Este artículo pertenece al nuevo número de la revista GREEN, dirigido por Pierre Charbonnier y dedicado a la ecología de guerra. El número se puede encontrar aquí.

En su ensayo El nacimiento de la ecología de guerra, Pierre Charbonnier señala la aparición de una matriz estratégica a través de la cual la movilización bélica contra Rusia podría servir de palanca para el despliegue efectivo de las políticas climáticas. Según este esquema, la guerra en Ucrania podría ser el catalizador de una transformación socioecológica. Esta tesis extrae las consecuencias del brusco cambio en el discurso oficial sobre la transición en Europa. La posición de la Comisión en su esbozo del Plan REPowerEU, publicado dos semanas después de la invasión rusa, el 8 de marzo, resume el nuevo estado de ánimo:

La Comisión está dispuesta a desarrollar el plan REPowerEU, en cooperación con los Estados miembros y a más tardar en verano, para apoyar la diversificación del suministro energético, acelerar la transición a las energías renovables y mejorar la eficiencia energética. Con ello se agilizaría la eliminación progresiva de las importaciones de gas ruso y la dependencia de los combustibles fósiles y se ofrecería el mejor seguro contra las perturbaciones de los precios a medio plazo mediante la aceleración de la transición ecológica de la UE, prestando especial atención a las necesidades transfronterizas y regionales. La necesidad de una mayor seguridad del suministro está contribuyendo a dar un nuevo impulso a los objetivos del Pacto Verde Europeo1.

En este anuncio de acelerar la transición hacia las energías renovables y libres de hidrocarburos, hay una promesa: la guerra puede ser una oportunidad para la ecología. El grupo de los verdes en el Parlamento Europeo hace campaña sobre el tema con lemas como «Aísla a Putin, aísla tu casa»; «Más sol, más viento, más paz». Charbonnier también ve la posibilidad de un cambio entre las élites. Cuando la dependencia de los combustibles fósiles se convierte en una cuestión de seguridad, el abanico de intereses a favor de la transición se amplía: «Por fin tenemos un argumento que movilizará esferas de influencia e inversión que hasta ahora se resistían a la transición energética». Al tocar el tema de la estabilidad, Putin podría hacer que los empresarios y las finanzas atendieran al razonamiento ecológico.

En este anuncio de acelerar la transición hacia las energías renovables y libres de hidrocarburos, hay una promesa: la guerra puede ser una oportunidad para la ecología. Al tocar el tema de la estabilidad, Putin podría hacer que los empresarios y las finanzas atendieran al razonamiento ecológico.

CÉDRIC DURAND y RAZMIG KEUCHEYAN 

Con cautela, el autor enumera varios obstáculos potenciales a esta evolución: fracaso geopolítico de la desvinculación energética de Rusia, desorganización socioeconómica, ilegitimidad del reparto de esfuerzos, falta de perspectiva sistémica, fracturas geopolíticas internas. También se menciona el riesgo de una evolución inversa a la ecología de guerra, la de una aceleración de la extracción de hidrocarburos en otros lugares que no sean Rusia en favor de un pivote energético que sólo sería geográfico. Pero la aparición de una ecología de guerra sigue siendo una hipótesis realista a sus ojos. Refiriéndose a una fantasmática «amenaza interna que el régimen de Putin constituye para Europa», Charbonnier sitúa el desafío de la ecología de guerra más allá de Ucrania: «la capacidad de Europa de no caer totalmente bajo la influencia del modelo totalitario de Putin depende de la invención de un modelo de desarrollo, de cooperación y de construcción cívica que integre el imperativo global en el juego de las rivalidades geopolíticas». Y nos advierte: «detrás de la ecología de guerra se perfila el patriotismo ecológico».

El mérito de esta posición es tomar la medida de la intensidad histórica del momento actual. Las guerras contribuyen a acelerar el cambio. La revolución rusa fue fruto de la Primera Guerra Mundial, y la economía de guerra alemana sirvió de matriz para la primera planificación soviética. La Segunda Guerra Mundial precipitó la expansión del Estado del bienestar y el despliegue de la regulación económica fordista. Las guerras suelen llevar la coyuntura histórica a un punto de incandescencia en el que las formaciones sociales pasan de un estado a otro. Para decirlo en el lenguaje de Althusser, si la contradicción reflejada en la guerra está «sobredeterminada en su principio», también es sobredeterminante. Por supuesto, dependiendo de su intensidad y de la posición de los protagonistas en el sistema-mundo, el alcance y la distribución espacial de sus repercusiones varían. Pero una sociedad nunca sale indemne.

Los vínculos entre la geopolítica y los hidrocarburos son antiguos. Como muestra Helen Thompson en su libro Disorder, la presencia de cuestiones energéticas en las luchas de poder es la norma. Singularmente, al carecer de suficientes recursos de hidrocarburos, Europa se ha visto desgarrada en varias ocasiones desde los años 1960 entre su lealtad atlantista y la lógica geográfica de su conexión con el subsuelo soviético y luego ruso.

Singularmente, al carecer de suficientes recursos de hidrocarburos, Europa se ha visto desgarrada en varias ocasiones desde los años 1960 entre su lealtad atlantista y la lógica geográfica de su conexión con el subsuelo soviético y luego ruso.

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En la crisis actual, Thompson también ve la posibilidad de un paso adelante para la transición ecológica debido a «la conciencia entre la población de que el suministro de hidrocarburos no se produce por sí solo». En efecto, «pasar de los combustibles fósiles a una energía más verde significa nada menos que cambiar la base material de la civilización moderna, lo que significa empezar por reconocer que el petróleo, el gas y el carbón —las fuentes de energía del pasado, de las que seguimos dependiendo— no pueden darse por sentadas”.

Al implicarse cada vez más abiertamente en el conflicto, las potencias occidentales no sólo ponen en juego su relación con Ucrania y Rusia: se comprometen a cambiar ellas mismas. Pero la pregunta sigue siendo: ¿puede la ecología de guerra ser eficaz desde el punto de vista de una economía baja en carbono? ¿Y es coherente con los valores de una política emancipadora?

Eficacia ecológica cuestionable

En detalle, las cosas son mucho más turbias. En primer lugar porque, en un futuro inmediato, la reducción de las importaciones energéticas rusas implica sustituirlas por elementos generalmente más contaminantes: carbón, hidrógeno «azul» o gas de esquisto procedente de Estados Unidos. Tales adaptaciones producen irreversibilidades que, lejos de acelerar la transición, corren el riesgo de hacerla descarrilarse. El caso de Engie es emblemático de la preocupante inflexión en nombre de la desvinculación de Rusia. A principios de mayo, la empresa firmó un contrato de quince años con la compañía estadounidense NextDecade para el suministro anual de 1.75 millones de toneladas de gas natural licuado (GNL) procedente de gas de esquisto. El contrato se había descartado anteriormente por motivos medioambientales bajo la presión del Estado francés, que posee una participación del 23.6% en la empresa energética.

Los productores estadounidenses están encantados con la evolución del suministro de GNL en Europa: saben que se trata de un giro duradero. El aumento de las importaciones de GNL requiere buques especialmente equipados y nuevas terminales cuya construcción es larga y costosa. Adentrarse en esa ruta significa dar garantías de que la transición a una energía más limpia no dejará sin valor esos activos fósiles en una década. Como dice Kelly Sheehandi, de Sierra Club: «Permitir la expansión de nuevas instalaciones de exportación de gas y ampliar las existentes significaría décadas de dependencia de combustibles fósiles arriesgados y volátiles, lo que sería catastrófico para nuestro medio ambiente”. Desde el punto de vista de la lucha contra el calentamiento global, la lógica es implacable: es mejor seguir abasteciéndose de gas natural ruso a través de gasoductos ya construidos que crear nuevas infraestructuras para energías de mayores emisiones. Para el medio ambiente, los hidrocarburos no tienen patria.

Desde el punto de vista de la lucha contra el calentamiento global, la lógica es implacable: es mejor seguir abasteciéndose de gas natural ruso a través de gasoductos ya construidos que crear nuevas infraestructuras para energías de mayores emisiones. Para el medio ambiente, los hidrocarburos no tienen patria.

CÉDRIC DURAND y RAZMIG KEUCHEYAN

El otro problema es el precio. La crisis energética ya era aguda en otoño, pero se ha intensificado el aumento de precios desde la invasión de Ucrania. También en este caso, los efectos son ambivalentes. El aumento de los costos está llevando la situación económica mundial a una nueva depresión, y anuncia un retorno a la estanflación de los años 70, esta vez impulsada no por la lucha de clases sino por el poder de negociación adquirido por el capital a través de la financiarización. A eso se suma una crisis alimentaria con consecuencias dramáticas para los países de bajos ingresos, ya que muchos insumos agrícolas están directamente indexados a los precios de la energía. Técnicamente, el nuevo contexto puede asemejarse a un superimpuesto sobre el carbono que debería cambiar el comportamiento mediante incentivos.

No es el caso. Por el contrario, hay incluso enormes retrocesos, por ejemplo, de parte de la administración de Estados Unidos: «Los productores de esquisto, y quienes los financian, tienen que hacer lo que sea para aumentar la producción, no los dividendos», dijo Amos Hochstein, asesor de energía de la Casa Blanca. En una reciente entrevista, afirma categóricamente que «el gobierno de Estados Unidos no está obstaculizando la producción adicional de petróleo». La elasticidad del precio es la respuesta de la sociedad y del sistema productivo al precio del carbono. Modificar esa elasticidad y permitir que se reduzca la demanda ante un aumento de los precios implica dar al comportamiento los medios para adaptarse a las nuevas condiciones. Tal modificación de las estructuras económicas tiene lugar durante un largo período de tiempo que el sistema de precios no entiende bien, al igual que el choque de la guerra en Ucrania es una pobre palanca inmediata para la transformación estructural.

Por último, el aumento de los precios tiene un efecto paradójico en los objetivos para debilitar Rusia. Como dice Janet Yellen, «tendrá un impacto negativo en Europa y en otras partes del mundo, y contraintuitivamente, podría tener muy poco impacto negativo en Rusia». A corto plazo, el aumento de los aranceles compensa la reducción del volumen, lo que se traduce en ingresos relativamente estables para el país y le da tiempo de organizar un pivote de suministros a otras regiones.

Ecosocialismo

Vayamos más allá: ¿qué ocurrirá cuando Rusia decida interrumpir por completo el suministro de gas a los países europeos? Esta hipótesis, que hasta hace poco podía calificarse de fantasía paranoica, parece estar a punto de hacerse realidad. Sus motivos son especialmente relevantes para aclarar la mecánica de una salida total de los combustibles fósiles.

El sistema de precios es incapaz de hacer frente a la escasez. A finales de agosto de 2022, la electricidad y el gas cotizan en los mercados europeos a un precio 10 veces superior a sus niveles recientes. Estas subidas astronómicas fomentan la especulación y enriquecen a las empresas energéticas sin ninguna razón productiva. Sobre todo, son imposibles de absorber por nuestras sociedades, tanto desde el punto de vista de los hogares como de las empresas. Por lo tanto, a menos que se produzca una improbable distensión con Rusia, son inevitables las medidas drásticas para la asignación administrativa de la energía con el fin de limitar la dislocación de las relaciones productivas y evitar una privación demasiado brutal de la población. Como explican Karsten Neuhoff e Isabella M. Weber2, cuando el mercado se desvanece, es inevitable un proceso político; «hay que negociar objetivos claros y un reparto justo de la carga» entre los actores sociales para compartir el esfuerzo de reducir el consumo.

Cuando el mercado se desvanece, es inevitable un proceso político. Una observación de este tipo, ampliada a la crisis ambiental en sus diversas dimensiones, es el punto de partida de una matriz estratégica alternativa a la ecología de guerra: el ecosocialismo.

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Una observación de este tipo, ampliada a la crisis ambiental en sus diversas dimensiones, es el punto de partida de una matriz estratégica alternativa a la ecología de guerra: el ecosocialismo. Es probable que el contexto geopolítico produzca cambios, incluso revolucionarios. Pero el motor del cambio no puede encontrarse más que en la propia dinámica de las sociedades, en la reestructuración fundamental de los modelos de producción y de consumo. Esta reestructuración se sustenta en el conflicto, principalmente en el conflicto de clases.

El ecosocialismo se basa en la idea de que las economías modernas están atravesadas por procesos de socialización. Hay que tener en cuenta dos parámetros para entenderlos. El primero es de dónde viene el impulso de socializar. A veces viene de los dominantes. La creación de la Reserva Federal en 1913, por ejemplo, consistió en que los capitalistas estadounidenses aceptaron confiar la fijación de la tasa de interés a una institución política. La multiplicación de las crisis financieras durante las décadas anteriores es la razón de la socialización de la herramienta monetaria. Otras formas de socialización son el resultado de las luchas dirigidas por las clases trabajadoras. La regulación del mercado laboral o la seguridad social en Francia son ejemplos de ello3.

Segundo parámetro: ¿la socialización opera del lado de la producción o del consumo? La socialización de la producción se refiere a todas las formas de superar la fragmentación del mercado, incluso las parciales. En su versión más avanzada, conduce a la planificación integral de la economía. La socialización del consumo se refiere a todas las formas de consumo colectivo. Estas también son diversas. Las asociaciones de consumidores que aparecieron a principios del siglo XX son una forma, cuyo objetivo es asistir a los consumidores en sus elecciones, ayudarles a construir su «soberanía», que no es realmente una soberanía. Pero los grupos dominantes también socializan la oferta para asegurar el consumo. Ante la explosión de los precios de los hidrocarburos, Mario Draghi propuso recientemente la creación de un «club de compradores» para tratar con los países productores4. Los europeos y los estadounidenses podrían utilizar su «poder de mercado» para presionar los precios a la baja.

En cada caso, hay un mecanismo o recurso económico que es objeto de deliberación colectiva. Los factores estructurales pueden influir en la socialización. Por ejemplo, las nuevas tecnologías, que facilitan la comunicación y con ello, por ejemplo, la ampliación de la gestión de las empresas o de las cadenas de valor. Ya sea el resultado de una dinámica competitiva o de una voluntad política, la socialización siempre manifiesta una transformación cualitativa de las relaciones económicas. A menudo da lugar a una evolución de las formas de propiedad mediante el desarrollo de la propiedad social. La creación de sociedades anónimas en el siglo XIX es un ejemplo, en el que el propio Marx vio una forma de socialización propiamente capitalista5. Otra son las cooperativas, que distribuyen la propiedad a los trabajadores, socializándola «desde abajo».

Ya sea el resultado de una dinámica competitiva o de una voluntad política, la socialización siempre manifiesta una transformación cualitativa de las relaciones económicas. A menudo da lugar a una evolución de las formas de propiedad mediante el desarrollo de la propiedad social.

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La socialización es algo distinto a la incrustación de los mercados que deseaba Karl Polanyi. Un mercado integrado sigue siendo un mercado, aunque esté muy regulado y sea posible gracias a bienes «ficticios». Con la socialización, el cálculo en especie se vuelve más poderoso. Razonamos en recursos reales, pasando detrás del velo del dinero y, por tanto, del valor de cambio. En su Plan de transformación de la economía francesa, el Proyecto Shift y su cabeza visible, Jean-Marc Jancovici, proponen esta definición de cálculo en especie:

«El PTEF (Plan de Transformación de la Economía Francesa) habla de toneladas, vatios, personas y competencias. Pero se habla poco de dinero, y nunca como aportación al problema planteado: ante este problema, el ahorro y el dinero no son los factores limitantes más serios.«6

Sin saberlo, siguen las intuiciones de Otto Neurath, uno de los protagonistas del debate sobre el «cálculo socialista» y precursor de la ecología económica7. Con la experiencia de los métodos de aprovisionamiento durante la Primera Guerra Mundial, Neurath ve —en contra de von Mises y Hayek— el cálculo en especie como una forma de reorganizar por fin las economías modernas sobre una base racional.

La bifurcación ecológica implica proyectarse a largo plazo y en un entorno cada vez más incierto. La precisión y la intensidad de la señal de precios se debilitan con el alargamiento y la complejidad creciente de las temporalidades. El cálculo en especie es la base de la sobriedad, que presupone un uso razonado de los recursos y, por tanto, una «conexión» directa del cálculo económico con ellos. Conduce a la superación del PIB y a su sustitución por un conjunto de indicadores que no pueden reducirse entre sí para dirigir las economías. Con el regreso de la escasez en el marco del conflicto ucraniano, los métodos de cálculo en especie adoptan la forma de racionamiento energético. Si de hecho se supera la coordinación del mercado, el cambio hacia una transformación ecológica emancipadora requiere otro tipo de socialización.

La bifurcación ecológica implica proyectarse a largo plazo y en un entorno cada vez más incierto. La precisión y la intensidad de la señal de precios se debilitan con el alargamiento y la complejidad creciente de las temporalidades.

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Gobernar a partir de las necesidades

El ecosocialismo somete la socialización de la economía a un doble imperativo de justicia social y sobriedad. Se trata de una «guerra de posición» contra el capital, cuyo objetivo es enfrentarse al productivismo y al consumismo mediante la socialización de la producción y el consumo. Desde el punto de vista de la producción, la construcción de mecanismos que permitan arbitrar las opciones de producción en función de su impacto ecológico permite acabar con la devastación medioambiental provocada por el orden anárquico de las decisiones de inversión. Esto implica, en particular, la construcción de un polo bancario público destinado a socializar las inversiones para orientarlas hacia la bifurcación ecológica8.

A nivel micro, el ecosocialismo se autogestiona. En la tradición socialista, la emancipación del trabajo de su explotación capitalista es un objetivo central. El ecosocialismo añade un argumento ecológico: la explotación del hombre por el hombre está estrechamente ligada a la explotación de la naturaleza por el hombre, y la cosificación afecta a ambas relaciones9. La emancipación del trabajo favorecerá, pues, una relación menos instrumental o productivista con éste. De ahí la importancia de deshacerse de los patrones. Sin embargo, la autogestión por sí sola no resuelve el problema de la coordinación: es a nivel macro donde hay que planificar las decisiones sobre la asignación de recursos materiales y humanos.

Por el lado del consumo, una ecología «punitiva» que prohíba los estilos de vida insostenibles asociados a los bienes estatutarios de los más ricos produciría efectos culturales en cascada y favorecería el arraigo de los comportamientos de consumo en nuevos registros de preferencias. Bajo la influencia de las redes sociales, están surgiendo nuevas formas de consumo colectivo. Se trata del «comercio social»: ciertas plataformas permiten a los consumidores interactuar entre sí, sacándolos así de su condición atomizada10. Evalúan los productos y luego compran en grupo, obteniendo así un precio favorable. A veces, la producción se basa en su opinión, lo que permite forjar nuevos vínculos entre productores y consumidores, antes separados por el mercado. A estas alturas, la lógica sigue siendo consumista. Pero está en juego algo esencial: el auge del «consumidor colectivo», resultante de la socialización de la compra.

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El ecosocialismo somete la socialización de la economía a un doble imperativo de justicia social y sobriedad. Se trata de una «guerra de posición» contra el capital, cuyo objetivo es enfrentarse al productivismo y al consumismo mediante la socialización de la producción y el consumo.

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Socializar la producción y el consumo conduce a un gobierno regido por las necesidades. El productivismo capitalista primero produce y luego crea necesidades artificiales para vender los bienes sobreproducidos, especialmente a través de la publicidad y la obsolescencia. Gobernar a partir de las necesidades consiste en deliberar primero y luego en poner el aparato productivo al servicio de las necesidades definidas democráticamente. La deliberación se da lo más cerca posible de los ciudadanos. En este sentido, la escala es crucial: los grupos pequeños son los más adecuados para expresar las necesidades, porque es en relación con las prácticas cotidianas ordinarias que esta expresión tiene sentido. Puede darse a nivel municipal, de la empresa o en el marco de «minipúblicos», de los que la convención ciudadana sobre el clima es un ejemplo11. Sin embargo, a menudo es necesario ampliar el proceso de toma de decisiones, ya que las amenazas a los ecosistemas requieren un marco legislativo vinculante que prohíba o racionalice las opciones de consumo insostenibles. De ahí la idea de que el gobierno que rige a partir de las necesidades es el federalismo:

Todas las federaciones conducen a intervenciones”, dice Carl Schmitt en su definición de federalismo. “Toda auténtica ejecución federativa constituye una injerencia tal que elimina la autodeterminación totalmente independiente del Estado afectado por las sanciones y elimina su carácter cerrado y externamente impenetrable, su impermeabilidad”.12

La deliberación sobre las necesidades no puede ser totalmente «impermeable»: está sujeta a las «intervenciones» del nivel federal. Fijarán los límites ecosistémicos que deben respetarse en la satisfacción de las necesidades, en relación con los conocimientos científicos sobre el tema, y decidirán la asignación de los recursos. Sin embargo, para ganar el apoyo de los ciudadanos, las «intervenciones» tendrán que ser legítimas desde el doble punto de vista de la justicia social y la sobriedad.

Dado que los costos del cambio climático son globales, aunque desigualmente distribuidos, y los esfuerzos para contenerlo son locales, la humanidad se encuentra en una situación de dilema del prisionero en la que sólo un proceso político de deliberación internacional puede producir un marco de cooperación.

CÉDRIC DURAND Y RAZMIG KEUCHEYAN

Internacionalismo socioecológico

El espíritu internacionalista debe regir todo el pensamiento de la transición. Dado que los costos del cambio climático son globales, aunque desigualmente distribuidos, y los esfuerzos para contenerlo son locales, la humanidad se encuentra en una situación de dilema del prisionero en la que sólo un proceso político de deliberación internacional puede producir un marco de cooperación.

Convertir la energía en un arma geopolítica conduce a la intensificación de los conflictos al mismo tiempo al que sería necesaria una desescalada para acelerar el cambio de matriz en otros lugares que no sean los países ricos.

Para salir de la civilización del carbono y evitar el parasitismo de los que controlan los recursos contaminantes, es inevitable proponer una vía deseable a las regiones y países fuertemente dependientes de los combustibles fósiles. Es la contrapartida, a escala del sistema-mundo, de la cuestión del acompañamiento de las poblaciones vinculadas a los sectores industriales de grandes emisiones a escala nacional o europea. A diferencia de la ecología de guerra, la perspectiva ecosocialista abre un camino practicable para este internacionalismo de la transición.

Notas al pie
  1. Comisión Europea, COMUNICACIÓN DE LA COMISIÓN AL PARLAMENTO EUROPEO, AL CONSEJO EUROPEO, AL CONSEJO, AL COMITÉ ECONÓMICO Y SOCIAL EUROPEO Y AL COMITÉ DE LAS REGIONES REPowerEU: Acción conjunta para una energía más asequible, segura y sostenible, Estrasburgo, 2022.
  2. Karsten Neuhoff, Isabella M. Weber, Can Europe Weather Looming Gas Shortages?, Project Syndicate, mayo de 2022.
  3. Karsten Neuhoff, Isabella M. Weber, Can Europe Weather Looming Gas Shortages?, Project Syndicate, mayo de 2022.
  4. James Politi, Amy Kazmin, Derek Brower, “Italy’s PM Draghi floats creation of oil consumer ‘cartel’ after Biden talks”, Financial Times, mayo de 2022.
  5. Ver el artículo «Socialisation» en Georges Labica y Gérard Bensussan (dir.), Dictionnaire critique du marxisme, París, PUF, 1982.
  6. The Shift Project, Climat, crises : Le plan de transformation de l’économie française, Parós, Odile Jacob, 2022, p. 29.
  7. Ver por ejemplo John O’Neill, «Ecological Economics and the Politics of Knowledge: the Debate between Hayek et Neurath», Cambridge Journal of Economics, 28, 3, 2004.
  8. Ver Benjamin Lemoine y Bruno Théret, «Il est possible de construire un circuit du trésor européen écologique», Gestion & Finances publiques, 4, 2020.
  9. Adorno, La domination de la nature, París, Amsterdam, 2021.
  10. Ver The Economist, «The Future of Shopping», Special Report,13-19 de marzo de 2021.
  11. Ver Thierry Pech, Le Parlement des citoyens. La Convention citoyenne pour le climat, París, Seuil/La République des idées, 2021.
  12. Carl Schmitt, Théorie de la Constitution, Parós, PUF, 2013 (1928), pp. 517-518.