El Anticristo de Soloviev: segunda parte
Publicamos la continuación de la nueva traducción comentada del texto clave de Soloviev que obsesiona a Peter Thiel, firmada por Rambert Nicolas.
Breve relato sobre el Anticristo 2/3.
- Autor
- Rambert Nicolas
Hemos llegado a la segunda parte de este «relato» escrito por Vladimir Soloviev, el momento en que un hombre sella el destino de la Humanidad expresando mejor sus aspiraciones o incluso pacificándola definitivamente. En otras palabras, se trata ni más ni menos que del triunfo del Anticristo, que asume entonces el «liderazgo de la humanidad» al final de su historia.
En la primera parte, escribíamos que con este «breve relato» Soloviev encarnaba a la perfección la imagen que sus contemporáneos quisieron conservar de él, la de un «profeta». Así, al final de su vida, Soloviev se habría —en palabras del intelectual ruso Vasili Rozanov (1856-1919)— «purificado» al renunciar «a sus apresurados intentos de “síntesis”» y al rechazar por fin, él, el «nieto de un sacerdote», «el manto del filósofo y las payasadas del publicista». 1
A esto hay que añadir que, si Soloviev, al final de su vida, «juega a ser profeta», su papel habrá sido sin duda anunciar la «desgracia».
«Si Vladimir Soloviev —escribe el poeta Alexander Blok (1880-1921)— fue el portador y el mensajero del futuro, y personalmente creo que realmente lo fue, lo que explica ese extraño papel que desempeñó en la sociedad rusa y a veces incluso en la sociedad europea, es evidente que estaba poseído por una angustia y una inquietud tales que en cualquier momento podían sumirlo en la locura. Por otra parte, su aparente fragilidad lo predisponía a ello; es casi seguro que un hombre sano, sobrio y equilibrado difícilmente habría soportado esos constantes desequilibrios, esa lucha incesante contra el viento, de pie frente a una ventana abierta de par en par al futuro, pues de inmediato se habría vuelto débil, enfermo o loco». 2
¿Cuál es, pues, ese futuro que vuelve «loco» y que profetiza Soloviev en su relato? ¿O por qué, por decirlo con Kojève, la «visión escatológica» de Soloviev, al tiempo que mostraba que había «abandonado casi todo aquello en lo que había creído durante su vida» , iba a quebrarlo al mismo tiempo de «cansancio» y conducirlo a la muerte? 3
Será difícil hacer comprender a los lectores en pocas palabras este punto, ya que los temas abordados por Soloviev pueden, a primera vista, parecer alejados de nuestras propias consideraciones; y también porque este «relato» es un diálogo crítico con el conjunto de su ricísima filosofía, la cual, en 1900, por lo demás, podía parecerle retrospectivamente como nada más que un simple «prólogo» a su obra futura. 4 Sin embargo, el futuro cabe por completo en un acto que la Humanidad, según Soloviev, ya ha consumado cuando ella misma dio origen al tiempo y a este mundo. 5 Ese futuro es, por así decirlo, también un pasado, a la vez la primera y la última palabra de la Humanidad: el rechazo definitivo que esta ha opuesto y sigue oponiéndole —a pesar de Cristo—, por orgullo y por odio, a Dios. En otras palabras, el «pensamiento cruel» que no ha dejado de animar a Soloviev puede entenderse como la progresiva elucidación de una Humanidad deicida, de una Humanidad que voluntariamente, en su «alma y conciencia», ha decidido prescindir de Dios, realizarse sin Dios, e incluso, finalmente, convertirse ella misma en el único Dios.
Si, de manera totalmente «solovieviana», Kojève podía declarar a su amigo Edmond Ortigues: «Desde hace milenios, la unidad de la historia se ha entendido como el drama de la relación del hombre con la divinidad. […] Es la historia de las desgracias de Sofía», 6 habría que añadir que esta historia de «desgracias» termina, además, con el asesinato de Dios.
La venganza contra la bondad de Dios
Cuando se desarrolla por completo, esto es lo que la historia —según Soloviev— acaba enseñándonos: el hombre actúa con el deseo de vengarse de Dios por el bien que nos ha hecho, no por el mal. La Humanidad quiere convertirse por sí misma en un Dios invertido, es decir, no en el Dios que se entrega en un acto de amor, otorgando a su creación el poder de ser criatura, de ser el otro amado, sino en la divinidad exclusiva que lo reduce todo a sí misma como Uno, en lo que hay que llamar, en un sentido técnico propio de Soloviev, «el odio».
En efecto, si el amor es una relación que mantiene siempre la unión en la alteridad, el verdadero odio no es, por su parte, un simple distanciamiento, una escisión, la de un ser que ignoraría voluntariamente aquello de lo que se aísla, o incluso que mantuviera esa cosa a distancia o al margen, porque esta última, odiada, le haría daño, disminuyendo, por ejemplo, su poder de actuar. El odio, por el contrario, implica una lucha permanente, una relación constante, incluso un cuerpo a cuerpo a cada instante con el ser odiado, hasta su digestión, hasta reducir esa alteridad a una unidad. «Es el amor —escribía Kojève en su última obra inédita— y, cosa curiosa, el odio lo que mantiene, o al menos querría mantener, al ser amado u odiado en su identidad consigo mismo (se tortura a quien se odia más que se le mata)». 7
La observación de Kojève no era del todo acertada. Como había comprendido Soloviev, esta forma de ver las cosas no llevaba su idea hasta el final, ni veía el sentido de esa tortura. Porque, si bien se trata ciertamente de una tortura, que implica una relación permanente con el ser odiado al que sin duda no se querría mantener a distancia ni olvidar, esta tortura, sin embargo, no está destinada a mantenerlo en su identidad eterna de «ser odiado», sino más exactamente a arrancarle pieza a pieza cada pequeño fragmento que lo constituye, a despojarlo de la totalidad de sus bienes, hasta dejarlo desnudo y vacío.
Este odio es, por tanto, una venganza, en el sentido de que se despoja al enemigo de todo lo que le pertenece, desapareciendo en último lugar su vida —y nuestra propia razón de ser—. Se necesita tiempo para llevarlo a cabo y reducir una unión, un cuerpo a cuerpo, a la unidad. Desde esta perspectiva, el tiempo o la historia no es más que el avance de esta lenta absorción, de esta gran venganza consumada. 8
Así se recuperan las lecciones de Dostoievski: el hombre se venga de Dios por haber sido demasiado bueno, por haber dado de forma condescendiente a la Humanidad lo que esta habría querido crear por sí misma; su identidad perfecta conquistada en una historia que le pertenecería solo a ella, sin ninguna providencia, incluso contra toda providencia.
En este sentido particular de la palabra «odio», hay que sostener que el hombre, por el don hecho por Dios, no siente hacia él más que odio. En cuanto al tiempo, no es más que ese largo proceso de deificación de la sola humanidad, que conduce a la «destrucción de la naturaleza» por desvanecimiento de la alteridad o al cumplimiento de un mundo enteramente mecánico e inorgánico, tan cerrado como una piedra.
En Soloviev, la Humanidad —Ser personal situado frente a Dios— ha rechazado, pues, menos el orden de ser Dios que ha rechazado el camino propuesto por Dios, a saber, el amor y el mantenimiento de la alteridad, o incluso entrar en la constitución de Cristo, para formar una Divino-humanidad. El rechazo del Hombre debe entenderse no como una voluntad de convertirse en Sujeto libre al negarse obedecer a Dios, sino, en efecto, de hacer gala de una «libertad terrible» para crearse a sí mismo como Dios sin la ayuda de Dios y, en realidad —como Soloviev comprenderá poco a poco—, queriendo vengarse de Él. El Hombre ha pervertido el orden de convertirse en dios-hombre al soñar con convertirse en hombre-dios.
En su Historia y futuro de la teocracia, sin haber extraído aún perfectamente todas las implicaciones de esta decisión trascendental, Soloviev ya daba cuenta de manera suficientemente contundente de este rechazo del camino divino:
«El fin, la plenitud de la perfección divina o ser como Dios, no solo es en sí mismo el bien supremo, sino que es lo que constituye el destino del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. El pecado consiste en la aspiración del hombre a alcanzar ese fin, que es bueno, por su propio camino y no por el de Dios, a poseer la perfección mediante un acto de su propia voluntad y no mediante la obediencia a los mandamientos de Dios». 9
En su última obra, Soloviev descubre, en realidad, que el verdadero nombre de la Humanidad es el de una inversión: el Anticristo. Le habrá costado, en definitiva, toda una vida comprender que, a partir de ese primer rechazo de la Humanidad, la Historia no culminaba en Cristo o en el amor, sino en el Anticristo o en el odio; no con el Dios-hombre, sino con el Hombre-dios; no con una Naturaleza orgánica unida a Dios gracias al intermediario humano y respetada en su exuberante alteridad, sino con una Naturaleza, enteramente recompuesta y muerta, que en todas partes no ha tomado más que el rostro —metálico— de la única Humanidad.
Soloviev solo admitió al final que «Cristo sufrió crueles persecuciones y fue condenado a muerte porque sus enemigos lo odiaban», 10 y no porque ignoraran el alcance de su acción.
A esta historia está dedicada esta segunda parte, en la que triunfa el Anticristo.
La paz del Anticristo
Peter Thiel, al igual que muchos lectores de Soloviev, quedó impresionado por la «paz» traída por el Anticristo: una paz de la Unidad en la que ya no hay Enemigo, pues ya no hay alteridad, una paz traída por el odio consumado. Esta paz es también la prometida por Sauron en El Señor de los Anillos, otra lectura de Thiel: Sauron se empeña en reducirlo todo a su propia persona, como lo demuestra el hecho de que cada portador del Anillo acaba por no ser más que una parte, sin voluntad propia, del Señor de las Tinieblas.
Para comprender este interés de Thiel, es importante hacer un desvío por la cultura popular estadounidense actual, con la serie Stranger Things. En cierto sentido, una sociedad nos enseña mucho sobre sí misma al exponer los monstruos que le horrorizan.
Entre la galería de monstruos de Stranger Things —monstruos que se nutren todos del mismo motor—, la criatura central de la tercera temporada es quizás la más aterradora: el «flagelador mental», en efecto, pulveriza allí las voluntades humanas, y luego pulveriza los cuerpos independientes que se le enfrentan, antes de servirse de sus carnes desmembradas para crecer y realizarse, recomponiéndolas en su propio cuerpo.
Esta realidad es monstruosa. Pero, en otro sentido, realiza la unidad y la paz, como una cierta forma de divinidad. Cada uno de los cuerpos y voluntades de la ciudad se funde así armoniosamente en un gran Todo para llevar a cabo una obra superior en fuerza, que, si no se le impidiera (katechon), acabaría por alcanzar las dimensiones de todo el planeta y de todos los seres vivos. Los héroes de la serie, que viven en Estados Unidos, no solo luchan contra esta bestia, sino también contra la Unión Soviética, y tal vez contra ellos mismos: la americanización del mundo y la humanización de la naturaleza mediante la técnica, la homogeneización de las mentes y las imaginaciones en una única inteligencia artificial.
Si, pues, la lucha se libra contra algo abiertamente monstruoso —siendo la bestia en cuestión particularmente aterradora—, quizá sea en esa monstruosidad manifiesta donde reside la debilidad de la representación. Para que esta encarnara la imagen del Anticristo, habría sido necesario representarla con los rasgos más seductores, de modo que los individuos se sacrificaran en esta inmensa y tentadora criatura para realizar todo lo que desean: crearse a sí mismos como divinidad, invencible e incomparable, en ausencia de toda alteridad. Al fin y al cabo, quizá en las entrañas de esta inmensa bestia divina nos sintiéramos bien.
Para Soloviev, la figura del Anticristo es menos la de una bestia que la de la Humanidad que por fin ha encontrado su paz:
«Las fuerzas históricas que reinan sobre la masa de la humanidad tendrán que chocar y entremezclarse aún antes de que sobre el cuerpo de esta bestia que se desgarra a sí misma brote una nueva cabeza: el poder unificador mundial del Anticristo». 11
Entre el reducido número de creyentes espiritualistas, se encontraba en aquella época un hombre notable al que muchos calificaban de superhombre.
En su artículo «La idea del superhombre», 12 Soloviev escribe:
«Los hombres, en particular aquellos sensibles a las exigencias comunes del momento actual de la historia, están dominados no por una sola, sino por al menos tres ideas de actualidad, o, si se quiere, de moda: el materialismo económico, el moralismo abstracto y el demonismo del “superhombre”. De estas tres ideas, vinculadas a tres grandes nombres (Karl Marx, León Tolstói, Friedrich Nietzsche), la primera se centra en el presente y su urgencia, la segunda abarca en parte el mañana, la tercera está ligada a lo que sucederá pasado mañana y después. La considero la más interesante de las tres». 13
Soloviev tiene a Nietzsche en gran estima, pero teme su filosofía como precursora del Anticristo. En sus memorias, 14 Biély relata así: «En aquellos días, una gran inquietud crecía en mi alma. Al ver a Soloviev [y al escucharlo leer su «Breve relato sobre el Anticristo»], tenía ganas de decirle algo que no se dice en una mesa de té. Pero ese deseo quedó en simple deseo. En su lugar, empecé a hablarle de Nietzsche y de la relación entre el superhombre y la idea de la divino-humanidad. Respondió poco sobre Nietzsche, pero sus palabras estaban impregnadas de una profunda seriedad. Afirmaba que las ideas de Nietzsche eran lo único que había que tener en cuenta a partir de entonces como un grave peligro que amenazaba la cultura religiosa.»
Estaba alejado tanto de la infancia de la inteligencia como de la del corazón. Sin embargo, aún era joven, pero, gracias a su genio superior, a los 33 años ya se había ganado una reputación impresionante: la de gran pensador, gran escritor y gran actor público. Consciente del poder superior de su espíritu, siempre había sido un espiritualista convencido y su clara inteligencia siempre le había indicado la verdad de lo que hay que creer: el bien, Dios y el Mesías.
En todo eso, él creía, pero en cuanto a amar, solo se amaba a sí mismo. Creía en Dios, pero en lo más profundo de su alma, involuntariamente y sin darse cuenta, se prefería a sí mismo antes que a Él. Creía en el Bien; sin embargo, el Ojo del Eterno, que todo lo ve, sabía que este individuo se inclinaría ante la fuerza del mal siempre que esta lo sedujera, no desviándolo mediante los sentidos o las bajas pasiones, ni siquiera mediante la elevada tentación del poder, sino únicamente mediante un desmesurado amor propio.
Hay que distinguir bien entre lo que es «amor a uno mismo» y lo que es «amor propio». Si el amor a uno mismo no es condenable en la medida en que se trata del instinto natural de supervivencia o del amor que los animales sienten por su propia vida —un amor, por así decirlo, totalmente «materialista»—, no ocurre lo mismo con el «amor propio», que es enteramente una cuestión «espiritual». Así, si por amor a mí mismo decido, en efecto, no prestar atención a una simple mirada de desprecio, a una palabra hiriente, etc., precisamente porque no voy a arriesgarme a sufrir una «herida» por tan poco, en cambio, por «amor propio», puedo enzarzarme en una disputa que acabará costándome la vida.
Por lo demás, ese amor propio no era en él ni un instinto desconsiderado, ni una pretensión descabellada. Además de su genio fuera de lo común, además de su belleza y su nobleza, las muy altas muestras que había dado de su templanza, de su desinterés y de su activa caridad parecían justificar ampliamente el enorme amor propio que poseía este gran espiritualista, este gran asceta y este gran filántropo. ¿Se le podía realmente culpar por haber visto, en esos dones tan abundantemente recibidos de Dios, los signos específicos de Su insigne favor? ¿O por haberse considerado a sí mismo como el segundo después de Dios, Su hijo único en su género?
En una palabra, se reconoció a sí mismo por lo que Cristo era efectivamente. Pero, en realidad, la conciencia de su alta dignidad no se tradujo en una obligación moral hacia Dios y el mundo, sino en un derecho y una preeminencia sobre los demás y, ante todo, sobre el propio Cristo.
Desde el punto de vista ruso, se puede decir que el Anticristo es «egoístamente europeo». De hecho, los pensadores rusos posteriores, en particular los eurasistas, insistirán en la especificidad europea, nefasta a sus ojos, de anteponer el «derecho» a la «obligación» .
Para los pensadores eurasistas rusos, los individuos no son ante todo titulares de derechos, sino que tienen en primer lugar obligaciones; y para cumplir estas obligaciones se les atribuyen derechos que, en última instancia, no son más que medios para realizar las primeras. En otras palabras, no tengo ante todo «derecho al trabajo», tengo ante todo la obligación de «trabajar por el bien de la comunidad», y para que pueda cumplir esta obligación, el Estado debe proporcionarme trabajo: ahí radica mi «derecho» positivo al trabajo. Desde este punto de vista, el «Estado de derecho» se presenta ante estos pensadores como la manifestación del «egoísmo europeo», que olvida que el hombre no es un «imperio dentro de un imperio», sino que se encuentra en una relación perpetua de servicio y ayuda mutua. 15
El joven Kojève tampoco es ajeno a estas cuestiones. En su reseña del libro de Leang K’i-Teh’ao [Chi-Chao Liang], La Conception de la loi et les théories des légistes à la veille des Ts’in (1926), escribe: 16 «Ahora bien, si esta diferencia fundamental entre la concepción china y la occidental y romana de entender el derecho y el Estado tiene motivos para preocupar a Euramérica, en cambio, para Eurasia, la cuestión se plantea de manera totalmente diferente: lo que supone un obstáculo para el acercamiento entre China y Occidente puede resultar ser uno de los fundamentos de un entendimiento mutuo y de una estrecha cooperación entre los pueblos de la «República Celestial» y de la Unión Euroasiática».
Inicialmente, no sentía animadversión hacia Jesús. Reconocía su papel mesiánico y su dignidad, pero, sinceramente, solo veía en Él a su mayor predecesor. La hazaña moral de Cristo y su absoluta singularidad escapaban a su inteligencia, oscurecida por el amor propio.
Razonaba así: «Cristo vino antes que yo; yo aparezco en segundo lugar; pero lo que, en el orden del tiempo, viene después, es lo primero en esencia. Yo vengo el último, al final de la historia, precisamente porque soy el salvador definitivo y perfecto. Ese Cristo es mi precursor. Su misión era preparar y anunciar mi aparición».
Esta tesis clásica de la filosofía de Soloviev implica una comprensión del tiempo como «al revés»: «El hecho de que las formas o los tipos superiores de existencia aparezcan o se revelen después de los inferiores no prueba en absoluto que los primeros sean producidos o creados por estos últimos. El orden de la realidad no es idéntico al orden de las apariencias. Los tipos y estados de existencia superiores, más ricos y positivos, son metafísicamente anteriores a los inferiores, aunque se manifiesten y se revelen después de estos. Esto no niega la evolución; no se puede negar, es un hecho; pero afirmar que la evolución crea las formas superiores a partir de las inferiores, es decir, en definitiva, de la nada, significa sustituir el hecho por un absurdo lógico. La evolución de los tipos inferiores de existencia no puede, por sí misma, crear los tipos superiores, pero produce condiciones materiales o un entorno favorable para que el tipo superior se manifieste o se revele. Así, cada aparición de un nuevo tipo de existencia es, en cierto sentido, una creación nueva: pero no es una creación de la nada; la base material de la aparición del nuevo tipo es el antiguo; el contenido positivo propio del tipo superior no surge de novo, sino que existe desde toda la eternidad. Solo entra, en un momento dado del desarrollo, en otro orden de existencia, el mundo de los fenómenos. Las condiciones de aparición del fenómeno provienen de la evolución natural del mundo material; lo que aparece proviene de Dios». 17
Impulsado por este pensamiento, el gran hombre del siglo XXI aplicará a sí mismo todo lo que dice el Evangelio sobre la segunda venida, interpretando esta llegada no como el regreso del primer Cristo, sino como la sustitución del Cristo preliminar por el Cristo definitivo, es decir, por él mismo.
De manera sorprendente, esto es también lo que afirma Kojève en Sophia, 18 solo que —invirtiendo la filosofía de Soloviev— lo presenta como algo positivo: «Aunque este Sabio aún no se encuentre en el Mundo real, es decir, natural, no por ello deja de ser cierto que la «idea» del Sabio existe en este Mundo desde hace mucho tiempo. De hecho, hace mucho que se «sueña» con verlo aparecer realmente en la tierra, que se «sueña» con verlo «encarnarse». La historia de la humanidad no es otra cosa que la historia de la realización progresiva, a través de la Acción, es decir, del Trabajo y la Lucha, de ese ‘sueño’ de ‘perfección encarnada». Ahora bien, en nuestros días, la gran «Acción» que va a «revelarlo a los pueblos» ya está llegando a su fin. Desde este momento, ya no son solo los escasos «elegidos» de la humanidad guiados por «la estrella polar», sino también cientos de millones de hombres que trabajan y luchan por el Reconocimiento, los que aportan ofrendas a su «reino terrenal». Así pues, se acerca el día en que el último «pequeño demonio» de la incredulidad verá, al desaparecer él mismo, que «no habrá fin» para ese «reino», que ese «hombre-dios» no morirá en el «pilar» de la indiferencia o de la indignación pública, sino en el Reconocimiento universal de su verdadera omnisciencia y real omnipotencia. ¿Todo esto aún no existe? ¡Y qué! Que se cumpla de ahora en adelante lo que el hombre se atrevió a «soñar» para sí mismo, que le suceda lo que —no hace aún tanto tiempo— no se atrevía a atribuir más que a Dios; que se cumpla su sueño de serenidad satisfecha y de satisfacción serena, la del séptimo y último día de la creación, cuando se puede decir —al echar una única mirada a todo lo que se ha hecho— «esto es bueno». Pero —a diferencia de Dios— podremos afirmarlo sin vernos luego obligados a retractarnos y a maldecir la obra de nuestras manos. Por eso, desde ahora, si el hombre quiere saber algo de la Perfección realizada, ya no necesita fijar la mirada en los cielos, puede oír el el avance majestuoso de su llegada prestando un oído atento a la tierra». 19
En este plano, el Hombre venidero presenta aún pocos rasgos verdaderamente originales o característicos. De manera similar se refería a Cristo, en particular, Mahoma. Ahora bien, Mahoma era un hombre justo al que no se le puede acusar de ninguna mala intención.
En este individuo, la preferencia que, por amor propio, se concederá a sí mismo sobre Cristo se justificará además por el siguiente razonamiento: «Cristo, al predicar y encarnar en su vida el bien moral, fue el reformador de la humanidad; yo, estoy llamado a ser el bienhechor de esta humanidad, una humanidad en parte corregida, en parte incorregible. Daré a la gente todo lo que necesite».
Una observación sobre el ruso nos permitirá comprender mejor lo que Soloviev llama «Humanidad». En ruso, čelovečnostʹ indica el carácter propio del hombre en todos los hombres, es decir, «la humanidad» que puede abstraerse de un solo individuo y que puede existir incluso si solo queda un hombre en la tierra, o incluso si ya no hay ningún hombre, pero únicamente como «idea abstracta». Por el contrario, čelovečestvo indica más bien la comunidad efectiva y concreta de todos los hombres que forman un gran conjunto sin excepción.
Esta distinción se puede entender a través de algunos ejemplos en francés, ya que estas diferencias se establecen a veces en nuestra lengua. Así, oponemos «fraternidad» («fraternité») (término abstracto) y la «fratría» («fratrie») (término concreto). Todo el mundo entiende bien que la idea de «fraternidad» no cambia en nada si uno de los «hermanos» muere, mientras que una «fratría» se vería profundamente trastornada. Soloviev critica con frecuencia el pensamiento occidental por saber formar conceptos únicamente en su forma abstracta. 20
«Cristo, como moralista, dividía a los hombres entre el bien y el mal; yo los uniría mediante los bienes que son igualmente necesarios tanto para los buenos como para los malos».
Soloviev utiliza el término blaga, que traducimos como «bienes». La lengua rusa distingue entre lo que es un «bien» espiritual (dobro) y los «bienes» materiales (blaga).
El pensamiento del Anticristo es, por así decirlo, «socialista» o «materialista». Al proporcionar a los hombres «bienes», al darles a todos un bienestar material, todos se volverían buenos, pues si el hombre es malo, es debido a las malas condiciones materiales en las que se desarrolla.
Para Soloviev, que durante mucho tiempo abrazó esta idea, esta forma de ver las cosas aumenta, en definitiva, el mal. «El agua de una misma lluvia vivificante hace crecer a la vez las virtudes benéficas de las plantas medicinales y el veneno de las venenosas. Del mismo modo, un beneficio real aumenta, en definitiva, el bien en el bueno y el mal en el malo. ¿Debemos siempre y sin distinción dar rienda suelta a nuestros buenos sentimientos? ¿Tenemos siquiera derecho a ello? ¿Podemos alabar a los padres que, con una buena regadera, riegan asiduamente las plantas venenosas del jardín por donde pasean sus hijos?». 21
«Seré el verdadero representante del Dios que hace brillar su sol sobre los malvados y sobre los buenos, que hace llover sobre los justos y los injustos. Cristo trajo la espada; yo traeré la paz. Él amenazaba a la tierra con el juicio final; pero el juez supremo seré yo, y mi juicio no será solo el de la justicia, sino también el de la misericordia. Habrá justicia en mi juicio, no una justicia retributiva, sino una justicia distributiva. Distinguiré a cada uno y todos tendrán lo que necesitan».
He aquí un ejemplo típico de «falsificación» denunciada por Soloviev: hacer el mal bajo la apariencia del bien, profesar palabras anticristianas dándoles un aire cristiano. Aquí, el personaje deforma voluntariamente el perdón cristiano, haciéndolo irreconocible, ya que lo convierte en una recompensa, incluso para los malvados.
Y, en esta hermosa disposición de ánimo, lo vemos esperando alguna llamada clara de Dios que le pida trabajar por la nueva salvación de la humanidad. Espera también algún testimonio deslumbrante y asombroso que demuestre que es el hijo mayor, el primogénito, el amado de Dios. Espera, alimentando su identidad con la conciencia que tiene de sus virtudes y de sus dones sobrehumanos; pues, como se ha dicho, es un hombre de moralidad intachable y de un genio fuera de lo común.
Esta observación es particularmente significativa: revela la iniquidad de este «hombre por venir», pues un verdadero cristiano siempre da testimonio de Cristo. 22
El justo orgulloso espera, pues, la sanción suprema para comenzar a obrar por la salvación de la humanidad, pero no espera hasta el final. Ya han pasado 30 años, y aún transcurren tres más, cuando de repente un pensamiento atraviesa su mente y, hasta la médula de los huesos, lo penetra con un escalofrío ardiente: «¿Y si…? … ¿Y si no fuera yo… sino el otro, el galileo…? ¿Y si Él no fuera mi precursor, sino el verdadero, el primero y el último? Pero, en ese caso, debe estar vivo… ¿Dónde está, pues?… Quizás venga a mí… aquí… ahora… ¿Qué le diré? Entonces, como un cristiano idiota y recién llegado, como un simple mujik que murmura sin comprender: “Señor, Jesucristo, ten piedad de mí, pobre pecador”, tendré que inclinarme ante Él. ¡Qué! ¿Extenderme yo, como una gorda polaca, con los brazos en cruz? ¿Yo, este genio luminoso, este superhombre? ¡No, jamás!». Y de inmediato, en lugar del antiguo respeto frío y razonable que sentía por Dios y por Cristo, nacen y crecen en su corazón primero una especie de terror, luego un deseo ardiente de apretar y contraer todo su ser, y finalmente un odio furioso que se apodera de su espíritu. «¡Soy yo, yo y no Él! Ya no está entre los vivos; no está ahí y no estará ahí. ¡No ha resucitado! ¡No, jamás! ¡No ha resucitado! Se ha podrido, se ha podrido en la tumba, se ha podrido como la última de las…». Sus labios echan espuma y, presa de convulsiones, sale disparado de la casa, salta fuera del jardín y, en la noche sorda y negra, corre por un sendero rocoso…
Este es un gran tema de la filosofía cristiana de Soloviev: la resurrección de Cristo es la marca de su divinidad, el signo del triunfo del bien sobre el mal. En las Tres Entrevistas, Soloviev vuelve por última vez sobre esta idea: «En el hombre existe el mal físico, que consiste en que los elementos materiales inferiores del cuerpo se oponen a la fuerza viva y luminosa que los une en la magnífica forma del organismo, se oponen a esa forma y la rompen, destruyendo el fundamento real de todo lo que es superior. Es el mal extremo, que se llama muerte. Y si tuviéramos que admitir que la victoria del mal físico extremo fuera definitiva y absoluta, entonces no podríamos considerar como un éxito serio ninguna de las victorias ilusorias del bien en los ámbitos de la moral individual o de la sociedad. […] Si los verdaderos vencedores resultaran ser los microbios […], entonces ninguna literatura moral podría defendernos contra la desesperación y contra un pesimismo extremo. […] Solo tenemos un apoyo: la resurrección real. Sabemos que la lucha entre el bien y el mal no se libra únicamente en el alma de la sociedad, sino también, más profundamente, en el mundo físico. Y allí, ya sabemos que en el pasado hubo una victoria del principio de vida en una resurrección personal». 23
Su furia se apacigua y da paso a una desesperación seca y pesada como esas rocas, sombría como esta noche. Se detiene al borde de un precipicio escarpado y oye allá, en la lejanía, el ruido confuso de un torrente que rueda contra las rocas. Una angustia insoportable oprime su corazón. De repente, algo se agita en su interior: «¿llamarlo? ¿Preguntarle qué debo hacer?». Y en la oscuridad se le aparece una figura dulce y triste. «Tiene piedad de mí… ¡No, jamás! No ha resucitado, ¡no! ¡No ha resucitado!»
Y se lanza al vacío.
Pero algo elástico, como una columna de agua, lo retiene en el aire. Siente una sacudida como una descarga eléctrica y una fuerza desconocida lo empuja hacia atrás. Por un instante, pierde el conocimiento, y luego vuelve en sí, arrodillado a unos pasos del precipicio. Ante él se perfila una figura bañada por un vaporoso resplandor fosforescente; 24 y de esa forma, dos ojos, de un brillo agudo e insoportable, le traspasan el alma…
Ve esos dos ojos penetrantes y oye —ya sea en su interior o en el exterior— una voz extraña, sorda como ahogada y, sin embargo, clara, metálica, perfectamente desprovista de alma, una especie de fonógrafo, que le dice:
«Hijo mío amado, tienes todo mi apoyo. ¿Por qué no me has buscado? ¿Por qué has honrado al otro, al malvado, y a su padre? Yo soy tu dios y tu padre. Y ese pobre crucificado me es tan ajeno a ti como a mí. No tengo otro hijo que tú. Tú eres el único, el único en tu género y mi igual. Te amo y no te exijo nada. Tal como eres, eres bello, grande, poderoso. Haz tu obra en tu nombre, y no en el mío. No te envidio. Te amo. No necesito nada de ti. El otro, Aquel a quien tomabas por dios, exigía a su hijo obediencia, una obediencia sin límites, que llegaba hasta la muerte en la cruz… y no le ayudó en la cruz. Yo no te exijo nada y te ayudaré. Por ti mismo, por tu propia dignidad, por tu excelencia, y por puro amor desinteresado hacia ti, te ayudaré. Recibe mi espíritu. Así como antaño mi espíritu te engendró en la belleza, así de ahora en adelante te engendra en la fuerza».
Ante estas palabras, los labios del superhombre se entreabrieron a pesar suyo; los dos ojos penetrantes se acercaron mucho a su rostro, y sintió como una oleada helada y punzante que lo penetraba hasta llenar todo su ser. Al instante, experimentó un vigor, una valentía, una ligereza y un gozo inusuales. En ese mismo instante y de forma repentina, la forma luminosa y los dos ojos desaparecieron, mientras algo levantaba a nuestro superhombre por encima del suelo para volver a depositarlo inmediatamente en el jardín, frente a la puerta de su casa.
Al día siguiente, no solo los visitantes del gran hombre, sino incluso sus sirvientes quedaron impresionados por su aspecto singular y como inspirado. Se habrían sorprendido aún más si hubieran podido ver con qué rapidez y facilidad sobrenaturales redactó, encerrado en su estudio, su famosa obra titulada: El camino abierto hacia la paz y la prosperidad universales.
Los libros anteriores y la actividad social del superhombre habían sido objeto de duras críticas. Pero, en su mayoría, procedían de hombres especialmente religiosos, por lo que carecían de autoridad. ¡Hablo de la época del Anticristo!
Según Thiel, quizá siguiendo a Soloviev, el Anticristo vendrá en una época en la que ya nadie se preocupará por el Anticristo.
En resumen, se prestó poca atención a estos hombres cuando sacaban a la luz, en todos los escritos y en todas las palabras del superhombre, los signos de un amor propio exclusivo y de una presunción llevada al extremo, la ausencia de verdadera sencillez, de verdadera rectitud y de corazón.
Pero, con esta nueva obra, he aquí que es capaz de atraer hacia sí a algunos de sus críticos y adversarios de ayer. Este libro, escrito tras el episodio del precipicio, revelará en él un poder de genio hasta entonces desconocido. Será una obra total en la que se reconciliarán todas las contradicciones. En ella se unirán un noble respeto por las tradiciones y los símbolos antiguos con un amplio y audaz radicalismo en materia política y social, una libertad de pensamiento sin límites con una comprensión muy profunda de todo lo místico, un individualismo absoluto unido a una ardiente devoción por el bien común, el idealismo más elevado en cuanto a los principios rectores asociado al pragmatismo más eficaz y preciso en las decisiones cotidianas. Y todo ello estará unido y vinculado por un arte tan genial que cualquier pensador o hombre de acción unilateral podrá abarcar fácilmente el conjunto desde su propio punto de vista, sin tener que sacrificar nada por la verdad misma, sin elevarse realmente por encima de su propio yo, sin de hecho renunciar en nada a su unilateralidad, sin corregir el error de sus opiniones y aspiraciones, ni subsanar su insuficiencia.
Aunque aquí se le caricaturiza, Urs von Balthasar, gran teólogo católico, veía en este arte de escribir la marca del talento de Soloviev: «Hay [en Soloviev] el mismo movimiento universal del pensamiento que en Hegel, pero, en lugar de la “dialéctica” protestante que, al superar sin cesar toda forma finita, llega al Espíritu absoluto, encontramos en Soloviev, como figura fundamental del pensamiento, la integración católica de todos los puntos de vista parciales, de todas las formas parciales de realización, en una Totalidad orgánica, que opera la síntesis conservando mucho más que Hegel y que plantea la encarnación de Dios como el centro permanente, el foco de organización permanente del mundo y de su relación con Dios […]. El arte de Soloviev y su técnica de integración de toda verdad parcial permiten quizás ver en él, en la historia del pensamiento, junto a santo Tomás de Aquino, al mayor artista del orden y de la organización. No hay sistema que no aporte una piedra esencial a su edificio, tras haber sido despojado y vaciado del veneno de sus negaciones. Lo consigue con facilidad, incluso con corrientes de pensamiento totalmente anticristianas, como la gnosis antigua y el materialismo moderno; su poder de integración es tan grande que, en el edificio acabado no hay rastro de compilación o de eclecticismo, del mismo modo que, gracias al arte del compositor y del director de orquesta, todos los instrumentos expresan la armonía para la cual, de acuerdo con la idea que la presidió, habían sido inicialmente distinguidos». 25
Este asombroso libro se traduce inmediatamente a las lenguas de todos los pueblos cultos e incluso de algunas naciones incultas. En todo el mundo, durante todo un año, la publicidad del libro inundará miles de periódicos que también se llenarán de críticas entusiastas. Las ediciones baratas, con retratos del autor, se venderán por millones de ejemplares, y todo el mundo civilizado, es decir, en aquella época, casi todo el globo, se llenará de la gloria de este individuo incomparable, sublime, único.
Pasaje muy significativo: el mundo se convierte en la «gloria» del Anticristo. Una vez más, en relación con el tema tan querido por Soloviev de la alteridad en el amor, nos encontramos ante una desviación particularmente siniestra. Aquí no se trata de amor, sino de reconocimiento (unilateral). El mundo se utiliza como receptáculo o como soporte de uno mismo, es decir, no es más que la ocasión para manifestarse en él. La gloria es entonces la manifestación de uno mismo sobre el otro. Y se puede decir que el mundo adquiere los colores del Anticristo.
Nadie opondrá nada a este libro. Es para todos la revelación de la verdad total. En él se valora todo el pasado con tal equidad, se evalúa todo el presente con tanta imparcialidad y tal amplitud, el mejor futuro, por fin, se acerca al presente de manera tan buena, tan tangible y tan concreta, que cada uno dirá: «Esto es lo que necesitamos; este es el ideal que no es una utopía; este es el designio que no es una quimera». Y el prodigioso escritor no se contentará con cautivar a todo el mundo, sino que será además agradable para cada uno, de modo que se cumpla la palabra de Cristo:
«He venido en nombre de mi Padre y no me acogen; otro vendrá en su propio nombre y a ese sí lo acogerán». Porque, para ser aceptado, hay que ser agradable.
Ciertamente, algunos hombres piadosos, aunque alaben calurosamente este libro, se preguntarán por qué no se menciona a Cristo ni una sola vez. Pero otros cristianos replicarán: «¡Alabado sea Dios! Durante los siglos pasados, todo lo que es santo ha sido bastante manoseado por fanáticos sin vocación; hoy en día, un escritor profundamente religioso debe dar muestras de la mayor circunspección. Y si el contenido de este libro está verdaderamente impregnado del espíritu cristiano de amor activo y benevolencia universal, ¿qué más se necesita?» Y todos estarán de acuerdo.
Poco después de la aparición de La Vía Universal, obra que convirtió a su autor en el hombre más popular que jamás haya existido, debía celebrarse en Berlín la asamblea constituyente internacional de la Unión de Estados Europeos. Fijada tras la serie de guerras exteriores y civiles relacionadas con la liberación de Europa del yugo mongol (que había modificado sensiblemente el mapa de Europa) , la Unión se veía amenazada ya no por el conflicto entre naciones, sino entre partidos políticos y sociales. Los dirigentes de la política europea, pertenecientes a la poderosa hermandad de los masones, sentían que carecían de un poder ejecutivo común. La unidad europea, obtenida con tanto esfuerzo, estaba a punto de desintegrarse en cualquier momento. En el consejo de la Unión (el Comité permanent universel), 26 faltaba la unanimidad, ya que no todos los puestos habían podido ser ocupados por verdaderos iniciados. Los miembros independientes concluían entre ellos acuerdos por separado, y la amenaza de una nueva guerra se hacía cada vez más concreta.
Entonces los «iniciados» decidieron instituir un poder ejecutivo único dotado de las facultades necesarias. El principal candidato fue un miembro no declarado de su orden: «el hombre que vendría». Era la única persona que gozaba de una fama verdaderamente mundial. Artillero de profesión y gran capitalista de fortuna, mantenía en todas partes estrechas relaciones con los círculos financieros y militares. En otros tiempos, menos ilustrados, sus orígenes habrían jugado en su contra, es decir, estar envueltos en las espesas tinieblas de la incertidumbre. Su madre, mujer de costumbres liberales, era conocida en ambos hemisferios, pero demasiados hombres diferentes podían pretender ser su padre. Huelga decir que estas circunstancias no podían significar nada en un siglo tan avanzado que se suponía que iba a ser el último. El hombre del futuro fue elegido casi por unanimidad presidente vitalicio de los Estados Unidos de Europa.
Ahora bien, cuando apareció en la tribuna con todo el esplendor sobrenatural de su juventud, su belleza y su fuerza, y expuso con inspirada elocuencia su programa universal, la asamblea, encantada y entusiasmada, decidió, sin votar, concederle como honor supremo el título de emperador romano. El congreso concluyó en medio de la alegría general. Entonces, el gran elegido redactó un manifiesto que comenzaba así: «¡Pueblos de la Tierra! ¡Es mi paz la que les doy!» y que terminaba con estas palabras: «¡Pueblos de la Tierra! ¡Las promesas se han cumplido! La paz universal y eterna está asegurada. Cualquier intento de derrocarla se encontrará inmediatamente con una resistencia invencible. Porque, en la actualidad, existe en la Tierra un poder central más fuerte que todos los demás, por separado o juntos. Esta potencia invencible, superior a todas las demás, me pertenece a mí, el elegido plenipotenciario de Europa, emperador de todas las fuerzas europeas».
Cabe recordar que estas palabras las escribió un ruso: no resultan en absoluto evidentes para su público y no pueden aceptarse sin cierto rechinar de dientes; tras la muerte de Soloviev, el movimiento eurasista incluso acentuó un fuerte rechazo a la europeización de Rusia.
La pacificación del Anticristo es también una negación de todas las civilizaciones y de su diferencia en beneficio de una Europa todopoderosa (y aplastante), que representa el alfa y el omega de la Historia. Más arriba, en las Tres Entrevistas, el personaje «político» había presentado esta tesis de forma tan clara y extrema que resultaba caricaturesca y algo siniestra para las demás culturas (si sustituimos los términos «Europa» y «europeo» por «América» y «americano», y tal vez se perciba la brutalidad de esta tesis): «Por todas partes se anuncia ahora la era de la paz y de la difusión pacífica de la civilización europea. Todos deben convertirse en europeos. La noción de europeo debe coincidir con la de hombre, y la noción de mundo civilizado europeo con la de humanidad. Ese es el significado de la Historia. Al principio solo hubo europeos griegos, luego europeos romanos, y después aparecieron todos los demás, primero en Occidente, luego también en Oriente; aparecieron los europeos rusos y, al otro lado del océano, los europeos americanos. Ahora, les toca el turno a los europeos turcos, persas, indios, japoneses y tal vez incluso chinos». 27 A los rusos, el personaje solo les concede «un sedimento asiático en lo más profundo del alma».
«El derecho internacional dispone por fin de la sanción que le faltaba. De ahora en adelante, ningún Estado se atreverá a decir: “¡Guerra!”, cuando yo diga: “Paz”. Pueblos de la tierra, la paz es suya».
Este manifiesto surtió el efecto deseado. En todas partes fuera de Europa, especialmente en América, se formaron poderosos partidos imperialistas que obligaron a sus Estados a unirse, en diversas condiciones, a los Estados Unidos de Europa bajo la autoridad suprema del emperador romano. Aún quedaban algunas tribus y reinos independientes en ciertas regiones de Asia y África. El emperador, con un ejército reducido pero de élite —compuesto por regimientos rusos, alemanes, polacos, húngaros y turcos— emprendió una especie de expedición militar desde el este de Asia hasta Marruecos y, sin gran derramamiento de sangre, sometió a todos los rebeldes. En todos los países de ambos continentes, nombró como gobernadores a príncipes indígenas, educados al estilo europeo y leales a su persona. En todos los países paganos, las poblaciones, impresionadas y fascinadas, lo proclamaron dios supremo. En un solo año, se fundó la monarquía universal, en el sentido estricto y preciso del término. Los gérmenes de la guerra son arrancados de raíz. La liga universal de la paz se reúne por última vez y, tras pronunciar un panegírico triunfal al gran pacificador, se disuelve al haberse vuelto innecesaria.
Para el nuevo año de su reinado, el emperador romano de todo el mundo publicó otro manifiesto. «¡Pueblos de la Tierra! Les prometí la paz y se la he dado. Pero la paz solo es bella en la prosperidad. Quien la paz deja amenazado por la miseria no encuentra en ella ninguna alegría. Vengan, pues, a mí, todos los que tienen hambre, los que tienen frío, para que los alimente y los caliente». Llevó entonces a cabo la reforma social sencilla y global, ya esbozada en su libro, y que había seducido a todos los espíritus generosos y serios. Gracias a la concentración en sus manos de las finanzas de todo el mundo y de colosales propiedades inmobiliarias, pudo llevar a cabo la reforma según el deseo de los pobres y sin perjudicar sensiblemente a los ricos. Cada uno recibió según sus capacidades, y cada capacidad según su trabajo y sus méritos.
El nuevo señor de la tierra era ante todo un filántropo compasivo, que no solo era amigo de los hombres, sino también amigo de los animales. Vegetariano él mismo, prohibió la vivisección, instituyó una estricta vigilancia de los mataderos, al tiempo que fomentaba al máximo las sociedades protectoras de animales. Pero más importante que estas medidas concretas fue el establecimiento sólido, en toda la humanidad, de la igualdad más fundamental: ¡la igualdad de la saciedad universal! Esto se logró ya en el segundo año de su reinado. Las cuestiones socioeconómicas quedaron definitivamente resueltas. Sin embargo, si la saciedad es el primer interés de los hambrientos, los que están saciados quieren otra cosa.
Los propios animales, una vez saciados, no solo quieren dormir, sino también jugar. Con mayor razón la humanidad, que siempre ha exigido post panem circenses.
El emperador-superhombre capta lo que su multitud necesita. Es entonces cuando llega a Roma, procedente del Lejano Oriente, un gran taumaturgo, envuelto en una densa nube de extrañas historias y leyendas descabelladas. Según los rumores que circulan entre los neobudistas, sería de origen divino: nacido del dios solar Surya y de una náyade.
Este hacedor de milagros, llamado Apolonio, hombre de un genio innegable, a la vez asiático y europeo, obispo católico in partibus infidelium, reunirá de manera asombrosa tanto el dominio de los descubrimientos más recientes, las aplicaciones técnicas de la ciencia occidental, y el conocimiento y el uso de todo lo que la mística tradicional de Oriente posee de verdaderamente sólido y significativo.
Se tratará de Apolonio de Tiana (16-97 o 98), filósofo neopitagórico semilegendario, contemporáneo de Cristo, taumaturgo y predicador, cuya vida fue escrita por Filóstrato, el sofista de la corte de la emperatriz siria Julia Domna, en la primera mitad del siglo III. El paganismo, al final de la Antigüedad, al oponerse al cristianismo, convertirá a este personaje, capaz de «resucitar a los muertos», en una especie de «santo», rival u oponente de Cristo. Sin embargo, en la breve introducción a su traducción de la Vida de Apolonio de Tiana, Pierre Grimal, en contra de la tradición cristiana invocada aquí por Soloviev, señala: «Se ha escrito mucho sobre las intenciones religiosas de Filóstrato; los apologistas cristianos, desde Eusebio de Cesarea, han supuesto con gusto que la Vida de Apolonio había sido concebida como una respuesta a los Evangelios, y que el sabio pitagórico era contrapuesto a Jesús por el propio Filóstrato. Esto sigue siendo muy improbable. Ningún episodio recuerda de manera indiscutible ninguna página de la vida de Cristo. Toda la biografía espiritual de Apolonio se explica naturalmente por lo que podemos saber del pensamiento religioso pagano en el siglo I d. C.». 28
Los resultados de tal síntesis serán asombrosos. Apolonio logrará, en particular, el arte, mitad científico y mitad mágico, de atraer y dirigir a voluntad la electricidad atmosférica; entre el pueblo, se dirá que hace descender el fuego del cielo. Sin embargo, aunque cautivará la imaginación de las multitudes con prodigios inauditos, no abusará, antes del momento oportuno, de su poder para fines particulares.
Soloviev sigue el hilo de la Apocalipsis según San Juan: «Y vi otra bestia que subía de la tierra [… ]. Ella ejerce todo el poder de la primera bestia delante de ella. Hace que la tierra y sus habitantes se postren ante la primera bestia […]. Realiza grandes prodigios hasta hacer descender fuego del cielo sobre la tierra delante de los hombres. Engaña a los habitantes de la tierra con los prodigios que se le ha dado hacer delante de la bestia» (Apocalipsis XIII: 11-14).
Peter Thiel sugiere también que esta fórmula bíblica encontraría un sentido particularmente concreto en la era tecnológica. En esto se opone a Soloviev o, más exactamente, le reprocha cierta negligencia en su escenario. Para Thiel, es precisamente el temor a la aniquilación nuclear total lo que llevará a los hombres a ponerse bajo la protección de un Estado universal y seguro, presidido por un dictador, el Anticristo, que sofocará todas las libertades y sumirá al mundo en el estancamiento.
He aquí, pues, al hombre que se presentará ante el gran emperador, que se postrará ante él como ante el verdadero hijo de Dios, y que le declarará haber encontrado en los libros secretos de Oriente profecías directas, que anuncian en él —el emperador— al último salvador y juez del universo. Partiendo de ahí, le ofrecerá sus servicios y todo su arte. Seducido, el emperador lo acogerá como un don venido de lo alto y, tras adornarlo con títulos suntuosos, ya no se separará de él.
Así, los pueblos de la Tierra, colmados de beneficios por su señor, recibieron, además de la paz universal y la saciedad universal, la posibilidad de entretenerse constantemente a través de los milagros y prodigios más variados e inesperados. Así debía concluir el tercer año del reinado del superhombre.
Tras haber resuelto tan felizmente la cuestión política y la cuestión social, se planteaba la cuestión religiosa. Fue planteada por el propio emperador y se refería sobre todo al cristianismo. En aquella época, este se encontraba en la siguiente situación: a pesar de una disminución muy notable de sus efectivos (apenas se contaban más de 45 millones de cristianos en toda la superficie del globo), se había recuperado y fortalecido moralmente, ganando así en calidad lo que perdía en número. Aquellos que no estaban vinculados al cristianismo por ningún interés espiritual ya no formaban parte de él. Las diferentes confesiones habían disminuido de manera bastante uniforme, de modo que sus proporciones respectivas seguían siendo más o menos las mismas. En cuanto a sus sentimientos mutuos, sin que la hostilidad hubiera dado paso a una plena reconciliación, se había suavizado notablemente, y las oposiciones habían perdido su dureza. El papado había sido expulsado de Roma hacía mucho tiempo y, tras numerosas andanzas, había encontrado refugio en San Petersburgo, a condición, sin embargo, de abstenerse de toda propaganda en la ciudad y en el país. En Rusia, el papado se había simplificado notablemente. Sin modificar lo esencial de sus colegios y oficios, había tenido que espiritualizar su actividad y reducir al máximo sus fastuosos rituales y ceremonias. Muchas costumbres extrañas y seductoras desaparecieron por sí solas, sin haber sido oficialmente abolidas.
En todos los demás países, sobre todo en América del Norte, la jerarquía católica contaba aún con numerosos representantes dotados de una voluntad firme, una energía incansable y una postura independiente. Estos mantenían, de forma aún más estrecha que antes, la unidad de la Iglesia católica, al tiempo que le permitían conservar su carácter internacional y cosmopolita. En cuanto al protestantismo, a cuya cabeza seguía estando Alemania (sobre todo tras la reunificación de una parte importante de la Iglesia anglicana con la Iglesia católica), se había purificado de sus tendencias extremas y negacionistas, cuyos partidarios se habían sumado abiertamente al indiferentismo religioso y al ateísmo. La Iglesia evangélica ya solo contaba con creyentes sinceros, dirigida por hombres que unían una vasta erudición a una profunda religiosidad y al deseo cada vez más vivo de hacer renacer en ellos el cristianismo auténtico de los primeros cristianos. La ortodoxia rusa, después de que los acontecimientos políticos le hubieran arrebatado su estatus oficial, había perdido ciertamente millones de miembros afiliados nominalmente, pero había experimentado la alegría de unirse a la mejor parte de los Viejos Creyentes e incluso a numerosas sectas de orientación positivamente religiosa. Sin crecer en número, esta Iglesia renovada creció en fuerza espiritual, fuerza que manifestó especialmente en su lucha interna contra la proliferación de sectas extremistas en las que no eran ajenos elementos demoníacos y satánicos.
Se denomina «ortodoxos viejos creyentes» a quienes rechazan, desde 1666, las reformas introducidas en los ritos por el patriarca de Moscú Nikkon (1605-1681) para acercar la Iglesia ortodoxa rusa a la de Constantinopla: este había cambiado, en particular, la señal de la cruz de dos dedos, que simbolizaba la doble naturaleza de Cristo, a tres dedos, símbolo de la Trinidad. El número de ortodoxos de la Vieja Fe se estima hoy entre 1 y 2 millones.
Durante los dos primeros años del nuevo reinado, todos los cristianos, asustados y agotados por la sucesión anterior de revoluciones y guerras, habían acogido al nuevo soberano y sus reformas de paz ora con una espera benévola, a veces con simpatía declarada, e incluso con vivo entusiasmo. Pero, al tercer año, cuando apareció el gran mago, comenzaron a surgir serias inquietudes y antipatías entre numerosos ortodoxos, católicos y protestantes. Los textos evangélicos y apostólicos que mencionaban al «príncipe de este mundo» y al Anticristo fueron releídos con mayor atención y comentados con animación.
Por ciertos indicios, el emperador intuyó la tormenta que se avecinaba y decidió aclarar el asunto lo antes posible. A principios del cuarto año de su reinado, publicó un manifiesto dirigido a todos los verdaderos cristianos de su imperio, sin distinción de confesión, en el que los invitaba a elegir o designar representantes plenipotenciarios para participar en un concilio ecuménico que él presidiría.
La residencia imperial se había trasladado entonces de Roma a Jerusalén. Palestina se había convertido en una región autónoma poblada y administrada principalmente por judíos. Jerusalén, antaño ciudad libre, se había convertido en ciudad imperial. Los Lugares Santos permanecían intactos; pero en toda la vasta explanada del Haram al-Sharif (desde Birket-Israín y los actuales cuarteles, por un lado, hasta la mezquita de Al-Aqsa y las «caballerizas de Salomón», por otro), se alzaba un inmenso edificio que comprendía, además de dos antiguas mezquitas de menor tamaño, un vasto «templo» imperial destinado a la unión de todos los cultos, así como dos lujosos palacios imperiales dotados de bibliotecas, museos y edificios especiales dedicados a los experimentos y las prácticas mágicas.
Fue en este lugar, a medio camino entre templo y palacio, donde debía inaugurarse el concilio el 14 de septiembre. Como el protestantismo no contaba, propiamente hablando, con un clero, los jerarcas católicos y ortodoxos, siguiendo el deseo del emperador de garantizar una cierta homogeneidad en la representación de todas las facciones de la cristiandad, decidieron admitir también a un cierto número de laicos conocidos por su piedad y su dedicación a los intereses de su Iglesia. Una vez admitidos los laicos, resultaba imposible excluir al bajo clero, tanto regular como secular. En consecuencia, el número total de miembros del concilio superó los tres mil, mientras que alrededor de medio millón de peregrinos cristianos acudieron en masa a Jerusalén e inundaron toda Palestina.
Notas al pie
- Vassili Rozanov, Près des murs de l’Église [около церковных стен], San Petersburgo, 1906.
- Alexandre Blok, «Hommage à V. Soloviev» (1920) en Œuvres en prose, trad. Jacques Michaut, Genève, Âge d’Homme, 1974, p. 464.
- Alexandre Kojève, «Esquisse biographique de Soloviev» en Vladimir Soloviev, Principes philosophiques de la connaissance intégrale,Caen, Puc, 2024, p. 275.
- Al menos eso es lo que cuenta Biély (1880-1934) en las hermosas páginas de recuerdos que dedica a Soloviev. «Recuerdo: llegó la primavera de 1900. Vladimir Soloviev parecía particularmente atormentado por la discrepancia que existía entre toda su actividad literaria o filosófica y su deseo de caminar delante de la gente llevando una gran vela egipcia. Le decía a su hermano que su misión no consistía en escribir libros de filosofía, que todo lo que había escrito no era más que un prólogo de su actividad futura. […] Luego nos leyó su Relato sobre el Anticristo. […] Sentí que entre nosotros nacía algo especial. […] Acordamos volver a vernos después del verano. Estaba seguro de que volveríamos a vernos. Pero Soloviev murió. Entonces esa palabra, que quedó entre nosotros para siempre sin expresarse, se convirtió para mí en un lema, al igual que su tumba, iluminada por una lámpara roja, lo fue más tarde». Andrei Biély, «Vladimir Soloviev, souvenirs» en V. Soloviev : pro et contra. La personnalité et l’œuvre de Vladimir Soloviev évaluées par les penseurs et les chercheurs russes, anthologie [Личность и творчество Владимира Соловьева в оценке русских мыслителей и исследователей, Антология], t. 1, San Petersburgo, 2000.
- En relación con este acto, que constituye un «suicidio en pleno corazón», nos remitimos, en particular, a nuestra conferencia «L’être, entre amour et haine chez Soloviev»: Philosophie russe, YouTube, 28 de octubre de 2024.
- Edmond Ortigues, «Pour l’honneur d’Alexandre Kojève», Le Monde, 3 de octubre de 1999.
- Alexandre Kojève, Troisième Introduction au Système du Savoir, manuscrito, fond BnF, f. 449v.
- Este punto se puede comprender fácilmente recurriendo a la literatura francesa y a la gran novela popular sobre la venganza, a saber, El conde de Montecristo. La historia de Dantès es, como es sabido, una historia de venganza. Sin embargo, el odio del personaje no implica que busque olvidar (o incluso simplemente matar) a sus enemigos. Al contrario, quiere arrebatarles, uno a uno, todos sus bienes. En este sentido, la relación de Dantès con Fernand es terrible, ya que acaba despojándolo de su riqueza, de su mujer, de su honor e incluso de su hijo (que reniega de su padre). Al mismo tiempo, al final de la novela, Dantès ya no tiene realmente ninguna razón para vivir. Solo existía en su relación con sus enemigos. Dumas encuentra una salida haciendo que Dantès, una vez consumado su odio, se abra al amor, pero parece que este final sigue siendo un tanto inestable.
- Vladimir Soloviev, Histoire et avenir de la théocratie (1887), prefacio de François Rouleau, trad. Antoine Elens, Roger y François Rouleau, París, Cujas, 2008, p. 43.
- Vladimir Soloviev, Trois entretiens, trad. Bernard Marchadier, Genève, Ad Solem, 2005, p. 53.
- Ibid., p. 17.
- Vladimir Soloviev, «L’Idée de Surhomme», traduicido al francés por Antoine Muller en Jérôme Laurent, Michel Niqueux, Philosophie russe, Métaphysique, culture et religion (dir.), Caen, Cahier de philosophie de l’Université de Caen, 2011, n°48, pp. 187-205.
- Vladimir Soloviev, «L’Idée de Surhomme», op. cit., p. 197.
- Andrei Biély, «Vladimir Soloviev, souvenir», op. cit.
- A este respecto, cabe remitirse a quien Dugin apoda el «Schmitt ruso», es decir, Nikolái Alekseev (1879-1964), quien sin duda conceptualizó esta relación con mayor sutileza, en particular en su artículo «Obligación y derecho» [обязанность и право]. Véase Nikolái Alekseev, El pueblo ruso y el Estado [Русский народ и государство], Moscú, Agraf, 1998, pp. 155-168.
- In Evrazijsaja hronika [crónica euroasiática], n°8, 1927.
- Vladimir Soloviev, La justificación del bien (1897), trad. T.D.M., Ginebra, Slatkine, p. 192. Kojève afirmaba que se trataba de la única «prueba» de la existencia de Dios que resultaba verdaderamente interesante.
- Alexandre Kojève, Sophia, tomo II, próxima publicación en Gallimard.
- Nuestro propio ensayo, La Conscience de Staline, tenía por objeto comprender ese giro radical entre Soloviev y Kojève, en el que este último acepta como auténtico precisamente aquello que al primero le repugnaba. Véase Nicolas Rambert, La Conscience de Staline. Kojève et la philosophie russe, París, Gallimard, 2025.
- Ver su obra principal: Vladimir Soloviev, Critique des principes abstraits, Moscú, 1880.
- Vladimir Soloviev, Trois Entretiens, op. cit., p. 123.
- Sobre la cuestión del testimonio en la tradición cristiana, a partir de la lectura de Juan, véase Emmanuel Cattin, La Venue de la vérité, París, Vrin, 2021, en particular el primer capítulo, «témoin», pp. 7-34.
- Vladimir Soloviev, Trois Entretiens, op. cit., p. 140. Véase también la carta del 2 de agosto de 1894 que escribió a Tolstói para convencerlo de que la resurrección de Cristo no es una cuestión de milagros, sino de razón.
- En nuestro ensayo La Conscience de Staline hemos desarrollado una extensa interpretación sobre el significado de esa «fosforescencia». En general, hemos comentado todo ese pasaje en dicho libro, al que remitimos al lector.
- Hans Urs Von Balthasar, «Soloviev», op. cit., pp. 171-172.
- En francés en el texto.
- Vladimir Soloviev, Trois Entretiens, op. cit., pp. 96-97.
- Pierre Grimal, «Introduction» en Philostrate, Vie d’Apollonios de Tyane, Romans grecs et latin, trad. Pierre Grimal, París, Gallimard, col. «Pléiade», 2000, p. 1028.