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Dubái se presentaba como una especie de Venecia del siglo XXI: una ciudad global atractiva, abierta al futuro, un lugar de encuentro casi utópico en medio de las fracturas de la globalización y ante la extensión de la guerra. ¿Qué queda de ese mito dos semanas después del inicio de esta nueva guerra del Golfo?
Este mito resiste mejor de lo que se habría creído —y eso es en sí mismo un hecho político—.
Teherán había compartido sin duda el prejuicio extendido en Occidente según el cual Dubái no era más que un espejismo, un decorado de cine construido sobre la arena, que se derrumbaría al primer golpe. Irán ha lanzado más misiles y drones contra los Emiratos Árabes Unidos —que no le habían atacado— que contra Israel, su enemigo acérrimo. Apuntando sistemáticamente a objetivos civiles. Probablemente fue un cálculo estratégico: provocar el pánico y demostrar la fragilidad del modelo.
Se ha visto al régimen movilizar el lema «acabar con la idea de Dubái». ¿No ha funcionado?
Por el momento ha ocurrido lo contrario. No ha habido saqueos, ni éxodo masivo, ni escasez. Ya desde el quinto día del ataque, los atascos habían vuelto a las grandes arterias, y las oficinas y los restaurantes estaban llenos. La infraestructura vital —centrales eléctricas, plantas desalinizadoras— ha permanecido intacta. El aeropuerto ha reabierto parcialmente.
En resumen, cuatro muertos y más de un centenar de heridos, según el Ministerio de Defensa. Para un país de 11 millones de habitantes sometido a un bombardeo de 290 misiles y 1550 drones, es notable.
Aunque por el momento no ha habido un éxodo masivo, da la impresión de que quienes tenían los medios ya se han marchado.
El coste de las evacuaciones privadas ha alcanzado, según algunas fuentes, los 250.000 dólares por persona.
Pero para comprender el modelo de Dubái, no hay que limitarse a aquellos a quienes Dubái mima más —los influencers, los crypto bros, los exiliados fiscales—, que fueron los primeros en tener el reflejo de trasladarse.
Hay que fijarse en la complejidad de la sociedad que vive en Dubái. Sólo el 5% de la población residente en la ciudad es ciudadana de los Emiratos. El resto proviene, literalmente, de todo el mundo: pakistaníes codo con codo con indios, rusos con ucranianos, israelíes con libaneses y palestinos. Muchos han nacido o crecido aquí. Entre ellos: médicos sirios, ingenieros filipinos, repartidores bangladesíes que ahorran para enviar dinero a sus familias.
Oí a una camarera ugandesa en un restaurante de City Walk decir: «O se vive en Dubái o se muere en Dubái». Es una frase ingeniosa, sin duda, pero también es la realidad de millones de trabajadores que mantienen a sus familias en sus países de origen gracias a sus salarios dubaitíes y para quienes volver a casa no es una opción económicamente viable.
Dubái a principios del siglo XXI es un poco como Nueva York a principios del siglo XX: una ciudad de oportunidades abierta al mundo entero.
Para comprender el modelo de Dubái, no hay que limitarse a aquellos a quienes Dubái mima más.
YAROSLAV TROFIMOV
Una ciudad sin red de seguridad social, sin ciudadanía accesible, sin elecciones… y, sin embargo, la gente se queda. ¿Cómo lo explica?
Los Emiratos Árabes Unidos ciertamente no son una democracia liberal. Pero Dubái ofrece algo que Occidente rechaza cada vez más: el acceso.
Si eres un profesional ambicioso en un país en desarrollo, tienes pocas posibilidades de obtener rápidamente un visado de trabajo en Europa o en Estados Unidos. Aquí puedes ejercer tu profesión, a menudo con salarios superiores a los de Europa.
Los Emiratos también han comprendido que hay que retener a la gente: el visado dorado —un permiso de residencia de diez años, renovable, concedido a inversores, emprendedores y talentos, no vinculado a un empleador— ha cambiado las reglas del juego. Como me dijo un intelectual emiratí: «Antes, en caso de crisis, algunos se habrían marchado. Hoy, casi nadie piensa en marcharse. Consideran que este es su hogar a largo plazo».
Estamos a dos semanas del inicio de la guerra. ¿Se plantea la cuestión de la eficacia real de la protección estadounidense en los países del Golfo? Se ve claramente que los costes de la defensa son astronómicos y que los riesgos no están a punto de desaparecer. ¿Se trata de un cambio profundo?
Es la cuestión más espinosa para las capitales del Golfo.
El contrato de seguridad con Washington se basaba en una promesa sencilla: a cambio de sus bases, su petróleo y su alineamiento diplomático, los protegemos de la amenaza iraní, al disponer de la capacidad de disuadir a Irán de atacarlos directamente.
Sin embargo, lo que esta guerra ha revelado es inquietante por partida doble.
Por un lado, los muy costosos sistemas de defensa aérea estadounidenses han funcionado: la tasa de interceptación de misiles y drones iraníes ha sido muy elevada y los daños, limitados. Por otro lado, los Emiratos han sido atacados de todos modos. Puerto, hoteles de lujo y el consulado estadounidense en Dubái resultaron afectados. Y lo que es peor: Washington ya habla de salir de esta guerra, mientras que el régimen iraní sigue en pie y ha demostrado su capacidad para bloquear las exportaciones de petróleo y gas natural de los países del Golfo.
La protección estadounidense ha resultado real, pero incompleta —y, sobre todo, poco fiable—. Es este carácter provisional el que siembra la duda. Las monarquías del Golfo comienzan a preguntarse si han sido arrastradas a una guerra que no servía a sus intereses y si pagarán el precio mucho después de que Washington haya pasado página.
¿No se ven tentados los Emiratos Árabes Unidos a aprovechar la ocasión para recuperar las islas de Abu Musa y las de Tunb Grande y Pequeña, ocupadas por Irán desde 1971?
Se trata de una intención oculta del Gobierno emiratí, que no expresa públicamente, pero de la que hablan varios analistas cercanos al Estado.
Estas tres islas del golfo de Omán son una herida nacional emiratí que data de hace más de medio siglo, y su posición estratégica, precisamente a la entrada del estrecho, les confiere un valor militar y simbólico considerable.
Si Irán sale de esta guerra lo suficientemente debilitado, la tentación de reabrir este asunto será fuerte. Pero eso sólo podría hacerse en el marco de una operación terrestre estadounidense en la costa iraní, lo que representaría un riesgo sistémico muy elevado para los Emiratos.
Las monarquías del Golfo comienzan a preguntarse si se han visto arrastradas a una guerra que no servía a sus intereses.
YAROSLAV TROFIMOV
¿Cree realmente que una retirada de Estados Unidos es posible en este momento sin que ello suponga una profunda degradación de su poder?
Es una pregunta que nadie en Washington quiere formular tan crudamente, pero que todo el mundo se plantea en privado. Nadie vería en una retirada sin una victoria decisiva un simple revés táctico: sería la demostración de que el poder estadounidense tiene límites que sus adversarios pueden ahora cartografiar con precisión.
Irán, hasta ahora, ha resistido los ataques más sofisticados del arsenal estadounidense. Ha golpeado objetivos militares estadounidenses sensibles. Sigue controlando el estrecho de Ormuz, lo que tiene consecuencias concretas enormes: el régimen exporta hoy más petróleo que antes de la guerra —lo que beneficia directamente a China.
Si Washington sale de esta guerra con un régimen iraní debilitado, pero aún en pie, un estrecho bajo amenaza permanente y aliados del Golfo que dudan, será un fracaso para Donald Trump. También será una señal sistémica enviada a Pekín, a Moscú y a todos aquellos que observan los límites de la superioridad aérea y naval estadounidense, sin voluntad de llegar hasta el final.
¿Podrían los Estados Unidos encontrarse en la situación paradójica de haber hecho la guerra para debilitar a Irán, pero haberlo reforzado en realidad?
Ese es el riesgo principal, formulado explícitamente por analistas en Washington. Un Irán herido, desafiante, que sigue controlando su capacidad de causar estragos en el estrecho, es potencialmente más peligroso para las monarquías del Golfo, y para Occidente, que el Irán de antes de la guerra.
Teherán ha demostrado ahora al mundo entero su capacidad para perturbar los flujos energéticos mundiales. No es una capacidad que vaya a perder si Estados Unidos se detiene a mitad de camino. Y ha demostrado algo aún más inquietante: su capacidad para atacar con precisión algunos de los objetivos militares estadounidenses más sensibles de la región, en particular los radares de los sistemas de defensa aérea.
¿No cree que la cuestión nuclear está hoy mejor controlada?
No realmente —aunque ese sea el peor de los escenarios—.
Irán sigue poseyendo reservas de uranio enriquecido al 60%, cerca del umbral militar, y enterradas bajo tierra tras los ataques estadounidenses del pasado mes de junio contra la instalación de Fordow. Si el régimen sobrevive, contará con la materia prima, los conocimientos técnicos y una motivación adicional: no volver a encontrarse nunca más en una situación tan vulnerable.
Un experto de la Nuclear Threat Initiative que trabajó en el ámbito nuclear en la Casa Blanca me lo dijo sin rodeos: Estados Unidos no sólo corre el riesgo de dejar al régimen en condiciones de fabricar armas nucleares, sino que acaba dándole nuevas razones para hacerlo.
Un Irán herido, desafiante, que sigue controlando su capacidad de causar estragos en el estrecho, es potencialmente más peligroso para las monarquías del Golfo, y para Occidente, que el Irán de antes de la guerra.
YAROSLAV TROFIMOV
Usted ha realizado recientemente varios reportajes en Asia. ¿Qué interpretan los aliados de Estados Unidos de esta secuencia?
Washington tiene todos los motivos para estar preocupado. Si Estados Unidos se retira sin haber alcanzado sus objetivos, Seúl, Tokio y Taipéi sacarán una conclusión sencilla: en caso de crisis existencial, a Estados Unidos podría faltarle aliento. Esa sería exactamente la señal que Pekín espera para ajustar sus propias ambiciones.
¿Cree que la guerra en Irán beneficia a China hasta ahora?
Sí, de manera muy evidente. China es la gran ganadora de esta situación: sigue abasteciéndose de petróleo iraní mientras Irán bloquea el paso a otros países, observa los límites del poder aéreo estadounidense frente a un actor regional de segundo orden y estudia, en una prueba a gran escala, las tácticas y capacidades militares que Estados Unidos utilizaría en un futuro conflicto en la región indopacífica.
China constata también que Washington ha debilitado la arquitectura de seguridad regional de la que hasta ahora estaba excluida. Esta situación da a Pekín un margen de maniobra mucho mayor para afianzar su propia posición en Oriente Medio y en los países del Sur en general.
Por el momento, el balance es de fracaso. ¿Se alzan voces en las monarquías del Golfo para criticar la intervención de Estados Unidos?
Sí, entre empresarios y analistas. Por el momento, las críticas de los gobiernos no son explícitas.
¿Por qué?
Irán representa una amenaza estratégica y los países del Golfo necesitan sistemas de defensa aérea estadounidenses, como los Patriot o los Thaad, para protegerse de la próxima oleada —una protección que ni China ni Rusia pueden proporcionarles—. Por esta razón, los gobiernos guardan silencio en público. Pero entre bastidores, empieza a plantearse una pregunta: ¿se ha convertido la alianza con Washington más en una carga que en una ventaja?
Un analista del Gulf International Forum resumió la situación sin rodeos: militarmente, Estados Unidos está ganando. Políticamente, no ha conseguido nada en lo que respecta a Irán.
Un investigador bahreiní es aún más directo. Según él, la decisión de entrar en guerra se tomó a toda prisa y sus repercusiones se evaluaron mal: «Estamos atrapados entre dos salidas, cada una peor que la otra. La primera es que el régimen permanezca intacto, y la segunda es el vacío político en Irán. La política de Oriente Medio de la Administración Trump no ha sido meditada, la decisión de librar esta guerra se tomó precipitadamente y sus consecuencias se evaluaron mal».
China sigue abasteciéndose de petróleo iraní mientras Irán bloquea el paso a otros países.
YAROSLAV TROFIMOV
¿Qué imagen le transmiten sus fuentes israelíes?
Los estrategas israelíes pintan un panorama sombrío en privado. A nivel táctico, estiman haber destruido más capacidades iraníes de lo previsto —la asimetría militar y tecnológica en el alto nivel es sin duda aún mayor de lo que se pensaba—. Pero el régimen se mantiene firme. La población iraní no se ha levantado.
Hezbolá ha resultado mucho más eficaz de lo previsto, atacando a Israel con drones y misiles, matando a soldados.
El aeropuerto Ben Gurión tuvo que cerrar bajo el fuego. Y la guerra sale cara. Pero la situación de Israel es muy diferente a la de los países del Golfo. Israel está lejos de Irán y el stock de misiles iraníes de medio alcance capaces de alcanzarlo se está agotando. En cambio, Irán dispone de una enorme cantidad de drones Shahed con los que sigue y puede seguir atacando el Golfo.
Entre los estrategas israelíes circula una frase: «Ganamos la guerra, pero perdemos la región». ¿Cree que refleja la realidad?
Si los países del Golfo siguen bajo la influencia de Teherán al término de esta guerra, es probable que las relaciones entre Israel y países como los Emiratos Árabes Unidos y Baréin se vean afectadas.
¿Cree que se pondrán en tela de juicio los Acuerdos de Abraham?
No necesariamente. No se tratará de una ruptura, sino de un enfriamiento indudable.
Muchas cosas dependen de Trump y de su deseo, más o menos real, de poner fin rápidamente a la guerra con Irán, lo que podría crear un conflicto diplomático con Israel.
Pero, en realidad, el mecanismo que se ha puesto en marcha ya no depende —al menos no fundamentalmente— de Estados Unidos. Retirarse sin haber alcanzado los objetivos estratégicos podría traducirse en una derrota histórica.
¿Podría Putin ser el gran ganador de esta guerra?
La guerra de Trump contra Irán está haciendo realidad todos los sueños de Putin.
Las negociaciones con Ucrania se estancan, las reservas militares occidentales se agotan y la atención se desvía de Ucrania. El petróleo y el gas rusos vuelven a ser indispensables para las economías occidentales, y el cerco de las sanciones se afloja: el Tesoro estadounidense acaba de expedir una licencia general que autoriza a los países a comprar crudo y productos petrolíferos rusos que ya estén en tránsito.