Mario Vargas Llosa, hasta la muerte

"Hombre pluma", liberal sin ataduras y viajero incansable, Mario Vargas Llosa nunca ha dejado de pasear su pluma. Con motivo de la publicación de su última novela, Le dedico mi silencio, Albert Bensoussan, traductor francés de su obra desde 1974, traza el retrato de uno de los más grandes novelistas de nuestro tiempo.

Mario Vargas Llosa, Le dedico mi silencio, Madrid, Alfaguara, 2023, 312 páginas, ISBN 978842047659

Aquí puede leer un adelanto exclusivo de la nueva -y última- novela del Premio Nobel peruano, Le dedico mi silencio.

Toda su vida, en sus escritos, sus acciones, sus palabras, Mario Vargas Llosa se ha sentido siempre como pez en el agua. ¿Será por haber empezado a vivir de su pluma recién salido de la adolescencia? ¿Por haberse sentido reconocido y haber sido aplaudido a sus veinte años, desde su primer texto: “El desafío” (ambicioso plan), un cuento premiado por La Revue Française que le ofrece el primer viaje –a París, ¡nada menos!– de su largo y permanente nomadismo? Periodista, ensayista, novelista, dramaturgo, académico, ¿qué no ha intentado y hecho? Después de su derrota en las elecciones presidenciales del Perú en 1990, fiel a su vocación de hombre-pluma –como se definía Flaubert1, su modelo literario, a quién rinde un homenaje en un ensayo magistral, La orgía perpetua–, emprende la redacción de sus memorias políticas, que titula en un primer momento “El pez fuera del agua”2, queriendo decir con ello que a lo largo de su desafortunada campaña se había “salido de su elemento”. 

Pero indagando en su fuero interno las razones de este compromiso y de su empeño en luchar por la libertad, y en el vértigo, quizá, de su fracaso, ve insinuarse en su imperiosa conciencia su infancia y el trauma de sus diez años: el descubrimiento de un padre que creía desaparecido, y con él la irrupción de la dominación brutal y de la tiranía. Vislumbra entonces cómo funciona el universo: la fuerza y la arbitrariedad invaden el escenario con su cortejo de violencias, la injusticia y la corrupción ocupan su lugar, y la única actitud posible para él, para el hombre, para su supervivencia, es la rebelión, es decir la conquista de su libertad. Este esquema existencialista, sumamente camusiano, lo lleva a cambiar el título de este libro que se convierte en El pez en el agua, y que restituye en él su compleja personalidad de escritor, de hombre público, de ciudadano comprometido con la acción, la escritura y la palabra. Aquel que retratará en el maravilloso El hablador, donde se disfraza de chamán de una tribu amazónica.

Toda su vida, en sus escritos, sus acciones, sus palabras, Mario Vargas Llosa se ha sentido siempre como pez en el agua.

ALBERT BENSOUSSAN

Desde sus primeros cuentos –Los jefes– y su primera novela –La ciudad y los perros–, que es una crónica de “la infancia de un jefe” (como el título del cuento de Sartre, que tuvo en él un impacto primordial y sobre el que Vargas Llosa, después de su última novela, Le dedico mi silencio, quiere escribir un ensayo, testamentario), instala la violencia en el escenario y, como corolario, la rebelión del individuo. Evoca, así, el funcionamiento de la novela moderna tal cómo la define Georg Lukács en La Teoría de la novela: el enfrentamiento de Prometeo con los Dioses, de Sísifo con la roca, del niño-cachorro con la manada de los biempensantes, del hijo con el Padre, del “hombre rebelde” con la Sociedad. De La casa verde a Pantaleón y las visitadoras –con la prostitución como piedra angular–, de Conversación en la Catedral –ajustes de cuenta con el padre, el tirano, el dictador– a ¿Quién mató a Palomino Molero? –donde el incesto es el punto de partida, abordado de manera más divertida en La tía Julia y el escribidor, y aún más en Elogio de la madrastra–, de La Guerra del fin del mundo a La fiesta del chivo y a Tiempos recios –obras llenas de sangre, de ruido y de furia, relatos alucinados de las dictaduras–, de El Paraíso en la otra esquina a El Sueño del Celta –dos novelas sobre el sueño utópico, el οὐτόπος griego, ese lugar de ninguna parte, cuya defunción, en el frenesí fratricida, no acabamos de decretar–, pasando por Travesuras de la niña mala –novela del amor loco– y Los Cachorros –proeza técnica y novela de la infancia mutilada– Vargas Llosa desarrolla su visión de una sociedad en la que nunca nada está logrado, donde todo es un juego difícil y cruel, rivalidades de poder, conflictos de sangre, violencias y exacciones, donde la vida no es nada más que supervivencia, añadiendo este elemento fundamental, que extrae de su yo íntimo: la infancia devastada, castrada, violada, pisoteada, traicionada, cuya redención solo puede llegar mediante el análisis lúcido, la confesión, y  la escritura. Más que cualquier otro escritor del siglo XX-XXI, y sin duda en la estela de Sartre y Camus, que conoció y admiró, Mario Vargas Llosa cree en la virtud salvadora –redentora– de la literatura. 

Su obra, que abarca cerca de cincuenta ficciones (novelas, teatro, cuentos, crónicas) y varios centenares de artículos reunidos en ensayos con títulos significativos: Contra viento y marea, Un bárbaro en París, La verdad de las mentiras, Desafíos a la libertad, El lenguaje de la pasión, Cartas a un joven novelista, Sables y utopías, La civilización del espectáculo, La llamada de la tribu, a los que se suman importantes y bellos ensayos literarios, sobre Flaubert –La orgía perpetua–, sobre Víctor Hugo –La tentación de lo imposible–, sobre el peruano José María Arguedas –La utopía arcaica– o sobre el uruguayo Juan Carlos Onetti –El viaje a la ficción–, sin olvidar tampoco sus sabios análisis sobre arte, George Grosz y Fernando Botero: La suntuosa abundancia, teje así los hilos del relato total, de la representación cabal del “Gran teatro del mundo”, del permanente cuestionamiento de nuestro universo y de nuestra historia. Con una mirada irónica, sardónica, sarcástica –gracias a la edad y la sabiduría que la acompaña– sobre la criatura humana poseída por sus demonios: Pantaleón y don Rigoberto, Pedro Camacho y El Consejero, Adriana y Dionisio, Lucrecia y Fonchito, Urania y Otilia, Ricardo y Roger Casement, Johnny Abes y Miss Guatemala, por sólo citar algunos nombres de la inmensa galería de personajes. Pero, lejos de paralizarlo, esa lucidez lo lleva a una acción liberadora. En el fondo, se trata siempre de conquistar su “soberanía”, en el sentido que Georges Bataille le daba a la palabra, y con la que prologó Historia del ojo, en detrimento del hombre corrompido, tal cómo lo entendió mientras traducía Un corazón bajo la sotana, de Rimbaud, ilustrándolo en su magnífico prólogo: “Rimbaud el corruptor”. Esta es, quizá, la clave del famoso “liberalismo” vargasllosiano, a menudo controvertido, a veces mal entendido, y quien, lejos de las diferencias políticas, ni de izquierdas ni de derechas –y su centro “no está en el medio”, diría André Malraux–, y acabando permanentemente con el maniqueísmo en la República de las letras, al que no ha dejado de estigmatizar por sus compromisos y sus hipocresías, deja simplemente el “libre albedrío” en manos del hombre. ¡Bien por él! El escritor, en cambio, con la mano envainada en el coraje y la pluma empapada en la fuerza del alma –o, como lo dice irónicamente su escribidor Pedro Camacho, “la frente ancha, la nariz aquilina, la mirada penetrante, el espíritu lleno de bondad y de rectitud”–, ha sabido siempre hacer frente a cualquier situación, y en el corazón mismo de los dilemas. 

Más que cualquier otro escritor del siglo XX-XXI, y sin duda en la estela de Sartre y Camus, que conoció y admiró, Mario Vargas Llosa cree en la virtud salvadora –redentora– de la literatura. 

ALBERT BENSOUSSAN

Siguiendo el hilo quimérico: salida del laberinto, después de la aniquilación del Demonio, en Lituma en los Andes, búsqueda de la Utopía –siempre un sueño imposible– para Flora Tristan quién, seis años antes que Marx, predicaba la unión de los trabajadores y de las mujeres de todos los países, búsqueda del lejano Paraíso (de Bretaña a Tahití, luego a las Marquesas) en casa de su nieto, Paul Gauguin, estamos ahora en el último momento del Escribidor –el escriba, como llamaba irónicamente a su Pedro Camacho en la Tía Julia y el escribidor– con una constatación por ahora desencantada que sin embargo ni disminuye ni impide nunca el impulso inicial, ni apaga el fuego prometeico: el paraíso está siempre en la otra esquina. Tan lejos como el último avatar de sus criaturas –o más bien sus Gólems, por haberse convertido en mitos tan vivos y evanescentes–, Roger Casement, contrariamente a su Gauguin que pensaba encontrarlo en el lugar más extremo del Extremo Oriente –después de Tahití, las Marquesas, et después de las Marquesas, Japón… salvo que despareció muy temprano–, vuelve de sus décadas de cónsul-aventurero en África (el Congo) y en América (la Amazonía, el Perú) con un solo objetivo utópico: Irlanda, y es allí donde se quebrará el Sueño del Celta. 

Este hombre no parará nunca, el escritor nunca tapará su tintero, porque en la estela de Víctor Hugo, ¿no es él, también, un “hombre océano”, un río de palabras, un torrente de escritura, una tempestad debajo de un cráneo? Sea como fuere, tras recibir el premio Nobel, Vargas Llosa dijo a la prensa: “Tengo muchos proyectos en la mesa, y muy avanzados”. Y lo que siguió, nos reconfortó. Los Vientos, su último cuento publicado en francés (L’Herne, 2023) es una meditación sobre la vejez –¿el fin del mundo?– llena de melancolía, que no ha perdido nada del vigor de su estilo ni de su mirada penetrante. Ahora que ha sido elegido a la Academia francesa, ¿cómo nos volverá a sorprender?

Notas al pie
  1. “Soy un hombre-pluma. Siento por ella, a causa de ella, en relación con ella y mucho más con ella” (Carta a Louise Colet, 1 de febrero de 1852).
  2. “El pez fuera del agua”, La Règle du jeu, enero, mayo y septiembre 1992
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