Durante una gran ceremonia celebrada en el Gran Palacio del Pueblo, en Pekín, Xi Jinping declaró con cierta solemnidad que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se encontraba «en el lado correcto de la Historia».

De trasfondo una delicada reconfiguracion de las relaciones internacionales en las que España, actuando como avanzadilla consciente de las posiciones europeas, busca fortalecer de manera significativa la colaboración entre Europa y China, dejando atrás años de desconfianza y recelo.

¿Cómo entender el proyecto de Sánchez de acercamiento en nombre de la ecología? Este texto, cuyos análisis son fundamentales para definir la política española, revela un contexto general de la cuarta visita de Sánchez a China en cuatro años y cómo los retos globales necesitan más que nunca como condición imprescindible un gran acuerdo de largo recorrido entre ambas potencias.

El orden mundial vigente en las últimas décadas se encuentra en plena reconfiguración y el horizonte estratégico europeo precisa ser reformulado. El retorno de las lógicas imperiales —nostálgicas de un “gran ayer” glorioso—en las dos grandes potencias nucleares, Rusia y Estados Unidos, junto al ascenso de China y la regresión democrática global, están redibujando en profundidad los contornos de dicho orden.

La Unión Europea precisa leer acertadamente las nuevas tendencias globales y el poder inherente en la disposición específica de los elementos.

Hay sobrados motivos para creer que el proyecto político que representa la Unión Europea se encuentra sometido a un creciente cerco estratégico
El incendio de Oriente Medio provocado por la guerra unilateral e ilegal de Estados Unidos e Israel contra Irán es el último episodio de dicha reconfiguración. Y la energía ha pasado a ocupar, una vez más en la historia, el centro del tablero.

El Estrecho de Ormuz se ha convertido en dramático símbolo del paso muy angosto no solo geográfico sino geopolítico, económico y de seguridad, que supone la dependencia energética de unos combustibles fósiles utilizados como vectores de poder. El contraataque iraní sobre las infraestructuras energéticas del Golfo y, sobre todo, el cierre del mencionado estrecho —por donde transita la mitad de las exportaciones mundiales de petróleo— han situado al sistema económico global al borde de un shock de grandes dimensiones. La disrupción del suministro ha sido descrita, de hecho, por la Agencia Internacional de la Energía como potencialmente más grave que la crisis de 1973. 

Es probable, por tanto, que la guerra provoque un profundo punto de inflexión en el sistema energético mundial. Acelerará en el medio plazo el abandono de la dependencia del petróleo y el gas, en especial en países asiáticos que están viviendo una emergencia energética que afecta de lleno no sólo a su economía sino a su seguridad nacional. La razón es simple: las alternativas tecnológicas son ya una realidad tangible, están disponibles en generación eléctrica, edificación y movilidad. Y, sin embargo, esta misma coyuntura revela con crudeza hasta qué punto esa gran transición necesita un nuevo impulso geopolítico que permita quebrar la estructura de dependencia fósil que sigue atenazando a la mayoría de la humanidad.

Para Europa la lección es clara y contundente. Tras la crisis derivada de la invasión rusa de Ucrania y tras la agresión militar a Irán, la política energética ya no puede pensarse solo en términos de eficiencia y sostenibilidad climática, sino como el eje central de la seguridad y la soberanía estratégica. 
Esta es, en última instancia, la cuestión de fondo del este ensayo: en un momento en que la transición energética empieza a perfilarse como una alternativa real al orden fósil global, los centros de poder que se benefician de él redoblan sus esfuerzos por prolongar su dominio económico y geopolítico. Urge, en consecuencia, una reformulación estratégica que sitúe la energía y el clima en el corazón del proyecto político europeo. Y es que ya no se trata sólo de preservar las bases naturales/ climáticas de la existencia, sino de garantizar la autonomía material de nuestras sociedades en un mundo peligrosamente inestable.

Hacia el caos climático

El importante informe científico publicado en febrero de 2026, The risk of a hothouse Earth trajectory, 1 ofrece una conclusión contundente a la vez que preocupante: tras doce meses consecutivos habiendo superado el incremento de la temperatura media de la atmósfera en 1,5 grados, el objetivo más ambicioso fijado en el Acuerdo de París ha sido ya superado o lo será en breve.

Lo que es aún más grave, dada la actual dinámica de las emisiones globales y el contexto geopolítico internacional, hay muchas posibilidades de que el umbral de seguridad de los 2 grados se supere hacia 2045. Y es que el incremento de la temperatura de la atmósfera se ha acelerado. Mientras que entre 1880 y 1970 el aumento por década fue de 0,05 grados y entre 1970 y 2010 de 0,19 grados, entre 2010 y 2025 ha sido ya de 0,31 grados, un salto significativo. De no mediar una reducción drástica de las emisiones globales en el horizonte temporal 2026-2035, algo relativamente poco probable a la vista de los débiles compromisos adoptados por los grandes emisores, el incremento de los 2 grados su superará en apenas veinte años. 

Ese escenario supondría el fracaso de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC) aprobada en 1992 en la cumbre celebrada en Río de Janeiro. Dicha convención ha vertebrado la respuesta climática internacional, incluyendo el Protocolo de Kioto en 1997 y el Acuerdo de París en 2015. 

Desde el primer informe de síntesis del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), publicado en 1990, el umbral de los 2 grados ha sido la referencia que ha guiado a la comunidad científica. De hecho, cuando la CMNUCC formuló su objetivo central de “evitar una interferencia antropogénica grave sobre el clima de la Tierra”, ese nivel de aumento era el que definía la interferencia. 

Respecto a la dinámica de las emisiones conviene destacar tres aspectos.

Primero, once años después del Acuerdo de París, éstas continúan aumentando, no se ha producido aún el punto de inflexión. Segundo, China principal emisor mundial, responsable de aproximadamente el 30 por ciento de las emisiones anuales, se ha fijado objetivos de mitigación poco ambiciosos en el horizonte 2035, del orden del 7-10 por ciento respecto al máximo que alcance a lo largo de esta década, por lo que su reducción será “neutralizada” por los incrementos esperados en otros países intensivos en el uso de carbón como India, Indonesia o Vietnam. Tercero, Estados Unidos, principal emisor en términos históricos y segundo emisor en la actualidad, no sólo se ha desentendido de sus responsabilidades adquiridas, sino que ha puesto en marcha una ofensiva contra los acuerdos climáticos y la transición energética y en defensa del poder fósil. 

Para el sistema fósil, la Unión Europea, con sus políticas climáticas y de transición energética, se erige como un obstáculo prioritario a debilitar, cuando no a derribar.

Emilio Santiago, Jesús Casquete y Antxon Olabe

Como consecuencia de dichos factores, el escenario más realista entre 2026 y 2035 es una relativa meseta (plateau) de las emisiones globales, o quizás una pequeña disminución de las mismas, en lugar de la pronunciada curva de descenso que se precisaría para situar su trayectoria en una dirección compatible con los 2 grados.

La trayectoria de emisiones entre 1980 y 2025 que finaliza en dicho punto, sitúa como escenario más probable, dadas las actuales circunstancias, el denominado SSP2-4.5, línea de color amarillo ocre, que conduciría a un incremento de la temperatura media a finales del presente siglo de 2,7 grados. 

Otro mensaje importante que se desprende de la mencionada figura es que, como consecuencia del Acuerdo de París y de la transición energética global, los dos peores escenarios climáticos, el SSP5-8.5 y el SSP3-7.0, contemplados por la comunidad de la ciencia del clima como posibles hace apenas una década, se puede decir, con bastante seguridad, que han quedado descartados. Asimismo, también se desprende que, dada la situación actual, acceder al escenario climático más optimista, la línea violeta SSP1-1.9, es ya virtualmente imposible.

Partiendo de los actuales compromisos adoptados por los diferentes países, las modelizaciones llevadas a cabo tanto por la Agencia Internacional de la Energía, como por el centro de investigación Climate Tracker Initiative prevén también un ascenso de la temperatura a finales de este siglo en torno a los 2,7 grados sobre la existente en la época preindustrial. Y ello sin tener en cuenta los posibles efectos de retroalimentación positiva que se pueden activar en el sistema climático global, una vez que los umbrales 1,5 y 2,0 grados queden desbordados, que es lo que proporciona el título al estudio arriba citado (The risk of a hothouse Earth trajectory). Por ello, no es exagerado afirmar que la actual trayectoria conduce hacia el caos climático.

Transición energética: una revolución retrasada

Una de las paradojas del siglo XXI es que el agravamiento de la crisis climática coincide con un avanzado nivel de madurez de las posibilidades tecnológicas para la descarbonización, prerrequisito fundamental —aunque no único— para estabilizar el clima planetario. La “revolución electrotécnica”, en términos del centro de investigación EMBER, está produciendo la transformación energética más disruptiva y prometedora desde la revolución industrial.

Sin embargo, dicha revolución está teniendo lugar con una generación de retraso para poder cumplir con el mandato de la CMNUCC. Además, se está viendo confrontada por poderosos intereses fósiles que han conformado un bloque histórico —en el sentido gramsciano— de alcance internacional que trabaja incansablemente para hacer descarrilar dicha transición.

En las últimas décadas la energía solar fotovoltaica, la energía eólica y, más recientemente, los sistemas de almacenamiento de baterías han conocido una de las curvas de abaratamiento de costes más impresionantes de la historia económica de la energía. En el 80 por ciento de las latitudes del mundo apuntar hoy con un panel al sol se ha convertido en la forma más económica de generar electricidad. 

A ello se añade la notable ampliación de los procesos económicos electrificables en términos coste-eficientes. Mientras que a comienzos de este siglo XXI apenas un 25 por ciento de los consumos energéticos finales eran electrificables, hoy alcanzan el 70 por ciento, incluyendo edificación, movilidad y, de modo incipiente, algunos procesos industriales.

Dos son las razones clave que explican esa disrupción en los costes. En primer lugar, la morfología de las tecnologías es modular, lo que las hace muy sensibles a las economías de escala que se obtienen con políticas industriales decididas, una cualidad que hace de la descarbonización un cambio tecnológico más parecido al que supuso la informática que al de las transiciones energéticas del pasado. En segundo lugar, el hecho de  mover electrones es mucho más eficiente que quemar moléculas. La electricidad obtenida del proceso fotovoltaico supone una ganancia en captación de energía solar de un orden de magnitud respecto a la fotosíntesis.

No estamos, por tanto, ante un pequeño avance ambiental, sino ante un cambio disruptivo en la historia de la energía. 

Las potencias centrales del imperio de los combustibles fósiles contraatacan

El que los intereses del complejo fósil se enfrenten no solo a un amplio cuestionamiento derivado de la crisis climática y la contaminación atmosférica de las ciudades, sino a una alternativa tecnológica superior en términos costo-eficientes, ha desatado la furia en sus centros de poder político: Washington, Moscú y Riad. Por casualidad (¿o no?), Rusia y Arabia Saudí están a la cola a nivel mundial en calidad democrática, según el último informe de 2026 del instituto de investigación Varieties of Democracy, de la Universidad de Gotemburgo (los puestos 162 y 167, respectivamente, de un total de 179 países). El proceso de autocratización que atraviesa Estados Unidos con Trump lo ha llevado a ocupar el puesto 51, cuando en 2017 estaba veinte puestos por encima. 2

Se ha conformado, así, una nueva Santa Alianza que persigue prolongar el control sobre una de las bases materiales que han sostenido la arquitectura geopolítica de los siglos XX y XXI. Y es que los combustibles fósiles han conformado, desde la revolución industrial, la columna vertebral energética que ha sostenido el desarrollo de la economía-mundo. La transformación en curso se percibe como una amenaza a ese dominio global.

Para comprender en toda su dimensión lo que está en juego es preciso tener presentes algunos datos. Estados Unidos, con 20 millones de barriles diarios, es el primer país productor de petróleo del mundo y el mayor productor de gas. Arabia Saudí, con 12 millones de barriles, el segundo, y Rusia, con 10 millones, el tercero, además de ser la segunda potencia gasística. 

No se trata solo mantener intactas rentas económicas y activos patrimoniales de gran magnitud. El gas y el petróleo se utilizan como vectores de poder, es decir como instrumentos de coacción estratégica en un mundo en el que la mayoría de las naciones son dependientes de los combustibles fósiles. La actual crisis energética, derivada del ataque norteamericano-israelí a Irán, constituye el enésimo ejemplo de la gran vulnerabilidad de los países obligados a importar petróleo y gas. 

La magnitud de los intereses en juego es difícil de exagerar. Según la organización experta en este ámbito Carbon Tracker Initiative, el tamaño del capital fósil mundial, incluyendo las reservas probadas comercialmente explotables, así como las infraestructuras de oferta y demanda y los activos financieros implicados, supera los 90 billones (europeos) de dólares, una cifra cercana PIB mundial. 

A la vista de las magnitudes económicas y los reajustes geopolíticos implicados, se comprende que la descarbonización del sistema energético global sea mucho más que un cambio tecnológico. Supone una profunda reorganización de las bases materiales del poder. De llevarse a cabo con éxito, supondría el mayor proceso de descapitalización de la historia económica por los ingentes recursos fósiles que se quedarían varados.

Ninguna otra región del globo ha llevado más lejos la posibilidad de combinar prosperidad económica y descarbonización.

Emilio Santiago, Jesús Casquete y Antxon Olabe

En los últimos años el núcleo de la transición energética se ha desplazado a Asia, concretamente a China. Tecnologías diseñadas en su día en los Estados Unidos y que, posteriormente, alcanzaron su madurez coste-eficiente en la Unión Europea gracias a las políticas públicas desplegadas por la Erneuerbare-Energien-Gesetz del gobierno de coalición rojiverde alemán, han alcanzado en China su desarrollo industrial a gran escala. De hecho, el país asiático ejerce, no sólo el liderazgo en innovación, sino que domina entre el 60 y el 90 por ciento de la capacidad industrial global en tecnologías clave como paneles solares y baterías, así como el refinado de minerales críticos. Además, uno de cada dos coches vendidos en la actualidad en el mercado chino es ya eléctrico.

Mientras que el núcleo duro del sistema fósil se encuentra en Washington, Moscú y Riad, el 80 por ciento de la humanidad incluyendo Europa, China, India, Japón y Corea del Sur, precisa importar la mayor parte de sus necesidades de petróleo y gas. Quienes se benefician de las ingentes rentas y activos patrimoniales derivadas de los recursos fósiles se han conjurado para hacer fracasar por todos los medios la transición global de la energía. Y la Unión Europea, con sus políticas climáticas y de transición energética, se erige como un obstáculo prioritario a debilitar, cuando no a derribar. Todos los medios invertidos en tal fin son bienvenidos por parte los valedores geopolíticos de las energías fósiles, incluida la inestimable colaboración de formaciones populistas de derecha que han adquirido un peso específico incontestable en nuestro continente en el último cuarto de siglo.

La «fósil-nostalgia» del populismo europeo

Los países neurálgicos de las energías fósiles, con Estados Unidos, Rusia y Arabia Saudí a la cabeza, no cabalgan solos en su afán por truncar la transformación del modelo energético hacia modelos menos agresivos con el clima y con la salud de las personas. Cuentan con aliados relevantes en el propio seno de la Unión Europea, una suerte de quintacolumnistas del modelo fósil. Nos referimos, claro está, a las formaciones nacionalpopulistas que están protagonizando la regresión democrática en las sociedades liberales de nuestro entorno más inmediato.

Así, entre 2000 y 2024, partidos de ese espectro ideológico participaron en un total de 28 gabinetes de 15 países europeos. En el Parlamento Europeo los grupos Patriots for Europe (incluye a Fidesz, Rassemblement National, Vox o Chega), Europe of Sovereign Nations (con Alternativa para Alemania como partido más destacado) y European Conservatives and Reformists (con Fratelli d’Italia y los polacos de Ley y Justicia como mascarones de proa) representan a una cuarta parte del electorado.

Todos ellos comparten un hilo común: su rechazo frontal al proyecto postnacional europeo, a esa aspiración que se ha venido fraguando desde que, en 1951, con la pesadilla nazi y el Holocausto aún recientes, viese la luz la Comunidad Europea del Carbón y el Acero con el Tratado de París. Lo que nació como una comunidad económica desde intereses compartidos ha ido avanzando hacia una unidad política articulada en torno a unos principios y valores comunes, como la separación de poderes o el respeto del pluralismo.

Hoy día, los partidos populistas de derecha europeos, con el aval y la logística de la administración Trump y de no pocos tecno-oligarcas de su país, ponen palos en las ruedas de ese proyecto civilizatorio que representa la Unión Europea. Un ambicioso proyecto político que descansa normativamente en el reconocimiento y preservación de esa “ciudad entera” (por tomar prestada la expresión del primer filósofo de nuestra civilización que nos legó obra escrita, de Platón) de casi 450 millones de personas. 

Las propuestas de los partidos de la derecha radical cuando están en la oposición, y sus políticas cuando gobiernan, vienen presididas por una profunda animadversión a todo aquello que signifique avanzar en la preservación de las bases naturales de existencia a partir de la evidencia científica disponible. El medio ambiente figura en sus programas y políticas incrustado en un marco nacionalista y, la gran mayoría de las veces, negacionista del cambio climático. Un marco nostálgico de la hegemonía del carbón y el petróleo como motores de la economía.

En Estados Unidos, Trump, el movimiento ultranacionalista MAGA y un Partido Republicano rendido a ambos, resultan elocuentes en ese sentido. El mismo día de su toma de posesión como presidente en su segundo mandato, el 20 de enero de 2025, Trump firmó un total de 26 órdenes ejecutivas, más que cualquier predecesor suyo en la historia del país. Nunca un presidente estadounidense se había acercado tanto a la caracterización hobbesiana del monarca como alguien que “por naturaleza, siempre está dispuesto y es capaz [in potentia proxima] de ejecutar actos de gobierno”. 3

Varias de dichas órdenes afectaban directamente a la agenda climática-ambiental, siempre en aras de un supuesto “interés nacional”. Así, una orden anunciaba la retirada de los Estados Unidos del Acuerdo de París de 2015, y posteriormente de la propia CMNUCC. Otra posibilitaba “maximizar de forma eficiente y efectiva el desarrollo y la producción de los recursos naturales ubicados en los territorios tanto federales como estatales de Alaska”, dando así vía libre al “drill, baby, drill”. Una tercera aspiraba a potenciar el aprovechamiento de los recursos energéticos y naturales disponibles en territorios y aguas federales, incluidas tierras raras. Contemplaba, asimismo, una “elección real del consumidor” eliminando las barreras regulatorias a los vehículos de combustión; o lo que es lo mismo, renunciando al impulso del vehículo eléctrico mediante “subsidios injustos y otras distorsiones del mercado impuestas por el gobierno”. 4

Los epígonos de Trump en Europa surcan la misma senda negacionista y nostálgica de los combustibles fósiles. El apartado dedicado a la política energética del programa de Alternativa para Alemania (AfD), de 2016, sostiene que el cambio climático “ocurre desde que existe la Tierra” y que “el dióxido de carbono no es un contaminante, sino un integrante indispensable de todas las formas de vida”. En abierta oposición al consenso científico, defiende que “la política climática descansa en modelos climáticos hipotéticos basados en simulaciones informáticas del IPCC”.

Los homólogos españoles de la AfD insisten en la misma línea. En su programa para las elecciones generales de 2023, Vox denunciaba a “los lobbies de la religión climática” y al “ecologismo radical” impuesto por las élites de la Unión Europea y de los organismos transnacionales. Entre las medidas que proponía figuran seguir explotando los combustibles fósiles y revertir la prohibición adoptada por la Unión Europea de vender coches de gasolina y diésel a partir de 2035, así como extender la vida útil de las centrales nucleares existentes, siempre con el horizonte de “alcanzar la soberanía energética”. 5

Estos partidos suelen hacer una encendida defensa de fuentes de energía derivadas de los combustibles fósiles en su calidad de materiales hundidos en las profundidades del territorio patrio. En cambio, según especula de forma sugerente (y provocadora) el investigador sueco Andreas Malm, las energías renovables (sol, viento, agua, olas) fluyen de un lugar a otro.

Las formaciones nacionalpopulistas que están protagonizando la regresión democrática en las sociedades liberales de nuestro entorno más inmediato.

Emilio Santiago, Jesús Casquete y Antxon Olabe

Con la salvedad parcial de la energía hidráulica, no hay equivalente renovable a nuestro carbón, nuestro petróleo, nuestro gas. Se trata “de una herencia material ultraprofunda que resulta fácil ligar a la mística del nacionalismo patrio”. Las reservas siempre estarán bajo el suelo nacional, mientras que el flujo del que se nutren las renovables guarda un vínculo débil con la patria; no pertenecen a ningún lugar particular, carecen de raíces. Para estos partidos nacionalpopulistas “la energía solar y la eólica son el judío y el musulmán de la energía”. 6

Los franceses de Agrupación Nacional (RN) se ajustan a ese imaginario. En el programa presidencial de su candidata Marine Le Pen de 2022, RN apuesta por “detener los proyectos eólicos y desmantelar progresivamente los parques existentes”. En Alemania la AfD entiende que la energía eólica presenta más inconvenientes que ventajas para humanos, animales y el paisaje. De ahí que proponga consultas ciudadanas sobre su construcción. En cambio, a modo de excepción que confirma la regla, para el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) “la transformación de nuestro sistema energético hacia energías locales y renovables constituye un elemento fundamental de una protección climática activa y es una exigencia de nuestro tiempo” que permitiría a Austria consolidar una economía descarbonizada en el horizonte de 2050. En cuanto a la energía eólica, el FPÖ admite la construcción de parques eólicos, aunque solo allí donde se minimice su impacto sobre los núcleos poblacionales y el medio ambiente. 7

El mundo de ayer no va a regresar

Las instituciones de la Unión Europea no supieron interpretar adecuadamente la situación internacional generada con la primera presidencia de Trump en 2017. Un abierto negacionista climático en la Casa Blanca suponía un disruptivo punto de inflexión. Si, tal y como afirmaban los tres últimos secretarios generales de las Naciones Unidas, la comunidad de la ciencia y el Parlamento Europeo, la emergencia climática era el problema llamado a definir el siglo XXI, lo correcto hubiese sido mantener una posición propia cuando, ese año 2017, Estados Unidos reseteó su política exterior haciendo de la contención hacia China el eje definidor de la misma (great power competition).

Europa se plegó a los nuevos vientos que llegaban del otro lado del Atlántico, en detrimento de una estrategia exterior centrada hasta entonces, en gran medida, en reconducir la crisis del clima e impulsar la transición de la energía, algo solamente viable mediante una colaboración constructiva con China. La Unión practicó un seguidismo acrítico hacia un giro geopolítico cuyo fin no era otro que preservar la hegemonía mundial estadounidense, obstaculizando, cuando no impidiendo, el despegue económico, tecnológico y militar del país asiático. No supo mantener una posición propia, autónoma, deslizándose hacia una definición confusa de sus relaciones con Pekín, en las que prevalecería la desconfianza derivada de lo que se calificaba como “rivalidad sistémica”. 

Mientras que Estados Unidos protagonizaba el citado año 2017 el segundo default climático (el primero tuvo lugar con el Protocolo de Kioto) abandonando el Acuerdo de París, Pekín proyectaba estabilidad geopolítica y se atenía a los compromisos internacionales. La razón era prístina. China se había beneficiado como nadie de la globalización económica posterior a la finalización de la Guerra Fría, en especial a raíz de su incorporación a la Organización Mundial del Comercio en diciembre de 2001. El país asiático había sacado de la pobreza extrema a ochocientos millones de personas en cuatro décadas y había transitado desde los márgenes al centro del sistema económico, industrial y comercial mundial. Era una nación interesada, en consecuencia, en preservar la relevancia de la red de relaciones institucionales que vertebraban el sistema internacional. 8

De llevarse a cabo con éxito, la descarbonización supondría el mayor proceso de descapitalización de la historia económica.

Emilio Santiago, Jesús Casquete y Antxon Olabe

La segunda presidencia de Trump ha agravado la desorientación europea.

La nueva doctrina definida por la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) dirige su hostilidad más afilada no ya hacia Pekín o Moscú, sino, sorpresa, hacia el proyecto político comunitario. Como resultado de ese asalto dialéctico de la ESN y la posterior amenaza de ocupar Groenlandia, la brújula europea se encuentra todavía en modo shock respecto a cómo perfilar su relación con Estados Unidos.

La desorientación es consecuencia de la dificultad para superar la dependencia hacia Estados Unidos que se percibe en algunas capitales, singularmente Berlín. Prevalece una fuerte nostalgia de los buenos viejos tiempos, en especial en las esferas conservadoras de Alemania.

Esa nostalgia es, sin embargo, mera ilusión. El mundo de ayer no va a regresar. Las placas tectónicas políticas del coloso norteamericano se han desplazado irreversiblemente. Europa ha de aceptar de manera realista los hechos, abandonar toda ingenuidad y mirar hacia el futuro.

No será fácil.

Existe, por un lado, una muy importante agenda de seguridad y defensa en relación con la guerra de agresión y desgaste de Rusia contra Ucrania, a la que Europa ha prestado acertadamente una gran atención. En buena parte de los países comunitarios del Este y de Centroeuropa la percepción de inseguridad respecto a la Rusia neoimperial de Vladimir Putin condiciona de manera decisiva su orientación estratégica.

Reaccionar al cerco estratégico fósil

La Unión Europea se ha situado desde hace más de tres décadas a la vanguardia mundial de la descarbonización.

Ha sido y es un actor fundamental en la diplomacia climática global. De hecho, ninguna otra región del globo ha llevado más lejos la posibilidad de combinar prosperidad económica y descarbonización.

Desde 1990 hasta 2025, el PIB real europeo ha crecido un 70 ciento en términos reales, mientras que sus emisiones de gases de efecto invernadero han disminuido un 37 por ciento. Un ejemplo empírico de desacoplamiento protagonizado por cientos de millones de personas a lo largo de 35 años. Pese a que China ha tomado el testigo de la innovación tecnológica y la capacidad industrial verde, ningún otro lugar como Europa presenta una proporción tan relativamente equilibrada entre desarrollo económico, desempeño ambiental, justicia social y compromiso climático.

En los nuevos centros imperiales, la actual Casa Blanca y Moscú, la Unión Europea se percibe como un proyecto político que precisan debilitar al objeto de que su agenda de refundación del orden mundial, basado en la completa dominación en sus respectivas esferas de influencia, pueda hacerse realidad.

En esta difícil encrucijada la dependencia energética constituye una seria vulnerabilidad estratégica.

Pese a las numerosas experiencias del pasado, y pese a haber abierto el camino a la competitividad de las renovables en la primera década de este siglo, la matriz energética de la Unión Europea sigue dependiendo todavía en un 70 por ciento de los combustibles fósiles, la inmensa mayoría de ellos importados. Una vulnerabilidad económica y de seguridad que ha regresado al primer plano a raíz de los efectos derivados de la guerra de Irán, cuando todavía estaba reciente el shock de oferta de gas provocado por la invasión de Rusia a Ucrania en 2022.

El proyecto político europeo se encuentra, así, sometido a un creciente cerco estratégico por parte de dos potencias agresivas, que buscan, en el marco más amplio de una reconfiguración del orden mundial, hacer descarrilar la transición de la energía y así preservar sus ingentes activos fósiles y el poder geopolítico que les proporciona.

Europa precisa, en consecuencia, reformular sus relaciones internacionales para sobrevivir y prosperar en un mundo post-atlantista. Tras el retorno de las lógicas imperiales encara el que posiblemente sea el mayor desafío existencial que ha conocido en las siete décadas transcurridas desde sus orígenes.

Ante este grave diagnóstico se impone una mirada realista.

Ideas contra los imperios

La descalificadora y agresiva visión sobre Europa articulada por la ESN de Estados Unidos y las pulsiones imperiales moscovitas, surgen de respectivas corrientes muy profundas de la historia. Es preciso responder. Las siguientes ideas-fuerza pueden servir de guía.

La primera, la Unión Europea ha de poner en marcha sin demora un salto cualitativo en su proceso de integración.

Es imprescindible sortear la capacidad de veto y bloqueo interno que poseen las naciones satélites del Kremlin dentro de Europa, con Hungría en un papel estelar; un país que, de la mano de un gobierno nacionalpopulista encabezado de forma ininterrumpida desde 2010 por Viktor Orbán, ha derivado en el país de la Unión Europea con la democracia más defectuosa, según informes solventes sobre calidad democrática en el mundo. Dada la dificultad para acordar por unanimidad la respuesta a los bloqueos sistemáticos ante crisis graves, la vía de la Cooperación Estructurada Permanente recogida en el acervo comunitario parece la opción más viable. En esa dirección, la reciente creación del E6 —Alemania, Francia, Italia, España, Polonia y Holanda— para acelerar la toma de decisiones, la competitividad económica y los avances en seguridad y defensa es una iniciativa muy prometedora que merece pleno apoyo.

Quienes se benefician de las ingentes rentas y activos patrimoniales derivadas de los recursos fósiles se han conjurado para hacer fracasar por todos los medios la transición global de la energía.

Emilio Santiago, Jesús Casquete y Antxon Olabe

La segunda, los informes Draghi y Letta deben reorientar el presente y futuro económico de Europa.

Se necesita un impulso expansivo sin precedentes financiado con la emisión de eurobonos, tal y como se ha hecho últimamente con la ayuda a Ucrania. Una inyección estructural de recursos que sirva para cubrir déficits críticos en materia de seguridad y defensa europea, salvar la actual brecha tecnológica con China y Estados Unidos y contribuir a reforzar el modelo social del continente, ingrediente clave de la cohesión social y expresión máxima de nuestros valores. Este enfoque económico habría de garantizar, asimismo, las inversiones requeridas por la Gran Adaptación Climática que tendrá que  desplegarse en los próximos años.

La tercera, tal y como ya hemos señalado, Europa habría de reformular sus relaciones internacionales.

En un contexto que se desplaza aceleradamente hacia lógicas de poder duro, no puede nadar sola asediada por depredadores imperiales y las relaciones con las denominadas potencias medias siendo necesarias, no son suficientes.

China es hoy día, tal y como se ha señalado, un factor de estabilidad geopolítica y epicentro de la gran transformación del sistema energético. A la Unión Europea le interesa una aproximación cooperativa de largo alcance estratégico con el país asiático, nucleada en torno a la transición energética, la acción climática responsable, relaciones comerciales en pie de igualdad y la defensa de un mundo basado en reglas, el multilateralismo y el sistema de Naciones Unidas.

Finalmente, una consideración desde la experiencia reciente de España. La economía española ha mostrado estos últimos años un desempeño notable con relación al resto de países de la OCDE. Existe consenso en que, parte del éxito, ha sido gracias a su apuesta decidida por la transición energética, en especial el formidable despliegue de energías renovables desde 2018. Ello ha favorecido precios de la electricidad más competitivos, lo que a su vez ha contribuido a atraer grandes inversiones.

Dicha apuesta no fue una improvisación. Se formuló dentro de un marco estratégico sobre clima y energía situado, desde el primer momento, en el centro del proyecto político del gobierno progresista de coalición.

Tras casi ocho años de recorrido, dicha experiencia contiene ingredientes muy aprovechables para una Europa social y climáticamente comprometida. Y ahora que los tambores de la guerra han regresado a Oriente Medio, también para una cultura de la paz.

El futuro acercamiento sino-europeo

El acercamiento de Europa a China que defendemos no supone compartir valores y modelos de sociedad. Supone compartir, de manera realista, intereses comunes derivados de la pertenencia a un mundo lleno de turbulencias, conflictos y guerras que, además, se desliza sonámbulo hacia el desastre climático.

Europa es hija de la Ilustración y de una Modernidad en la que los derechos individuales, las libertades políticas, la formación democrática de la voluntad popular, el Estado de derecho, la protección de las minorías, la propiedad privada, la cohesión social y el respeto escrupuloso a los derechos humanos forman parte de un acervo civilizatorio en el que nos reconocemos con orgullo y al que no podemos renunciar. Sin embargo, lo anterior no nos proporciona un pedestal para considerar desde una posición de superioridad filosófica o moral otros modelos de sociedad y otros valores.

Se ha conformado, así, una nueva Santa Alianza que persigue prolongar el control sobre una de las bases materiales que han sostenido la arquitectura geopolítica de los siglos XX y XXI.

Emilio Santiago, Jesús Casquete y Antxon Olabe

Sin negar los numerosos tramos oscuros existentes en sus trayectorias históricas, Europa y China son depositarias de dos antiguas civilizaciones. Como tales han visto ascender y colapsar imperios, dinastías y regímenes políticos.

Les une el respeto hacia el conocimiento surgido de la observación empírica de la naturaleza y el aprecio por la verdad, es decir hacia la ciencia, lo que el gran reformador y estratega Deng Xiaoping llamaba “”buscar la verdad a partir de los hechos”. Sus tradiciones culturales son diferentes, pero complementarias.

La primera es heredera de la razón discursiva socrática, base de la orientación ilustrada por la deliberación democrática. La segunda es depositaria de un legado confuciano y taoísta basado en la armonía y el equilibrio entre la naturaleza y la sociedad, fuente de inspiración, por tanto, para afrontar la crisis ecológica planetaria. 9

Ambas civilizaciones han conocido en sus territorios numerosas invasiones, guerras, catástrofes, miseria y sufrimiento. Han aprendido por experiencia propia que nada hay más valioso que la paz, la prosperidad y la cohesión social de sus sociedades. Cuentan, por tanto, no sólo con los recursos económicos, industriales y tecnológicos, sino cosmovisivos y de valores para aunar esfuerzos de cara a evitar que el mundo se adentre en una espiral de autodestrucción.

En otras palabras, los liderazgos políticos, filosóficos y culturales de China y Europa atesoran la experiencia histórica necesaria para mantener las luces largas a la hora de comprender las amenazas que afronta la humanidad en este turbulento siglo XXI, entre las que la emergencia climática ocupa un lugar central.

La nueva soberanía estratégica europea

Recapitulando nuestro análisis, defendemos que Europa se encuentra ante una convergencia de riesgos sistémicos que no admiten dilación.

El riesgo climático y el energético no pueden pensarse como agendas separadas. Constituyen, en realidad, dos dimensiones complementarias de un mismo programa de emancipación de alcance civilizatorio: la transición hacia un nuevo sistema energético mundial cuya consecución permitirá tres logros históricos. Primero, estabilizar una muy peligrosa trayectoria climática planetaria; segundo, liberar inmensas posibilidades económicas de las que se beneficiarán las mayorías sociales; y, tercero, apaciguar un sistema internacional crecientemente conflictivo como consecuencia del carácter dominador con que se emplean los recursos fósiles. En otras palabras, pacificación geopolítica, estabilidad climática y fuerte impulso a la innovación y el desarrollo económico para beneficio de las mayorías sociales.

En ese sentido, la reciente crisis desencadenada en el Golfo Pérsico ha actuado como recordatorio de una verdad incómoda: mientras Europa dependa estructuralmente de flujos fósiles externos, su autonomía estratégica será siempre relativa. Sin soberanía energética Europa será vulnerable ante potencias imperiales que han situado el concepto de “dominación” en el centro de su doctrina energética.

La transición ha dejado de ser, en consecuencia, únicamente una política climática y económica. Se sitúa en el corazón mismo de la soberanía estratégica europea, al afectar al núcleo mismo de nuestra seguridad. 

En este contexto, la relación de Europa con China adquiere un significado renovado que trasciende la lógica convencional de competencia entre potencias. Una cooperación de largo recorrido y orientación pragmática entre dos polos geopolíticos, económicos y tecnológicos que concentran capacidades decisivas para evitar el caos climático y reconfigurar el sistema energético global. Europa aporta un marco normativo avanzado, una experiencia pionera en políticas de descarbonización y un modelo social que integra cohesión y sostenibilidad. China, por su parte, dispone de la escala industrial, la capacidad de despliegue y el control de las cadenas de valor tecnológicas que hoy determinan el ritmo de la transición.

El interés de ambas converge, además, en su vulnerabilidad compartida ante un orden fósil que no sólo no controlan, sino que se erige como grave amenaza a su seguridad. Se trata, por tanto, de ir articulando un eje sino europeo de responsabilidad climática y cooperación energética, que permita acelerar la transición, esquivar los peores escenarios climáticos y contribuir al fortalecimiento del sistema multilateral y al papel central de las Naciones Unidas.

En última instancia, la cuestión es sencilla en su formulación y decisiva en sus consecuencias: o Europa sitúa la acción climática y la soberanía energética en el centro de su proyecto político y de su acción exterior —lo que pasa por replantear su relación con China—, o el creciente cerco estratégico fósil por parte de Rusia y Estados Unidos nos abocará no sólo al empobrecimiento relativo, sino a la continua dependencia y vulnerabilidad hacia un régimen energético desestabilizador. Lo que podría acabar provocando la involución del proyecto político europeo. 

Actuar con la escala, la ambición y la inteligencia estratégica que exige este momento histórico es, probablemente, la tarea más importante a la que se ha enfrentado la Unión Europea desde su fundación.

Notas al pie
  1. William J. Ripple et al., «The risk of a hothouse Earth trajectory», One Earth, vol. 9 (2), 20 de febrero de 2026.
  2. «Unraveling The Democratic Era?», V-Dem Institute, 2026.
  3. Thomas Hobbes (1998 [1642]): On the Citizen. Cambridge: Cambridge University Press, p. 97.
  4. Executive Order 14162 of January 20, 2025: “Putting America First in International Environmental Agreements”, en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/FR-2025-01-30/pdf/2025-02010.pdf; Executive Order 14153 of January 20, 2025: “Unleashing Alaska’s Extraordinary Resource Potential”, en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/FR-2025-01-29/pdf/2025-01955.pdf; Executive Order 14154 of January 20, 2025: “Unleashing American Energy”, en: https://www.govinfo.gov/content/pkg/FR-2025-01-29/pdf/2025-01956.pdf.
  5. “Programm für Deutschland. Das Grundsatzprogramm der Alternative für Deutschland”, Stuttgart (2016), pp. 156, 170, en: https://www.afd.de/wp-content/uploads/2017/01/2016-06-27_afd-grundsatzprogramm_web-version.pdf; Vox. Un programa para lo que importa. Programa electoral para las Elecciones Generales del 23J de 2023, p. 117, en: https://www.voxespana.es/programa/programa-electoral-vox.
  6. Andreas Malm & Zetkin Collective (2024): Piel blanca, combustible negro. Los peligros del fascismo fósil. Madrid: Capitán Swing, pp. 333-334.
  7. “M la France. 22 mesures pour 2022”, medida nº 12. En: https://mlafrance.fr/pdfs/22-mesures-pour-2022.pdf; “Zusammen. Für unser Österreich. Regierungsprogramm 2017-2022”, p. 169 y 179. En: https://nfz.fpoe.at/fpo-ovp-regierungsprogramm-2017-2022/59887739 ; Handbuch freiheitlicher Politik (4ª ed., 2013), p. 59.
  8. Antxon Olabe Egaña, “China, la dinastía roja”, Política Exterior Vol. 32, nº 185, septiembre-octubre 2018.
  9. Antxon Olabe Egaña, “The EU-China Climate Agreement: Building Success at the Crucial Glasgow Summit”, Real Instituto Elcano. Documento de Trabajo 20, 2020.