El imperio y el orden mundial según Jiang Shigong

No se sabe lo suficiente sobre las doctrinas de la China de Xi Jinping. A partir de esta semana, el Grand Continent lanza una nueva serie de publicaciones. Abrimos con este enigmático texto de Jiang Shigong.

Autor
David Ownby
Trad.
Lianne Guerra Rondón, Florent Zemmouche
Portada
© Xinhua/Li Xiang

Jiang Shigong (nacido en 1967), profesor de Derecho en la Universidad de Pekín y destacado apologista del poder estatal en China. Su largo e importante ensayo de 2018, donde define y defiende el pensamiento de Xi Jinping (Filosofía e Historia: Interpretando la « Era Xi Jinping » a través del Informe de Xi Jinping al Decimonoveno Congreso Nacional del PCCh) se encontrará también disponible en nuestras columnas próximamente. Los ambiciosos argumentos teóricos de Jiang tienen la intención no solo de dar sustancia a la abundante propaganda del Pensamiento de Xi Jinping, sino también de servir como respuesta muscular y crítica al pluralismo de facto que se ha desarrollado en el mundo sobre el pensamiento chino desde el comienzo del ascenso de China.

Los argumentos de Jiang probablemente convencerán a pocos fuera de China, pero su texto es riguroso en sus intentos de explicar por qué el « socialismo con características chinas » no es un eslogan vacío, sino una descripción de la economía política china que actualmente transita el camino hacia la dominación mundial, dado el fracaso de la democracia liberal estadounidense y el comunismo soviético.

El texto traducido aquí sigue la línea de algunos ensayos anteriores de Jiang al sugerir que un imperio global chino es visible en el horizonte. El argumento básico es bastante sencillo: los imperios siempre han sido los pilares de los órdenes políticos regionales, incluso antes de que el surgimiento del imperialismo hiciera posible la construcción de imperios globales. El auge de las ideas de soberanía y la formación de los Estados-nación en la época moderna han aportado nuevas facetas a la construcción y administración del imperio, y han hecho que muchos pierdan de vista su importancia actual. Sin embargo, los imperios no han desaparecido: solo han cambiado de forma y función. El ensayo de Jiang abarca una vasta escala temporal y espacial , y parece construir una tipología de imperios a partir de ello. Pero, en nuestra opinión, constituye sobre todo material de relleno, lo que explica el carácter algo repetitivo del texto. La cruda afirmación de Jiang es que el imperio ​​–y en particular el imperio global, estructurado en torno a los mercados, las monedas y la política interna de las superpotencias disfrazada de práctica jurídica universal– es un estado ineludible del mundo contemporáneo. Y a China le toca liderar ese imperio, dado su estado actual y el del mundo. En palabras del propio Jiang: 

​​« [El estado actual del imperio global] se enfrenta a tres grandes problemas insolubles: la desigualdad cada vez mayor generada por la economía liberal; el fracaso del Estado, el declive político y la ineficacia de la gobernanza como consecuencia del liberalismo político; y la decadencia y el nihilismo creados por el liberalismo cultural. Ante estas dificultades, incluso Estados Unidos se ha retirado en lo que concierne la estrategia militar global, lo que significa que el imperio global 1.0 se enfrenta actualmente a una gran crisis, y que las revueltas, la resistencia y la revolución desde dentro del imperio están deshaciendo el sistema​​ ».

Jiang Shigong, « La lógica interna de las entidades políticas sobredimensionadas: el imperio y el orden mundial »

强世功, « 超大型政治实体的内在逻辑:’帝国’与世界秩序 », originalmente publicado en 文化纵横, 2019.4, disponible en línea aquí.

Una cuestión importante en el pensamiento político actual es la enorme brecha que existe en el discurso dominante entre la « ​​expresión​​ » teórica de una nación soberana y la práctica política universal de los imperios. Este desfase entre la teoría y la práctica nos conduce a reflexionar sobre el sistema conceptual del « Estado-nación​​ » y a utilizar el concepto de ​​« imperio​​ » para llegar a una nueva comprensión de la historia y la vida política contemporáneas.

Jiang Shigong ha sido considerado uno de los principales intérpretes del pensamiento de Xi Jinping. Nacido en 1967, profesor de Derecho en la Universidad de Pekín, es uno de los más destacados apologistas del poder estatal en China. En un largo e importante texto de 2018, que publicaremos en las próximas semanas (Filosofía e Historia: Interpretando la « Era Xi Jinping » a través del Informe de Xi Jinping al Decimonoveno Congreso Nacional del PCCh), define y defiende el pensamiento de Xi Jinping. Los ambiciosos argumentos teóricos de Jiang no solo pretenden dar contenido a la abundante propaganda del Pensamiento Xi Jinping, sino también servir de respuesta muscular y crítica al pluralismo de facto que se ha desarrollado en el mundo del pensamiento chino desde el inicio del ascenso de China.

A diferencia del concepto de « imperio » utilizado en el discurso ideológico tradicional, en este ensayo lo utilizo como un concepto sociológico descriptivo para caracterizar sistemas políticos muy grandes que han existido universalmente a lo largo de la historia. Estos sistemas tienen una compleja estabilidad interna y dependen de una pluralidad de actores, así como de una voluntad filosófica, intelectual y política de establecer una especie de universalismo, o –lo que es lo mismo– un deseo de universalizar su propia forma y ocupar un espacio aún mayor. En ese sentido, el « imperio » es una forma de organización histórica a través de la cual la humanidad ha tratado de gestionar el universalismo y la particularidad, así como una fuerza motriz para el desarrollo y el cambio.

Ciertamente, la construcción de imperios y la competencia entre ellos es lo que ha llevado a la humanidad a dejar de lado las civilizaciones locales y dispersas para convertirse en la civilización mundial de hoy, en un contexto de globalización. La historia del mundo es tanto una historia de imperios que compiten por la hegemonía como una historia de formas cambiantes de imperio. Actualmente, el mundo se encuentra en un momento histórico crucial para el desarrollo y la evolución del « imperio global ». Únicamente a partir de la perspectiva del imperio, y a través de la comprensión de las diferentes formas que adoptan los imperios a lo largo de la historia, se puede trascender la ideología del Estado-nación soberano y entender el papel que China desempeña hoy en la evolución histórica del imperio global, para trazar así un rumbo para el futuro del país.

La paradoja del discurso « soberano » y la « práctica » imperial

La idea de soberanía se encuentra en el centro de la teoría política contemporánea. En la vasta genealogía del pensamiento político occidental, todos los movimientos intelectuales de la historia del pensamiento moderno, desde el Renacimiento hasta la Reforma, desde la revolución científica hasta la Ilustración, han avanzado en la construcción y profundización de la teoría moderna de la soberanía. Los conceptos de las ciencias sociales que participaron en la construcción de la teoría del Estado-nación soberano constituyen aún hoy nuestras más fundamentales categorías académicas y epistemológicas.

Desde el final del periodo Qing, el mundo intelectual chino también ha experimentado una profunda transformación intelectual. A raíz de esa transformación China ha comenzado a construir e imaginar el orden político mundial sobre la base del pensamiento político occidental moderno y contemporáneo. El ideal celestial de ese orden mundial es lo que llamamos el « sistema westfaliano​​ », en el que todas las « naciones civilizadas » participan en la construcción del orden mundial en igualdad de condiciones como Estados soberanos. La Sociedad de Naciones, surgida de la Primera Guerra Mundial, y las Naciones Unidas, surgidas de la Segunda Guerra Mundial, han sido consideradas a menudo como los modelos de ese orden mundial. En ese marco, cada vez que se piensa en el orden político, se parte inevitablemente de ideas como Estado-nación soberano y sociedad internacional, « asuntos internos » y « países extranjeros », con las que el nacionalismo y el internacionalismo se erigen en ideologías políticas fundamentales.

No hace mucho tiempo, la nueva izquierda china, que cuenta entre sus filas a una mayoría de al igual que Jiang, estatistas acérrimos, hacía de la soberanía uno de sus principios rectores (para un ejemplo entre muchos, véase Wang Hui,​​« The Economy of a Rising China and its Contradictions​​ »). Por supuesto, Jiang no denuncia la soberanía, aunque sugiere, con un guiño, que el discurso del Estado-nación es un juego de manos. Pero tampoco aborda la aparente contradicción entre imperio y soberanía nacional, y es difícil saber dónde encaja su argumento en el entramado contemporáneo de la propaganda política y del sueño chino. Como señala aquí el autor anónimo del blog « The Credible Target »: « La prosa de Jiang es un poco académica e imprecisa; precisa un poco de relleno entre línea y línea. Esto se debe en parte a que la afirmación: ‘Sustituyamos el imperio estadounidense por un imperio chino que se parezca a este’ podría atraer una atención innecesaria ». ¿Se debería quizá interpretar la teoría del imperio de Jiang como un globo de ensayo?

Sin embargo, si uno observa los hechos, cabe preguntarse si este orden internacional, que existe como concepto abstracto, sobre el papel, es realmente el orden internacional que caracteriza nuestro tiempo ¿El orden internacional está realmente construido por Estados-nación soberanos e iguales? En el ámbito de la práctica política internacional, ¿cuántos de los cerca de 200 países reconocidos como Estados-nación soberanos hoy en día poseen realmente una soberanía plena? ¿Hasta qué punto la soberanía de los Estados se ha transformado en una poderosa influencia « imperial​​ »? ¿Y cuántos Estados no son más que « dependencias », « fronteras imperiales » o « provincias​​ » de estos imperios?

Desde el punto de vista de las normas jurídicas, y en la mente de muchas personas, el orden mundial se sustenta en las leyes internacionales, que a su vez están determinadas por los Estados-nación soberanos. Sin embargo, en la práctica política, el orden mundial siempre ha funcionado según la lógica imperial. Algunos países, como la Alemania y el Japón de la posguerra, no se construyeron como Estados-nación plenamente soberanos, ni siquiera en el sentido jurídico, porque sus constituciones no se basaban en principios de soberanía, sino en principios de paz internacional y derecho internacional. El origen de esta categoría de « Estado-nación semisoberano » debe encontrarse en la condición de perdedores de Alemania y Japón en la competición hegemónica de los imperios. Además, hay otros países que, si bien poseen una soberanía plena e independiente en sentido jurídico, en la práctica han visto su soberanía absorbida por un sistema imperial más amplio. Algunos de estos sistemas imperiales supra-soberanos se han construido sobre la base del derecho internacional, como el Commonwealth, la Alianza del Norte o la Unión Europea.

Y algunos países, aunque son plenamente soberanos, también pueden anular el derecho internacional con su derecho nacional, o extender su derecho nacional a otros países soberanos, como en el caso de Estados Unidos y su lucha contra la corrupción en el extranjero con su « jurisdicción de brazo largo » y sus sanciones económicas, por no hablar de las « revoluciones de colores » que ha sancionado y organizado abiertamente. De hecho, las discusiones sobre conceptos como ​​« hegemonía », « Tercer Mundo », « relaciones Norte-Sur », « multipolaridad » y « nuevo orden político y económico internacional » en las relaciones internacionales son todas cuestiones de imperio.

Desde este punto de vista, la historia de la humanidad es ciertamente la historia de la competencia por la hegemonía imperial, la historia de una feroz competencia entre imperios que ha impulsado gradualmente la transformación de estos,  cuya naturaleza local original ha evolucionado hacia la tendencia actual a los imperios globales y, a fin de cuentas, hacia un único imperio global. La globalización actual es tanto el producto de la competencia imperial como una forma particular de imperio.

Si uno repasa la historia de la humanidad, el imperio siempre ha sido el principal actor en términos políticos, mientras que el Estado-nación soberano constituye una novedad, un producto de la modernidad. Además, las actividades políticas de los Estados-nación soberanos suelen estar garantizadas por el orden imperial, y se podría afirmar que el orden de los Estados-nación soberanos es una expresión particular de ese orden imperial. Sin las nociones de competencia imperial y la construcción del nuevo orden imperial, no se podría entender siquiera el concepto de Estado-nación soberano. Por lo tanto, resulta necesario reexaminar la historia desde el punto de vista del imperio, y repensar la construcción de los Estados-nación soberanos desde el punto de vista de la construcción del orden imperial.

La Era Axial en la civilización humana: la formación de imperios civilizacionales regionales 

El imperio es, en primer lugar, un concepto intelectual universal que se extiende a todo el mundo y, en segundo lugar, una forma de práctica política que pretende imponer una cierta armonía en el mundo. Siempre ha habido una gran tensión interna entre la teoría y la práctica: los conceptos imperiales son universales, pero la práctica imperial suele estar confinada a un tiempo y un espacio determinados. Esa tensión explica el ascenso y la caída de los imperios, la sustitución de un imperio por otro.

Los orígenes de la civilización humana están dispersos por todo el planeta, en aquellas regiones que mejor se adaptaban a las necesidades del hombre primitivo. Las regiones montañosas no eran adecuadas para la supervivencia humana, y la vida en los trópicos era demasiado fácil, lo que minó la fuerza del desarrollo de la civilización. Fueron entonces las regiones templadas las que enseñaron a la gente a sostener la vida mediante el trabajo continuo y la innovación. La civilización humana se extendió por tanto a las vastas regiones templadas del mundo.

Estas diferentes civilizaciones progresaron a tal punto que  terminaron por superar sus límites geográficos originales, lo que dio lugar a intercambios, competencia e incluso luchas entre civilizaciones por la supervivencia. La historia del desarrollo de la civilización humana ha seguido continuamente este proceso de evolución, desde pequeñas comunidades locales hasta grupos cada vez más grandes. Este proceso, a lo largo del cual ciertamente las diferentes civilizaciones han aprendido constantemente unas de otras y se han entremezclado, se ha caracterizado por ser uno de conflicto y conquista, de desafío y respuesta, y de anexión.

Si se toman los « países homogéneos​​ » y los ​​« países plurales » como dos tipos ideales de orden político en la evolución de la historia de la civilización, entonces la historia de la humanidad es el proceso de interacción constante y dialéctica entre « estado​​ » e « imperio ». Esto significa que se encuentra tanto la formación de imperios plurales a través de la conquista militar de una nación homogénea por otra, como formaciones imperiales que se han convertido en Estados-nación homogéneos a través de un largo proceso de asimilación e integración de un orden imperial plural, tras el cual este estado homogéneo emprenderá el camino de la construcción de un nuevo imperio.

Por esta razón, las distinciones entre Estado-nación e imperio en la práctica política real siempre han sido relativas, dinámicas y continuas. En ese sentido, el imperio no es solo un sustantivo utilizado para describir un orden plural en la práctica, sino que también ha funcionado siempre como un verbo que describe un proceso dinámico de ​​« unificación​​ ».

Desde el punto de vista del « imperio​​ », la primera etapa de la historia de la civilización humana fue el proceso por el que las civilizaciones de todo el mundo evolucionaron a través de la interacción dialéctica de las dos formas políticas de estado e imperio, uniéndose finalmente para formar imperios locales con fronteras geográficas estables. La conciencia imperial universalista maduró precisamente en estos imperios geográficamente extensos, bastante completos y estables. Lo que llamamos la Edad Axial de la historia de la humanidad se caracterizó por esa conciencia imperial: el imperio dejó de ser una cuestión de mera conquista económica o de construcción política, para convertirse en un orden civilizatorio universal. A esta forma de imperio, con su espacio geográfico relativamente estable y su homogeneidad civilizatoria relativamente continua, se la podría denominar « imperio civilizacional regional​​ ». 

Si uno toma el ejemplo de China, en los primeros tiempos de la civilización aparecieron comunidades que se desarrollaron como « estrellas en el cielo » y, tras pasar por un sinfín de interacciones e integraciones, finalmente se unieron para formar tribus separadas o federaciones tribales, que podríamos denominar imperios locales. A través de una competencia constante, estos inestables imperios locales acabaron convirtiéndose en el imperio regional de los Xia, Shang y Zhou, los nueve estados asentados de forma estable en las llanuras centrales. Este imperio Xia-Shang-Zhou solo se convertiría en un sistema político, ritual y de civilización estable después de que el pensamiento confuciano le diera una expresión filosófica universal. Las posteriores construcciones imperiales de los periodos Qin-Han, Sui-Tang y Ming-Qing fueron renovaciones civilizatorias de ese modelo fundamental. 

Se refiere al libro del arqueólogo chino Su Bingqi 苏秉琦, Stars Filling the Sky: Su Bingqi on Primitive China 满天星斗: 苏秉琦论远古中国, que fue citado por Zhao Tingyang 赵汀阳 en sus argumentos sobre el orden mundial chino. Ver aquí.

El científico geopolítico Halford Mackinder (1861-1947) era consciente de los fundamentos geográficos y civilizatorios de los imperios civilizacionales regionales. Desde un punto de vista macroespacial, dividió todo el continente euroasiático en dos partes: un núcleo central, con sus praderas y pastizales [y representado históricamente por el imperio ruso]; y las zonas periféricas, con sus ríos, llanuras y agricultura.

Halford Mackinder fue un geógrafo británico que enunció su « teoría del corazón » en un documento titulado « El pivote geográfico de la historia », presentado a la Real Asociación Geográfica en 1904. Su teoría dividía el mundo en tres regiones: el Mundo-Isla, las islas periféricas y las islas de ultramar.  El mundo-isla incluía Europa, Asia y África, y por tanto dominaba en términos de población y recursos. Las islas periféricas eran Japón y Gran Bretaña. Las islas de ultramar incluían las Américas y Australia. Mackinder hizo hincapié en la importancia de Europa del Este, una región que ofrecía una puerta de entrada al control del núcleo del Heartland, en parte para advertir a Gran Bretaña de que su dependencia histórica del poder marítimo podría tener limitaciones (véase aquí). Jiang Shigong parece haber adoptado las teorías de Mackinder a sus necesidades.

En las regiones centrales, el modo de vida nómada y poco evolucionado era la principal forma de civilización, mientras que las regiones periféricas se dividían en cuatro zonas de civilización relativamente avanzadas, donde predominaban la agricultura y el comercio: las regiones de la civilización confuciana china, la civilización hindú del sur de Asia, la civilización árabe-islámica y la civilización cristiana europea. Estas cinco civilizaciones regionales euroasiáticas pueden ser consideradas como cinco imperios regionales relativamente estables que basaban su coherencia en los elementos naturales de su entorno geográfico, así como en ciertos elementos espirituales de carácter filosófico o teocrático. A lo largo de un período muy largo de la historia, mientras que encarnaciones específicas de imperios locales subieron y cayeron, estos cinco imperios civilizacionales regionales lograron una relativa estabilidad en su región. Incluso hoy en día, miles de años después de su fundación, siguen manteniendo una relativa estabilidad en términos geográficos y de sus características, dando prueba de la tenacidad de los imperios civilizacionales regionales.

Para quienes estén interesados en conocer más sobre Jiang y/o las ideas chinas sobre el imperio, véase ​​« Credible Target », que ofrece un análisis y una traducción parcial, así como un artículo en prensa de Leigh Jenco y Jonathan Chappell en The Journal of Asian Studies, « Imperialism in Chinese Eyes: Nations, Empires, and State-Building ».

El auge de los imperios coloniales globales: la competencia mundial entre los imperios continentales y marítimos

En la primera fase de la historia de los imperios, los cinco imperios regionales de la civilización estaban situados en la masa terrestre euroasiática y todos eran imperios continentales. En cuanto a la localización respectiva de los cinco imperios, los cuatro imperios periféricos tenían importantes ventajas civilizatorias sobre el imperio estepario, mientras que este último, situado en las regiones montañosas, contaba con menos avances por estar asociado al nomadismo. Sin embargo, este imperio también contaba con ciertas ventajas estratégicas en términos geográficos, y siempre fue una amenaza para los cuatro grandes imperios civilizacionales periféricos. Este fue particularmente el caso de la civilización cristiana occidental, que estaba continuamente bajo la presión de la civilización islámica y la civilización esteparia oriental.

El imperio islámico podía suponer una amenaza para el imperio cristiano no solo por su superioridad en términos religiosos y militares, sino también, y he aquí lo más importante, porque monopolizaba el comercio marítimo con las civilizaciones hindúes y chinas del este, lo que le aseguraba grandes cantidades de recursos y riqueza. Ante ese contexto competitivo, el imperio cristiano se vio obligado a navegar por el océano Atlántico, en un intento de localizar una ruta marítima que abriera el comercio con el imperio chino al este. Colón buscaba una Ruta de la Seda marítima que sustituyera a la ruta terrestre, que había sido destruida por el imperio estepario, desafiando así el monopolio de la civilización islámica en el comercio con Oriente.

Cuando el imperio cristiano se vio obligado a hacerse a la mar, se pasó la primera página de la historia de los imperios mundiales. Por un lado, el imperio cristiano ​​descubrió​​ y conquistó América, así como territorios y civilizaciones hasta entonces desconocidos, como el sur de África e incluso Oceanía, apoderándose de nuevos recursos. Por otra parte, estos grandes descubrimientos geográficos condujeron a la aparición de « imperios coloniales globales​​ » como una nueva forma de imperio: el imperio cristiano, unido hasta ese entonces, comenzó a dividirse en nuevos imperios coloniales sobre la base de Estados-nación soberanos recién formados.

La competencia entre estos imperios coloniales hizo que la civilización cristiana fuera la primera en hacer la transición a la civilización moderna, lo que permitió que los imperios coloniales occidentales se destacaran por su superioridad abrumadora sobre los imperios civilizacionales tradicionales de Oriente. Posteriormente, la historia del mundo entró en la fase de dominación imperial occidental. Los grandes descubrimientos geográficos llevaron a la civilización cristiana occidental a inspirarse en las civilizaciones orientales y a absorber no solo las prácticas avanzadas de la astronomía, las matemáticas, la geografía, la navegación y la construcción naval de Oriente, sino también a dejarse influir por el humanismo y el racionalismo de la civilización china. Sin embargo, el descubrimiento de diferentes pueblos y civilizaciones durante el proceso de globalización ha debilitado la singular cosmovisión de la Biblia cristiana. Esto condujo al auge de la racionalidad, el humanismo y la ciencia en Occidente, y por tanto a la desintegración del imperio cristiano tradicional.

La era de los descubrimientos dio lugar a una competencia interna dentro del imperio cristiano, en la que cada reino o nación luchaba contra el otro. Esta competencia interna también estimuló el proceso general de racionalización de la civilización occidental, ya que cada reino trató de dejar atrás el imperio cristiano y emprender la transición hacia un Estado-nación soberano moderno. Este proceso motivó la creación de un nuevo modelo político, entendido en términos de la teoría política occidental moderna como un modelo basado en el ciudadano individual y sus derechos, con un contrato social que vincula los derechos de los ciudadanos a la construcción de un Estado-nación soberano homogéneo. El mismo proceso condujo al orden westfaliano que rige las relaciones entre los diferentes Estados-nación soberanos.

De allí surge la comparación en la teoría política entre los Estados-nación soberanos y los imperios como formas políticas: los antiguos imperios regionales (como el imperio chino, el imperio indio, el imperio otomano, el imperio ruso, etc.) representaban una forma política tradicional anticuada; solo los Estados-nación soberanos europeos representaban la forma política moderna del futuro.

Pero los nuevos Estados-nación soberanos europeos, al emprender la colonización de ultramar y construir sus imperios coloniales, también construyeron un nuevo sistema imperial. A diferencia de los imperios tradicionales de las civilizaciones regionales, que administraban los territorios recién conquistados como parte de su imperio, los imperios coloniales crearon un nuevo modelo imperial colonial en el que se distinguían los Estados-nación soberanos de las colonias y se aplicaban distinciones de estatus a cada uno. La colonia solo formaba parte del imperio en la medida en que servía de proveedor de recursos naturales y era una fuente de beneficios para el Estado-nación soberano. El Estado-nación en el corazón del imperio practicaba una política republicana, mientras que en la periferia colonial del imperio la política era abiertamente autoritaria; estas son las dos caras del imperio colonial. Por tanto, la competencia entre los imperios europeos no era únicamente una lucha por el territorio europeo, sino sobre todo una lucha por obtener o redistribuir las colonias de ultramar.

Desde el Tratado de Westfalia hasta el Tratado de Utrecht, el sistema de derecho internacional entre los Estados-nación soberanos modernos es, de hecho, el producto de la competencia –y el logro de equilibrios temporales– entre los imperios coloniales, todos los cuales se basaron, en gran medida, en la competencia por las colonias y su redistribución.

Si nos preguntamos « cómo llegaron los imperios europeos a dominar el mundo », una parte importante de la respuesta se encuentra en el moderno sistema de Estado-nación que se encuentra en el corazón de estas civilizaciones imperiales. Fue precisamente la decisión de los distintos pueblos europeos de abandonar la forma del imperio tradicional de la civilización cristiana, y las limitaciones que la religión y la moral habían representado en su día, en favor de la libertad individual y la construcción del moderno sistema de Estado-nación, lo que creó en estos países una nueva forma de vida, así como grandes fuerzas económicas, políticas y culturales, que a su vez fundaron continuamente colonias por todo el mundo, creando así una nueva forma de imperio.

Podría decirse que los Estados-nación occidentales construyeron nuevos imperios mientras abandonaban los antiguos, y que estos nuevos imperios contenían no solo colonias, sino también un sistema de derecho internacional. Esta forma imperial totalmente nueva combinaba así el derecho colonial, el nacional y el internacional, una forma compuesta con dos caras, los Estados-nación por un lado y las colonias por otro. La condición previa para la construcción del sistema westfaliano de Estados-nación soberanos fue siempre el sistema colonial globalizado. Solo los Estados que habían ganado poder a través de la lucha por los imperios coloniales tenían derecho a entrar en el sistema de Estados-nación soberanos. Solo porque las potencias europeas podían desarrollar imperios coloniales a su antojo en los « nuevos territorios » puestos a disposición por los descubrimientos, podía mantenerse el delicado equilibrio de poder del sistema de Westfalia. Sin embargo, a finales del siglo XIX, con el fin del periodo de los grandes descubrimientos, la lucha entre las potencias coloniales europeas por la hegemonía mundial condujo al estallido de la Primera Guerra Mundial, que aceleró la caída del sistema imperial colonial, así como la desintegración del sistema eurocéntrico de Westfalia.

Si comparamos el imperio civilizacional regional tradicional con el imperio colonial global moderno, encontramos enormes diferencias de forma.

En primer lugar, mientras que los imperios civilizacionales regionales han surgido y caído, se han expandido y contraído, han mantenido más o menos una presencia regional estable; por el contrario, los tentáculos de los imperios coloniales recién surgidos se han extendido, mucho más allá del espacio geográfico de Europa, a todos los continentes del mundo. Su poder no encontraba nada que se les resistiera en América, África, Oceanía o incluso en la antigua Asia, dando lugar a un imperio global en términos de espacio geográfico.

En segundo lugar, cuando los imperios civilizacionales regionales conquistaban otros, a menudo trataban de desarrollar la civilización, creando la « unidad » y la « paz » en la región; en comparación, los imperios coloniales globales hicieron desde el principio del comercio y el intercambio su principal objetivo, y por lo tanto las regiones que conquistaron no eran territorios para ser gobernados, sino colonias destinadas a proporcionar materias primas, esclavos y mercados de exportación para la madre patria. Por ello, las colonias y el sistema de esclavitud eran las dos características fundamentales de los imperios coloniales. De hecho, una de las razones importantes por las que el imperio cristiano podía convertirse fácilmente en un imperio colonial era que, desde la época de los imperios griego y romano, el comercio y el intercambio habían dado lugar a un sistema sostenible de esclavitud.

En tercer lugar, los imperios civilizacionales regionales desarrollaron sistemas de gobierno razonablemente uniformes a nivel interno, y solo utilizaron sistemas de gobierno diferentes en las zonas locales de la periferia; en cambio, los imperios coloniales globales consideraron desde el principio a las colonias como meras fuentes de beneficios económicos, lo que dio lugar al sistema imperialista moderno en el que existe una estricta separación entre el Estado-nación soberano central y las colonias periféricas. En términos de regímenes constitucionales, los Estados-nación soberanos europeos y los imperios colonizados existían en dos mundos jurídicos completamente diferentes.

En cuarto lugar, las características particulares de los imperios civilizacionales regionales favorecían la armonía étnica dentro de la región y la civilización, de modo que, aunque hubiera problemas étnicos en dichos imperios civilizacionales, la etnia no se convertía en un obstáculo para la construcción del imperio; en cambio, aunque los imperios coloniales globales se expandieron en nombre de la civilización (contra la barbarie) ​​–porque los imperios coloniales mantuvieron desde el principio estrictas divisiones entre el Estado-nación metropolitano y la colonia periférica, y las correspondientes diferencias en el estatus de ciudadanía–, las normas civilizacionales de los imperios coloniales siempre contenían elementos de racismo. Por esta razón, los imperios coloniales no solo no promovieron la armonía racial, sino que generaron un odio racial y unas masacres sin precedentes. El legado creado por los imperios coloniales sigue siendo difícil de erradicar hasta el día de hoy.

El surgimiento de los imperios coloniales europeos fue sin duda la segunda transformación de la historia del imperio en la humanidad, y este proceso estuvo desde el principio vinculado a los descubrimientos marítimos. En otras palabras, los primeros países que se hicieron a la mar fueron también los primeros en establecer colonias de ultramar y construir imperios coloniales. En consecuencia, la historia del ascenso y la caída de los imperios coloniales europeos tomó la forma de la historia de la conquista de los mares, el dominio de la navegación, el establecimiento de colonias y la competencia por las mismas. España y Portugal lideraron el desarrollo de las exploraciones marítimas y el establecimiento de imperios coloniales en ultramar, y estos países se apoyaron en la ortodoxia del imperio europeo para establecer la legitimidad de los imperios coloniales globales construidos en estos territorios recién descubiertos.

Cuando la siguiente ola de potencias, representada por Holanda, Inglaterra y Francia, comenzó a competir por las colonias, se encontró con un desafío a su legitimidad por parte del imperio europeo. De hecho, la Reforma promovida por Holanda, Inglaterra y Francia se dirigía en realidad contra España, Portugal y el contexto europeo medieval que los apoyaba. Esto condujo a una división en el imperio cristiano entre el grupo católico tradicional y el nuevo grupo protestante, que finalmente ganó.

Debido a las diferencias entre las condiciones continentales y marítimas, los países europeos, en la competencia por la hegemonía en la construcción de su imperio colonial, desarrollaron gradualmente dos tipos de Estado y de gobernanza colonial: el imperio marítimo y el imperio continental. Países protestantes como Holanda e Inglaterra desarrollaron imperios marítimos basados en el comercio mundial. En el plano interno, practicaron el republicanismo y, en cuanto a la gobernanza colonial, se esforzaron por practicar el libre comercio en condiciones de soberanía. En cambio, los primeros colonizadores, como Portugal y España, así como los que llegaron más tarde, como Francia, Alemania y Rusia, heredaron principalmente el estilo de gobierno continental-imperial asociado a los imperios griego y romano y al imperio cristiano. En casa, practicaron la autocracia, y en términos de gobierno colonial, practicaron una forma autocrática de saqueo.

Esto nos dice que las dicotomías ideológicas del pensamiento europeo moderno entre republicanismo y autocracia, comercio y territorio, libertad y despotismo, se originan en realidad en las dicotomías de los tipos de gobierno empleados por los imperios marítimos y continentales. Estos dos tipos diferentes de gobernanza, nacidos de los distintos problemas a los que se enfrentaban los imperios continentales y marítimos, influyeron profundamente en la situación mundial durante la Guerra Fría e incluso después.

El surgimiento de los imperios coloniales aceleró la competencia entre ellos, y la intensificación de los conflictos imperiales también aceleró la llegada de las revoluciones modernas en la tecnología y el pensamiento, lo que condujo a la transición de la tradición a la modernidad. Hasta cierto punto, esta competencia colonial que se desarrollaba en el escenario mundial era una competencia entre los imperios coloniales europeos, pero al mismo tiempo, con la difusión de la cultura europea moderna por todo el mundo, otros imperios tradicionales se vieron animados a estudiar a Occidente y, a medida que se producían sus propias reformas, comenzaron también a participar en la competencia.

En ese contexto, los imperios alemán y zarista comenzaron a desarrollar sus imperios coloniales y se vieron envueltos en la lucha mundial. Del mismo modo, Japón, situado en la periferia del imperio chino, fue el primero en « dejar Asia por Europa » y abrazar el mundo marítimo, constituyéndose como potencia colonial y entrando en la competencia mundial. En las dos guerras mundiales se produjo una sangrienta lucha entre todos los imperios coloniales del mundo para construir lo que llamaron un « único imperio global hegemónico ».

La referencia es a un editorial publicado en 1885 en el periódico japonés Jiji shimpo, y probablemente escrito por Fukuzawa Yukichi, que sugería que Japón debería “abandonar Asia” 脱亚 y unirse al mundo occidental.

​​« Imperio global » 1.0: de Inglaterra a Estados Unidos

A principios del siglo XX, como resultado de una competencia cada vez más intensa entre los imperios, la forma del imperio volvió a cambiar. En primer lugar, en la competencia entre los numerosos imperios mundiales, surgió un « imperio global », con colonias en todo el mundo, capaz de dirigir el comercio mundial y regular el equilibrio de poder entre los numerosos imperios europeos. Este era el imperio británico de la era de Westfalia, en el que « nunca se ponía el sol ». Además, el modelo de gobierno imperial dentro de este imperio global evoluciona constantemente; sin conformarse con el mero saqueo colonial, los imperios globales destinan su energía a  controlar el pulso de las economías coloniales a través del dominio de la ciencia, la tecnología y las finanzas.

Sin embargo, fue precisamente este nuevo modelo de gobierno imperial el que llevó a los imperios a conceder a sus colonias niveles cada vez más altos de autonomía y soberanía, con la generación de una tendencia a la integración colonial con las madres patrias. En ese contexto se desarrolló el Commonwealth británico. La aparición de este nuevo tipo de gobierno imperial provocó muchos debates entre colonias e imperios sobre los « viejos imperios » frente a los « nuevos imperios », los « imperios coloniales » frente a los « imperios libres » y el « colonialismo » frente al « imperialismo ».

Al igual que en la crítica política del « imperialismo » de Hobson y Lenin, los imperios coloniales tradicionales pasaron a llamarse « colonialistas », mientras que la noción de « imperialismo » pasó a utilizarse únicamente para referirse a la nueva forma de imperio global de Gran Bretaña, o lo que se podría denominar colonialismo sin colonias. La aparición de esta nueva forma de imperio supuso que la expansión imperial ya no se basara en la ocupación de territorios, sino en el dominio científico y tecnológico, el control financiero y el derecho internacional, en particular porque el derecho internacional ya no era el derecho internacional compartido de la época imperial, sino leyes privadas que habían penetrado en los territorios empresariales, comerciales y financieros de todos los países. En ese sentido, un Estado-nación soberano podría erigir un « imperio global » simplemente mediante el control global de la ciencia y la tecnología, la moneda y el comercio. Este es el modelo de imperio global construido por Gran Bretaña y Estados Unidos.

Las dos guerras mundiales llevaron la construcción del imperio global a una nueva fase histórica. Las llamamos « Guerras Mundiales » no solo porque las potencias del mundo se vieron involucradas en ellas, sino también porque muchos de los imperios coloniales del mundo se esforzaron por « construir un imperio global ». De hecho, los dos campos de la Guerra Fría que se desarrollaron después de la Segunda Guerra Mundial reflejaban la competencia entre dos modelos de « imperio global »: uno era el modelo estadounidense, heredero del nuevo modelo « imperialista » desarrollado por el Imperio Británico al final del periodo; el otro era el modelo soviético, una alianza política estable que se apoyaba en una creencia común en el comunismo y en el liderazgo del Partido Comunista entre las repúblicas aliadas. En términos ideológicos, estos dos tipos de imperio global se denominaron « liberalismo/imperialismo » y « comunismo », lo que en términos de valores se tradujo en « libertad » frente a « igualdad », pero en términos de tradición imperial seguían reflejando la distinción entre imperios marítimos y continentales, en los que el imperio marítimo ejercía el control a través del comercio y la industria y el imperio continental a través de la moral comunitaria.

Hemos limitado nuestra comprensión de la idea de « imperio » ya sea a lo que imaginamos que pudo ser el imperio civilizacional regional clásico, o a nuestra crítica de los modernos imperios coloniales globales, incluida la aparición de la nueva forma de « imperio global », y por ello hemos prestado poca atención a la naturaleza particular de esta forma imperial.  El imperio soviético ha sido criticado a menudo como un imperio tradicional, ávido de territorio y hegemonía, lo que ha llevado a ignorar las diferencias entre el modelo soviético y las ideas tradicionales de imperio, incluidas las fuertes creencias en la revolución y la liberación contenidas en la ideología comunista, que han llevado a querer establecer un imperio único y global.

Una cuestión importante en el pensamiento político actual es la enorme brecha que existe en el discurso dominante entre la « ​​expresión​​ » teórica de una nación soberana y la práctica política universal de los imperios. Este desfase entre la teoría y la práctica nos conduce a reflexionar sobre el sistema conceptual del « Estado-nación​​ » y a utilizar el concepto de ​​« imperio​​ » para llegar a una nueva comprensión de la historia y la vida política contemporáneas.

Y como el imperio global construido por británicos y estadounidenses se basaba en un sistema monetario y comercial, así como en un sistema de tratados internacionales, se solía ignorar la novedad de esta forma imperial. Era fácil verlo como un imperio en el que los Estados-nación soberanos, en pie de igualdad, entraban en el sistema internacional como resultado de los movimientos de liberación nacional que se produjeron con el eclipse de los antiguos imperios coloniales. Se mira a las Naciones Unidas solo como representante de este sistema internacional de Estados-nación iguales, y se ignora el hecho de que las mismas Naciones Unidas fueron el resultado de la construcción de un imperio global, un lugar de lucha en la construcción de imperios globales. Al final de la Guerra Fría, el abandono de la ONU por parte de Estados Unidos y su adopción del unilateralismo demostraron plenamente que la construcción del « imperio global » dirigido por Estados Unidos se había completado; en el mundo actual, China y Rusia se sitúan dentro del sistema del « imperio global » dirigido por Estados Unidos. La razón por la que las sanciones económicas de Estados Unidos, basadas en la legislación nacional, pueden conseguir los resultados que consiguen es que el mundo se ha organizado para satisfacer las necesidades de este único « imperio global ».

Por lo tanto, en lugar de entender el fin de la Guerra Fría como el « fin de la historia » desde un punto de vista ideológico, es más preciso verlo en términos de « imperio global ». La « globalización » dirigida por Estados Unidos en la era posterior a la Guerra Fría, ya sea en términos de ideas o de estrategia militar, favorece la « imperialización » estadounidense y la construcción de un único imperio global.  En el contexto occidental, esto se ha denominado a menudo el « nuevo Imperio Romano ».

A partir de ahora, ningún país podrá existir fuera de este sistema de comercio mundial con su libertad, su estado de derecho y su democracia. Todos los países, lo quieran o no, participarán necesariamente en la construcción de este imperio global. El historiador chino Tong Tekong 唐德刚 (1920-2009) hablaba a menudo de los « tres desfiladeros de la historia 历史三峡 », que en esencia también se refiere al proceso del « fin de la historia » y del « imperio global ». Podríamos decir que la globalización que vivimos hoy es el « imperio global » 1.0, el modelo de imperio global establecido por Inglaterra y Estados Unidos. En el futuro, cada país tendrá que buscar su propio modelo de desarrollo dentro de este orden mundial imperial de libertad, estado de derecho y democracia.

Tong Tekong (1920-2009) fue un historiador chino-estadounidense que enseñó en la Universidad de Columbia y en la City University de Nueva York. Sus tres desfiladores se referían a las épocas feudal, imperial y democrática de China, y a las transiciones entre ellas.

En la actualidad, Estados Unidos está sometido a una gran presión para mantener su imperio global, sobre todo por la resistencia rusa y la competencia china. Pero debemos reconocer que esta competencia es una competencia dentro del sistema del imperio global, una lucha por hacerse con el liderazgo económico y político tras la realización del « imperio global ».  De hecho, podemos entenderlo como una lucha por convertirse en el corazón del imperio global. Esta lucha podría conducir al colapso y a la desintegración del sistema imperial global, a un cambio en quién ostenta el poder último en el imperio global, o incluso a la reconstrucción del sistema de imperio global, pero lo que definitivamente no ocurrirá es un retorno al período histórico de los imperios regionales de civilización.

Aunque Huntington consideró la situación mundial posterior a la Guerra Fría como un « choque de civilizaciones », y aunque estos choques de civilizaciones se solapan en cierta medida con la distribución geográfica de los imperios civilizacionales regionales, no se puede confundirlos. Lo que Huntington denomina « choque de civilizaciones » no es en realidad más que una revuelta contra el imperio global desde dentro, que se desarrollará necesariamente dentro del sistema del actual « imperio global », al igual que debe desarrollarse necesariamente dentro de la narrativa filosófica universalista del « fin de la historia » de la tecnología, el comercio, la libertad y el estado de derecho. Por esta razón, el mundo futuro solo puede progresar y reconstruirse sobre esta base, que no puede ser completamente derribada a menos que el mundo entero vuelva al imperio global construido por el fundamentalismo islámico.

Conclusión

Desde el siglo XX, el destino inevitable de la humanidad ha sido su entrada en el imperio global. No importa que lo veamos como una fuente de « paz eterna » o que mantengamos nuestras expectativas comunistas, y por mucho que critiquemos y/o deploremos la hegemonía tecnológica, económica y política, no podemos escapar a la llegada de la era del imperio global. Si se afirma que los orígenes del imperio global se remontan a la competencia entre imperios civilizacionales regionales, entonces el imperio global 1.0 de hoy es el modelo de imperio global conformado por la civilización cristiana occidental. 

Este modelo se enfrenta a tres grandes problemas insolubles: la desigualdad cada vez mayor generada por la economía liberal; el fracaso del Estado, el declive político y la ineficacia de la gobernanza como consecuencia del liberalismo político; y la decadencia y el nihilismo creados por el liberalismo cultural.  Ante estas dificultades, incluso Estados Unidos se ha retirado en lo que concierne la estrategia militar global, lo que significa que el imperio global 1.0 se enfrenta ahora a una gran crisis, y que las revueltas, la resistencia y la revolución dentro del imperio están desbaratando el sistema. 

El auge del imperio global ha cambiado por completo las distinciones políticas e ideológicas tradicionales entre la izquierda y la derecha, tradicionalmente fundamentadas en la política interna, como puede verse claramente en las competitivas elecciones de Estados Unidos y Europa. La derecha, que tradicionalmente defendía el libre mercado, se ha acercado al populismo, mientras que la izquierda ha cambiado su discurso y ahora defiende los intereses particulares de la globalización. Esta inversión ideológica es un perfecto reflejo de la crisis a la que se enfrenta el imperio global en la actualidad, ya que no existe ningún programa político capaz de resolver los tres grandes problemas a los que se enfrenta el imperio global.

Podríamos llegar a la conclusión de que vivimos en una época de caos, conflictos y cambios masivos en la que el imperio global 1.0 está en declive y tiende a colapsar, mientras que todavía somos incapaces de imaginar el imperio global 2.0. Sin embargo, debemos reconocer que cambiar la forma del imperio es un largo proceso histórico. En los pocos miles de años de historia de la humanidad solo ha habido tres cambios importantes en la forma imperial, y cada uno de estos cambios ha ido acompañado de grandes conflictos y caos. Al mismo tiempo, no podemos negar que estas épocas de transición histórica también han creado la oportunidad para que cada civilización construya un imperio global 2.0. La civilización que sea capaz de aportar soluciones reales a los tres grandes problemas a los que se enfrenta el imperio global 1.0 proporcionará también el proyecto del imperio global 2.0. Como gran potencia mundial que debe mirar más allá de sus fronteras, China debe pensar en su propio futuro, pues su importante misión no es sólo revivir su cultura tradicional. China también debe absorber pacientemente las habilidades y los logros de la humanidad en su conjunto, incluidos los empleados por la civilización occidental para construir el imperio global. Sólo sobre esta base podemos considerar la reconstrucción de la civilización china y la reconstrucción del orden mundial como un todo que se refuerza mutuamente.

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