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En Occidente, la invasión rusa de 2022 tuvo un efecto que ni el Maidán ni la guerra del Donbás habían logrado producir: dar a conocer Ucrania y situarla en el centro de la atención internacional. Sin embargo, en esa fecha, las regiones del este del país salían de ocho años de un conflicto de baja intensidad que había trastornado la vida de sus habitantes, empezando por los de los territorios ocupados.
Desde febrero de 2016, la fotoperiodista Marion Péhée trabaja sobre las consecuencias de este conflicto para la población civil desde una perspectiva inédita: la trayectoria de un grupo de adolescentes de Shchastia a los que ha seguido durante diez años a ambos lados de las fronteras políticas, sociales y culturales. Desde la ocupación de esta ciudad del Donbás por el ejército ruso, el grupo, antes muy unido, se ha dispersado entre Ucrania, los territorios ocupados, Rusia y el extranjero: algunos se han alistado en el ejército ucraniano, otros en el ruso; varios han perdido la vida.
Tras recibir el premio de la Unión de Fotógrafos Profesionales en 2022 y ser nominada ese mismo año al premio «Courage in Journalism» de The Economist, este trabajo sobre el Donbás le valió a Marion Péhée la Beca Canon para Mujeres Fotoperiodistas en 2025. Repasamos con ella los dramas y las paradojas de esta generación marcada por la guerra.
¿Cómo surgió, en un principio, la idea de este primer proyecto en Ucrania? ¿Formaba parte de una investigación o de una reflexión más amplia?
Marion PéhéeMi llegada a Shchastia en abril de 2016 fue un poco fortuita. Resulta que estaba en Ucrania para visitar a una amiga que trabajaba en el Instituto Francés de Kiev. Y fue en ese contexto cuando empecé a interesarme por una organización, la asociación Vostok SOS, que prestaba ayuda a los desplazados internos. Sus miembros llevaban a cabo misiones en el Donbás y me propusieron acompañarlos. Un problema logístico en el camino nos obligó a detenernos en la región de Lugansk, concretamente en Shchastia, una ciudad cuyo nombre significa, irónicamente, «felicidad» en ucraniano y en ruso.
Me dejaron en casa de un profesor de historia, que precisamente daba clase en el instituto de la ciudad, un lugar en el que pronto pasaría largas horas en el marco de mis entrevistas. Mientras charlábamos, enseguida mencionó a unos jóvenes de la ciudad que se habían alistado en un batallón de voluntarios dos años antes, cuando solo tenían catorce años. Esa historia me pareció increíble y enseguida quise saber más. Poco a poco, se me fue imponiendo la idea de contar su historia a través de la fotografía. Sin embargo, creo que empecé de forma bastante torpe. Por aquel entonces, acababa de terminar un máster en fotografía y arte contemporáneo y trabajaba en el museo Jacquemart-André. Así que no tenía ninguna relación con el fotoperiodismo. Llegué al terreno sin un proyecto concreto, y mucho menos con la idea de trabajar allí durante los siguientes diez años de mi vida.
En el marco de esta incursión improvisada sobre el terreno, ¿cómo se desarrollaron los primeros encuentros con los jóvenes?
Al final, me quedé más tiempo del previsto, alojada en casa del profesor de historia en cuestión. Me contó la historia de la ciudad, pero también su propia detención a manos de los separatistas prorrusos en 2014, que le llevó a pasar varios meses en la cárcel. También me habló de sus dos hijas, que prestaban ayuda al ejército como voluntarias en el batallón Aidar. En ese momento, no entendía muy bien qué las había llevado a alistarse.
Más tarde, unos jóvenes de Shchastia me explicaron que el ejército tenía una fuerte presencia en esa ciudad, que había sido escenario de intensos combates en 2014. A su juicio, había algo emocionante, e incluso «guay», en relacionarse con los militares, en dejarse ver a su lado. A esos adolescentes no les movían precisamente sentimientos patrióticos. Para ellos, lo esencial era sobre todo darse un estatus, «pasando el rato» con las figuras más populares de la ciudad. Uno de ellos incluso se jactaba de haberse subido a un tanque cuando tenía catorce años y de haber recibido caramelos y casquillos vacíos.
Intrigada por esos encuentros y descubrimientos, decidí volver a Shchastia unos meses más tarde, a mediados del verano, para intentar comprender mejor las dinámicas locales. ¿Qué significaba tener quince o veinte años en esta ciudad? ¿Qué vida se llevaba allí, qué aspiraciones de futuro se podían permitir?
Jarkov, Ucrania, marzo de 2026
Sveta camina por las calles de Jarkov. A sus espaldas se alza el edificio de la administración regional, situado en la plaza de la Libertad y que sufrió intensos bombardeos en marzo de 2022. Todas las ventanas han quedado destrozadas y los techos han sufrido graves daños, llegando incluso a quedar totalmente destruidos en algunos puntos. «En 2014, tenía 13 años, y empecé a darme cuenta de que algo estaba pasando cuando el ejército ucraniano llegó a la ciudad para liberar Shchastia. Los bombardeos eran muy intensos; el ruido me sorprendió tanto que me entró mucho miedo. Recuerdo dos ataques: en el primero, me sangró la nariz del susto; y en el segundo, estaba bajo las mantas y los cristales estallaron. Al día siguiente, el ejército ucraniano entró en la ciudad».
Sveta vive sola en Járkov y compagina dos trabajos: trabaja como dependienta en una joyería y gestiona una tienda online de electrónica. Cursó sus estudios superiores para ser trabajadora social en Jarkov. «Me siento bien aquí, estoy tranquila. Me encanta esta ciudad: es agradable y está limpia, la gente es estupenda, no hay discriminación y hay muchos desplazados internos».
No hablaba ni ruso ni ucraniano. Los adolescentes de la ciudad tampoco hablaban ni inglés ni francés. Por otra casualidad, me ayudó uno de ellos, que apareció de la nada y hablaba español. Me las arreglaba como podía. Deambulaba por la ciudad lanzando miradas y sonrisas a todos los jóvenes para intentar establecer contacto. Valya fue una de las primeras en divertirse con mi presencia. Me metió en su grupo de amigos, donde conocí a Vova y, después, a un montón de jóvenes más. No entendían muy bien qué me había llevado a Shchastia —y a mí misma me costaba explicarlo—, pero les gustaba que les hicieran fotos. Así fue como realicé varios viajes en 2016 y 2017, para volver periódicamente a visitarlos.
¿Cómo se percibían los temas candentes del momento, las cuestiones relacionadas con la defensa del territorio y el control económico y político de la región?
Es difícil de decir: no mencionaban ni el Maidán ni Crimea. Por entonces tenían entre 16 y 18 años. Todas esas cuestiones no les resultaban de actualidad en aquel momento. Muchos incluso me decían que se sentían más «al margen de la guerra» que en medio de ella. Había casi algo lúdico en todos esos acontecimientos: una joven me contó que los jóvenes de la ciudad se divertían gritando unas veces «¡Gloria a Ucrania!» y otras «¡Gloria a los separatistas!». Uno de ellos incluso intentó arrancar una bandera de Ucrania.
Shchastia, región de Lugansk, Ucrania, julio de 2016
Valya, Vova, Serguéi, Dasha, Kostia y Nina (de izquierda a derecha) charlan en un banco. Tras la invasión a gran escala, los jóvenes de Shchastia recuerdan: «Ninguno de nosotros tenía realmente padres, ninguno tenía dinero. Estábamos con los abuelos, que no querían abandonar su casa y no tenían adónde ir. Ellos sobrevivían entre el miedo. ¡Nosotros vivíamos! […] ¡Jugábamos a elegir bando! Bebíamos gritando «¡Gloria a Ucrania!», «¡Gloria a los separatistas!», y nos reíamos. Uno de nosotros quiso arrancar la bandera ucraniana e izar la bandera de Lugansk a plena luz del día. Eran juegos que creíamos que no tenían consecuencias».
En resumen, se divertían, hacían travesuras, sin darse cuenta del todo del alcance de la guerra que se cernía sobre ellos. En 2014, algunos escuchaban canciones que glorificaban a Novorossiya, las Repúblicas Populares de Lugansk y Donetsk. Para ellos, no eran más que los éxitos del momento. Todo aquello les parecía muy lejano; vivían el día a día con ligereza, como una especie de juego sin consecuencias, al igual que cualquier persona de su edad en Europa Occidental —salvo por el hecho de que estaban en Ucrania. Desde entonces, las cosas han cambiado mucho, esa despreocupación ha desaparecido. En aquella época, los separatistas pagaban a algunos jóvenes un puñado de hryvnia por desactivar las trampas colocadas por el ejército ucraniano; hoy, uno de ellos sirve en ese mismo ejército. Hay que decir que muchos de esos adolescentes estaban abandonados a su suerte, a veces sin padres, a menudo sin asistir al colegio.
¿Existía, por el contrario, un marco institucional que los vinculara más estrechamente con Ucrania?
Todo lo anterior no resta importancia a su apego al territorio. La mayoría manifestaba su intención de quedarse en esa ciudad, que, sin embargo, no ofrecía perspectivas reales. Vivir en Shchastia significaba, o bien trabajar en la central eléctrica, o bien alistarse en el ejército. Tenía la sensación de que algunos vivían en la ciudad casi como si fuera una obligación, debido a la presencia rusa a pocos kilómetros de distancia. Había, por tanto, una especie de ambigüedad, que también se reflejaba en sus tatuajes con el escudo de Ucrania o en sus pulseras con los colores de la bandera ucraniana. Aunque la politización no se manifestaba de forma clara, ya que se mezclaba con juegos y despreocupación, se traslucía de todos modos en ciertas señales.
Al pasar un tiempo en su instituto, descubrí una asignatura titulada «Defensa de la Madre Patria», que consistía básicamente en montar y desmontar kaláshnikovs lo más rápido posible. En las paredes del instituto también había carteles con el rostro de Putin en medio de una diana. Pero, una vez más, había una discrepancia entre el discurso que se esperaba de ellos y su relación personal con todas esas realidades.
Shchastia, región de Lugansk, Ucrania, noviembre de 2016
Retrato de Viktor en su habitación del internado del instituto Taras Shevchenko. Por aquel entonces, este alumno quería marcharse de la ciudad para irse a vivir a Jsrkov. Hoy, ya casado, vive en Odesa, donde permanece recluido en su casa, por miedo a que el ejército ucraniano lo reclute. «Es difícil ser un hombre de 26 años hoy en día en Ucrania».
Diez años después, ¿qué la llevó a retomar esta investigación? ¿En qué condiciones se llevó a cabo esta nueva incursión sobre el terreno?
La situación ya no tenía nada que ver. Como es lógico, ya no podía ir a Shchastia, que ahora estaba ocupada por el ejército ruso. Los riesgos de seguridad eran incomparables. Hay que decir que, en 2016-2017, yo también estaba dominada por una especie de despreocupación. Hoy en día, más allá incluso de la integridad física en un país en guerra, la difusión de mis fotos de archivo, las de antes de 2022, se ha convertido en una fuente de riesgo para algunos jóvenes que aún residen en los territorios ocupados o que tienen allí familiares y amigos. Me ha resultado imposible contar ciertas historias, mostrar a ciertas personas. Hasta la invasión a gran escala, las cosas eran mucho más fluidas.
En términos más generales, cuando retomé este asunto hace más de cuatro años, a principios de 2022, mi trabajo adoptó desde el principio la forma de una auténtica investigación. En este terreno que había explorado de forma bastante improvisada, esta vez tenía que proceder con método para localizar a mis contactos. El punto de partida fue una joven, en aquel momento la única que figuraba entre mis contactos de Instagram. Ella me contó que su amiga Valya había sido detenida por el ejército ruso. Los soldados habían llegado a Shchastia con listas de activistas y antiguos militares de la ciudad. Valya, que había formado parte del ejército ucraniano, había sido detenida en las primeras horas de la invasión. Más tarde supe que había pasado diez días en prisión antes de ser puesta en libertad, pero que su liberación había ido seguida de una serie de nuevas detenciones. Empecé a reunir contactos gracias a esa persona, y luego a través de las redes sociales y por teléfono, durante meses y meses, hasta que mi investigación llegó a un punto muerto. Todos mis contactos me habían facilitado la información de la que disponían; me encontraba estancada. Fue entonces cuando empecé a trabajar con una persona especializada en OSINT, que me ayudó a recabar mucha información valiosa. Pronto supe que Valya había sido asesinada por el ejército ruso. Habían encontrado su cuerpo torturado en un bosque de Shchastia. Eso fue también lo que motivó mi trabajo: el deseo de saber, de documentar esos crímenes de guerra, pero también de transmitir la historia y la memoria de las personas a las que fotografié.
Ucrania, mayo de 2026
Una foto de Valya, tomada como prisionera, en un grupo de Telegram titulado: «Se reconoce a los ucranianos por su peinado». Este grupo de chat difunde a diario imágenes de soldados ucranianos hechos prisioneros, acompañadas de contenidos de carácter humillante. El pie de foto reza: «Es alentador comprobar que no solo los militares ucranianos varones han tomado la decisión consciente de rendirse, sino también las mujeres. La pregunta sigue sin respuesta: ¿por qué fueron allí? No obstante, algunas de ellas deponen las armas a tiempo y levantan las manos. El instinto de vida prevalece sobre el instinto de muerte. N.º 1748 Valentina Konstantinovna Davronova, 22 años».
Tras diez días de cautiverio, Valya es puesta en libertad, aunque se la controla con frecuencia. De vez en cuando se reúne con los soldados de Shchastia. Así es como pasa la tarde del 13 de enero de 2023 con ellos en el café Raduga (arcoíris, en ruso). Esa noche desaparece. El 22 de febrero de 2023, su madre recibe una llamada de un investigador de la Federación Rusa que le comunica que han encontrado a Valya en el bosque. «Me dijo que la identificara por una foto, porque si no, no iba a poder soportarlo. Tenía el cuerpo destrozado a cuchilladas y la cabeza destrozada por una granada. Solo llevaba bragas».
El 7 de marzo de 2025, el tribunal militar de Rostov declaró culpables de su asesinato a dos hombres y los condenó a 12 y 18 años de prisión. Han presentado recurso de apelación. La investigación determinó que al menos otros nueve militares habían oído y visto cómo torturaban a Valya, sin intervenir.
¿Qué caminos habían seguido los demás jóvenes con los que se había encontrado unos años antes?
Primero me reencontré con Vova, uno de mis primeros contactos del grupo de Valya. Nuestro reencuentro fue especialmente emotivo. Para ellos, yo era alguien conocido, pero también la persona que custodiaba sus fotografías de la infancia y la juventud, un material que ahora resulta aún más valioso, ya que ya no queda nada: ni esa ciudad, ni esa vida.
La última vez que fotografié a Vova fue con motivo de la fiesta de sus dieciocho años con sus amigos. Ese mismo año se alistó en el ejército ucraniano y pasó ocho años en las trincheras.
Shchastia, región de Lugansk, Ucrania, julio de 2016
Vova celebra sus 18 años con sus amigos. «Era una vida maravillosa: beber, fumar, salir de fiesta. La vida libre. Mi buena vida se acabó el año en que cumplí dieciocho». Esa noche, eran unos diez amigos bebiendo, riendo, fumando, abrazándose, tocándose y besándose. Quince días después, Vova se alistó en el ejército y, tras un mes de entrenamiento, partió al frente en la región de Donetsk. En 2025, expresa su frustración por haber sido movilizado en esa región, en lugar de defender su ciudad y su región.
En 2023, tras una lesión que le hizo perder dos dedos, se convirtió en formador en Zaporizhia. Cuando volví a verlo en 2022, me encontré, como era de esperar, con alguien muy cambiado. Por aquel entonces estaba casado y aproveché un permiso para hacerle una foto con su mujer, en su casa. A la mañana siguiente, lo acompañé hasta el autobús que le llevaba de vuelta al Donbás. No volví a verlo hasta un año después, en el hospital militar de Dnipro, herido y destrozado; su mujer lo había abandonado entretanto. Me decía: «La guerra me ha quitado hasta eso». Se sentía muy solo e intentó volver a la vida civil. Pero ese cambio fue difícil para alguien que había crecido y se había forjado como persona en las trincheras. Se había vuelto incapaz de conciliar el sueño en silencio, tras años de dormirse bajo los bombardeos.
Dnipro, Ucrania, febrero de 2024
Durante una consulta con un médico para que le cambiaran el vendaje. «Nadie prestaba atención a mi edad. Me decían: “¡Eres del Donbás? ¡Adelante!”»
Vova se mira la mano herida. Tras ocho años en el ejército, se encuentra solo y desorientado en Dnipro. Creció en las trincheras: una vida de guerra que, aún hoy, sigue siendo su único punto de referencia. Para protegerla, para no preocuparla, Vova nunca le ha confesado a su madre que se alistó en el ejército, ni que ahora es inválido. «Cuanto menos se sabe, mejor se duerme. Una madre no quiere imaginarse a su hijo en la guerra».
En términos más generales, entre las personas con las que me he reencontrado en Ucrania, se pueden distinguir dos perfiles: los que se han alistado en el ejército ucraniano, como Vova, y los que temen ser movilizados, viven escondidos en sus casas y se pasan el día en Telegram siguiendo de cerca los movimientos de los reclutadores. En ambos casos, se trataba, por tanto, de una realidad dura, muy dura. También me puse en contacto con algunas personas en los territorios ocupados, sobre todo en Shchastia. Para estas últimas, la comunicación resultaba especialmente difícil debido a los bloqueos digitales: incluso Telegram estaba cortado. En nuestros primeros encuentros, las cosas estaban mucho menos compartimentadas. Ahora, todos son muy cautelosos con la información que me transmiten. Algunas personas me han colgado literalmente el teléfono a la cara porque tocaba temas delicados: yo misma podía suponer un peligro para ellas.
A pesar de todo, hay quienes aún hoy se atreven a expresarse, a decir hasta qué punto se ha complicado la vida y cuánto echan de menos la libertad de la que disfrutaban en Ucrania —empezando por la libertad de expresión— desde que viven en este clima de miedo.
Shchastia, región de Lugansk, Ucrania, julio de 2016
Con un tatuaje del escudo de Ucrania en el cuello y una pulsera con los colores de la bandera ucraniana, Valya se baña con sus amigos en un estanque. La joven quería quedarse a vivir en su ciudad, pero fue asesinada por el ejército ruso en enero de 2023. Su madre, Tetyana, que sigue viviendo en Shchastia, cuenta: «Cuando se vive con muy pocos medios, hay que mantener buenas relaciones con quienes te gobiernan. Tuve buenas relaciones con los rusos, luego buenas relaciones con el ejército ucraniano que recuperó Shchastia y, por último, buenas relaciones con los rusos que regresaron en 2022».
Una amiga de Valya cuenta: «Ya no hay libertad de expresión allí; me parece que ese es uno de los motivos por los que mataron a Valya: no se mordía la lengua, decía las cosas con franqueza y, sin duda, dijo cosas que no debía».
También me he reencontrado con algunas personas que ahora viven en Rusia, como por ejemplo una joven cuyo novio, originario de Donetsk, encontró trabajo allí. Ella decidió seguirle, pero no trabaja; se pasa el tiempo en casa y le cuesta soportar el ambiente que se respira. Lo que todos tienen en común es que recuerdan con nostalgia la época en la que les fotografié. Una época que, en retrospectiva, a la luz de todo lo que ha sucedido desde entonces, les parece aún más feliz, aunque por aquel entonces vivieran a veinte kilómetros de la línea del frente.
¿Son, pues, estas trayectorias más entrelazadas culturalmente, e incluso militarmente, de lo que cabría pensar al observar simplemente una línea de frente que separa dos superficies de color?
El objetivo de este proyecto era precisamente mostrar la complejidad de estas trayectorias, que a veces pueden parecer irreales.
Hay una expresión que no entendía al principio de mi investigación: como no hablo ruso, utilizaba el traductor automático de mi teléfono y, cada vez, aparecía la expresión «cambiarse de zapatos», que significa «cambiar radicalmente de opinión o de comportamiento». Enseguida comprendí que muchos habían tenido que «cambiarse de zapatos» para adaptarse, para sobrevivir.
Pienso, por ejemplo, en un adolescente muy proucraniano, Evgueni, que pasaba el tiempo en compañía de los soldados y llevaba una pequeña insignia con los colores de Ucrania. Era alguien muy orgulloso, que además desprendía una especie de carisma, y había otros jóvenes que siempre giraban a su alrededor. Sin embargo, durante mi investigación descubrí que se había alistado en el ejército ruso. No me salía de la cabeza que alguien tan patriota pudiera haberse alistado en el ejército ruso. Después, hablé por teléfono con su madre. Ella no vivía en Shchastia, sino en Georgia, y estaba convencida de que a su hijo lo habían reclutado a la fuerza en el ejército ruso, que él nunca se habría alistado por voluntad propia. Sin embargo, al seguir investigando, encontré su cuenta de TikTok y descubrí videos que ensalzaban a Rusia y a sus «hermanos y hermanas de armas». En resumen, una cuenta totalmente prorrusa. Acabé por comprender que esa madre debía de haberse inventado una historia, porque le resultaba demasiado difícil afrontar la cruda realidad. Cuando me puse en contacto con la novia de ese soldado en Shchastia, me afirmó rotundamente que siempre habían sido rusos, que Evgueni era ruso y que nada de todo aquello le sorprendía. Son este tipo de trayectorias no lineales, que narran la guerra de forma inesperada, las que tenía intención de contar.
Por el contrario, algunos lazos culturales se han reforzado con la guerra. Es sabido que la cuestión de la lengua ha adquirido un significado especial desde que la propaganda rusa afirma querer «liberar» a los rusoparlantes a quienes, según ella, el «régimen de Kiev» habría privado de su lengua. A este respecto, mantuve una larga conversación con un joven al que logré localizar. Me contó lo siguiente: «Siempre he hablado ruso en Shchastia, sin que eso supusiera el más mínimo problema. Lo tenía todo: un trabajo, una novia, mi familia. Me encantaba esa ciudad más que nada, hablaba ruso y eso no era ningún problema. Un día llegaron los rusos y me lo quitaron todo. Entraron en mi casa y me lo quitaron todo. Hoy ya no puedo hablar ruso. Me resulta imposible pronunciar una sola palabra en ese idioma». De hecho, muchos de los jóvenes con los que he hablado han vuelto a hacer suyo el ucraniano, aunque sea tarde. Algunos prefieren hablar mal el ucraniano antes que hablar ruso, aunque ese dominio incompleto les provoque incomodidad o incluso vergüenza.
Por eso quería mostrar la complejidad de estas biografías y de estas formas de vivir la guerra. Al comienzo de la invasión, mi regreso al terreno había estado motivado por una sensación de alarma: esta guerra me parecía, sencillamente, inconcebible. Posteriormente, el proyecto se fue concretando. Más allá de los mapas, las cifras y las decisiones políticas y militares, quería contar esas trayectorias individuales, esos recuerdos y esas expectativas frustradas; quería mostrar la situación del Donbás, la experiencia vivida y los sentimientos de esos jóvenes, en toda su complejidad. En definitiva, ofrecer una especie de retrato colectivo. El de una generación sacrificada.
Bila Tserkva, región de Kiev, Ucrania, febrero de 2026
Natalia ante la tumba de su hijo Serhiy, fallecido en acto de servicio en Bajmut en septiembre de 2022. Viene aquí dos o tres veces por semana, deja unos pasteles sobre la tumba y enciende un cigarrillo en su memoria. «Aquí se está tan tranquilo… Es el momento en el que vengo, me siento y lloro un poco». Serhiy se alistó en el ejército ucraniano en 2014, tras la revolución del Maidán, en la que participó. Cuando se produjo la invasión a gran escala, se unió a una brigada de defensa territorial y pasó varios meses en su ciudad natal, Bila Tserkva. Posteriormente, el 14 de septiembre de 2022, fue enviado al este del país, cerca de Bajmut. Serhiy murió ocho días después durante un ataque de artillería, en el que también perdieron la vida los siete soldados que se encontraban con él.