Estamos atravesando un periodo de profundos cambios geopolíticos que afectan especialmente a la guerra. ¿Cómo valora esta situación?
Estamos viviendo un punto de inflexión, un momento en el que resurgen los imperios, y estamos entrando en un nuevo orden en el que la fuerza se manifiesta de forma más directa y descarada.
Rusia es el ejemplo más llamativo. Vecina de Europa y dotada de un poderío militar considerable, este Estado imperial se había contentado durante mucho tiempo, o al menos eso creíamos, con ejercer influencia sobre su entorno únicamente mediante la amenaza. En 2014, y luego a gran escala en febrero de 2022, rompió ese tabú al atacar a Ucrania; y ello a pesar de que su condición de miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas debería haberlo convertido en garante de un orden internacional basado en la soberanía y la resolución de conflictos mediante el derecho.
En términos más generales, observamos un retorno de la fuerza como forma de resolver las relaciones internacionales. La política exterior de Estados Unidos, que sigue siendo nuestro aliado, también pone de manifiesto el retorno de una lógica de fuerza y contribuye, a su manera, al debilitamiento del derecho.
Del mismo modo, Israel afirma ahora que su supervivencia dependerá menos del derecho que de la disuasión derivada de la fuerza militar; o de un derecho impuesto mediante una fuerza sin límites.
Si estamos entrando en una nueva era estratégica, ¿le ayuda la historia a definir este momento? ¿Hay alguna analogía a la que recurra?
Pienso en la Primera Guerra Mundial, en la que se superpusieron una revolución geoestratégica, cultural y tecnológica.
Hoy en día estamos viviendo una dinámica similar. Hace ya varias décadas que se está produciendo una revolución industrial: la de la información y lo digital. Y esta revolución continuará. Al transformar profundamente las sociedades y abrir nuevos espacios para la acción humana, también amplía los campos de enfrentamiento. La información, el ciberespacio y el espacio extraatmosférico se están convirtiendo en espacios de actividad humana permanente; y, en cuanto un espacio se abre a la actividad humana, se abre también a la confrontación.
Estamos viviendo un punto de inflexión, un momento en el que resurgen los imperios.
General Pierre Schill
A este cambio se suma una revolución cultural: el desplazamiento económico y demográfico del Norte hacia el Sur, y el cuestionamiento, por parte de varias potencias, entre ellas China, del orden mundial surgido tras la Segunda Guerra Mundial.
Estas potencias aún no proponen un orden alternativo concreto; se afirman, ante todo, como potencias de contestación. Afirman, en esencia, que el orden que ha prevalecido hasta ahora sería contingente y temporal.
¿Podrá esta protesta alcanzar algún tipo de equilibrio sin que se produzca una explosión?
Cabe esperar que el imperio, sobre todo cuando se muestra contestatario, y más aún cuando reivindica un legado estratégico soviético —como es el caso de Rusia—, intente vencer sin librar batalla. Aquí es donde entra en juego la cuestión crucial de la hibridación.
¿Qué entiendes por «hibridación»?
La expansión de la actividad humana provocada por la revolución industrial digital favorece las posturas ambivalentes. Las fronteras se difuminan entre lo civil y lo militar, entre la acción directa e indirecta, entre la influencia y la guerra de información, entre la proeza tecnológica y la exigencia intelectual o moral. Incluso resulta difícil distinguir la guerra de la paz, tal es el grado de confusión en los contornos del enfrentamiento.
Clausewitz definía la guerra como la continuación de la política por otros medios. Este mundo híbrido, en el que se entrelazan la geoestrategia, la tecnología y las lógicas imperiales, nos invita a dar un paso más: ¿y si, en el mundo de los imperios, la paz misma se convirtiera en la continuación de la guerra por otros medios?
¿En qué sentido?
En este mundo de poder e imperios, está surgiendo una nueva lógica estratégica. La dualidad tradicional entre paz y guerra ha dado paso a una línea de tensiones, un eje geoestratégico: competencia, confrontación, enfrentamiento.
La competencia es el curso normal de las relaciones internacionales; la contestación, por su parte, prospera precisamente en la ambigüedad, en las zonas grises, en la hibridación; y, por último, el enfrentamiento es el paso a la guerra abierta, ya sea a gran escala o más limitada. Este estado permanente de conflicto, latente o abierto, se ve alimentado por el juego de la ambigüedad y la hibridación, que las potencias contestatarias han convertido en su arma.
¿En qué sentido se trata de una ruptura? La cuestión de la falta de una separación clara entre la paz y la guerra ya se planteaba en la década de 1930, y Chamberlain declaró en 1939: «No estamos en guerra, pero tampoco estamos en paz».
Lo que está cambiando hoy en día no es solo la desaparición de la frontera entre la paz y la guerra, sino la superposición permanente de estas situaciones. Ya no pasamos simplemente de la paz a la crisis, y luego de la crisis a la guerra. Nos encontramos simultáneamente en una situación de competencia y de conflicto, que puede llegar a la confrontación, y debemos disuadir e impedir que esa confrontación derive en un enfrentamiento.
En ese sentido concreto, ¿estamos ya en guerra?
Nuestras sociedades ya se encuentran inmersas en un conflicto permanente. El curso normal del mundo y la vida cotidiana de nuestras sociedades ya están marcados por acciones de influencia, desinformación y presión económica, cibernética o informativa. Se trata de una realidad estratégica de la que debemos ser conscientes y a la que hay que hacer frente.
¿Qué repercusiones tiene este diagnóstico en el ejército francés?
Las fuerzas armadas son un seguro de vida. Se preparan para lo peor. Hoy en día, ese «lo peor» se materializa en una guerra a gran escala en el continente europeo, una posibilidad que vuelve a ser factible, aunque no sea la más probable. Es para esa realidad para la que debemos prepararnos, y es ella la que nos define como fuerza armada.
Pero prepararse para esa posibilidad no significa darla por inevitable. Nuestro objetivo no es prepararnos para la guerra porque sea inevitable, sino contar con la fuerza, la credibilidad y la determinación necesarias para evitarla.
¿Cómo podría ser esa guerra abierta?
En estos momentos se están desarrollando conflictos ante nuestros ojos. Es importante observarlos para aprender de ellos.
La primera lección es la siguiente: si los ejércitos ganan las batallas, son las naciones las que triunfan en las guerras.
Nuestras sociedades ya se encuentran inmersas en un conflicto permanente.
General Pierre Schill
En un contexto en el que la paz no es más que una excusa para la guerra, frente a imperios que pretenden someternos, la cuestión que se plantea no es tanto militar o diplomática como fundamentalmente política: ¿en nombre de qué queremos defendernos?
Ucrania se encuentra a la vanguardia de esta cuestión. Si los ucranianos resisten hoy frente a los rusos es porque la nación ucraniana recurre a sus recursos más profundos, a lo más recóndito de su ser, para defenderse. Es ese cimiento nacional el que marca la diferencia, el que determina, en última instancia, la capacidad de un pueblo para resistir.
¿A qué se refiere con «lo más profundo»?
Todo depende de la relación entre el atacante y el defensor.
Algunos defensores se derrumban. Los que resisten sacan fuerzas de lo más profundo de su ser y de su sociedad. Rusia no derrotará a Ucrania mientras esta no pida clemencia. Para evitarlo, los ucranianos ya han pagado el precio de cientos de miles de soldados. Rusia, por su parte, pierde hoy en día alrededor de mil hombres al día: 30 mil muertos, heridos o desaparecidos el mes pasado. Esta guerra se libra en un ámbito tecnológico avanzado, en el que se ven todas las innovaciones y, sin embargo, en última instancia, la cuestión de lo más profundo permanece intacta.
La victoria llega cuando esa voluntad se desmorona, cuando la sociedad o el aparato militar que la sustenta ceden. Pero cuando el atacado se defiende hasta el último aliento, hay que ir a buscarlo al suelo. Las fuerzas armadas deben integrar los factores que determinan la evolución de los modos de combate, como los drones o la cibernética, pero, en la base de esos factores de evolución, se encuentran factores de continuidad ineludibles. El espíritu guerrero y las fuerzas morales son algunos de ellos.
¿Cómo hacer frente a estos conflictos cada vez más intensos que se multiplican?
Podemos influir en nuestro destino. Esa es la esencia misma del tema. No estamos condenados a sufrir este mundo; no estamos a merced de la fuerza de los demás.
Desde mi cargo en las Fuerzas Armadas, tengo el deber de ayudar a nuestro país a forjar el futuro, y no a dejarse llevar por los avatares del presente. Este momento de la historia constituye un llamado a la acción decidida. No se trata ni de ceder al fatalismo, ni de creer que la voluntad por sí sola bastará. Se trata de construir la fuerza necesaria para que Francia sea capaz de seguir decidiendo, liderando y actuando.
Cabe esperar que el imperio intente vencer sin librar batalla.
General Pierre Schill
Este momento crucial marca un punto de inflexión para las fuerzas armadas en general, y para el Ejército de Tierra en particular. La institución militar debe ayudar a nuestro país a ejercer un liderazgo. Es uno de los motores de la soberanía europea, aquella que debe permitir a nuestro continente considerarse una potencia e influir en nuestro destino.
¿De qué manera concreta?
En la práctica, esto implica una transformación de nuestro modelo, que debe ir acompañada de una nueva economía de defensa y de una nueva forma de concebir y producir nuestro equipamiento militar. Desde el nacimiento de la disuasión nuclear, en la década de 1960, Francia ha organizado la adquisición de su equipamiento y ha desarrollado sus tácticas en torno a grandes elementos estructurantes: la propia disuasión nuclear, los portaaviones, los aviones de combate, los carros de combate… Esta organización va de la mano de una política estatal, con programas concebidos a largo plazo, la mayoría de los cuales han sido concluyentes. Así, el programa «Scorpion» ha sido un éxito en el Ejército de Tierra. Nos hemos adelantado al combate de la década de 2030 y hemos construido en consecuencia el sistema de comunicaciones, el combate colaborativo y los vehículos que permitirán hacerle frente.
Pero este enfoque de las cuestiones militares es heredado de un mundo que, desde entonces, se ha transformado. Se basa en una economía estructurada en torno a las grandes industrias y en la base industrial y tecnológica de la defensa nacional. Sin embargo, hoy en día, una formidable efervescencia agita los sectores de lo digital, la alta tecnología y la inteligencia artificial. Se trata de otra forma de economía de la guerra: más rápida, más difusa, más ágil y desestabilizadora para los modelos tradicionales; más liberal.
¿Qué cambia con todo este alboroto?
Esta efervescencia genera nuevas formas de lucha, pero eso no significa que haya eliminado las antiguas. No se trata de una lógica de sustitución, sino de una lógica de complementariedad.
Más que una sustitución, lo que estamos viendo es una combinación de medios y formas de combate.
Los defensores de la modernidad proponen dejar de lado nuestros antiguos equipos para centrarnos en sistemas más sencillos, más ágiles y considerados más eficaces: pequeños drones y teléfonos móviles, es decir, herramientas digitales.
En su forma más avanzada, esta lógica conduce a una especie de «uberización» del combate, tal y como se puede observar hoy en día en Ucrania. Esta se articula en torno a un sistema de puntos asignados a los objetivos: un soldado de infantería ruso representa X puntos; un tanque, Y puntos, etc. Los combatientes que destruyen un objetivo, sobre todo con sus drones, toman una foto y acumulan los puntos. Estos puntos se canjean luego por nuevos drones y nuevos equipos en un mercado. Las grandes unidades, como la brigada Azov, un poco al estilo cosaco, desarrollan incluso formas de autofinanciación y autopromoción, movilizando a la sociedad para adquirir recursos. Existe aquí un riesgo de gamificación, de considerar que la guerra es un juego, dentro de una lógica de rendimiento individual y recompensa. La tendencia al ultraliberalismo, incluso en el ámbito militar, favorece esta dinámica. Pero este modelo no puede ser el nuestro. Un ejército como el nuestro no puede reducirse a una yuxtaposición de iniciativas individuales, por muy eficaces que sean.
Entonces, ¿cómo integrar estos nuevos elementos en la planificación y la ejecución de la acción militar?
Es imprescindible tener en cuenta estos cambios en las formas de combate y de adquisición. Esto implica introducir flexibilidad en un sistema planificado.
Esto requiere, en particular, cambios en la programación presupuestaria del Estado. Un ejemplo sería aceptar que existan fondos o partidas presupuestarias destinadas a la innovación, concebidas para adquirir pequeños drones —necesarios en las futuras guerras electrónicas— o para invertir en inteligencia artificial, como complemento de los equipos masivos y costosos que son los portaaviones, los aviones de combate y los tanques. Esto implica no sacrificar sistemáticamente estas provisiones para la innovación en los ajustes presupuestarios.
No estamos condenados a soportar este mundo; no estamos a merced de la fuerza de los demás.
General Pierre Schill
Estas nuevas herramientas permiten que una serie de parámetros, incluidos los sistemas de mando, evolucionen a un ritmo mucho más rápido, a veces de un semestre a otro, gracias a los vertiginosos avances en inteligencia artificial y tecnología digital, implementados mediante el edge computing y la nube. Este principio también se aplica al aumento de la letalidad, en particular en lo que respecta al fuego de profundidad: drones, municiones teledirigidas y capacidades de largo alcance.
Por lo tanto, debemos gestionar simultáneamente diferentes escalas temporales: el largo plazo de los grandes programas y el corto plazo de la innovación y, para ello, hacer malabarismos con diferentes fuentes de recursos, con el fin de construir un modelo de defensa potente y ágil, sin sacrificar su coherencia.
La nueva realidad híbrida de la guerra también se manifiesta en el ámbito económico. Es lo que a veces se denomina «arsenalización» (weaponisation). ¿Cómo transforma esto la economía tradicional?
Se trata de una movilización global de las naciones, con el fin de lograr una defensa completa y eficaz desde el momento en que se inicia la competencia; la hibridación de las estrategias de respuesta a esta competencia va acompañada de una hibridación de los medios militares y de su adquisición.
Más que una sustitución, se trata de combinar la economía tradicional de la guerra con estas nuevas formas de economía. Del mismo modo que los nuevos métodos de combate se combinan con los antiguos, las trincheras o el uso de la artillería deben transformarse mediante el uso de drones y la inteligencia artificial. No se trata de borrar el mundo antiguo, sino de añadir nuevas capas.
Esto supone una mayor circulación de talentos de la sociedad al ámbito militar, y viceversa. Volvemos al ejemplo de Ucrania y a su renovación de la estructura militar mediante vías de profesionalización más diversas e innovadoras. ¿Forma parte esta mayor permeabilidad entre la sociedad civil y el ámbito militar de las reflexiones que se están llevando a cabo en el seno del Ejército de Tierra francés?
De hecho, las fuerzas armadas deben ser estratégicas, innovadoras y estar unidas para influir en el destino de nuestro país.
La eficacia de un ejército, su capacidad para demostrar su determinación, está íntimamente ligada a la eficacia de la política pública denominada «defensa». El Estado destina recursos a ella: 57.000 millones de euros este año, es decir, 7.000 millones más que el año pasado. Un proyecto de ley prevé ahora 36.000 millones de euros adicionales de aquí a 2030 para actualizar nuestra ambición militar.
La defensa es una política pública que produce efectos concretos, pero también es un proyecto de soberanía, un proyecto colectivo. Esta encarnación podría ser la encarnación de un proyecto político global para nuestro país en los próximos años. El Ejército de Tierra, con sus 110.000 soldados procedentes de todos los territorios, incluidos los de ultramar, encarna esta capacidad de movilización. La fraternidad de armas, el espíritu de cuerpo, las exigencias de la profesión, los sacrificios: todo ello constituye un ejemplo, si no un modelo, de cohesión y compromiso.
A pesar de las obligaciones militares o de la exigencia reglamentaria de disponibilidad, los soldados del Ejército de Tierra son un ejemplo de unión en torno a un bien superior. Una movilización de este tipo en favor de un proyecto eficaz nos permite influir en el futuro de nuestro país.
¿Qué hay del sistema de alianzas de Francia?
Francia es miembro fundador de la ONU, la OTAN y la Unión Europea. Esta posición pone de manifiesto nuestra identidad estratégica. Somos un país soberano, pero también un país constructor. Entendemos nuestra soberanía como la capacidad de decidir libremente y de liderar coaliciones.
Desde el punto de vista militar, la OTAN constituye hoy en día el marco principal de nuestro sistema de defensa en coalición. Se trata del marco de la defensa colectiva. Es también el lenguaje común de nuestros aliados, en particular de aquellos que se encuentran en Europa del Este y que se sienten directamente expuestos a la amenaza rusa.
La Alianza ofrece interoperabilidad, es decir, la capacidad de trabajar siguiendo procedimientos comunes. Ofrece una serie de herramientas, como puestos de mando, planes y la puesta en común de un gran número de capacidades militares.
Nuestra credibilidad en la OTAN es una condición indispensable para ser creíbles en otras alianzas circunstanciales. Contar con un cuerpo de ejército en la OTAN es, por ejemplo, un primer indicador de poderío. Por lo tanto, Francia dispone de un cuerpo de ejército para poder afirmar que está en condiciones de entrenar en coalición en otras circunstancias. Este es, en particular, el caso de las garantías de seguridad a favor de Ucrania. Esta iniciativa política y estratégica está impulsada por Gran Bretaña y Francia más que por la OTAN. Pero nuestra credibilidad en la Alianza nos da la credibilidad necesaria para comandar el componente terrestre de la coalición de voluntarios, si tuviera que desplegarse.
¿Sigue creyendo en la defensa colectiva de la OTAN?
Sí, pero hay que ver las cosas tal y como son. El poder de la OTAN se basa en gran medida en el poderío estadounidense. Esa presencia es sumamente deseable. Estados Unidos dispone de medios que refuerzan la credibilidad de la Alianza. Pero desde la presidencia de Barack Obama y el giro hacia el Pacífico, ya no quieren verse obligados a participar en el esfuerzo de defensa de los países europeos. La defensa representa el 4,5 % de su riqueza nacional, frente a solo el 2 % de los segundos. A ojos de Washington, los miembros de la Alianza han interiorizado que el poderío estadounidense siempre estará ahí para defenderlos. Hoy en día, las prioridades estratégicas de Estados Unidos son el continente americano y China. Debemos sacar las consecuencias de ello.
Los soldados del Ejército de Tierra son un ejemplo de unión en torno a un bien superior.
General Pierre Schill
Por lo tanto, nuestra postura debe cumplir dos requisitos. El primero es mantener, en la medida de lo posible, la relación con nuestros homólogos estadounidenses, seguir entrenándonos con ellos y conservar la interoperabilidad y el diálogo militar, al tiempo que reconocemos su libertad para no querer comprometerse más.
El segundo requisito es reforzar el pilar europeo de la Alianza.
Francia defiende hoy esta visión equilibrada. Precisamente porque estaremos dispuestos a asumir nuestras responsabilidades, junto con el resto de europeos, los estadounidenses podrán considerar que les conviene seguir prestando su apoyo o estar presentes el día D, si fuera necesario.
¿Puede Europa tomar el relevo de la OTAN?
No se trata de una simple sustitución. Un verdadero proyecto europeo de soberanía y poder implica la máxima solidez. Por lo tanto, supone abordar la cuestión de las dependencias mutuas. Se pueden imaginar formas de complementariedad industrial y militar, pero estas deben generar un poder real. El objetivo no es yuxtaponer programas, sino lograr efectos militares creíbles.
Sin embargo, esta vía no es competencia exclusiva de los actores militares. Implica decisiones políticas, industriales y presupuestarias. Pero sí existe la necesidad de dar un paso adelante, de profundizar en las relaciones y de establecer una cooperación estructurada.
Nuestra alianza es, por tanto, una fuente de poder, pero su cohesión está en peligro. La «gramática estratégica» mencionada anteriormente, especialmente cuando la aplica Rusia en el marco de los conflictos híbridos, apunta precisamente a la cohesión de las coaliciones. Un acontecimiento ambiguo, percibido por algunos aliados como grave y por otros como secundario, podría provocar una fractura irreconciliable.
Este es uno de los retos de la confrontación, una fase intermedia entre la competencia o la disputa y el enfrentamiento: poner a prueba la determinación, las capacidades, pero también la solidez política de las alianzas.
Mientras tanto, ¿qué aconseja?
Fortalecer nuestra soberanía.
En el ámbito militar, la soberanía se basa en dos elementos clave: la evaluación autónoma de la situación y la disuasión nuclear. Es indispensable que las más altas autoridades del Estado puedan disponer de una evaluación autónoma para formarse una convicción profunda y decidir con libertad. La disuasión nuclear protege nuestros intereses vitales. Es plenamente soberana. Constituye el pilar fundamental de nuestra seguridad. Pero esta soberanía no se reduce a lo nuclear. También supone contar con fuerzas convencionales poderosas y reactivas. Frente a las tentaciones de la vasallización feliz, o del idealismo impotente que enuncia las reglas sin poder hacerlas cumplir, nuestro país tiene la ambición de adoptar una estrategia de acción para sí mismo y para nuestro continente. El presidente de la República lo expresó así: «Para ser libre, hay que ser temido. Para ser temido, hay que ser poderoso». Se trata de una fórmula exigente. No significa buscar el enfrentamiento; significa crear las condiciones que permitan evitarlo.
Así es como me parece posible escapar del determinismo de la ley del más fuerte, según la cual el más agresivo siempre sale ganando, sin caer en un idealismo que afirmara que basta con la voluntad.
Para seguir esta línea de actuación, debemos demostrar nuestra determinación: es decir, la combinación de voluntad, capacidades y resistencia. La cuestión que se plantea hoy al Ejército de Tierra es qué medio debe emplearse para expresar esa determinación.
¿Cómo ve el papel del Ejército de Tierra en la evolución de la doctrina nuclear francesa que Emmanuel Macron ha destacado en varias intervenciones?
La contribución del Ejército de Tierra francés en el marco del apoyo mencionado por el presidente de la República se basa en los conceptos clave de «determinación» y «polivalencia». La determinación, porque el compromiso sobre el terreno implica asumir un riesgo. La polivalencia, porque el Ejército de Tierra debe ser capaz de actuar en el espectro más amplio de espacios y niveles de intensidad en un conflicto, para ofrecer opciones militares de gestión de la escalada.
La crisis de Groenlandia es un ejemplo de ello. Cuando el presidente Donald Trump expresó su preocupación por el flanco norte de los territorios controlados por las potencias de la OTAN, afirmando que pronto podría ser penetrado por Rusia o China en Groenlandia, Dinamarca pidió ayuda a sus aliados. Francia respondió enviando soldados. El efecto estratégico fue crucial, lo que impulsó a las demás naciones europeas a desplegar sus propias fuerzas, enviando la señal de que los europeos eran capaces de asumir la defensa frente a Rusia sin dejar de ser soberanos en su territorio. El Ejército de Tierra debe ser estratégico, debe producir efectos gracias a su determinación y su versatilidad.
¿No existe aquí el riesgo de que se exagere o se instrumentalice el concepto de urgencia? ¿Cómo se puede frenar esta escalada hacia los extremos del enfrentamiento?
El general Burkhard dio una clave: «ganar la guerra antes de la guerra», es decir, evitar que la situación llegue a extremos mediante la disuasión y la preparación para la guerra.
Se basa en una movilización del corazón de nuestra nación, pues es la nación la que debe defenderse. La combinación de la disuasión nuclear, las fuerzas convencionales y la resiliencia de la nación puede impedir que la situación llegue a extremos. Es imprescindible demostrar nuestra determinación, pero también nuestra eficacia y nuestra credibilidad en el marco de la coalición desde las fases previas al enfrentamiento, lo que yo denomino «confrontación».
¿Se trata, pues, de una dinámica a la vez militar, industrial, política y casi filosófica?
Sí. Más allá de las cuestiones relacionadas con el equipamiento, es fundamental para la defensa que estemos decididos a actuar, no solo en el ámbito militar, sino también a través de un proyecto de futuro. Esa es la idea del espíritu de movilización, o de defensa, de la nación.
La dialéctica de las voluntades sigue siendo el núcleo de la guerra y determina la resiliencia de cada país. El número y la calidad de los soldados, su formación, su cohesión, su experiencia, su moral, pero también el apoyo de la sociedad, la industria, la economía y la capacidad de asumir el esfuerzo: todo ello forja el poder.
El aumento de las reservas y la implantación del servicio militar son dos formas de reforzar el espíritu de movilización, al brindar a más jóvenes franceses y francesas la oportunidad de contribuir a la defensa.
Los ingredientes hay que buscarlos en lo más profundo de la nación.
General Pierre Schill
La resiliencia no es solo cosa de los ejércitos. Desde un punto de vista económico, se trata de reducir nuestra dependencia de las tierras raras extranjeras, de obtener los componentes necesarios para la fabricación de nuestro material de defensa y de controlar las inversiones estatales y privadas en los sectores clave para la soberanía. En los últimos 30 años, hemos tenido la suerte de vivir sin amenazas vitales en nuestras fronteras. No somos ni Israel, ni Corea del Sur, ni Ucrania. Pero el resurgimiento de una amenaza urgente y radical en las fronteras de nuestro continente nos obliga a volver a aprender a ser autónomos.
¿A qué ritmo hay que hacerlo? Para mi homólogo estonio, por ejemplo, ya es una carrera contra el reloj. Quizá nosotros tengamos un poco más de tiempo. Pero es urgente.
No obstante, lo repito: la inversión en nuevas herramientas de combate, en ciberseguridad, drones e inteligencia artificial no puede sustituir a la fuerza moral, que constituye el valor de los ejércitos y el poder de nuestro país. Los ingredientes hay que buscarlos en lo más profundo de la nación. Es ahí donde se decide, en última instancia, nuestra capacidad para influir en nuestro destino.