La contrarrevolución nacionalista que ha marcado los últimos años surgió como reacción a una revolución iniciada en la década de 1960, que alcanzó su apogeo en la década de 1990 y entró en crisis a principios de la década de 2010.
Su dinámica se basaba en una convicción radical: un orden despolitizado, articulado en torno a una ética universalista, los derechos individuales, el Estado de derecho y los mecanismos del mercado, habría bastado para garantizar la máxima emancipación de los individuos, así como un progreso rápido y continuo a escala planetaria. Se derrumbó bajo el peso de su propio utopismo y de promesas hiperbólicas que no supo —ni habría podido— cumplir.
Como reacción, se fue gestando, de forma lenta y confusa, una rebelión contra un milenarismo impulsado por una antropología unilateral, incapaz de captar la complejidad humana en todas sus contradicciones y alimentada por abstracciones que arrancaban a las personas de sus contextos, ya fueran históricos o geográficos.
Esta rebelión acabó adoptando la forma de una contrarrevolución de carácter nacionalista. 1
La contrarrevolución y el modelo Meloni
A juzgar por la situación actual, hay que reconocer que esta contrarrevolución está lejos de haber perdido impulso. Sin embargo, aunque lleva en marcha al menos una década, si nos preguntamos qué nuevo orden pretende construir para sustituir al que rechaza, la respuesta se nos escapa. Aunque el análisis negativo de la modernidad tardía que transmite parece fundado en muchos aspectos, hay que admitir que es incapaz de proponer un remedio eficaz.
Las páginas de esta revista tienen el mérito de haber dedicado espacio y una atención sistemática al proceso intelectual que acompañó el segundo ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. 2 Sin embargo, cuanto más se examinan estos textos, más se impone la impresión de un debate que se ha quedado en la superficie, minado por contradicciones flagrantes en el propio pensamiento de cada autor y, más aún, a veces de forma brutal, de un autor a otro. También queda abierta la cuestión de la incidencia real de esta reflexión en las decisiones de la Casa Blanca. Como siempre en las fases de interregno, la cúpula de las instituciones, en cuanto estas dejan de regirse por normas compartidas, queda a merced de la improvisación, cuando no de psicosis narcisistas. La hostilidad hacia el orden antiguo, moribundo, es, por lo demás, tan violenta que recompensa la afrenta y la provocación, por muy fútiles que sean.
De estas condiciones surge un círculo vicioso propio de la contrarrevolución: cualquier reflexión intelectual corre el riesgo de ser considerada, por quienes ostentan el poder, no solo como inútil, sino como perjudicial. Sobre todo porque esta contrarrevolución resulta estéril. El orden heredado de la revolución radical de finales del siglo XX parece tan sólidamente arraigado que cuesta imaginar cómo podría desintegrarse si no es a costa de un acontecimiento catastrófico. Sin embargo, parece aún más improbable que la opinión pública de las democracias avanzadas —desconfiada, pero preocupada por preservar sus bienes y privilegios— consienta, en el estado actual de las cosas, en dejarse arrastrar hacia un apocalipsis. La propia administración de Trump, que sin embargo se esfuerza por desmantelar el orden antiguo a toda costa, sigue siendo más radical en palabras que en hechos.
Fruto más de un desánimo colectivo que de una decisión proactiva, la victoria de Meloni fue sobria y careció del entusiasmo que suele acompañar a los grandes momentos históricos.
Giovanni Orsina
Al poner de manifiesto el carácter profundamente contradictorio del movimiento nacionalista internacional, la espectacular escalada del presidente de Estados Unidos ha acabado, además, sometiéndolo a una fuerte presión. Para desactivar esta contradicción y lograr reunir en una alianza mundial a todos aquellos que dan prioridad a los egoísmos nacionales, se necesitaría una capacidad de autocontención y, precisamente, de reflexión cultural totalmente diferente. La propia derrota de Viktor Orbán en Hungría, aunque atribuible en gran parte a causas internas, puede interpretarse como una señal de que el nacionalismo no sabe hacer otra cosa que frenar y obstaculizar el orden al que se opone. A falta de una visión que permita repensar un mundo interconectado, la contrarrevolución está condenada a seguir siendo el síntoma de una crisis profunda, y no su remedio.
En este contexto, la victoria en Italia de una coalición de destra-centro 3 en las elecciones de 2022 y el acceso de Giorgia Meloni a la jefatura del gobierno han convertido a la península en un laboratorio de la contrarrevolución nacionalista, y a la líder de Fratelli d’Italia en un ejemplo creíble para los conservadores. El caso italiano resulta aún más instructivo si se tiene en cuenta que la península se percibe a menudo como un «laboratorio político» donde se anuncian fenómenos destinados a extenderse posteriormente a otros lugares, desde el berlusconismo hasta el Movimiento 5 Estrellas, por citar solo la historia reciente. Giorgia Meloni se ha convertido así en un caso de estudio y ha impuesto casi un modelo.
Tras casi cuatro años de «melonismo», es legítimo preguntarse no solo si la contrarrevolución italiana ha «llegado por fin a puerto», 4 sino también en qué medida la obra de Giorgia Meloni podría servir de prototipo reproducible y allanar el camino para otras contrarrevoluciones nacionalistas.
Lo que intentaremos demostrar es que, si bien es posible esbozar las líneas generales de un «melonismo» a partir de esta experiencia, sería ilusorio ver en ella, más allá de la carrera política de la actual presidenta del Consejo, un modelo político que pueda trasladarse a otros contextos.
Un anticlímax: el sentido del momento Meloni
Giorgia Meloni no ganó las elecciones de 2022 gracias al impulso entusiasta de una ola nacionalista. No recibió ningún mandato ideológico por parte de los italianos. Bastan dos cifras para darse cuenta de ello: con una participación del 63,9 %, la coalición de centro-derecha obtuvo el 43,8 % de los votos, es decir, algo más de una cuarta parte del electorado. La líder de Fratelli d’Italia se impuso, por tanto, en un clima de resignación surgido tras un ciclo de agitación política de una década que se había revelado, por enésima vez, incapaz de frenar el declive italiano. 5
Este ciclo comenzó en 2013, tras la experiencia proeuropea y tecnocrática del gobierno de Mario Monti, con el auge electoral del Movimiento 5 Estrellas. Continuó con el intento de Matteo Renzi de vencer al populismo combinando el dinamismo reformista con la imitación de los propios métodos populistas, y su fracaso. El Movimiento 5 Estrellas formó después un gobierno para toda una legislatura, de 2018 a 2022, aliándose primero con la derecha y luego con la izquierda, para finalmente apoyar al gobierno, también proeuropeo y tecnocrático, dirigido por Mario Draghi, es decir, exactamente lo contrario de todo lo que Beppe Grillo siempre había representado. Mientras tanto, el líder soberanista de la Liga, Matteo Salvini, había seguido la trayectoria de una especie de estrella fugaz, apagándose a toda velocidad tras alcanzar su cenit político.
La verdadera esencia del «melonismo» no hay que buscarla tanto en el ámbito de la cultura política o la ideología como en el ámbito antropológico.
Giovanni Orsina
Entre los dos Mario —Draghi y Monti— de 2011 a 2022, Italia ha probado y agotado todas las opciones posibles. Al votar por Meloni al final de este ciclo, los votantes se han decantado por el único liderazgo que aún no se había visto desgastado por los compromisos y la gestión cotidiana del poder.
Fruto más de un cansancio colectivo que de una decisión proactiva, fue una victoria sobria, desprovista del entusiasmo que suele acompañar a los grandes momentos históricos. La primera mujer en presidir el Consejo de Ministros no buscó encarnar la libertad que empuja al pueblo a subir a las barricadas. Ofreció la imagen de una líder fiable, con los pies en la tierra, capaz de garantizar la protección y de pasar página a un liderazgo masculino que había marcado la década populista. Para valorar adecuadamente al 63,9 % de votantes que acudieron a las urnas en 2022, hay que recordar que en 2013 fueron más del 75 %. Las últimas elecciones legislativas italianas constituyeron, por tanto, una decepción, no el presagio de una aceleración contrarrevolucionaria.
Una interpretación sesgada
Al intentar comprender el fenómeno Meloni, se suelen cometer dos errores de interpretación
La primera, y la más grave, consiste en querer entender este fenómeno político —o más bien en satanizarlo— situándolo como una prolongación directa del fascismo. En Italia, este error se ha visto alimentado por la fragilidad crónica de la izquierda política y por el sectarismo de gran parte de la cultura progresista, secundada por una minoría considerable de la opinión pública. Fuera de Italia, también se debe a la pereza de los periodistas, que no se han molestado en corregir la imagen estereotipada que sus lectores tienen de la península: pizzas, mandolina y camisas negras.
No cabe duda de que Fratelli d’Italia se presenta —incluso en su logotipo, que retoma el símbolo de la llama— como el último heredero del Movimiento Social Italiano (MSI), en el que coexistían componentes claramente neofascistas. Sin embargo, han pasado las décadas y, sobre todo desde el fin de la Guerra Fría, esta tradición política ha experimentado una profunda metamorfosis. 6 Se puede sostener, y no sin argumentos sólidos, que este rechazo habría ganado en ser más convincente. Pero tampoco es posible ignorar las ya innumerables ocasiones en las que Meloni ha desautorizado explícita y claramente al régimen fascista y ha manifestado su adhesión a los valores constitucionales.
Basta con leer el discurso que pronunció en la Cámara de Diputados durante la ceremonia solemne de su toma de posesión en el gobierno, el 25 de octubre de 2022. La presidenta del Consejo declaró entonces: «La libertad y la democracia son los elementos distintivos de la civilización europea contemporánea, con los que siempre me he identificado… Nunca he sentido simpatía ni cercanía hacia los regímenes antidemocráticos —ningún régimen, incluido el fascismo—, y siempre he considerado las leyes raciales de 1938 como el punto más bajo de la historia italiana, una vergüenza que marcará a nuestro pueblo para siempre». Añadió: «La comunidad política de la que provengo siempre ha avanzado hacia una historicización plena y consciente del siglo XX, ha asumido importantes responsabilidades gubernamentales, prestando juramento sobre la Constitución republicana, como hemos tenido el honor de hacer hace apenas unas horas. Ha afirmado y encarnado sin ambigüedad alguna los valores de la democracia liberal, que son el fundamento de la identidad común del centro-derecha italiano y de los que no nos apartaremos ni un centímetro. Lucharemos contra toda forma de racismo, antisemitismo, violencia política y discriminación». 7 Ver en estas declaraciones una apología encubierta de Benito Mussolini es, como mínimo, de mala fe.
El segundo error de perspectiva, menos grave que el anterior, consistió en reducir el «melonismo» a una forma de populismo. Nacido en vísperas del ciclo de agitación política de 2013-2022, Fratelli d’Italia se dirigió sin duda directamente a los ciudadanos utilizando los argumentos dicotómicos y moralizantes considerados típicos de la retórica populista, oponiendo al pueblo virtuoso a un establishment autorreferencial y corrupto:la Unión Europea y su burocracia, los grandes centros de las finanzas internacionales, la intelectualidad progresista atrincherada tras el pensamiento único. Y el electorado de este partido, que incluye una innegable dosis de populismo, e incluso de complotismo, sin duda lo ha apreciado. 8 Pero las raíces de la tradición política a la que se vincula Fratelli d’Italia se remontan a mucho antes de la década populista. Cuando Giorgia Meloni fundó su partido, ya contaba con una sólida carrera política y experiencia ministerial. Además, rechazó explícitamente el populismo, al que calificó de «antivisión» basada en la búsqueda de estados de ánimo sociales efímeros, mientras que, según ella, la política debería saber guiar a la sociedad sobre la base de un proyecto claro y coherente. 9
Así, aunque Fratelli d’Italia fuera en un principio una pequeña formación política, ha sabido dotarse de una estructura jerárquica heredera de la tradición de los partidos de masas del siglo XX. Su dirección no está compuesta por personas ajenas a la vida pública, sino por políticos de carrera y de larga trayectoria, cuya selección se produce tras una larga trayectoria sobre el terreno y recompensa el activismo y la fidelidad. Cabe señalar, por último, que el partido no rechaza la dialéctica política tradicional entre la derecha y la izquierda, como suelen hacer los populistas. Al contrario, se apoya en ella e incluso la refuerza.
Intento de definir el melonismo
Si ni la etiqueta de populista, ni, con mayor razón, la de fascista permiten definir el «melonismo», es porque, para comprenderlo, conviene partir de un vacío conceptual. Este se aloja en una brecha abierta precisamente por la implosión del fascismo, ideología superada ya en 1945 y que, desde el fin de la Guerra Fría, ya no proporciona, ni siquiera a quienes la reivindican, la modesta renta de posición política que hasta entonces había asegurado al Movimiento Social Italiano.
Este vacío se ha llenado de dos maneras: en primer lugar, en el ámbito cultural, pero también, y de forma más profunda, en el ámbito antropológico.
En términos de cultura política, se puede afirmar que el «melonismo» se ha alineado con el conservadurismo. A partir de 2020-2021, cuando la ola populista y euroescéptica perdió fuerza, Fratelli d’Italia comenzó a prepararse para la posibilidad de alcanzar el poder y Giorgia Meloni asumió la presidencia del Partido de los Conservadores y Reformistas Europeos. 10 Esta adhesión explícita al conservadurismo no ha sido meramente instrumental. Al contrario, la presidenta del Consejo ha demostrado ampliamente que sabe moverse con soltura en un marco de valores arraigado en los pilares del conservadurismo: realismo y sentido común, respeto a la religión, patriotismo y defensa de la familia tradicional. 11
Al mismo tiempo, esta adhesión tampoco se ha visto respaldada por una reflexión cultural más arraigada. Si bien es cierto que, a lo largo de los años, no han faltado conferencias y publicaciones de las fundaciones de esta corriente, se trata de actividades de alcance modesto que parecen haberse limitado, en su mayor parte, a dos polos: por un lado, la crítica al pensamiento progresista, acompañada de quejas sobre su posición hegemónica, y por otro, la reafirmación ritual de los principios históricos de la tradición conservadora.
Aunque Fratelli d’Italia era al principio una pequeña formación política, ha sabido dotarse de una estructura jerárquica heredera de la tradición de los partidos de masas del siglo XX.
Giovanni Orsina
En otras palabras, no se ha observado ningún intento real de generar un pensamiento original, ni ningún esfuerzo por actualizar la tradición conservadora en el siglo XXI. Sin embargo, tal actualización sería urgente: ¿tiene aún sentido hablar de «patriotismo» en una Italia donde solo el 16 % de los ciudadanos se declara dispuesto a defender su país? 12 ¿Qué significa «familia tradicional» en un Estado en plena crisis demográfica que, entre 2008 y 2024, ha visto cómo la proporción de niños nacidos fuera del matrimonio pasaba del 20 al 43 % del total? 13 Es cierto que el gobierno de Meloni no carece de figuras intelectuales que podrían haber dado lugar a tales discursos, pero este vivero no ha producido ningún resultado significativo. De hecho, desde las elecciones de 2022 hasta hoy, no se recuerda la publicación de ninguna obra destacada que el gobierno haya declarado querer adoptar como doctrina, ni siquiera de palabra. Tampoco existe ninguna revista capaz de marcar la pauta del debate público.
Por lo tanto, la verdadera esencia del «melonismo» no hay que buscarla tanto en el ámbito de la cultura política o la ideología como en el ámbito antropológico. Si el fascismo es inaplicable —o incluso directamente perjudicial— y el conservadurismo no es más que una etiqueta, la experiencia compartida de la familia política en la que creció Meloni resulta mucho más determinante.
Esta comunidad ya no está marcada por las décadas que pasó alimentando la nostalgia del fascismo, pero sí lo sigue estando en gran medida por las décadas que pasó defendiéndose contra la marginación extrema de quienes la acusaban de alimentar esa nostalgia. Fue durante este periodo cuando, transformando el ostracismo y el aislamiento en identidad colectiva y vínculo de lealtad, esta familia política se convirtió en lo que es: una tribu existencial antes incluso que política, unida por una serie de referencias simbólicas y un culto a los mártires:los jóvenes miembros del MSI asesinados durante los años de plomo. 14
Que, tras la caída del Muro de Berlín, esta familia política fuera legitimada y llevada al poder por Silvio Berlusconi; que gobernara el país en 1994, de 2001 a 2006 y luego de 2008 a 2011, sin contar la gestión de innumerables regiones y municipios; que la propia Meloni fuera la ministra más joven de la historia de Italia, nada de toda esta institucionalización ha modificado la identidad original de esta tribu: once an underdog, always an underdog.
De esta historia, Giorgia Meloni y su partido han extraído una mentalidad esencialmente reactiva y reivindicativa que condiciona de manera fundamental todas sus demás características.
Esta tribu política surge en un entorno hostil y se constituye como instrumento de defensa de una minoría oprimida por la fuerza dominante de los opresores. Las referencias al conservadurismo pueden, además, resultar superficiales si se analizan más detenidamente, ya que su función principal no es tanto generar un pensamiento autónomo y original como crear una identidad que se oponga a la hegemonía de la cultura progresista.
Cuando adopta un carácter populista, el «melonismo» hace hincapié en su propia oposición a los poderosos, en una forma que Pierre Ostiguy define como «la exhibición política antagonista, con fines de movilización, de lo que se encuentra “abajo”». 15 Concebido estructuralmente como minoritario, no sabe proyectarse como una fuerza hegemónica o en el poder, incluso cuando lo está. Carente de cultura de gobierno, ha nacido y está hecho para la oposición.
Este marco antropológico —y también, cabría decir, psicológico— parece hecho a medida para poner de relieve el talento político de Giorgia Meloni. Incluso se podría suponer que le ha ayudado a desarrollarlo. Y es que este estilo es, a su vez, esencialmente reactivo. La presidenta del Consejo tiene un sólido sentido de la realidad y de las relaciones de poder, y lleva la desconfianza y la prudencia a niveles obsesivos. Nunca se adelanta a los acontecimientos, rara vez se arriesga, pero se muestra muy hábil a la hora de responder —siempre tras haberse tomado un tiempo para dudar— a las exigencias que le plantea la historia. En esto, su estilo político, que sigue siendo fundamentalmente romano, toma prestado algo del «atentismo» estratégico de Angela Merkel.
En definitiva, si nos atreviéramos a dar una definición completa del «melonismo», podría ser algo así: «una técnica de gobierno que consiste en reaccionar con un ligero retraso ante los retos que plantea un orden mundialista y postradicionalista que, aunque sigue siendo fuerte, se encuentra sumido en una profunda crisis, recurriendo a un estilo pragmático que se inspira vagamente, cuando es posible, en los valores tradicionalistas y antiglobalistas».
Un balance de tres años y medio de gobierno
Los tres años y medio de gobierno de centro-derecha, caracterizados más por la adaptación a las limitaciones de la realidad que por reformas estructurales, confirman esta definición. Sin pretender aquí ofrecer una evaluación exhaustiva, cabe destacar dos aspectos cruciales: la política europea e internacional, por un lado; y las políticas migratorias y de seguridad, por otro.
Europa y Trump: la doctrina Meloni
La autonomía de un país como Italia —de tamaño medio, miembro de la zona euro, importador de materias primas y exportador de productos manufacturados, agobiado por una importante deuda pública y sumido en una crisis demográfica y productiva— solo puede lograrse mediante una política exterior coherente y sensata. En teoría, los detractores de las posturas nacionalistas más agresivas de Meloni siempre han tenido razón al hacer hincapié en esta realidad. Pero, en la práctica, esos mismos detractores han carecido a menudo de sensibilidad política: en democracia, hay que saber gestionar la opinión pública; no basta con dar lecciones de racionalidad desde la tribuna. Es incluso contraproducente. Ahora bien, en este sentido, al abordar la situación europea y mundial con realismo, al tiempo que busca ganar credibilidad y abrirse así un pequeño espacio para iniciativas nacionales autónomas, Meloni sin duda ha actuado mejor de lo que ha predicado.
Esta estrategia se tradujo, en primer lugar, en una gestión rigurosa de las cuentas públicas. El diferencial entre los bonos del Estado italiano y los Bunds alemanes, en constante descenso desde finales de 2023, se ha mantenido estable por debajo de los cien puntos básicos desde mediados de 2025. Paralelamente, las agencias de calificación han valorado positivamente la estrategia italiana de control de la deuda. 16 En general, esto ha permitido al gobierno participar en la geopolítica interna de la Unión, logrando algunos éxitos, como el cargo de vicepresidente ejecutivo de la Comisión para Raffaele Fitto. Meloni también desempeñó un papel nada desdeñable a la hora de contener los intentos de parálisis de Viktor Orbán, actuando como mediadora para evitar bloqueos húngaros en la ayuda a Ucrania y el presupuesto de la Unión. Por supuesto, esto no ha cambiado su postura respecto a la integración europea, sino todo lo contrario. Pero ha demostrado que ha comprendido que la protección del interés nacional italiano pasa por la estabilidad de la zona euro y por una implicación activa —aunque sea de forma crítica— en los procesos de toma de decisiones de Bruselas. 17
El estilo político de Giorgia Meloni, que sigue siendo fundamentalmente romano, toma prestado algo del «atentismo» estratégico de Angela Merkel.
Giovanni Orsina
Se ha escrito mucho, tanto en Italia como en el extranjero, sobre la cercanía de Meloni con Trump. Sin embargo, considerar que su relación supone una alineación política perfecta sería, una vez más, un error de perspectiva.
En muchos aspectos, los vínculos establecidos con la internacional conservadora, de la que el Partido Republicano estadounidense es hoy la punta de lanza, se inscriben en un arraigo identitario que se deriva del vacío conceptual mencionado anteriormente: a falta de otra cosa, no quedaba más remedio que aferrarse al conservadurismo y a su representante más visible. Es en este contexto donde también debe entenderse el apoyo de Meloni a Orbán en las últimas elecciones húngaras. En términos ideológicos y políticos, en definitiva, la presidenta del Consejo está efectivamente cerca de Trump, pero la raíz más profunda de su atlantismo se encuentra en otra parte. Y no es casualidad que la presidenta del Consejo también haya establecido excelentes relaciones con la administración de Biden. En este sentido, Giorgia Meloni se inscribe en una tradición italiana de política exterior que, desde hace décadas, consiste en aprovechar el vínculo transatlántico para reforzar la posición de la península en la escena europea frente al tándem franco-alemán. 18 Esta estrategia ha tenido sentido en las circunstancias particulares de los últimos años, al menos mientras el factor Trump se mantuvo bajo control.
Inmigración y seguridad
Pero ha sido en el ámbito de la inmigración y la seguridad donde sectores importantes de la opinión pública —en los pueblos y las pequeñas ciudades, en los barrios periféricos de las grandes ciudades, entre las clases sociales más desfavorecidas, entre quienes se sienten más apegados a los lazos identitarios y comunitarios— se han rebelado contra las abstracciones de la revolución radical en nombre de las necesidades más concretas y cotidianas.
Para responder a esta demanda de seguridad, el gobierno de Meloni ha reforzado los mecanismos de represión judicial mediante la introducción de numerosos delitos nuevos y el endurecimiento de las penas para los delitos ya tipificados. 19 Por un lado, ha aumentado los poderes de los jueces y ampliado el margen de maniobra del poder judicial. Pero, al mismo tiempo, ha tratado de volver a someterlo a su control mediante la reforma del orden judicial en el referéndum perdido el 22 de marzo de 2026.
Este doble movimiento contradictorio es un indicio de la fragilidad cultural de la actual mayoría de centro-derecha: aunque la contrarrevolución se autodenomina conservadora, en realidad se encuentra suspendida entre impulsos populistas y reivindicaciones más liberales.
En lo que respecta a las cuestiones migratorias, el papel de Meloni no ha consistido tanto en inventar e imponer una nueva línea europea como en consolidar y acelerar una transformación que ya se había puesto en marcha a escala de la Unión tras la crisis de 2015. La presidenta del Consejo ha contribuido a desplazar el centro de gravedad del debate continental hacia una visión de la inmigración centrada en el control de fronteras, la disuasión, la externalización y la selección económica de los flujos migratorios. Medidas que, hace tan solo unos años, prácticamente solo aparecían en la retórica de la extrema derecha han ido entrando progresivamente en el repertorio de la acción pública europea. En este marco se inscriben tanto los acuerdos con los países norafricanos de tránsito —en particular Túnez y Libia— como el protocolo con Albania para la gestión extraterritorial de una parte de los procedimientos de asilo, que se ha convertido en uno de los símbolos más controvertidos del nuevo ciclo europeo. El «Plan Mattei» ha llevado aún más lejos la imbricación entre la cooperación energética, la política mediterránea y el control migratorio.
En un tema tan crucial para la contrarrevolución nacionalista como el de la inmigración, Italia solo ha podido obtener resultados a través de los ámbitos europeo e internacional. A falta del impulso necesario para que surgiera un orden mundial a su favor, ha tenido que resignarse a la idea de que la defensa de sus fronteras quedaría subordinada, en gran medida, a procesos que escapan al control directo del Estado-nación.
No habrá ningún modelo Meloni
Italia ha tenido la suerte de poder contar con el talento de Giorgia Meloni para actuar con rapidez. En un contexto mundial marcado por una transición caótica y peligrosa, una potencia media en declive poco más puede hacer que responder a los retos históricos que se le presentan. Lograr navegar por estas aguas turbulentas manteniendo el barco a flote, sin agitación ni deseos piadosos, sino con sentido de la realidad y de las relaciones de fuerza, ya es una hazaña en sí misma. Sin embargo, el gobierno de destra-centro ha logrado ejercer un modesto freno frente a la revolución radical de las últimas décadas, aunque lo haya hecho más bien absteniéndose de actuar que actuando. En cierta medida, la líder de Fratelli d’Italia ha logrado ser contrarrevolucionaria utilizando la palanca de la soberanía nacional para limitar el avance del individualismo y el globalismo. Al votar por ella en 2022, los votantes italianos quizá buscaban precisamente eso: no un vuelco traumático del statu quo, sino sentido común, protección y un baluarte contra el cambio histórico. El estilo de Meloni supo responder a esa expectativa de los italianos.
Pero su éxito político tiene un carácter paradójico. Ha logrado reconciliar a la opinión pública italiana con las exigencias europeas recurriendo a una retórica nacionalista teñida de populismo. Aprovechando un cambio en el clima político que se remonta a la pandemia de COVID-19, la presidenta del Consejo ha permitido que las voces subversivas se expresen, al tiempo que las canaliza dentro del marco de la legalidad comunitaria e internacional. Se señalaba anteriormente que, dada la exposición de Italia a las corrientes globales, los detractores de su soberanismo tenían razón en teoría pero se equivocaban en la práctica, ya que en democracia nunca basta con proclamar una verdad abstracta. Ahora bien, se podría decir que, si bien Meloni quizá se equivocaba en teoría, su práctica política acabó dándole la razón: supo gestionar un proceso democrático cuyos resultados desmintieron sus premisas más radicales.
Tras su derrota en el referéndum constitucional del mes de marzo, las opciones de la líder de Fratelli d’Italia parecen agotadas. Pero la oposición sigue siendo muy frágil. Las elecciones que se celebrarán a finales de primavera o principios de otoño del año que viene enfrentarán a varios candidatos débiles. En estas elecciones, que se decidirán menos por «que gane el mejor» que por «que pierda el peor», no es evidente —pero tampoco imposible— que la mayoría de centro-derecha vuelva a imponerse.
Y, sin embargo, el «melonismo» ha dado todo lo que podía dar. Quien busque en él un pensamiento contrarrevolucionario constructivo, el embrión de un conservadurismo del siglo XXI capaz de imaginar un nuevo orden mundial centrado en la nación —en definitiva, quien pretenda convertirlo en un modelo— se verá inevitablemente decepcionado. El momento Meloni no parece tener la fuerza para convertirse en otra cosa que no sea lo que hemos intentado describir en estas páginas: un fenómeno basado en la gestión y la resistencia a las presiones externas, no en la fundación de un nuevo orden.
Notas al pie
- He desarrollado estos temas en Giovanni Orsina, Controrivoluzione. Una storia politica del nostro tempo, Venecia, Marsilio, 2026.
- Sobre el contexto cultural del trumpismo, véase también Laura K. Field, Furious Minds: The Making of the MAGA New Right, Princeton, Princeton University Press, 2025; Mattia Ferraresi, Dentro la testa di Trump. Storia delle idee che non sa di avere, Milán, Mondadori, 2026.
- La coalición que llevó a Giorgia Meloni al poder en septiembre de 2022, denominada «centro-derecha», es, a grandes rasgos, la misma que permitió a Berlusconi formar varios gobiernos en la década de 1990, hasta la crisis económica de 2008. Pero al invertir la relación de fuerzas entre el centro y la derecha, acabó siendo calificada de coalición de «destra-centro».
- Por retomar la expresión de François Furet sobre la Revolución Francesa.
- Para un primer intento de reconstrucción histórica de este ciclo y sus orígenes, me permito remitir a Giovanni Orsina, «Genealogy of a Populist Uprising. Italy, 1979—2019», The International Spectator, vol. 54, n.º 2, 2019, pp. 50-66; «Un quarto di secolo di politica italiana», il Mulino, 74(1), 2025, pp. 97-107.
- Para examinar la posición de Fratelli d’Italia respecto al fascismo, sus rasgos populistas, su organización y su clase dirigente, nos basamos en los trabajos más equilibrados y mejor documentados en ciencias políticas: Salvatore Vassallo y Rinaldo Vignati, Fratelli di Giorgia. Il partito della destra nazional-conservatrice, Il Mulino, Bolonia 2023; Marco Tarchi, Le tre età della fiamma, Milán, Solferino, 2024. Para una primera reconstrucción de la historia del partido, véase también Alice Santaniello, «Il nuovo partito della destra. L’ascesa di Fratelli d’Italia dal 2012 al 2019», en Trasgressioni. Rivista quadrimestrale di cultura politica, 70, enero-abril de 2023, y 71, mayo-agosto de 2023.
- Véase también Giorgia Meloni, Io sono Giorgia. Le mie radici, le mie idee, Milán, Rizzoli, 2021; La versione di Giorgia, entrevista con Alessandro Sallusti, Milán, Rizzoli, 2023. El segundo libro es más explícito que el primero en su condena del fascismo.
- Sobre los valores de los votantes de Fratelli d’Italia, véase Vassallo y Vignati, Fratelli di Giorgia, op. cit., cap. 9, párr. 4.
- Meloni, Io sono Giorgia, op. cit., p. 224.
- Véase Vassallo y Vignati, Fratelli di Giorgia, op. cit., capítulos 7 y 10.
- Véase también Meloni, Io sono Giorgia, op. cit., y La versione di Giorgia, op. cit.
- «¿Gli italiani in guerra ? Il 16 % pronto a combattere, il 19 % diserterebbe, per il 26 % meglio pagare mercenari stranieri», Censis, 18 de julio de 2025. Para una comparación internacional, que por cierto reduce el porcentaje del 16 al 14, véase: «If there were a war that involved (YOUR COUNTRY), would you be willing to fight for your country?», Gallup, 2024.
- «Figli fuori dal matrimonio : una nuova normalità», Istat, 24 de noviembre de 2025.
- También en este punto, Vassallo y Vignati, Fratelli di Giorgia, op. cit., y Tarchi, Le tre età della fiamma, op. cit., son referencias imprescindibles.
- Pierre Ostiguy, «Populism: A Socio-Cultural Approach», en Cristóbal Rovira Kaltwasser et al. (eds.), The Oxford Handbook of Populism, Oxford University Press, Oxford 2017, pp. 73-97, p. 84.
- «Le ultime decisioni delle agenzie di rating sull’Italia», Il Sole 24 Ore, 26 de marzo de 2026.
- Véase, por ejemplo, Michele Valensise, Leo Goretti (dir.), L’Italia nel mondo instabile. Rapporto sulla politica estera italiana. Edición 2025, Istituto Affari Internazionali, Roma 2026.
- Véase Antonio Varsori, Dalla rinascita al declino. Storia internazionale dell’Italia repubblicana, Bolonia, Il Mulino, 2022.
- Véase, por ejemplo, Carlo Canepa, «Tutti i nuovi reati introdotti o ampliati dal ddl “Sicurezza”», Pagella Politica, 23 de septiembre de 2024.