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La guerra en Irán supone un choque estructural para la economía mundial. Se ha prestado mucha atención, con razón, a su efecto directo en el corazón del sistema energético. Se sabe que por el estrecho de Ormuz transitan unos 20 millones de barriles de petróleo al día, es decir, cerca del 20 % del petróleo mundial, de los cuales el 80 % tiene como destino Asia, con China a la cabeza. Desde los primeros días, el gas en Europa se disparó un 50 %, el Brent alrededor de un 12 % y el CAC 40 perdió cerca de un 4,7 %.
En un contexto en el que la inflación parecía por fin remitir, esta crisis reaviva el fantasma de la estanflación: menos crecimiento, más inflación. El FMI prevé ahora un crecimiento mundial más modesto y una inflación más elevada en 2026.
Para comprender el alcance de esta crisis que está reconfigurando el sistema económico mundial, hay que pensar en círculos concéntricos: en el centro tenemos a Irán, cuya economía, ya exangüe, se ve abocada a una economía de guerra. A su alrededor, los países del Golfo, potenciales ganadores en el ámbito petrolero, pero que siguen dependiendo de la protección de seguridad estadounidense. Más allá, tenemos a los socios directos de Irán, entre los que destacan China y Pakistán. A continuación, Europa y Francia, así como Estados Unidos, se enfrentan a una nueva disyuntiva imposible entre poder adquisitivo, inflación, deuda y seguridad. Por último, el anillo financiero se caracteriza por una crisis del crédito privado, una reestructuración de los flujos de capital y un posible fin del reciclaje de los petrodólares en las condiciones que Washington esperaba.
Irán, en el ojo del huracán: una economía de guerra con hiperinflación de fondo
Incluso antes del estallido de la guerra, Irán ya vivía bajo un régimen de crecimiento sofocado por las sanciones, con una inflación crónica y un alto desempleo, especialmente entre los jóvenes.
La entrada en guerra precipitó un nuevo deterioro: la inflación anual alcanzó el 50,6 % a mediados de marzo de 2026, tres puntos más que el mes anterior, según el centro oficial de estadísticas, según informa la agencia Irna.
En los 12 meses que separan febrero de 2025 y marzo de 2026, la inflación media también es del 50,6 %. Esta subida vertiginosa de los precios se suma a varias dinámicas simultáneas.
Por un lado, cabe destacar la desorganización de la producción industrial y los servicios, ligada a los bombardeos, la inseguridad, los cortes de internet y la interrupción de ciertos flujos logísticos. Por otro lado, una mayor presión presupuestaria, entre el esfuerzo militar, el mantenimiento de las subvenciones energéticas internas y la posible erosión de los ingresos fiscales, refuerza aún más estas tensiones. Por último, el riesgo de destrucción duradera de infraestructuras clave (refinerías, terminales, oleoductos) debilita la capacidad exportadora, aunque, a muy corto plazo, la subida de los precios pueda impulsar los ingresos en divisas por los volúmenes que logran salir.
Irán, ya ampliamente aislado de los mercados financieros internacionales, ve cómo su dependencia se concentra en un único socio: China, que se ha convertido en su salvavidas económico mediante compras de petróleo a precios reducidos, a menudo pagadas en yuanes o mediante trueque de mercancías por petróleo. Pero incluso este cordón umbilical se ve debilitado por la guerra: cerca del 45 % de las importaciones petroleras chinas transitan por Ormuz, y una parte significativa del petróleo iraní y del GNL qatarí pasa por este estrecho.
La economía iraní cae así en una especie de statu quo de ruina: el régimen se mantiene mediante la coacción interna, apoyos externos limitados y circuitos paralelos, pero a costa de un empobrecimiento prolongado de la población, una moneda en caída libre y un sistema productivo que se desmorona.
La verdadera singularidad de este conflicto, vista desde lejos, radica ahí: no se trata solo de una crisis petrolera, sino de un choque de regímenes.
Thierry Breton
Los países del Golfo: rentas petroleras y vértigo del riesgo
En el segundo círculo, los países del Golfo son a la vez beneficiarios inmediatos de la subida de los precios del petróleo y rehenes de la inestabilidad regional.
Arabia Saudita es el principal beneficiario automático de un barril más caro: cada subida sostenida de 10 dólares mejora enormemente su balanza por cuenta corriente y le ofrece márgenes adicionales para financiar sus gigantescos proyectos de diversificación, desde Neom hasta las múltiples obras de la Visión 2030. Pero esta renta es un arma de doble filo: Riad sigue siendo vulnerable a los ataques contra sus instalaciones petroleras, que ya han sido blanco de ataques en el pasado, y sufre una intensa presión por parte de Washington para que movilice su capacidad excedentaria al servicio de la estabilización de los precios.
Los Emiratos Árabes Unidos, y en particular Dubái, están expuestos desde una perspectiva diferente: como centro logístico y financiero regional, sufren la volatilidad de los flujos marítimos y de capitales. La perturbación de Ormuz amenaza el papel del Golfo como plataforma de transbordo, mientras que el aumento de las tensiones puede provocar salidas temporales de capitales y de expatriados, especialmente entre una diáspora china estimada en varios cientos de miles de personas. Pero estas mismas tensiones también refuerzan la renta de intermediación de Dubái para el comercio, la logística de desvío y la gestión financiera de las fortunas locales.
Qatar se encuentra en una posición aún más crucial: suministra alrededor del 30 % de las importaciones de GNL de China y representa casi una quinta parte de la oferta mundial de GNL. El anuncio del cierre temporal de la mayor instalación de exportación de GNL del mundo, tras un ataque con drones iraníes —el primero en casi 30 años de funcionamiento — ilustra el riesgo sistémico del conflicto. Cada interrupción encarece el GNL en Europa y Asia, acentuando el efecto inflacionista.
Los productores más pequeños —Kuwait, Baréin, Omán— presentan la misma fragilidad: dependencia de las rutas marítimas, presupuestos estrechamente vinculados a los ingresos del petróleo y exposición al aumento de las primas de riesgo, lo que encarece su endeudamiento y puede retrasar los proyectos de infraestructura.
En conjunto, los países del Golfo se encuentran al frente de unos ingresos excepcionales en escenarios de petróleo caro a largo plazo, pero en un entorno en el que el costo del capital aumenta, la demanda mundial puede ralentizarse y sus decisiones sobre la reinversión de los petrodólares (hacia Estados Unidos u otros polos) adquieren una dimensión profundamente política.
China: primer salvavidas de Teherán, el más expuesto al cierre de Ormuz
China es sin duda el país no beligerante más directamente implicado en este conflicto. Es a la vez el primer socio comercial de Irán, un cliente esencial del GNL qatarí y la potencia que más interés tiene en la seguridad del estrecho de Ormuz: alrededor del 45 % de sus importaciones totales de petróleo transitan por allí.
Es cierto que Pekín se ha adelantado al constituir reservas estratégicas considerables, equivalentes a varios meses de importaciones, lo que le permite soportar un impacto temporal y suavizar los efectos de una subida de los precios. De hecho, a pesar de la guerra, la economía china registró un crecimiento del 5 % en el primer trimestre de 2026, superando las expectativas de los analistas y demostrando una resistencia inesperada ante la subida de los precios de la energía.
Este rendimiento se explica por varios factores.
La dependencia energética de China respecto a Medio Oriente es real, pero sus fuentes de suministro están diversificadas, sobre todo debido a los flujos rusos, que se han intensificado desde 2022. Cabe destacar también su capacidad para negociar precios preferenciales con Moscú y Teherán.
China está aplicando una política activa de constitución de reservas y de gestión pública de los precios, con la clara voluntad de aislar la economía nacional de las perturbaciones externas para mantener el objetivo de crecimiento en torno al 5 % en 2026.
Pero esta apariencia de solidez no debe ocultar una vulnerabilidad estructural: China sigue dependiendo en gran medida de la demanda exterior, y el aumento sostenido de los precios de la energía amenaza sobre todo su rendimiento en materia de exportaciones. Los primeros datos de marzo ya muestran una clara desaceleración del crecimiento de las exportaciones, en un contexto de aumento de los costos del transporte marítimo y de la energía, lo que alimenta las preocupaciones sobre la caída de la demanda mundial.
Entre bastidores, Pekín lleva a cabo un juego de equilibrio. Por un lado, ejerce presión directa sobre Teherán para preservar la libre circulación en Ormuz: los directivos de las empresas gasísticas públicas indican que China ha pedido explícitamente a Irán que no ataque a los petroleros y metaneros, ni a las infraestructuras de Qatar. Por otro lado, busca transformar la crisis en una oportunidad para reforzar el papel del yuan en los intercambios energéticos, impulsando contratos de petróleo y gas denominados en yuanes; y acelerar el desarrollo de corredores terrestres (a través de Rusia, Asia Central y Pakistán) capaces de reducir la dependencia de los estrechos controlados o vigilados por la marina estadounidense.
La pesadilla para Pekín no es tanto un barril a 90 o 100 dólares —que sus reservas y su política industrial pueden soportar— como una destrucción duradera de la demanda en Europa y en los países emergentes, lo que agotaría sus exportaciones y agravaría el exceso de capacidad de su aparato productivo. Esto es lo que lleva a algunos analistas a afirmar que la guerra en Irán plantea una cuestión existencial: «¿Romperá el modelo chino?».
La guerra en Irán comenzó como un conflicto más en Medio Oriente; ahora se perfila como un choque estructural para la economía mundial y un revelador de las fragilidades de la globalización.
Thierry Breton
Pakistán: eslabón frágil y corredor codiciado
Pakistán se encuentra en la encrucijada de varias dinámicas: es un país con una macroeconomía frágil, muy dependiente de las importaciones de energía, expuesto al riesgo de inestabilidad interna y, al mismo tiempo, una pieza potencial de la estrategia de rodeo china.
La esperanza de un gasoducto Irán-Pakistán-China, u otras infraestructuras energéticas transfronterizas, se ve complicada por la guerra, que encarece la factura energética, deteriora los términos de intercambio e intensifica las tensiones políticas internas. Pero, al mismo tiempo, Islamabad puede intentar sacar partido de su posición geográfica presentándose como un corredor alternativo para determinados flujos energéticos o de mercancías chinos, siempre que se garantice la seguridad de su territorio.
En un escenario de conflicto prolongado, Pakistán forma parte de aquellas economías que corren el riesgo de caer en una crisis de balanza de pagos, o incluso de solvencia, si se mantiene la combinación de energía cara, dólar fuerte y restricción del crédito internacional.
Europa: el regreso del fantasma de la estanflación
Europa es víctima de esta crisis, cuando ya se encuentra debilitada: una salida difícil de la crisis energética ligada a la guerra en Ucrania, una desaceleración industrial, una desinflación apenas iniciada y una elevada deuda pública. El conflicto en Irán reabre heridas que empezaban a cicatrizar.
En el frente energético, los impactos son inmediatos. En pocos días, el precio del gas en Europa se ha disparado un 50 %, y el barril de Brent se ha disparado, poniendo fin al periodo de relativa calma de las materias primas que había permitido hacer retroceder la inflación en 2025. Según los análisis de bancos e institutos europeos, un escenario con el petróleo a 100 dólares y el gas a 60 €/MWh podría elevar la inflación media de la zona euro al 2,4 % en 2026, con un pico superior al 3 % en el segundo trimestre, mientras que el crecimiento se reduciría a alrededor del 0,8 %.
El propio BCE ha revisado sus previsiones: sus servicios apuntan ahora a una inflación media del 2,6 % en 2026, frente a la cifra inferior prevista anteriormente, con escenarios desfavorables en los que la inflación podría alcanzar el 3,5 % y, en un escenario severo, el 4,4 % si las perturbaciones en Ormuz son fuertes y duraderas. Al mismo tiempo, el crecimiento del PIB de la zona del euro se ha revisado a la baja hasta el 0,9 % para 2026, lo que equivale prácticamente a un estancamiento.
Los mercados financieros han reflejado este nerviosismo con un repunte de las tasas de interés de unos 30 puntos básicos en los bonos del Estado europeos en el momento álgido del primer episodio de tensión, y con una corrección de los índices bursátiles. Este aumento de las tasas repercute en el costo del crédito privado, justo cuando la inversión productiva y la construcción residencial ya se ven frenadas por la subida de las tasas desde 2022.
La combinación de un crecimiento débil, una inflación que vuelve a repuntar y unas tasas de interés elevadas de forma duradera vuelve a configurar así un panorama de estanflación moderada en Europa: no un colapso, sino una lenta erosión del poder adquisitivo y una parálisis de los márgenes de maniobra presupuestarios.
La guerra en Irán actúa para Europa como un revelador brutal: a pesar de dos años de «estrategia de salida» de la dependencia del gas ruso, la Unión sigue expuesta a cada sobresalto de Medio Oriente.
Thierry Breton
Francia: una factura inmediata de entre 4.000 y 6.000 millones, con un impacto en la deuda
Para Francia, la guerra en Irán no es una abstracción contable. Ya tiene una factura cuantificada, asumida públicamente: el ministro de Economía, Roland Lescure, y el primer ministro, Sébastien Lecornu, han estimado que la crisis ligada al conflicto en Medio Oriente ya le ha costado a Francia al menos 6.000 millones de euros para el año 2026. No se trata de una proyección teórica para todo el año, sino de una constatación ex ante basada en las nuevas condiciones de financiación, el esfuerzo militar y las medidas ya adoptadas.
El componente más pesado, tanto política como presupuestariamente, es el de la deuda. En un contexto en el que Francia prevé pedir prestados unos 310.000 millones de euros en 2026, un nivel nunca alcanzado, cada décima de punto de subida de las tasas se traduce rápidamente en miles de millones. Ahora bien, la crisis iraní ha contribuido a tensar la curva de tasas francesa: en el punto álgido de la crisis, las tasas a largo plazo subieron unos 30 puntos básicos con respecto a la trayectoria prevista, en un entorno ya marcado por la desconfianza hacia las cuentas públicas.
Si aplicamos, aunque sea con cautela, un aumento medio de 0,3 puntos a las nuevas emisiones y al stock que se renueva, obtenemos un sobrecosto anual en la carga de intereses del orden de 3.000 a 4.000 millones de euros. Esto es lo que refleja la cifra de 3.800 millones mencionada por el Ejecutivo: no una suma ya desembolsada íntegramente, sino una estimación, para todo el año, de lo que la subida de las tasas, vinculada en parte a la crisis iraní, le va a costar al Estado francés, si las condiciones financieras se mantienen en este nivel. A modo de recordatorio, Francia ya ha visto aumentar su carga de intereses en 19.000 millones entre 2020 y 2022 debido a la subida de las tasas y a la inflación.
A esto se suma la crisis energética propiamente dicha. La subida del petróleo ya ha hecho que la inflación francesa suba al 1,7 % en marzo, frente al 0,9 % de febrero, mientras que el país se había acostumbrado a una inflación por debajo del 1 % desde el otoño. El INSEE y el Banco de Francia subrayan que este repunte está directamente relacionado con la guerra en Irán: el aumento de los precios de la energía se está extendiendo a los combustibles, al transporte y, progresivamente, a otros bienes.
Esta crisis de precios no es socialmente neutra. Los franceses, ya afectados por la racha inflacionista de 2022-2023, perciben muy claramente esta nueva presión: una encuesta muestra que el 90 % considera que la guerra tendrá un impacto en su poder adquisitivo, el 87 % en el crecimiento, el 81 % en la bolsa y el 80 % en la deuda pública. En la práctica, esto se traduce en precios más altos en las gasolineras, empresas que ven cómo se disparan sus costos de producción e industrias con alto consumo energético —química, fertilizantes, metalurgia— que vuelven a verse atrapadas entre los costos y la competencia internacional.
A estos dos frentes —deuda y energía— se suma un esfuerzo militar nada desdeñable. El presupuesto de Defensa para 2026 alcanza los 57.000 millones de euros, lo que supone un claro aumento, y el costo mensual de la intervención francesa en la región supera los 135 millones de euros, sin contar municiones, con unos 5.000 militares movilizados, fragatas y aviones Rafale cuya actividad supone varias decenas de millones de euros al mes. Este gasto adicional, directamente vinculado al conflicto, viene a gravar unos márgenes presupuestarios ya de por sí ajustados, en un momento en que Francia ya tiene dificultades para contener un elevado déficit público.
El Banco de Francia se muestra prudente: en su escenario central, que supone una resolución relativamente rápida del conflicto y una crisis energética temporal, solo revisa a la baja el crecimiento de 2026, del 1,0 % al 0,9 %, estimando que el impacto sobre la actividad sigue siendo «limitado» en esta fase. Pero este «limitado» es engañoso: oculta una erosión más amplia del poder adquisitivo, un deterioro de la trayectoria de la deuda a través de la carga de intereses y un aumento de la incertidumbre que lastra la inversión.
La factura de 6.000 millones mencionada por Lecornu y Lescure es, por tanto, a la vez prudente e incompleta: prudente, porque aún no tiene en cuenta todos los efectos de segundo orden sobre el crecimiento, el empleo y los ingresos fiscales; incompleta, porque el costo de oportunidad —inversiones aplazadas, proyectos pospuestos, confianza mermada— no se puede cuantificar tan fácilmente. No obstante, ofrece un orden de magnitud: en pocas semanas, la guerra en Irán ya le ha costado a Francia el equivalente a entre 0,15 y 0,25 puntos del PIB, de los cuales casi dos tercios a través del canal de la deuda.
Estados Unidos: potencia energética, vulnerabilidad política y financiera
Estados Unidos afronta este choque geopolítico desde una posición energética muy diferente a la de Europa: se ha convertido en un gran productor y exportador de hidrocarburos, lo que atenúa su vulnerabilidad directa ante las interrupciones del suministro. Pueden movilizar sus reservas estratégicas e incentivar al sector privado para que aumente la producción de petróleo y gas de esquisto con el fin de amortiguar la subida de los precios.
Pero la dimensión política interna es formidable. El aumento de los precios en las gasolineras es uno de los indicadores más sensibles para la opinión pública estadounidense. Una espiral de petróleo más caro/inflación más persistente/presión sobre la Reserva Federal cambia las reglas del juego tanto en la coyuntura económica como en la campaña electoral.
A esto se suma un elemento financiero y geopolítico: la cuestión del reciclaje de los petrodólares del Golfo hacia activos estadounidenses. Desde hace décadas, Estados Unidos se beneficia de un flujo masivo de capitales procedentes de Medio Oriente, en forma de bonos del Tesoro, inversiones directas y activos financieros. Un escenario en el que las promesas de inversión —por valor de varios billones de dólares— no se cumplan o se redirijan hacia otros polos (Asia, BRICS, proyectos nacionales) debilita la posición de Estados Unidos.
Ahora cabe prever para Estados Unidos una menor demanda cautiva de su deuda pública, pero una mayor dependencia del ahorro interno o de otros inversores, así como un mayor margen estratégico para China y otras potencias financieras.
Por tanto, la crisis iraní supone para Washington tanto una prueba de credibilidad estratégica en Medio Oriente como una prueba de resistencia de su hegemonía financiera.
La pesadilla para Pekín no es tanto un barril a 90 o 100 dólares como una destrucción duradera de la demanda en Europa y en los países emergentes: esto agotaría sus exportaciones.
Thierry Breton
La onda de choque financiera: crédito privado, mercados y petrodólares
En el quinto círculo, la guerra se traduce en una crisis de confianza en los mercados financieros. Un informe de investigación señala que un aumento de 10 dólares por barril se traduce, en los países desarrollados, en una reducción de aproximadamente 0,2 puntos del PIB y en una presión alcista sobre las tasas de interés. Tras más de una semana de conflicto, los inversores han empezado a tener en cuenta, ya no solo un incidente petrolero temporal, sino la posibilidad de una crisis duradera en las materias primas, en particular el petróleo y el gas.
Las consecuencias son múltiples. Las tensiones en los mercados de renta fija van acompañadas de un aumento de las tasas soberanas y corporativas. La ampliación de los diferenciales de crédito afecta especialmente a las empresas con alto consumo energético y a los países emergentes, ya de por sí frágiles. También se observa un aumento de los flujos hacia activos refugio (deuda estadounidense, oro), en detrimento de los activos de riesgo. Del mismo modo, cabe prever un endurecimiento duradero de las condiciones de financiación para el crédito privado, sobre todo en los segmentos de alto rendimiento y las PYMES.
Si la situación se prolonga, el riesgo es el de una crisis de crédito compuesta: aumento de los impagos en determinados sectores (transporte, química, siderurgia, aviación), dificultades para que los Estados muy endeudados renueven su deuda a un costo sostenible y aumento del riesgo de crisis de balanza de pagos en varios países emergentes.
A esta dinámica se suma la cuestión central del reciclaje de los petrodólares. Un conflicto prolongado puede incitar a los Estados del Golfo a aumentar sus gastos militares y de seguridad, pero también a reasignar parte de sus fondos soberanos a proyectos nacionales, en lugar de a activos occidentales. También podrían diversificar aún más sus inversiones hacia Asia, especialmente hacia China, en detrimento de Estados Unidos y Europa.
Este movimiento reduciría la capacidad de las economías occidentales para financiar a bajo costo sus déficits públicos y sus inversiones, justo en un momento en que se disparan las necesidades en materia de defensa, transición energética y reindustrialización.
Escenarios prospectivos: cese, tregua, conflicto prolongado
El futuro económico del conflicto iraní no solo se lee en los mapas militares, sino también en tres escenarios macroeconómicos.
En el escenario de un cese rápido de la guerra, con un alto al fuego que se mantenga, los precios del petróleo y del gas volverán a bajar tras el pico inicial; el impacto sobre el crecimiento de los países avanzados seguirá siendo limitado, del orden de 0,2 a 0,3 puntos del PIB; la inflación se estabiliza en la zona del euro en torno al 2 %-2,5 % en 2026, antes de retroceder hacia el objetivo del BCE en 2027. Por su parte, China absorbe el impacto gracias a sus reservas y al apoyo de la demanda interna. Por último, la tensión sobre el crédito privado y los flujos de petrodólares se va disipando progresivamente, aunque el episodio deja huellas en la percepción del riesgo en Medio Oriente.
En el escenario de una tregua de diez días, seguida de una reanudación de las hostilidades, con una alternancia de alto al fuego y ataques, es de prever que los mercados vivan al ritmo de la volatilidad, con episodios de subidas y bajadas bruscas de los precios de la energía. El crecimiento mundial se verá más claramente afectado, con un costo acumulado que podría alcanzar 0,5 puntos del PIB en 2026. En cuanto a la zona del euro, podría registrar una inflación media en torno al 2,4 %, con picos superiores al 3 %, mientras que el crecimiento se estancaría en torno al 0,8 %. En Francia, el INSEE, al incorporar una inflación más elevada (ya del 1,7 % en marzo) y una desaceleración del crecimiento, los consumidores sufrirán un impacto prolongado en su poder adquisitivo. China sufrirá una desaceleración más acusada de sus exportaciones, a pesar de unas cifras de crecimiento aún sólidas a corto plazo. En cuanto al crédito privado, podría encarecerse de forma duradera con un aumento de los impagos en determinados sectores, unos flujos de petrodólares más selectivos y una tendencia creciente hacia Asia.
En el escenario de un conflicto prolongado, con un cierre parcial o recurrente de Ormuz, el petróleo se mantendrá de forma duradera en torno a los 100 dólares o por encima de esta cifra, mientras que el gas europeo se mantendrá en un nivel elevado. La inflación europea puede subir hasta el 3,5 % o incluso el 4,4 % en los escenarios más severos del BCE, mientras que el crecimiento se mantendría en torno al 0,8-0,9 %, con un riesgo puntual de recesión técnica. Existe el riesgo de que Francia entre en una situación de presión sobre el poder adquisitivo, con una inflación anual potencialmente cercana al 2 % en lugar del 1 %, y decisiones presupuestarias más dolorosas en materia de gasto público.
Irán, por su parte, podría hundirse de forma duradera en la hiperinflación (por encima del 50 %), con una moneda en caída libre y una economía de guerra. Si bien los países del Golfo podrían seguir acumulando rentas colosales, sería en un entorno de riesgo extremo, lo que los empujaría a reconfigurar sus alianzas y sus inversiones. China se enfrentaría a una prueba histórica para su modelo exportador, con una demanda mundial debilitada, un exceso de capacidad industrial exacerbado y una mayor presión para reestructurar su economía. En este contexto, Estados Unidos vería reforzado su papel de exportador de energía reforzado, pero a costa de una inflación más persistente y de tensiones en la financiación de sus déficits ante la ausencia de una parte de los petrodólares prometidos.
En el plano financiero, la combinación de alta inflación, bajo crecimiento, elevados costos de financiación y menor reciclaje de los petrodólares abre la puerta a una crisis crediticia segmentada, susceptible de convertirse en sistémica si se produce un choque adicional.
La crisis iraní supone para Washington tanto una prueba de credibilidad estratégica en Medio Oriente como una prueba de resistencia de su hegemonía financiera.
Thierry Breton
¿Qué opciones tiene Europa? De la gestión de crisis al cambio de modelo
La guerra en Irán actúa para Europa como un revelador brutal: a pesar de dos años de «estrategia de salida» de la dependencia del gas ruso, la Unión sigue expuesta a cada sacudida de Medio Oriente. La crisis iraní no es, por tanto, solo una nueva crisis que hay que absorber, sino una prueba política: ¿se contentará Europa con gestionar la emergencia o aprovechará la ocasión para acelerar una reducción estructural de su dependencia de los hidrocarburos importados?
Se perfilan tres conjuntos de opciones.
En primer lugar, convertir la transición energética en un escudo de soberanía y no en un lujo verde. Ya el 19 de marzo, en plena subida de los precios, el Consejo Europeo reafirmó que la transición seguía siendo «la estrategia más eficaz» para ganar en autonomía y reducir de forma sostenible la factura del petróleo y el gas. Varios análisis coinciden: electrificar el 50 % de la economía europea permitiría reducir a la mitad las importaciones de petróleo de aquí a 2040, reduciendo en la misma medida la exposición a las crisis geopolíticas en Medio Oriente.
En la práctica, esto implica asumir y no retrasar, las decisiones ya identificadas.
La primera es acelerar el despliegue de las energías renovables (eólica, solar, redes), con trayectorias cuantificadas; por ejemplo, Francia se propone pasar de 30,2 GW de energía solar a finales de 2025 a 48 GW en 2030, lo que supone casi duplicar el ritmo de instalación anual.
Se trata, además, de apoyar masivamente la electrificación de los usos: vehículos eléctricos, bombas de calor, industria electrificada.
También tendremos que corregir las distorsiones fiscales que alimentan la dependencia: a escala europea, el gas sigue estando gravado a la mitad que la electricidad, lo que desalienta el cambio a la electricidad.
A muy corto plazo, los Estados miembros no pueden limitarse a discursos estructurales con vistas a salir de la crisis. Deben proteger el poder adquisitivo y el tejido productivo, sin repetir los errores de 2022.
Según un informe publicado por el Instituto Jacques Delors, 22 de los 27 Estados miembros ya han adoptado más de 120 medidas para frenar los efectos de la crisis iraní, con un coste presupuestario de unos 9.200 millones de euros, a los que se suman 13.000 millones de sobrecosto en las importaciones de combustibles fósiles. Se trata de ayudas específicas a los hogares y las empresas, de reducciones temporales de los impuestos sobre la energía o de mecanismos de apoyo a los sectores más expuestos.
La Comisión Europea ha presentado un conjunto de medidas para mitigar el impacto de la guerra.
Aboga por una reducción selectiva de los impuestos sobre la electricidad, con el fin de abaratar la electricidad frente a los combustibles fósiles.
Una coordinación del reabastecimiento de las reservas de gas, con el objetivo de alcanzar al menos un 80 % de llenado antes del invierno, frente al 30 % actual, permitirá evitar la carrera desordenada por las compras que alimenta la especulación.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha hecho un llamado a «acelerar la transición hacia energías limpias producidas localmente», insistiendo en el vínculo entre las energías limpias, la independencia y la resiliencia ante las tormentas geopolíticas.
Se trata de asumir que la seguridad energética es también una cuestión de defensa e infraestructuras críticas. La guerra en Irán no solo plantea la cuestión del precio de la energía, sino también la de la seguridad física de las infraestructuras: estrechos, terminales de GNL, gasoductos, cables submarinos.
Para la Unión, esto significa que la seguridad energética debe concebirse como una misión de seguridad y defensa europea: patrullas navales, protección de los gasoductos, ciberseguridad de las redes eléctricas. Los proyectos de diversificación (Noruega, Argelia, Mediterráneo oriental, GNL estadounidense) no pueden considerarse únicamente desde un punto de vista económico, sino también en términos de vulnerabilidad física: rutas marítimas, redundancias, capacidades de emergencia.
Desde 2025, la Unión se ha fijado objetivos de diversificación de las fuentes precisamente para salir de la dependencia de Rusia; hoy, la misma lógica debe aplicarse a la dependencia del petróleo y el gas del Golfo, aprendiendo de la lección del cierre de Ormuz y los ataques a Ras Laffan.
En una nota reciente, el Instituto Jacques Delors se refiere a la guerra en Irán como el «choque eléctrico tan esperado» para la transición energética europea. Las cifras muestran que el costo de la inacción es también colosal: ya se han adoptado medidas de emergencia por valor de 9.200 millones de euros y se han registrado 13.000 millones de euros de sobrecosto en las importaciones de combustibles fósiles en unas pocas semanas de guerra; una inflación que vuelve a subir hacia el 2,4–3,5 % en la zona euro según los escenarios; un crecimiento que se desliza hacia el 0,8–0,9 %; tasas más altas que encarecen la deuda.
Ante esto, las opciones que se le presentan a Europa son claras: o bien aplicar parches a cada crisis energética, a costa de una lenta erosión del poder adquisitivo y un auge de los populismos; o bien reconstruir su seguridad energética como un pilar de la soberanía, asumiendo un ciclo de inversiones masivas en la transición, la defensa de las infraestructuras y la diversificación.
La economía iraní ha caído en una especie de statu quo de ruina: el régimen se mantiene mediante la coacción interna, apoyos externos limitados y circuitos paralelos.
Thierry Breton
Conclusión — La guerra en Irán, la factura oculta del mundo
La guerra en Irán comenzó como un conflicto más en Medio Oriente; ahora se impone como un choque estructural para la economía mundial y un revelador de las fragilidades de la globalización.
No se mide solo en dólares del petróleo o en puntos del PIB, sino en modelos económicos trastornados, en deudas más onerosas, en mayor pobreza y en equilibrios políticos debilitados.
En el centro, Irán concentra la versión más brutal de esta factura. La economía ya estaba estrangulada por las sanciones; la guerra la ha sumido en una auténtica hiperinflación, con precios que suben más del 50 % al año, una moneda que se desmorona, infraestructuras energéticas directamente amenazadas y una producción industrial desorganizada.
Este país ya no gestiona un ciclo económico, sino que se mueve en una lógica de economía de asedio, donde la prioridad es sobrevivir —cueste lo que cueste— gracias a la represión interna, a algunos apoyos externos y a circuitos paralelos. El salvavidas chino (petróleo a precios reducidos pagado en yuanes, trueque de mercancías por petróleo) le evita la asfixia total, pero a costa de una mayor dependencia y de un margen de maniobra prácticamente nulo. La guerra, aquí, se traduce en años de desarrollo perdidos.
En el segundo círculo, las monarquías del Golfo encarnan la renta ambivalente de este conflicto.
Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos ven cómo sus ingresos se disparan a medida que sube el precio del barril y se encarece el GNL. Pero esta renta es una trampa: cuanto más altos son los precios, más se convierten las infraestructuras en objetivos, más se disparan las primas de riesgo y más costoso resulta financiar los proyectos emblemáticos de las visiones 2030 y las estrategias de diversificación. La cuestión central pasa a ser: ¿qué hacer con estos petrodólares? ¿Seguir alimentando el ciclo tradicional —compra de deuda estadounidense, inversiones en Londres, inversiones en Estados Unidos— o reorientarlos en mayor medida hacia Asia, China, los BRICS y hacia proyectos nacionales de seguridad y resiliencia? Detrás del petróleo caro, se está redefiniendo la geografía de los capitales.
El tercer círculo es el de los socios directos de Irán, entre los que destacan China y Pakistán.
Pekín es a la vez el principal cliente de Teherán, un actor clave del GNL qatarí y el país cuyas importaciones de petróleo transitan en casi la mitad por Ormuz. Ha preparado el golpe de efecto llenando sus reservas estratégicas y diversificando sus suministros, en particular hacia Rusia. Aún registra un crecimiento del 5 % en el primer trimestre de 2026, pero esta aparente resiliencia no debe hacer olvidar lo esencial: China sigue siendo extremadamente dependiente de la demanda exterior. Si la guerra merma de forma duradera el poder adquisitivo en Europa, América y los países emergentes, serán sus exportaciones las que se vean directamente afectadas, en un aparato industrial ya marcado por el exceso de capacidad.
Paralelamente, Pekín intenta transformar el choque en una oportunidad geopolítica: presión sobre Teherán para proteger la libertad de navegación y las instalaciones qataríes, promoción acelerada del yuan-petróleo, inversión en corredores terrestres (a través de Rusia, Asia Central y Pakistán) para reducir la vulnerabilidad frente a los estrechos controlados por las flotas occidentales. Pero la paradoja persiste: China aparece a la vez como el bombero (que compra, estabiliza y asegura sus rutas) y como el gran dependiente de un sistema mundial cuya estabilidad energético-financiera ya no está garantizada.
Pakistán ilustra la cara oscura de este tercer círculo: economía frágil, dependiente de las importaciones de energía, finanzas públicas bajo presión, tensiones políticas internas. Para él, la guerra en Irán supone a la vez la perspectiva de convertirse en un corredor codiciado por China y el riesgo de hundirse en una crisis de balanza de pagos, bajo el efecto acumulativo de la energía cara, la restricción crediticia y la fortaleza del dólar. También en este caso, la factura no es un simple agregado macroeconómico, sino una amenaza de desestabilización global.
En el cuarto círculo, el de las economías avanzadas, la guerra actúa como un revelador de vulnerabilidades ya conocidas. Europa acaba de salir de la crisis energética relacionada con Ucrania, y ya se ve sumida de nuevo en una crisis del petróleo y el gas procedente de Ormuz. En pocos días, el gas europeo se dispara un 50 %, el Brent se dispara, la inflación, que por fin parecía controlada, vuelve a subir, y el BCE revisa al alza sus previsiones. La zona euro se encamina hacia una combinación tóxica: inflación del 2,5 %-3 %, crecimiento en torno al 0,8 %-0,9 % y tasas de interés más altas. Es la definición misma de una estanflación moderada: sin crisis espectaculares, pero con una erosión continua del poder adquisitivo, una inversión frenada y unas finanzas públicas tensas.
Francia, en este panorama, es un caso de libro. En el plano social, el repunte de la inflación al 1,7 % en marzo, tras meses por debajo del 1 %, reaviva inmediatamente el recuerdo de 2022-2023: subida de los precios en las gasolineras, costos de transporte, factura energética de las empresas y, en última instancia, tensiones salariales. En el plano presupuestario, el gobierno ya reconoce un costo de al menos 6.000 millones de euros en 2026, de los cuales 3.800 millones corresponden solo a la carga de intereses, debido a los 310.000 millones de euros que habrá que pedir prestados este año a tasas más elevadas, más de 1.000 millones para el esfuerzo militar en la región, y una multitud de medidas para amortiguar el impacto sobre los hogares y las empresas. En otras palabras: en pocas semanas, la guerra en Irán ya se ha comido el equivalente a entre 0,15 y 0,25 puntos del PIB francés. Y esto es solo el principio.
Estados Unidos, por su parte, cuenta con la ventaja de su relativa independencia energética: produce y exporta petróleo y gas, puede recurrir a sus reservas y ajustar su producción. Pero el impacto financiero y presupuestario no por ello es menos real. El costo de las operaciones militares ya asciende a decenas de miles de millones de dólares y aumenta cada día. El impacto en los precios en las gasolineras alimenta tensiones políticas y ejerce presión sobre la Reserva Federal, que debe arbitrar entre la lucha contra la inflación y el apoyo a la actividad económica. Sobre todo, la guerra pone en tela de juicio, en el fondo, la maquinaria financiera estadounidense: ¿qué será de un sistema basado en la absorción de petrodólares si las grandes monarquías del Golfo diversifican aún más hacia otras zonas, bajo el efecto de las tensiones con Washington y el auge de China?
En un contexto en el que la inflación parecía por fin remitir, el impacto iraní reaviva el espectro de la estanflación.
Thierry Breton
Queda el quinto círculo, el de la factura global. Ningún organismo ha publicado aún un «costo total» de la guerra en Irán para el mundo, pero las cifras que circulan dan una idea de su magnitud.
Se sabe que los países árabes han perdido entre 186.000 y 190.000 millones de dólares en un mes, es decir, alrededor del 6 % de su PIB, en concepto de destrucción, pérdidas de actividad y impacto en la inversión. Estados Unidos ya ha gastado cerca de 28.000 millones de dólares en costos militares directos. Francia asume al menos 6.000 millones de euros de costo para sus finanzas públicas. La Unión Europea ha destinado más de 9.000 millones de euros a medidas de emergencia y ha soportado 13.000 millones de euros de sobrecosto en importaciones de combustibles fósiles en pocas semanas. A nivel macroeconómico, el aumento sostenido de los precios de la energía podría reducir entre 0,2 y 0,3 puntos el crecimiento mundial en 2026, lo que supone entre 200.000 y 300.000 millones de dólares menos de riqueza.
Aunque no sumemos cada partida al céntimo, una conclusión se impone: en unos meses, la guerra en Irán habrá costado al planeta al menos varios cientos de miles de millones de dólares, una factura mínima que podría acercarse, en un escenario de conflicto prolongado, al 1 billón de dólares acumulado, si sumamos las pérdidas regionales, los gastos militares, el crecimiento perdido y los efectos secundarios sobre la deuda, el crédito y la inversión.
Y, sin embargo, este cálculo financiero no lo dice todo. Más allá de las cifras, hay otra factura, aún más pesada: la factura humana y social. El PNUD estima que el conflicto podría destruir cerca de 3,7 millones de puestos de trabajo en la región árabe y empujar a 4 millones de personas más a la pobreza. Se trata de trayectorias de vida truncadas, sistemas de salud saturados, Estados ya frágiles empujados al borde de la quiebra o la desintegración. Una vez más, la guerra en Irán no solo supone un costo: debilita de forma duradera a sociedades en las que la explosión social está al alcance de la mano.
La verdadera singularidad de este conflicto, vista desde lejos, está ahí: no se trata solo de una crisis del petróleo, sino de un choque de regímenes. Pone a prueba la capacidad de Irán para mantenerse en una economía de guerra perpetua; la capacidad de las monarquías del Golfo para conciliar rentas, seguridad y diversificación; la capacidad de China para adaptar su modelo exportador a un mundo inestable y fragmentado; la capacidad de Europa para transformar la transición energética en un escudo de soberanía en lugar de en un lujo verde, y la capacidad de Estados Unidos para seguir financiando su poder en un mundo donde los flujos de capital se vuelven más inciertos.
Cuanto más pasan las semanas, más se desplaza la factura: del barril a la balanza de pagos, de la balanza de pagos a la deuda pública, de la deuda a la cohesión social, de la cohesión social a la estabilidad política. La pregunta que se plantea cada uno ya no es solo: «¿cuánto nos ha costado?», sino «¿qué modelo económico y político seguirá siendo sostenible tras este choque?».
Desde este punto de vista, la guerra en Irán no es solo un costo que hay que absorber; es un momento de la verdad. Para Irán, para el Golfo, para China, para Europa, para Estados Unidos, obliga a elegir entre la ilusión de volver al statu quo ante y decisiones estructurales: asegurar los recursos, diversificar las dependencias, invertir en resiliencia en lugar de en parches.
El día en que las armas callen, la factura seguirá llegando: en forma de intereses de la deuda, de crecimiento perdido, de desigualdades agravadas, de inestabilidad política. La única pregunta real será entonces quién habrá aprovechado este choque para transformarse y quién simplemente lo habrá sufrido.