1 — 2026: ¿año de la sumisión o de la soberanía europea?

Si bien las primeras líneas estratégicas de la administración Trump II se pudieron observar desde principios de 2025 —el discurso del vicepresidente JD Vance en la conferencia de seguridad de Múnich cambió especialmente la percepción europea—, la nueva estrategia de seguridad de Estados Unidos, publicada a principios de diciembre de 2025, ha formalizado ahora esta orientación como marco rector duradero de la política exterior de Trump.

Ciertamente, queda por ver hasta qué punto se aplicará esta estrategia, sabiendo que este tipo de documentos suelen servir más como herramientas de comunicación que como verdaderos planes políticos.

En cualquier caso, el tono abiertamente hostil adoptado por Washington hacia la Unión Europea como proyecto político impone una profunda reevaluación estratégica de la relación transatlántica.

Mientras Washington emplea palabras tan duras contra la Unión, y algunos trabajan internamente para desmantelarla, los europeos deben hacer frente a un mundo en el que Estados Unidos podría convertirse en un socio difícil —o simplemente dejar de serlo—.

Este cambio estratégico representará el mayor desafío para la defensa y la estrategia europeas en 2026 y también podría generar profundos cambios en el lado europeo.

La cuestión clave es hasta qué punto los europeos estarán dispuestos a tomar decisiones en favor de sus propios intereses si estas van en contra de la dirección deseada por Washington. Más concretamente, tendrán que determinar si están dispuestos a asumir el coste político, financiero y diplomático de un verdadero reajuste estratégico.

Del mismo modo, los europeos deben desarrollar estrategias para responder a la coacción de Estados Unidos. Los planes de adquisición que deberían ponerse en marcha en 2026 ya pueden dar una idea de cómo la defensa europea podría, en los próximos años, desarrollarse en el continente o seguir dependiendo de Estados Unidos.

La autonomía europea podría ser efímera en este sentido, ya que la Administración Trump ha descubierto que las garantías de seguridad estadounidenses constituyen una poderosa herramienta de presión sobre sus aliados, especialmente en el ámbito nuclear.

Mientras que Estados Unidos podría abandonar a sus socios, el debate europeo sobre la disuasión nuclear franco-británica en Europa podría experimentar una especie de renacimiento.

El año 2026 podría marcar el inicio de una década en la que los países europeos tendrán que elegir entre la resignación estratégica y la construcción activa de una soberanía de defensa creíble, idealmente de forma coordinada.

2 — La Europa militar: ¿cuál podría ser el marco para las futuras operaciones?

Mientras se perfila un mundo en el que los europeos tendrán que asumir más responsabilidades por su propia seguridad, el posible recurso a la fuerza militar se define de nuevo.

En el contexto de las negociaciones sobre el futuro de Ucrania, algunos países europeos —en el marco de una coalición de países voluntarios y capaces— han propuesto desplegar una fuerza multinacional para contribuir a la seguridad de Ucrania.

Si bien las condiciones para dicho despliegue aún no están claras y podrían definirse posteriormente en función de la naturaleza de un posible acuerdo de paz, este modo de cooperación militar flexible permitiría a los países europeos y no europeos gestionar una crisis militar de manera puramente intergubernamental: sólo participarían los países voluntarios y capaces, sin estar regidos por una estructura o un marco multinacional, como es el caso de las misiones de la ONU o de la Unión.

Este enfoque permitiría una gestión de crisis cuyo éxito no estaría determinado por una toma de decisiones eficaz en el marco de los procedimientos institucionales.

No obstante, esta toma de decisiones al margen de las instituciones no significa que los Estados participantes pudieran desvincularse completamente de ellas: deberían tener en cuenta las decisiones adoptadas en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, las resoluciones aprobadas en la Asamblea General de la ONU o los debates sobre el futuro de Ucrania en el seno de la Unión.

Surgiría una nueva articulación política, en una forma inédita.

Más allá de esta dimensión, el otro acontecimiento a seguir en 2026 es la capacidad de la Unión Europea para organizar operaciones militares.

Uno de los pilares de la brújula estratégica —el documento clave para la estrategia de defensa europea adoptado en 2022— se refiere al refuerzo de las capacidades de gestión de crisis.

A tal efecto, la Unión ha creado una «capacidad de despliegue rápido», una fuerza europea compuesta por 5.000 soldados que puede desplegarse para labores de estabilización, rescate y evacuación, asistencia humanitaria y socorro en caso de catástrofe, mantenimiento de la paz, prevención de conflictos y refuerzo de capacidades.

Operativa desde 2025, está controlada y dirigida preferentemente por la Capacidad Militar de Planificación y Dirección de la Unión, lo que la convierte en una auténtica «fuerza europea». Si bien las decisiones relativas a su despliegue se toman por unanimidad —lo que implica que la decisión política seguirá correspondiendo a los Estados miembros—, será interesante observar cómo se integra este nuevo instrumento en el conjunto de formatos de cooperación militar europea y si los europeos han aprendido todas las lecciones del fracaso de los Grupos Tácticos, creados en 1999 pero nunca utilizados.

Por lo tanto, será fundamental definir las expectativas que se pueden tener con respecto a esta fuerza. Hasta ahora, las misiones de la Unión se han limitado a la estabilización o al entrenamiento, mientras que las operaciones de combate intenso se han llevado a cabo más bien en un marco intergubernamental ad hoc, como, por ejemplo, la intervención militar europea en el Sahel.

3 — Entre la Unión y el Reino Unido, un acercamiento difícil

Tras las elecciones generales británicas que llevaron a Keir Starmer al cargo de primer ministro, el año 2025 relanzó la cooperación en materia de seguridad y defensa entre el Reino Unido y sus socios europeos.

Desde el comienzo de su mandato, el Gobierno laborista ha realizado importantes esfuerzos para mejorar las relaciones con los Estados miembros en un marco bilateral —como lo demuestran el acuerdo Trinity House celebrado con Alemania o el tratado bilateral firmado con Polonia—, pero también ha trabajado para reforzar la relación entre Londres y la Unión Europea.

Como muestra de esta renovación, la cumbre de mayo de 2025 fue considerada en gran medida como un «reinicio» (reset) de la relación entre la Unión y el Reino Unido.

Sin embargo, la asociación en materia de seguridad y defensa firmada en esa ocasión sigue siendo en gran medida simbólica.

En términos más generales, si bien la cumbre ha permitido iniciar un verdadero acercamiento al superar algunos obstáculos políticos heredados del Brexit, los avances registrados siguen siendo muy limitados.

En particular, la cuestión de la cooperación en materia de industria de defensa sigue suscitando desacuerdos entre la Unión y el Reino Unido, y los últimos intentos de llegar a un acuerdo sobre la participación británica en el nuevo instrumento SAFE —programa de la Unión destinado a financiar proyectos europeos de armamento— han fracasado.

Para cualquier acercamiento a la Unión Europea, el Gobierno laborista en el poder en Londres debe conciliar la necesidad de trabajar en estrecha colaboración con los países europeos con su dependencia de los Estados Unidos, ya sea en materia de disuasión o de industria de defensa.

Sin embargo, aunque la Unión y el Reino se enfrentan a la amenaza común de una retirada de Estados Unidos y de acciones unilaterales por parte de la administración Trump, que podrían definir en gran medida el entorno de seguridad en el continente europeo, una desconexión total entre Londres y Washington parece poco realista.

El año 2026 será, por tanto, una prueba de fuerza: en los próximos meses veremos si Londres y Bruselas están dispuestos a pasar página al Brexit para formular una visión común de una Europa de la defensa, incluyendo el refuerzo de la contribución europea a la OTAN y el estudio de otros formatos de coordinación.

Pero la situación actual da motivos para dudar.

4 — Una estrategia rusa para una Europa fuera de la OTAN

Desde la creación de la Alianza Atlántica, esta institución ha estructurado de forma centralizada las relaciones entre Europa y Moscú.

Así, toda estrategia europea hacia Rusia se ha convertido en una estrategia transatlántica, ampliamente influida por las prioridades del momento en Washington.

El marco de esta relación era claro: situaba a Estados Unidos y Europa por un lado, y a Rusia por el otro.

Aunque en la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) prevalecía una lógica de seguridad más cooperativa, los europeos rara vez se preguntaban si los estadounidenses dejarían algún día de jugar en su bando; a cambio, Estados Unidos socavó cualquier voluntad o intento de emancipación estratégica europea, siendo la doctrina Albright de los años noventa el mejor ejemplo de ello.

Desde hace un año, el giro ruso de la administración Trump está cambiando profundamente esta situación.

Las negociaciones directas entre Washington y Moscú sobre un posible acuerdo de paz en Ucrania, la humillación del presidente ucraniano Volodímir Zelenski en la Casa Blanca y el «plan de paz» de 28 puntos presentado por la administración Trump, que refleja en gran medida las prioridades de Putin, plantean la cuestión de si Estados Unidos está más cerca de sus aliados históricos europeos o de Rusia.

Otras señales más discretas sugieren que su lealtad no ha cambiado: durante la cumbre de la OTAN en el verano de 2025, Estados Unidos no se opuso a la clasificación de Rusia como long-term threat para la seguridad europea: esta categoría se incluyó en el comunicado de la OTAN, aprobado por unanimidad.

Pero el giro estratégico y la volatilidad de Washington plantean un nuevo reto estratégico para Europa en 2026: si bien la mayoría de los enfoques de Rusia se inscribían anteriormente en un marco transatlántico, los europeos deben ahora considerar su relación con Moscú fuera del marco exclusivo de la OTAN.

Y aunque la Unión se ha dotado progresivamente de instrumentos híbridos que serán esenciales para responder a la amenaza rusa, queda por ver hasta qué punto el marco comunitario permitirá a los europeos elaborar un enfoque de este tipo.

5 — El futuro europeo de Ucrania

Desde hace un año, parece que el futuro de Ucrania se decide principalmente en Washington y Moscú, y que el margen de maniobra de Ucrania para determinar el futuro del país es limitado, al igual que el de los europeos.

Cuanto más avanzan las negociaciones sobre un posible acuerdo de paz, más se enfrenta Europa a sus propias limitaciones.

Si bien la Unión es consciente de que un acuerdo sin garantías europeas —ya sea en materia financiera o de seguridad— es imposible para todas las partes implicadas, parece que las grandes cuestiones estratégicas siguen decidiéndose en Washington o Moscú.

Sin embargo, la Unión puede influir en el futuro europeo de Ucrania.

El proceso de ampliación de la Unión a Ucrania avanza y se acelera.

Sin embargo, las grandes cuestiones institucionales y políticas que ello implica aún no se han abordado de manera exhaustiva; ahora bien, la adhesión de Ucrania cambiaría el equilibrio institucional: suponiendo que se tratara de una adhesión express, esta también tendría repercusiones directas en el mercado interior.

Por otra parte, los resultados del último Consejo Europeo, celebrado en Bruselas a mediados de diciembre, se consideraron en gran medida decepcionantes en términos de apoyo financiero y de voluntad de los países europeos de asumir riesgos políticos y económicos en apoyo de Ucrania.

Al término de esta reunión, la Unión se comprometió a conceder a Ucrania un préstamo de 90.000 millones de euros para los años 2026-2027, basado en un empréstito de la Unión en los mercados de capitales garantizado por su margen de maniobra presupuestario.

Si bien de esta manera los países miembros han podido eludir la espinosa cuestión de los activos rusos congelados, no deja de ser notable que el apoyo financiero de Europa continúe después de casi cuatro años de guerra y a pesar de las divisiones internas.

La adhesión de Ucrania en 2027, tal y como se ha planteado en el marco de las negociaciones para un acuerdo de paz, también tendría implicaciones para la Unión como actor en materia de seguridad.

Kiev cuenta con el ejército más experimentado de Europa. Su integración permitiría a otros países beneficiarse de su experiencia, en particular en el ámbito de las nuevas tecnologías, aunque la contribución del ejército ucraniano a la seguridad de Europa probablemente seguiría siendo limitada, dada su posible desmovilización.

La adhesión de Ucrania también plantearía tres cuestiones importantes.

En primer lugar, dado que en el territorio ucraniano se despliegan y utilizan armas portátiles y drones potencialmente armados, y teniendo en cuenta la libre circulación de mercancías y personas dentro del mercado único europeo, correspondería a la Unión gestionar estos intercambios.

En segundo lugar, sería importante reflexionar sobre la forma de integrar a Ucrania en las nuevas estructuras e instrumentos destinados a apoyar la industria de defensa, incluido el programa de préstamos SAFE.

A estas dos cuestiones se añade una tercera, de carácter estratégico, que se refiere a las implicaciones y el uso de la cláusula de solidaridad de la Unión: con la adhesión de Ucrania, los Estados miembros se verían obligados a reflexionar sobre cuándo, en qué condiciones y cómo estarían obligados a apoyar al país en caso de un nuevo ataque ruso.

6 — La industria de defensa en 2026: el momento de los incentivos

El año 2025 fue testigo de multitud de iniciativas para reforzar la industria de defensa europea.

El año 2026 demostrará si los europeos son capaces de consolidar esta base industrial y tecnológica.

Tras dos años de anuncios ambiciosos acompañados de numerosas siglas —SAFE, EDIP, ETF, EDIRPA—, el reto principal consiste en traducir estos instrumentos en contratos firmes, economías de escala y transformación industrial.

El programa SAFE, diseñado para racionalizar la adquisición conjunta y acelerar el aumento de capacidades críticas, sigue teniendo dificultades para generar agrupaciones industriales sólidas, ya que los Estados miembros se muestran reacios a poner en común sus necesidades, armonizar calendarios y especificaciones, y renunciar a una lógica de retorno de la inversión industrial puramente nacional.

Del mismo modo, el Programa Europeo para la Industria de Defensa (EDIP), destinado a financiar la creación de una base industrial europea competitiva a largo plazo, se enfrenta a complejos arbitrajes políticos: ¿cómo distribuir las subvenciones, quién coordina la inversión y según qué criterios de rendimiento, cuando las industrias nacionales defienden sus perímetros históricos?

Este déficit de aplicación alimenta un segundo déficit: el dilema estratégico entre la preferencia europea y la compra a socios extraeuropeos que recurren a sus existencias.

Por un lado, la Comisión impulsa la preferencia europea con el fin de consolidar las cadenas de valor, reducir la dependencia exterior y apoyar la autonomía estratégica; pero, por otro lado, la urgencia operativa lleva a muchos Estados —Polonia, los Países Bajos, Alemania y los países nórdicos— a adquirir rápidamente sistemas estadounidenses o israelíes ya probados y disponibles de inmediato.

Esta tensión debilita la ambición de una consolidación industrial europea, ralentiza la aparición de líderes continentales y plantea el riesgo de duplicación estructural en segmentos clave, como los drones de altitud media y largo alcance (MALE), la defensa aérea y los carros de combate de nueva generación.

Los vínculos con la industria de defensa de Estados Unidos, ya sea con inversores o industriales, siguen siendo muy importantes para las cadenas de producción en Europa.

Dadas estas dependencias económicas, los países europeos deben encontrar una forma de alcanzar cierta autonomía industrial europea.

A estas dependencias se suma la ausencia de mecanismos vinculantes: ni SAFE ni EDIP obligan realmente a los Estados a comprar productos europeos.

En 2026, ya no se tratará tanto de diseñar instrumentos como de crear los incentivos políticos, presupuestarios y normativos necesarios para que los Estados miembros los utilicen plenamente.

Sin estos incentivos, Europa seguirá siendo prisionera de un modelo de compras fragmentadas y dependiente de proveedores externos.

En definitiva, cualquier esfuerzo de defensa europea deberá integrarse en una política industrial más amplia, ya que la pérdida de industrias básicas —como la química o la metalúrgica— no hace sino aumentar los riesgos relacionados con las dependencias externas.

7 — La frágil e incierta hipótesis del liderazgo alemán

Desde su llegada a la cabeza del Gobierno federal de Alemania, el conservador Friedrich Merz ha convertido la política exterior en un pilar central de su mandato.

Una de sus prioridades es reforzar el liderazgo alemán en Europa.

Desde un punto de vista puramente cuantitativo, en 2029, el presupuesto de defensa alemán debería rondar los 150.000 millones de euros. Es casi el doble del presupuesto francés o británico.

La ambición formulada por el canciller es clara: convertir al ejército convencional alemán en el más fuerte del continente.

Pero este objetivo suscita sentimientos encontrados entre los socios europeos y también entre la población alemana.

Por un lado, la voluntad de Berlín de comprometerse más con la defensa europea es un cambio de postura bienvenido, dada la amenaza rusa, y el despliegue de una brigada alemana en Lituania demuestra la prioridad que le da Alemania. No obstante, si bien Alemania ya es el líder económico de la Unión, su ascenso al estatus de primera potencia militar europea modificaría profundamente el equilibrio de poder dentro del bloque: su relación con Francia, en particular, la primera potencia militar hasta la fecha, podría tener que adaptarse para reflejar un cambio de facto.

Por lo tanto, el reto para Alemania es afirmarse como una potencia que asume más responsabilidades sin debilitar a Francia, cuyas iniciativas políticas han sido cruciales para hacer avanzar a la Unión en materia de soberanía estratégica en los últimos años.

Berlín también tendrá que hacer frente a la dificultad de traducir sus enormes inversiones en una verdadera doctrina militar, un ejercicio sin precedentes en el que no cuenta con experiencia previa ni garantías de éxito.

Alemania tampoco podrá eludir sus limitaciones históricas y constitucionales: cualquier despliegue militar de las fuerzas armadas alemanas requiere una decisión del Parlamento, a menudo tras un intenso y largo proceso deliberativo.

La idea de un liderazgo unilateral también suscita reticencias en Alemania.

Cuando se le pregunta sobre la idea de un liderazgo alemán, la opinión pública se muestra vacilante: si bien el 72% se pronuncia a favor de un mayor compromiso diplomático, sólo el 17% de los encuestados desea que Alemania refuerce su compromiso internacional en el ámbito militar.

En el marco de un cambio de paradigma y de la voluntad de asumir más responsabilidades, Alemania podrá afirmarse en forma de coliderazgo o crear, junto con socios clave como Francia, coaliciones ambiciosas para impulsar ideas dentro de la Unión.

8 — La cuestión china se convierte en un tema central para la defensa europea

Las relaciones entre la Unión y China se han deteriorado progresivamente desde 2020, cuando la pandemia de Covid-19 puso de manifiesto las vulnerabilidades económicas de Europa y su dependencia de Pekín.

Hoy siguen siendo difíciles, al igual que las relaciones entre China y cada uno de los Estados miembros. Las tensiones se centran en cuestiones comerciales —incluida la reciprocidad, el exceso de capacidad industrial o las inversiones en tecnologías críticas—, la dependencia europea en el sector de los minerales críticos, las cuestiones relacionadas con el respeto de los derechos humanos o las de seguridad en el Indo-Pacífico.

Si bien Europa y China están acostumbradas a los litigios comerciales o a los desacuerdos en materia de derechos humanos —una serie de desacuerdos que ha reducido el nivel de expectativas en materia de cooperación—, Europa evalúa cada vez más su relación con Pekín a la luz de la agresión rusa contra Ucrania.

Recientemente, el secretario general adjunto de la OTAN advirtió a los países miembros de la Alianza que China constituía una amenaza tan importante como Rusia para la seguridad europea, aunque esta amenaza se manifestara principalmente en el ámbito energético.

Una cuestión estratégica clave para 2026 es hasta qué punto la Unión o los países europeos individualmente tendrán en cuenta a Pekín a la hora de elaborar su política de seguridad, y hasta qué punto la República Popular será percibida como una amenaza directa.

Al término de este proceso, la Unión podrá optar por reequilibrar y estabilizar sus relaciones con Pekín, o bien por profundizar la ruptura.

La volatilidad de la estrategia estadounidense hacia China constituye otro reto estratégico.

En el pasado, Europa se alineó en parte con un enfoque estadounidense basado en una forma de competencia con Pekín.

Sabía que esta convergencia le garantizaba el apoyo político de Washington. 

Ahora que Estados Unidos está iniciando una retirada política y centrando su atención en el hemisferio occidental, Europa deberá plantearse hasta qué punto puede exponerse a Pekín en el contexto de una confrontación política.

En 2026, también será importante evaluar las repercusiones económicas y de seguridad de dicha estrategia.

9 — Las asociaciones y la «red de seguridad» europea: una nueva matriz estratégica frente a Trump

Con el fin de reforzar y diversificar sus relaciones con terceros países, la Unión ha firmado ocho asociaciones de seguridad y defensa durante el último año.

Estas asociaciones pueden dividirse en tres categorías: a las celebradas con países vecinos candidatos a la adhesión a la Unión Europea (Ucrania, Moldavia, Georgia) se suman las celebradas con aliados que disponen de capacidades avanzadas y que también son miembros de la OTAN (Canadá, Reino Unido), así como las celebradas con aliados en el Indo-Pacífico (Japón, Corea del Sur).

Dada la volatilidad estratégica de la administración Trump y su enfoque a menudo coercitivo hacia los aliados de Estados Unidos, la multiplicación de las asociaciones de defensa y seguridad por parte de la Unión podría ser una herramienta privilegiada por esta en 2026.

Si bien la celebración de tales acuerdos no implica inmediatamente una mutualización operativa ni un compromiso automático de defensa, podría constituir, no obstante, una palanca geopolítica clave para la Unión.

Al ampliar su red de cooperación en materia de seguridad más allá del continente, la Unión trataría así de construir un sistema flexible de asociaciones «a la carta», basado en la convergencia de intereses y la complementariedad de capacidades, más que en la integración institucional.

Este enfoque le permitiría reforzar su huella estratégica, consolidar cadenas de valor críticas en el ámbito de la defensa y establecer vínculos políticos más estrechos con actores que comparten sus intereses en materia de seguridad.

En otras palabras, estas asociaciones podrían establecer una verdadera «red de seguridad» europea, que ofrecería a la Unión nuevos canales de influencia, una diversificación estratégica fuera del marco estrictamente transatlántico y una palanca adicional para gestionar los riesgos relacionados con la incertidumbre estadounidense.

10 — Los presupuestos nacionales seguirán bajo presión

La decisión tomada en el verano de 2025 por los países miembros de la OTAN de aumentar su gasto militar al 3,5% del PIB y el gasto relacionado con la defensa, especialmente en el ámbito híbrido, al 1,5% —con el fin de alcanzar un total del 5% del PIB— se ha descrito como un paso crucial para reforzar la defensa europea.

Por lo demás, esta decisión sin duda ha permitido a los europeos conciliar a la administración Trump y comprar la continuidad de las garantías estadounidenses, al menos a medio plazo.

La cuestión crucial para 2026 sigue siendo la financiación real de estas ambiciones, especialmente en los Estados clave para la defensa europea: esta revelará la sinceridad o la insinceridad europea en materia de defensa.

Con un crecimiento económico ralentizado en Alemania, una deuda pública considerable en Francia y una economía poco dinámica en el Reino Unido, los gobiernos de estos países se enfrentarán pronto a difíciles decisiones políticas, teniendo en cuenta las tendencias electorales en estos tres países, donde la extrema derecha está ganando terreno.

Por un lado, la amenaza rusa y el riesgo de una retirada estadounidense son reales: varios altos responsables militares europeos ya han advertido a los ciudadanos de la Unión sobre un posible ataque ruso de aquí a 2029.

Por otro lado, la inversión en defensa en detrimento del gasto social —sistemas de pensiones o prestaciones sociales mínimas— podría provocar un aumento de las protestas sociales, lo que beneficiaría a la extrema derecha.

Para superar este choque previsible, es necesario aplicar enfoques macroeconómicos innovadores y demostrar valor político para asumir decisiones difíciles.

El año 2026 demostrará si los líderes europeos son capaces de hacerlo.