El Grand Continent y el CEPR lanzan un nuevo proyecto: elaborar propuestas concretas para la Europa de 2050. Para seguir esta iniciativa europea y recibir todos nuestros contenidos, suscríbase a la revista

Las alarmas ignoradas de la Unión

Desde 2020, Europa ha sido sacada de su letargo por seis crisis consecutivas. La primera de ellas fue la de la de COVID-19. Mientras que los gobiernos nacionales restablecieron en pocos días los controles fronterizos e impusieron restricciones a la exportación, se tardó más de un año en reconstruir los mecanismos comunes, en particular el abastecimiento y la distribución conjunta de vacunas. Tal conmoción puso de manifiesto la fragilidad del mercado único europeo: la integración, considerada durante mucho tiempo irreversible, podía desmoronarse si la presión era lo suficientemente fuerte.

Tras la pandemia, las cadenas de suministro mundiales se atascaron. La escasez de semiconductores paralizó las cadenas de producción. Los portacontenedores quedaron bloqueados en el canal de Suez. En Europa, estas perturbaciones nos hicieron tomar conciencia de nuestra profunda dependencia de complejas cadenas de valor mundiales: habíamos optimizado la eficiencia en detrimento de la resiliencia.

A estas dificultades se sumaron otras. En febrero de 2022, el ejército ruso invadió Ucrania. La guerra había vuelto al continente y ponía de manifiesto hasta qué punto habían fracasado las políticas anteriores respecto a Rusia —como el intento de moderar sus ambiciones mediante la interdependencia económica, Wandel durch Handel—. Ante una crisis energética, Europa temía quedarse sin gas para pasar el invierno de 2022 y ver cómo cerraban algunas de sus fábricas. Supo hacer frente a la emergencia, pero principalmente sustituyendo el gas ruso transportado por gasoducto por importaciones de gas natural licuado más costosas. Estas importaciones deterioraron considerablemente la balanza comercial de la Unión.

Poco después, la industria europea —en particular los sectores de la máquina-herramienta y del automóvil— también tomó conciencia de su creciente dependencia del mercado chino. Mientras China mostraba claramente su voluntad de utilizar su nuevo poder económico con fines coercitivos, las empresas de ese país, presentes en Europa, resultaron ser competidores temibles para las del continente.

En Europa, habíamos optimizado la eficiencia en detrimento de la resiliencia.

Olivier Blanchard y Beatrice Weder di Mauro

En abril y septiembre de 2024, los informes Draghi y Letta dieron a su vez la voz de alarma. Su diagnóstico es contundente: Europa acumula un grave retraso en materia de crecimiento de la productividad; el mercado único sigue fragmentado, los mercados de capitales están a medio desarrollar y la innovación y la financiación a gran escala son insuficientes. Las debilidades señaladas por estos dos informes son estructurales y no coyunturales. Remediarlas requiere reformas sostenidas.

La última advertencia hasta la fecha —sonora y apremiante— llegó de Estados Unidos, en forma de seis salvas.

El 14 de febrero de 2025, durante la conferencia de Múnich sobre seguridad, Europa fue objeto de duras críticas dirigidas contra sus dirigentes y sus valores.

El 2 de abril de 2025, Trump anunció la imposición de aranceles del 20 % sobre los productos de la Unión.

El 27 de julio de 2025, la Unión aceptó un acuerdo comercial asimétrico, reduciendo esos aranceles al 15 %.

El 15 de agosto de 2025, Trump se reunió con Putin en la base de Anchorage para negociar el fin de la guerra en Ucrania, sin que ni Ucrania ni Europa fueran invitadas.

En noviembre de 2025, la Casa Blanca publicó una estrategia de seguridad nacional en la que se afirma que Europa se enfrenta a una «desaparición civilizacional».

En enero de 2026, finalmente, el asunto de Groenlandia planteó cuestiones fundamentales sobre la posibilidad de que Estados Unidos siguiera siendo un socio de Europa.

Cabría esperar que uno solo de estos acontecimientos bastara para que Europa comprendiera que, sin duda, tendrá que aprender a valerse por sí misma. No ha sido así. Parece que en Europa existe una forma de acallar las alarmas que resuenan en nuestros oídos —una forma demasiado fácil de usar y demasiado tentadora de emplear—. A pesar de las advertencias, la Unión vuelve a dormirse. Los ciclos políticos nacionales, las limitaciones institucionales, las normas de gobernanza y los intereses arraigados se interponen.

Sin embargo, el statu quo no es una opción. Si seguimos durmiendo, nuestras perspectivas no harán más que oscurecerse.

Nuestro proyecto, bajo los auspicios del CEPR, parte de la constatación de que Europa debe ahora estar alerta para encontrar la energía necesaria para una reforma en profundidad.

En lugar de partir de «lo que es políticamente posible», proponemos empezar por el final: una visión clara del futuro de Europa, a partir de la cual podamos remontarnos hasta el momento presente.

Si seguimos durmiendo, nuestras perspectivas no harán más que oscurecerse.

Olivier Blanchard y Beatrice Weder di Mauro

¿Cómo podría ser la Europa de 2050?

¿Dónde queremos estar dentro de 25 años?

Esta pregunta es sencilla, pero exigente. Plantea un horizonte lo suficientemente lejano como para superar las limitaciones y las crisis actuales, centrándose en lo esencial. Disciplina la reflexión y permite distinguir los ajustes tácticos de las decisiones clave, conduciendo a un destino claro.

Podríamos llamarlo: la «prueba de Singapur».

Partamos primero de una hipótesis existencial y supongamos que, dentro de 25 años, Europa sigue existiendo como entidad política coherente. Quizá esta no sea uniforme y la integración pueda producirse a ritmos y niveles de profundización diferentes. No obstante, consideremos que sigue existiendo un núcleo claro: un grupo de países vinculados no solo por tratados, sino también por valores comunes: la democracia, la apertura, el Estado de derecho y la responsabilidad mutua.

Este núcleo europeo es capaz de protegerse. Dispone de capacidades militares integradas y de la voluntad política para utilizarlas con fines de disuasión y defensa. Puede responder no solo a las amenazas convencionales, sino también a los ataques económicos, informativos o cibernéticos.

En este futuro, nuestra seguridad no está externalizada y nuestra soberanía es muy real, y no meramente simbólica.

Los sistemas políticos europeos son legítimos e inclusivos: sus instituciones democráticas funcionan eficazmente y las minorías están protegidas. Es cierto que podemos tener fuertes desacuerdos políticos, pero estos se enmarcan en normas constitucionales comunes. La confianza en el gobierno significa la certeza de que las instituciones actúan en interés público.

En este futuro proyectado, Europa también ha sabido abordar el declive demográfico de manera pragmática. Ha establecido un sistema de inmigración inteligente, adaptado a las necesidades del mercado laboral y respaldado por políticas de integración eficaces. La migración es ahora ordenada, humana y legal. Las travesías irregulares y peligrosas han cesado en gran medida ahora que existen vías legales y son operativas. La inmigración ya no se demoniza ni se idealiza; se considera un elemento de una estrategia económica y social más amplia.

Europa también disfruta de acceso a una energía abundante, asequible y limpia. Nuestra dependencia se ha reducido gracias a las energías renovables, los avances tecnológicos y la integración de los mercados energéticos. Gracias a una fórmula que combina infraestructuras, urbanismo e innovación, nos adaptamos al cambio climático de forma proactiva y no reactiva. Con sus esfuerzos, el continente sigue reduciendo sus emisiones al tiempo que apoya los esfuerzos de transición a escala mundial.

En 2050, tal y como lo imaginamos, la gobernanza de Europa está fuertemente descentralizada: las decisiones se toman lo más cerca posible de los ciudadanos. Las autoridades locales y regionales generan importantes ingresos y gestionan numerosos servicios públicos: refuerzan la responsabilidad y la confianza. La descentralización fiscal fomenta asimismo la experimentación y la diversidad de las políticas.

Al mismo tiempo, cada vez que se trata de actuar a la escala pertinente, Europa se moviliza colectivamente. Ya se trate de defensa, comercio, política climática, relaciones exteriores o la regulación fundamental de los mercados, todos estos temas se examinan y controlan a nivel europeo. El resultado se asemeja al modelo suizo: sabemos combinar una fuerte autonomía local con una autoridad central creíble que defiende los intereses comunes.

En 2050, tal y como lo imaginamos, la gobernanza de Europa estará fuertemente descentralizada: las decisiones se tomarán lo más cerca posible de los ciudadanos.

Olivier Blanchard y Beatrice Weder di Mauro

Esta integración institucional va de la mano con la integración física. A lo largo del continente, el tren de alta velocidad conecta eficazmente las grandes ciudades, reduciendo así el uso de vuelos de corta distancia. Los desplazamientos en Europa son ahora rápidos, fiables y sostenibles.

El euro se ha convertido en una moneda mundial de pleno derecho. Ahora se utiliza ampliamente en el comercio, las finanzas y las reservas. Gracias a unos mercados de capitales europeos profundos e integrados, los fondos circulan eficazmente más allá de las fronteras y apoyan la innovación. Las instituciones monetarias y presupuestarias europeas son creíbles y están coordinadas.

Nuestras universidades europeas se cuentan entre las mejores instituciones del mundo. Sin copiar a la Ivy League, han sabido implantar un sistema de excelencia descentralizado y accesible. En Europa, los ecosistemas de innovación conectan la investigación, el emprendimiento y la industria a través de múltiples regiones, favoreciendo a gran escala la innovación tecnológica y la aparición de nuevos talentos.

Gracias a todas estas ventajas, en el futuro que vislumbramos, Europa se impone como una de las tres grandes potencias mundiales, junto a Estados Unidos y China. Sin dominar, ha sabido conquistar el estatus de actor autónomo e influyente. Resiste las presiones cuando es necesario, actúa de forma independiente cuando hace falta y coopera cuando resulta beneficioso. En cada conflicto, no se ve obligada a elegir bando: más bien, es capaz de formar el suyo propio.

La visión que esbozamos es ambiciosa, pero realista.

No presupone ni uniformidad ni consenso en todas las cuestiones de integración, ya que las diferencias son inherentes a una Unión pluralista. No obstante, exige decisiones políticas, una adaptación institucional y un esfuerzo sostenido.

Escapar a la fragmentación: los retos actuales de la Unión

El futuro que hemos proyectado ofrece un punto de referencia a la luz del cual pueden evaluarse las reformas actuales. El avance hacia él exige algo más que ajustes técnicos: requiere claridad de intenciones y honestidad ante las limitaciones. Exige replantearse tanto las políticas nacionales como las de ámbito europeo.

En este proyecto, nos centramos en la dimensión transfronteriza y en las acciones que deben llevarse a cabo a nivel europeo, ya sea en el seno de la Unión o en coaliciones de voluntarios. La integración europea ha avanzado a menudo a través de las crisis, no porque estas sean deseables, sino porque imponen la toma de decisiones. El reto actual consiste en actuar con determinación sin esperar al impulso que provocaría una nueva crisis.

La reforma de la gobernanza europea es esencial. La regla de la unanimidad en ámbitos políticos clave obstaculiza la acción. Por lo tanto, reducir su ámbito de aplicación no eliminaría los desacuerdos, pero permitiría evitar la parálisis.

Una integración diferenciada y coaliciones de voluntarios también podrían resultar cada vez más necesarias. Si bien este enfoque plantea cuestiones difíciles relativas a los derechos de voto, el equilibrio institucional y el trato reservado a los gobiernos que no comparten los valores fundamentales de la Unión, no puede descartarse. Al contrario: la guerra en Ucrania ha puesto de manifiesto los límites de los acuerdos actuales y es urgente encontrar nuevos marcos de coordinación.

Si bien es necesario reforzar la cooperación, la forma que podría adoptar esta consolidación sigue siendo objeto de debate, ya se trate de realizar compras conjuntas, compartir capacidades o profundizar en la integración operativa. Si bien la interoperabilidad entre los actores europeos por sí sola podría no ser suficiente, la cuestión de la financiación común —presupuestos nacionales, deuda común o fiscalidad europea— sigue, por su parte, en suspenso.

La inmigración constituye otro desafío estructural: las tendencias demográficas y la inestabilidad mundial hacen presagiar una presión continua sobre Europa. Se trata, por tanto, de considerar el alcance, la aplicación y la legitimidad: a cuántas personas se puede acoger, cómo pueden aplicarse las normas de asilo de manera coherente y cómo puede gestionarse la reagrupación familiar. La experiencia de Schengen, que ilustra tanto las ventajas como la fragilidad de los acuerdos abiertos, podría servir de modelo para una cooperación flexible.

La Unión también debe acelerar la innovación, la productividad y el crecimiento en Europa. Debe decidir en qué ámbitos competir a la vanguardia de la tecnología y en cuáles recurrir a proveedores externos.

La inteligencia artificial ilustra este dilema: si bien es necesaria su regulación, unas medidas excesivas o mal concebidas podrían debilitar la competitividad de las empresas europeas. Este tema plantea también otras cuestiones más generales e igualmente importantes, relativas a la educación, la asunción de riesgos y la actitud que hay que adoptar ante el fracaso.

La integración europea ha avanzado a menudo a través de las crisis, no porque sean deseables, sino porque imponen la toma de decisiones.

Olivier Blanchard y Beatrice Weder di Mauro

La integración financiera sigue siendo incompleta. La unión bancaria no está completada en Europa; los activos seguros comunes son limitados; el papel internacional del euro sigue siendo restringido. Los esfuerzos para reforzar esta moneda plantean cuestiones estratégicas e institucionales, dado el papel creciente que desempeñan las nuevas tecnologías financieras, como las stablecoins.

En el continente, los mercados de bienes siguen fragmentados, ya que las diferencias normativas limitan su desarrollo. Es cierto que ya se han elaborado algunas propuestas para crear un marco europeo para las empresas, como la del «28º régimen». Sin embargo, su pertinencia sigue siendo objeto de debate a día de hoy.

Por otra parte, los mercados energéticos ponen de manifiesto la interacción entre la descarbonización y la seguridad. A nivel mundial, las políticas comerciales se están endureciendo: los aranceles, los controles a la exportación, las medidas de carbono en las fronteras y la política industrial son ahora herramientas estratégicas. Para hacer frente a esta nueva situación, Europa debe encontrar un equilibrio entre apertura y resiliencia, especialmente en sectores como el del automóvil. Si bien es necesario mantener relaciones con China, estas deben estar cada vez más sujetas a condiciones.

A escala mundial, Europa debe establecer alianzas flexibles —con el Reino Unido, Canadá, Japón, la India, América Latina y otros países— evitando al mismo tiempo divisiones rígidas entre bloques en un mundo en el que la propia unidad occidental no puede darse por sentada.

En todos estos ámbitos, Europa se enfrenta a un dilema presupuestario. Mientras que la defensa, las inversiones tecnológicas y el apoyo a Ucrania requieren recursos sustanciales, la elección entre el endeudamiento y el aumento de los impuestos no puede posponerse. Es cierto que los países europeos ya están muy endeudados, pero invertir menos de lo necesario en los ámbitos mencionados les enfrentaría a dificultades igualmente grandes.

Los plazos pueden contribuir a disciplinar la acción. Unos objetivos claros —como la eliminación progresiva de los motores de combustión interna de aquí a 2035— estructuran las expectativas y las decisiones de inversión, aunque a veces se revisen.

Cooperar en la diversidad

Debemos reconocer una verdad incómoda: el éxito del proyecto europeo que hemos esbozado no está garantizado.

Si los avances son insuficientes, poderosas fuerzas hostiles a Europa, presentes en el continente pero apoyadas por actores externos, podrían vaciarlo de su esencia. La Unión pasaría entonces a depender de potencias extranjeras y entraría en un periodo de estancamiento.

Afrontar este reto exige ambición, pero también capacidad de ejecución.

La Unión y las coaliciones de voluntarios han demostrado que la diversidad puede ir de la mano de la cooperación, y los principios del pragmatismo. Si la integración flexible hizo posible el espacio Schengen, fue la voluntad de una coalición de voluntarios lo que permitió hacer frente, con carácter de urgencia, a la crisis del euro.

Es esta capacidad de Europa para reaccionar de nuevo —y en condiciones mucho más difíciles— la que determinará su lugar en el mundo durante las próximas décadas.