La tragedia de Europa es haber convertido a Jean Monnet en alguien aburrido. Este personaje fabuloso, que recorrió el mundo durante décadas, viviendo aventuras increíbles y persiguiendo sin descanso el loco ideal de una Europa unida, se ha convertido en una referencia anticuada, un padre fundador disecado, que solo sirve para citarlo en todos los discursos más convencionales sobre el estado de la Unión.

Durante la próxima hora 1 me esforzaré, ante todo, por hacer justicia a la locura propia de Jean Monnet, repasando algunos episodios de su vida.

A continuación, intentaré analizar su legado y lo que el ejemplo de Jean Monnet significa para nosotros hoy en día. 

Uno de los pocos aspectos positivos de este período tan sombrío que estamos atravesando es que comprendemos la historia, la sentimos en lo más profundo de nuestro ser. 

Antes, leíamos las crónicas de la primera mitad del siglo XX y nos parecían lejanas, como algo trágico y superado. Las estudiábamos con cierta distancia, como si no nos afectaran directamente. Hoy, en cambio, leemos el relato de esos acontecimientos a través de la voz de los testigos de aquella época y nos emocionamos con ellos, porque su situación es también la nuestra.

Ahora comprendemos, es más, sentimos lo que Stefan Zweig quería decir cuando escribió en 1936:

«Pocas veces el ambiente en el mundo, y en nuestra vieja Europa en particular, ha estado tan envenenado por la desconfianza, la desunión y el miedo. Cada mañana, leemos el periódico con nerviosismo y lo dejamos con un suspiro de alivio cuando vemos que no ha ocurrido nada especialmente peligroso. La desconfianza hacia los vecinos se ha convertido poco a poco en un fenómeno patológico en muchos pueblos; por todas partes, las fronteras se cierran con temor; día y noche, las fábricas de Europa trabajan para crear, tras veinte siglos de magníficos logros en todos los ámbitos de la cultura, los instrumentos de destrucción más impresionantes y geniales». 2

Ese suspiro de alivio matutino cuando, al encender el teléfono, descubrimos que no ha ocurrido nada especialmente peligroso en el mundo durante la noche: hoy en día ya lo conocemos.

Pero si tenemos que soportar y sentir en nuestra propia piel el lado más oscuro de la historia, quizá también podamos rendir homenaje y comprender mejor que nunca a los hombres y mujeres que supieron plantar cara a la oscuridad. Todos y todas aquellas que, tras la Segunda Guerra Mundial, sentaron las bases de uno de los períodos más prolongados de paz y prosperidad de la historia de la humanidad.

La aventura

Jean Monnet es uno de ellos. Y quizá, de entre todos, aquel cuyo ejemplo resulta más fundamental. Pero para que pueda servirnos de inspiración, hay que, ante todo, liberarlo de la capa de pomposidad y retórica con la que se le ha recubierto en las últimas décadas.

Y para ello, quizá la mejor forma no sea partir del papel central que desempeñó en la construcción de Europa, ni de los logros casi increíbles que marcaron su trayectoria como hombre de Estado y artífice visionario, sino más bien de algunos episodios más íntimos.

Solo voy a mencionar tres.

El primero nos transporta al año 1906. Jean Monnet tiene 18 años. Dos años antes, había abandonado Cognac y sus estudios para hacer unas prácticas en la City de Londres; ahora se le envía a Norteamérica como representante de la empresa familiar. Primero desembarca en Canadá y, a continuación, recorre el oeste de Estados Unidos. Allí descubre un mundo sin límites, donde Europa ya parece lejana, casi insignificante.

Un día, llega a una granja en medio de la nada. Con la intención de llegar a una granja de colonos escandinavos, grandes aficionados al coñac, le pregunta a un herrero qué medios de transporte hay. Sin interrumpir su trabajo, el hombre le responde que no hay ninguno y, a continuación, señalando un caballo, le propone simplemente que se lo lleve y que luego lo devuelva al mismo lugar. Esa confianza le parece algo natural.

«Estaba lejos de Cognac y de los países de derecho escrito —comenta Jean Monnet en sus Memorias—. En Estados Unidos, me encontré por todas partes con la impresión de que, allí donde el espacio no estaba limitado, la confianza tampoco tenía límites». 3

Monnet aborda la dificultad como siempre lo hará: ampliando el marco. 

Giuliano da Empoli

Durante casi ocho años, recorrió así el mundo: América del Norte, Escandinavia, Rusia, Egipto. A la estabilidad casi inmóvil de la sociedad europea se sumaba, en su mente, el dinamismo de un mundo en expansión.

El segundo episodio pertenece al ámbito de la vida privada, pero, a su manera, resulta igualmente revelador. En julio de 1934, Jean Monnet abandona Shanghái, donde ejerce como banquero de negocios y mantiene una estrecha relación con Chiang Kai-shek, para trasladarse a Moscú. Allí se reencuentra con Silvia Giannini, a quien había conocido cinco años antes: fue amor a primera vista, pero se topó con un gran obstáculo, ya que ella estaba casada y el divorcio era prácticamente imposible en la Europa de aquella época.

Monnet aborda la dificultad como siempre lo hará: ampliando el marco. 

El único país en el que el divorcio era posible en aquel momento era la Unión Soviética. Así pues, ambos quedaron de encontrarse allí: él, procedente del Lejano Oriente, y ella, de Suiza, donde vivía con su hijo. En pocos días, Silvia se convierte en ciudadana soviética, consigue el divorcio y, a continuación, se casan sin demora antes de regresar. Monnet recordará más tarde este episodio como «la mejor historia de su vida». 4 Su unión durará 45 años, hasta la muerte de Silvia en 1979, y constituirá para él un punto de apoyo fundamental.

El tercer episodio ya no pertenece al ámbito íntimo, pero pone de manifiesto, de forma espectacular, el alcance de su influencia. En diciembre de 1940, Franklin D. Roosevelt pronunció un discurso radiofónico que ha pasado a la historia, en el que presentaba a Estados Unidos como «el arsenal de la democracia». 5 La expresión es de Jean Monnet.

Tras llegar a Washington unos meses antes, tras la caída de Francia, ya se había consolidado como una figura clave dentro de la administración estadounidense. Una nota del Departamento de Estado lo describe entonces como «el mentor de nuestra defensa». 6

En los dos años siguientes, desempeñó un papel decisivo en la elaboración del «Victory Program» («Programa para la Victoria»). Aunque no era un técnico, impuso un método: evaluar con precisión las necesidades militares, compararlas con las capacidades industriales y poner de manifiesto la diferencia. Monnet aboga incansablemente por una lógica de abundancia: «Es mejor —dice— tener diez mil tanques de más que uno de menos». De este modo, contribuye a convencer a la administración de Roosevelt de que duplique sus objetivos de producción.

Este proceso culminó con el mensaje dirigido por Roosevelt al Congreso el 6 de enero de 1942, en el que se fijaban objetivos industriales de una magnitud sin precedentes. Menos de un mes después de su entrada en guerra, Estados Unidos puso en marcha el esfuerzo productivo decisivo. Keynes afirmaría más tarde que Monnet «acortó la guerra en un año». 7

Se podrían multiplicar los ejemplos de este tipo. Pero por sí solos bastan para dar una idea de una personalidad y una trayectoria absolutamente fuera de lo común. De un cosmopolitismo alocado —y tremendamente aventurero—.

La aventura, según Giorgio Agamben, es lo que hace que algo o alguien surja, lo que forja una identidad, lo que da un nombre: «La aventura es el ser en cuanto surge». 8 Al comienzo del Cuento del Grial de Chrétien de Troyes, antes de partir, el héroe no tiene nombre. No será hasta el final cuando descubra que se llama Perceval el Galés. 

La vida de Jean Monnet es una aventura. Pero también lo es su obra, su obra principal: la Europa tal y como la conocemos hoy en día, es una aventura.

No se trata de proclamar la unidad europea, sino de hacerla necesaria, concreta, casi inevitable.

Giuliano da Empoli

No vamos a repasar aquí toda esa trayectoria. Pero, una vez más, bastan tres momentos —tres auténticas aventuras— para comprender por qué Jean Monnet llegó a ser considerado uno de los padres de la Unión Europea.

El primero tiene lugar en 1914, en los albores de la Gran Guerra. Jean Monnet tiene 26 años. No ocupa ningún cargo oficial, solo se representa a sí mismo y solo puede hacer valer la experiencia adquirida sobre el terreno, a lo largo de sus viajes. Tras ser eximido del servicio militar, decide servir de otra manera. Se da cuenta de algo evidente: es absurdo que Francia y Gran Bretaña, aliadas contra Alemania, organicen por separado su abastecimiento de materias primas. La intuición es sencilla; su puesta en práctica, altamente improbable. Y, sin embargo, en plena batalla del Marne, Monnet consigue reunirse con el presidente del Consejo, René Viviani, y convencerlo de la necesidad de una estrecha coordinación entre ambos países. Enviado a Londres, se dedicó hasta el final de la guerra a esta tarea de organización y racionalización, en un relativo anonimato. No obstante, esta acción fue decisiva: contribuyó a dotar al esfuerzo aliado de la coherencia material sin la cual la victoria se habría visto comprometida.

El segundo episodio tiene lugar en junio de 1940. La derrota francesa parece inevitable. Monnet, que se niega a aceptar la evidencia de la rendición, hace suya una idea a la vez audaz y desesperada: la de una unión inmediata y total entre Francia y el Reino Unido. En una nota titulada «Anglo-French Unity», propone la fusión de ambos Estados: un único gobierno, un único Parlamento, un único ejército.

Contra todo pronóstico, consigue convencer a Churchill, a su gabinete y al general De Gaulle, que en ese momento se encontraba en Londres. El 16 de junio, el propio De Gaulle dicta el texto por teléfono a Paul Reynaud. Durante unas horas, la hipótesis de una soberanía compartida, surgida en la más extrema de las urgencias, parece una posibilidad real. Pero, esa misma noche, Reynaud es sustituido por el mariscal Pétain, quien opta por la vía del armisticio. El proyecto se desvaneció de inmediato. No obstante, quedó un precedente llamativo: la idea de que las naciones europeas pueden, si las circunstancias lo exigen, llegar incluso a unirse políticamente para hacer frente a su destino.

Por fin, el momento decisivo. En 1950, Jean Monnet propuso a Robert Schuman poner en común con Alemania la gestión del carbón y del acero. El Tratado de París de 1951, que establece la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, materializa esta intuición. Por primera vez, seis Estados aceptan ceder parte de su soberanía a una autoridad común e independiente, encargada de organizar un sector clave de su economía. La elección del carbón y el acero no es casual: se trata precisamente de los recursos que habían alimentado las guerras europeas. Ponerlos bajo una gestión común equivale a hacer que un nuevo conflicto entre Francia y Alemania no solo sea impensable, sino materialmente imposible.

En política, el aburrimiento es un arma temible.

Giuliano da Empoli

Es en ese momento cuando Jean Monnet entra de lleno en la historia. Pero ahí es también donde reside la gran paradoja del personaje y de la construcción europea: una aventura extraordinaria que desemboca en su contrario: el aburrimiento. No por casualidad, sino por estrategia.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, algunos pensaban que era necesario unir a Europa. Hicieron grandes declaraciones, lanzaron llamados y organizaron conferencias. Jean Monnet no formaba parte de ellos. Cuando, en 1948, Churchill intentó poner en marcha el proyecto de los Estados Unidos de Europa en La Haya, Monnet no acudió. Para él, no se trataba de proclamar la unidad europea, sino de hacerla necesaria, concreta, casi inevitable, arraigándola en intereses materiales compartidos.

Ahí, creo, reside el verdadero genio de Jean Monnet. El abatimiento europeo no es fruto del azar, sino de un proyecto político concreto —y lúcido—. Tras la Segunda Guerra Mundial, Monnet comprendió que la unión era a la vez indispensable e imposible. Indispensable para evitar que la historia de los conflictos fratricidas se repitiera indefinidamente. E imposible porque, a pesar de todo, la población no la quería. De hecho, incluso en los años siguientes, los afiliados al Movimiento Federalista Europeo nunca superaron los 250.000.

Por eso, Monnet decidió tomar otro camino: el de los acuerdos técnicos. Primero sobre el carbón y el acero, luego sobre una gama cada vez más amplia de ámbitos, hasta crear una red inextricable de relaciones e intereses comunes, que convierte a la Unión Europea en un hecho consumado, una construcción tecnocrática dotada de su propia lógica implacable.

En política, el aburrimiento es un arma temible. Si se consigue que un tema resulte tan aburrido que todo el mundo pierda interés por él, entonces se puede hacer lo que se quiera. El escritor estadounidense David Foster Wallace cuenta en El rey pálido cómo los republicanos han construido en Estados Unidos una sociedad de dos velocidades, favoreciendo el enriquecimiento sin límites de unos y agravando las desigualdades a través de la política fiscal. Y escribe: «La verdadera razón por la que los ciudadanos estadounidenses no eran —y siguen sin ser— conscientes de estos conflictos, de estas transformaciones y de lo que está en juego en ellos es que toda la cuestión de la política y la administración fiscal es aburrida. Total y espectacularmente aburrida…». 9

Así es como el aburrimiento y la apatía se convierten en una especie de herramienta política. 

Así ha sido en la Europa de los funcionarios, al menos hasta Maastricht y, en parte, hasta nuestros días. Hay que quitarse el sombrero ante ellos: han conseguido ocultar una de las epopeyas políticas más apasionantes de la historia tras una serie interminable de normas sobre el color de los chalecos salvavidas y el diámetro de las pizzas.

Con un pañuelo anudado y un sombrero de fieltro calado en la cabeza, Jean Monnet frente a su casa con techo de paja en Houjarray, en Bazoches-sur-Guyonne. Fuente: Fundación Jean Monnet para Europa.

Ante los depredadores

La Unión Europea es, sin duda, el proyecto político más hermoso del último siglo: el primer intento, en la historia, de constituir un conjunto supranacional en tiempos de paz, sin armas ni amenazas, sobre la base de la libre adhesión de los pueblos. Ningún otro proyecto político resulta más estimulante; sin embargo, a lo largo de los últimos setenta años, Europa no se ha construido a base de grandes discursos. Se ha construido tejiendo una red cada vez más densa de normas, que han conducido a una integración cada vez más sólida de nuestro continente.

Esta estrategia ha tenido un éxito que ha superado todas las expectativas, incluso las más optimistas.

El problema, hoy en día, es que el incumplimiento de las normas se ha convertido, prácticamente en todas partes, en la forma más rápida de alcanzar el poder y la más segura de conservarlo. «Lo primero que hay que hacer es matar a todos los abogados», dice Shakespeare. O, mejor dicho, Dick el Carnicero en Enrique VI, cuando se pregunta cuál debe ser la primera medida que hay que tomar en el momento de la revuelta. 10 Hoy en día, ese es el programa de todos los depredadores que quieren deshacerse de cualquier freno a su poder: los líderes nacional-populistas, los autócratas desinhibidos, los nuevos oligarcas de la tecnología.

Ante esta situación, los europeos que se indignan y gritan a voz en cuello tachando a sus enemigos de ignorantes y bárbaros recuerdan a aquel emperador persa que, según Herodoto, ordenó a sus soldados azotar el mar para castigarlo por haber obstaculizado sus planes. 

No sirve de nada limitarse a denunciar a los depredadores que nos rodean y que basan su éxito en el incumplimiento de las normas. Hay que comprender la fuerza de este modelo. 

En sociedades como la nuestra, una parte cada vez mayor de los ciudadanos tiene, con razón o sin ella, la sensación de que el sistema está estancado, de que los problemas siguen siendo siempre los mismos y de que votar por tal o cual político no cambia absolutamente nada. En un contexto así, los depredadores irrumpen ofreciendo una auténtica forma de milagro. 

En teología, el milagro corresponde a la intervención directa de Dios, que elude las reglas normales de la existencia en la Tierra para producir un hecho extraordinario; la lógica de Trump y de los demás líderes nacional-populistas es la misma. Infringir las normas —y, muy a menudo, las leyes— con el pretexto de influir en los problemas que afectan a sus votantes.

El momento actual exige a los europeos la capacidad de reinventarse, y no solo la de defenderse. Por eso volvemos a necesitar a Jean Monnet. ¿Qué habría hecho él en nuestro lugar?

Giuliano da Empoli

Ante este tipo de ofensiva, la respuesta de quienes se limitan a invocar el respeto de las normas y los procedimientos corre el riesgo de parecer débil. No porque no sea justa. Es evidente que, sin el respeto a las normas y los procedimientos, no puede haber ni democracia, ni Estado de derecho, ni, por supuesto, la construcción europea tal y como se ha concebido hasta ahora. Por lo tanto, todos aquellos que se esfuerzan por proteger la democracia o defender Europa tienen razón. 

Pero su esfuerzo no puede limitarse a eso. Porque corremos el riesgo de dar una respuesta formal a un desafío de fondo. Los ciudadanos piden que se resuelvan sus problemas, no que se respeten las formas.

Los líderes populistas se centran en el fondo de las cuestiones, o al menos eso es lo que aparentan. Prometen resolver los verdaderos problemas de la gente: la delincuencia, la inmigración, el costo de la vida. Si los liberales, los progresistas, los buenos demócratas y los proeuropeos se limitan a atrincherarse en la defensa de formas e instituciones que una parte cada vez mayor del electorado considera ineficaces, están abocados a ser barridos del mapa.

El momento actual exige a los europeos la capacidad de reinventarse, y no solo la de defenderse. 

Por eso necesitamos de nuevo a Jean Monnet. ¿Qué habría hecho él en nuestro lugar?

No se trata de una pregunta retórica. Creo que a él mismo le habría gustado, pues era una persona totalmente orientada hacia el futuro; lo único que le interesaba era el futuro. De hecho, por eso ni siquiera quería publicar sus Memorias (lo que habría sido una pérdida terrible…). «¿Se podrían concebir unas memorias que evocaran el futuro?», le habría preguntado a su amigo, el historiador Jean-Baptiste Duroselle. 11

Pero, si no se trata de una pregunta retórica, hay que evitar responder con un tópico: «Si tuviera que volver a empezar, empezaría por la cultura». En primer lugar, porque Monnet nunca pronunció esa frase tal y como está formulada. Y, además, es errónea: la estrategia de Monnet fue la correcta; si hubiera empezado por la cultura, nunca habría llegado a donde llegó.

La verdadera lección de Jean Monnet es más compleja. El método Monnet se basa en tres elementos principales. En primer lugar, una visión muy clara y extraordinariamente ambiciosa, que guía constantemente cada una de sus acciones. André Bazin habría dicho que los malos cineastas no tienen ninguna idea, los buenos tienen muchas, pero los grandes solo tienen una. Jean Monnet tiene una gran idea: la unión entre los pueblos y, en particular, la unión entre los pueblos europeos. 

Monnet es el hombre más pragmático del mundo, pero lo que alimenta su pragmatismo es un ideal de lo más noble: los Estados Unidos de Europa.

La segunda faceta de la actuación de Monnet reside en una capacidad casi adivinatoria para encontrar, en cada situación, incluso en la más desesperada, el punto concreto en el que hacer palanca para desencadenar una dinámica positiva. 

Para lograrlo, se necesita experiencia técnica, algo que Monnet cultivó sobre todo gracias al extraordinario círculo de colaboradores con el que se rodeó a lo largo de toda su vida. Sus subordinados lo adoraban. Les transmitía la embriagadora sensación de estar en el centro de la acción y de hacer historia.

En las últimas décadas, el proeuropeo se ha convertido en una persona prudente y no en un conquistador, lo que ha permitido a sus adversarios apropiarse del cambio, cuando en realidad lo único que proponen es un retroceso pernicioso

Giuliano da Empoli

Monnet no es un tecnócrata, pero siempre parte de una palanca técnica y concreta, sabiendo que, si logra accionarla, todo lo demás puede derivarse de ella. A principios de los años cincuenta, el carbón y el acero fueron claramente esa palanca, la chispa que desencadenó una reacción en cadena que ha continuado hasta nuestros días.

Tercer punto: Jean Monnet se pone manos a la obra. No se conforma con tener una visión amplia e identificar la solución técnica concreta. Se moviliza, con toda la fuerza de su energía y su inteligencia táctica, y apoyándose en su inmensa red de contactos por todo el mundo para hacer avanzar las cosas. Y no se detiene hasta que lo consigue o, al menos, hasta que no ha agotado todas las vías para lograrlo.

La historia de los dos años que separan la presentación del Plan Schuman de la ratificación del Tratado constitutivo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero debería formar parte de las materias obligatorias para cualquier estudiante de políticas públicas. De ella se desprende la figura de un Jean Monnet que, como se dice en Italia, sería capaz de poner de acuerdo a dos sillas vacías, tal es su notable talento diplomático y su capacidad para adaptarse constantemente a las circunstancias con el fin de alcanzar su objetivo. Siguiendo con la metáfora del gran director, algo así como Fellini cuando reescribía el guion de sus mejores películas durante el rodaje.

Es precisamente esta increíble combinación de visión, competencia técnica y capacidad de ejecución lo que convierte a Jean Monnet en una personalidad verdaderamente excepcional. 

Como habría dicho Alexandre Kojève, los únicos pensadores que cuentan desde un punto de vista histórico son aquellos cuyo pensamiento se ha plasmado en instituciones. Jean Monnet es uno de ellos. Solía decir que nunca había desempeñado un cargo que no hubiera creado él mismo.

Si decidimos aplicar la lección de Jean Monnet a nuestra época, deberíamos, por tanto, abordar estos tres frentes al mismo tiempo: la visión, la palanca y la ejecución.

En primer lugar, desde el punto de vista de la visión, el reto que plantean los depredadores —si aceptamos considerarlo desde un ángulo positivo, lo cual es ciertamente difícil, pero necesario si realmente queremos combatirlos en lugar de limitarnos a fingir que lo hacemos— consiste, como decía, en ampliar el ámbito de lo posible. En el fondo, ahí es donde reside todo el encanto de Trump.

«¿Dices que es imposible? Pues bien, te demostraré que no lo es, hasta tal punto que lo estoy haciendo». Sin embargo, está claro que muchos de sus «milagros» fracasan, y está claro que, desde nuestro punto de vista, los Putin, los Trump, etc., lo que hacen sobre todo es ampliar el abanico de lo peor.

Pero lo cierto es que esta ampliación del ámbito de lo posible debe tomarse en serio. Si todas las transgresiones que cometen son posibles, sin duda también debe ser posible que los europeos sean más ambiciosos. 

Depende de nosotros redescubrir el carácter épico de la construcción europea.

Giuliano da Empoli

No creo que sea una casualidad que, hoy en día, europeos conocidos por su realismo invoquen cada vez con más frecuencia y determinación los Estados Unidos de Europa. Llegados a este punto de nuestro camino, está claro que tenemos la opción de dar media vuelta o cruzar un umbral, comprometiéndonos decididamente con la vía del federalismo ideal y pragmático que Mario Draghi nos viene señalando desde hace ya mucho tiempo.

En las últimas décadas, el proeuropeo se ha convertido en un ser prudente y no en un conquistador, lo que ha permitido a sus adversarios apropiarse del cambio, cuando en realidad solo proponen un retroceso pernicioso. Los Estados Unidos de Europa siguen siendo, en mi opinión, la única respuesta a la altura de los retos actuales, la única revolución que —como escribió Jean Monnet— «pretende permitir un nuevo florecimiento de nuestra civilización y un nuevo renacimiento». 12

Hoy en día, cualquiera de nosotros puede ponerse al volante y recorrer 3 mil kilómetros hasta Tallin sin cruzar ni una sola frontera y sin cambiar de moneda. Un milagro inimaginable si pensamos en la historia que nos ha precedido. Hoy en día, depende de nosotros redescubrir el carácter épico de la construcción europea.

Se trata, por supuesto, de una postura minoritaria. Pero en el nuevo ecosistema de la información, son los extremos los que generan energía. Lo hemos visto con la extrema derecha, que, partiendo de una base muy minoritaria, ha logrado inclinar la balanza a su favor. Los proeuropeos también deben ser capaces de adaptarse a este contexto. Por eso necesitamos una minoría de activistas que mantenga vivo el sueño de los Estados Unidos de Europa.

Llevará tiempo, lo conseguiremos poco a poco, mediante coaliciones de voluntarios, como ha sido el caso hasta ahora, pero es un objetivo que no debemos perder de vista.

El carbón y el acero de hoy en día son la tecnología digital y la inteligencia artificial; se trata de encontrar la forma de situarlos en el centro de la reinvención de Europa.

Giuliano da Empoli

Segundo punto. Apuntar bien, encontrar el punto crucial del que se derivan todos los demás. A principios de los años cincuenta, Monnet partió del carbón y el acero porque eran el nervio de la guerra. Hoy en día, el equivalente es evidente: se trata de lo digital y, más aún, de la inteligencia artificial.

Uno de los sociópatas más poderosos e inquietantes de Silicon Valley, Marc Andreessen, publicó hace 15 años su manifiesto titulado «Software Is Eating the World». 13 Su tesis era que, poco a poco, el avance de lo digital acabaría conquistando todas las esferas de la actividad económica y de la actividad humana en general. Quince años después, todo el mundo puede constatar que este proceso está llegando a su fin y que el software ha comenzado a devorar los últimos bastiones de la soberanía de los Estados: la acción militar, el control del territorio y el monopolio de la violencia.

El carbón y el acero de hoy en día son la tecnología digital y la inteligencia artificial; se trata de encontrar la forma de situarlos en el centro de la reinvención de Europa. Si Monnet estuviera entre nosotros, sin duda no intentaría competir frontalmente con las grandes potencias en todos los ámbitos; identificaría una palanca estructurante y se esforzaría por crear en ella interdependencias organizadas.

Aquí no tenemos tiempo para entrar en detalles, pero no faltan iniciativas y propuestas sobre la mesa. De entre todas las que se nos presentan, se trata de identificar aquella que pueda desencadenar una nueva reacción en cadena, a semejanza de la que desencadenó el Plan Schuman a principios de los años cincuenta.

Pero una vez encontrado el hilo conductor, hay que tirar de él. Esa es la tercera parte del método Monnet: la ejecución, la puesta en marcha del mecanismo, la construcción paciente del consenso político que permitirá hacer realidad su visión. Es en este aspecto, en comparación con la época de Jean Monnet, donde nos topamos con el elefante en la habitación.

En la época de Jean Monnet, Estados Unidos fue el impulsor y catalizador más poderoso de la integración europea. Si hoy celebramos el Día de Europa el 9 de mayo, fecha de la presentación del Plan Schuman, elaborado por Monnet, es porque dos días después, el 11, el propio Schuman debía viajar a Londres para asistir a la reunión de ministros de Asuntos Exteriores de los Aliados, en la que Dean Acheson, el secretario de Estado estadounidense, le había pedido que presentara un plan sobre las relaciones de Francia con Alemania.

¡La propia Fiesta de Europa surgió a raíz de un deadline estadounidense!

Hoy en día, no solo ha desaparecido ese recurso, sino que nuestros antiguos aliados se han vuelto ahora en nuestra contra, rechazando cualquier forma de integración europea, una característica que comparten con los demás depredadores geopolíticos.

En cambio, ha surgido un nuevo factor del que Monnet no disponía: una opinión pública europea en ciernes, fruto precisamente de su estrategia, que acabó uniendo al continente. Mientras que, tras la guerra, Monnet tuvo que adoptar una estrategia casi sigilosa —a falta de cualquier tipo de apoyo popular y ante unos pueblos agotados y profundamente divididos—, hoy disponemos de una base de expectativas. A pesar de sus limitaciones y fragmentaciones, se perfila una opinión pública europea, que las encuestas «Eurobazuca» del Grand Continent confirman de manera espectacular. Estas encuestas muestran un fuerte aumento del apego a la Unión a medida que atravesamos las crisis, en casi todas partes, y, más aún, una expectativa muy marcada de que se actúe en ámbitos clave, empezando por la defensa y la tecnología.

Por lo tanto, existe una demanda de Europa que supera la oferta política actual. Mientras que Monnet tenía que adelantarse a las opiniones, ahora es posible, al menos en parte, apoyarse en ellas. Necesitamos líderes políticos capaces de sacar partido de ello.

Hoy en día, no podemos permitirnos el lujo de esperar a que aparezca un nuevo Jean Monnet que nos saque del apuro. Lo menos que se puede decir es que no se vislumbra ninguno en el horizonte. En cambio, quizá podamos fijarnos como objetivo hacer surgir una especie de «Monnet colectivo».

Los enemigos de Europa quieren vivir eternamente, pero uno se pregunta por qué, ya que no dan, ni siquiera por un instante, la impresión de saber disfrutar de la vida.

Giuliano da Empli

Este es el deseo, y la invitación, que me gustaría dirigir aquí: intentemos convertirnos, juntos, en un Jean Monnet colectivo.

La tarea puede parecer ardua. Pero en la historia de Jean Monnet hay algo más que valor, algo más que visión y perseverancia. 

Hay un aspecto más discreto, más suave, al que me gustaría referirme para concluir.

Jean Monnet también era alguien que sabía disfrutar de la vida. Ya he hablado de su gran amor. Podría haberos descrito su sentido de la amistad y su amabilidad: Chang Kai Chek decía de él que podría haber sido un gran general si no hubiera sido tan amable con sus subordinados. 

En sus memorias, Paul-Henri Spaak evoca la calidad de los platos que se servían en la mesa de Jean Monnet. 14 En 1942, en Argel, donde desempeñó un papel decisivo, Monnet residía a las afueras de la ciudad, en un magnífico entorno de ruinas romanas, impregnado del aroma del tomillo silvestre, bañado por una luz mediterránea cristalina y con una profusión de flores y pájaros.

De vuelta en Francia, se instaló en la encantadora casa con techo de paja de Houjarray, en pleno bosque de Rambouillet, donde pasaría el resto de su vida. Hoy en día, sus archivos se conservan en la Ferme de Dorigny, en Lausana, otro lugar encantador. 

Puede parecer algo sin importancia, pero no lo es.

Los enemigos de Europa no son así. No buscan la belleza, porque no saben lo que es. Gastan recursos inmensos para rodearse de fealdad. Basta con fijarse en las elecciones inmobiliarias de Trump, los palacios que se está construyendo Putin o los búnkeres de los oligarcas tecnológicos. Quieren vivir eternamente, pero uno se pregunta por qué, ya que no dan, ni siquiera por un instante, la impresión de saber disfrutar de la vida.

Nuestra misión, hoy en día, es reinventar un estilo de vida europeo que esté a la altura de los retos de nuestra época. La tarea puede parecer modesta; sin embargo, es la más decisiva. 

Giuliano da Empli

Aunque hoy en día Europa haya perdido algunas posiciones, sigue siendo el lugar donde todo el mundo quiere vivir. Incluso aquellos que la odian. Una encuesta reciente realizada entre jóvenes con estudios superiores sitúa a seis países europeos entre los diez primeros. Estados Unidos, que ocupaba el primer puesto, ya no figura entre los diez primeros.

A lo largo de la historia, el arte de vivir siempre ha sido el antídoto contra todos los totalitarismos. Porque la aspiración totalitaria —ya sea religiosa o tecnológica— consiste en controlar el tiempo y estandarizar los comportamientos. Su sueño es que el ser humano quede reducido a una máquina, predecible, uniforme y transparente. La calidad de vida es todo lo contrario. Libertad, placer, capricho y pérdida de tiempo. Todo aquello que hace único al individuo y que debemos ser capaces de proteger y hacer prosperar en la nueva dimensión de lo digital y la inteligencia artificial.

Nuestra misión, hoy en día, es reinventar un estilo de vida europeo que esté a la altura de los retos de nuestra época. La tarea puede parecer modesta; sin embargo, es la más decisiva. 

No lo conseguiremos sin inspirarnos en las cualidades más nobles de Jean Monnet: su valentía, su apertura de espíritu, su inteligencia estratégica y su perseverancia. Pero para lograrlo, también necesitaremos, y quizá ante todo, su alegría, su sentido de la amistad y su gusto por la vida.

Notas al pie
  1. Este texto se pronunció en el Panteón, el 1 de julio de 2026, en el marco del ciclo de conferencias «Le Grand Continent au Panthéon», en colaboración con el Centro de Monumentos Nacionales. Lo publicamos tras una ligera revisión por parte del autor. Todas las notas a pie de página han sido añadidas por la redacción.
  2. Stefan Zweig, «L’Unité spirituelle du monde» in Les Paysages de l’âme. Intégrale des articles et textes courts, París, Bouquins, 2024, p. 777.
  3. Jean Monnet, Mémoires, París, Fayard, 1976.
  4. Éric Roussel, Jean Monnet, 1888-1979, París, Fayard, 1996.
  5. Franklin D. Roosevelt, charla radiofónica («fireside chat») del 29 de diciembre de 1940. La atribución de la frase a Monnet se recoge, entre otros, en François Duchêne, Jean Monnet: The First Statesman of Interdependence, Nueva York, W.W. Norton, 1994.
  6. François Duchêne, op. cit., 1994.
  7. François Duchêne, op. cit., 1994.
  8. Giorgio Agamben, L’avventura, Roma, Nottetempo, 2015.
  9. David Foster Wallace, The Pale King, Nueva York, Little, Brown and Company, 2011, p. 83.
  10. William Shakespeare, Henri VI, segunda parte, acto IV, escena 2 (réplica de Dick el Carnicero), obra escrita hacia 1591, in Œuvres complètes. Histoires, París, Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, 2008.
  11. Éric Roussel, Jean Monnet, París, Fayard, 1996.
  12. Jean Monnet, discurso pronunciado en Washington en la primavera de 1952 en calidad de presidente de la Alta Autoridad designada de la CECA, recogido en Jean Monnet, Les États-Unis d’Europe ont commencé. La Communauté européenne du charbon et de l’acier. Discours et allocutions 1952-1954, París, Robert Laffont, 1955.
  13. Marc Andreessen, «Why Software Is Eating the World», The Wall Street Journal, 20 de agosto de 2011.
  14. Paul-Henri Spaak, Combats inachevés, París, Fayard, 1969, 2 vols.