Para recibir nuestros artículos en primicia y apoyar el trabajo de una redacción independiente, suscríbase al Grand Continent

Joseph de Maistre nos enseñó algo importante: la contrarrevolución puede interpretarse de dos maneras. 1 «La restauración de la monarquía, que llamamos contrarrevolución», escribe en sus Consideraciones sobre Francia, «no será en ningún caso una revolución al revés, sino lo contrario de la revolución». 2

Por un lado —el de la revolución al revés— encontramos la aceptación del método revolucionario, es decir, la voluntad de derrocar radicalmente el orden existente, combinada, sin embargo, con principios opuestos a los que los más subversivos habían seguido hasta entonces.

Por otro lado —el de la contrarrevolución— prevalecen, por el contrario, el escepticismo respecto a la posibilidad de que los seres humanos se transformen verdaderamente a sí mismos y transformen el mundo, así como el respeto por lo que nos han legado las generaciones pasadas.

Si la persistencia de la nación sugiere que la única salida posible a la insurrección populista se encuentra a la derecha, no cabe duda de que la partida se jugará entonces entre estas dos lecturas antitéticas de la contrarrevolución. No es casualidad que las veamos convivir, no siempre en paz, en la torre de Babel en que se ha convertido la Casa Blanca durante el segundo mandato de Donald Trump. 3

La contradicción contrarrevolucionaria

Al igual que de Maistre, quienes persiguen lo contrario de la revolución sitúan la tradición en el centro. 4 Pero, a lo largo de los últimos 60 años, lo que queda de la tradición ha sido profundamente alterado por los procesos éticos, jurídicos y económicos de emancipación subjetiva e integración planetaria.

En otras palabras, retomando categorías ya introducidas en estas páginas, quienes se inclinan por este camino no podrán valerse de lo que viven y constatan a diario con sus propios ojos, sino que deberán esforzarse por restablecer lo que hace tiempo que ya no ven.

El Proyecto 2025, que la Heritage Foundation, un importante think tank conservador estadounidense, publicó con vistas a la segunda presidencia de Trump —y que el presidente de ls Estados Unidos ha puesto en práctica desde entonces—, muestra precisamente esto. Ya desde la introducción, toma nota de la profunda crisis de los lazos familiares —«el cuarenta por ciento de todos los niños nacen de madres solteras, un porcentaje que alcanza el setenta por ciento entre los niños negros»— y se propone «restablecer el lugar central de la familia en la vida estadounidense» utilizando el poder federal «para revertir el proceso de disolución». 5

Restablecer, invertir: reconstruir lo que se ha derrumbado, y no preservar lo que aún se mantiene en pie.

Roger Scruton, uno de los mayores intérpretes británicos del conservadurismo, ofrecía la siguiente definición: se trata de defender las «virtudes de lo que existe». En otras palabras, el verdadero conservadurismo sería una disciplina del tacto, ajena a las elucubraciones teóricas, fiel a los hechos y apegada a las contingencias del espacio y el tiempo. 6 El problema es que, si la tradición ya no existe, solo podremos restablecerla mediante una operación abstracta, basada en lo que se sabe de oídas y sostenido únicamente por la memoria.

El católico conservador Augusto Del Noce descartaba que tal operación fuera siquiera posible: «Si bien es cierto que no se hace política sin sentido de la autoridad, del bien común y de la patria —escribía en 1971—, también lo es que no está en manos del político […] hacerlos renacer en su lugar, es decir, en las conciencias». Quienquiera, continuaba, que sueñe con «una restauración por la vía política de la religión, la patria, la familia… está abocado al fracaso, pues busca restaurar como “mitos” unas realidades cuya primera característica es que no pueden ser concebidas como mitos». 7

Del Noce iba aún más lejos: estaba convencido de que, siguiendo ese camino, los conservadores acabarían por hacerse indistinguibles de sus adversarios revolucionarios. Se enfrentarían, en efecto, al riesgo de transformar la memoria de una tradición muerta en un proyecto racional, aplicable de manera sistemática. «La idea de una restauración política de los valores», concluía, «ya está condenada por el hecho de que se sitúa en el mismo plano que el adversario».

En resumen, en una sociedad postradicional, quien persiga la contrarrevolución como lo opuesto a la revolución corre el riesgo de verse arrastrado a una revolución a la inversa: en tal situación, la oposición a los revolucionarios ya no se hace en nombre de lo que existe, sino de un proyecto teórico que, aunque sea radicalmente diferente en su interpretación del pasado, no por ello es menos abstracto que el que defienden esos revolucionarios.

La contradicción nacionalista

Esta profunda contradicción contamina el concepto de nación.

Si bien la nación sigue siendo el único punto de anclaje posible para una contrarrevolución populista de derecha, tras décadas de globalización económica y jurídica, de individualismo y universalismo, no por ello tiene el viento a favor. 8

Hay naciones y naciones.

Por razones obvias, Estados Unidos puede permitirse seguir la vía nacional mucho más que los países europeos. En Europa occidental, se ha trabajado durante décadas para desmantelar las identidades nacionales, especialmente a partir de los años sesenta, en particular a través de la reinterpretación de los orígenes y la naturaleza de los fascismos. Durante otras tantas décadas, se ha trabajado en un proyecto de integración continental que, alimentado por ambiciones federalistas, se ha opuesto cada vez más a las tradiciones y a la soberanía de los Estados individuales. Este proyecto preveía que el declive de las patrias se compensaría con el fortalecimiento de la identidad europea. Pero no ha sido así o, al menos, no lo suficiente.

Los Estados opusieron una resistencia cultural, institucional y política nada desdeñable. Construir desde cero el espacio público continental resultó menos fácil de lo previsto y el clima histórico era hostil a las identidades territoriales.

En resumen, si bien Europa supo aprovechar el espíritu de la época a la hora de desmontar la nación, se topó con obstáculos cuando trató de construirse a sí misma.

Una catástrofe identitaria ha madurado en el Viejo Continente.

Hoy en día, los Estados europeos, considerados individualmente, son demasiado débiles para jugar solos en la partida mundial debido a su fragilidad espiritual y a sus dimensiones territoriales, demográficas y económicas insuficientes. Pero la Unión tampoco está a la altura, por falta de cohesión, de legitimidad democrática y de fuerza política. En otras palabras, en Europa, la idea nacional proporciona a la contrarrevolución recursos mucho más modestos que en Estados Unidos.

La aceleración: dar la vuelta al mundo por la derecha

Si la tradición es ya un ideal irrecuperable, ¿por qué los contrarrevolucionarios no apostarían, desde el principio, de forma asumida, explícita y orgullosa, por una revolución al revés? ¿Por qué no intentarían dar la vuelta al mundo por la derecha?

En el Estados Unidos de la segunda administración de Trump, son muchos los que piensan así. Empezando por el presidente, cuyos discursos rebosan de hipérboles milenaristas: Estados Unidos estaría a punto de volver a la victoria «como nunca antes»; vivimos una época de oportunidades extraordinarias y de potencial ilimitado; los sueños imposibles están ahora al alcance de la mano; estamos listos para desentrañar los misterios del espacio, para liberar a la Tierra de los dolores de la enfermedad y para inventar las energías, las industrias y las tecnologías del mañana; el año que viene será uno de los mejores que hayamos conocido jamás; nunca deben creer en lo imposible; el futuro nos pertenece; «la edad de oro de Estados Unidos comienza hoy»… 9

Cuando afirma que «ninguna fuerza en la historia ha contribuido más al progreso de la condición humana que la libertad estadounidense», 10 Trump retoma incluso el elemento central del régimen liberal radical histórico, al tiempo que lo despoja de su universalismo y lo declina en una perspectiva nacional.

El manifiesto de la contrarrevolución publicado a principios de 2024 por Christopher Rufo, un influyente intelectual de la nueva derecha estadounidense, también llama a una revolución a la inversa: «los conservadores deben afrontar el mundo tal y como es, un statu quo que no exige conservación, sino reforma, incluso revuelta». 11

Este es también el enfoque del libertario Peter Thiel, el más politizado de los empresarios que gravitan en torno a la administración Trump. Le repugna la idea de un gobierno mundial inminente, basado en el deseo humano de paz y seguridad. Ante esta posibilidad, que él asimila al Anticristo, su prioridad es identificar un katechon, 12 el elemento capaz de frenar la deriva globalista. Lo que puede parecer a priori contraintuitivo es que Thiel no cree que este elemento deba ser «una mera fuerza de reacción»: al contrario, está convencido de que el globalismo solo puede conjurarse acelerando —y no ralentizando— el ritmo del cambio.

En otras palabras, no se sale del orden radical dando marcha atrás, sino yendo siempre más lejos y a una velocidad creciente, sobre todo en el ámbito de la innovación tecnológica. Más aún cuando, prosigue el empresario, «la historia es una progresión inexorable», de tal manera que «parece inconcebible que podamos desaprender lo que hemos descubierto. El conocimiento se acumula: una vez revelado, es difícil hacerlo desaparecer». 13

La idea de una reconstrucción que solo podría llegar una vez completada la obra de destrucción propia de la modernidad no es nueva. Julius Evola la había expresado mediante una metáfora —«montar al tigre»— ya a principios de los años sesenta: «cuando un ciclo de civilización llega a su fin», escribía, «es difícil lograr algo resistiéndose, oponiéndose directamente a las fuerzas en movimiento. La corriente es demasiado fuerte, nos arrastraría». Entonces, «el principio a seguir puede ser el de dar rienda suelta a las fuerzas y los procesos de la época, sin dejar de mantenerse firmes y listos para intervenir cuando “el tigre, que no puede abalanzarse sobre quien lo cabalga, se canse de correr”». 14

Un ejercicio de realismo

En las últimas tres décadas, esta tesis ha encontrado un nombre: el aceleracionismo. Ha sido retomada desde diversos frentes y puesta al servicio de proyectos políticos a menudo opuestos. 15 Aunque existen versiones de izquierda, su principal intérprete, el filósofo británico Nick Land, ha contribuido a desarrollarla hacia la derecha, elaborando una doctrina neorreaccionaria que, en su propio nombre de «Ilustración oscura», se presenta como una modernidad al revés.

El aceleracionismo comparte con el régimen liberal radical histórico la convicción de que el futuro encierra la solución a todos los problemas y que bastaría con avanzar más rápido —progresar, en definitiva— para desbloquear todas las situaciones. Mientras que los partidarios de este orden actúan así para alcanzar su perfección, los aceleracionistas, por su parte, profetizan, por el contrario, su colapso. Según ellos, de sus escombros podrá surgir un mundo diferente y mejor. ¿En qué será diferente? ¿En qué será mejor? Ni ellos mismos sabrían decirlo: avanzan, sin la más mínima garantía de que la catástrofe no nos haga pasar de Caribdis a Escila.

Este cuestionamiento es tanto más crucial si se concede alguna importancia a la libertad.

Si bien es cierto que el hombre, «compuesto por definición, solo es sólido en forma de aleaciones», es probable que su libertad sea ante todo fruto de ese «sutil equilibrio» del que habla el historiador y político Lord Acton: 16 paciencia, razón, sentido de los límites, capacidad de compromiso, equilibrio de poderes.

A pesar de sus buenas intenciones, la revolución liberal no podrá ofrecernos este tipo de libertad. Tampoco la obtendremos forzando el restablecimiento de una tradición que muchos —al no haber tenido la oportunidad de vivirla— consideran ahora una abstracción. Menos aún la conseguiremos «montando al tigre» futurista, por muy emocionante que pueda parecer para algunos.

De hecho, podríamos conseguirla haciendo exactamente lo contrario. Dentro de los límites insuperables de la condición humana, por lo tanto necesariamente imperfecta, el conservadurismo puede triunfar mediante una antropología realista, admitiendo que los individuos son menos maleables de lo que esperábamos y que sus contradicciones son más profundas, moderando sus impulsos utópicos y llevándolos a enfrentarse a la inevitable tragedia de los dilemas. Se trata de concebir un pueblo adaptado a los seres humanos tal y como son realmente y dejar de pretender que, como en un gran clásico de la ciencia ficción, 17 se adapten más bien al pueblo encantado de nuestros sueños.

Las obras escritas en el espíritu del régimen liberal radical histórico suelen terminar con una nota triunfal, proponiendo soluciones brillantes y prediciendo un futuro radiante. 18

Si queremos abstenernos de alabar remedios ineficaces y falsamente milagrosos, ¿qué más es posible proponer?

Sobre el papel, solo se pueden esbozar soluciones abstractas: estas son insuficientes por definición, ya que la crisis a la que deben poner remedio ha sido generada por un exceso de abstracción.

De manera más concreta, el antídoto contra los excesos de nuestra época —el katechon— no reside en una sola teoría macroscópica, sino en una miríada de hechos microscópicos; en un trabajo humilde y oscuro de corrección y reequilibrio, un ejercicio cotidiano de realismo y escepticismo que reconcilia concretamente a los seres humanos con el pueblo donde viven.

Esto consiste en un trabajo y un ejercicio opuestos a cualquier proyecto racional abstracto: estos últimos constituyen más bien un antídoto contra el exceso de planificación y un contrapeso a toda solución pura, perfecta y deseable procedente del reino de las ideas.

Para existir realmente, estos procedimientos deben vivirse, no pensarse. Por lo tanto, hay que abstenerse de prescribirlos por escrito.

Notas al pie
  1. Giovanni Orsina, Controrivoluzione, Una storia politica del nostro tempo, Venecia, Marsilio, 2026.
  2. Joseph de Maistre, Considérations sur la France, c. X, Chez Rusand, edición de 1829 [1796], p. 199.
  3. Laura K. Field, Furious Minds: The Making of the MAGA New Right, Princeton, Princeton University Press, 2025.
  4. Dos obras en particular han alimentado el debate conservador estadounidense: Yoram Hazony, Conservatism: A Rediscovery, Washington, Regnery Gateway, 2022; Patrick J. Deneen, Regime Change: Towards a Postliberal Future, Nueva York, Sentinel, 2023.
  5. Mandate for Leadership : The Conservative Promise, Project 2025, 2023, pp. 3-4, itálicas en el texto. Ver también la edición de 2024 dl texto, en particular el capítulo 2, «Fighting fire with fire».
  6. «Defienden las virtudes de lo real», Roger Scruton en The Meaning of Conservatism, Londres, Penguin, 1980, p. vii. Véase también How to Be a Conservative, Bloomsbury Continuum, Londres, 2014, y Conservatism. An Invitation to the Great Tradition, All Points Books, 2014, y Scruton 2017. Sobre el conservadurismo, véase en particular Edmund Fawcett, Conservatism. The Fight for a Tradition, Princeton, Princeton University Press, 2020, y F. H. Buckley, Progressive Conservatism. How Republicans will become America’s natural governing party, Nueva York, Encounter Books, 2022; sobre Italia, véase Marco Gervasoni, Pensare l’impolitico. Il conservatorismo italiano, Rubbettino, Soveria Mannelli, 2022, e Invernizzi & Sanguinetti, Conservatori. Storia e attualità di un pensiero politico, Milán, Ares, 2023.
  7. Para todas estas citas, ver Augusto Del Noce, Rivoluzione, Risorgimento, tradizione. Scritti su «L’Europa» (e altre, anche inediti), Milano, Giuffrè, 1993.
  8. Alessandro Campi, Il fantasma della nazione: Per una critica del sovranismo, Venise, Marsilio Editori, 2023.
  9. Las citas de Trump proceden, sin ningún orden en particular: de un discurso pronunciado en la ceremonia de graduación de la Liberty University en 2017, de otro ante el Congreso ese mismo año, de su intervención en la CPAC de 2017, de su discurso sobre el estado de la Unión de 2019 y de su discurso de investidura de 2025.
  10. President Donald J. Trump’s State of the Union Address, Casa Blanca, 5 de febrero de 2019.
  11. Christopher Rufo, «The New Right activism», IM—1776, 4 de enero de 2024.
  12. El término katechon remite a 2 Tesalonicenses 2, 6-7, donde san Pablo alude a lo que frena la manifestación del Anticristo. En la época contemporánea, Carl Schmitt lo convirtió en una categoría teológico-política, una fuerza histórica de contención que hace posible la perdurabilidad del orden político.
  13. Comentarios realizados durante un seminario privado organizado por Thiel sobre el Anticristo, en San Francisco, en septiembre de 2025. Véase también Peter Thiel, The Straussian Moment en Robert Hamerton-Kelly (ed.), Politics & Apocalypse, East Lansing, Michigan State University Press, 2007. Para más detalles sobre Peter Thiel, véase Max Chafkin, The Contrarian: Peter Thiel and Silicon Valley’s Pursuit of Power, Londres, Bloomsbury, 2021.
  14. Julius Evola, Cavalcare la tigre, Milán, Vanni Scheiwiller, 1961.
  15. Jesse Damiani, «What is Accelerationism? A Primer on the Defining Philosophy of Our Time, Including Effective Accelerationism (e/acc), the Dark Enlightenment, & More», Reality_Studies, 13 de mayo de 2025.
  16. Historiador y político británico (1834-1902), figura destacada del pensamiento liberal, conocido por sus reflexiones sobre los límites del poder.
  17. Al igual que en una novela del escritor canadiense A. E. van Vogt, The Voyage of the Space Beagle, publicada en 1950. Para la traducción al español, véase A. E. van Vogt, El viaje del beagle espacial, La casa de las palabras, 2020.
  18. Véase, por ejemplo, la conclusión del libro de David Runciman, How Democracy Ends, Nueva York, Basic Books, 2018.