El gobierno cubano se encuentra hoy atrapado entre dos fuerzas distintas: por un lado, su propia población, que reclama cada vez con más fuerza un cambio de régimen; por otro, Estados Unidos, que hace pesar la amenaza de una intervención militar. Sin embargo, hay una novedad: una parte de la juventud estaría a favor de un golpe desde el exterior, a imagen de lo que ocurrió en Venezuela. ¿Cómo vives esta nueva realidad? 

La vivo leyendo cada mañana en las noticias. A ver qué pasa, si algo pasa, y deseando que lo que pueda pasar no sea un evento violento, específicamente militar, que siempre será algo lamentable. Ojalá que la cordura se imponga por todos los factores que pueden influir en la vida cubana de hoy y de mañana, que espero sea mejor.

Escribes al inicio de Ir a La Habana que «una ciudad es a la vez varias ciudades en el tiempo y en el espacio, sin dejar por ello de ser una sola ciudad». Esto me hizo pensar en aquel famoso poema de Baudelaire, en «El cisne»: «la forma de una ciudad/cambia más rápido, ¡ah!, que el corazón de un mortal»1 ¿La Habana es una sola ciudad?

La Habana es como una cebolla, que tiene muchas capas. Están las capas históricas, las arquitectónicas (muy dependientes de la historia y la economía), las capas sociales.

En la ciudad se superponen, al menos, cuatro espacios diferenciables: la Habana colonial del XVI al XVIII, militar y marinera; la colonial del siglo XIX, del momento de enriquecimiento de la isla; la Republicana, de 1902 a 1958, la más abarcadora en el espacio y la más moderna en sus concepciones; y la revolucionaria, del 1959 a la fecha, que tiene pocas construcciones, muchas transformaciones y que revela la decrepitud del abandono y la falta de recursos.

Con todas esas ciudades yo convivo, pero, además, tengo una Habana de la nostalgia, la de mi niñez y adolescencia, que era brillante y atractiva; la Habana periodística, que habité en la década de 1980 y que descubro pateando la ciudad en busca de historias y personajes; y La Habana literaria, la que comienzo a escribir, a definir, a dibujar en mis novelas a partir de 1990.

Y por último, la Habana decadente en la que sigo escribiendo y viviendo y que está a mi alrededor, con cada vez menos trazas de aquella Habana nostálgica.

En el libro hablas mucho del sentimiento de «ajenidad», de extrañeza y desapego respecto a una ciudad en plena descomposición por la crisis económica. ¿De dónde proviene? 

El proceso de deterioro de la ciudad comenzó hace varias décadas. Primero fue un cambio de símbolos, paradigmas, referencias, para convertir la ciudad republicana en la ciudad socialista, y eso implicó una transformación física y simbólica de muchos sitios. Luego, en las últimas tres décadas, ese fenómeno se potenció con la decadencia física de un espacio que recibió poca o ninguna inversión, con la excepción de la zona colonial, la Habana Vieja, que recibió fondos locales e internacionales para su restauración.

Pero lo complejo de ese tránsito es que no ocurre solo en el plano físico de la ciudad, sino también en el espiritual.

¿Qué quieres decir?

Las conductas de las gentes también se deterioran y eso se refleja en la vida, en el ambiente de una ciudad donde ha ido desapareciendo el concepto de urbanismo, es decir, de la mejor convivencia urbana… y todo eso lo vivo de manera dolorosa. Ya ni mi barrio es lo que fue, ni tampoco la ciudad, y no se trata solo de que yo haya envejecido y vea mi circusntancia social con otras perspectivas quizás nostálgicas o conservadoras, sino que es un proceso evidente: la ciudad vive una etapa de deconstrucción, y se percibe en los edificios e infraestructuras, se siente en el comportamiento de los ciudadanos.

Sin embargo, es una ciudad que no podrías dejar. De ese sentido de pertenencia se deriva incluso, según lo que escribes, una responsabilidad ciudadana: la de preservar la memoria de esos lugares, con el fin de garantizar su permanencia. ¿Podrías aclararnos estos dos conceptos?

Aunque en español son dos palabras que tienen mucho parecido fonético, sus significados son muy diferentes. La pertenencia es profunda, visceral, casi que inevitable (como estar en una isla rodeado de agua por todas partes).

La permanencia, en cambio, es física, y se puede alterar con un traslado.

Habitantes de La Habana encienden sus teléfonos para jugar dominó. Al fondo, una barricada en llamas arde en protesta por los cortes de electricidad. Mayo de 2026. © Ramón Espinosa

En mi caso ambas condiciones se funden, se combinan, porque pertenezco a un ámbito cultural y espiritual, que además es físico, y permanezco en él. Soy un escritor cubano que escribe y vive en Cuba; pertenezco inexorablemente a la identidad cubana y permanezco tozudamente en el mismo espacio en el que nací y he vivido toda mi vida, incluso habito la misma casa de siempre, y eso me hace ser bastante singular, aunque esa singularidad no implique que sea diferente, muchos menos que sea mejor.

Defines al novelista como «un almacén de recuerdos», aunque ello suponga «canibalizar» la existencia de los demás. Ir a La Habana es a la vez una recopilación de tus recuerdos personales y la historia de una ciudad. ¿Como trabajaste con esa doble reconstrucción memorial y urbanística?

Pues fue como un flujo de memorias que apenas debí organizar cornológicamente, por que implicaba un crecimiento intelectual y espiritual. Fui sacando de ese almacén todo lo que me parecía significativo para armar un discurso lógico y a la vez nostálgico, un poco melancólico y, al final, hasta pesimista.

Pero en realidad no fue difícil: era como si toda esa memoria afectiva estuviera ahí, ya madura; como si lo único que hiciera flata fuera cosecharla, o sea, escribirla.

En la segunda parte del libro, trazas un retrato de diferentes personalidades de La Habana, como el percusionista Chano Pozo o Alberto Yarini. ¿Por qué te han marcado tanto esos personajes?

Esos y otros muchos porque Cuba, La Habana, es una mina de personajes.

En mis novelas no solo aparecen personajes reales tomados de los reportajes que pude haber escrito en algún momento, como son Chano Pozo o Yarini, u otros tomados de la realidad, como José María Heredia o el Hemingway, que vivió más de 20 años en La Habana. Hay otros muchos que son condensaciones o variaciones de uno o varios personajes, mejor dicho, personas reales que conocí. En cualquier caso lo importante en este ejemplo que pones es el conocimiento de la ciudad, sus tipos y costumbres, que me permitió el trabajo periodístico que hice durante seis años peteando la ciudad y el país. Fue una fuente de conocimiento importantísima de una historia no oficial pero esencial en la formación de una identidad.

También ofreces un panorama de las representaciones literarias de La Habana, desde el poeta Cirilo Villaverde hasta el escritor Reinaldo Arenas. ¿Cómo concibes hoy en día este diálogo entre escritores de diferentes generaciones?

Nadie sale de la nada, todos tenemos un origen. En mi caso como escritor, vengo de una tradición literaria muy potente que me ofrece paradigmas y creaciones que no solo resultan inspiradoras, sino también retadoras.

La familia Ramos prepara la cena en una fogata frente a su casa dañada por el huracán Ian, en La Coloma, provincia de Pinar del Río, Cuba, el miércoles 5 de octubre de 2022. © Ramón Espinosa

Recuerda lo que pensaba Hemingway: hay que pelear con los muertos e intentar vencerlos. No sé si yo lograré esa victoria, pero al menos intento combatir y a la vez alimentarme de unas obras que son referenciales. De ahí mi admiración y respeto por esa tradición; mi reconocimiento explícito e implícito a obras y autores como Carpentier, Novás Calvo, Cabrera Infante y otros.

¿Podría surgir hoy un joven Leonardo Padura en la Cuba actual?

Todavía existe un margen de libertad en la isla; no sé si haya deseos o voluntad y posibilidades de materializarlo. Creo, eso sí, que cada cual debe luchar por su espacio vital y de expresión, de creación y pensamiento, y únicamente puede hacerlo leyendo su circunstancia y actuando en ella.

Otro fenómeno que recorre el libro es la desaparición progresiva de las salas de cine de La Habana. ¿Qué papel ha desempeñado el séptimo arte en tu imaginación y en tu escritura?

El cine tiene un gran espacio en mi sensibilidad, mi conocimiento del mundo, mi percepción de las narrativas. Desde niño fui mucho al cine y de esa época guardo recuerdos como la películas de samurái japonesas, algunas de Kurosawa, y las comedias franco-italianas de la época.

Luego crecí como espectador en un momento en que en Cuba se veía el mejor cine del mundo y creo que me convertí en cinéfilo y tuve pretensiones de trabajar en el cine que, años después, concreté escribiendo guiones.

Gracias al cine tengo una memoria muy visual y mi literatura también lo es, pues veo la realidad que quiero reflejar en mis textos como si fuera proyectada en la pantalla de mi mente. Y si hoy apenas voy a salas de cine, en Cuba o donde sea, sigo consumiéndolo mucho, aunque en los últimos años me he aficionado mucho más a las series.

En tus novelas, la realidad política parece casi un fenómeno meteorológico que se abate sobre la isla y contra el que no se puede luchar ni pretender impulsar ningún cambio, y en el que los personajes sobreviven como pueden. ¿Reside la belleza en esos actos de supervivencia?

No sé si belleza, pero sí pragmatismo.

La gente se adapta a las condiciones que genera su medio y lo hace porque comparte sus principios o porque se vuelve apática.

La opción del enfrentamiento ha tenido muy poco espacio de desarrollo y la mayoría de los que hubieran querido asumir esa actitud, prefirieron hacerlo desde lejos, y no desde dentro, con los riesgos que entraña.

¿Cuáles han sido las consecuencias de tu decisión de seguir viviendo en tu país? 

He debido pasar por muchas situaciones críticas, incluso carencias, apagones y todo lo que cuelga o podría colgar, pero tiene el peso importantísimo de haberme mantenido en contacto directo, visceral, con la realidad cubana, que es la sustancia de mi literatura.

Por lo que dices, da la impresión de que siempre has logrado evitar las decisiones difíciles que suelen plantearse bajo una dictadura: la libertad o la muerte, el compromiso hasta el sacrificio o la traición, la clandestinidad o la propaganda. Tú propones más bien una tercera vía. ¿Se trata de una postura política o estética?

Todo acto artístico tiene lecturas políticas, pues vivimos en sociedades politizadas y la cubana mucho más que otras.

Durante un corte de electricidad en La Habana el 18 de abril de 2026. © Magdalena Chodownik

Lo que nunca he pretendido es que mi literatura tenga un carácter político identificable con la propaganda. Que lo político sea una de las lecturas posibles, pero no el discurso narrativo, pues más que ser leído, sería utilizado, y eso no me interesa desde el punto de vista polítco, y me parece poco elaborado desde el punto de vista estético.

Tras el caso Padilla, 2 numerosos intelectuales rompieron con la Revolución. Tal fue el caso, en particular, de Vargas Llosa u Octavio Paz, mientras que otros, como Cortázar, adoptaron posturas más ambiguas. Uno de los personajes de tu última novela, Morir en la arena, dice que «el comunismo no es ni una ideología ni una filosofía, sino una religión que exige fe, dogmas y liturgias». ¿Cómo te sitúas tú mismo con respecto a esa fe? 

Creo que soy ateo de nacimiento, aunque mi madre casi me obligó a recibir la primera comunión. Tampoco he tenido ninguna militancia política, de ningún tipo, pues le he huido a todas las disciplinas de ideologías o instituciones.

He sido alguien que ha vivido en una sociedad socialista toda su vida consciente y me vi envuelto en circunstancias y situaciones sociales y políticas que estaban a mi alrededor sin que yo pudiera hacer nada, solo acatarlas, como cualquier otro ciudadano.

Mi pensamiento es otra cosa.

Y ese pensamiento me ha llevado a tener muchas dudas, a expresar muchas inconformidades, a procurar a toda costa tener una libertad de pensamiento y creación, a reaccionar contra muchos dogmas y, por eso, mi literatura ha podido ser, creo yo, la expresión de mis preocupaciones sociales y políticas.

Después de todo lo que atravesó tu generación, ¿cuál dirías que es hoy tu peor miedo?

El miedo a perder la memoria. Sin memoria no hay literatura y yo quiero seguir haciendo literatura.

Notas al pie
  1. Charles Baudelaire, «Le Cygne», Les Fleurs du mal, París, Poulet-Malassis et de Broise, 1861.
  2. Referencia a la autocrítica del poeta Heberto Padilla (1932-2000) quien, en 1971, se vio obligado a manifestar públicamente su adhesión al régimen castrista ante la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), tras su detención en las cárceles de la Seguridad del Estado en La Habana. La operación provocó la indignación de la intelectualidad, tanto cubana como mundial, que vio en ella un resurgimiento de los métodos estalinistas.