Echando la vista atrás al año 2021, la retirada de tropas estadounidenses de Kabul parece marcar un punto de inflexión. El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, compartió por aquel entonces su análisis de la cadena de acontecimientos que comenzó en agosto. ¿Cuál es el suyo? 

Todavía no he hecho un análisis concluyente. Las imágenes que vimos me entristecieron y me dejaron perplejo: triste porque el affaire afgano, si me permite la expresión, terminó de muy mala manera, en una derrota, y con la sensación de que el esfuerzo había sido en vano; perplejo porque estoy convencido de que este asunto tendrá unas repercusiones difíciles de predecir pero desfavorables para Europa. Nos ha conducido a una situación sobre la que, para ser sinceros, no sabemos prácticamente nada.

¿Cómo interpretó la postura de la administración de Biden frente a sus aliados?

Biden debería haber consultado a sus aliados. Pero el asunto afgano per se no alteró en absoluto las relaciones entre Europa y Estados Unidos. Las palabras del presidente estadounidense nos indican algo: hemos tomado el camino equivocado. El planteamiento de los países atlantistas durante los últimos años —quizás incluso desde el final de la Guerra Fría— ha llegado a su fin: el imperativo de intervenir, aun con el objetivo de evitar un mal mayor, está obsoleto. La idea de que podíamos injerirnos en el desarrollo interno de sociedades que no son como la nuestra era errónea. Solo ha producido fracasos.

Con la toma de Kabul por parte de los talibanes, los estadounidenses, los europeos, los países de la OTAN, sufrieron la pérdida en dos frentes: el de la credibilidad frente a otras potencias mundiales y el de la confianza ajena en su capacidad. Este debe ser nuestro punto de partida. A esto es a lo que el presidente de los Estados Unidos se refiere cuando repite una y otra vez que debemos aprender a gestionar nuestros asuntos antes de ocuparnos de los ajenos.

Para ello, debemos elaborar nuestros propios análisis. En vez de hablar de autonomía estratégica, yo instaría a poner en marcha, en primer lugar, una autonomía analítica, mediante el estudio de las posiciones geopolíticas, que debe ser mucho más completo de lo que es en la actualidad, teniendo en cuenta los intereses que están en consonancia con nuestros valores.

¿Qué nos diría este análisis sobre el estado de las relaciones de la Alianza Atlántica?

Ya vivimos la era de Donald Trump, con quien me llevaba bien, curiosamente. Hemos pasado a la administración de Biden, con quien tuve diálogo fluido cuando fue vicepresidente de Barack Obama. Decir que sabe escuchar mucho mejor que Trump sería quedarse corto. Sobre todo, conoce Europa mucho mejor.

Donald Trump tenía una visión equivocada de Europa. Tenía la sorprendente fantasía de que la Unión se había creado como una suerte de conjura contra los Estados Unidos, que se había diseñado para minar su influencia en el planeta. Se pueden decir muchas cosas sobre la Unión Europea, pero esto, sencillamente, no es verdad. La Unión fue un proyecto liderado por atlantistas convencidos.

 ¿Ve continuidad entre ambas administraciones?

Sí, en cierto modo hay continuidad: Trump, como Biden, operaba desde la convicción de que su responsabilidad era proteger los intereses estadounidenses y de que el presidente de los Estados Unidos y su política exterior debían responder a las necesidades de la clase media. Esto implica que los intereses de otros no son tan importantes. ¿Se diferencia acaso tanto de los jefes de estado europeos? Pero Biden escucha, y eso podemos verlo hoy.

Exactamente, ¿qué define la relación atlántica hoy en día?

El problema geopolítico al que nos enfrentamos hoy tiene tres nombres: China, Rusia y, en menor medida, las regiones aledañas a Europa, como Turquía, Próximo y Medio Oriente. En todos estos asuntos tenemos la suerte de poder intercambiar ideas con la administración de Biden.

La idea de una «nueva Guerra Fría» con China está cada vez más presente en Washington. ¿Usted la comparte?

Desde una perspectiva económica y comercial, China es un socio importante para nosotros. Decir lo contrario carece de fundamento; pero en Europa hemos sido ingenuos respecto a Pekín durante demasiado tiempo. Hemos aceptado que las empresas chinas tengan acceso a nuestro mercado interior incluso cuando se ha denegado a las compañías europeas ese mismo acceso a China.

El problema geopolítico al que nos enfrentamos hoy tiene tres nombres: China, Rusia y, en menor medida, las regiones aledañas a Europa, como Turquía, Próximo y Medio Oriente.

jean-claude juncker

Tengo la sensación de que he ayudado a corregir la situación. En la última reunión que tuve en París como presidente de la Comisión, con Emmanuel Macron, Angela Merkel y el presidente chino Xi Jinping, le dije a este —que escuchó con mucha serenidad— que, aunque China fuera un socio, también era un competidor y un rival que no se estaba sometiendo a las reglas del juego.

¿Cuál es su análisis de la relación de la Unión con Rusia?

A diferencia de los Estados Unidos, Rusia forma parte de nuestro vecindario inmediato. No podemos cambiar la geografía: Europa está cerca de Rusia, y esta proximidad entraña consecuencias. Concebir una estrategia de seguridad para Europa sin reservarle un sitio a Rusia carece de sentido. No digo que deba hacerse sin tener en cuenta el problema de Crimea o del este de Ucrania, pero nosotros necesitamos mantener una relación constante con Rusia, tenemos que hablar con ellos. Los estadounidenses no son vecinos de Rusia.

Con relación a estos dos temas —Rusia y China—, no podemos seguir las instrucciones procedentes de Washington; debemos tener autonomía analítica y operativa.

Utiliza palabras recientemente introducidas en el vocabulario europeo: geografía y autonomía. Cuando entrevisté a Romano Prodi en 2019, parecía sorprendido porque en Bruselas circulara un vocabulario geopolítico. Según dijo, estos conceptos no estaban entre los términos de la Comisión que él presidió entre 1999 y 2004. ¿Usted qué opina? ¿Ha percibido una intensificación de esta sensibilidad con la Comisión de Von der Leyen, que busca ser «geopolítica»?

Yo dije que quería que mi Comisión fuera política. Esto ya implicaba que la dimensión geopolítica tuviera un papel más relevante. La razón es que tenemos que definir una relación con el resto del mundo: con China, con Rusia y con África, un continente cuya importancia subestiman enormemente las naciones europeas.

Todo es geopolítico. La geopolítica es la intersección entre la política y la geografía. Está usted hablando con un luxemburgués. Hay agrupaciones de gran tamaño —a veces incluso grandes continentes— que a menudo son más importantes que nosotros desde un punto de vista geográfico o demográfico.

Acabamos de celebrar el trigésimo aniversario de la caída de la URSS. Con los Acuerdos de Belovezh vimos un cambio en los mapas políticos, pero ¿hubo realmente una transformación geográfica?

La URSS era un imperio inmenso; Europa, que no puede reducirse a la Unión Europea, es bastante pequeña. Somos el continente más pequeño del mundo, aunque siempre nos creamos el centro del mundo. No somos, ni hemos sido nunca, los amos de la historia mundial. Cada vez que alguien en Europa ha intentado convertirse en el amo del mundo, ha salido mal; a Hitler y sus aliados los dominaba una insensata ambición de poder.

¿Analizar el lugar que ocupa Europa en el mundo es, en cierto modo, una clase de humildad?

Sí. Si hacemos un análisis geopolítico del mundo y de la manera en la que se imbrican los distintos grupos, debemos ser humildes. Por supuesto, tenemos algo especial. Aparte de los reveses de Hungría y Polonia, que observamos con preocupación —y es importante no dejar de apoyar los movimientos democráticos que empiezan a movilizarse en estos países—, tenemos un conjunto de valores que otros no tienen. Ni los estadounidenses ni los chinos —sobre todo, estos— lo tienen porque adoptan una visión del ser humano y un modelo de sociedad que nosotros no compartimos, y lo mismo ocurre con Rusia. Naturalmente, ha habido mejoras en lo que respecta a los derechos humanos, que, tras concebirse en Francia, se han extendido por todo el continente europeo.

Ha sido usted esencial para la transformación de la Unión en una entidad regulatoria. ¿Es esta la dirección a seguir para implementar la geopolítica europea?

La Unión Europea es una entidad que establece normas a escala continental. Los que no son miembros también las adoptan —a veces con bastante reticencia, como Suiza o Noruega— y, por tanto, tenemos una responsabilidad normativa. Otros actores, como Estados Unidos, van por libre. Con demasiada frecuencia adoptamos respuestas que no son un buen reflejo de Europa. Me refiero a ese neoliberalismo descarado que ha infectado a las élites burocráticas y políticas de los Estados miembros y de la propia Europa, y que ha marcado un rumbo que no se corresponde con el enfoque europeo.

Basándose en su conocimiento de las instituciones europeas, ¿cuál es, en su opinión, el cambio más profundo que ha provocado la crisis de la covid-19? ¿Ve usted transformaciones históricas?

Al principio me sorprendió, incluso chocó, la falta de motivación de los Estados miembros. Cada uno actuaba por su cuenta, haciendo lo que consideraba oportuno. Por supuesto, la Unión no tenía ninguna autoridad en el ámbito de la salud pública, por lo que el nivel nacional pasó a ser el de referencia. Era un caos total. La Comisión de Von der Leyen merece un gran reconocimiento por haber conseguido hacerse cargo de la situación, imponiendo normas comunes.

He sacado una lección positiva de esta crisis, en la medida en la que se puede sacar algo positivo de una pandemia. Tanto los ciudadanos como la opinión pública de Europa se dieron cuenta de que ningún Estado miembro —ni Italia, ni España, ni siquiera Francia o Alemania— tenía nada que ganar si se enfrentaba a solas a una crisis mundial de tal envergadura. Por consiguiente, la idea de emprender una acción conjunta para atajar esta crisis fue ganando adeptos. Esto quedó patente cuando el Consejo Europeo adoptó el paquete NextGenerationEU con una inversión de 750 000 millones de euros.

¿Es este un cambio duradero? ¿Considera que se aleja del consenso que usted mismo acaba de describir como «neoliberal»?

Lo que digo es que esto debería haberse hecho mucho antes. Yo ya había abogado por los eurobonos en 1999; una idea que fue rechazada de inmediato por alemanes y austriacos. Hemos llegado a un momento que, desde mi punto de vista, representa un cambio positivo y que, de hecho, marca el comienzo de un futuro de mayor solidaridad y comprensión mutua.

¿Cómo explica este cambio?

Por una vuelta a las raíces del proyecto europeo. Se nos recordaron las razones que nos unieron en primer lugar. Los Estados miembros —y, sobre todo, la opinión pública— se dieron cuenta de que Alemania o Italia no tenían por sí solas los medios necesarios para responder a la crisis pandémica. Los gobiernos nacionales —por los que siento un profundo respeto, pues Europa no se construye contra las naciones que la componen— reconocieron sus debilidades y la fuerza que les brinda la actuación conjunta.

La otra cuestión que hubiera sido aún más central en las iniciativas de la Comisión, de no haber sido por la pandemia, es la transición ecológica. ¿Cuál es su análisis de estas medidas?

Creo que el Pacto Verde es una iniciativa que, de hecho, debería aplicarse y fomentarse. El objetivo de cero emisiones en 2050 es bueno para Europa y puede servir de modelo a otras potencias como China y Estados Unidos, y al resto del mundo. Es una iniciativa que permite a la Unión Europea tener un criterio común sobre el futuro que proyecta.

¿Cree que estamos creando nuevas condiciones para el debate y para un nuevo consenso que es específico para Europa? Ha hablado de la necesidad de superar la fase neoliberal. En su opinión, ¿cuáles son las prioridades para lograr esta modernización?

Se trata de un reto que sigue siendo de actualidad. He puesto mucho empeño en el desarrollo de una Europa social, en la que siempre he creído. Es falaz imaginar —como han hecho muchos en las últimas décadas— que la Unión Europea podría seguir existiendo mientras se descuidara su vertiente más social, que se ha caracterizado por un neoliberalismo desaforado e impúdico.

Querer construir la Unión Europea de forma casi abiertamente contraria a los intereses de los trabajadores no funciona. Medida neoliberal tras medida neoliberal, los trabajadores —y no solo los sindicatos, sino los trabajadores en general— se han rebelado; no pueden seguir apoyando este modelo.

JEAN-CLAUDE JUNCKER

Querer construir la Unión Europea de forma casi abiertamente contraria a los intereses de los trabajadores no funciona. Medida neoliberal tras medida neoliberal, los trabajadores —y no solo los sindicatos, sino los trabajadores en general— se han rebelado; no pueden seguir apoyando este modelo. Lo que ha faltado en la historia reciente de Europa es la solidaridad; es una cuestión que debemos seguir mejorando. Durante mi mandato, la Comisión sentó las bases, paso a paso, de los derechos sociales europeos. Esto ha continuado con la actual Comisión, y creo que es el camino más adecuado. Tengo grandes esperanzas de que la presidencia francesa del Consejo de la Unión Europea (PFUE) consiga impulsar este compromiso.

¿Cuál es su análisis del aparente predominio del Consejo Europeo sobre las demás instituciones europeas?

Hay aspectos positivos y negativos. El lado positivo es que, al reunirse con más frecuencia que en años anteriores, los Estados miembros, los gobiernos y, sobre todo, los jefes de Estado se sienten más implicados en los asuntos europeos. Además, el nivel europeo se ha integrado de forma palpable en el pensamiento nacional.

También hay un lado negativo porque el Consejo Europeo no siempre respeta la interacción normal entre instituciones. No respeta lo suficiente al Parlamento Europeo, que al fin y al cabo colegisla junto al Consejo de Ministros. Tampoco respeta al Consejo de Ministros, que en muchos casos puede tomar decisiones por mayoría cualificada, a diferencia del Consejo Europeo que tiene que decidir por unanimidad, lo que le lleva a acordar conceptos vagos que, en términos legislativos y prácticos, no producen ningún resultado.

Se puede intuir un deseo por parte de algunos —no todos— de limitar las labores de la Comisión. Siempre he luchado contra esta nefasta tentación, y siempre he defendido el papel exclusivo de la Comisión, que debe seguir siendo el motor de la construcción europea. Creo que tuve éxito porque fui capaz de restaurar, precisamente, la autoridad de la Comisión.

¿Cómo ve la evolución de la extrema derecha en Europa? Parece estar perdiendo terreno en Alemania, mientras que en Francia está alcanzando niveles sin precedentes en cuanto a intención de voto…

La ultraderecha europea, y especialmente la francesa, sigue sin tener el europeísmo entre sus fundamentos. Sistemáticamente, cae en la tentación de rechazar a los demás. Para las grandes familias políticas europeas —liberales, socialistas, conservadoras— los demás existen igual que nosotros. La ultraderecha es incapaz de dar muestras de esta solidaridad.

A lo largo de mi dilatada carrera, y especialmente en los últimos años, he visto intentos de reunir a las fuerzas de extrema derecha europeas. Esto siempre ha fracasado porque en realidad, además de que no les gustan los demás, estos partidos no se tienen ningún aprecio entre sí. Recuerdo que cuando pronuncié mi discurso de investidura, la señora Le Pen se levantó y dijo que iba a votar contra mí. Le dije que no quería ningún voto de su partido, que odia a los demás. Los verdaderos conservadores deben entender que la extrema derecha es un peligro para Europa. Si a pesar de las encuestas, la ultraderecha ganara en Francia —no es mi predicción, dudo que ganen— o si llegara, aunque sea, a ampliar su presencia, sería una derrota para todas las fuerzas democráticas de Europa.

¿Cuál es su análisis de esta tríada que parece estar reformándose entre Italia, Alemania y Francia?

Alemania ha sabido hacer de Europa una parte esencial de su razón de ser, y el nuevo canciller y su gobierno son decididamente europeístas.

He seguido con gran interés la mejora de las relaciones francoitalianas, que no siempre han sido muy buenas. Su fortalecimiento no supone en absoluto un peligro para la asociación francoalemana, más bien al contrario. El hecho de que Italia, con Mario Draghi, se haya convertido en una fuerza muy constructiva refuerza el papel motor de la amistad francoalemana.

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