Mi mamá dice que no hay que malcriar a los niños, y me azota todas las mañanas; cuando no tiene tiempo por la mañana, lo hace al mediodía, rara vez más tarde de las cuatro.
La señorita Balandreau […] vive debajo de nosotros. Al principio estaba contenta: como no tiene reloj, eso le daba la hora. «¡Bam! ¡Ban! ¡Tun! ¡Tun! —ahí está el pequeño Cosa al que están azotando; es hora de prepararme mi café con leche».
Jules Vallès, L’Enfant , 1889.
La noche del 27 de agosto de 1934, en la colonia penitenciaria de Belle-Île-en-Mer, uno de los menores encarcelados le da un mordisco a su trozo de queso antes de tomarse la sopa. Siguiendo el reglamento, un guardia lo golpea. Por la noche, cerca de cincuenta niños se escapan. Al día siguiente, se invita a los habitantes y a los turistas de paso a participar en la búsqueda, a cambio de veinte francos por cada niño encontrado. Cuevas, campos, bosques, casas abandonadas: todo queda registrado. Al día siguiente, todos los niños son capturados de nuevo; los gritos resuenan por toda la isla. Prévert, quien se encontraba de vacaciones en el lugar cuando ocurrieron los hechos, concibe la idea de La caza del niño, que escribirá unos meses más tarde. Con música de Kosma, el poema se publica en Paroles en 1946:
¡Bandido! ¡Delincuente! ¡Ladrón! ¡Granuja!
¿Qué son esos gritos (…)
Es la jauría de la gente honrada
Que anda a la caza del niño
Él había dicho: «Ya estoy harto del reformatorio»
Y los guardias, a golpes de llave, le habían roto los dientes
Y luego lo habían dejado tirado sobre el cemento
(…)
Para cazar al niño, no hace falta permiso
Toda la gente honrada se ha puesto a ello
¿Qué es lo que se mueve en la noche?
¿Qué son esos destellos, esos ruidos?
Es un niño que huye
Le disparan con rifles
Siguiendo una estrategia surrealista típica, el poema de Prévert invierte la forma de la rima infantil. En la canción, el «estribillo» es la sucesión de insultos que la «manada de gente honrada» les grita a los niños. Niños a quienes se humilla, se persigue, se golpea y a quienes se les dispara. Al invertir la jerarquía entre lo animal y lo humano, aquí son los adultos, convertidos en bestias salvajes, quienes persiguen, como lobos, al niño de los cuentos, «una bestia acosada [que] galopa en la noche/Y todos galopan tras él/Los gendarmes, los turistas, los rentistas, los artistas». Es decir, todos, incluido Prévert.
El 28 de septiembre de 2026, en Saint-Ouen l’Aumône, un estudiante de preparatoria catorce años, alumno del instituto profesional del Château d’Epluches, recibe un disparo de LBD en la boca a quemarropa tras un altercado con tres agentes de la CRS. El niño pierde los dientes superiores y parte de los inferiores. Su mandíbula sufre una doble fractura. El 29 de septiembre, en Alençon, una estudiante de preparatoria de 14 años es estrangulada. El 1 de octubre, en Tours, un estudiante de preparatoria de dieciséis años recibe un disparo de LBD en el ojo derecho. Acabamos de enterarnos de que ahora está parcialmente ciego. El 3 de octubre, las detenciones ascienden a 5.000. El 5, un estudiante de preparatoria pierde una mano. En la escuela preparatoria donde trabajo, en los suburbios de París, los manifestantes que bloqueaban el paso son atacados con gas lacrimógeno; unos veinte estudiantes, entre ellos mis alumnos de segundo año, son puestos bajo custodia policial.
Los comentarios que siguen a los distintos artículos de Le Monde y Le Figaro critican a la policía por su laxitud y se regocijan por los maltratos físicos. Uno sugiere que la familia del niño que perdió un ojo pague los gastos de indemnización. Otro recuerda que no se puede hacer omelette sin romper huevos. Extraño omelette, extraños huevos. Otros, por último, recuerdan que «los estudiantes de preparatoria tienen un derecho: estar en clase, callarse y obedecer al profesor». Noto un estribillo marcial que aplica el derecho de la guerra a una revuelta adolescente: «Si vas a [sic] la guerra, asumes las consecuencias». Weird flex but ok.
El sector conservador del electorado sospecha que la revuelta de los estudiantes de preparatoria es una manifestación organizada en secreto por la izquierda insumisa o los sindicatos. Si bien algunos comentaristas ven en esta rebelión el resultado de la inmigración y las costumbres violentas asociadas a ella, o incluso el pródromo de una guerra racial, otros la consideran el resultado de un laxismo educativo demasiado profundo y la consecuencia del «izquierdismo» del Ministerio de Educación: la Revolución, como todos saben, se come a sus hijos. Otros señalan el efecto bola de nieve de las redes sociales, la escalada de «TikTok» que empuja a los alumnos hacia una violencia cada vez mayor. Los policías, sumamente afectados, incluso agredidos y golpeados, reaccionan con medidas adecuadas para garantizar el orden. El único problema, a lo sumo, sería que se les impidiera hacer su trabajo y que se llevara a los estudiantes de preparatoria a casa, sanos y salvos.
Desde la izquierda, la revuelta ha sido bien recibida. Es consecuencia del deterioro de las condiciones de la enseñanza, los bajos salarios de los maestros, las ausencias repetidas, el estrés de Parcoursup, las desigualdades entre las escuelas preparatorias de los suburbios y las del centro de la ciudad, y la sensación de exasperación de la juventud. Algunos se han entusiasmado. Según el famoso lugar común, los desmanes son legítimos; además, si hay desmanes, son obra de agentes infiltrados —lo cual, por cierto, está comprobado—. Se queman escuelas preparatorias, se rompen pianos, se golpea a los policías. Es genial. Más allá del riot porn, se fomenta y se sigue la revuelta infantil. Se ha señalado la falta de atención de los sucesivos gobiernos. Desde hace muchos años, los sindicatos de maestros, las asociaciones, los representantes de los jóvenes y los propios jóvenes han alertado sobre el deterioro de las condiciones de enseñanza, sobre el agotamiento ante las reformas y sobre el exceso de alumnos en las aulas. No se les ha escuchado.
Mientras tanto, la administración de las escuelas preparatorias está preocupada; las escuelas cierran y se pasa a la educación a distancia. Los estudiantes más desfavorecidos serán los que más sufrirán.
Ambos puntos de vista tienen su parte de verdad. Sin embargo, ambos pasan por alto la situación tal como se vive realmente en el terreno, desde la perspectiva de los estudiantes de preparatoria y los maestros, lo que plantea un problema de diagnóstico de la realidad y de incomprensión respecto a los mecanismos humanos en juego.
Por lo tanto, al no comprender la situación, impiden resolverla.
*
La semana pasada, me di cuenta de que la escuela preparatoria donde trabajo estaba ocupada. Una pila de botes de basura bloqueaba la entrada. Algunos alumnos se habían subido a las rejas y gritaban a los consejeros escolares y al personal docente. Habían puesto música y se reían muy fuerte. Había fuego, gritos e insultos al director: «¡X., chupas pitos!». Es súper divertido. En los carteles se lee: «No necesitamos educación sexual, el Estado ya nos jode». Al pasar, veo a algunos de mis alumnos deambulando frente a la parada de autobús. Son los mejores de la clase y los más tranquilos. Reconozco en los basureros y las rejas a mis alumnos con problemas, T. y W., a quienes ya he expulsado o castigado varias veces, y que son un lastre para la clase. Algunos alumnos lanzan cartones contra los consejeros escolares. Entro al instituto. En la sala de profesores, me tomo un café que me cuesta cincuenta centavos. Nadie sabe lo que está pasando. Salgo varias veces durante la mañana para encontrarme con algunos alumnos y platicar. Los enfrentamientos con la policía comienzan alrededor de las nueve. Algunos alumnos quieren lanzar bombas Molotov, otros echan gasolina en los botes de basura o arrojan viejas cajas de cartón con basura contra los directores de educación, quienes gritan. Algunos, que vienen de otros institutos, intentan abrir la puerta del estacionamiento para entrar al edificio. Lanzan piedras contra el vidrio del comedor. Es un caos. La policía responde con gases lacrimógenos. Me cruzo en el vestíbulo con T., que acaba de «tragar» gas lacrimógeno, y a quien le ofrezco un pañuelo. Ya lleva consigo gotas de colirio para desinfectarse el ojo. No sé si la enfermera se las dio o si ya lo había previsto: ambas posibilidades me dan miedo. Que una parte de los funcionarios tenga que soportar la violencia de los demás, o que un chavito de catorce años ya sepa cómo evitar el dolor de los gases lacrimógenos.
La situación finalmente se calma y el día sigue su curso. Esperamos, pero no sabemos qué estamos esperando. Hacia las tres de la tarde, los de último año por fin regresan y quieren tener clase, porque están «muy asustados» por el examen final de bachillerato.
Al día siguiente, a las ocho de la mañana, doy clase a siete alumnos. Están los que sus papás obligan a venir, porque ya los han castigado. Los otros, los «lindos», están ahí porque tienen que estar. Les pregunto si saben por qué hay bloqueo. Las razones son un poco confusas. Me hablan de Palestina, del comedor, del derecho a ir al baño (no pueden ir durante las clases), de «demasiadas clases». La mejor alumna de la clase, cuya familia seguramente escucha la radio, habla del deterioro de las escuelas preparatorias, de Parcoursup, de la ausencia de los maestros. Algunos condenan la violencia aunque entienden la causa; otros no saben qué pensar.
Bloqueo del instituto Paul Valéry, en el distrito 12 de París. Los adolescentes piden más recursos para estudiar y para su escuela, a raíz de las reivindicaciones de los maestros a nivel nacional. © Corentin Fohlen/Divergence. París, Francia. 1 de octubre de 2026.
Unos días más tarde, la dirección y yo tenemos una cita con W, quien, desde principios de año, acumula numerosas horas de ausencias, castigos y, en cuanto a las expulsiones, idem. Además, se peleó en clase con una compañera: «Cállate, cállate», etc. Su papá murió; él y sus hermanos son conocidos en la escuela, son verdaderos «terrores», con excepción de la mayor. Llamamos a su mamá porque, después de una discusión durante el receso con su profesor de historia, se «escapó»: el profesor no pudo, o no quiso, dejarlo ir al baño. Viene con su hermana, que cursa un BTS; A. me mirará durante toda la sesión con los ojos cada vez más desorbitados. Mis colegas recuerdan las fechorías de W. Este se disculpa por su actitud, pero la justifica a regañadientes. Dice que va a cambiar. Mis colegas tutean a W. Su madre parece amable, pero está despistada. Durante la discusión, ella empieza a llorar. Le decimos a W. que no debería estar orgulloso de hacer llorar a su mamá, que debería avergonzarse; ella salió temprano del trabajo por esto y ahora está llorando. W. se siente incómodo, se ríe porque, según dice, todos lo miran sin decir nada, es gracioso. Dice: «Hago lo que puedo». Le dicen a W. que, tal como se ha ido, no tendrá ningún futuro: ni segundo año, ni otro instituto, ni oficio, nada. ¿Quiere W. terminar en la calle? La madre de W. también llora y le habla en árabe mientras nos señala con el dedo. La hermana de W., por su parte, ya no aguanta más. Le gustaría que fuéramos más estrictos. En un momento, hace el gesto de tirarse de la oreja. Se siente «superada» por esta generación, dice que no la entiende. El CPE, con diez años de experiencia y que ha visto de todo, le dice a la hermana de W. que no todos los niños son como su hermano. Quizás W. deba ver a un psicólogo. Quizás, piensa W., creen que es un tonto. Durante la discusión, se recuerda que W. estaba ayer con los demás usando un disfraz de Tortuga Ninja. Se dice que W. insultó a los educadores y trató de prender fuego a los botes de basura. W. dice que no, que estaba al final de la calle, que «estaba viendo a sus compañeros». Al final, a W. le imponen un cambio de clase y una expulsión definitiva con suspensión condicional. Después de que W. y su mamá se fueran, me entero de que grabaron a W. frente a la preparatoria; lo reconocen muy bien. El consejero escolar me dice: De todos modos, creo que W. no aguantará el año; es evidente que no le importa nada, siempre es lo mismo.
Al salir, me sorprendo pensando que si yo fuera W., si para mí la preparatoria fuera ese lugar donde me humillan, donde hacen llorar a mi mamá, por supuesto que la odiaría, por supuesto que querría quemarlo todo, por supuesto que querría prenderle fuego.
*
Soy profesor de preparatoria en los suburbios de París. Son mis alumnos a quienes les lanzan gas y golpean. Por lo tanto, me corresponde, lo quiera o no, tratar de dar respuesta a lo que veo, a lo que oigo, a lo que constato
Es decir, por un lado, una parte de la juventud que ya no aguanta más; por otro, una parte de la policía y de los adultos que pretenden perseguir, encarcelar, lanzar gas lacrimógeno, golpear, estrangular, dejar ciegos y desfigurar a estudiantes de preparatoria, es decir, a niños.
Las razones que esgrime una parte del movimiento son bien conocidas. Las instalaciones de gran parte de las escuelas preparatorias de los suburbios de París se encuentran en un estado deplorable. No se puede estudiar allí dignamente: cucarachas, agujeros en el techo, ratas, tanta humedad que el agua sale de las paredes. Los baños suelen estar tapados y los alumnos se aguantan durante nueve horas. En invierno, uno se muere de frío; se imparten clases con abrigos, pero sin gorros, ya que está prohibido llevar gorros. En verano, hace demasiado calor; los alumnos vomitan y deben ir al baño para rociarse con agua. Durante los exámenes orales del bachillerato, se entregan (con retraso) ventiladores a los examinadores, pero no a los alumnos, quienes sudan durante sus exámenes. A los maestros les pagan mal (su poder adquisitivo se ha desplomado en treinta años y ganan menos que los demás funcionarios de categoría A), los envían a su primer puesto a lugares difíciles lejos de sus hogares, no los reemplazan y sufren reformas absurdas y demasiado frecuentes. El 65 % de las escuelas carece de personal. En mi escuela preparatoria, a finales de septiembre, no hay profesor de filosofía. A los profesores enfermos no se les reemplaza, o se les reemplaza tan mal que es lo mismo. A los alumnos no se les permite ir al baño, comer ni beber durante las clases; tienen jornadas de nueve horas a los trece años; la violencia y el acoso son moneda corriente. Sus boletas de calificaciones y sus notas son evaluadas por Parcoursup. Siguiendo una lógica arbitraria, algunos de ellos no logran ingresar a la educación superior al terminar la preparatoria.
En resumen, «es una mierda», como se suele decir.
Sin embargo, me parece que se ha pasado por alto algo que, si bien no explica la revuelta, sí le da intensidad a estos últimos factores y los refuerza. Incluso los multiplica. Lo planteo como una hipótesis; no sé si es cierta; no puedo evitar sorprenderme de que no se haya destacado en el debate reciente. También aclaro que no explica todo y que no pretendo reducir lo que está pasando a una simple cuestión de los-adolescentes-son-imbéciles-que-se-atascan-para-entrar-a-TikTok. Planteo, pues, una hipótesis de desencadenamiento.
Instituto Turgot en el 3.º distrito de París, © Corentin Fohlen/Divergence, 5 de octubre de 2026.
Sabemos la importancia que tiene el celular entre los adolescentes. Suele ser un «objeto de consuelo» que los acompaña a diario y forma parte de su vida social. Es un objeto de placer, de juego, de comunicación, de amistad, de autoexpresión y de adicción. Los padres lo dan o lo quitan para recompensar o castigar.
El celular se prohibió en los institutos a principios de septiembre. Es algo positivo. El año pasado, en el departamento 93, mis alumnos pasaban todos los recreos, las comidas y, a veces, hasta las clases con la nariz pegada a él. Doomscroll. En cuanto terminaba la clase, con su necesaria tiranía, los cerebros se desconectaban. Los cerca de treinta cerebros disponibles eran absorbidos por la droga de las imágenes. Mi clase se convertía en un grupo de zombis. Hubo varias meriendas silenciosas, extrañamente silenciosas, demasiado silenciosas, con el único sonido del pulgar deslizándose por la pantalla, las sillas chirriando y las bocas masticando.
Este año, sin celular, mis alumnos están más alertas, más encantadores, más desordenados, más emocionados, más infantiles. También son más molestos. Ahora bien, no es imposible que la desaparición del celular haya tenido algo que ver en todo esto. Si bien en la rebelión de estos adolescentes hay un reflejo de adicto que quiere su dosis, que se inquieta porque no tiene su ración, también es posible que, al apartar la vista del feed, el estudiante de preparatoria francés haya abierto los ojos ante una situación que de repente le pareció insoportable. Se dio cuenta de que los adultos que pretendían guiarlo lo humillaban constantemente. Ha visto que su generación estuvo encerrada durante dos años por el Covid para salvar a sus abuelos, y que sus abuelos votaron en contra de sus intereses. Ha visto que el planeta ha sido devastado por la generación anterior, y que debe disculparse por comprar moda rápida. Nació en la era de la comida rápida y tiene que disculparse por gustarle el Tasty-crousty. Sabe que la generación anterior es la del Me Too, de la violencia sexual, y lo acusan de ya no perder la virginidad lo suficientemente pronto. Lee que es analfabeto y ve que se ha reducido drásticamente el número de clases de francés que debe tomar a lo largo de su vida. Por todas partes, escucha que es una generación tonta, superficial y estúpida, y apenas acaba de nacer. Se da cuenta de que su generación cuenta con más personas de origen inmigrante que las anteriores, y que es la que tiene más posibilidades de ver al Rassemblement National en el poder. Ve que vive en una sociedad que envejece, que se regodea al golpear a su juventud inmigrante, proletarizada, humillada y sin futuro.
Por todas partes le piden que obedezca; por todas partes la situación se deteriora.
Sobre todo, ve que esos adultos que le quitan su celular son ellos mismos adictos, y que sus maestros, para pasar lista en Pronote, usan su celular frente a él. Que, por muy sensatos que parezcan, ellos también se topan con esa imagen alucinante en el metro todas las noches. Que ninguno de ellos intenta realmente hacer algo para cambiar la situación injusta que se les impone. Cuando mira al adulto que lo supervisa, ve a dos adictos y ve a un hipócrita.
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Sé que el argumento parecerá, a primera vista, un tema recurrente de los boomers. Sin embargo, planteo esta reflexión sin ninguna agresividad ni desprecio hacia mis alumnos, a quienes quiero y aprecio.
Si bien la prohibición de los celulares en las escuelas preparatorias es algo positivo, no podemos ofrecerles a nuestros hijos la represión como único horizonte político.
La persecución de los jóvenes debe terminar. Si bien los desmanes y la violencia contra las instituciones y las fuerzas del orden son insoportables, por otro lado es inadmisible que una sociedad tolere que las fuerzas del orden, sin «autorización», golpeen a adolescentes y que esa sociedad solo responda a sus reivindicaciones con violencia, represión, hipocresía y estupidez. La acción de los estudiantes de preparatoria, por violenta e inmadura que sea, es propia de la juventud y plantea preguntas pertinentes. No es el resultado de una «moda» de las redes sociales, de una instrumentalización política, de la laxitud de la institución o de un «embrutecimiento». Es el resultado de una situación de crisis que se ha dejado que se instale y que, para resolverse, requiere diálogo, inteligencia, respeto y pragmatismo. Esto no se logrará sin dialogar con los interlocutores habituales (sindicatos, maestros, padres), a quienes deben sumarse los propios principales afectados.