Descubra el Grand Continent. Ideas y análisis que no se encuentran en ningún otro sitio. Pero que pronto verá por todas partes. En su bandeja de entrada a partir de 8 euros al mes.
El hecho de que la lengua francesa se haya extendido por el mundo y de que, en la actualidad, la hablen cientos de millones de personas en todo el planeta no es consecuencia de un acontecimiento decisivo y único, sino de una serie de cambios complejos que no se debieron únicamente a la voluntad del príncipe. Es necesario recordarlo porque, en la mitología francesa, se supone que todo procede, en efecto, del príncipe y de su voluntad. En ocasiones, quien dice «príncipe» dice «edictos» y «ordenanzas», como la Ordenanza de Villers-Cotterêts, firmada en 1539 por Francisco I.
Modificar el relato
Con el objetivo de reformar el ordenamiento jurídico y notarial de su reino, Francisco I promulga una ley que redefine las responsabilidades respectivas de los tribunales reales y eclesiásticos. Esta ley exige a los notarios que registren todos los nacimientos y fallecimientos en todo el territorio del reino, y garantiza a los acusados el derecho a responder personalmente a los cargos durante su juicio. Por lo demás, la ordenanza exige que todas las sentencias, resoluciones, contratos, testamentos y demás actos jurídicos se redacten en un francés tan claro, tan preciso y tan exento de ambigüedad e incertidumbre, que cualquier necesidad de interpretación resulte a partir de entonces superflua.
Aunque se considere que esta ordenanza es una prueba de la capacidad del monarca para imponer su lengua a su pueblo, y que Francisco I allanara el camino para la erradicación de las lenguas regionales, Villers-Cotterêts no explica, sin embargo, necesariamente cómo el francés pudo imponerse más allá de las fronteras del reino. Obligar a sus súbditos a cambiar de idioma es una cosa. Llevar ese idioma hasta los confines de la tierra es otra muy distinta.
Un esfuerzo así requiere algo más que reyes y emperadores, o incluso soldados. Ni la fuerza de las armas ni la voluntad del soberano bastan por sí solas para ampliar las fronteras de una lengua. Fue necesario que, en un momento dado, los portadores comunes de su lengua (marineros, poetas, artesanos, escritores, eruditos, comerciantes, profesores y misioneros) abandonaran su país natal, se establecieran en otros lugares, ya sea de forma provisional o definitiva, y difundieran la lengua a través de interacciones de todo tipo con tierras y pueblos lejanos. La movilidad de las personas es, por tanto, una condición para la migración de las lenguas, su circulación e incluso su globalización.
Esta migración puede adoptar diversas formas. Se ha manifestado, por ejemplo, en forma de conquista colonial. Para nosotros, todo comienza, de hecho, con la ocupación militar de territorios lejanos, el sometimiento de los pueblos vencidos, la apropiación de las tierras y su reordenación al servicio de los intereses metropolitanos, el control ideológico a través de la escolarización o la evangelización de los paganos, etcétera. Esto explica en parte por qué el debate sobre el pasado y el futuro del francés en África sigue estando dominado por consideraciones ideológicas.
Un relato relativamente lineal sugeriría que cualquier avance de esta lengua en África se traduce automáticamente en pérdidas equivalentes para las lenguas autóctonas. Por lo demás, para muchos, el francés sigue siendo percibido como una de las principales causas de la alienación africana. La Francofonía, por su parte, no sería más que un instrumento de descerebración gracias al cual la «Françafrique» seguiría ejerciendo su nefasta influencia sobre los corazones y las mentes, con el objetivo de saquear mejor los recursos del continente.
Quizá haya llegado el momento de revisar este relato, no para cuestionar la realidad de las relaciones asimétricas entre África y las potencias mundiales, sino para reflejar mejor la complejidad de los procesos de creatividad cultural en situaciones de dominación. En primer lugar, al igual que el inglés, el árabe o el portugués, el francés, en todas sus variantes, se ha convertido, si no en una lengua africana, al menos en una lengua de África. Probablemente no habrá vuelta atrás. De hecho, al entrar en contacto con el continente, la lengua francesa ha demostrado ser, al igual que las lenguas autóctonas, plástica, adaptable y maleable, abierta a todo tipo de influencias.
Más allá de los indudables efectos de la imposición, los africanos no solo se han adaptado a la lengua francesa. La han conquistado, por así decirlo. Han sabido valorar lo que podían obtener de ella. Algunos han visto en ella una medida de su propio valor y de su propio poder. Por eso la han adoptado. Ahora bien, adoptar es participar en lo que se adopta. Así, se ha pasado de una relación exclusivamente colonial, caracterizada por el ejercicio de la fuerza bruta, a una relación de otro tipo, sin duda ambivalente y paradójica, pero cuya capacidad generativa no se puede negar.
Por otra parte, aunque la irrupción del francés en el espacio lingüístico africano se produjo de forma violenta, no ha supuesto la desaparición sistemática de las lenguas locales. Lejos de limitar sus posibilidades, este proceso ha dado lugar a su enriquecimiento, así como al del francés, de forma simultánea. Así ha surgido una nueva ecología de las lenguas, al igual que nuevas normas y nuevas formas de uso y funcionamiento de las lenguas, en ambos sentidos. Lejos de ser un juego de suma cero, la mezcla de lenguas iniciada con la colonización continúa con renovado vigor. Gracias a la fuerza y la resiliencia de las lenguas indígenas, la criollización —más que el multilingüismo— es nuestro futuro. Se nutre de tres factores que nos obligan a replantearnos nuestra relación con el francés y sus instituciones desde una nueva perspectiva.
Las nuevas infraestructuras lingüísticas
El primero es el perfeccionamiento de las tecnologías de inteligencia artificial, impulsado por la creciente potencia de los instrumentos informáticos y la existencia de enormes bases de datos. Este proyecto de automatización integral de la vida mediante el tratamiento algorítmico de datos masivos está impulsado por unas pocas empresas gigantes.
El francés, en todas sus variantes, se ha convertido, si no en una lengua africana, al menos en una lengua de África.
Achille Mbembe
Estas tecnologías pretenden, sobre todo, sustituir a las organizaciones e instituciones sociales por objetos conectados, servicios y aplicaciones digitales. Esta es una de las razones por las que las transformaciones tecnológicas del último cuarto del siglo XX y de principios del siglo XXI han revolucionado el trabajo, pero también las propias relaciones entre humanos y máquinas, la producción de conocimientos y saberes; en definitiva, el conjunto de actividades mediante las cuales los seres humanos exteriorizan su forma de estar en el mundo.
Las propias lenguas tampoco se han librado de estos cambios. A modo de ejemplo, se han registrado avances notables en el tratamiento automático de las lenguas. Nos referimos, en particular, a las herramientas de traducción automática neuronal o de aprendizaje profundo destinadas al público en general y de acceso libre, como Google Translate o DeepL.
Por otra parte, las posibilidades de uso de la IA en la enseñanza y el aprendizaje de idiomas se han multiplicado. Así ocurre en los ámbitos de la expresión oral, la escritura y la lectura. El uso de chatbots es cada vez más frecuente. Como tutor personal, ChatGPT ofrece comentarios instantáneos sobre los textos escritos, ayuda a corregir errores y propone ideas para escribir. Los sistemas de evaluación automática, los denominados sistemas de tutoría inteligente, los robots conversacionales, los «entornos virtuales inteligentes» y la informática afectiva (affective computing) forman parte, al día de hoy, del futuro de las principales lenguas e influyen en la forma en que se constituyen los capitales cognitivos y lingüísticos a escala global. La integración de la inteligencia artificial generativa en la enseñanza y el aprendizaje de las lenguas no solo transforma los métodos de aprendizaje y enseñanza. Tiene un impacto directo en la adquisición de las competencias lingüísticas y en la propia lengua: el vocabulario, la sintaxis, la gramática, la pronunciación, lo que es un texto o la literatura.
Para evaluar adecuadamente las consecuencias de estos cambios, hay que recordar que las lenguas no son únicamente herramientas de comunicación. A priori, escapan a cualquier definición matemático-informática y a cualquier codificación definitiva en un programa. En realidad, la lengua es aquello mediante lo cual, desplegando sus propias alas, el ser humano se lanza hacia el vasto mundo, lo abraza y, al hacerlo, se mantiene con vida. Compartir con otros la misma lengua es, para el ser humano, formar parte de un país común —el país de lo vivo— y de una ciudad común, la ciudad lingüística. Gracias a la lengua, lo que cada uno produce, tanto en lo real como en lo imaginario, alimenta la producción de los demás y hace posible una vida en común, ya que está abierta al intercambio de significados.
Toda lengua es, en definitiva, una producción intelectual, aquello a través de lo cual la inteligencia toma forma y circula. Por eso no es solo una actividad, sino una forma de generosidad y de participación. Al ser un bien público y el símbolo por excelencia del intercambio y de lo común, debe escapar a los juegos del intercambio monetario.
Automatización y mercantilización
La ecología general de las lenguas está, por tanto, experimentando una transformación irreversible a escala mundial. De hecho, una de las principales características de nuestra época es la aparición de un mercado mundial de las industrias lingüísticas. Estas están cada vez más dominadas, no por los Estados ni por las grandes instituciones públicas y culturales, sino por las grandes empresas. La lengua es cada vez menos un marcador de identidad o un instrumento de influencia y soberanía política y, cada vez más, una materia prima cuya dimensión comercial ha sabido aprovechar perfectamente el capitalismo de las plataformas, en su dinámica de expansión ilimitada.
Compartir con otros la misma lengua significa, para el ser humano, formar parte de un país común —el país de los vivos— y de una ciudad común: la ciudad lingüística.
Achille Mbembe
La puesta en marcha, por parte de las grandes empresas, de estrategias de explotación destinadas a convertir las lenguas en mercancías como cualquier otra se explica, ante todo, por la voluntad de hacerse con el control de los inmensos capitales cognitivos de la humanidad. Por otra parte, no se descarta que el mercado de las tecnologías de procesamiento del lenguaje se convierta, a mediano plazo, en un oligopolio dominado por las grandes empresas estadounidenses y chinas, cuya prioridad es ampliar su control sobre las interacciones humanas en línea.
Tomemos, a este respecto, el ejemplo de los asistentes personales inteligentes. En 2020, Cortana, un asistente virtual desarrollado por Microsoft y diseñado para ofrecer asistencia por voz en diversos dispositivos (computadoras con Windows, smartphones y altavoces inteligentes), estaba disponible en siete idiomas, entre los que predominaba el inglés. Se implementó con el fin de aplicar el procesamiento del lenguaje natural y el aprendizaje automático, con el objetivo de comprender una gran cantidad de datos lingüísticos (ya fueran voz o texto) y responder a las órdenes de los usuarios. Para interpretar los comandos de voz, Cortana utilizaba algoritmos avanzados. Se valía de los servicios en la nube de Microsoft para procesar la información y ofrecer recomendaciones personalizadas. Se trataba, en esencia, de codificar los mensajes y formalizar el lenguaje al servicio de la informática.
Es importante señalar que, aunque el inglés fuera su idioma principal, Cortana no hacía ninguna distinción entre las variantes australiana, británica, estadounidense, india, nigeriana o jamaicana del inglés, ni entre las variantes mexicana, argentina o española del español. Al mismo tiempo, los ajustes de Siri en una Mac ofrecían opciones diferentes. Se disponía de 41 idiomas, entre ellos nueve variantes del inglés, cuatro del chino, pero solo una variante del árabe, mientras que las normas ISO recogen más de 30. El cambio hacia las redes neuronales, que se produjo en la década de 2010, ya había hecho posible incorporar una mayor complejidad en el procesamiento y el aprendizaje automático de los idiomas.
Hoy en día, estas herramientas cuentan con capacidades mucho mayores. Para comprender mejor el significado de un discurso, pueden integrar simultáneamente el habla y los gestos. Se está produciendo una hibridación acelerada entre los sistemas de aprendizaje y los sistemas simbólicos. La proliferación de este tipo de dispositivos permite una mayor difusión de las lenguas en línea.
A su vez, esto genera, de facto, un multilingüismo sin precedentes. Pero, si bien una mayor eficacia en el tratamiento automático de las lenguas permite, sin duda, difundir más contenidos en más idiomas, no equivale a la poliglosia. ¿No supone esta última unos niveles de competencia y unos grados de inteligibilidad mutua entre las diferentes lenguas y sus respectivas variantes? Lo que estamos presenciando no es otra cosa que la creación de lenguas que no son artificiales, sino comprimidas y definidas, ante todo, por indicadores de cantidad, visibilidad y accesibilidad.
Los principales editores de software, con sede principalmente en Estados Unidos, utilizan en primer lugar el inglés estadounidensey, solo en segundo lugar, otros idiomas correspondientes a mercados prometedores. Sus estrategias son el resultado de un complejo entramado de lógicas distintas: la identificación de mercados, la disponibilidad de datos, el nivel de conocimientos lingüísticos de los responsables de la toma de decisiones, los costos que conlleva la incorporación de un nuevo idioma, etc. También dependen de representaciones culturales y estereotipos históricos, incluidos los estereotipos racistas y sexistas. Por lo tanto, dentro de una lengua determinada, las tecnologías de procesamiento automático del lenguaje pueden limitar la diversidad lingüística.
El aumento continuo del número de idiomas en internet va de la mano del crecimiento exponencial de las necesidades de traducción automática. En 2019, el mercado mundial de la traducción se valoró en 46.900 millones de dólares. Se preveía que experimentara un crecimiento del 19 % entre 2020 y 2024. El auge de la demanda de traducción alimenta, a su vez, la demanda de herramientas de procesamiento automático del lenguaje eficaces y económicas. De hecho, podría ser que la traducción, tal y como se entiende en las estrategias lingüísticas de las grandes empresas, se limitara a facilitar el acceso a contenidos en la lengua materna y que, por lo tanto, constituyera, paradójicamente, un motivo menos para aprender realmente otras lenguas. Si así fuera, la diversidad lingüística en la web no sería más que una fachada del monolingüismo y no un auténtico multilingüismo. Por otra parte, el tipo de plurilingüismo que promueven las grandes empresas no refleja necesariamente la realidad lingüística fuera de internet. Esta se caracteriza, de hecho, por entornos esencialmente monolingües, aunque, aquí y allá, el uso del inglés esté muy extendido.
La traducción rápida a partir de numerosos pares de idiomas tiende, de hecho, a aumentar el plurilingüismo a escala global. Sin embargo, no es seguro que esto garantice la diversidad lingüística, y mucho menos el multilingüismo. De hecho, desde un punto de vista técnico y cognitivo, la propia lógica de la traducción automática neuronal se basa en una doble ruptura. En primer lugar, la IA es, ante todo, una técnica de compresión de la información, y el diseño de sus herramientas y sus usos se ve condicionado por imperativos económicos. También se ve limitada por restricciones epistemológicas y cognitivas: las propias limitaciones del corpus de entrenamiento, en cuanto al uso de recurrencias, categorías y taxonomías, y la existencia de sesgos de todo tipo. Por otra parte, al codificar el lenguaje en forma de representaciones matemáticas, la IA busca, en realidad, liberarse de las limitaciones de las lenguas naturales. Sin embargo, la función lingüística es todo menos el equivalente de la función estadística tal y como se despliega, en particular, en los algoritmos. De ello se deriva, por tanto, un fenómeno de pérdida —o incluso de desimbolización— que sería peligroso pasar por alto.
Los recursos de significado y simbolismo necesarios para la vida democrática y la supervivencia de la humanidad se encuentran en las lenguas humanas.
Achille Mbembe
Por último, hay que preguntarse si el multilingüismo y la diversidad lingüística se ven enriquecidos o empobrecidos por el procesamiento automático de lenguas. En otras palabras, ¿qué efectos tienen las herramientas de procesamiento automático de lenguas en el panorama mundial de las lenguas en línea? Para responder a esta pregunta, hay que tener en cuenta las diferentes facetas del ecosistema técnico y económico de las industrias lingüísticas: las técnicas empleadas, los indicadores de rendimiento, la interacción entre el ser humano y la máquina, las últimas evoluciones del mercado, etc. Tomemos el caso de los indicadores de rendimiento. Hoy en día, la evaluación de la traducción automática neuronal se basa en indicadores que dan prioridad a criterios no lingüísticos, como la tasa de interacción de los usuarios o el tiempo que pasan en una página o interfaz determinada. En lugar de reproducir el texto original de la forma más fiel posible en una lengua de destino, se busca más bien maximizar el número de clics. En el contexto tecnológico actual, la traducción automática enriquece sin duda la inteligibilidad mutua, pero no está diseñada para dar cuenta de lo intraducible, ni de todos los matices y particularidades de una comunidad lingüística determinada.
No hagamos sufrir a las lenguas lo que le hemos hecho sufrir a la naturaleza
A la luz de las reflexiones anteriores, se desprenden tres conclusiones.
En un mundo en el que hoy en día todo tiende a pasar por las máquinas informáticas y que está cada vez más poblado de dispositivos móviles, la función lingüística se ha externalizado más que nunca. Ya no hay sintaxis, ni gramática, ni diccionario que no se apoye en las tecnologías. La naturaleza de la lengua y su papel en la cultura y en el ámbito de la creación simbólica se ven profundamente transformados. Por lo tanto, debemos dejar de concebir la lengua francesa y la francofonía como meras «herramientas de influencia», y empezar a considerarlas verdaderamente en términos de una ciudad lingüística abierta, migrante y ecuménica, y a la luz del proyecto de resimbolización del mundo, sin el cual apenas existe una democracia sustantiva.
Para ello, necesitamos desarrollar los niveles de competencia lingüística tanto en francés como en las lenguas maternas, ya que el francés y las demás lenguas maternas podrían verse perjudicadas por la omnipresencia de las tecnologías lingüísticas, que simplifican y estandarizan tanto la creación en general como la expresión simbólica.
En segundo lugar, las lenguas no son mercancías y son mucho más que meros medios de comunicación. Son una forma de don. En este sentido, forman parte de una economía general, la de los bienes comunes, al igual que el aire, el agua, la biósfera, los recursos o los utensilios de la vida. Por eso no debemos dejar que un puñado de actores económicos dominantes se encargue (sin rendir cuentas a nadie) de la difusión a gran escala de las tecnologías de procesamiento automático del lenguaje. En el espíritu de los bienes comunes, las plataformas, las instituciones educativas, culturales y jurídicas, así como las comunidades de usuarios, deben ser, todas juntas, partes interesadas en el debate sobre el papel y las consecuencias del procesamiento automático del lenguaje en nuestras sociedades en la era de la inteligencia artificial.
Por último, existe una estrecha relación entre la crisis ecológica, la crisis de sentido y el proceso, actualmente en curso, de agotamiento y empobrecimiento de las lenguas. Las fuentes de sentido y de símbolos necesarias para la vida democrática y la supervivencia de la humanidad se encuentran almacenadas en las lenguas humanas. No podemos trasladar al ámbito de las lenguas el tipo de relación que hemos establecido con la naturaleza —una relación caracterizada por la voluntad de instrumentalizar todas las formas de vida en la Tierra, además de una fe ciega en el mecanismo del mercado—. Incorporar las lenguas humanas al ámbito del valor económico y del solucionismo tecnológico, sin salvaguardias y de forma abstracta y desencarnada, conducirá, tarde o temprano, a su extinción y a la desaparición de los hábitats simbólicos sin los cuales es imposible resimbolizar la democracia y escribir el mundo.