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En las grandes instituciones se observa a menudo una cierta tendencia a repetir lo que se hacía hasta ahora, una especie de sonambulismo. Eso es precisamente lo que está ocurriendo hoy en día en el seno de la Unión en lo que respecta a las relaciones con África. Sin embargo, hay que romper sin más demora con esta rutina para lograr restablecer los vínculos con un continente que desempeñará un papel esencial en el futuro del mundo en el siglo XXI.
Una gran ola de democratización
Repasemos, en primer lugar, lo que ha ocurrido en África durante las últimas décadas. En la década de los noventa, con la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, surgió una esperanza legítima en el continente africano: la de ver cómo los regímenes autocráticos que imperaban prácticamente en todas partes daban paso a regímenes democráticos.
Tras varias décadas en las que la mayoría de los países africanos habían estado gobernados por regímenes de partido único, entre 1989 y 1994 se celebraron decenas de elecciones multipartidistas en el continente. Durante la última década del siglo XX, 42 de los 48 países del África Subsahariana llevaron a cabo reformas democráticas. Treinta años después de la gran transformación histórica que supuso la ola de independencias, se tenía la sensación de que África estaba atravesando de nuevo un cambio histórico. Por parte de Europa, esta dinámica contó con un amplio apoyo en aquella época, tanto en el plano político como en el financiero.
Las circunstancias variaban de un país a otro, pero la tendencia general era clara. Este movimiento tenía su origen principalmente en un sentimiento de gran frustración entre las poblaciones africanas, cuya calidad de vida apenas había mejorado, o incluso nada, desde las independencias. Este punto es especialmente importante y no se ha tenido suficientemente en cuenta en Europa: las poblaciones africanas no participaron masivamente en las elecciones simplemente porque les guste votar o porque valoren la posibilidad de expresar su diversidad política en las urnas. Acudieron a votar porque tenían grandes expectativas en cuanto a la mejora de la gobernanza y al progreso económico y social.
Desde entonces, los países africanos presentan un balance económico que puede parecer positivo en términos de crecimiento, pero que, en la práctica, lo es mucho menos de lo que a menudo se cree. El periodo comprendido entre 1980 y 1995 fue desastroso. El escaso crecimiento económico registrado se vio ampliamente superado por el crecimiento demográfico. A lo largo de esa década y media, la renta per cápita se redujo considerablemente.
Los veinte años siguientes fueron mejores. Sin duda, gracias a las reformas económicas, pero sobre todo debido a la fuerte demanda internacional de materias primas africanas. Este periodo también se caracterizó por una afluencia de inversiones extranjeras directas, que, sin embargo, se centraron principalmente en el sector primario, en particular el petróleo, el gas y los minerales.
Un crecimiento económico significativo, pero que hay que relativizar
Desde mediados de la década de 1990 hasta mediados de la década de 2010, el crecimiento económico del continente fue significativo, con una tasa superior al 5 % anual. Un crecimiento del 5 % anual sería un resultado formidable para las economías europeas, pero en África hay que relativizar esa tasa. Por dos razones. En primer lugar, porque, debido a un crecimiento demográfico superior al 2 % anual, el crecimiento real de la renta per cápita no es suficiente. En segundo lugar, porque muchas economías africanas parten de un nivel extremadamente bajo y, por lo tanto, se encuentran inmersas en un proceso de recuperación.
Desde hace diez años, por diversas razones, se observa de nuevo un crecimiento económico más débil. En torno al 3-4 % anual, lo que apenas representa algo más del 1 % por habitante una vez tenido en cuenta el crecimiento demográfico. A esto se suma el hecho de que África es, junto con América Latina, la región del mundo donde las desigualdades son mayores. Y estas desigualdades no han disminuido en las últimas tres décadas. Se trata de uno de los factores más importantes que sigue frenando el desarrollo del continente.
África es, en realidad, un continente extremadamente heterogéneo, por lo que hay que desconfiar de los discursos demasiado generales sobre ella. De hecho, cuenta con unos cincuenta países con historias, climas, culturas y realidades políticas muy diversas. Pero para comprender las dinámicas políticas africanas, incluidas las internacionales, hay que tener muy presente que una gran parte de la población africana sigue sintiendo una gran frustración respecto a sus perspectivas económicas y sociales.
La población africana es la más joven del planeta. Es ambiciosa y posee los mismos talentos que en cualquier otra parte del mundo, a pesar de tener un nivel educativo más bajo. Al analizar su situación actual y el camino recorrido en las últimas décadas, el sentimiento que predomina es el de la rebelión. En África reina un clima de profunda insatisfacción, no solo hacia los propios dirigentes, sino también hacia sus aliados tradicionales. Ahí es donde entra en juego Europa.
Una Europa distraída
En las últimas décadas, Europa ha demostrado tener muy poca capacidad para comprender la situación del continente y adaptarse a los cambios que ha experimentado. La Unión no ha permanecido inactiva durante este tiempo, pero sí se ha distraído.
Desde el inicio de la integración europea y de las independencias africanas, se había establecido una relación centrada en la ayuda al desarrollo con África, a través de los convenios de Yaundé, posteriormente de Lomé y, por último, del Acuerdo de Cotonú. Fue fundamentalmente a través de esos mecanismos —impulsados en un primer momento en gran medida por Francia— como se produjo una europeización de las relaciones económicas con África. Sin embargo, el núcleo de la relación política siguió estando más centrado en París y Londres que en Bruselas. En otras palabras, la estructura de las relaciones entre la Unión y los países africanos era tecnocrática y se centraba en el desarrollo económico, pero carecía de una dimensión política significativa y no generó una dinámica a ese nivel.
A partir de la década de 1990, tras el fin de la Guerra Fría, Europa se replegó sobre sí misma, centrada en la tarea histórica de reunificar el continente europeo. Sin embargo, en el seno de la Comisión, unos pocos miles de funcionarios seguían dedicándose, de manera tecnocrática, a promover proyectos de cooperación con los países africanos. Aunque los textos de los acuerdos ponían cada vez más de relieve la dimensión política de esta relación, el diálogo seguía siendo, en realidad, esencialmente de carácter técnico. La voluntad de interacción política era muy limitada por parte de las instituciones europeas y las reuniones solían estar dirigidas por directores generales o jefes de división, incluso cuando, al otro lado de la mesa, se sentaban presidentes, primeros ministros o ministros.
Los nuevos países europeos no conocen África
En 2004, la Unión experimentó una gran ampliación con la adhesión de diez nuevos países, ocho de ellos de Europa Central y Oriental, a los que se sumaron poco después Rumanía, Bulgaria y Croacia. Ninguno de estos nuevos Estados miembros mantiene relaciones políticas significativas con el continente africano. Inevitablemente, el centro de gravedad de la Unión se ha desplazado hacia el este y el norte. Países como España, Portugal, Francia o Italia han hecho todo lo posible para que África y el Mediterráneo siguieran siendo componentes importantes de la política europea, pero la ampliación ha jugado en gran medida en sentido contrario.
Unos años más tarde, se produjo la gran crisis financiera. Durante varios años, las cumbres europeas se centraron en el rescate del euro y de varias economías, lo que suscitó las controversias que todos conocemos. Luego vinieron la anexión de Crimea por parte de Rusia, la enorme complejidad de las relaciones transatlánticas desde la llegada de Donald Trump a Washington, la pandemia de COVID-19 y, posteriormente, la invasión rusa de Ucrania. Desde principios de la década de 1990 hasta hoy, África dista mucho de figurar entre las prioridades de los responsables políticos europeos.
También predominaba la idea de que las relaciones entre Europa y África se habían estabilizado en general, a pesar de las crisis que pudiera atravesar tal o cual país del continente africano. En muchos casos, las élites africanas habían cursado sus estudios en Europa y enviaban allí a sus hijos a la universidad, sobre todo a Francia o al Reino Unido. Europa seguía siendo un referente para las poblaciones africanas y no parecía necesario prestar mucha atención a las dinámicas internas del continente, sobre todo porque había otras cuestiones más urgentes para los europeos.
En otras palabras, para la Unión, las relaciones con África seguían su curso habitual, bajo la dirección de tecnócratas. Estos estaban convencidos de que los millones de euros destinados a proyectos de desarrollo bastarían para resolver todos los posibles problemas o malentendidos.
El nudo gordiano de las migraciones
Volvamos al continente africano para precisar los retos a los que se enfrenta. El primero tiene que ver con la demografía. El crecimiento demográfico sigue siendo importante allí y contrasta con el estancamiento demográfico de Europa y la clara desaceleración observada en casi todas las demás partes del mundo. En 1950, la población europea era más del doble que la del continente africano. Hacia el año 2000, la población africana superó a la de Europa. Hoy, al final del primer cuarto del siglo XXI, África cuenta con aproximadamente el doble de habitantes que Europa. Dentro de un cuarto de siglo, la población africana será de 2.500 millones de habitantes, es decir, más del triple de la población europea, que será de 700 millones.
África es, con diferencia, el continente más joven del planeta. En la actualidad, la edad mediana allí es de 19,5 años. Aproximadamente el 60 % de los africanos tiene menos de 25 años. En la región del Sahel, este porcentaje alcanza incluso el 70 %. Esta situación es radicalmente diferente a la de Europa, donde solo el 25 % de la población tiene menos de 25 años. No se trata simplemente de una diferencia estadística: estas realidades diferentes tienen un profundo impacto en la forma en que los europeos y los africanos perciben el mundo y se perciben unos a otros.
Para la inmensa mayoría de los africanos nacidos en las últimas décadas, lo principal que saben de Europa es que resulta extremadamente difícil conseguir un visado para viajar allí. También saben que la única forma de buscar oportunidades en las economías europeas desarrolladas es arriesgar la vida cruzando el desierto del Sáhara y el Mediterráneo, o embarcándose en piraguas para llegar a las Canarias.
África es el continente más joven, mientras que Europa es el que envejece más rápidamente: de aquí a 2050, casi uno de cada tres europeos tendrá más de 65 años. Las consecuencias serán evidentes: habrá cada vez menos jóvenes para cubrir las necesidades de un número creciente de jubilados.
El tema de la migración es políticamente candente en Europa. Lamentablemente, a menudo se utiliza de forma demagógica para avivar los miedos y el odio. Una visión serena y realista permite poner de manifiesto otras realidades.
La evolución demográfica de Europa es prácticamente insostenible sin inmigración. El vigor de la dinámica demográfica africana también hace que resulte ridícula la idea de construir muros en el desierto o en el mar para impedir los flujos migratorios hacia Europa. Para que los flujos migratorios se controlen sin que los jóvenes africanos tengan que correr riesgos extraordinarios para llegar al continente europeo, es fundamental que África experimente un fuerte crecimiento económico, cree numerosos puestos de trabajo y ofrezca mejores perspectivas de futuro a su juventud. Sin ello, sería ilusorio imaginar que puedan establecerse relaciones sanas en materia migratoria entre África y Europa.
Hay otros dos aspectos que conviene destacar en relación con los flujos migratorios africanos. La gran mayoría de las migraciones africanas tienen lugar dentro del propio continente, y no entre África y Europa. De hecho, el número de africanos que emigran a otros países africanos es más del doble que el de los que emigran a Europa. El crecimiento de los flujos migratorios intraafricanos es muy superior al de las migraciones hacia Europa. Por otra parte, hay que recordar que los europeos emigran mucho más que los africanos. Aproximadamente el 3 % de los africanos vive fuera de su país de nacimiento, frente a más del 10 % de los europeos. Aunque la población africana es el doble que la europea, son cerca de 90 millones de europeos los que viven fuera de su país de nacimiento, frente a unos 40 millones de africanos. Y, del total de migrantes en el mundo, solo el 14 % son africanos, frente a más del 40 % de asiáticos y cerca del 30 % de europeos. 1
El debate político y mediático da a veces la impresión de que Europa se ve amenazada por grandes hordas de africanos deseosos de invadirla. Se trata de una idea errónea. En realidad, los movimientos de población entre ambos continentes siguen siendo relativamente modestos. Es nuestro deber rechazar las manipulaciones con fines políticos y examinar con total sinceridad las cifras y las tendencias reales. Esto no significa que no haya trabajo por hacer, porque evidentemente lo hay. Pero nos equivocamos profundamente si pensamos que se trata del mayor reto al que se enfrenta Europa.
Corregir la injusticia climática
El calentamiento global tiene consecuencias especialmente graves en África.
Es evidente que aquí existe una profunda injusticia: África es responsable de aproximadamente el 3 % de las emisiones totales de carbono y, sin embargo, es en este continente donde se observan algunos de los cambios más rápidos. Además, la agricultura es uno de los sectores más afectados por el cambio climático y África cuenta, proporcionalmente, con más trabajadores en este sector que los demás continentes. En otras palabras, el cambio climático afecta negativamente a todo el planeta, pero afecta de manera desproporcionada al continente africano.
Si nos fijamos en el Sahel, en esta vasta región existe desde hace siglos una relación compleja entre ganaderos y agricultores. Algunas poblaciones viven de la agricultura sedentaria, mientras que otras se dedican a la trashumancia de rebaños de vacas y cabras a lo largo de cientos de kilómetros, siguiendo el ritmo de las estaciones. Cuando los rebaños de los ganaderos atraviesan tierras de cultivo, causan daños a los agricultores, pero, tradicionalmente, estos daños se indemnizan. Históricamente, las tensiones entre agricultores y ganaderos derivadas de estos modos de vida diferentes quedan atestiguadas de muchas maneras, pero también se conocen innumerables ejemplos de convivencia y de búsqueda pacífica de soluciones beneficiosas para ambas partes.
Sin embargo, con el cambio climático, las rutas de trashumancia se ven modificadas en períodos cortos y los ganaderos entran entonces en contacto con poblaciones con las que no están acostumbrados a resolver estos problemas. Esto provoca conflictos. Tradicionalmente, en el Sahel, los ganaderos son en su mayoría fulanis (o fulbe o peuh), por lo que estos nuevos conflictos adquieren así una dimensión étnica en un contexto de extrema fragilidad de la autoridad y las capacidades del Estado. Así, a lo largo de los últimos quince años, se ha asistido al surgimiento de grupos insurreccionales islamistas radicales. No hay que creer que la adhesión a estos grupos yihadistas sea consecuencia de una ola de radicalismo religioso. Se explica sobre todo por la escasez de recursos y de perspectivas de futuro para los jóvenes, atraídos por estas insurrecciones con la promesa de una vida mejor.
Son sobre todo jóvenes fulani, cada vez más marginados y con menos perspectivas de futuro debido al cambio climático, los que engrosan las filas de los yihadistas. Esto refuerza la idea, extendida en algunos otros sectores de la población, así como entre ciertos militares y paramilitares, de que todos los fulani son terroristas. El resultado son ataques genocidas contra pueblos y poblaciones fulani.
Cuando se habla del cambio climático en África, no se trata solo de la disminución de las tierras cultivables —lo cual ya sería muy grave de por sí—, sino también de la aceleración de los desequilibrios internos en unas sociedades que ya se encuentran extremadamente fragilizadas. El ejemplo que he puesto procede del Sahel, pero en muchas otras regiones del continente se observan dinámicas similares relacionadas con el cambio climático. Este es, en particular, el caso de la trágica guerra civil en Sudán, donde hay 12 millones de personas desplazadas y donde más de 200 mil, o incluso 400 mil personas, ya han perdido la vida en los últimos tres años.
Existen oportunidades para intereses comunes
El continente africano se enfrenta a retos colosales y cientos de millones de africanos viven en condiciones de extrema precariedad, atrapados en círculos viciosos de pobreza e inseguridad. Las estructuras coloniales y la mala gobernanza poscolonial han dado lugar a numerosos Estados extremadamente frágiles, cuya capacidad para ejercer sus funciones soberanas y proporcionar bienes públicos básicos a su población es muy limitada.
Pero también hay países bien gobernados en los que la energía de la juventud supone una clara ventaja demográfica y una promesa de futuro. Además, los cambios que se han producido en el contexto mundial ofrecen nuevas perspectivas a África.
Este es el caso de la transición energética y la transición digital, que pueden ofrecer nuevas oportunidades a África y a sus relaciones con Europa. Estas transiciones dependen, en particular, del acceso a los minerales críticos. Ahora bien, es precisamente en el continente africano donde se encuentra la mayor concentración de estos minerales, con aproximadamente un tercio de las reservas mundiales totales, de las cuales el 55 % corresponde al cobalto, el 70 % al manganeso, el 80 % de platino, el 62 % de cromo y el 25 % de grafito natural.
En teoría, esto podría suponer una gran ventaja para el continente africano en el siglo XXI. Siempre y cuando, eso sí, los Estados africanos logren controlar la explotación minera, desarrollar cadenas de valor e implementar tecnologías avanzadas para convertirse en economías exportadoras de productos de alta tecnología. Sin embargo, hasta ahora, los minerales críticos y las tierras raras no parecen estar bien encaminados para beneficiar realmente al desarrollo del continente, tal y como ocurrió anteriormente con los combustibles fósiles, a pesar de su abundancia en África.
Hay nuevos actores con una (muy) fuerte presencia en África
Mientras nos perdíamos en nuestras disputas internas en Europa, han aparecido nuevos actores en África, que han traído consigo inversiones y propuestas innovadoras. Ocupan el espacio que ha quedado vacío debido a la distracción de Europa y a su incapacidad para establecer con África una relación acorde con nuestra época.
Desde hace tres décadas, China se ha posicionado para sacar el máximo partido de las oportunidades relacionadas con la explotación de los recursos africanos, ya sea petróleo, gas o materiales esenciales para las tecnologías de vanguardia. Por todo el continente se pueden ver edificios públicos, como parlamentos o ministerios, construidos y donados por China. Sin embargo, esto no significa que Pekín haya contribuido de manera significativa al desarrollo del continente africano hasta ahora, y en algunos países surgen tensiones a raíz del endeudamiento excesivo provocado por China. Pero cuando se habla con los dirigentes africanos, estos valoran lo que consideran una actitud respetuosa por parte de los chinos, así como el hecho de que cumplan sus promesas.
Turquía, que a principios de este siglo contaba con 12 embajadas en África, tiene hoy 44. En los países en conflicto, Turquía vende armas, sobre todo drones, que hoy en día se encuentran en todos los frentes. Pero en el resto de países, que constituyen la mayor parte del continente, se observa un rápido crecimiento de la influencia turca en numerosos sectores de la economía. Turkish Airlines ofrece vuelos directos a cerca de 50 destinos en África, lo que significa que cada vez más africanos que desean viajar fuera del continente, o incluso dentro de él, hacen escala en Estambul. En el Sahel y en África Occidental, ya es imposible pasar por alto la presencia turca en los aeropuertos y los hoteles. Incluso en el sector de la educación, se observa la implantación de colegios turcos en numerosas capitales africanas, y una proporción cada vez mayor de los hijos de las élites africanas se marcha a estudiar a universidades de Turquía.
Los Emiratos Árabes Unidos constituyen quizás el ejemplo más destacado del interés suscitado por África en los últimos años. Los Emiratos, que buscan asegurar su futuro tras el agotamiento de los combustibles fósiles, son hoy en día la principal fuente de inversión en el continente. Se estima que cada año transitan por Dubái unos 30.000 millones de dólares en oro africano no declarado, eludiendo así la normativa vigente en los países europeos. En la actualidad hay 30.000 empresas africanas registradas en la Cámara de Comercio de Dubái, y la ciudad se ha convertido en el principal centro de blanqueo de dinero para las élites políticas y económicas africanas.
Estos intereses van acompañados de una influencia y un compromiso políticos cada vez mayores. Empezando por la guerra civil en Sudán, donde los Emiratos Árabes Unidos apoyan muy activamente a los rebeldes de las Fuerzas de Apoyo Rápido. La feroz competencia entre los países del Golfo también se traduce en una mayor presencia de Arabia Saudita y Qatar en el continente. Por el momento, estos países solo han realizado inversiones puntuales, pero sin duda avanzarán hacia un compromiso más importante.
Como europeos, debemos cuestionarnos el interés que otras potencias tienen por África. Ya no podemos considerar el continente africano como un ámbito reservado. Debemos aceptar la presencia de estos otros actores en el continente: la época colonial de la posesión y el control terminó hace varias décadas. Las relaciones neocoloniales que a menudo se han establecido desde entonces entre los antiguos colonizadores y numerosos países son perjudiciales y cada vez más rechazadas por las poblaciones africanas. Esto es positivo: debemos tomarnos muy en serio los discursos soberanistas críticos con el paternalismo europeo formulados por las élites y, sobre todo, por las poblaciones africanas. La voluntad de defender y hacer valer los propios intereses es totalmente legítima. Es un punto de vista que compartimos, en particular, en nuestras relaciones actuales con Estados Unidos o China.
Sin embargo, contamos con ventajas que se derivan de nuestra historia común y de nuestra proximidad geográfica. Un primer ministro del Sahel, extremadamente crítico con Europa, me confesó que, a pesar de todo, prefería con mucho trabajar con los europeos antes que con los chinos. Según él, cuando dialogaba con nosotros, conseguía comprender lo que se escondía detrás de las palabras, algo que no ocurría con sus interlocutores chinos.
Hay que combatir la presencia de Rusia en África
Hay otro país cuya presencia y actividad en África no se pueden pasar por alto: Rusia. A diferencia de los demás actores mencionados hasta ahora, Rusia casi nunca ha contribuido a la construcción de una escuela, una clínica o un pozo. Rusia solo tiene una motivación para su creciente presencia en África en los últimos años: crear dificultades para el flanco sur de Europa. Para Moscú, el continente africano no es un verdadero socio, sino una región que puede manipularse para sembrar el caos, por ejemplo, instrumentalizando los flujos migratorios, siguiendo así el modelo ya utilizado por Bielorrusia. Para Rusia, África solo es útil en la medida en que pueda servir para fomentar las divisiones y los conflictos en Europa.
Rusia actúa principalmente en África a través de mercenarios, en particular los de Wagner, que hoy en día forman parte del Africa Corps. Se trata de las mismas personas, pero sometidas a una cadena de mando más directa desde el Kremlin. Estos mercenarios tienen una fuerte presencia en el Sahel, sobre todo, pero su impacto real es limitado, ya que los conflictos de esta región son imposibles de resolver únicamente mediante la fuerza bruta. El otro producto de exportación ruso hacia África es la experiencia en manipulación y desinformación, como se pudo constatar durante los acontecimientos que llevaron a las tropas francesas a abandonar el Sahel.
Por lo tanto, conviene distinguir entre la presencia cada vez mayor de diversos actores internacionales en África —que se debe, en particular, a la incapacidad de Europa para responder a las aspiraciones y necesidades del continente— y la presencia rusa en África, que está dirigida específicamente contra Europa. Debemos convivir con los primeros, pero debemos luchar contra esa presencia rusa, aunque haya que hacerlo de forma inteligente y no directa.
¿Una nueva actitud europea hacia África?
África es mucho más rica y compleja de lo que ha sido posible resumir aquí, pero concluyamos este trabajo con cuatro ideas clave para un nuevo enfoque europeo respecto a este continente.
En primer lugar, debemos reconocer que Europa tiene un interés directo en trabajar por la paz, la prosperidad y la estabilidad del continente africano. La solidaridad es, sin duda, un sentimiento muy noble, pero no nos engañemos: si África no disfruta de paz, prosperidad y estabilidad, nosotros sufriremos las consecuencias. No son los buenos sentimientos, sino ese interés directo, lo que debe constituir nuestra principal razón para actuar.
En segundo lugar, debemos admitir que nuestro enfoque actual está totalmente desfasado. Las rutinas mediocres de nuestros tecnócratas no permiten que los dirigentes europeos y africanos se reúnan periódicamente para debatir de forma respetuosa y compartir sus preocupaciones e intereses. Sin embargo, cambiar esta situación exige voluntad política por parte de nuestros dirigentes. No es necesario que se pasen el tiempo recorriendo el continente africano, pero deben reconocer la importancia de nuestros vecinos del sur y dedicar tiempo a escuchar lo que tienen que decir. Si no somos capaces de ello, no debemos sorprendernos de que los africanos sigan dando la espalda a Europa.
También debemos mostrarnos dispuestos a invertir a una escala mucho mayor en los distintos sectores económicos. Del mismo modo que los estadounidenses invirtieron en el Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial, al reconocer que la prosperidad y la seguridad de Estados Unidos dependían de la recuperación económica de nuestro continente, debemos admitir que, después de los propios africanos, somos los primeros interesados en la prosperidad y el desarrollo de África.
Desde hace algunos años, la ayuda al desarrollo está disminuyendo notablemente, sobre todo la destinada a África. Esta situación se debe en parte a dificultades presupuestarias, pero sobre todo a la desilusión, tanto en África como en Europa, ante los resultados de esta ayuda pública al desarrollo. Es el momento de replantearnos seriamente la forma en que invertimos en el continente africano.
Esto significa centrar el apoyo económico en los sectores que realmente importan: la educación, la sanidad, los sectores que generan un gran número de puestos de trabajo, así como aquellos que permiten integrarse en nuevas cadenas de valor, como los minerales críticos. El resto vendrá por sí solo.
Nuestros socios clave deben ser la Unión Africana, con su gran plan para África de aquí a 2063, así como las comunidades económicas regionales. Necesitamos más recursos financieros, pero, a largo plazo, estos recursos se traducirán en importantes ahorros y constituirán una ventaja fundamental si nuestros vecinos gozan de prosperidad, estabilidad y paz.
Por último, debemos invertir mucho más seriamente en la paz y la estabilidad. Las pequeñas misiones de formación militar y de seguridad europea desplegadas en el continente africano no tienen la envergadura necesaria para tener un impacto significativo. Y si seguimos con actitudes absurdas, como formar a militares y al mismo tiempo negarnos a proporcionarles armas, no debemos sorprendernos de que luego vayan a procurárselas a otra parte, con los rusos.
El desarrollo de una Europa de la defensa pasa por la consolidación de alianzas cada vez más sólidas con los países africanos. Deberíamos tratar de desarrollar una alianza defensiva con toda África Occidental, que hoy se ve amenazada por fuerzas desestabilizadoras. Tenemos un papel que desempeñar y debemos estar a la altura de nuestras responsabilidades y nuestros intereses.
El acercamiento a África es a la vez un imperativo geopolítico y una cuestión de credibilidad para la Unión, pero solo será posible si rompemos con el statu quo.