea del Sur, Australia, así como países de la Unión, podrían coordinar sus políticas de defensa, armamento y comercio con el fin de reducir su exposición a la imprevisibilidad estadounidense. Este enfoque no pretende sustituir la alianza con Estados Unidos, sino crear opciones: diversificación de los proveedores de armas, fortalecimiento de las industrias de defensa nacionales y cooperación entre aliados, sin pasar por Washington. De este modo, permitiría reducir el riesgo que el investigador Olivier Schmitt denomina «chantaje de protección» y evitar que las dependencias se conviertan en vulnerabilidades que conduzcan a una vasallización.
En el Departamento de Guerra, no tememos que se trate de una posibilidad seria. Lo que más nos preocupa es que algunos aliados y socios se lo crean y malgasten tiempo, dinero y un valioso capital político en una distracción.
Desde nuestro punto de vista, una estrategia colectiva de las potencias medias se basa en una concepción errónea de las relaciones internacionales. Somos realistas flexibles. Por lo tanto, vemos la escena internacional a través del prisma de los intereses, la geografía, la economía, el poder militar, etc. Las «potencias medias» carecen de una base coherente para alinearse.
Sin embargo, existe una base coherente para la alineación, y es perfectamente realista: la necesidad compartida de reducir la exposición a las amenazas imperiales de Estados Unidos. Ni Canadá ni los miembros de la Unión comparten una geografía ni amenazas comunes, pero se enfrentan al mismo proveedor dominante y al mismo protector impredecible, y es precisamente así como el realismo explica la formación de coaliciones: no por afinidad, sino por la exposición común a una potencia capaz de perjudicar a cada uno de ellos. El historiador y politólogo Alexander Clarkson advierte contra una interpretación que reduzca la estrategia de las potencias medias (el discurso de Carney, los esfuerzos de autonomía estratégica de la Unión) a una mera reacción ante la imprevisibilidad política estadounidense, como si un cambio de administración en Washington bastara para restablecer la confianza. Tendencias estructurales más profundas (económicas, demográficas, institucionales y culturales) sugieren que Estados Unidos podría ya no estar en condiciones de mantener el estatus de hiperpotencia que sus élites dan por sentado.
No está claro qué declaraciones han motivado estas palabras de Colby, quien, no obstante, es conocido por haber cuestionado en el pasado la relación de Estados Unidos con Taiwán, al afirmar que la isla «no constituía un interés vital» para Washington. La propia definición de esta estrategia de las «potencias medias» es, por otra parte, objeto de debate: la India se niega a que se la considere parte de este grupo, mientras que Francia y el Reino Unido, en particular —dos países dotados de armas nucleares y miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU—, no se consideran como tales.
Según nuestra experiencia, esto tampoco se ve confirmado por la realidad. Observamos un resurgimiento del deseo de colaboración con Estados Unidos, y no una disminución. Bajo el liderazgo del presidente Trump, los países no solo ven el valor de la implicación estadounidense, sino que ya no pueden darla por sentada. Sin duda, observamos una señal de demanda increíblemente fuerte y constante de la presencia y el compromiso militares estadounidenses en todo el mundo.
Clarkson destaca la paradoja de este argumento: tratar a los aliados como vasallos, amenazar su integridad territorial, imponer aranceles unilaterales, poner en tela de juicio compromisos de seguridad históricos y desviar los envíos de armas contratados, para luego sorprenderse de que esos mismos aliados busquen una mayor autonomía o socios alternativos. La «señal de demanda» que Colby interpreta como una validación podría reflejar igualmente la dependencia a corto plazo de unos aliados que, al mismo tiempo, ya están haciendo otros planes.
Al intentar demostrar el papel central de Estados Unidos en las iniciativas y coaliciones internacionales, especialmente en materia de seguridad y defensa, Colby parece, sobre todo, revelar cierta inquietud ante los esfuerzos europeos de rearme y la formación de un frente común frente a las crisis —desde Ucrania hasta la guerra en Irán—. Al poner fin a la ayuda a Ucrania, la administración de Trump se ha privado de una valiosa palanca de influencia para intentar influir en las negociaciones diplomáticas entre Kiev y Moscú. El vacío dejado en las capacidades defensivas y ofensivas ucranianas ha sido cubierto desde entonces tanto por la propia industria ucraniana —especialmente en materia de drones— como por los países europeos.
El 13 de julio, la víspera de la declaración de Colby, diez países europeos (Dinamarca, Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, Noruega, España, Suecia, Ucrania y el Reino Unido) anunciaron la creación de la Coalición Integrada contra los Misiles Balísticos, cuyo objetivo será «crear una capacidad compartida contra los misiles balísticos para Europa». En París, Zelenski y Macron firmaron una hoja de ruta que debería culminar con la entrega de 16 aviones Rafale al ejército ucraniano entre 2027 y 2028, así como de sistemas de defensa antiaérea SAMP/T NG. El acuerdo prevé asimismo la entrega de radares y la producción bajo licencia, en territorio ucraniano, de bombas AASM, misiles antiaéreos Aster 30 y misiles de crucero SCALP. Por su parte, Ucrania proporciona a los Estados y a la industria europea valiosos datos y tecnologías en materia de drones, utilizados en el frente, y prevé la apertura, este año, de diez centros de exportación de armas en Europa que permitirán dar salida a los excedentes de su producción.
Por su parte, Estados Unidos tiene dificultades para acelerar la transformación de sus fuerzas armadas, sobre todo mediante la integración de drones y sistemas no tripulados, cuyas limitaciones han quedado patentes en la guerra contra Irán. Aunque Washington ha recurrido a varios sistemas de drones en el estrecho de Ormuz, como el GARC (Global Autonomous Reconnaissance Craft), una embarcación no tripulada diseñada por la empresa estadounidense BlackSea Technologies, y el LUCAS (Low-Cost Uncrewed Combat Attack System), un OWA adaptado del Shahed-136 iraní, careció, sin embargo, de capacidad de respuesta para contrarrestar los drones iraníes que atacaban sus bases y a sus aliados en la región. Washington también se ha visto obligado a lanzar misiles valorados en varios millones de dólares para interceptar drones que solo valen unos pocos miles. El Pentágono también ha recurrido a Ucrania para aprovechar la experiencia de su ejército en materia de defensa, pero también de producción. El Merops, un sistema antidrones desarrollado por una empresa fundada por el exdirector general de Google, Eric Schmidt, con la ayuda de combatientes ucranianos, es uno de los sistemas solicitados.
El Pentágono tiene como objetivo entregar «decenas de miles» de drones al ejército este año, y «cientos de miles» de aquí a 2027, lo que supone unas 340.000 unidades en dos años. Aunque este objetivo supone un esfuerzo considerable en comparación con años anteriores, sigue estando muy lejos del ritmo de producción de los ejércitos ruso y ucraniano. Kiev se ha fijado el objetivo de producir 7 millones de drones este año, es decir, nueve veces más que en 2023 (800.000 unidades).
Tomemos como ejemplo nuestra industria de defensa y nuestras ventas de armas. Muchos comentarios afirman que, debido a supuestas frustraciones hacia Estados Unidos, la base industrial de defensa estadounidense perderá proporción de mercado en el sector armamentístico. Pero eso no es ni factible ni cierto.
La realidad es que ningún país ni grupo de países puede rivalizar con la base industrial de defensa estadounidense, ni en cantidad ni en calidad.
Clarkson pone de relieve una realidad que esta retórica oculta: la crisis de la construcción naval estadounidense es tal que la Marina de Estados Unidos encarga ahora buques a astilleros coreanos o italianos, y la propia logística militar estadounidense depende de bases situadas en territorio de los aliados, una realidad que quedó recientemente de manifiesto durante las operaciones llevadas a cabo contra Irán, que fueron posibles gracias a las bases estadounidenses en Europa y al acceso facilitado por los países aliados. La afirmación de una superioridad sin rival pasa por alto las crisis estructurales bien documentadas en la producción, el mantenimiento y los recursos humanos militares, a pesar de los colosales presupuestos.
Estados Unidos, como dice el presidente, fabrica el mejor equipamiento, y lo hacemos a una escala que ningún competidor realista puede igualar. Por el contrario, el acceso a la base industrial de defensa estadounidense es un privilegio, no un derecho.
Como señala Fabian Hoffmann en una respuesta en X, Colby afirma, por un lado, que los aliados no deberían intentar replicar o suplantar la base industrial de defensa estadounidense y, por otro, que el acceso a la misma es «un privilegio, no un derecho». Ambas afirmaciones son incompatibles: si el acceso puede revocarse según los caprichos políticos de Washington, entonces la diversificación de los aliados no es una «distracción», sino precisamente el comportamiento racional que un realista debería anticipar. Como resume Hoffmann al darle la vuelta a su argumento: «aquí todos somos realistas».
Al mismo tiempo, las empresas estadounidenses están a la vanguardia de la tecnología avanzada. No existe ninguna alternativa creíble en el mundo libre a la tecnología estadounidense y a sus implicaciones para la defensa.
Esto no significa que los aliados y socios deban renunciar a aumentar el gasto o a invertir en su propia base industrial de defensa. Todo lo contrario. Un mayor gasto nos beneficiará a todos y, en particular, a la propia seguridad de nuestros aliados. Y acogemos con satisfacción las inversiones de los aliados en sus propias bases industriales de defensa, pero de forma colaborativa con la de Estados Unidos, en lugar de intentar en vano reproducirla o suplantarla.
A modo de respuesta, el ensayista conservador y antiguo redactor de George W. Bush, David Frum, invoca un precedente que Colby «sin duda conoce bien»: la Liga de Delos. Atenas, al frente de una confederación de ciudades griegas que habían vencido a Persia, se apoderó en el año 454 a. C. del tesoro común conservado en Delos: «el dinero recaudado de todas las ciudades para la defensa colectiva fue gastado por los atenienses en su propia ciudad». Los aliados estafados, «legítimamente indignados», se rebelaron en algunos casos «y fueron rápidamente aplastados». «La antigua alianza resultaba ser ahora un imperio ateniense». Este se mantuvo mientras la guerra contra Esparta iba bien, «pero luego la guerra dejó de ir bien para Atenas», y las antiguas aliadas, convertidas en ciudades sometidas, «aprovecharon la oportunidad para desertar». Esparta era «un régimen detestable, pero prometía respetar los derechos de los demás» y, «a diferencia de los atenienses, los espartanos tenían fama de cumplir sus promesas». «Esparta ganó la guerra, Atenas perdió su imperio para siempre». Frum extrae de ello dos lecciones. La primera: «se pueden extorsionar recursos a los súbditos, pero estos buscarán una salida —y es más probable que la encuentren precisamente en el momento en que el imperio más necesita sus contribuciones. Por muy rebeldes que sean, las alianzas son más sólidas en una crisis». La segunda, «aún más pertinente», apunta directamente a Colby: «Nunca aceptes la etiqueta autoelogiosa de “realista” por parte de quienes pasan por alto los beneficios de la colaboración, el valor de los demás y el poder de los ideales como motor del comportamiento humano. Ese supuesto ‘realismo’es una fantasía académica». Con una conclusión: «Bajo el mandato de Donald Trump, sus antiguos aliados perciben a Estados Unidos como un país depredador, poco digno de confianza y profundamente corrupto». Tanto aliados como adversarios consideran que la política estadounidense está «impulsada por la malicia, la impulsividad, la ignorancia, la arrogancia y la corrupción», y «estas percepciones desfavorables merman directamente el poderío estadounidense». [Porque] los líderes solo son líderes en la medida en que atraen a seguidores voluntarios. Cuando los seguidores dejan de ser voluntarios, o bien desertan, o bien deben ser controlados por la fuerza. Y la fuerza nunca es suficiente».
Notas al pie
- Elbridge A. Colby, The Strategy of Denial: American Defense in an Age of Great Power Conflict, Londres, Yale University Press, 2021.
- Publicación en la cuenta de X del subsecretario de Guerra, 14 de julio de 2026.