Capitalismos políticos en guerra

Un Green New Deal global desde Washington: el mundo de Jake Sullivan

Estados Unidos sigue queriendo cambiar el mundo. Tras la IRA y el control de las exportaciones, ¿acaba el asesor más influyente de Biden de anunciar al mundo una estrategia geoeconómica positiva? El discurso de Jake Sullivan del jueves expone claramente la agenda geopolítica más ambiciosa de la era Biden -y promete nuevas propuestas próximamente-. Lo traducimos y comentamos por primera vez.

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El Grand Continent
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© AP FOTO/EFREM LUKATSKY

El jueves 27 de abril, el influyente consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, presentó en la Brookings Institution su visión de una estrategia económica estadounidense renovada.

La intención del discurso de Sullivan es doble. En primer lugar, pretende presentar los nuevos motores del liderazgo económico estadounidense a escala mundial tratando de justificar una nueva inversión del Estado en la economía con el fin de liberar el poder y el ingenio de los mercados privados. En otras palabras, hace explícita la vía estadounidense en la guerra de los capitalismos políticos mediante una nueva doctrina basada en la intervención del Estado para garantizar que las empresas protejan y desarrollen las capacidades nacionales. 

Algunas discretas referencias a la historia política e industrial de Estados Unidos -a decisiones tomadas después de 1945 o al Presidente Kennedy- pretenden también situar esta nueva orientación estratégica a largo plazo. 

En segundo lugar, el discurso pretende tranquilizar a los aliados de Washington -especialmente a los europeos y a las democracias asiáticas- sobre las consecuencias de esta nueva estrategia: se trata de «trabajar con [sus] socios para garantizar que ellos también refuerzan sus capacidades, su resistencia y su capacidad de integración» -en una referencia apenas velada a las reacciones de los europeos ante la Inflation Reduction Act.

En definitiva, el arquitecto de la política exterior de Joe Biden dibuja un mundo estructurado en círculos concéntricos: en el centro, encontramos una potencia estadounidense renovada, con bases económicas bien afianzadas. En la periferia inmediata, evolucionarían los aliados más próximos de Estados Unidos, cuyos esfuerzos, en materia de recuperación industrial y ecológica, se coordinarían con los de Washington. Por último, en este marco renovado, el «resto del mundo» podría comerciar y desarrollarse. 

Esta ambiciosa doctrina reaviva un imaginario estadounidense conquistador, en el que la prosperidad del mundo está ligada a la de Estados Unidos, en una relación de codependencia: «América debe estar en el corazón de un sistema financiero internacional dinámico que permita a los socios de todo el mundo reducir la pobreza y aumentar la prosperidad compartida». Es la primera vez que un funcionario estadounidense de este nivel adopta esta línea de forma tan explícita.

En primer lugar, quiero agradecerles que hayan aceptado que un Consejero de Seguridad Nacional hable de economía.

Como la mayoría de ustedes saben, la Secretaria Yellen pronunció la semana pasada un importante discurso sobre nuestra política económica hacia China. Hoy me gustaría centrarme en nuestra política económica internacional más amplia, especialmente en lo que se refiere al compromiso fundamental del Presidente Biden -de hecho, las directivas que nos da de forma diaria- de integrar más profundamente la política interior y la exterior.

La línea de actuación de Joe Biden en política exterior, en un arco coherente que va desde la retirada estadounidense de Kabul hasta el apoyo a Taiwán, ha sido teorizada en gran parte por Jake Sullivan utilizando el concepto de «política exterior para las clases medias». Sin embargo, este discurso marca un punto de inflexión: en un mundo cuyos cimientos -sentados por Estados Unidos, según Sullivan- se están rompiendo, la política exterior estadounidense debe volver a proyectarse en los asuntos mundiales, pero con una base firme en consideraciones de política interior.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos lideró un mundo fragmentado en la construcción de un nuevo orden económico internacional. Sacó a cientos de millones de personas de la pobreza. Apoyó apasionantes revoluciones tecnológicas; eso ayudó a Estados Unidos y a muchas otras naciones de todo el mundo a alcanzar nuevos niveles de prosperidad.

Pero las últimas décadas han revelado grietas en esos cimientos; una economía mundial cambiante ha dejado atrás a muchos trabajadores estadounidenses y a sus comunidades; una crisis financiera ha sacudido a la clase media; una pandemia ha puesto de manifiesto la fragilidad de nuestras cadenas de suministro; el cambio climático amenaza vidas; la invasión rusa de Ucrania ha puesto de relieve los riesgos de una dependencia excesiva.

Este momento nos exige, pues, forjar un nuevo consenso.

Los últimos quince años habrían sacudido definitivamente el orden nacido tras la Segunda Guerra Mundial. Todos estos factores han resquebrajado los cimientos de la prosperidad mundial y, por ende, de la hegemonía estadounidense, que se enfrenta además a la emergencia de China como rival global y a fenómenos existenciales como el cambio climático. Las vidas directamente «amenazadas» por el cambio climático se refieren a los cálculos de un investigador adscrito al personal de la Casa Blanca, R. Daniel Bressler, sobre la relación entre las emisiones de CO2 y la mortalidad, comentados por Andreas Malm en nuestras páginas.

Esta es la razón por la que Estados Unidos, bajo el liderazgo del Presidente Biden, persigue una estrategia industrial y de innovación, tanto a nivel nacional como con socios de todo el mundo; una estrategia que invierte en las fuentes de nuestra propia fuerza económica y tecnológica, promueve cadenas de suministro globales diversas y resistentes, establece normas estrictas para todo, desde el trabajo y el medio ambiente hasta las tecnologías de confianza y la buena gobernanza, y despliega capital para proporcionar bienes públicos como la salud.

La idea de que un «nuevo consenso de Washington», como algunos lo han llamado, representa de algún modo sólo a Estados Unidos, o a Estados Unidos y Occidente excluyendo a los demás, es sencillamente errónea.

Esta estrategia construirá un orden económico mundial más justo y sostenible, en nuestro interés y en el de todos.

Así pues, hoy me gustaría exponer lo que estamos intentando hacer. Empezaré definiendo los retos tal y como los vemos: los retos a los que nos enfrentamos. Para afrontarlos, hemos tenido que revisar algunos viejos supuestos. A continuación describiré, paso a paso, cómo se adapta nuestro enfoque para hacer frente a estos retos.

Cuando el Presidente Biden tomó posesión de su cargo hace más de dos años, el país se enfrentaba, desde nuestra perspectiva, a cuatro retos fundamentales.

En primer lugar, la base industrial de Estados Unidos se había vaciado de sustancia. 

La visión de la inversión pública que había dinamizado el proyecto estadounidense en los años de la posguerra -y, de hecho, durante gran parte de nuestra historia- se había desvanecido. Había dado paso a un conjunto de ideas que abogaban por los recortes fiscales y la desregulación, la privatización a expensas de la acción pública y la liberalización del comercio como un fin en sí mismo.

Todas estas políticas se basaban en la premisa de que los mercados siempre asignan el capital de forma productiva y eficiente, independientemente de lo que hagan nuestros competidores, de la magnitud de nuestros retos comunes y de cuántas salvaguardias hayamos derribado.

Nadie -y mucho menos yo- cuestiona el poder de los mercados. Pero en nombre de la eficiencia de un mercado excesivamente simplificado, se han transferido al extranjero cadenas enteras de suministro de bienes estratégicos, así como las industrias y los puestos de trabajo que los fabricaban. La suposición de que una profunda liberalización del comercio ayudaría a Estados Unidos a exportar bienes, y no puestos de trabajo y capacidades, fue una promesa hecha pero no cumplida. 

Otro supuesto arraigado era que el tipo de crecimiento no importaba. Cualquier crecimiento era bueno. Así, varias reformas se combinaron para favorecer a determinados sectores de la economía, como el financiero, mientras que otros sectores clave, como los semiconductores y las infraestructuras, se atrofiaban. Nuestra fortaleza industrial, crucial para que un país pueda seguir innovando, ha sufrido un auténtico golpe. 

Las sacudidas de una crisis financiera mundial y una pandemia global pusieron al descubierto los límites de estos supuestos dominantes.

El segundo reto al que nos enfrentamos fue el de adaptarnos a un nuevo entorno definido por la competencia geopolítica y de seguridad, con importantes repercusiones económicas.

Gran parte de la política económica internacional de las últimas décadas se ha basado en la idea de que la integración económica haría a las naciones más responsables y abiertas, y que el orden mundial sería más pacífico y cooperativo -que la integración de los países en el orden basado en normas les induciría a adherirse a él-.

No ha sido así. En algunos casos, sí, y en muchos otros, no.

Cuando el Presidente Biden tomó posesión de su cargo, nos enfrentábamos a la realidad de una gran economía no de mercado integrada en el orden económico internacional de una forma que planteaba retos considerables.

La República Popular China ha seguido subvencionando fuertemente industrias tradicionales, como la siderúrgica, así como sectores clave del futuro, como las energías limpias, las infraestructuras digitales y la biotecnología avanzada. Estados Unidos no sólo perdió la industria manufacturera: erosionó su competitividad en tecnologías clave que definirían el futuro.

La integración económica no impidió que China ampliara sus ambiciones militares en la región, ni que Rusia invadiera a sus vecinos democráticos. Ninguno de los dos países se ha vuelto más responsable o cooperativo.

E ignorar las dependencias económicas que se habían acumulado durante décadas de liberalización se había convertido en algo verdaderamente peligroso: desde la incertidumbre energética en Europa hasta las vulnerabilidades de la cadena de suministro en equipos médicos, semiconductores y minerales críticos. Este es el tipo de dependencias que pueden explotarse para obtener beneficios económicos o geopolíticos.

El tercer reto al que nos enfrentamos era la aceleración de la crisis climática y la urgente necesidad de una transición energética justa y eficaz.

Cuando el Presidente Biden tomó posesión de su cargo, estábamos lejos de alcanzar nuestros objetivos climáticos y carecíamos de una vía clara hacia un suministro abundante de energía limpia, estable y asequible, a pesar de los considerables esfuerzos de la administración Obama-Biden por lograr avances significativos.

Demasiada gente pensaba que teníamos que elegir entre el crecimiento económico y el cumplimiento de nuestros objetivos climáticos.

El uso del imaginario de la clase media y del tejido industrial de Estados Unidos como determinantes vitales del poder estadounidense no es exclusivo de Joe Biden. Antes de «build back better«, Trump también había hecho campaña con la idea de renovar el país mediante la reconstrucción de infraestructuras. La originalidad destacada por Jake Sullivan reside en la política del presidente estadounidense de vincular la política industrial a la cuestión climática, identificada a la vez como el centro del problema y un punto por el que deben pasar las soluciones.

El Presidente Biden vió las cosas de otra manera. Como ha dicho a menudo, cuando oye «clima», piensa en «empleo». Cree que construir una economía de energías limpias en el siglo XXI es una de las oportunidades de crecimiento más importantes de nuestro tiempo, pero que para aprovechar esta oportunidad, Estados Unidos necesita una estrategia de inversión deliberada y concreta para hacer avanzar la innovación, reducir los costes y crear empleos de calidad.

A diferencia de la situación en muchos Estados miembros de la Unión, la cuestión climática está muy polarizada en Estados Unidos. Frente a cierto escepticismo climático mostrado por Trump, pero también por una parte de la derecha republicana y de la comunidad empresarial (carbon coalition), la estrategia de Joe Biden ha consistido en hacer de la transición una base política y una oportunidad en términos de empleo e industria.

Por último, afrontamos el reto de la desigualdad y el daño que causa a la democracia.

Aquí, el supuesto dominante era que el crecimiento basado en el comercio sería un crecimiento inclusivo, es decir, que las ganancias del comercio acabarían por repartirse ampliamente entre las naciones. Pero el hecho es que estas ganancias no han llegado a un gran número de trabajadores. La clase media estadounidense perdió terreno, mientras que a los ricos les fue mejor que nunca. Las comunidades manufactureras estadounidenses se han vaciado, mientras que las industrias de alta tecnología se han trasladado a las áreas metropolitanas.

Los motores de la desigualdad económica -que muchos de ustedes conocen mejor que yo- son complejos e incluyen retos estructurales como la revolución digital. Pero uno de los principales factores son décadas de políticas económicas de goteo, como recortes fiscales regresivos, recortes drásticos de la inversión pública, concentración empresarial descontrolada y medidas activas para socavar el movimiento obrero que originalmente construyó la clase media estadounidense.

Llama la atención que, justo al lado de la cuestión climática, Jake Sullivan sitúe la cuestión de la desigualdad dentro de un discurso que parece augurar un giro en la visión del capitalismo. Las referencias a la historia estadounidense, si bien no siempre se nombran, son claramente identificables: frente a la segunda vuelta, más escéptica frente al libre comercio, la figura que Sullivan esboza de Joe Biden es la de un anti-Reagan.

Los esfuerzos de la administración Obama por adoptar un enfoque diferente, incluyendo políticas para abordar el cambio climático, invertir en infraestructuras, ampliar la red de seguridad social y proteger el derecho de los trabajadores a organizarse, se han topado con la oposición de los republicanos.

Y, francamente, nuestras políticas económicas nacionales tampoco han abordado plenamente las consecuencias de nuestras políticas económicas internacionales.

Por ejemplo, lo que llamamos el «choque chino», que golpeó duramente a parte de nuestra industria manufacturera nacional -con consecuencias significativas y duraderas-, no se anticipó ni se respondió suficientemente a medida que se desarrollaba.

En conjunto, estas fuerzas han socavado los cimientos socioeconómicos sobre los que se asienta cualquier democracia fuerte y resistente.

Estos cuatro retos no son exclusivos de Estados Unidos. Las economías establecidas y emergentes también se enfrentan a ellos, a veces de forma más aguda que nosotros.

Cuando el Presidente Biden tomó posesión de su cargo, sabía que la solución a cada uno de estos retos pasaba por restaurar una mentalidad económica propicia a la construcción. Y ese es el núcleo de nuestro enfoque económico: construir. Construir capacidad, construir resiliencia, construir inclusión, en casa y con nuestros socios en el extranjero; construir la capacidad de producir e innovar, y de suministrar bienes públicos como infraestructuras físicas y digitales sólidas y energía limpia a gran escala; la resiliencia para soportar desastres naturales y conmociones geopolíticas; y la inclusión para garantizar una clase media estadounidense fuerte y vibrante y mayores oportunidades para los trabajadores de todo el mundo.

Todo ello forma parte de lo que hemos denominado una política exterior para la clase media.

El primer paso es sentar nuevas bases en casa con una estrategia industrial estadounidense moderna.

Mi amigo y antiguo colega Brian Deese ha hablado largo y tendido sobre esta nueva estrategia industrial, y les recomiendo sus comentarios, porque son mejores que cualquiera que yo pudiera hacer sobre el tema. 

Bajo el lema «Build Back Better», Joe Biden se comprometió a reforzar los servicios públicos, las infraestructuras y el dinamismo tecnológico de Estados Unidos. Para alcanzar estos objetivos movilizando el presupuesto federal, la Administración Biden creó, junto con el Congreso, una serie de herramientas de política industrial -subvenciones a la producción de semiconductores o de electricidad renovable, programas de investigación, cooperación público-privada, etc.- para llevar a cabo este programa.

Brian Deese, fue Director del Consejo Económico Nacional en la Casa Blanca entre enero de 2021 y febrero de 2023. En este puesto, era responsable de coordinar la política económica a través del poder ejecutivo y de asesorar al Presidente en estos asuntos. 

En su discurso sobre la estrategia industrial de la Administración Biden, Jake Sullivan defendió el papel impulsor de la inversión pública en el desarrollo económico y la seguridad nacional, destacó los éxitos legislativos y esbozó los retos que hay que superar para aplicar este programa y gastar eficazmente los cientos de miles de millones de dólares que se le han asignado.

Permítanme resumirlo:

Una estrategia industrial estadounidense moderna identifica sectores específicos que son críticos para el crecimiento económico, estratégicos desde el punto de vista de la seguridad nacional y en los que la industria privada por sí sola es incapaz de realizar las inversiones necesarias para alcanzar nuestras ambiciones nacionales. 

Despliega inversiones públicas específicas en aquellas áreas que liberan el poder y el ingenio de los mercados privados, el capitalismo y la competencia para sentar las bases de un crecimiento a largo plazo.

Permite a las empresas estadounidenses hacer lo que mejor saben hacer: innovar, crecer y competir.

Se trata de potenciar la inversión privada, no de sustituirla. Se trata de hacer inversiones a largo plazo en sectores vitales para nuestro bienestar nacional, no de elegir ganadores y perdedores.

Este planteamiento tiene una larga tradición en nuestro país. De hecho, aunque el término «política industrial» ha pasado de moda, ha seguido trabajando silenciosamente de una forma u otra para Estados Unidos -desde DARPA e Internet hasta la NASA y los satélites comerciales-.

Ahora, en los dos últimos años, los primeros resultados de esta estrategia son notables.

El Financial Times informó de que la inversión a gran escala en la producción de semiconductores y energías limpias ya se ha multiplicado por 20 desde 2019, y que un tercio de las inversiones anunciadas desde agosto implican a un inversor extranjero que invierte aquí, en Estados Unidos.

Hemos estimado que el capital público total y la inversión privada de la agenda del presidente Biden ascenderán a unos 3,5 billones de dólares en la próxima década.

Tomemos como ejemplo los semiconductores, que son tan esenciales para nuestros bienes de consumo actuales como para las tecnologías que darán forma a nuestro futuro, desde la inteligencia artificial a la computación cuántica o la biología sintética.

En la actualidad, Estados Unidos sólo fabrica alrededor del 10% de los semiconductores del mundo, y la producción -en general y en particular cuando se trata de los chips más avanzados- se concentra geográficamente en otros lugares.

Esto crea un importante riesgo económico y una vulnerabilidad para la seguridad nacional. Por eso, gracias a la ley bipartidista CHIPS and Science Act, ya hemos visto un aumento de un orden de magnitud en la inversión en la industria estadounidense de semiconductores. Y esto es sólo el principio.

Tomemos el ejemplo de los minerales esenciales, que son la columna vertebral del futuro energético. En la actualidad, Estados Unidos sólo produce el 4% del litio, el 13% del cobalto, el 0% del níquel y el 0% del grafito necesarios para satisfacer la demanda actual de vehículos eléctricos. Mientras tanto, más del 80% de los minerales críticos son procesados por un solo país, China.

Las cadenas de suministro de energía limpia corren el riesgo de ser instrumentalizadas del mismo modo que lo fue el petróleo en los años 1970 o el gas natural en Europa en 2022. Por eso estamos actuando invirtiendo en la ley de reducción de la inflación y en la ley de infraestructuras bipartidista.

Al mismo tiempo, no es posible ni deseable construirlo todo internamente. Nuestro objetivo no es la autarquía, sino la resistencia y la seguridad de nuestras cadenas de suministro.

Construir nuestras capacidades nacionales es el punto de partida; pero el esfuerzo se extiende más allá de nuestras fronteras. Esto me lleva al segundo paso de nuestra estrategia: trabajar con nuestros socios para asegurarnos de que ellos también construyen capacidad, resistencia e inclusión.

Nuestro mensaje para ellos es coherente: perseguiremos sin reservas nuestra estrategia industrial en casa, pero estamos inequívocamente comprometidos a no dejar atrás a nuestros amigos. Queremos que se unan a nosotros. De hecho, necesitamos que se unan a nosotros.

Crear una economía segura y sostenible frente a las realidades económicas y geopolíticas exigirá que todos nuestros aliados y socios hagan más, y no hay tiempo que perder. En sectores como los semiconductores y la energía limpia, estamos lejos del punto de saturación mundial de la inversión necesaria, tanto pública como privada.

En última instancia, nuestro objetivo es contar con una base tecnoindustrial fuerte, resistente y de vanguardia en la que Estados Unidos y sus socios, tanto las economías establecidas como las emergentes, puedan invertir y construir juntos.

El Presidente Biden y la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, hablaron de ello aquí en Washington el mes pasado.

Publicaron una declaración muy importante, que les animo a leer si aún no lo han hecho. Básicamente, esta declaración dice lo siguiente: las inversiones públicas audaces en nuestras respectivas capacidades industriales deben estar en el centro de la transición energética. Los Presidentes von der Leyen y Biden se comprometieron a trabajar juntos para garantizar que las cadenas de suministro del mañana sean resistentes, seguras y acordes con nuestros valores, incluidos los laborales.

En la declaración establecieron medidas prácticas para alcanzar estos objetivos, como alinear los respectivos incentivos a las energías limpias a cada lado del Atlántico y poner en marcha una negociación sobre las cadenas de suministro de minerales críticos y baterías.

Poco después, el Presidente Biden visitó Canadá. Junto con el Primer Ministro Justin Trudeau, creó un grupo de trabajo para acelerar la cooperación entre Canadá y Estados Unidos con el mismo objetivo: asegurar nuestro suministro de energía limpia y crear empleo para la clase media a ambos lados de la frontera.

Pocos días después, Estados Unidos y Japón firmaron un acuerdo para reforzar su cooperación en materia de cadenas de suministro de minerales críticos.

Así que estamos aprovechando la Ley de Reducción de la Inflación para construir un ecosistema de energía limpia anclado en las cadenas de suministro aquí -en Norteamérica- y que se extienda a Europa, Japón y más allá.

Así es como transformaremos la IRA de una fuente de fricción a una fuente de fortaleza y fiabilidad. Creo que oirán hablar más de esto en la cumbre del G7 que se celebrará en Hiroshima el mes que viene.

La Administración Biden pretende utilizar el peso geoeconómico de Estados Unidos para transformar la economía mundial de forma favorable a sus prioridades políticas y geoestratégicas, aparentando querer -al menos eso es lo que presenta- ampliar su Green New Deal. La forma concreta que adoptará no se detalla, pero se remite al G7 de Hiroshima, que debería ser la ocasión de futuros anuncios. Este proyecto se inscribe en la tradición de la política económica estadounidense: sin embargo, la renovada ambición de Estados Unidos tendrá que enfrentarse a un competidor -China- y a Estados «no alineados» que quieren «hacer su mercado» y defender sus intereses -como en Chile, que recientemente tomó la decisión de nacionalizar parte de su producción de litio-.

Nuestra cooperación con nuestros socios no se limita a las energías limpias.

Por ejemplo, estamos trabajando con socios -en Europa, la República de Corea, Japón, Taiwán y la India- para coordinar nuestros planteamientos en materia de incentivos para los semiconductores.

Las previsiones de los analistas sobre dónde se invertirá en semiconductores en los próximos tres años han cambiado radicalmente, y ahora Estados Unidos y sus principales socios encabezan la lista.

Permítanme subrayar también que nuestra cooperación con nuestros socios no se limita a las democracias industriales avanzadas.

Fundamentalmente, debemos -y nos proponemos- disipar la idea de que las asociaciones más importantes de Estados Unidos se limitan a las economías establecidas; no sólo diciéndolo, sino demostrándolo: con la India, en todo, desde el hidrógeno a los semiconductores; con Angola, en energía solar sin carbono; con Indonesia, a través de su asociación para una transición energética justa; con Brasil, en crecimiento respetuoso con el clima.

Esto me lleva al tercer paso de nuestra estrategia: ir más allá de los acuerdos comerciales tradicionales para construir nuevas e innovadoras asociaciones económicas internacionales centradas en los retos clave de nuestro tiempo.

El principal proyecto económico internacional de la década de 1990 fue la reducción de aranceles. Por término medio, los aranceles estadounidenses se redujeron casi a la mitad durante la década de 1990. Hoy, en 2023, nuestro tipo medio es del 2,4%, bajo históricamente y en relación con otros países.

Por supuesto, estos tipos no son uniformes y aún queda trabajo por hacer para reducir los niveles arancelarios en muchos otros países. Como dijo el Embajador Tai, «no hemos renunciado a la liberalización del mercado». Tenemos la intención de perseguir acuerdos comerciales modernos. Pero definir o medir toda nuestra política sobre la base de la reducción arancelaria es pasar por alto algo importante.

Preguntar cuál es hoy nuestra política comercial -definida en sentido estricto como planes para reducir aún más los aranceles- es sencillamente una pregunta equivocada. La pregunta correcta es: ¿cómo encaja el comercio en nuestra política económica internacional y qué problemas pretende resolver?

El proyecto de las décadas de 2020 y 2030 es diferente del de la década de 1990.

Conocemos los problemas que tenemos que resolver hoy: crear cadenas de suministro diversas y resistentes; movilizar la inversión pública y privada para una transición energética limpia y justa y un crecimiento económico sostenible; crear buenos empleos en el camino, empleos que mantengan a las familias; garantizar la confianza, la seguridad y la apertura en nuestra infraestructura digital; poner fin a la carrera a la baja en los impuestos de sociedades; reforzar la protección de los trabajadores y del medio ambiente; hacer frente a la corrupción. Se trata de un conjunto de prioridades básicas, distintas de la simple reducción de aranceles.

Hemos diseñado los elementos de una ambiciosa iniciativa económica regional, el Marco Económico Indo-Pacífico, para centrarnos en estas cuestiones y abordarlas. Actualmente estamos negociando capítulos con trece países de la región Indo-Pacífica que acelerarán la transición hacia energías limpias, aplicarán la equidad fiscal, lucharán contra la corrupción, establecerán altos estándares para la tecnología y garantizarán cadenas de suministro más resistentes para bienes e insumos esenciales. 

Permítanme ser un poco más concreto. Si el IPEF hubiera estado en funcionamiento cuando el COVID asoló nuestras cadenas de suministro y las fábricas estaban paradas, podríamos haber respondido más rápidamente, empresas y gobiernos por igual, con nuevas opciones para la contratación y el intercambio de datos en tiempo real. Este es el aspecto que puede tener un nuevo enfoque de este problema y de muchos otros.

Nuestra nueva Alianza para la Prosperidad Económica en las Américas, lanzada con varios de nuestros principales socios aquí en las Américas, tiene el mismo conjunto de objetivos básicos.

Al mismo tiempo, a través del Consejo de Comercio y Tecnología EE.UU.-UE y nuestra coordinación trilateral con Japón y Corea, estamos coordinando nuestras estrategias industriales para complementarnos mutuamente y evitar una carrera hacia abajo en la que todos compitan por los mismos objetivos.

Algunas personas han mirado estas iniciativas y han dicho «pero estos no son acuerdos de libre comercio tradicionales»; eso es exactamente lo que tenemos que hacer. Para los problemas que intentamos resolver hoy, el modelo tradicional no es suficiente.

La era de los arreglos políticos a posteriori y las vagas promesas de redistribución ha terminado. Necesitamos un nuevo enfoque.

En pocas palabras: en el mundo actual, la política comercial debe ir más allá de la reducción de aranceles e integrarse plenamente en nuestra estrategia económica, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Al mismo tiempo, la administración Biden está desarrollando una nueva estrategia laboral global que impulsa los derechos de los trabajadores a través de la diplomacia, y que daremos a conocer en las próximas semanas. 

Esta estrategia se basa en herramientas como el Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida del USMCA, que hace valer los derechos de asociación y negociación colectiva de los trabajadores. Esta misma semana, hemos resuelto nuestro octavo caso alcanzando un acuerdo que mejora las condiciones laborales: una victoria para los trabajadores mexicanos y para la competitividad de Estados Unidos.

Seguimos liderando un acuerdo histórico con 136 países para acabar de una vez con la carrera hacia abajo del impuesto de sociedades que perjudica a la clase media y a los trabajadores. Ahora el Congreso debe aplicar la legislación de aplicación, y eso es exactamente en lo que estamos trabajando.

Y estamos adoptando un nuevo enfoque que consideramos un modelo crítico para el futuro: vincular el comercio y el clima de una manera que nunca se ha hecho antes. El acuerdo mundial sobre acero y aluminio que estamos negociando con la Unión Europea podría ser el primer gran acuerdo comercial que aborde tanto la intensidad de las emisiones como el exceso de capacidad; y si podemos aplicarlo al acero y al aluminio, podemos estudiar cómo aplicarlo también a otros sectores; podemos ayudar a crear un círculo virtuoso y garantizar que nuestros competidores no se aprovechen degradando el planeta.

Para los que han preguntado, la administración Biden sigue comprometida con la OMC y los valores compartidos en los que se basa: competencia leal, apertura, transparencia y Estado de Derecho; pero graves desafíos, entre ellos las prácticas y políticas económicas no comerciales, amenazan estos valores fundamentales, y por eso estamos trabajando con tantos otros miembros de la OMC para reformar el sistema multilateral de comercio de modo que beneficie a los trabajadores, tenga en cuenta los legítimos intereses de seguridad nacional y aborde cuestiones acuciantes que no están plenamente integradas en el actual marco de la OMC, como el desarrollo sostenible y la transición a energías limpias.

En resumen, en un mundo transformado por esta transición hacia las energías limpias, por unas economías emergentes dinámicas, por la búsqueda de la resiliencia de la cadena de suministro, por la digitalización, por la inteligencia artificial y por una revolución en la biotecnología, el juego ya no es el mismo.

Nuestra política económica internacional debe adaptarse al mundo tal como es, para que podamos construir el mundo que queremos.

Esto me lleva al cuarto paso de nuestra estrategia: movilizar billones en inversiones en las economías emergentes, con soluciones que estos países desarrollen por sí mismos, pero con capital posibilitado por un tipo diferente de diplomacia estadounidense.

Hemos puesto en marcha un gran esfuerzo para que los bancos multilaterales de desarrollo evolucionen y estén a la altura de los retos actuales. 2023 es un año importante en este sentido.

Como ha señalado la Secretaria Yellen, tenemos que actualizar los modelos de negocio de los bancos, especialmente del Banco Mundial, pero también de los bancos regionales de desarrollo. Tenemos que ampliar sus balances para hacer frente al cambio climático, las pandemias, la fragilidad y los conflictos. Y tenemos que ampliar el acceso a financiación en condiciones favorables de alta calidad para los países de renta baja y media que se enfrentan a retos que van más allá de las fronteras de un solo país.

El mes pasado vimos un primer tramo de esta agenda, pero tenemos que hacer mucho más.

Estamos muy ilusionados de que el nuevo liderazgo de Ajay Banga en el Banco Mundial haga realidad esta visión.

Paralelamente a la evolución de los bancos multilaterales de desarrollo, también hemos lanzado un gran esfuerzo para cerrar la brecha de infraestructuras en los países de renta baja y media. Lo llamamos la Asociación para la Infraestructura y la Inversión global (AIIG, por sus siglas en inglés). La AIIG movilizará cientos de miles de millones de dólares en financiación para infraestructuras energéticas, físicas y digitales para finales de la década.

A diferencia de la financiación en el marco de la Iniciativa del Cinturón y la Ruta, los proyectos de la AIIG son transparentes, de los más altos estándares, y están al servicio de un crecimiento sostenible, inclusivo y a largo plazo. Desde el lanzamiento de la iniciativa hace poco menos de un año, ya hemos realizado importantes inversiones en ámbitos tan diversos como las minas necesarias para alimentar los vehículos eléctricos y los cables submarinos de telecomunicaciones mundiales.

Al mismo tiempo, también nos hemos comprometido a hacer frente al sobreendeudamiento de un número creciente de países vulnerables. Necesitamos un alivio real, no sólo «ampliar y fingir». Y tenemos que asegurarnos de que todos los acreedores bilaterales, oficiales y privados, compartan la carga.

Esto incluye a China, que ha intentado afirmar su influencia concediendo préstamos masivos a los países emergentes, casi siempre con condiciones. Compartimos la opinión de muchos otros de que China debe emerger ahora como una fuerza constructiva para ayudar a los países sobreendeudados.

Por último, protegemos nuestras tecnologías básicas con un patio pequeño y una valla alta.

Como he dicho antes, nuestra misión es marcar el comienzo de una nueva ola de la revolución digital, una ola que garantice que las tecnologías de nueva generación sirvan a nuestras democracias y a nuestra seguridad, en lugar de desarrollarse en detrimento de ellas.

Hemos aplicado restricciones a las exportaciones de las tecnologías de semiconductores más avanzadas a China. Estas restricciones se basan en preocupaciones directas de seguridad nacional. Nuestros principales aliados y socios han seguido su ejemplo, basándose en sus propias preocupaciones en materia de seguridad.

También estamos mejorando los controles sobre la inversión extranjera en áreas críticas relacionadas con la seguridad nacional; y estamos avanzando en el tratamiento de la inversión saliente en tecnologías sensibles con un nexo de seguridad nacional.

Se trata de medidas adecuadas. No son, como dice Pekín, un «bloqueo tecnológico». No están dirigidas a las economías emergentes; se centran en una pequeña parte de la tecnología y en un pequeño número de países que pretenden desafiarnos militarmente.

Unas palabras sobre China en términos más generales. Como dijo recientemente la Presidenta von der Leyen, estamos a favor de la reducción de riesgos y la diversificación, no del desacoplamiento. Seguiremos invirtiendo en nuestras propias capacidades y en cadenas de suministro seguras y resistentes. Seguiremos presionando para que haya igualdad de condiciones para nuestros trabajadores y empresas y defendiéndonos contra los abusos.

Nuestros controles a la exportación seguirán centrándose firmemente en las tecnologías que pueden inclinar la balanza militar. Simplemente nos aseguramos de que las tecnologías estadounidenses y aliadas no se utilicen contra nosotros. No estamos cortando el comercio.

De hecho, Estados Unidos sigue manteniendo una relación comercial y de inversión muy importante con China. El comercio bilateral entre Estados Unidos y China alcanzó un nuevo máximo el año pasado.

Dejando a un lado la economía, competimos con China en muchos frentes, pero no buscamos la confrontación ni el conflicto. Intentamos gestionar la competencia de forma responsable y colaborar con China siempre que sea posible. El Presidente Biden ha dejado claro que Estados Unidos y China pueden y deben trabajar juntos en retos globales como el clima, la estabilidad macroeconómica, la seguridad sanitaria y la seguridad alimentaria.

Gestionar la competencia de forma responsable requiere, en última instancia, dos partes dispuestas. Hace falta un cierto grado de madurez estratégica para aceptar que tenemos que mantener abiertas las líneas de comunicación, incluso cuando tomamos medidas para competir en igualdad de condiciones.

Como dijo la Secretaria Yellen la semana pasada en su discurso sobre este tema, podemos defender nuestros intereses de seguridad nacional, tener una competencia económica sana y trabajar juntos en la medida de lo posible, pero China tiene que estar dispuesta a poner de su parte.

¿En qué consiste entonces el éxito?

El mundo necesita un sistema económico internacional que funcione para nuestros trabajadores, para nuestras industrias, para nuestro clima, para nuestra seguridad nacional y para los países más pobres y vulnerables del mundo.

Esto significa sustituir un enfoque único, basado en los supuestos demasiado simples que expuse al principio de mi discurso, por otro que fomente la inversión específica y necesaria en ámbitos en los que los mercados privados no pueden actuar por sí solos, aunque sigamos aprovechando el poder de los mercados y la integración.

Significa permitir a los socios de todo el mundo restablecer acuerdos entre los gobiernos y sus electores y trabajadores.

Significa basar este nuevo enfoque en una profunda cooperación y transparencia para garantizar que nuestras inversiones y las de nuestros socios se refuerzan y benefician mutuamente.

Y significa volver a la creencia fundamental que defendimos por primera vez hace 80 años: que Estados Unidos debe estar en el centro de un sistema financiero internacional vibrante que permita a los socios de todo el mundo reducir la pobreza y aumentar la prosperidad compartida; y que una red de seguridad social eficaz para los países más vulnerables del mundo es esencial para nuestros propios intereses fundamentales.

También se trata de establecer nuevas normas que nos permitan hacer frente a los retos que plantea la intersección de la tecnología avanzada y la seguridad nacional, sin obstaculizar el comercio y la innovación en un sentido más amplio.

Esta estrategia requerirá determinación, un firme compromiso para superar los obstáculos que han impedido a nuestro país y a nuestros socios construir con rapidez, eficacia y equidad, como hemos podido hacer en el pasado.

Pero es la forma más segura de restablecer la clase media, de garantizar una transición justa y eficiente hacia energías limpias, de asegurar las cadenas de suministro críticas y, a través de todo ello, de restaurar la confianza en la propia democracia.

Como siempre, necesitamos la plena colaboración bipartidista del Congreso para tener éxito.

Necesitamos el apoyo del Congreso para recuperar la capacidad única de Estados Unidos para atraer y retener a los mejores y más brillantes talentos de todo el mundo.

Necesitamos la plena colaboración del Congreso en nuestras iniciativas de reforma de la financiación del desarrollo.

Y debemos duplicar nuestras inversiones en infraestructuras, innovación y energías limpias. Nuestra seguridad nacional y nuestra vitalidad económica dependen de ello.

Permítanme concluir con esto.

Al Presidente Kennedy le gustaba decir que «una marea creciente levanta todos los barcos». A lo largo de los años, los defensores de la economía del goteo se han apropiado de esta frase para sus propios fines.

Pero el Presidente Kennedy no estaba diciendo que lo que es bueno para los ricos es bueno para la clase trabajadora. Estaba diciendo que todos estamos juntos en esto.

Y miren lo que dijo después: «Si una parte del país se queda inmovil, tarde o temprano la marea descendente hunde todos los barcos».

Eso es cierto para nuestro país, es cierto para nuestro mundo. Al final, económicamente, con el tiempo, nos levantaremos -o caeremos- juntos.

Y eso se aplica tanto a la fortaleza de nuestras democracias como a la de nuestras economías.

La aplicación de esta estrategia dentro y fuera de nuestras fronteras será objeto de un debate razonable; y llevará tiempo. El orden internacional que surgió tras el final de la Segunda Guerra Mundial y luego de la Guerra Fría no se construyó de la noche a la mañana. El orden internacional que viene no se construirá más rápido. 

Pero juntos podemos trabajar por la mejora de todas las personas, comunidades e industrias de Estados Unidos, y podemos hacer lo mismo con nuestros amigos y socios de todo el mundo. 

Esta es la visión que la Administración Biden debe esforzarse y se esforzará por alcanzar.

Es lo que nos guía en nuestras decisiones políticas en la intersección de la economía, la seguridad nacional y la democracia.

Y es el trabajo que haremos no sólo como gobierno, sino con todas las partes de Estados Unidos, y con el apoyo y la ayuda de nuestros socios, tanto gubernamentales como no gubernamentales, en todo el mundo.

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