En Francia, las prioridades en materia de capacidades para el próximo quinquenio deberán definir de manera realista el papel que el país pretende desempeñar en la seguridad de Europa. Francia es la potencia militar más ambiciosa del continente. Paradójicamente, también corre el riesgo de perder la oportunidad estratégica más decisiva desde el fin de la Guerra Fría, no por falta de capacidades, sino debido a una creciente desproporción entre sus múltiples ambiciones y los medios empleados.
Es esta gran brecha entre la ambición proclamada y el posicionamiento real lo que suscita un escepticismo creciente entre nuestros socios europeos.
Mientras que la cooperación europea en torno al Sistema de Combate Aéreo del Futuro (SCAF) parece hoy muy seriamente comprometida, resulta interesante examinar la trayectoria de este programa, emblemático de un ciclo iniciado por el discurso de la Sorbona de septiembre de 2017, en el que Emmanuel Macron proponía reactivar la Europa de la defensa tal y como la concebían los franceses.
Lanzado como símbolo fundacional de una cooperación estructurante, el SCAF tropezó con los desacuerdos entre Dassault y Airbus, por un lado; con la incompatibilidad de las prioridades industriales franco-alemanas, por otro; y, por último, con la incapacidad de compartir lo que cada uno considera el núcleo de su soberanía.
Pero reducir este fracaso a un desacuerdo industrial sería pasar por alto lo esencial. Lo que se ha resquebrajado es el fundamento mismo de estas ambiciones en materia de autonomía estratégica, a saber, la premisa de una Europa estable, que solo tendría que hacer frente a crisis periféricas. Es también el fin de la idea de una Francia que sería la principal locomotora de una Europa de la defensa que viviría al ritmo de las decisiones estratégicas y de capacidad de París.
En 2017, aún se podía creer que la Europa de la defensa, apoyándose en un entorno interior seguro, se contentaría con una proyección exterior. En ese mundo, Francia, potencia de proyección y gestión de crisis, podía seguir marcando el horizonte tecnológico y operativo a Alemania, desmilitarizada y estratégicamente a la espera. Esa premisa ha quedado obsoleta. Hoy corresponde a la defensa europea reforzar principalmente la seguridad del propio continente, ya que este se ve directamente amenazado.
A este contexto deteriorado se suma un hecho nuevo y de graves consecuencias: la retirada estadounidense, acelerada por el regreso de Donald Trump al poder en 2025. Las nuevas necesidades de capacidad que se derivan de ello contribuyen a la reconfiguración de las dinámicas de defensa a escala europea. La respuesta financiera, industrial y operativa a esta nueva situación definirá la arquitectura de defensa del continente para las próximas décadas.
La ilusión de amplitud: se espera a Francia en Europa, pero ella mira hacia otro lado
Contra todo pronóstico, Francia está dejando escapar la iniciativa. Sigue apoyando un modelo estructurado en torno a sus propias prioridades y se resiste a adaptar su planificación de capacidades a las necesidades de defensa colectiva claramente expresadas por sus socios. Ahí radica la insuficiencia de tal sistema: sin haber perdido aún una batalla industrial, Francia mira en la dirección equivocada, precisamente en el momento en que se decide la cita estratégica del siglo.
Hoy en día, los países africanos ya no recurren a Francia. Los Estados de la región indopacífica tampoco la esperan allí. Un contexto geoestratégico de este tipo debería incitar al país a concentrar sus esfuerzos de defensa allí donde existe una demanda militar europea y francesa. El único escenario en el que esta necesidad se hace sentir de forma urgente y concreta es la propia Europa, primero en su flanco oriental y luego en su flanco meridional.
La cuestión para Europa está ahora claramente planteada: se trata de recuperar el control de su entorno regional, mediante medios militares creíbles, una postura de disuasión coherente y una defensa colectiva asumida. Por el momento, Francia participa en esta construcción de manera solo parcial, como si se reservara el derecho a no comprometerse plenamente.
Este esfuerzo a medias se refleja en primer lugar en la estructura de la oferta francesa a sus aliados. De hecho, París mantiene un modelo de ejército basado en la autonomía nacional (portaaviones de nueva generación, ciberdefensa, espacio, pilar de mando autónomo) y estructura sus prioridades de capacidad en consecuencia. La oferta francesa se resume, en esencia, en una europeización de los critical enablers, 1 insuficientes en número, y en un mando integrado bajo pabellón francés.
En 2017, aún se podía creer que la Europa de la defensa, apoyándose en un entorno interior seguro, se contentaría con una proyección exterior.
Louis Lapeyrie, Elie Tenenbaum
Esta orientación tiende a no responder plenamente a las necesidades expresadas por nuestros aliados europeos, cuando la retirada estadounidense afecta tanto a las capacidades de combate como al mando o a las capacidades relacionadas con la Intelligence, Surveillance and Reconnaissance (ISR), que Estados Unidos no retirará en primer lugar. Es precisamente en los segmentos de combate donde los aliados europeos deben dar una respuesta colectiva. Sin embargo, es en este ámbito donde Francia no parece dispuesta a comprometerse lo suficiente.
La incomprensión crece y, con ella, una marginación silenciosa de Francia en ciertos foros que cuentan. La inadecuación ya no es solo técnica, ahora es política y se percibe como tal.
Las señales de la desconexión francesa
Esta brecha cada vez mayor se refleja en las cifras de las ayudas a Ucrania.
Desde febrero de 2022, el importe de la ayuda prestada a Ucrania por Francia constituye un problema político que los comunicados de prensa ya no logran ocultar. Según los datos agregados y recopilados por el Instituto de Economía Mundial de Kiel, Francia figura entre los contribuyentes más modestos del grupo de las grandes economías occidentales, en proporción al PIB.
La comparación con los aliados de referencia es contundente. El Reino Unido ha proporcionado una ayuda militar sustancial a Ucrania desde febrero de 2022; Alemania, tras el Zeitenwende, y tras un comienzo vacilante que le costó su propia credibilidad en 2022, ha suministrado carros de combate Leopard 1 y 2, así como sistemas de misiles Patriot. Polonia, cuyo PIB es un tercio inferior al de Francia, figura entre los cinco mayores contribuyentes a esta ayuda en términos absolutos. Desde el inicio del conflicto, el país ha proporcionado así más de 3.500 millones de euros de ayuda militar a Ucrania. 2
Otra característica distintiva, que estos datos globales ocultan, es que Francia no ha movilizado los créditos del programa europeo SAFE 3 para financiar capacidades suministradas a Ucrania. La mayor parte de las compras francesas en el marco de este instrumento se ha destinado a las necesidades nacionales previstas en la Ley de Programación Militar (LPM).
Hoy en día, los países africanos ya no recurren a Francia. Los Estados de la región indopacífica tampoco la esperan allí. Un contexto geoestratégico de este tipo debería incitar al país a concentrar sus esfuerzos de defensa allí donde existe una demanda militar europea y francesa.
Louis Lapeyrie, Elie Tenenbaum
Más que un vector de participación en un frente común, este mecanismo europeo de financiación de la defensa ha sido puesto por Francia al servicio de la reconstitución de sus propias existencias. Esta situación, que la inestabilidad política interna no ha contribuido a corregir, corre el riesgo de acentuar el retraso acumulado en la preparación para los retos de seguridad que se avecinan.
Existe una vertiente aún más estructural en este desajuste. La Base Industrial y Tecnológica de Defensa (BITD) francesa se sustenta hoy en día en dos pilares: las necesidades nacionales y la gran exportación. Este equilibrio, aunque coherente, deja poco margen para la cooperación industrial europea.
Los discursos políticos voluntaristas no han logrado contrarrestar esta realidad. Para que la cooperación europea sea efectiva, habría que allanar el camino hacia una importante reforma de la BITD, que está lejos de haberse iniciado. No podemos sino constatar la flagrante brecha que separa cierto discurso presidencial sobre la Europa de la defensa y el modelo industrial real en el que se basa hoy Francia.
París persiste en invertir en ámbitos en los que su ventaja competitiva ya está consolidada. Al hacerlo, el país corre el riesgo de autoexcluirse de los sectores en los que se decidirá el equilibrio de poder del futuro. La recomposición en curso de la BITD europea en la era de las tecnologías de defensa se articula en torno a la masa, la velocidad de producción y las nuevas tecnologías de combate.
Desde febrero de 2022, el importe de la ayuda prestada a Ucrania por Francia constituye un problema político que los comunicados de prensa ya no logran ocultar.
Louis Lapeyrie, Elie Tenenbaum
En estas tres dimensiones, Francia ya no está sola en la carrera, como lo demuestra el elocuente ejemplo de los data deals con Ucrania. El Reino Unido y Alemania han firmado acuerdos de intercambio de datos de combate con Kiev, acuerdos mediante los cuales los Estados socios obtienen acceso a los datos operativos ucranianos —firmas de radar, comportamientos de drones, ataques de precisión— a cambio de apoyo material o financiero. Estos acuerdos se han convertido en un activo estratégico de primer orden en la constitución de las bases de datos necesarias para los sistemas de armas autónomos de las próximas generaciones. Francia inició la dinámica durante la visita de Catherine Vautrin el 7 de febrero, pero aún debe plasmar en la práctica sus ambiciones de cooperación bilateral con Kiev.
El próximo debate sobre las capacidades francesas: una prueba decisiva
La Revisión Estratégica Nacional (RNS), 4 publicada en el verano de 2025, sitúa la amenaza rusa en el centro de los retos de seguridad y defensa del país. Sin embargo, la política francesa no parece haber renunciado a esa «llamada amplia», que durante mucho tiempo ha dado todo su sentido al despliegue de nuestras fuerzas armadas. La idea de que Francia será, tarde o temprano, llamada de nuevo a África, y de que su modelo de ejército debe tenerlo en cuenta, la aleja de las amenazas bien palpables. Esta postura ciega, en la que resulta agradable mantenerse, permite eludir lo que la geografía y la historia nos imponen de forma simple y cruda: la principal amenaza a corto plazo para la seguridad europea se sitúa ahora en el continente, no más allá.
Hasta hace poco, Europa disfrutaba de un entorno regional estable, lo que constituía una ventaja estratégica excepcional, casi única en el mundo. Esa «renta geopolítica» se ha agotado hoy en día.
El modelo de Ejército completo, a veces de carácter representativo, heredado de la posguerra fría y concebido para la proyección a larga distancia, ya no se adapta a la realidad. El resultado es que Francia debe decidir entre reorientar su modelo hacia la defensa colectiva del continente y, a riesgo de llegar a un punto muerto, mantener la ilusión de una potencia global, cuya credibilidad se erosiona cada vez que está ausente o es marginal en cualquier formato.
Del mismo modo, la Ley de Programación Militar, actualmente en proceso de actualización, sigue estructurada en torno a prioridades cuya lógica es nacional y cuya temporalidad está desfasada con respecto a la urgencia continental. La próxima actualización de la LPM y las orientaciones del próximo quinquenio representan, por tanto, una oportunidad para encontrar una mejor articulación entre nuestras prioridades soberanas y las necesidades continentales, de modo que nuestra postura resulte más comprensible para nuestros socios.
La historia de las programaciones militares francesas desde 2013 nos enseña que la segunda hipótesis es la más probable en ausencia de una elección política explícita.
Alinearse con las necesidades de defensa de la Unión
Cabe suponer que la influencia francesa en Europa, incluso en los órganos comunitarios, será tanto más fuerte cuanto más visible sea su contribución militar efectiva. Las prioridades de capacidad de Francia contribuirán, más que nunca, a definir directamente su rango diplomático en Europa. Este vínculo, que había quedado oculto en el seno de la Unión gracias a los 30 años de «dividendo de la paz», ha vuelto a ser una cruda realidad.
No podemos sino constatar la flagrante brecha que separa cierto discurso presidencial sobre la Europa de la defensa y el modelo industrial real en el que se basa hoy Francia.
Louis Lapeyrie, Elie Tenenbaum
Sin embargo, al no encontrar una salida al debate sobre sus prioridades en materia de capacidades, Francia corre el riesgo de ser percibida por sus aliados como un socio indeciso. En las recientes declaraciones de la diplomacia alemana en Múnich, esta percepción no ha hecho más que reforzarse: Francia estaría ausente de una empresa de defensa colectiva y, aunque habla con gusto de liderazgo europeo en materia de defensa, parecería de facto hacer recaer sobre otros las responsabilidades más pesadas.
Sin embargo, Francia cuenta con el ejército más experimentado y con el estatus de única potencia nuclear de la Unión. Sigue siendo el único miembro europeo del Consejo de Seguridad permanente. Tiene todas las ventajas para influir de manera decisiva en la reforma de la arquitectura de defensa europea. Sin embargo, la credibilidad no se gana a base de discursos sobre la autonomía estratégica: se demuestra en las decisiones sobre capacidades, tanto industriales como operativas, así como en la coherencia entre la visión política y el modelo real.
El próximo debate francés sobre capacidades será la prueba decisiva.
Francia podría, por fin, alinearse con las necesidades colectivas de sus aliados, a costa de revisar sus prioridades. Si, por el contrario, persistiera en definir por sí sola lo que Europa necesitaría, correría el riesgo de ocupar un lugar cada vez más marginal en una arquitectura de seguridad europea que se construye mayoritariamente bajo el impulso de sus socios.
Notas al pie
- Los «facilitadores críticos» son las capacidades de apoyo indispensables para que las fuerzas puedan combatir con eficacia. El término abarca tanto los equipos de transporte y abastecimiento (aviones) como los de inteligencia y comunicaciones (satélites, drones ISR, redes seguras), así como los sistemas de defensa antimisiles y de defensa aérea.
- Polish military aid for Ukraine reaches more than €3.5, Ukrinform, 18 de abril de 2026.
- Con el fin de apoyar la base industrial y tecnológica de defensa europea (BITDE), la Comisión Europea presentó en marzo de 2025 un plan de 800 000 millones de euros, denominado «RearmEurope». El Instrumento SAFE autoriza a la Comisión Europea a recaudar hasta 150 000 millones de euros en los mercados financieros, que posteriormente se distribuyen a los Estados miembros en forma de préstamos, previa solicitud y sobre la base de planes nacionales. Véase «Connaissez-vous l’instrument SAFE de l’Union européenne et le montant des financements dont la France va bénéficier ?», Secretaría General de Asuntos Europeos, 10 de septiembre de 2025.
- Revue nationale stratégique 2025, Secretaría General de Defensa y Seguridad Nacional, 14 de julio de 2025.