La guerra en Ucrania día a día

Los ocho escenarios de la guerra en Ucrania (texto completo de la nota de Sberbank)

Una nota interna atribuida al mayor banco ruso revela la lógica y los callejones sin salida del conflicto desde la perspectiva de Moscú.

La traducimos por primera vez al español.

A finales de agosto de 2026, un grupo de hackers que se hace llamar Black Mirror publicó en Telegram una serie de capturas de pantalla que, según afirmaban, eran extractos de la correspondencia electrónica de uno de los principales personajes del panorama político y económico ruso: German Gref, director ejecutivo de Sberbank, el primer banco del país. 1

Este documento, publicado bajo el título «Escenarios para salir de la guerra en el conflicto entre Rusia y Ucrania», se presenta como una nota analítica interna de Sberbank con fecha de abril. En él se esbozan ocho escenarios para salir de la guerra, ofreciendo en cada caso una estimación de su probabilidad, así como observaciones sobre el contexto económico y geopolítico que podría conducir a ese desenlace. 

Los medios de comunicación rusos de la oposición hicieron eco inmediatamente de esta filtración, subrayando que —como era de esperar— no habían podido obtener ninguna confirmación de la autenticidad del documento. No obstante, algunos periodistas observaron que ciertos datos coincidían con las declaraciones de German Gref en materia de previsiones económicas. 2

Los escenarios analizados van desde el más beneficioso hasta el menos ventajoso para Rusia, y abarcan sucesivamente una victoria en los términos de Rusia, un agotamiento de Occidente, un acuerdo impuesto por Donald Trump, una congelación del conflicto, una guerra prolongada, una paz pactada, una paz en los términos de Ucrania o de Europa y, por último, los escenarios más impredecibles, que llegan hasta la revolución tecnológica y la escalada nuclear con la OTAN.

El aspecto más destacado por los analistas rusos sigue siendo la estimación extremadamente baja —solo un 7 %— de la probabilidad de una victoria rusa gracias a una ventaja militar decisiva. Sin embargo, hay muchos otros elementos que merecerían toda nuestra atención.

En primer lugar, el texto hace referencia constantemente a las «pérdidas», atreviéndose además a dar cifras que las autoridades nunca se atreverían a hacer públicas, pero sin mencionar ni una sola vez la expresión «pérdidas humanas». Para los analistas de Sberbank, aficionados a las simulaciones abstractas y a la «teoría de juegos», la guerra no es más que una cuestión de cifras y, desde ese punto de vista, la pérdida de cientos de miles de vidas humanas se sitúa al mismo nivel que la de una décima de punto del PIB.

Este documento confirma, además, que, en los círculos más cercanos al poder, los belicistas extremistas como Serguéi Karaganov y Nikolai Patrushev, que no dudan en promover una solución nuclear a la guerra en Ucrania, son percibidos efectivamente como «halcones» al servicio de la comunicación estratégica rusa; en otras palabras, como especialistas en agitación y propaganda.

Por último, la «filtración de Sberbank» ofrece una perspectiva bastante inesperada sobre el estado mental del presidente ruso y el alcance de su apoyo entre la opinión pública. Por un lado, los analistas no dudan en plasmar por escrito una realidad sociológica que el Kremlin preferiría silenciar: el apoyo popular a Vladimir Putin se erosiona día a día, mientras que las encuestas tienden a sobrevalorarlo, debido al miedo a la represión que anima a los encuestados. Por otro lado, los autores del informe se extienden ampliamente sobre el punto de vista occidental respecto a las consecuencias nefastas de los «sesgos cognitivos del líder ruso», que podrían empujarlo a continuar con operaciones costosas con la esperanza de obtener una compensación, en lugar de asumir la situación real de forma objetiva y racional. La prosa de los altos responsables rusos no nos tenía acostumbrados a esta franqueza, lo que refuerza la hipótesis de que se trata de un documento de uso interno, destinado sin duda únicamente a los círculos económicos, sin intención de que circule por el Kremlin.

Por último, cabe señalar que algunas de las hipótesis planteadas en este documento de abril de 2026 ya han quedado obsoletas debido al vertiginoso desarrollo de los acontecimientos internacionales. La suspensión del conflicto iraní y la tregua entre Ucrania y Rusia quedan tan lejos en el tiempo que quizá ya se hayan borrado de unas memorias saturadas por la actualidad. En cambio, varios de los factores destacados —empezando por los ataques ucranianos en profundidad, el calendario electoral estadounidense y las tensiones políticas internas en Ucrania— cobran hoy una relevancia multiplicada por diez, lo que mantiene la vigencia de los principales escenarios planteados por los analistas de Sberbank.

Cabe destacar una última observación: el documento atribuye una probabilidad muy baja a un enfrentamiento directo entre la OTAN y Rusia, entre el 1 % y el 2 %. Según fuentes citadas por el Wall Street Journal, la visita del director de la CIA, John Ratcliffe, el 25 de agosto, tenía precisamente como objetivo advertir a Putin contra cualquier intento de «poner a prueba la determinación de la OTAN» mediante ataques contra la Alianza, mientras que los servicios de inteligencia estadounidenses estiman que Rusia podría intentar intensificar su guerra híbrida contra Europa lanzando ciberataques, o incluso enviando combatientes a un país del flanco oriental.

Este documento presenta ocho escenarios de evolución del conflicto, desde el desenlace más favorable para Rusia hasta el menos favorable. Cada uno de estos escenarios ofrece una estimación de su probabilidad, un plazo de ejecución, una valoración de las estrategias de las partes, datos sociológicos, un marco jurídico, así como observaciones sobre los factores tecnológicos y las limitaciones en materia de recursos. Las probabilidades respectivas se calculan de manera que sumen un total del 100 %.

A fecha de abril de 2026, y según los datos del Banco Central de Rusia, Rosstat y el Ministerio de Hacienda, el contexto económico es el siguiente: tasa de interés de referencia del 15 % (reducido desde el 15,5 % a partir del 23 de marzo de 2026), inflación anual del 5,9 % (Rosstat, marzo de 2026), aunque la población la percibe en un 15,6 %; tipo de cambio de un dólar por 76,97 rublos, un euro por 90,01 rublos y un yuan por 11,25 (Banco Central de Rusia, 11 de abril); tasa de interés de referencia prevista para finales de 2026 del 12-13 % (Sberbank, Tsifra Broker).

Déficit presupuestario del primer trimestre: 4,58 billones de rublos (frente a un objetivo anual de 3,8 billones); ingresos por petróleo y gas de 1,44 billones, lo que supone un descenso del 45,4 %; gastos de 12,89 billones, lo que supone un aumento del 17 %. El Ministerio de Hacienda explica este fenómeno por una prefinanciación anticipada de los contratos. Aunque el primer trimestre no puede extrapolarse de forma lineal al conjunto del año, la tendencia sigue siendo preocupante. 

En cuanto al Fondo de la Riqueza Nacional de la Federación Rusa, la parte líquida se ha reducido en 4 billones de rublos (el 1,7 % del PIB), hasta alcanzar un volumen total de 13,6 billones. En el primer trimestre se retiraron 400.000 millones. Al ritmo actual, la parte líquida podría agotarse antes de que termine el año en curso. 

Una alternativa consistiría en aumentar la emisión de bonos del Estado, teniendo en cuenta que la deuda pública asciende a 31,3 billones en marzo de 2026. El gobierno tiene previsto aumentar el déficit y el gasto militar. Se estima que el multiplicador militar es de 1,5x (por lo tanto, cada rublo de gasto militar genera 1,5 rublos de PIB, pero en detrimento del sector civil).

El contexto geopolítico presenta las siguientes características: tregua de Pascua del 11 al 12 de abril, anunciada unilateralmente por Putin el 9 de abril y aceptada por Ucrania; tregua de dos semanas entre Estados Unidos e Irán en el mes de abril, con la mediación de Pakistán, que ha hecho que el precio del Brent vuelva a situarse por debajo de los 100 dólares; ruptura por parte de Ucrania de 116 acuerdos con Rusia, Bielorrusia y la Comunidad de Estados Independientes. 

Un aspecto fundamental en este sentido es la protección de la retaguardia. Antes de analizar los escenarios estratégicos, debemos partir de la siguiente constatación: ninguno de ellos es viable sin abordar de frente el problema de la protección de la retaguardia, tanto en el plano militar como en el económico. 

En el ámbito militar, Ucrania lleva desde 2024 llevando a cabo una campaña sistemática de ataques contra infraestructuras estratégicas rusas. Entre el 10 % y el 15 % de la capacidad de refinado ha resultado dañada: cabe destacar la refinería NORSI de Nizhni Nóvgorod, las plantas de Sarátov, Volgogrado, Kirichi, las plataformas de Lukoil en el mar Caspio y las terminales de Novorossiisk, Primorsk y Ust-Luga. Estos ataques con drones han alcanzado territorio ruso hasta 1.000 km, e incluso más allá, más allá de la línea del frente.

El arsenal ucraniano ha incorporado un nuevo misil de crucero, el Flamingo (FP-5 de la empresa Fire Point, basado en los avances del grupo británico Milanion Group). Este misil, lanzado desde un remolque en tierra, tiene un alcance de hasta 3.000 km según fuentes ucranianas (las estimaciones rusas se inclinan más bien por los 1.000 km), una velocidad de 950 km/h y una carga útil de entre 1.000 y 1.150 kg. Se estima que la producción supera las 50 unidades al mes gracias a un diseño simplificado. Su primer uso en combate tuvo lugar en febrero de 2025, con ataques contra una fábrica de explosivos y una instalación nuclear situada a 1.500 km de profundidad. Hasta abril de 2026, la defensa antiaérea rusa solo había interceptado cuatro de estos misiles, lo que pone de manifiesto la dificultad para detectarlos (carcasa de material compuesto, vuelo a baja altitud). Por último, cabe añadir que actualmente se están desarrollando el misil balístico FP-7 (200-300 km, 1.500 m/s) y el FP-9 (850 km, hasta 800 kg de carga).

Por su parte, Rusia recurre cada vez más a los misiles hipersónicos «Tsirkon», con tantos lanzamientos en febrero de 2026 como en los dos años anteriores. Por su parte, el «Kindjal» sigue utilizándose contra objetivos estratégicos.

Por otra parte, se estima que se habría perdido hasta un 35 % de los componentes de los sistemas de defensa antiaérea de la retaguardia. El ritmo de sustitución de los S-300/S-400 es más lento que el de las pérdidas. Si no se reconstituye el escudo antiaéreo que protege las instalaciones y los equipos situados en la retaguardia, los ataques seguirán intensificándose.

Al mismo tiempo, Ucrania intensifica de forma sistemática sus ataques en profundidad contra los aeródromos situados en territorio ruso, lo que agrava aún más las pérdidas de la aviación, que, sin embargo, constituyen un recurso fundamental (a modo de recordatorio, la producción del Su-34 oscila entre 13 y 17 unidades al año, con pérdidas importantes).

En el ámbito económico, la elevada tasa de interés de referencia (15 %) asfixia al sector civil. El crédito hipotecario ha caído un 45 %, la construcción un 8,2 % y el crecimiento del crédito se estanca en el 2,1 %, frente a más del 12 % antes de la guerra. La actividad inversora se ha reducido a lo estrictamente necesario: estas tasas elevadas disuaden a las empresas de embarcarse en nuevos proyectos. La previsión de una bajada de la tasa hasta el 12-13 % de aquí a finales de 2026 abre así una perspectiva de alivio, pero cabe prever que el sector civil seguirá estancado al menos hasta el verano.

Por último, se registra una escasez de mano de obra en las empresas de defensa, de entre 80.000 y 400.000 personas. En septiembre de 2025, la producción de munición sufrió su primer descenso. Hay tres ámbitos especialmente críticos: la microelectrónica (sin componentes occidentales, la producción de armas de precisión aumenta drásticamente), las municiones (siendo aquí el factor limitante la mano de obra, no los recursos financieros) y los motores (la producción está saturada en los sectores de la aviación, la marina y la balística).

La tecnología desempeña aquí un papel fundamental. Los drones se han convertido en el factor determinante de la guerra. Ambos bandos están aumentando su producción, y cada uno de ellos adopta estrategias diferentes.

Por parte de Rusia, se observa una capacidad nominal de entre 7 y 9 millones de drones FPV al año. La tasa real de producción de drones operativos se sitúa entre el 60 % y el 70 %, con una eficacia en combate (destrucción de objetivos) del 30 % al 40 %. El dron Lancet ha alcanzado una autonomía básica que le permite buscar y destruir sus objetivos sin la intervención de un operador. La puesta en servicio de drones con fibra óptica, resistentes a las interferencias electrónicas, es ya masiva. La estrategia elegida es, por tanto, la predominancia cuantitativa.

Por parte de Ucrania, FirePoint fabrica 200 drones de ataque de largo alcance al día (es decir, 6.000 al mes), con siete generaciones sucesivas en un plazo de cuatro años. Los drones pesados del regimiento Nemesis son capaces de destruir los sistemas de defensa antiaérea (Buk, Tor, Pantsir). El alcance de los FPV ucranianos se ha triplicado, alcanzando ahora los 150 km. 

Por lo tanto, la estrategia elegida es la de la superioridad cualitativa, con una navegación independiente del GPS, un sistema de guiado basado en el aprendizaje automático y resistencia a las interferencias.

No obstante, la brecha entre ambas partes tiende a reducirse. Si bien Rusia mantiene la ventaja cuantitativa, mientras que Ucrania sigue teniendo la ventaja cualitativa, Rusia está introduciendo progresivamente la inteligencia artificial (autonomía del dron Lancet) y Ucrania está aumentando sus volúmenes de producción.

Gracias a la introducción de la inteligencia artificial en la cadena militar, el ciclo «observación – orientación – decisión – acción» se acorta, pasando de varias horas a unos pocos minutos. Las operaciones de ISR (inteligencia, vigilancia y reconocimiento) también son gestionadas por la inteligencia artificial, que identifica los objetivos y transmite automáticamente sus coordenadas. Ante los enjambres de drones, el ser humano se queda «a la zaga»: es la IA la que marca el ritmo operativo. En estas condiciones, el primer bando que consiga crear y emplear enjambres de drones totalmente autónomos obtendrá una ventaja táctica decisiva.

Rusia apuesta por una producción a escala industrial, con modelos de IA propios para sus necesidades militares. Ucrania, por el contrario, utiliza programas de IA occidentales, con una integración más flexible que ofrece ventajas en cuanto a adaptabilidad.

En cuanto a la movilización y los mandos, Rusia se ha fijado el objetivo de alcanzar los 400.000 nuevos contratados en 2026. El reclutamiento actual es de 80.000 por trimestre. Las bajas (estimación de los expertos con ajuste militar) oscilan entre 20.000 y 25.000 al mes. El 90 % de los nuevos soldados contratados sirven para compensar las bajas, no para formar nuevas unidades. Las primas de alistamiento ascienden ahora a más de 400.000 rublos. No se contempla una movilización general, ya que su riesgo político se considera inaceptable. Por último, la OTAN advierte del riesgo de ataques rusos en el territorio de la Alianza de aquí a 2027-2030.

En Ucrania, la reserva de movilización está llegando al límite, hasta tal punto que se está estudiando la posibilidad de reducir la edad de movilización. Una tasa de deserción del 15 % se considera normal en los conflictos prolongados (según los sociólogos).

Para establecer el marco jurídico, hay que señalar en primer lugar que Ucrania ha roto 116 acuerdos con Rusia, Bielorrusia y la Comunidad de Estados Independientes. De jure, la ONU y la mayoría de los Estados reconocen las fronteras de 1991. De facto, Rusia controla aproximadamente el 20 % del territorio ucraniano. El Consejo de Seguridad de la ONU se encuentra bloqueado por el veto ruso. Las opciones de formalización jurídica son las siguientes: 

  • Modelo taiwanés: reconocimiento de facto, pero no de jure (Estados Unidos reconoce sin reconocer); 
  • Modelo chipriota: reivindicación constitucional a pesar de una división de facto, adhesión de una sola parte del territorio a la Unión Europea; 
  • Modelo RFA/RDA: dos Estados, una sola nación.

La analogía con el caso chipriota es aquí la más pertinente: crisis constitucional (Zelenski se queda sin mandato tras la expiración de sus poderes), reivindicación sobre la totalidad del territorio a pesar de la incapacidad para garantizar su control. Estados Unidos podría reconocer una partición de facto; la Unión Europea se opondría rotundamente, ya que el proceso de integración europea de Ucrania exige el reconocimiento de la integridad territorial.

En el ámbito social, el índice de aprobación de Putin se situó entre el 67,8 % y el 70,% en Rusia entre marzo y abril de 2026, lo que supone el mínimo registrado desde 2022, con una tendencia a la baja. En 2026 no se publicó ninguna encuesta que se centrara directamente en el apoyo a la «operación militar especial». Las encuestas independientes (2024-2025) indicaban un apoyo del 70-75 %. Sin embargo, los expertos señalan que las encuestas sobreestiman este apoyo entre 10 y 15 puntos debido a la «espiral del silencio», por lo que el apoyo real se situaría más bien entre el 55 % y el 65 %. Por su parte, la intención de voto para «Rusia Unida» de cara a las elecciones a la Duma de 2026 es del 31 %.

En Estados Unidos, los principales institutos de sondeos no han publicado nuevos datos sobre el apoyo a Ucrania para el año 2026. Los últimos datos disponibles (2024-2025) mostraban un descenso del 60 % al 40-50 %. Según indicios indirectos, como el desplome del apoyo entre los republicanos (un 18 % en 2025 frente al 35 % de marzo de 2025), se prevé que esta tendencia continúe. Esta situación le da a Trump «carta blanca sociológica» para cualquier tipo de acuerdo.

Por último, en Europa, las encuestas muestran una estabilización, más que un descenso, del apoyo a Ucrania. No se trata tanto de cansancio como de la consolidación de una nueva norma, inspirada en la voluntad de apoyar a Ucrania de forma indefinida, siempre que se evite cualquier escalada del conflicto. 

Primer escenario: ventaja militar decisiva de Rusia

Probabilidad: 7 %

Plazo: 12-24 meses

Este escenario prevé el control total de los cuatro «nuevos sujetos» de la Federación Rusa (las repúblicas autónomas de Donetsk y Lugansk, y las óblast de Zaporizhia y Jersón dentro de sus fronteras administrativas), así como de la región de Jarkov. Supone que Ucrania se vea obligada a negociar desde una posición de dominio militar absoluto. Sin embargo, no contempla la toma de Kiev, sino la creación de condiciones que harían que continuar con la resistencia careciera de sentido desde el punto de vista militar.

Las condiciones previas son una segunda oleada de movilización en Rusia de al menos 300.000, o incluso 500.000 personas. Sin esta movilización, los efectivos siguen estando muy por debajo de las cifras necesarias para una ofensiva a gran escala. Los 80.000 contratados actuales por trimestre compensan las bajas estimadas en 20.000 o 25.000 al mes, sin que ello permita, sin embargo, un aumento real de la capacidad bélica. El 90 % de los nuevos contratados sirve para cubrir las bajas, no para formar grupos de asalto. Debido a las restricciones presupuestarias del país, las primas de alistamiento, que ya ascienden a más de 400.000 rublos, no pueden aumentarse.

Las reformas de Andréi Belusov [ministro de Defensa ruso] se centran en la digitalización y la lucha contra la corrupción. Han dado resultados concretos: por un lado, la tramitación electrónica sustituye a 2,5 millones de documentos en papel al año; por otro, las interrupciones en el suministro de munición se han reducido en un 40 %. A pesar de todo, los problemas de personal (empezando por la rotación de los mandos que han fracasado en sus misiones) se resuelven lentamente.

Ante este escenario, resultaría necesario un aumento masivo del apoyo aéreo. La producción de kits de bombas UMPK y de bombas planeadoras sigue siendo un cuello de botella para la producción rusa. El costo del equivalente ruso al JDAM [Joint Direct Attack Munition, bomba guiada fabricada por Boeing] asciende a entre 20.000 y 30.000 dólares, frente a los 200.000 dólares que cuestan los sistemas de alta precisión: de ahí la necesidad de plantearse un cambio hacia munición guiada de bajo costo que pueda producirse en masa.

Otro aspecto fundamental es resolver las dificultades relacionadas con la defensa antiaérea de la retaguardia; de lo contrario, continuarán los ataques ucranianos contra las refinerías y los aeródromos. El misil de crucero ucraniano Flamingo (FP-5) es capaz de alcanzar objetivos a más de 1.500 km de profundidad; además, cuenta con un casco compuesto que dificulta su detección por radar. Por otra parte, Ucrania está desarrollando el misil balístico FP-7 (200-300 k, 1.500 m/s, precisión de 14 metros) y el FP-9 (850 km, hasta 800 kg de carga), al tiempo que negocia con Francia la adquisición de sistemas SAMP/T de nueva generación para reforzar su propia defensa antiaérea.

Un avance en el ámbito de los enjambres de drones autónomos resultaría aquí decisivo. El primer bando que lograra este salto tecnológico a escala de división, con miles de unidades coordinadas por inteligencia artificial y sin operadores, obtendría una ventaja táctica decisiva.

En este escenario, la estrategia rusa consistiría en concentrar sus fuerzas en dos o tres ejes operativos: Sloviansk-Kramatorsk, el principal nodo defensivo del Donbás; Zaporizhia, que controla el acceso al centro industrial; y Jarkov, como símbolo político. Esta opción supone un uso masivo de la aviación equipada con bombas UMPK, enjambres de drones pilotados por IA y ataques en profundidad contra la logística de las fuerzas armadas ucranianas, así como un aumento considerable del gasto militar ; de este modo, el gobierno ruso prevé aumentar el déficit presupuestario por encima de los 3,8 billones de rublos previstos en el plan.

Por su parte, Ucrania se basa en una defensa en profundidad, con varios niveles y zonas fortificadas. Sus ataques masivos contra la retaguardia (la operación «Flamingo» contra refinerías y depósitos, drones FPV con un alcance de 150 km contra vehículos blindados y personal, drones pesados del regimiento Nemesis contra los sistemas de defensa antiaérea) tienen como objetivo hacer que el costo de la ofensiva resulte inaceptable para Rusia. Apuesta fundamentalmente por sistemas de defensa antiaérea occidentales de nueva generación y por la superioridad cualitativa de sus drones guiados por aprendizaje automático y con navegación independiente del GPS.

Por parte de Estados Unidos y Europa, cabe esperar que se ejerza presión a favor de las negociaciones en caso de una retirada masiva de las Fuerzas Armadas ucranianas. Trump aprovechará esta situación para llevar a cabo su «acuerdo del siglo». Europa está aumentando su propia producción militar (inversiones checas en proyectiles, misiles IRIS-T alemanes, cañones Caesar franceses) hasta alcanzar un volumen acumulado de entre 50.000 y 60.000 millones de dólares en producción militar de aquí a 2027.

Desde el punto de vista de la teoría de juegos, en una situación de «guerra de desgaste» (War of Attrition), la parte que sale victoriosa es la que está más dispuesta a asumir los costos. Rusia cuenta con una ventaja demográfica e industrial, pero Ucrania la compensa con su apoyo exterior. Según el equilibrio de Nash, ambas partes continúan mientras el costo marginal de las operaciones no supere su beneficio marginal. Para Rusia, el beneficio marginal incluye el control territorial y la seguridad estratégica; para Ucrania, la soberanía y la integridad territorial. Ninguna de las dos partes está dispuesta a volver a empezar desde cero.

En el ámbito social, la movilización supone el principal riesgo para Rusia. Las encuestas indican —aunque de forma indirecta— un descenso en el índice de aprobación de Putin: el 67,8 % registrado entre el 30 de marzo y el 5 de abril de 2026 supone, sin duda, el mínimo desde el inicio de la operación militar especial en 2022, y la tendencia es a la baja. Los expertos, por otra parte, matizan estos resultados señalando que las encuestas sobreestiman este índice de popularidad entre 10 y 15 puntos debido a la «espiral del silencio», que empuja a los encuestados a dar respuestas socialmente aceptables. Por lo tanto, el apoyo real se situaría más bien entre el 55 % y el 65 %. Una nueva oleada de movilización podría hacer que cayera entre 10 y 15 puntos más. Sin embargo, en caso de una ofensiva exitosa, un efecto de «rally ‘round the flag» podría compensar este retroceso. La experiencia histórica demuestra que los primeros meses tras la adopción de medidas de movilización también van acompañados de un aumento del sentimiento patriótico.

Por parte de Ucrania, aunque la movilización esté llegando al límite de sus reservas, hay que señalar que la motivación defensiva suele ser mayor que el impulso ofensivo. Ucrania lucha por su supervivencia, no por una expansión territorial.

Desde el punto de vista jurídico, Rusia podría invocar los resultados de los referéndums de 2022 (no reconocidos por la comunidad internacional) en caso de que obtuviera el control total de las «cuatro entidades» en cuestión. Estados Unidos podría entonces reconocer esta situación siguiendo el modelo de Taiwán (mantener relaciones comerciales e interactuar, sin reconocerla formalmente), mientras que la Unión Europea se opondría categóricamente debido a las perspectivas de integración europea de Ucrania. La ONU sigue bloqueada por el veto ruso en el Consejo de Seguridad. La Asamblea General podría aprobar una resolución declarativa, pero esta carecería por completo de carácter vinculante.

Desde el punto de vista tecnológico, este giro decisivo exigiría que Rusia fuera la primera en desplegar enjambres de drones autónomos a escala de división. El dron autónomo Lancet, capaz de buscar y destruir objetivos sin el apoyo de un operador, ya constituye un primer paso en esa dirección. Los drones con fibra óptica, resistentes a las interferencias, ya se utilizan de forma masiva, pero el siguiente paso consistiría en coordinar, en esta ocasión, cientos de drones a través de un único controlador de IA.

El riesgo aquí es que Ucrania responda más rápido, valiéndose de programas de inteligencia artificial occidentales (algoritmos de aprendizaje automático para el guiado y visión artificial para la navegación autónoma). En cualquier caso, el ciclo «observación – orientación – decisión – acción» se acorta por todos los frentes: lo que en 2022 suponía varias horas, en 2026 se cuenta en minutos. Ahora es la IA la que marca el ritmo operativo, relegando al ser humano al final de la cadena del proceso de toma de decisiones.

Desde el punto de vista ruso, se prevé un «año decisivo». Algunos expertos militares, como Dmitri Abzalov o Yuri Podoliaka, observan que se ha abierto una «ventana» estacional propicia para la ofensiva. Con la República Autónoma de Lugansk, el 1 de abril se completó la toma de control por parte de Rusia del primero de los cuatro «nuevos sujetos». El siguiente objetivo es ahora la República Autónoma de Donetsk, con Sloviansk y Kramatorsk. Sin embargo, el ritmo de avance (entre 100 y 200 metros al día en los sectores de intensa actividad) sigue siendo demasiado lento. Una incursión de gran envergadura requeriría un ejército de naturaleza totalmente diferente, respaldado por una nueva movilización y por una superioridad tecnológica demostrada.

Desde el punto de vista occidental, los analistas no consideran realista que Rusia consiga una ventaja militar decisiva. El coronel Robert Hamilton, retirado del ejército estadounidense, considera que «Rusia ha construido en cuatro años un ejército capaz de adaptarse, pero incapaz de lograr avances reales: su estilo de combate sigue siendo de carácter industrial más que de maniobra». Por su parte, Samuel Charap califica el conflicto de «catástrofe estratégica» para Rusia, que continúa por pura inercia debido a los costos irrecuperables (sunk cost fallacy): cuanto mayores son las inversiones, más difícil resulta para un país detenerse.

¿Por qué solo le atribuimos un 7 % de probabilidad a este escenario? Sin movilización, Rusia carece de efectivos. Si no se resuelven los problemas de defensa antiaérea, continuarán los ataques contra las infraestructuras. Estas condiciones hacen que el escenario resulte poco realista, aunque sin descartarlo por completo. Cada uno de estos factores podría cambiar por decisión del comandante supremo.

Segundo escenario: el agotamiento de Occidente y la paz en los términos que dicte Rusia

Probabilidad: 12 %

Plazo: 12-18 meses

Ucrania está perdiendo de forma crítica el apoyo de Occidente. En este escenario, la derrota no es tanto militar como política: los aliados dejan, pura y simplemente, de financiar la guerra. Rusia consigue la congelación de los territorios, el levantamiento de parte de las sanciones y garantías de que Ucrania no se adherirá a la OTAN.

Este escenario supone la unión de tres factores: 

  • El apoyo cae por debajo del 30 % en Estados Unidos (una tendencia confirmada, ya que ha pasado del 60 % en 2022 al 35-40 % en 2025-2026, y hasta el 18 % entre los republicanos); 
  • En el invierno de 2026-2027 se produce una crisis energética en Europa (el gas natural licuado estadounidense es caro y logísticamente frágil, sin contar que cualquier incidente en el estrecho de Ormuz o un huracán en el Golfo de México provocaría una subida vertiginosa de los precios, como cuando el Brent alcanzó los 117 dólares antes de la tregua del 8 de abril con Irán); 
  • Surge una crisis política interna en Ucrania (Zelenski se queda sin mandato tras la expiración de su mandato presidencial, lo que da lugar a un punto muerto constitucional, en un contexto de legitimidad cuestionada tanto dentro del país como desde el punto de vista de los principales socios internacionales).

La estrategia de Rusia en este caso es la presión multivectorial, que incluye: 

  • El mantenimiento de los territorios ocupados y un avance lento en el frente; 
  • El uso de la palanca energética (preparación para el invierno de 2026-2027, un periodo de mayor vulnerabilidad para Europa); 
  • Una presión diplomática constante a través de «desestabilizadores» dentro de la Unión Europea (Orbán en Hungría y Fico en Eslovaquia), que podrían obstaculizar el consenso sobre la ayuda a Ucrania. Según algunos analistas, Zelenski destinaría parte de la ayuda occidental a financiar a la oposición en Hungría. 

En este sentido, el factor tiempo es la principal ventaja de Rusia. Cada mes de espera debilita tanto el apoyo occidental como la movilización ucraniana y la unidad europea.

En este escenario, Ucrania intenta recuperar la iniciativa antes de que se derrumbe su apoyo internacional mediante ataques masivos en profundidad contra las refinerías enemigas, con el objetivo de encarecer el costo de la guerra para el presupuesto federal ruso. Sus drones FPV, con un alcance de 150 km, atacan los depósitos de retaguardia y los vehículos blindados, mientras que el regimiento Nemesis destruye los sistemas de defensa antiaérea rusos (Buk, Tor, Pantsir), despejando así el cielo para sus drones de ataque. Por último, Ucrania ejerce presión diplomática a través de la Unión Europea para obtener otras fuentes de apoyo. 

En Estados Unidos, las elecciones de mitad de mandato de 2026 son la prioridad de Trump, quien, por lo tanto, buscará una oportunidad para celebrar una «victoria». Sin embargo, el electorado ya ha «dado la espalda» a Ucrania. Podría abrirse un canal secreto entre la Duma rusa y Washington, con una visita de una delegación estadounidense prevista para el verano de 2026. La tregua de dos semanas con Irán, lograda gracias a la mediación pakistaní, ha confirmado una vez más que Trump es capaz de dar los giros diplomáticos más repentinos. Tras Irán, Ucrania sería, por tanto, el próximo objetivo.

Si bien Europa ha previsto una producción militar de entre 50.000 y 60.000 millones de dólares de aquí a 2027, se trata (en el caso de las iniciativas checas, alemanas o francesas) de una sustitución de los volúmenes estadounidenses, no de un aumento de la capacidad en sentido estricto. Cabe recordar también que Orbán y Fico no son realmente aliados de Rusia, sino más bien útiles desestabilizadores del consenso europeo. En Alemania y Francia, los sentimientos pacifistas van en aumento, sin llegar por ello a alcanzar un umbral crítico. La situación en Europa alcanza, por tanto, una especie de «meseta», con una adaptación de la población a la guerra más que un cansancio. Entre el 55 % y el 60 % de los europeos siguen apoyando la ayuda a Ucrania, siempre que no implique una confrontación directa con Rusia.

En teoría de juegos, se hablaría aquí de un «juego del gallina» (chicken game) entre Rusia y Occidente. ¿Quién cederá primero? 

Entre estos dos actores, Ucrania no es un actor autónomo, sino un objeto: la matriz de sus beneficios está controlada por terceros (Estados Unidos a través del apoyo militar, la Unión Europea a través de la ayuda económica). De hecho, Trump puede decidir unilateralmente modificar esta matriz poniendo fin a la ayuda estadounidense. Sin embargo, este mecanismo de compromiso (commitment device) resulta poco fiable: los costos de imagen (audience costs) asociados a la «traición a un aliado» siguen siendo muy reales, aunque disminuyan a medida que se erosiona el apoyo a Ucrania. Por último, una última actualización: si la tregua de Pascua del 11 y 12 de abril se mantiene, aumenta la probabilidad de una solución diplomática; si Rusia la respeta, dicha probabilidad crece aún más.

Desde el punto de vista de la opinión pública, el factor clave reside en la dinámica de la «adaptación» de las sociedades europeas. Los sociólogos subrayan que no estamos ante un fenómeno de «fatiga de la guerra» (war fatigue), sino más bien de la configuración de una nueva norma en la que Europa está dispuesta a apoyar a Ucrania de forma indefinida, siempre que dicho apoyo no suponga ni una escalada del conflicto ni un aumento significativo del gasto. 

En Rusia, el índice de apoyo a Putin ha caído a su nivel más bajo desde 2022, sin contar que la «espiral del silencio» oculta una oposición muy real. En otras palabras, el potencial de protesta está congelado, pero no por ello se ha desvanecido. La popularidad de «Rusia Unida» se ha estancado en el 31 % de cara a las elecciones a la Duma de 2026, lo que significa que dos tercios de la población no se identifican con el partido en el poder, a pesar de que este controla el proceso electoral.

El marco jurídico de este escenario sería una paralización de las operaciones sin un tratado formal. La analogía con Chipre es la más cercana en este caso: la República de Chipre del Norte está bajo control turco desde 1974 —y solo es reconocida por Turquía—, mientras que la República de Chipre es un Estado miembro de la Unión Europea. A la luz de este precedente, Ucrania podría, por tanto, adherirse a la Unión Europea sin ejercer un control de facto sobre la totalidad de su territorio. En la ONU, la situación mantendría un statu quo, a pesar de posibles resoluciones declarativas de la Asamblea General, debido al veto ruso en el Consejo de Seguridad. La reivindicación constitucional de Ucrania sobre la totalidad de su territorio no desaparecería por ello: en otras palabras, la guerra no terminaría jurídicamente. Por último, las sanciones podrían levantarse en parte en el marco de un acuerdo sobre las sanciones secundarias y otras restricciones financieras.

En este escenario de «agotamiento de Occidente», Ucrania perdería el acceso a recursos fundamentales: software occidental de inteligencia artificial para el guiado de drones, datos satelitales de Starlink y otros proveedores comerciales, y componentes electrónicos para los sistemas de control. Al verse privada de la infraestructura occidental de IA, Ucrania no tendría más remedio que volver al pilotaje manual de los drones. Todo ello provocaría el colapso de la ventaja cualitativa de los drones ucranianos. Por su parte, Rusia seguiría aumentando su producción industrial: entre 7 y 9 millones de drones FPV, el dron autónomo Lancet y drones de fibra óptica.

Se trata, por tanto, desde el punto de vista ruso, del escenario óptimo, «sin derramamiento de sangre». En este caso, el tiempo juega a favor de Rusia: cada mes que pasa debilita un poco más a la coalición occidental. En las condiciones actuales, la economía rusa podría aguantar entre 12 y 18 meses más. El paraguas nuclear sigue siendo un instrumento eficaz para ejercer presión sobre las «palomas» [en inglés se habla de «war doves», en contraposición a los «war hawks»] de los distintos países de Europa. Cada mención pública del factor nuclear empuja un poco más a Macron y a Scholz hacia el pacto.

Desde una perspectiva occidental, Samuel Charap considera que Rusia está atrapada en la «falacia de los costos irrecuperables» (sunk cost fallacy). Según la teoría de las perspectivas (Prospect Theory), las personas tienden a asumir más riesgos, y no menos, cuando registran pérdidas. Ahora bien, Putin se encuentra efectivamente en una situación de pérdidas. 1,2 millones de bajas según los expertos, una diplomacia en ruinas, una economía bajo presión: todos estos elementos que, lógicamente, deberían conducir a una salida de la crisis. Pero la aversión a las pérdidas (loss aversion) le impide valorar la situación y reconocer el fracaso. Los argumentos racionales que exigen el cese de las operaciones se topan con los sesgos cognitivos del líder ruso. 

Por lo tanto, estimamos que la probabilidad de que se produzca este escenario es del 12 %, ya que requiere que concuerden tres factores: el colapso del apoyo estadounidense, una crisis energética en Europa y una crisis en Ucrania. Cada uno de estos factores sigue siendo probable por sí solo, pero su coincidencia resulta mucho menos verosímil. No obstante, las tendencias recientes confirman un movimiento en esta dirección y la crisis iraní ha puesto de manifiesto la fragilidad de los equilibrios energéticos.

Tercer escenario: el «Trump Deal» o un conflicto congelado con un levantamiento parcial de las sanciones

Probabilidad: 32 %

Plazo: 6-12 meses

Este es el escenario más probable de todos. Trump se apresura a alcanzar un acuerdo antes de las elecciones de mitad de mandato de noviembre de 2026, utilizando su control sobre la ayuda estadounidense como palanca de presión sobre ambas partes. El conflicto se estanca en las líneas actuales, se levantan parte de las sanciones y Ucrania no se integra en la OTAN.

Recordemos aquí el precedente iraní del 8 de abril de 2026: una tregua de dos semanas conseguida gracias a la mediación de Pakistán. Irán aceptó reabrir el estrecho de Ormuz a cambio de la suspensión de los ataques estadounidenses. Los mercados reaccionaron al instante, lo que hizo que el Brent bajara de 117 dólares a menos de 100 dólares. Trump indicó que consideraba «viable» el plan de paz iraní de diez puntos. Así pues, este modelo queda validado. 

Un ultimátum con un plazo y un mediador da lugar a un acuerdo. Tras Irán, Ucrania sería la siguiente en la lista. El electorado estadounidense ya se muestra favorable a ello: los partidarios de apoyar a Ucrania rondan el 35-40 % en 2025 y solo el 18 % entre los republicanos. Las elecciones de mitad de mandato de 2026 no hacen sino reforzar la probabilidad de este escenario. Por último, sigue existiendo la posibilidad de que se renueve la flexibilización de las sanciones sobre el petróleo ruso, mientras que la visita de una delegación estadounidense a Rusia en el verano de 2026 confirma que el canal de comunicación sigue abierto.

La estrategia rusa consiste aquí en maximizar el control territorial antes del inicio de las negociaciones, ejerciendo presión sobre Sloviansk-Kramatorsk y Zaporizhia para mejorar su posición inicial. Al mismo tiempo, deben transmitirse señales de disposición a negociar a través de canales discretos. La tregua de Pascua del 11 y 12 de abril supone, desde este punto de vista, una prueba eficaz de este tipo de señales. 

Ucrania intentará alargar las negociaciones con el fin de obtener el máximo de garantías de seguridad. Continuará con sus ataques en profundidad contra Rusia para demostrar el costo que supone la prolongación del conflicto, al tiempo que seguirá apostando por la Unión Europea como fuente alternativa de apoyo en caso de una retirada estadounidense. Sin embargo, Zelenski se encuentra en una posición delicada: la crisis constitucional relacionada con la expiración de su mandato lo obliga a mostrar, por un lado, firmeza ante la opinión pública nacional y, por otro, disposición a negociar ante sus aliados occidentales.

Por parte de Estados Unidos y Trump, impera «the Art of the Deal», que se traduce en una presión simultánea sobre ambas partes. Frente a Rusia, amenazan con levantar todas las restricciones al armamento de Ucrania (incluidos los misiles de largo alcance, las municiones de racimo y los cazas F-16); frente a Ucrania, con suspender por completo la ayuda militar (como en Afganistán en 2021). Según los términos del acuerdo propuesto, Rusia conserva los territorios de facto. Ucrania obtiene garantías de seguridad: no el artículo 5 de la OTAN, sino garantías bilaterales de Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Alemania, una especie de «OTAN light». Se levantan parte de las sanciones (sanciones secundarias, restricciones bancarias), pero se mantienen las sanciones sectoriales.

En este caso, Europa se divide. Los intereses económicos y la dependencia energética de Francia y Alemania los empujan a negociar. Por el contrario, Polonia, los países bálticos y Escandinavia, que perciben la proximidad de una Rusia agresiva como una amenaza existencial, se oponen a cualquier concesión. A cambio de no adherirse a la OTAN, la Unión Europea acelera el proceso de adhesión de Ucrania.

Desde el punto de vista de la teoría de juegos, nos encontramos ante un caso clásico de «mediador»: un tercero (en este caso, Trump) modifica la matriz de ganancias de ambos jugadores. Sin embargo, el compromiso de Trump es poco fiable: puede modificar los términos del acuerdo en cualquier momento. Para él, los costos de imagen son mínimos: el riesgo de que su electorado lo castigue por una «traición» a Ucrania es mínimo, con un 18 % de apoyo entre los republicanos. La principal dificultad radica en que ni Rusia ni Ucrania confían en la durabilidad de las garantías estadounidenses. El resultado es, por tanto, una situación de equilibrio inestable: no una paz, sino más bien una tregua. Cualquier cambio de administración en Estados Unidos podría reavivar el conflicto de inmediato. Perpetuar el acuerdo supondría un formato multilateral, pero Trump los evita deliberadamente y prefiere siempre los acuerdos bilaterales.

Para la opinión pública rusa, el resultado es: «Ni victoria, ni derrota». El Kremlin podría presentar este resultado como una «protección de la población rusoparlante» y un «retroceso forzado de la OTAN». La popularidad de Putin se estabilizaría, o incluso aumentaría, gracias al «efecto de paz» observado, en particular, tras los acuerdos de Jasaviurt de 1996, en el Daguestán (con la diferencia de que, en esta ocasión, el mantenimiento de los territorios cambia radicalmente la situación). Sin embargo, si la sociedad rusa percibe este resultado como una «guerra inconclusa», la decepción podría, por el contrario, alimentar los sentimientos de oposición.

Para Ucrania, esta pérdida del 20 % del territorio, a pesar de la reivindicación constitucional de la integridad territorial, supondría un auténtico trauma. Probablemente, la sociedad se dividiría entre los «realistas», dispuestos a aceptar la situación para reconstruir el país, y los «irreductibles» o extremistas, partidarios de continuar los combates hasta recuperar la totalidad del territorio. Zelenski —o su sucesor— se enfrentaría a acusaciones de traición. Un precedente histórico es el de Finlandia tras la Guerra de Invierno de 1940, que conservó su soberanía y se integró en el bando occidental tras perder el 10 % de su territorio.

En Estados Unidos, Trump viviría su «momento del Premio Nobel» antes de las elecciones de mitad de mandato, con un fuerte apoyo interno. En Europa predominaría más bien el alivio, aunque un alivio mezclado con inquietud, ya que esta situación sentaría un precedente de redefinición de fronteras por la fuerza.

Desde el punto de vista jurídico, la opción más probable sería la ausencia de un acuerdo de paz formal. La línea de demarcación se establecería de facto sin ser reconocida de jure, siguiendo el modelo taiwanés. Así, Estados Unidos acepta de facto la partición de Taiwán sin reconocerla de jure: mantienen relaciones, interactúan y ofrecen garantías de seguridad, pero Taiwán sigue considerándose jurídicamente parte integrante de China. Por analogía, Estados Unidos aceptaría un control ruso de facto sobre las cuatro regiones en cuestión, al tiempo que reconocería jurídicamente las fronteras ucranianas de 1991. La Unión Europea, por su parte, no podría reconocer esta situación. El proceso de adhesión de Ucrania continuaría, siguiendo el precedente chipriota.

Queda la pregunta: ¿quién garantizaría la línea de demarcación? Los cascos azules de la ONU se verían bloqueados por el veto ruso. Las garantías bilaterales (Estados Unidos, Reino Unido, Francia) serían menos sólidas que el artículo 5, pero siempre preferibles a la ausencia de garantías. 

En lo que respecta a las tecnologías y la inteligencia artificial, la tregua en el conflicto no detendría la carrera armamentística. Al contrario, incluso podría acelerarla. Ambas partes aprovecharían esta pausa para rearmarse. Ucrania incorporaría los sistemas occidentales con un salto cualitativo: F-16 totalmente integrados, SAMP/T de nueva generación y enjambres de drones autónomos equipados con software de inteligencia artificial occidental. Rusia desarrollaría sus propios sistemas autónomos: el dron Lancet de nueva generación, drones con fibra óptica e inteligencia artificial adaptada a la recopilación de información y a la designación de objetivos. Dentro de cinco a diez años, en caso de que se reanudara el conflicto, la guerra presentaría, por tanto, un panorama tecnológico totalmente diferente. Las inversiones en IA con fines militares se convertirían en una prioridad estratégica para ambos bandos.

Para Rusia, se trata del mejor desenlace posible. Conserva sus ganancias territoriales, mantiene a la OTAN a raya, consigue que se levante parte de las sanciones y ofrece un respiro a su economía. La tasa de interés de referencia podría reducirse más rápidamente gracias al levantamiento parcial de las sanciones y a la estabilización presupuestaria. El Fondo de la Riqueza Nacional dispondría del tiempo necesario para recuperarse. A pesar de todo, seguiría existiendo un problema estratégico: dentro de cinco o diez años, Ucrania se habrá rearmado según los estándares occidentales, la Unión Europea habrá reforzado su infraestructura de defensa y el contexto general será menos favorable para Rusia. Esta «pausa coreana» podría traducirse, a largo plazo, en una derrota estratégica.

Desde el punto de vista occidental, este escenario representa una «pérdida controlable». La OTAN no se habría ampliado a Ucrania, pero tampoco habría cedido ante Rusia. Ucrania seguiría siendo soberana, al menos parcialmente. Sin embargo, este precedente sería peligroso: enviaría una señal a otras potencias revisionistas, empezando por China en lo que respecta a Taiwán e Irán en su entorno más cercano, demostrando que el uso de la fuerza permite obtener ganancias territoriales. Esta situación socavaría así el sistema de derecho internacional tal y como se ha ido configurando desde 1945. Obsérvese, no obstante, que esto no supondría un problema para Trump, sino para la siguiente administración.

La probabilidad es máxima en este caso, ya que todos los intereses de los actores principales coinciden: Trump quiere cerrar su deal antes de las elecciones de mitad de mandato; Rusia quiere afianzar el control de los territorios; Europa quiere estabilidad; y el electorado estadounidense quiere acabar con esta guerra. El único factor que podría suponer un obstáculo es Ucrania, pero su influencia se ve reducida a medida que disminuye el apoyo occidental. En caso de que Zelenski se niegue, Trump podría suspender unilateralmente la ayuda, obligándole así a firmar el acuerdo.

Cuarto escenario: la «congelación al estilo coreano» sin acuerdo formal

Probabilidad: 22 %

Plazo: 6-18 meses

El conflicto se apaga sin un acuerdo formal. La intensidad de los combates disminuye, la línea del frente se estabiliza, pero, desde el punto de vista jurídico, la guerra continúa. No hay ni tratado de paz ni armisticio; solo un cese de facto de las operaciones a gran escala. La guerra de los drones continúa a baja intensidad.

Este escenario supone un agotamiento mutuo de las capacidades sin perspectivas de un avance decisivo. El avance ruso se estanca en 100-200 metros al día; Ucrania es incapaz de lanzar un contraataque como el de 2023. La ayuda occidental no se agota, pero se va desmoronando. Ambos bandos se decantan por una estrategia de defensa de sus posiciones. Trump no puede —o no quiere— precipitar un acuerdo, y desplaza su atención hacia Irán, China o la política interior. El conflicto «sale de la agenda» de las partes: se apaga por inercia en lugar de quedar congelado por una decisión real.

La estrategia rusa consiste aquí en mantener sus posiciones actuales, minimizar las pérdidas y reasignar los recursos a la reconstrucción de los territorios controlados y a su reintegración en el espacio jurídico ruso. El gasto militar pasa entonces del 6,3 % al 4-5 % del PIB. El objetivo principal pasa a ser la estabilización de la retaguardia en el plano económico: bajada de la tasa de interés de referencia, recuperación del sector civil y reducción del déficit presupuestario.

Ucrania hace hincapié en la «paciencia estratégica»: mantener la línea, reforzar su armamento según los estándares occidentales e integrarse en la Unión Europea. Continúan los ataques en profundidad con los Flamingo y los drones FPV de largo alcance para mantener la presión sobre Rusia y legitimar la continuación del esfuerzo ante la opinión pública nacional, con el argumento: «Seguimos resistiendo».

Estados Unidos decide «olvidar y pasar la página», siguiendo el modelo afgano posterior a 2021. Ucrania desaparece del panorama informativo. La ayuda estadounidense se mantiene en torno a los 20.000-30.000 millones de dólares al año, por la inercia de los créditos ya aprobados por el Congreso, pero sin una atención política real.

Europa se ve así obligada a asumir la mayor parte de la carga. Ya se han firmado acuerdos bilaterales de seguridad con Ucrania por parte del Reino Unido, Francia y Alemania. El proceso de adhesión a la Unión Europea es una realidad y se está acelerando. La adhesión a la OTAN sigue suspendida por tiempo indefinido.

En términos de la teoría de juegos, se trata de un equilibrio de Nash estable: ninguna de las dos partes puede mejorar su posición mediante una acción unilateral. La retirada sería peor que el statu quo para ambas partes. La ofensiva resultaría demasiado costosa, dada la actual relación de fuerzas. Ambas partes se encuentran «encerradas» en la configuración actual. Pero, en lugar de una paz estable, se trata más bien de un armisticio inestable. Cualquier choque externo, como un cambio de poder en uno de los dos países, una crisis económica o un avance tecnológico en el ámbito de los drones autónomos, podría reavivar el conflicto de inmediato. La analogía con la península coreana sigue siendo, por tanto, imperfecta, ya que la situación está regulada por el armisticio de 1953, que aquí no existiría. Este escenario se asemeja más a los «conflictos congelados» del espacio postsoviético, como Transnistria o el Nagorno-Karabaj antes de 2020.

En el ámbito social, Rusia está asistiendo a una «normalización de la guerra». La sociedad se adapta a un conflicto de fondo, al igual que Israel ante la Intifada o Turquía ante la cuestión kurda. Las bajas disminuyen y la economía disfruta de un respiro. Los índices de aprobación de Putin se estabilizan en torno al 65-70 %, mientras que el apoyo real ronda el 55-60 %. Persiste la «espiral del silencio», lo que paraliza el potencial de protesta. Si bien el 31 % de Rusia Unida indica un verdadero cansancio, está lejos de señalar un potencial revolucionario.

En Ucrania, este escenario de «guerra olvidada» por el resto del mundo es el más duro desde el punto de vista psicológico: ni victoria, ni derrota, ni paz verdadera. La emigración continúa y se intensifica (8 millones de personas en el extranjero, además de 6 millones de desplazados internos), y la crisis demográfica se agrava (la tasa de natalidad ya se ha reducido a la mitad). La tasa de deserción, del 15 %, sigue siendo la norma, como en cualquier conflicto prolongado. La economía sigue dependiendo de la ayuda exterior.

En Occidente predomina la lógica del «olvido controlado». La guerra en Ucrania se convierte en un conflicto congelado, es decir, en un instrumento de presión sobre Rusia, al que se puede recurrir en caso de necesidad.

No obstante, desde el punto de vista jurídico, la guerra continúa. No existe ni una línea de demarcación oficial, ni una zona desmilitarizada, ni una fuerza de mantenimiento de la paz. Las sanciones siguen vigentes, ya que no hay motivo para levantarlas, al no existir un tratado de paz. Rusia tampoco obtiene reconocimiento jurídico de los territorios. Dado que Ucrania ha roto 116 acuerdos con Rusia, Bielorrusia y la Comunidad de Estados Independientes, ya no subsiste ningún vínculo jurídico. Nos encontramos ante el modelo chipriota de una reivindicación constitucional sobre la totalidad del territorio a pesar de una partición de hecho, ya que una parte del mismo está integrada en la Unión Europea.

En materia de tecnología e inteligencia artificial, ambos bandos aprovecharían esta tregua para emprender un rearmame a gran escala. El periodo crítico se situaría entre tres y cinco años. Ucrania integraría los sistemas occidentales; Rusia aumentaría su producción y desplegaría su propia inteligencia artificial. Así, la siguiente fase del conflicto, si llegara a producirse, sería una guerra muy diferente desde el punto de vista tecnológico. El principal riesgo de esta hipótesis es el de una carrera descontrolada hacia las armas autónomas, un flash-crash de los sistemas militares.

Desde el punto de vista ruso, la principal objeción sería: «No es por eso por lo que hemos luchado». Se conservan los territorios, pero las sanciones persisten, la OTAN se refuerza y Ucrania se rearma. La situación estratégica se deterioraría con cada año más de estancamiento. En otras palabras, el tiempo empezaría, por primera vez, a jugar en contra de Rusia.

Por el contrario, los occidentales tendrían el tiempo a su favor. Rusia se debilitaría económicamente, con el agotamiento del Fondo de la Riqueza Nacional, el aumento de la carga de la deuda y el estancamiento del sector civil. Ucrania se reforzaría en el plano militar y técnico. Al ritmo actual de consumo, Rusia agotaría sus reservas de vehículos blindados reparables de aquí a 2027, sin disponer de capacidades productivas capaces de compensar estas pérdidas. De hecho, el crecimiento industrial del complejo militar-industrial no superará el 3 % en 2025, frente al 57 % de 2024, lo que demuestra que no se ha producido ningún «segundo impulso».

A pesar de todo, se trata del segundo escenario más probable. Si Trump no precipita un acuerdo, el conflicto se estanca por pura inercia. Ambos bandos son demasiado débiles para imponerse, pero demasiado fuertes para ser derrotados. También es el escenario más «perezoso»: en definitiva, no exige una decisión activa por parte de ninguna de las partes.

Quinto escenario: una guerra prolongada

Probabilidad: 15 %

Plazo: 24-36 meses

En esta situación, el conflicto continúa con la misma intensidad que hasta ahora, sin que se produzca ni una tregua ni un avance decisivo. Rusia sufre pérdidas mensuales de entre 20.000 y 25.000 hombres, en un contexto de avance lento —entre 100 y 200 metros al día— y de continuación de la guerra de drones, con ataques de ambos bandos contra las infraestructuras del adversario. En otras palabras, una estrategia de desgaste.

Para que este escenario se haga realidad, es necesario que todas las iniciativas diplomáticas hayan fracasado. 

Trump vuelve a centrarse en otras prioridades: Irán, China, la política interior o incluso las elecciones de mitad de mandato. La tregua de Semana Santa, del 11 al 12 de abril, no da lugar a una ampliación del frente diplomático. Europa mantiene su ayuda al nivel actual. Rusia no puede avanzar, Ucrania no puede contraatacar. Ninguno de los dos bandos está dispuesto a ceder y la aversión a las pérdidas impide a ambas partes plantearse una salida racional.

La estrategia correspondiente, por parte de Rusia, es la de «la guerra hasta los últimos límites de la economía», lo que supone un gasto militar de entre 14 y 15 billones de rublos al año (aproximadamente el 6 % del PIB). El déficit presupuestario del primer trimestre de 2026 ya alcanza los 4,58 billones, frente a una previsión anual de 3,8 billones. En cuanto al Fondo de la Riqueza Nacional, la parte líquida ya se ha reducido en 4 billones y podría agotarse a finales de 2026. Se está produciendo un giro hacia la financiación mediante deuda: mayor emisión de bonos del Estado (mientras que la deuda pública alcanza los 31.300 mil millones en marzo de 2026), hasta alcanzar el 35-40 % del PIB de aquí a 2028. Con una tasa de interés de referencia del 15 %, el servicio de la deuda absorbería más del 15 % del presupuesto. El sector civil se vería sumido en el estancamiento: el crédito hipotecario descendería un 45 %, la construcción un 8,2 % y el crecimiento del crédito se situaría en el 2,1 %. La previsión de una tasa del 12-13 % para finales de 2026 podría no cumplirse, ya que la presión inflacionista del gasto militar impediría que se situara por debajo del 10-12 % en caso de una guerra prolongada.

Por su parte, Ucrania adoptaría una «estrategia de supervivencia». La movilización continuaría con una resistencia cada vez mayor. La ayuda occidental se mantendría en un nivel «justo lo suficiente para no perder». Las infraestructuras seguirían sufriendo ataques constantes: el 50 % de la capacidad de producción eléctrica dañada, cortes que podrían alcanzar las 22 horas al día y ataques contra las redes de calefacción en invierno. La economía dependería cada vez más de las inyecciones externas, que pueden estimarse entre 30.000 y 40.000 millones de dólares al año procedentes de la Unión Europea y de organizaciones internacionales.

En teoría de juegos, se trata, por tanto, de una «guerra de desgaste» en estado puro. Cada uno de los bandos sufre pérdidas con la esperanza de que el adversario ceda primero. Según la Prospect Theory de Daniel Kahneman, los actores tienden a asumir más riesgos cuando ya han registrado pérdidas: prefieren «doblar la apuesta» antes que asumir las pérdidas. La salida racional sería, naturalmente, la negociación, pero los sesgos cognitivos (la trampa de los costos irrecuperables y la aversión a las pérdidas) bloquean cualquier salida racional del juego. Para Rusia, la lógica es: «Ya hemos perdido tanto que es imposible detenernos sin obtener beneficios concretos». Para Ucrania: «Nos hemos sacrificado tanto que no podemos dar marcha atrás en la cuestión territorial».

En el ámbito social, en Rusia se observa un creciente «desánimo silencioso», que no se manifiesta tanto en forma de protesta abierta (reprimida por las fuerzas de seguridad) como de desintegración social: aumento del alcoholismo, de la depresión y de la emigración de profesionales calificados, y descenso de la natalidad. El modelo económico del «cañón frente a la mantequilla» puede funcionar durante dos o tres años, pero no indefinidamente. La aprobación de Putin podría caer por debajo del 60 % de aquí a 2028, y el apoyo real, por debajo del 50 %. El umbral crítico de la «espiral del silencio» se superaría cuando la gente dejara de tener miedo a expresarse. En el pasado, este fenómeno se produjo en Rusia durante descensos significativos del nivel de vida, como durante la perestroika de 1986-1991.

Para Ucrania, esto supondría una auténtica catástrofe humanitaria: 8 millones de refugiados en el extranjero, 6 millones de desplazados internos, un colapso demográfico (con una tasa de natalidad que se reduciría a la mitad) y la pérdida de toda una generación de hombres de entre 25 y 45 años, debido a la movilización, la emigración y las bajas en combate.

El marco jurídico correspondiente es el del statu quo. En un contexto de endurecimiento de las sanciones, el aislamiento de Rusia se acentúa, aunque sin llegar al nivel de Irán o Corea del Norte, ya que China, la India y el Sur Global seguirán manteniendo sus intercambios. 

Desde el punto de vista tecnológico, esto también supone una aceleración de la carrera armamentística en el ámbito de los drones. De aquí a 2028, ambas partes podrían disponer de sistemas de combate totalmente autónomos. La ciberguerra también se intensifica a medida que la IA se convierte en la principal herramienta de gestión del combate. El riesgo es, por tanto, el de un «flash-crash», cuando los sistemas autónomos de ambos bandos interactúen de forma impredecible sin control humano, provocando una escalada en cuestión de minutos y no ya de días.

Siguiendo la lógica de 1912 y 1941, Rusia partirá del principio: «Sabremos resistir; siempre salimos victoriosos de las guerras largas». Sin embargo, la realidad económica de la década de 2020 difiere de la del siglo XX, debido a la globalización (incluso en un contexto de sanciones), a la dependencia tecnológica (sobre todo en lo que respecta a la importación de componentes microelectrónicos) y al declive demográfico.

Por su parte, Occidente consideraría que «Rusia se debilita a simple vista». De hecho, al ritmo actual de consumo, los vehículos blindados susceptibles de ser restaurados se agotarían de aquí a 2027. El crecimiento del complejo militar-industrial se estancará en un 3 % en 2025, frente al 57 % registrado en 2024. Los ingresos procedentes del petróleo y el gas se han desplomado un 45,4 % en el primer trimestre de 2026 y el multiplicador militar de 1,5 veces no bastaría por sí solo para compensar la contracción del sector civil más allá de un horizonte de dos años.

De ahí nuestra estimación del 15 %. Si la diplomacia fracasa, la guerra simplemente continuará por inercia. Ambos bandos están demasiado inmersos en el conflicto como para salir de él sin un impulso externo. La aversión a las pérdidas juega un papel fundamental en ambos bandos.

Sexto escenario: una paz pactada

Probabilidad: 5 %

Plazo: 12-24 meses

Esta configuración supone un auténtico tratado de paz que implique concesiones mutuas. Rusia devolvería parte de los territorios (una parte o la totalidad de las regiones de Jersón y Zaporizhia) a cambio del reconocimiento de Crimea y de parte del Donbás. Ucrania obtendría garantías de seguridad y una vía de acceso a la Unión Europea, con una moratoria de entre 15 y 25 años para su entrada a la OTAN.

Para que este escenario se haga realidad, es necesario un cambio en la configuración política de una de las dos partes: o bien un debilitamiento significativo de la posición de Putin (algo poco probable dada la estructura actual de la «vertical del poder»), o bien un cambio de gobierno en Ucrania (con una crisis constitucional derivada de la falta de mandato de Zelenski, ya que el Estado Mayor militar podría presentar a sus propios candidatos), o, por último, una presión exterior potente y simultánea por parte de ambos bloques. Esta última hipótesis es la más realista: 

  • Estados Unidos ejerce presión sobre Rusia mediante las sanciones y la amenaza de un mayor suministro de armas a Ucrania; 
  • China hace lo mismo con Rusia mediante sus influencias económicas (el yuan representa el 52 % del Fondo de la Riqueza Nacional y los intercambios comerciales entre Rusia y China han adquirido una importancia vital); 
  • La Unión Europea actúa de manera similar con respecto a Ucrania al negociar las condiciones de su ayuda y de la integración del país en la Unión. 

La mayoría de los análisis tienden a subestimar el factor chino. Sin embargo, Pekín podría ejercer una presión tan discreta como eficaz sobre Moscú a través del tipo de cambio del yuan, las condiciones comerciales y el acceso a las tecnologías. A Xi Jinping le interesa la estabilidad y este conflicto prolongado aleja a Rusia de su papel de «retaguardia estratégica» de China frente a Estados Unidos, al tiempo que aumenta peligrosamente la inestabilidad energética.

En cuanto a las respectivas estrategias, Rusia debería aceptar devolver parte de los territorios. Esta medida se presenta extremadamente difícil desde el punto de vista político, teniendo en cuenta el discurso actual de los «cuatro nuevos sujetos, ahora y para siempre», recogido por escrito en la Constitución desde las enmiendas de 2022. Por lo tanto, esta estrategia obligaría a replantearse de arriba abajo el discurso dominante, en favor de la siguiente interpretación: «Hemos protegido Crimea y el Donbás; el resto de las condiciones es el precio de la paz».

Por su parte, Ucrania debería reconocer la pérdida de facto de Crimea y de una parte del Donbás. Es evidente que la sociedad no está preparada para ello: todas las encuestas muestran que más del 70 % de la población se opone a las concesiones territoriales. Sin duda se produciría una crisis constitucional. De hecho, cualquier modificación constitucional relativa a la integridad territorial exige un referéndum, lo cual resulta imposible en tiempo de guerra.

En teoría de juegos, se hablaría de un «equilibrio de Nash». Ambas partes matizan sus exigencias mínimas hasta el punto en que ninguno de los actores puede mejorar su resultado mediante una acción unilateral. El equilibrio solo podría alcanzarse bajo presión externa, a través de un mediador que disponga de una influencia real. El único tándem con suficiente peso sería el formado por Trump y Xi Jinping, pero la coordinación entre estos actores supondría, en sí misma, todo un reto geopolítico.

Desde el punto de vista social, es el escenario más difícil de aceptar para ambas partes. En Rusia, la devolución de territorios tras cientos de miles de bajas se percibiría como una «traición a los caídos y a su memoria». Para Ucrania, este escenario de reconocimiento de la pérdida de territorios y de millones de ciudadanos se viviría como una «rendición». Ninguna de las partes implicadas está en condiciones de hacer que su propia sociedad acepte esta opción sin modificar el relato fundamental en el que se basa su lucha. Sin embargo, hace ya cuatro años que estos relatos respectivos se alimentan continuamente.

Desde el punto de vista jurídico, esta solución se basaría en un tratado de paz ratificado por los parlamentos de ambos países. Las nuevas fronteras quedarían consagradas en el Derecho Internacional y el mantenimiento de la paz probablemente no correría a cargo de la ONU (bloqueada por el veto), sino de una coalición de países neutrales como Turquía, Brasil, India o los Emiratos Árabes Unidos.

Por lo tanto, estimamos que la probabilidad es del 5 %, ya que este escenario exige una transformación política que ninguno de los dos bandos está dispuesto a plantearse. Las sociedades de ambos países han convertido el conflicto en un componente de pleno derecho de su identidad nacional.

Séptimo escenario: una paz en los términos que dicte Ucrania o Europa

Probabilidad: 2 %

Plazo: 24-36 meses o más

En este escenario, Rusia se vería obligada a volver a las fronteras de 2014, o incluso a las de 1991. Crimea se convertiría en un tema de negociación por derecho propio, o incluso sería devuelta. Ucrania se adheriría a la OTAN y recibiría indemnizaciones de Rusia. Por último, se establecería de inmediato un régimen de limitación de armamento.

Este escenario supone un colapso económico de Rusia (con una caída del PIB superior al 15 %, hiperinflación y impago de la deuda interna), una derrota militar de proporciones catastróficas o un cambio de régimen impulsado por «negociadores». Estas tres hipótesis son altamente improbables. La economía rusa se encuentra estancada, pero no hay indicios que permitan hablar de un colapso: el crecimiento se mantiene entre el 0,6 % y el 0,8 %. El ejército se ha adaptado y el régimen se mantiene estable, en el sentido de que la «vertical del poder» funciona. Este escenario requeriría un «cisne negro» de la magnitud del colapso de la URSS en 1991; es decir, un colapso sistémico, y no un debilitamiento gradual.

En teoría de juegos, se trataría de un caso de «dominación total», es decir, una «solución de esquina» (angle solution), una situación extrema en la que una de las partes maximiza sus ganancias, mientras que la otra se limita a minimizar sus pérdidas. 

Desde el punto de vista social, Ucrania viviría este desenlace como el triunfo de la justicia, un momento de gran catarsis nacional. Para Rusia, equivaldría a un trauma nacional de la misma magnitud que el de 1991, entre pérdidas territoriales, indemnizaciones, inestabilidad política y riesgo de fragmentación.

El marco jurídico correspondiente en este caso sería un tratado de paz en los términos del vencedor, con la creación de un tribunal para juzgar los crímenes de guerra y unas indemnizaciones estimadas en más de 500.000 millones de dólares por el Banco Mundial.

Solo le atribuimos a este escenario una probabilidad del 2 %, ya que, en estos momentos, ningún indicador apunta en esa dirección. Se necesitaría un «cisne negro» que, por lo que se ve, no se vislumbra en el horizonte. 

Octavo escenario: «Jokers» y otros «cisnes negros»

Probabilidad: 5 % (para el conjunto de opciones)

Plazo: imprevisible 

Los acontecimientos poco probables, pero de gran repercusión, pueden modificar radicalmente el curso del conflicto. Ninguna de estas opciones es previsible mediante los métodos de análisis clásicos, ya que se sitúan fuera del «cono de probabilidad». No obstante, sus consecuencias podrían superar a las de todos los demás escenarios juntos.

La primera opción en este caso es la escalada nuclear. 

Rusia utilizaría un arma nuclear táctica para lanzar un ataque demostrativo contra una zona deshabitada o un objetivo militar en Ucrania. La justificación teórica de esta decisión sería la doctrina de «la desescalada mediante la escalada», defendida públicamente por Serguéi Karaganov, miembro del Consejo de Política Exterior y Defensa. La lógica subyacente postula que un ataque nuclear limitado convencería a Occidente de que seguir apoyando a Ucrania conduciría inevitablemente al apocalipsis, lo que lo obligaría a retirarse del conflicto. 

La primera consecuencia para Rusia sería un aislamiento inmediato y total. Países que le prestan apoyo económico, como China y la India, se distanciarían inmediatamente de ella. Al mismo tiempo, el país se vería sometido a sanciones totales, similares a las que actualmente se aplican a Corea del Norte. 

Sobre todo, sería posible una respuesta convencional de la OTAN, consistente en la destrucción de las posiciones rusas en Ucrania sin entrar en territorio ruso. El almirante retirado Dennis Blair, antiguo director de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, considera que la respuesta sería «desproporcionada». Y Rusia lo entiende perfectamente. Desde el punto de vista financiero, se produciría una crisis de alcance mundial, con el precio del petróleo por encima de los 200 dólares y una recesión global.

Por lo tanto, la probabilidad de que se opte por esta opción es inferior al 1 %. Karaganov es un «halcón empedernido». Hay que tener claro que sus declaraciones forman parte de la comunicación estratégica. El verdadero umbral para recurrir al arma nuclear táctica sería una amenaza directa a la existencia del Estado ruso, algo que, en estos momentos, no se da en ningún lugar. Además, una decisión de este tipo sería absurda: resultaría paradójico contaminar radiactivamente un territorio que Rusia precisamente pretende controlar.

La opción 8.2 es un «nuevo Chernobil», que se produciría tras un accidente o un ataque selectivo contra una instalación nuclear: la central de Zaporizhia (la mayor de Europa, con seis reactores, bajo control ruso desde 2022), el sarcófago de Chernobil o incluso los emplazamientos de almacenamiento de combustible nuclear gastado.

La consecuencia inmediata sería una contaminación radiactiva que afectaría a varios países vecinos, desde Ucrania y Bielorrusia hasta Moldavia y Rumanía, dependiendo de la dirección de los vientos. La comunidad internacional en su conjunto, incluida China, impondría entonces un alto al fuego inmediato, seguido de la evacuación de millones de personas. La catástrofe humanitaria pasaría entonces a tener prioridad sobre los objetivos militares de las partes en conflicto. De hecho, la Agencia Internacional de Energía Atómica advierte regularmente sobre estos riesgos. No obstante, la probabilidad de que se produzca esta situación sigue siendo baja: menos del 1 %. 

La opción 8.3 consistiría en un enfrentamiento directo entre la OTAN y Rusia. Podría producirse a raíz de un incidente en el que se viera implicado un misil o un dron ruso en el territorio de un país miembro de la OTAN —como Polonia, los países bálticos o Rumanía—, o bien a raíz de una provocación en el Mar Báltico, el Mar Negro o el Ártico. Varios analistas han llegado a la conclusión de que han aumentado las «amenazas rusas» dirigidas contra los países bálticos debido al sobrevuelo de su espacio aéreo por parte de drones ucranianos. La OTAN ha advertido oficialmente que Rusia podría estar en condiciones de atacar el territorio de la Alianza entre 2027 y 2030.

Las consecuencias de este escenario dependerían de la magnitud del incidente. Un hecho aislado provocaría, como mucho, una crisis diplomática: recordemos aquí el caso del misil que cayó en Przewodów (Polonia) en noviembre de 2022, identificado posteriormente como procedente de la defensa antiaérea ucraniana. En cambio, una serie de incidentes o un ataque deliberado podrían activar el artículo 5 de la OTAN y provocar una rápida escalada hacia un enfrentamiento entre los dos bloques nucleares.

La probabilidad de que se produzca esta opción oscila entre el 1 % y el 2 %. Presenta un riesgo mayor que la escalada nuclear, ya que podría producirse de forma accidental, debido a un simple error de navegación de un dron, al mal funcionamiento de un sistema de guía o a cualquier otro factor humano imprevisible.

La opción 8.4 se plantearía en caso de cambio de régimen en alguno de los países afectados. En Rusia, podría tratarse de un «golpe de palacio» orquestado por un grupo procedente de los servicios de seguridad. Estos actores, procedentes del FSB, del Ministerio de Defensa o del Consejo de Seguridad, apartarían a Putin para alcanzar la paz en condiciones aceptables. De hecho, existe un precedente histórico: la destitución de Jruschov en 1964, sin derramamiento de sangre ni publicidad, por simple decisión del Politburó. Pero esta hipótesis sigue siendo extremadamente improbable en la estructura vertical de poder tal y como se presenta hoy en día. Todos los posibles rivales han sido neutralizados: Prigozhin ha sido eliminado, Shoigú ha sido trasladado y Surkov ha sido apartado. Por parte de Ucrania, sería necesario que la crisis constitucional pusiera definitivamente en tela de juicio la legitimidad de Zelenski, cuyo mandato presidencial ha expirado. El Estado Mayor militar (a través de Syrsky, o incluso de Zaluzhni, ya apartado, pero aún muy popular) podría entonces proponer su propia alternativa. La probabilidad de que esto ocurra es extremadamente baja, dado el fuerte apoyo popular que sigue existiendo a la continuación de la resistencia. Por lo tanto, estimamos que la probabilidad global de esta opción es inferior al 1 %.

La opción 8.5 se basa en el efecto dominó iraní: la tregua entre Estados Unidos e Irán del 8 de abril se viene abajo, las negociaciones en Pakistán fracasan, Israel continúa con sus ataques contra Líbano e Irán a pesar de la tregua (la aviación israelí ya había llevado a cabo ataques tras el anuncio de la misma). Irán cierra entonces el estrecho de Ormuz y el Brent supera los 200 dólares, lo que provoca una recesión mundial.

En lo que respecta al conflicto, esto supondría un aumento brusco de los ingresos petroleros de Rusia —el petróleo de los Urales se cotizaría a 150-160 dólares si el Brent alcanzara los 200—, lo que aliviaría en la misma medida la presión presupuestaria. Occidente sufriría de inmediato una crisis energética y una recesión industrial que le obligarían a desviar su atención y sus recursos de Ucrania hacia Medio Oriente. Ucrania perdería así su carácter prioritario en la agenda occidental.

Una variante extrema de esta opción supondría que Irán transfiriera a Rusia uranio enriquecido o tecnologías nucleares, lo que daría lugar a un chantaje nuclear sin precedentes. Se trata de una variante poco probable, pero que no debe descartarse en caso de que el régimen iraní se derrumbe.

En general, esta opción tiene una probabilidad de entre el 1 % y el 2 %, a pesar de la extrema fragilidad de la tregua iraní, que ya ha sido violada por Israel.

La opción 8.6 se pondría en marcha tras un giro tecnológico inesperado, como un avance en el control mediante IA de enjambres de drones, lo que otorgaría a uno de los bandos una ventaja táctica absoluta. O también un ciberataque contra infraestructuras críticas (red eléctrica, sistema bancario, mando militar), que socavaría radicalmente la capacidad de uno de los bandos para llevar a cabo la guerra. Otras posibilidades incluyen una arquitectura de inteligencia artificial sin precedentes, la aplicación de la informática cuántica al descifrado de comunicaciones militares, un arma de energía dirigida (sistemas láser de defensa antiaérea capaces de interceptar drones por 0,01 dólares por disparo, frente a los 100.000 dólares que cuesta un misil). En cualquier caso, la probabilidad de que se produzca esta opción es inferior al 1 %.

En cualquier escenario de «joker» o «cisne negro», el Kremlin utilizaría sin duda la retórica nuclear como instrumento de presión, y no como una estrategia real. Karaganov y Patrushev siguen siendo «halcones» al servicio de la comunicación estratégica. El verdadero umbral para recurrir al arma nuclear táctica sigue siendo la amenaza a la propia existencia de Rusia, algo de lo que hoy por hoy no hay indicios que permitan deducir. 

Desde la perspectiva occidental, los «jokers» y otros «cisnes negros» constituyen la principal fuente de preocupación para los responsables de la planificación de la defensa. En este caso, el factor esencial no es tanto la probabilidad de cada acontecimiento por separado como la probabilidad acumulada de que se produzca «un acontecimiento imprevisible, sea cual sea». Ahora bien, esta probabilidad es considerablemente superior al 5 %. Como recuerda Nassim Taleb, los «cisnes negros» son, por definición, imprevisibles. En este contexto, la mejor estrategia no es la previsión, sino la resiliencia ante las crisis. Para las dos partes implicadas, esto significa diversificar las fuentes de energía, constituir reservas de recursos críticos, elaborar planes de evacuación y prestar una atención redoblada a la ciberseguridad.

Conclusiones estratégicas 

1. El plazo máximo para las negociaciones con Rusia se sitúa entre el verano y el otoño de 2026. 

Más allá de ese periodo, el equilibrio corre el riesgo de romperse. La parte líquida del Fondo de la Riqueza Nacional se agotaría rápidamente, al ritmo de las retiradas actuales (unos 400.000 millones por trimestre). El rearme europeo cobraría impulso (del orden de entre 50.000 y 60.000 millones de dólares de aquí a 2027) y Trump, totalmente absorto en las elecciones de mitad de mandato, podría perder todo interés por cualquier «acuerdo». La estrategia óptima consistiría en obtener el máximo por la vía diplomática, al tiempo que se mantiene una presión militar constante; no una u otra opción, sino ambas a la vez.

2. El tiempo es un aliado muy valioso, pero no indefinidamente. 

Al ritmo actual de gasto, la parte líquida del Fondo de la Riqueza Nacional podría agotarse a finales de 2026 o principios de 2027. La alternativa sería un mayor recurso a los bonos del Estado (con una deuda pública que ya ascendía a 31,3 billones de rublos en marzo de 2026). Sin embargo, con una tasa de interés de referencia del 15 %, el costo del servicio de la deuda superaría el 15 % del presupuesto. El multiplicador militar de 1,5 veces no compensaría la contracción del sector civil durante más de dos años. La caída simultánea del crédito hipotecario, del sector de la construcción y del crecimiento del crédito son indicios de un estancamiento de la retaguardia civil, lo que socava los propios cimientos del esfuerzo bélico ruso.

Los ingresos del sector del petróleo y el gas se han desplomado un 45,4 % en el primer trimestre de 2026, hasta situarse en 1,44 billones de rublos, y el presupuesto no logra equilibrarse. La reducción de la tasa de interés de referencia al 12-13 % antes de finales de 2026 (según las previsiones de Sberbank) ofrecería un respiro al sector civil, pero la presión inflacionista podría suponer un obstáculo en caso de que la guerra se prolongara. 

3. La protección de la parte trasera es una condición imprescindible en cualquier caso. 

No se puede lograr ninguna ventaja estratégica sin abordar de frente el problema de la defensa antiaérea en la retaguardia. El Flamingo ucraniano (FP-5) tiene un alcance de más de 1.500 km y cuenta con un casco de material compuesto que dificulta su detección; al mismo tiempo, el FP-7 balístico (200-300 km, 1.500 m/s) y el FP-9 (850 km) continúan su desarrollo. Los drones FPV, cuyo alcance se ha triplicado (150 km), llevan a cabo ataques en profundidad contra instalaciones que antes se consideraban seguras. Entre el 10 % y el 15 % de la capacidad de refinado ha resultado dañada y se ha perdido hasta el 35 % de los componentes de la defensa antiaérea.

En lo que respecta a la economía en el interior del país, la tasa de interés de referencia del 15 % asfixia al sector civil. Las inversiones se ven obstaculizadas, la construcción retrocede en todos los ámbitos y las pequeñas empresas solicitan préstamos a tasas superiores al 20 %. La escasez de mano de obra en las empresas de defensa (entre 80.000 y 400.000 personas) limita el aumento de la producción. Hay tres cuellos de botella críticos que merecen una atención especial: la microelectrónica (sin componentes occidentales, las armas de precisión acarrean sobrecostos considerables), las municiones (el factor limitante en este caso es de carácter humano, no financiero, y se observará un primer descenso de la producción en septiembre de 2025) y, por último, los motores (donde todos los fabricantes, desde la aviación hasta la marina, pasando por los misiles, se encuentran saturados).

4. Un factor potencialmente decisivo: la superioridad tecnológica

La primera fuerza capaz de poner en acción enjambres de drones totalmente autónomos (miles de unidades coordinadas por IA, sin operadores) a escala de una división obtendría una ventaja táctica decisiva. En este ámbito, Rusia está logrando éxitos industriales (entre 7 y 9 millones de drones FPV, el dron autónomo Lancet y los drones de fibra óptica), mientras que Ucrania se centra en la superioridad cualitativa (navegación independiente del GPS, guiado mediante aprendizaje automático, resistencia a las interferencias y software de IA occidental). No obstante, la brecha tiende a reducirse, lo que confirma que las inversiones en inteligencia artificial para uso militar constituyen una prioridad estratégica.

El misil Tsirkon se utiliza ya de forma habitual y masiva, con tantos lanzamientos solo en el mes de febrero de 2026 como en los dos años anteriores juntos. Ucrania responde a estos ataques desarrollando sus propios sistemas de largo alcance y negociando la adquisición de SAMP/T de nueva generación con Francia.

5. El resultado más probable no es una «victoria», sino el «mejor» de los escenarios posibles. 

Los escenarios 3 y 4 (el «acuerdo de Trump» y la «congelación» de la situación siguiendo el modelo coreano) suman por sí solos el 54 % del espacio de probabilidades. Por lo tanto, la preparación para las negociaciones representa una tarea al menos tan vital como la propia presión militar. Los frentes diplomático y militar no deben funcionar de forma alternativa, sino de manera conjunta. 

6. La trampa de los costos irrecuperables supone una amenaza cognitiva muy real.

Según la Prospect Theory de Kahneman, los actores tienden a asumir más riesgos en caso de pérdida; sin embargo, ambas partes implicadas están sufriendo pérdidas cuantiosas: cientos de miles de víctimas, una diplomacia en ruinas y una presión considerable sobre las economías. Las conclusiones de un cálculo puramente racional llevarían a asumir estas pérdidas, pero la aversión a las pérdidas (loss aversion) favorece, por el contrario, la lógica de: «Empujemos un poco más y todos estos sacrificios se verán compensados». De ahí la necesidad de un mecanismo de evaluación objetiva, independiente de las inercias de la política del momento. 

7. La tregua de Pascua del 11 al 12 de abril es una señal que hay que tener en cuenta. 

El 9 de abril, Putin anunció una tregua unilateral de 32 horas, desde las 16:00 horas del 11 de abril hasta el final del día 12 de abril. Zelenski aceptó a cambio «medidas simétricas». Si ambas partes respetan la tregua, aumenta la probabilidad de que se recurra a la vía diplomática, lo que refuerza en la misma medida el tercer escenario; por el contrario, en caso de incumplimiento, los escenarios cuarto y quinto ganan en probabilidad. El Ministerio de Defensa ruso ha ordenado a sus tropas que permanezcan en alerta ante posibles provocaciones, lo que confirma que se trata menos de una tregua de confianza que de una prueba.

Notas al pie
  1. Las capturas de pantalla están disponibles en los siguientes enlaces: https://t.me/b8m_inf/10455, https://t.me/b8m_inf/10456 y https://t.me/b8m_inf/10467.
  2. «Аналитики Сбербанка оценили вероятность победы РФ в войне против Украины в 7 %. Хакеры из Black Mirror опубликовали внутренний документ банка», The Insider, 25 de agosto de 2026; «“Аналитическая записка Сбера” спрогнозировала вторую волну мобилизации для получения контроля над аннексированными областями», Agencia, 25 de agosto de 2026.
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