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El demócrata que conquistó Texas oponiéndose a Trump con «el amor»

Una de las figuras más singulares de la política estadounidense acaba de lograr una victoria histórica en Texas.

A continuación traducimos el discurso de victoria de James Talarico.

En una de las campañas electorales más seguidas y costosas de la historia política estadounidense, el candidato demócrata James Talarico venció ayer al fiscal general republicano Ken Paxton, aliado cercano de Donald Trump, con una ventaja de más de un millón de votos.

Por primera vez desde 1988, un demócrata consigue un escaño en el Senado por Texas. Esta victoria histórica forma parte de una tendencia nacional, pero presenta una particularidad: supone, más que en ningún otro lugar, una derrota para Elon Musk, que había invertido unos 200 millones de dólares en esta campaña. 

También marca el inicio de una carrera que podría llevarla a la presidencia para una de las figuras más sorprendentes de este ciclo político, a la que ya habíamos dedicado, en marzo, un extenso reportaje de fondo.

James Talarico, antiguo profesor y seminarista presbiteriano, encarna a la perfección la «estrategia de la heterodoxia» que propugna el informe Deciding to win: al defender una crítica populista de las instituciones y de la IA, pragmático y centrista en cuestiones como las fronteras o las energías fósiles, convierte la Biblia en el núcleo de un nuevo progresismo profundamente religioso, que ya no opone a la izquierda a la derecha, sino a «los de arriba» a «los de abajo».

Este discurso, estructurado íntegramente en torno a una serie de referencias bíblicas —desde David contra Goliat hasta la expulsión de los mercaderes del Templo—, se pronunció tras un atril en el que la máxima «Ama a tu prójimo» sirve de marco narrativo para proclamar un nuevo estilo político, que ahora pretende poner a prueba en el Senado, donde promete, como el «rabino descalzo», «dar la vuelta a la mesa».

Acabamos de recuperar Texas. Acabamos de demostrar que todo el dinero del mundo no puede competir con el pueblo texano. Acabamos de demostrar que una política de división no puede competir con una política de amor. Y acabamos de enviar un mensaje a todos los megadonantes millonarios, a todos los megadonantes multimillonarios, a todos los defensores corruptos de este sistema político fallido, en este estado, en este país: el poder pertenece al pueblo. 

Esto me recuerda aquella historia de las Escrituras, la de un joven pastor que se enfrenta a un gigante. Durante cuarenta días, Goliat se burla de él y lo provoca. El día del combate, se presenta con la armadura completa. Lleva tantas armas que necesita que otra persona le sostenga el escudo. En esta campaña, nos hemos enfrentado a nuestros propios Goliats: el hombre más rico del mundo, el hombre más poderoso del mundo y todo el establishment de Washington D. C. 

David… David no era tan grande ni tan fuerte como Goliat, ni tenía tantas armas. Pero tenía esperanza, tenía fe. Y tenía una honda. Mi honda eran ustedes. Mi honda era el pueblo de Texas. Y esta noche hemos vencido a Goliat. 

Las Escrituras me han enseñado —y mi propia vida también— que siempre hay que apostar por el que no es favorito. Antes de dedicarme a la política, era profesor en un colegio público. Daba clases de inglés en el instituto Rhodes, en el West Side de San Antonio. Y, como siempre digo, dar clases es la mejor forma de prepararse para la política. 

El West Side es un barrio magnífico e histórico. También es uno de los barrios más pobres de todo el estado de Texas. Cada día, mis alumnos luchaban heroicamente para superar un sistema injusto. Mis alumnos no eran solo niños; eran supervivientes, soñadores, luchadores. Lo veía en sus ojos cada día: esa determinación inquebrantable, ese espíritu indomable. 

Al crecer, vi esa misma fuerza de voluntad en mi madre, una hija de un pastor originaria de Laredo que se había ido de casa a los 19 años. Se había instalado en Austin y allí había conocido a mi padre biológico, un joven de 21 años que había abandonado la escuela y cuyos problemas con el alcohol a veces le llevaban a comportarse de forma violenta. 

Una noche, volvió a mostrarse violento. Pero esa noche, esa noche, el amor de mi madre se enfrentó a esa violencia. Cargó todas nuestras cosas en su pequeño Ford Escort. Me llevó al hotel donde trabajaba. Le suplicó al gerente que nos dejara quedarnos en una de las habitaciones hasta que encontráramos un pequeño piso en East Austin. 

No había sitio para una habitación infantil. Así que yo dormía en una cuna que había dentro de su armario. Y ella estaba tan orgullosa de ese armario… Lo había decorado con fotos y juguetes. Nadie iba a decirle que aquello no era una habitación de bebé. 

Siempre. Apuesta siempre por el outsider. Nosotros éramos los outsiders en esta carrera. Nos hemos enfrentado a casi cuarenta años de dudas y desilusiones. Nos hemos enfrentado a más de 300 millones de dólares gastados en nuestra contra, una cantidad superior a la de cualquier campaña al Senado en la historia de Estados Unidos. Nos hemos enfrentado a toda la publicidad negativa, las campañas de desprestigio, los bots extranjeros y otros deepfakes generados por IA que el dinero puede comprar. 

Esos ataques fueron los últimos alaridos de un establishment agonizante. El estertor de un statu quo que sabe que sus días están contados. Jugaron sucio porque estaban desesperados. Pero nunca perdimos la esperanza. Nunca hemos perdido la fe. Y, a pesar de todo el dinero invertido en nuestra contra, y contra todo pronóstico, hemos recuperado nuestro poder. 

Siempre, siempre hay que apostar por el outsider. Hemos creado un movimiento como nunca antes se había visto en este estado. Hemos unido a texanos de todos los ámbitos y todas las convicciones en un mismo equipo para hacer frente a este sistema político corrupto y fallido. Votantes que votaban por primera vez, votantes que habían votado tres veces por Trump, trabajadores de todos los rincones de este estado que ya están hartos y que están preparados para el cambio. 

Esta victoria, esta victoria es para todos los que no contaban, a los que se daba por perdidos y se dejaba de lado. Esta victoria es para cada profesor y cada enfermera y cada enfermero, para cada agricultor y cada ganadero, para cada joven que intenta comprarse una casa, para cada padre o madre que intenta alimentar a su familia. Esta victoria, esta victoria es para todos los texanos que alguna vez se han preguntado si alguien los escuchaba. Los he escuchado. Los hemos escuchado. Y esta noche, el mundo entero los escucha. 

A los texanos que han apoyado este movimiento: me conmueve profundamente su confianza, y trabajaré cada día para estar a la altura de ella. Y a los texanos que no votaron por mí: también seré su senador. Siempre estaré a su servicio. Siempre lucharé por ustedes. 

Esta victoria no tiene nada que ver con el Partido Demócrata ni con el Partido Republicano. Va mucho más allá de eso. Hay algo que ya no funciona en Estados Unidos. Nuestro sistema económico está fallando. Nuestro sistema político está fallando. Incluso nuestras relaciones entre nosotros parecen estar rotas. Y eso es porque las personas más poderosas del mundo quieren que las cosas sean así.

Mi abuelo era un predicador bautista del sur de Texas. Y cuando era pequeño, me dijo que éramos discípulos de un rabino descalzo que nos había dado dos mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo. Porque no hay amor a Dios sin amor al prójimo. 

Cada persona lleva en su interior la imagen de lo sagrado. Cada persona es sagrada. No solo mi prójimo que se parece a mí, no solo mi prójimo que reza como yo, no solo mi prójimo que vota como yo. Estoy llamado a amar a todos mis prójimos como me amo a mí mismo. Porque, a pesar de nuestras diferencias, todos queremos lo mismo: un barrio seguro, un buen empleo, una escuela pública de calidad y bien financiada, y la posibilidad de acudir al médico cuando lo necesitemos. 

Pero los multimillonarios que controlan los algoritmos de las redes sociales, que controlan los canales de noticias 24 horas, que controlan a los políticos que se enzarzan en nuestras pantallas, quieren enfrentarnos unos contra otros. Quieren que nos centremos en lo que nos diferencia en lugar de en lo que nos une. Quieren que miremos a la izquierda y a la derecha, unos a otros, en lugar de levantar la vista hacia ellos. 

La verdadera lucha en este país no enfrenta a la izquierda con la derecha. Enfrenta a los de arriba con los de abajo. Los que están en la cima trabajan sin descanso para mantenernos sumidos en la ira y la división, porque nuestra unidad amenaza su riqueza y su poder. Lo hemos visto a lo largo de esta campaña. Lo hemos visto en cada anuncio difamatorio financiado por multimillonarios. 

Los que están en la cima nos dividen por partido, por origen étnico, por género, por religión, por cultura, para que no nos demos cuenta de que nos roban, de que privan a nuestras escuelas de financiación, de que desmantelan nuestro sistema sanitario, de que suben los impuestos a todos nosotros, mientras reducen los suyos. Es la estrategia más antigua del mundo: dividir para reinar. Pero esta noche hemos enviado un mensaje claro como el agua a quienes están en la cima: no nos dejaremos dominar. No nos dejaremos vencer. 

Creo poder afirmar sin equivocarme que ya estamos hartos de que nos enfrenten unos contra otros. Estamos hartos de que nos digan que nos odiemos. Hace diez años que se sostiene este tipo de política. La política como un juego de masacre. La política como provocación y como humillación. La política como un combate de lucha libre. Desgarra a las familias. Acaba con las amistades y nos hace infelices constantemente. La gente de todos los espectros políticos ansía una política diferente. No una política del odio, ni una política del miedo, ni una política de la división, sino una política del amor. 

Mi fe me enseña que el amor es la fuerza más poderosa del universo. El amor no es pasivo. El amor no es neutral. El amor no es débil. El amor exige que nos interpongamos entre los opresores y sus víctimas. El amor exige que miremos al mal directamente a los ojos sin pestañear. Este tipo de amor siempre ha sido una amenaza para los poderes fácticos. Este tipo de amor es revolucionario. Este tipo de amor es creativo. 

El odio es predecible. El odio es aburrido. El odio no puede reducir nuestras facturas de energía. El odio no puede construir un futuro. Pero lo que el odio no puede hacer, el amor sí puede. El amor puede convertir a un alumno en un erudito. El amor puede convertir un armario en una habitación para un bebé. El amor puede convertir a un enemigo en un amigo. El amor puede convertir una campaña en un movimiento. El amor puede reparar lo que está roto en Estados Unidos. 

No podemos vencer la política de la división con más división. En este juego, no podemos ganar. Tenemos que cambiar las reglas. Según mi experiencia, cuando se tiende una mano abierta, en lugar de un puño cerrado, uno se sorprende al ver quién la toma. 

No hemos ganado estas elecciones alienando a nuestros vecinos, humillándolos ni ridiculizándolos. Hemos encarnado un nuevo tipo de política, una política arraigada en un profundo amor por nuestro Estado, por nuestro país y, sobre todo, por todos nuestros semejantes.

Hemos movilizado a nuestros 60.000 voluntarios por todo el estado y, juntos, hemos repartido botellas de agua en Sandbranch, una pequeña localidad al sur de Dallas que carece de agua corriente. Hemos donado material escolar a una escuela primaria de El Cenizo, una pequeña localidad fronteriza. Hemos recogido más de nueve toneladas de alimentos para las familias de Fort Worth que tienen dificultades para hacer frente al elevado costo de la vida. 

Antes de que cambie en la televisión o en los periódicos, el mundo cambia de una persona a otra. Cada vez que decidimos ser bondadosos, cada vecino al que decidimos querer, cada oración que rezamos por alguien que no rezaría por nosotros a cambio. Así es como nos ganamos a Texas. 

Es una victoria tan grande como el propio Texas. Y ahora, nuestro mandato es tan grande como el propio Texas. Estas elecciones giraban en torno a una visión de lo que este estado puede llegar a ser: unas escuelas públicas texanas que sean la envidia de la nación; una economía texana sin igual; y unas familias texanas más fuertes y sanas que nunca. Esto no se conseguirá de la noche a la mañana, pero un estado gigantesco merece sueños gigantescos. 

Y sabemos cómo lograrlo. Debemos expulsar de la política el dinero de los grandes donantes para que ningún multimillonario o billonario pueda comprar nuestras elecciones. Debemos acabar con el amaño de este sistema económico que solo beneficia al 1 % más rico. Debemos implantar una cobertura sanitaria universal para que nadie se vea arruinado simplemente por haber enfermado. Debemos invertir en nuestros profesores y alumnos para que cada persona marginada tenga la oportunidad de salir adelante. 

Debemos poner fin a estas guerras corruptas e interminables que hacen subir los precios y que matan a los valientes hombres y mujeres de nuestro ejército. Y debemos sanar la profunda corrupción espiritual que está en el origen de todas estas crisis. Debemos salvar las brechas que nos separan y reparar los lazos que nos unen. 

Aquí, en el estado de la «Estrella Solitaria», hemos forjado un nuevo tipo de política, una respuesta a esta década de división. Hemos demostrado que, cuando los trabajadores se unen más allá de todas las divisiones, podemos lograr cosas extraordinarias. Hemos ganado estas elecciones para que quienes aspiran al cambio puedan verlo por fin hecho realidad. 

La vieja política está llegando a su fin y está naciendo una nueva política. Gracias a cada uno de nosotros, gracias a cada outsider, gracias a cada David frente a cada Goliat, gracias a cada texano que ha creído en nuestro estado y que ha creído en este movimiento. El verdadero trabajo empieza ahora.

Hace dos mil años, cuando los de arriba maltrataban a sus semejantes, aquel rabino descalzo no se quedó en su habitación rezando. Se dirigió al corazón del poder y volcó las mesas de la injusticia. Ahora que este movimiento se dirige hacia el corazón del poder, ahora que nos dirigimos al Senado de los Estados Unidos, sabemos lo que este momento exige de nosotros. Texas, es hora de dar la vuelta a la mesa.

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