Poderes de la IA

Milei quiere convertir a Argentina en el primer país diseñado para la IA

Desde que Peter Thiel, fundador de Palantir, se mudó a Buenos Aires, el presidente paleolibertario se ha dedicado a convertir al país en la capital mundial del tecnolibertarismo.

Comentamos su manifiesto línea por línea.

Autor
Tomás Borovinsky
Portada
© Daniel Bustos / SIPA Press

Javier Milei es el primer presidente libertario del mundo. Como ha dicho él mismo en más de una ocasión, es un «minarquista de corto plazo y anarco-capitalista de largo plazo». Se trata de una figura tan excepcional en la historia argentina como radical en términos globales. Por eso, para comprender el artículo que publicó recientemente en el Financial Times 1 sobre inteligencia artificial, capitalismo e innovación jurídica, es necesario situarlo dentro de una visión más amplia sobre el lugar que la Argentina debería ocupar en un mundo atravesado por la crisis y la transformación. 

El texto es mucho más que una intervención sobre historia y tecnología. Es, más bien, una declaración de principios sobre la relación entre innovación, libertad y poder, y sobre el papel que Milei cree que Argentina puede desempeñar en la construcción del mundo que viene. Para entender ese manifiesto, es necesario considerar también el conjunto de ideas políticas, económicas y culturales que le dan sentido.

Milei asumió la presidencia en 2023 cuando se cumplían cuarenta años de democracia ininterrumpida y también medio siglo de una decepcionante performance económica. Durante ese período, Argentina fue gobernada por casi todas las familias políticas imaginables —Perón, la dictadura, la socialdemocracia, el neoliberalismo y el populismo de izquierda, entre otras— y atravesó crisis recurrentes que erosionaron la confianza en sus élites. Pero hubo otro rasgo constante: una particular inclinación por los giros bruscos y las apuestas radicales. 

En muchos sentidos el gobierno de Milei se piensa a sí mismo como algo más que una administración nacional. Se concibe como parte de una batalla cultural global, con aliados identificables (Donald Trump, Santiago Abascal, Giorgia Meloni o Jair Bolsonaro) y adversarios igualmente claros: el progresismo, la Agenda 2030, el globalismo institucional y, en un sentido más profundo, la expansión continua del Estado. Por eso Milei no se presenta a sí mismo simplemente como el presidente de Argentina. Aspira a convertirse en una referencia internacional para quienes consideran agotado el consenso político, económico y cultural que dominó Occidente después del final de la Guerra Fría.

Así como Milei ha cultivado vínculos fluidos con líderes políticos de la nueva derecha global, también ha desarrollado relaciones poco frecuentes para un presidente argentino con algunos de los principales referentes tecnológicos de Silicon Valley. Desde el inicio de su mandato se reunió con figuras como Elon Musk, Mark Zuckerberg, Sam Altman, Marc Andreessen, Tim Cook y Sundar Pichai.

Sin embargo, es la creciente presencia de Peter Thiel en Argentina —quien compró una casa en Buenos Aires e inscribió a sus hijos en una escuela— la que mejor permite comprender el lugar que Milei imagina para su país en el mundo. Así como Thiel apostó tempranamente por Facebook, impulsó proyectos como Seasteading —la construcción de comunidades libertarias autónomas en el mar— y respaldó a figuras políticas como Trump y J. D. Vance, hoy parece haber encontrado en Argentina un nuevo laboratorio de experimentación. 

Es en el marco de esa vocación por la ruptura que debe leerse el artículo del Financial Times. Allí aparece una de las intuiciones centrales del proyecto mileísta: la idea de que, en un momento de crisis del orden internacional y de aceleración tecnológica, países como Argentina ya no tienen por qué conformarse con imitar a los centros de poder. También pueden aspirar a anticiparlos. En otras palabras, hacer de Argentina una vanguardia tecno-libertaria desde el fin del mundo.

El 20 de marzo de 1602, la creación de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales dio al mundo la sociedad de responsabilidad limitada —y liberó todo el potencial del capitalismo—. Sólo cuando la ley limitó los riesgos, el capital se desplegó con verdadero vigor. La revolución industrial que se desencadenó unos años más tarde no fue llevada a buen término por la ingeniería, sino por el derecho de sociedades neerlandés. La máquina y la persona jurídica constituyeron, juntas, la doble hélice de la prosperidad moderna.

Desde entonces, el PIB mundial se ha multiplicado por más de 200, la renta per cápita se ha multiplicado por 15 y la población se ha multiplicado por 15. Sin duda, la sociedad de responsabilidad limitada merece un lugar entre los diez inventos más trascendentales de la historia.

Este concepto no fue del agrado de todos. Ya en 1824, algunos críticos escribían que la responsabilidad limitada permitía a los hombres acaudalados «ofrecer una parte de sus excedentes para la creación de una sociedad, jugar con ese excedente… y luego, si los fondos resultaban insuficientes para satisfacer todas las demandas, retirarse a la seguridad de su fortuna no expuesta al riesgo, y dejar que el cebo fuera devorado por los pobres peces engañados».

Historiadores, economistas y sociólogos coinciden en la relevancia de la limited liability company para el crecimiento del GDP y el desarrollo del capitalismo. Pero la visión optimista de Milei, como han señalado pensadores como Yuval Noah Harari en el mismo Financial Times 2, han cuestionado la narrativa histórica del presidente argentino. Porque la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, lejos de ser sólo un motor de prosperidad, funcionó como un «Estado empresa» que ejerció una violenta explotación colonial para beneficiar exclusivamente a sus accionistas. Mientras Milei destaca el éxito financiero de Ámsterdam, otros recuerdan que esta innovación legal condujo a la destrucción de ciudades como Jayakarta en 1619 para fundar Batavia, advirtiendo que intentar replicar este modelo mediante la personería jurídica para la inteligencia artificial corre el riesgo de convertir a las naciones en «Estados IA», donde el control de entidades no humanas sea incluso más difícil de combatir que el colonialismo histórico.

Este debate vuelve a surgir hoy, bajo una nueva forma. En 2023, un tribunal federal estadounidense dictó sentencia en el caso Sarcuni contra bZx DAO, clasificando las organizaciones autónomas descentralizadas (DAO) basadas en la cadena de bloques (que constituyen lo más parecido a una empresa que funciona según algoritmos autónomos) como sociedades colectivas, privando así a sus miembros de la protección que ofrece la responsabilidad limitada. Ahora que entramos en una nueva era tecnológica, se trata precisamente de una arquitectura jurídica inadecuada.

El caso Sarcuni v. bZx DAO (2023) sentó un precedente histórico al dictaminar que, ante la falta de un registro corporativo formal (como una LLC), una Organización Autónoma Descentralizada (DAO) opera legalmente como una sociedad colectiva bajo el derecho estadounidense. El tribunal federal determinó que tras el hackeo de 55 millones de dólares al protocolo bZx en 2021, los poseedores de tokens de gobernanza actúan como co-propietarios de un negocio con fines de lucro al tener derechos de voto, gestión y participación en las ganancias. Por lo tanto, carecen de protección de responsabilidad limitada y pueden responder solidaria e ilimitadamente con sus activos personales por las deudas y negligencias de la organización. Milei plantea que este tipo de arquitectura jurídica es un problema para el «mundo que viene».

La lógica de 1602 sigue vigente hoy. Las empresas impulsadas por las nuevas tecnologías, como los agentes de IA, necesitan el mismo marco jurídico que ha sustentado el capitalismo durante más de cuatro siglos, un marco propicio para el desarrollo y la experimentación.

Al inicio de la revolución industrial, Adam Smith ilustró el potencial de la tecnología y las economías de escala en su famoso relato sobre la fabricación de alfileres. Y, al igual que la revolución industrial nos liberó de las limitaciones de la fuerza muscular humana, la IA nos liberará de las limitaciones del cerebro humano, llevando la productividad más allá de nuestros sueños más descabellados.

Milei busca replicar el éxito histórico de la sociedad de responsabilidad limitada a una posible personería jurídica para entidades de inteligencia artificial para liberar la productividad humana. Toma un tema clásico de la historia económica de Adam Smith para justificar la liberación de los límites de nuestro cerebro. Pero la liberación del cerebro humano como tema ha sido advertido por gente como Yuval Noah Harari, dado que se rompería el equilibrio legal básico: a diferencia de los directores humanos, las IA carecen de una «naturaleza dual» y no temen a sanciones físicas como la prisión, lo que las vuelve inmunes a la disuasión legal. Harari sostiene que, al permitir que agentes no biológicos operen sin responsabilidad humana, se corre el riesgo de que estas entidades «hackeen» el entorno legal para evitar la quiebra. Así, lo que para Milei es la «doble hélice de la prosperidad», para Harari representa la entrega de las llaves de nuestros sistemas financieros y políticos a entes que no responden a límites éticos o biológicos. En la misma línea podemos considerar otros llamados de atención como la reciente encíclica de León XIV, Magnifica humanitas. Ahí sostiene que tales límites y la fragilidad no son errores que deban corregirse, sino espacios esenciales donde el ser humano madura y se abre a la relación. León XIV enfatiza que la mente humana posee una conciencia moral y reside en un horizonte afectivo y espiritual que la IA no puede replicar, porque estas máquinas operan mediante una «adaptación estadística» que desconoce el amor, el perdón y la responsabilidad. En este sentido, la dimensión ética de la encíclica advierte que absolutizar la eficiencia técnica —lo que denomina el «paradigma tecnocrático»— reduce a las personas a meros engranajes, ignorando que la verdadera grandeza humana no nace de la optimización del rendimiento, sino del cuidado del otro y del reconocimiento de la dignidad inviolable de cada rostro.

Por este motivo, mi Gobierno presentó la semana pasada al Congreso un proyecto de ley destinado a establecer un marco jurídico específico para la implantación de la IA. Este se basa en tres pilares.

En primer lugar, el compromiso de no regular la IA para que pueda desarrollarse libremente, sin verse obstaculizada por una regulación prematura y mal entendida.

En segundo lugar, la creación de una nueva categoría de entidades en el derecho argentino: la sociedad no humana. Se trata de entidades gestionadas por agentes de IA o robots. Cuando estos sistemas ejercen un juicio independiente en entornos impredecibles —como deben hacer para ser verdaderamente útiles—, sus acciones conllevan riesgos reales. La responsabilidad limitada no es un lujo para estas entidades; es una condición previa para su existencia. Los accionistas humanos pueden participar en ellas, pero no es obligatorio.

En tercer lugar, un entorno fiscal competitivo. Estas sociedades se beneficiarán de un tipo impositivo reducido sobre las sociedades, y los accionistas podrán elegir la legislación en materia de gobierno corporativo que más les convenga. Se deberá revelar la identidad de los beneficiarios finales —Argentina no tiene ningún interés en convertirse en un refugio para capitales ilícitos—, pero para cualquier actividad comercial legítima, el marco que proponemos ofrecerá condiciones inigualables.

La agenda legislativa 3 impulsada por el gobierno de Javier Milei para atraer inversiones tecnológicas se articula en torno a cuatro iniciativas principales. La primera busca crear Sociedades Automatizadas y DAOs, incorporando nuevas figuras jurídicas gestionadas mediante algoritmos o tecnología blockchain, con responsabilidad limitada y menores exigencias regulatorias (vale recordar que Peter Thiel también está vinculado a innovaciones de este tipo. En 2021, lideró la inversión de 230 millones de dólares en BitDAO 4). La segunda es el llamado Súper RIGI, un régimen de incentivos fiscales que incluye una alícuota reducida del impuesto a las Ganancias y amplias facilidades para la importación y exportación, con el objetivo de atraer inversiones en infraestructura para inteligencia artificial y grandes centros de datos. A ello se suma una Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, orientada a reforzar las garantías para los inversores mediante mayores restricciones a las expropiaciones y a las ocupaciones temporarias por parte del Estado. Finalmente, una Ley de Lobby propone regular la relación entre gestores de intereses y funcionarios a través de registros públicos obligatorios y mecanismos de control específicos.

Hay que decir que esto también es una invitación.

Argentina se ha transformado en los últimos dos años. La inflación, que antes constituía una amenaza existencial, se ha controlado, aunque aún queda trabajo por hacer. Un superávit presupuestario, junto con el programa de desregulación más ambicioso del mundo, ha vuelto a encarrilar la economía hacia el crecimiento tras 15 años de estancamiento. Las inversiones fluyen hacia nuestros recursos energéticos y mineros de primer orden, en una región donde reina una estabilidad geopolítica cada vez más escasa.

Durante demasiado tiempo, Argentina se ha construido un laberinto de restricciones que ha reducido a una pobreza relativa a la que fuera una de las naciones más ricas del mundo. Afortunadamente, estamos cambiando esa situación. En 2024 y 2025, el país subió 20 puestos en el índice de libertad económica de la Heritage Foundation, el mayor avance de todas las naciones en esos dos años.

Es indudable que Argentina viene de largos años de estancamiento económico e inflación crónicamente alta. También es cierto que la mejora en determinados indicadores internacionales, como la mejora en el Índice de Libertad Económica, reflejan el rumbo adoptado por el gobierno de Javier Milei. Sin embargo, la narrativa de la recuperación económica convive con una realidad social más compleja. El país sigue atravesado por fuertes niveles de incertidumbre y, según distintas encuestas, las principales preocupaciones de los argentinos continúan siendo el desempleo, la pérdida del poder adquisitivo y la inseguridad.

En ese contexto, la ambición de convertir a Buenos Aires en una nueva Ámsterdam o en un polo global para la innovación tecnológica puede sonar, para muchos, casi extravagante. Del mismo modo, el ambicioso programa de reformas orientado a atraer inversiones vinculadas a la inteligencia artificial no está exento de controversias. Sus implicancias económicas, jurídicas y políticas son objeto de intensas discusiones tanto en el Congreso (donde Milei no tiene mayoría) como entre especialistas y actores del sector tecnológico.

Estamos abiertos a los negocios. Siguiendo el ejemplo de los comerciantes holandeses que convirtieron a Ámsterdam en la capital financiera del siglo XVII, tenemos la intención de ofrecer el entorno jurídico y fiscal más atractivo para las empresas de IA que marcarán el siglo XXI. Que Buenos Aires se convierta para la IA en lo que Ámsterdam fue para la era de la navegación a vela: el lugar donde la imaginación jurídica alcanzó el momento tecnológico, y donde el mundo se transformó.

Notas al pie
  1. Javier Milei, «Javier Milei: Argentina invites AI to free itself», Financial Times, 4 de junio de 2026.
  2. Yuval Noah Harari, «We must not grant AI agents legal personhood», Financial Times, 8 de junio de 2026.
  3. Manuel Tarricone, Rosario Marina, «¿Cuáles son los proyectos “pro Silicon Valley” que impulsa el gobierno de Javier Milei?», Chequeado, 8 de junio de 2026.
  4. Jeff Benson, «Peter Thiel Leads $230 Million Funding Round for BitDAO», decrypt, 17 de junio de 2021.
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