Al encontrarse en la encrucijada de las tres principales zonas de crisis de las fronteras europeas —el espacio postsoviético, los Balcanes y Medio Oriente—, Turquía se ha convertido en el pilar del flanco sureste de la OTAN.
Es difícil imaginar un reconocimiento más explícito: el papel geopolítico de Turquía es más decisivo que nunca. La cumbre de Ankara estaba prevista desde hacía tiempo, ya que un sistema de rotación permite a los treinta y dos Estados miembros participar en la organización de las cumbres de la Alianza. No obstante, la reunión de sus líderes en la capital turca, prevista para los días 7 y 8 de julio, supone un momento clave para Recep Tayyip Erdoğan y el «erdoganismo».
Erdoğan, el irritante artífice de la paz
Sin remitirse a una doctrina estructurada, el «erdoganismo» hace referencia al poder tal y como lo ejerce este líder islamoconservador y muy nacionalista, que gobierna sin oposición Turquía desde hace ya 23 años. Tras haber sido primer ministro, se convirtió en presidente de esta República laica, de inspiración jacobina, fundada por Mustafa Kemal Atatürk sobre las ruinas del Imperio otomano tras la Primera Guerra Mundial. Temible orador con tintes populistas, el «Reis» 1 o el jefe, como lo llaman sus seguidores, tiene la particularidad de mezclar el discurso religioso con el lenguaje coloquial de las calles populares de Estambul, de cuya alcaldía fue titular a finales de la década de 1990.
Esta retórica religiosa y nacionalista agresiva no ha impedido que Turquía se convirtiera en un mediador imprescindible en las distintas crisis que se han sucedido en la región. Nunca, desde el fin de la Guerra Fría, el país había ocupado una posición tan estratégica. Parecen lejanos los tiempos del fallido golpe de Estado de julio de 2016, tras el cual el presidente turco se entregó a un «expansionismo paranoico». 2 Turquía ha vuelto a los fundamentos del «soft power» y ahora afirma su poder geopolítico, cada vez más indispensable, sin duda, pero también cada vez más irritante: a Recep Tayyip Erdoğan le gusta presentarse como un artífice de la paz. Turquía, miembro de la OTAN desde 1952, había iniciado las negociaciones para su adhesión a la Unión en otoño de 2005, tras importantes reformas democráticas, llevadas a cabo en aquel momento por el propio Erdoğan. Sin embargo, el país ha dado marcha atrás y, desde hace unos veinte años, nunca ha parecido tan alejado de los valores defendidos tanto por los Veintisiete como por la Carta de la Alianza. De hecho, el «Reis» no ha dejado de reforzar el carácter represivo del régimen, en un contexto de crisis social y económica. Ha destruido la principal fuerza de la oposición, el CHP, el Partido Republicano del Pueblo, fundado hace 102 años por Mustafa Kemal Atatürk. Su principal representante y posible candidato a las presidenciales, el alcalde de Estambul, Ekrem Imamoğlu, cumple desde hace un año una condena de prisión por corrupción, un cargo que suscita serias dudas.
Turquía ha vuelto a los fundamentos del «soft power» y ahora afirma su poder geopolítico, cada vez más indispensable, sin duda, pero también cada vez más irritante.
Ahmet Insel, Marc Semo
Negociar con una Turquía cada vez más impredecible y decidida a seguir su propio camino tanto en el ámbito nacional como en el internacional, en un contexto de nostalgia e incluso de ambiciones neo-otomanas, es como un ejercicio de equilibrio. La tarea resulta aún más compleja dado que el presidente turco, de carácter muy autocrático, cuenta con el firme apoyo de su homólogo estadounidense. A pesar de su hostilidad manifiesta hacia la Alianza Atlántica, Donald Trump tiene la firme intención de viajar a la capital turca para saludar a este «gran amigo de toda la vida», que lo apoyó incluso cuando «estaba en el exilio», como le gusta decir, en referencia a los cuatro años que pasó lejos de la Casa Blanca, entre sus dos mandatos. El presidente estadounidense incluso ha anunciado que acudirá a Ankara con «un regalo que hará muy feliz a Erdoğan» 3 —aunque mucho menos al Congreso, que ha manifestado su oposición a esta idea—, sin duda la autorización para la venta de motores de aviones de combate estadounidenses para el proyecto militar turco Kaan. Ambos dirigentes tienen concepciones bastante similares sobre el ejercicio del poder y los beneficios que este reporta. Ambos comparten con su clan familiar los frutos de sus políticas, que mezclan sin reparos los intereses privados y el dinero público.
En un mundo en el que el derecho de la fuerza prevalece sobre la fuerza del derecho, los europeos no tienen más remedio que dialogar con Turquía: aunque no sea lo más recomendable, su nuevo sultán es ahora un interlocutor obligatorio para la Unión.
Turquía, la potencia media que se ha convertido en un eslabón fuerte de la OTAN gracias a la diplomacia de los drones
Sin embargo, no hace mucho tiempo, Francia calificaba a Turquía de «competidor estratégico», al igual que a la Rusia de Vladimir Putin y a la China de Xi Jinping, es decir, como un neoimperio autoritario. Las rivalidades eran intensas, tanto en Libia como en el Cáucaso o en el mar Egeo. Hoy en día, las industrias de defensa europeas cooperan cada vez más estrechamente con sus homólogas turcas. Los presidentes francés y turco han dejado de intercambiar insultos para entablar debates en profundidad sobre la guerra en Ucrania o la situación en Medio Oriente. «La seguridad europea es impensable sin Turquía», recordaba de nuevo Recep Tayyip Erdoğan en la primavera de 2025. 4 De hecho, resulta difícil imaginar una autonomía estratégica que deje de lado a las fuerzas armadas turcas. Después de Estados Unidos, que cuenta con 600.000 efectivos, Turquía ocupa el segundo lugar dentro de la OTAN en cuanto a número de soldados desplegables. Una OTAN con menos presencia estadounidense implica una OTAN con mayor presencia turca. Su industria de defensa se ha convertido en una de las más eficientes del mundo gracias a la creación, hace diez años, de los drones Bayraktar TB2, que supusieron un auténtico punto de inflexión: tan eficaces como económicos, son utilizados por Ankara en la lucha contra los rebeldes kurdos turcos del PKK, pero también en Libia o en Azerbaiyán, para la reconquista del Nagorno-Karabaj. Fabricados por una empresa de armamento propiedad del yerno de Erdoğan, Selçuk Bayraktar, estos drones reciben el sobrenombre de «las Kaláshnikovs del aire» en referencia a su versatilidad y facilidad de uso. Antes de que Kiev desarrollara los suyos propios, permitieron a Ucrania hacer frente a la agresión rusa. Turquía es hoy la undécima potencia exportadora de armas del mundo, según la clasificación del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo. El éxito de los drones turcos es tal que se puede hablar de una «diplomacia del dron»: sus ventas permiten a Turquía ampliar su influencia, especialmente en África.
En un momento en el que las potencias medias están ganando protagonismo, Turquía puede contar con numerosas ventajas. Imprescindible en la cuestión ucraniana, ha desempeñado desde el principio un papel activo en la «coalición de voluntarios», puesta en marcha por París y Londres con unos 35 países, que se han comprometido a proporcionar garantías de seguridad a Kiev una vez que cesen los combates. El componente marítimo de estas garantías y de esta fuerza multinacional será turco y su cuartel general se instalará en Estambul. 5 De hecho, es Turquía quien controla los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, aplicando rigurosamente la Convención de Montreux de 1936, que ordena prohibir el paso de buques beligerantes: de este modo, Ankara impide que Rusia reconstruya su flota, de la que casi un tercio quedó fuera de servicio tras los ataques con misiles y drones navales lanzados por las fuerzas ucranianas.
Recep Tayyip Erdoğan se presenta como una figura igualmente imprescindible en Medio Oriente, donde se está forjando una imagen de defensor de la causa palestina. Reivindica vínculos estrechos y de larga data con Hamás, un movimiento surgido de los Hermanos Musulmanes, al igual que el AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo), el partido en el poder en Turquía, que hasta hace muy poco seguía siendo cercano a esta corriente. Además, Erdoğan no escatima en declaraciones extravagantes: «Netanyahu ha superado a Hitler en barbarie», afirmó, por ejemplo, 6 lo que provocó reacciones indignadas por parte de las autoridades israelíes. Resulta, por tanto, difícil imaginar que Turquía pueda desempeñar un papel clave en una futura fuerza internacional de estabilización en Gaza o en el sur de Líbano, a pesar de que el país presentaba la doble ventaja de ser miembro de la OTAN y oficialmente musulmán. No obstante, su ejército le garantiza su estatus de potencia regional, ya que, al día de hoy, es la única potencia militar capaz de rivalizar con Israel. El aumento de las tensiones entre ambos países es recurrente desde la llegada al poder, en 2002, de los islamoconservadores. El reconocimiento por parte de Israel del genocidio armenio, el 28 de junio de 2026, desencadenó la última gran crisis diplomática hasta la fecha: ante las provocaciones de Erdoğan, las autoridades israelíes decidieron endurecer el tono. 7 A pesar de ser ambos aliados de Estados Unidos, Turquía e Israel habían iniciado una intensa cooperación militar. Un acercamiento que tenía sus raíces en el temprano reconocimiento de Israel por parte de Turquía en 1949, lo que convirtió a Ankara en la primera capital de un país de mayoría musulmana en reconocer al Estado hebreo.
Una OTAN con menos presencia estadounidense implica una OTAN con mayor presencia turca.
Ahmet Insel, Marc Semo
En Siria, Turquía apoya activamente al nuevo gobierno de Damasco mediante una presencia militar turca en territorio sirio. En el conflicto iraní, en cambio, el país ha optado por la discreción. Solo tres misiles han tenido como objetivo el Estado turco, todos ellos destruidos en vuelo por la defensa nacional. Su diplomacia transaccional la convierte en una de las ganadoras de la guerra: Turquía ha consolidado, de hecho, su papel en materia de seguridad regional, tejiendo vínculos más estrechos con las monarquías petroleras del Golfo, que han comprendido perfectamente que las garantías de seguridad estadounidenses por sí solas ya no bastaban para protegerlas. Ankara ya había abierto una base en Qatar y se había sumado, junto con Egipto, a un acuerdo de defensa común, firmado hace un año entre Arabia Saudita y Pakistán, potencia nuclear.
Las relaciones entre Turquía y la OTAN distan mucho de ser lineales. Bastante turbulentas durante la invasión de Chipre en 1974 y, posteriormente, durante los tres golpes de Estado militares que han marcado la historia de la República Turca, se vieron luego complicadas por las tensiones recurrentes con Grecia. Aunque se consideraba un eslabón esencial en el dispositivo de la OTAN, Turquía solía quedar marginada debido a este desacuerdo con Atenas. Aún hoy, alberga en su territorio bombas nucleares estadounidenses, al igual que otros cinco países europeos miembros de la OTAN, pero no desempeña ningún mando conjunto dentro de la Alianza. La revelación por parte de la prensa turca, a finales de marzo de 2026, de un proyecto para crear, en el seno de la OTAN, un cuerpo multinacional de acción rápida en Adana, al sur del país, y «bajo el mando de un general turco», según el Ministerio de Defensa, supondría una primicia. 8 Aunque aún no se ha confirmado, la creación de este cuerpo supondría un éxito innegable para Ankara: hace tan solo unos años, no era raro que se cuestionara la propia pertenencia de Turquía a la OTAN. ¿Acaso no había comprado Recep Tayyip Erdoğan a la Rusia de Putin baterías antimisiles S-400? Entregadas, pero nunca desplegadas, finalmente deberían ser devueltas a su remitente. Como represalia, Turquía había sido excluida del programa de los aviones estadounidenses F-35. Donald Trump podría contribuir a que se reincorporara al mismo.
El «erdoganismo» al final de su mandato: el riesgo de la radicalización
El indiscutible fortalecimiento de la proyección internacional del Reis va acompañado, en el ámbito nacional, de un endurecimiento cada vez mayor, síntoma de un régimen político que se siente cada vez más amenazado. Mientras que el «erdoganismo» se situaba más bien entre los regímenes autocráticos «antiliberales», que imponen su control sobre los engranajes del Estado pero toleran unas elecciones más o menos libres, como la Hungría de Viktor Orbán, aunque con un control más represivo de la sociedad, desde hace tres años se observa una transformación de las políticas internas de Erdoğan, en favor de un «putinismo» turco. Ambos autócratas sienten, por otra parte, una cierta fascinación mutua, ya que ambos se presentan como los herederos nostálgicos de imperios desaparecidos, que buscan restaurar por todos los medios. A riesgo de despertar los viejos demonios de la historia turca, a Erdoğan le gusta evocar «las fronteras del corazón» de Turquía, que, mucho más allá de sus límites actuales, incluyen tierras y ciudades que en su día pertenecieron al Imperio Otomano. «Para nosotros, no se trata de otros mundos, sino de pedazos de nuestra alma», insistía en un mitin celebrado en 2016, en el que evocaba su tristeza al ver cómo algunas islas pasaban a manos griegas, a pesar de que estaban «a tiro de piedra y desde donde se oye cantar al gallo». 9
El «erdoganismo» vincula estrechamente la política exterior con la política interior. «Recep Tayyip Erdoğan se siente investido por Dios de una doble misión: devolver al islam el lugar que le corresponde en Turquía y devolver a Turquía, heredera del Imperio otomano, el lugar que le corresponde en el mundo», resumía Cengiz Candar, 10 editorialista, actualmente diputado del partido prokurdo DEM y en su día cercano al líder turco, cuando este, en sus primeros años en el poder, se rodeaba de asesores liberales y proeuropeos. Las reformas que imponía la ambición turca de incorporarse a la Unión, respaldadas por una amplia parte de la población, sirvieron, por ejemplo, de pretexto para poner a raya al ejército y a la alta burocracia kemalista. De hecho, el Reis nunca ha abandonado su proyecto: el de cerrar lo que considera un paréntesis de dos siglos en la historia de Turquía, tomando una doble revancha contra, por un lado, el modernismo autoritario del kemalismo y, por otro, contra Europa occidental, a la que acusa de perseguir los designios de los cruzados y los colonialistas. Es a la luz de esta búsqueda como hay que analizar la aniquilación por parte de Erdoğan de toda oposición estructurada, sobre todo si reivindica un legado republicano y laico, así como su toma de control de la sociedad turca.
El carácter autoritario del poder turco no es nada nuevo. Ya desde la fundación de la República en 1923, el propio laicismo se impuso por la fuerza a una sociedad conservadora que se mostraba en gran medida reacia a él. Tras haber vivido bajo un régimen de partido único, en el que el poder recaía exclusivamente en el «Jefe eterno», Mustafa Kemal, y posteriormente en el «Jefe nacional», Ismet Inönü, Turquía vivió un sistema pluralista, aunque interrumpido nada menos que tres veces por golpes de Estado militares en 1960, 1971 y 1980. En cada ocasión, los militares, tras infligir una severa represión a la población —sobre todo en 1980—, acabaron devolviendo el poder a los actores civiles. Así pues, en Turquía se observa una oscilación constante entre el autoritarismo duro y la democracia. No obstante, no es imposible detectar en ella algunas constantes, una de las cuales, muy importante, es el apego de los ciudadanos a unas elecciones libres y justas como única fuente verdadera de legitimidad del poder. Recep Tayyip Erdoğan, elegido alcalde de Estambul en 1994, pasó a ser primer ministro en marzo de 2003, antes de ser elegido presidente por sufragio universal en 2014. Siempre ha presentado su poder como la emanación de una voluntad nacional, expresada libremente en las urnas. Cualquier oposición o impugnación de sus decisiones queda desacreditada en su nombre y se tacha de antinacional.
Durante las manifestaciones de Gezi en junio de 2013, por ejemplo, organizó, como respuesta a las movilizaciones contra la remodelación de un parque en pleno centro de Estambul, una contramanifestación cuyo lema era el «respeto a la voluntad nacional», y declaró que quería «ser uno con la nación». 11 De acuerdo con las enseñanzas que recibió en su juventud, impartidas por ideólogos radicales islamo-nacionalistas, en particular Necip Fazil Kisakürek, poeta fundador en la década de 1950 de un movimiento radical islamo-conservador, Büyük Doğu, el Gran Este, Erdoğan siempre ha concebido el poder como único e indivisible, concentrado en manos de un líder absolutista. Esta visión política convierte a la democracia en un mero vehículo, el medio para alcanzar un poder más concentrado, más absoluto. La democracia, «es como tomar el tranvía: cuando llegas a tu destino, te bajas», afirmó en una ocasión. 12
El largo mandato de Erdoğan se ha caracterizado, por tanto, por un giro progresivo hacia el autoritarismo, marcado por varios momentos de aceleración. El punto de inflexión decisivo fue, sin duda, el intento de golpe de Estado militar que tuvo lugar en julio de 2016. Erdoğan, que había calificado este golpe fallido como «un regalo de Dios», lo utilizó como un doble instrumento: le permitió llevar a cabo una represión masiva y proclamar el estado de excepción, que permaneció en vigor durante tres años, pero también organizar, a partir de 2017, un referéndum constitucional con el fin de instaurar un régimen hiperpresidencial. Dado que su partido, el AKP, ya no contaba con mayoría, se alió con el MHP de Devlet Bahçeli, un partido nacionalista de extrema derecha, alianza que perdura aún hoy. Fue esta alianza la que le permitió ser reelegido en 2023. No obstante, desde entonces se han multiplicado los indicios de un desgaste del apoyo electoral.
En 2019, tras haber gobernado durante 25 años ininterrumpidos Estambul y Ankara, las dos mayores metrópolis del país, el AKP perdió las elecciones municipales en ambas ciudades, a favor de los candidatos del CHP. «Quien conquista Estambul, conquista Turquía» 13 había predicho Erdoğan hace treinta años, dando él mismo el ejemplo. Como era de esperar, el nuevo alcalde del Gran Estambul, Ekrem İmamoğlu, se ha convertido en el rival más amenazante para el Reis. En las siguientes elecciones municipales, en 2024, el CHP repite su éxito en nuevas ciudades y se convierte en el primer partido del país. A partir de entonces, la maquinaria estatal se puso en marcha para intentar dejar fuera de juego no solo al alcalde de Estambul, sino a todo su partido. A petición del poder, la Universidad de Estambul procedió a la anulación del título universitario de Imamoğlu, obtenido treinta años antes, impidiéndole así presentarse a la presidencia de la República: poseer un título universitario es una condición sine qua non para acceder al poder en Turquía. Es detenido en marzo de 2025 y se le imputan numerosos cargos, que van desde la corrupción hasta el espionaje. A raíz de ello, el fiscal general de Estambul, Akin Gürlek —nombrado posteriormente ministro de Justicia en febrero de 2026—, puso en marcha una amplia operación de detenciones y destituciones de alcaldes electos del CHP (más de treinta hasta la fecha). Estas operaciones siguen en curso.
A pesar de todos estos esfuerzos, las encuestas de opinión prevén una posible derrota del Reis —si es que pudiera presentarse por tercera vez— en 2028 frente a un candidato del CHP, ya sea Imamoğlu, Mansur Yavas, alcalde de Ankara, u Özgür Özel, presidente del CHP destituido por un tribunal. Recep Tayyip Erdoğan tiene pocas esperanzas de prolongar su mandato con el apoyo de una mayoría de votantes. De ahí su creciente autoritarismo, cuyos límites se desconocen: a la represión masiva que se ejerce contra la sociedad civil y el mundo de la cultura, al control del ejército, la justicia, las universidades, gran parte de los medios de comunicación y los grandes grupos económicos, se suma ahora una ofensiva judicial, gracias a una institución que ya está a las órdenes del poder. Se trata de neutralizar a la principal fuerza de la oposición, el CHP, liderado por Özgür Özel, el presidente destituido del CHP, convirtiéndolo en un partido residual, o incluso en el soporte de un resurgimiento de la popularidad del régimen, el único capaz de «defender los intereses y la seguridad del Estado». El pretexto no le falta a Erdoğan: Turquía aún no ha encontrado «una oposición a la altura de nuestra nación», según sus propias palabras. 14
Esta deriva dictatorial ha ido acompañada de la búsqueda de nuevos apoyos políticos, sobre todo entre el electorado kurdo, sin que, hasta ahora, se hayan obtenido los resultados esperados. Las autoridades han conseguido que el líder histórico de la rebelión kurda, Abdullah Öcalan, encarcelado desde 1999 en Imrali, una isla-prisión situada frente a las costas de Estambul, haga un llamado al abandono de la lucha armada y a la autodisolución del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán). Sin embargo, el gobierno no ha puesto en marcha ninguna medida para resolver a cambio la cuestión kurda, una comunidad que representa alrededor del 20 % de la población, que reclama el reconocimiento de sus derechos colectivos y desea obtener autonomía municipal.
La «guerra sucia» entre el Estado y los rebeldes del PKK se ha cobrado, desde 1984, cerca de 50.000 muertos y ha provocado el desplazamiento de cientos de miles de personas en las regiones del sureste del país, de mayoría kurda. Hoy en día, la represión contra los militantes y los representantes electos del partido prokurdo legal continúa, mientras que a las delegaciones de este partido se les permite visitar regularmente a Öcalan para recibir sus sugerencias. Sin embargo, gran parte de la base electoral de Erdoğan es nacionalista, ferozmente anti-PKK y anti-Öcalan. Una apertura en esta dirección podría costarle muchos más votos de los que podría aportarle. La alianza islamo-nacionalista en el poder solo retiene de este proceso su denominación oficial: «Turquía sin terror».
Ambiciones neo-otomanas, la «banda de los cinco» y el extremismo religioso: ¿qué es el «sultanismo republicano»?
Otra característica que acerca el «erdoganismo» al «trumpismo» es la primacía que se concede al discurso frente a la realidad.
El régimen atraviesa un periodo de estancamiento en el ámbito interno. El palacio presidencial se ha convertido en el único lugar donde se toman las decisiones públicas, hasta el punto de que allí se aprueban la creación de empresas o la adquisición de participaciones en sociedades y cooperativas pertenecientes a las entidades locales (1.400 municipios en total). Este poder hiperpresidencial, que se ejerce a puerta cerrada, resulta cada vez más paralizante. Al igual que todos los autócratas en el ocaso de su poder, el Reis se rodea cada vez más de cortesanos que sólo dicen «sí» y a los que nombra en función de su lealtad. La mayoría de las figuras políticas que lo rodeaban en el momento de la creación del AKP, y posteriormente durante el ascenso del partido, lo han abandonado o han sido apartadas. Es el caso del expresidente Abdullah Gül, al igual que el de Ali Babacan, antiguo ministro de Economía, en la época en que la economía turca funcionaba a pleno rendimiento. El académico y especialista en relaciones internacionales Ahmet Davutoğlu, artífice de una diplomacia neo-otomana orientada hacia los antiguos territorios del Imperio, destinada a convertir a Turquía en una potencia regional proactiva, también fue destituido.
El «erdoganismo» de los últimos años del mandato no solo representa un giro autoritario exacerbado, sino que también supone una «orientalización» de la gestión del poder y del Estado, muy alejada del modelo republicano de Mustafa Kemal. En torno a Erdoğan se ha formado un clan, a medio camino entre lo familiar y lo ideológico, movido sobre todo por la codicia. Es él quien gestiona sectores enteros de la economía, incluidos los estratégicos. La economía de connivencia, al igual que en otras autocracias, es el modelo dominante. La adjudicación de los contratos públicos, especialmente para las grandes obras —como el tercer aeropuerto de Estambul o, incluso algún día, la excavación del «canal de Estambul», que se supone que duplicará el Bósforo—, recae en su abrumadora mayoría en unas pocas holdings cercanas al palacio. La oposición arremete especialmente contra «la banda de los cinco»: 15: Cengiz, Limak, Kalyon, Kolin y el grupo MNG figuran entre los diez grupos que se adjudican más contratos públicos en el mundo, según un informe del Banco Mundial de 2020. 16 Siguiendo la misma lógica de favoritismo y clientelismo, los fondos públicos también se destinan a fundaciones religiosas, cuya principal vocación es promover una guerra cultural. Durante los primeros nueve meses de 2025, estas sumas ascendieron a 480 millones de euros, según el Tribunal de Cuentas. Bilal, el hijo menor de Erdoğan, dirige una de ellas, la TÜGVA (Fundación de la Juventud Turca), fundada en 2014, y participa en la dirección de otras seis entidades del mismo tipo. Fue en 2012 cuando Erdoğan expresó por primera vez de forma clara su objetivo de formar «una generación piadosa y vengativa». 17. En el congreso de esta fundación, se dirigió a los jóvenes presentes pidiéndoles «que no olvidaran que estamos nosotros y, frente a nosotros, los enemigos». La TÜGVA se ha convertido así en el buque insignia de esta misión, defensora de las reinterpretaciones sensacionalistas de la novela nacional turca. El símbolo más llamativo en este sentido es, sin duda, la construcción a las afueras de Ankara, en el mismo lugar donde se encontraba la granja modelo de Mustafa Kemal, de un inmenso palacio de 200.000 m² —el equivalente a cuatro veces el tamaño del Palacio de Versalles —, con 1.150 habitaciones y, para impresionar a cada dignatario extranjero que lo visita, una guardia de honor formada por 16 guerreros bigotudos con cota de malla que se supone que representan a los 16 imperios turcos o turcófonos que se han sucedido a lo largo de 2 mil años en la meseta de Anatolia.
Como todos los autócratas en el ocaso de su poder, el Reis se rodea cada vez más de cortesanos que sólo dicen «sí» y a los que nombra en función de su lealtad.
Ahmet Insel, Marc Semo
Es también en el seno de este clan donde se decidirá la sucesión del Reis. Empiezan a vislumbrarse indicios de luchas internas, aunque todavía débiles. La tentación dinástica está ahí: se puede apostar, a elección, por Bilal, el hijo menor de Erdoğan, un personaje poco brillante, o por uno de sus yernos, empezando por Selçuk Bayraktar, aclamado por sus éxitos en la industria armamentística, pero responsable, junto a su padre, de una de las peores decisiones económicas de la era Erdoğan: la bajada de las tasas de interés para combatir una inflación galopante. Esta etapa concluyó con su destitución del Ministerio de Economía en 2020. También circula el nombre del ministro de Asuntos Exteriores, Hakan Fidan, jefe de los servicios secretos durante 13 años hasta 2023, a quien Erdoğan solía presentar como «su caja negra», es decir, el depositario de todos sus secretos. Este antiguo suboficial ha experimentado un ascenso meteórico en los círculos del poder. Pero, como todo autócrata en sus últimos años de mandato, el presidente turco evita escrupulosamente abordar esta cuestión en público, prefiriendo más bien preparar a la opinión pública, a través de sus portavoces, para una futura candidatura a las elecciones presidenciales de 2028, presentada como «indispensable para la seguridad y la prosperidad del país». 18. Sin embargo, la tarea no es fácil: la Constitución turca establece un máximo de dos mandatos. Para sortear este obstáculo, el clan de Erdoğan baraja la posibilidad de someter a votación en el Parlamento la convocatoria de elecciones anticipadas, tanto presidenciales como legislativas, unos meses, o incluso solo unas semanas, antes de la fecha prevista en mayo de 2028. La disolución permitiría así al jefe de Estado presentarse por tercera vez. Pero la maniobra requiere una mayoría de tres quintos en el Parlamento: en la actualidad, a la coalición en el poder le faltan algo menos de cuarenta diputados para que esto pueda suceder. Otra solución sería una reforma constitucional, pero eso requeriría una mayoría mucho mayor, dos tercios del Parlamento, o incluso un referéndum. Aunque estas estratagemas dieran sus frutos, nada garantiza que el presidente saliente pudiera imponerse de otra forma que no fuera mediante fraudes masivos —lo que nunca ha sido el caso hasta ahora, salvo en el referéndum constitucional que instauró un régimen de hiperpresidencia—, pero solo de forma marginal — o mediante la eliminación, por vías judiciales tortuosas, de cualquier candidato capaz de derrotarlo en las urnas.
Hoy en día, una gran parte del electorado turco, sobre todo los jóvenes, las mujeres y las personas de clase media, especialmente en las grandes ciudades, muestra un descontento creciente con las políticas de Erdoğan y su partido. «El gobierno del AKP ha acabado con la esperanza de la gente. Ocho de cada diez personas consideran que no se pueden tener hijos en este país», según el especialista en encuestas de opinión Bekir Ağırdır. En las elecciones municipales de 2024, «fue sobre todo el voto de los jóvenes activos lo que hizo que el AKP perdiera las elecciones, especialmente en Estambul», analiza por su parte Murat Güvenç, profesor de la Universidad de Koç.
La base electoral del AKP se está erosionando y, al parecer, ya solo representaría a un tercio de los votantes turcos. La fuerza de este partido, que ha ganado de forma ininterrumpida durante casi 23 años la casi totalidad de las elecciones, sin manipulaciones descaradas de las urnas, residía en sus propuestas en materia económica. Las campañas del Reis se caracterizaban por sus mensajes dirigidos «a los turcos tan pobres en una Turquía tan rica». En un cuarto de siglo de gobierno islamista-conservador, la renta per cápita se ha más que triplicado. Pero este milagro económico muestra graves signos de agotamiento. Una inflación elevada y persistente, superior al 30 %, lastra a los asalariados y a los jubilados; la política de sobrevaloración de la lira turca perjudica a los sectores exportadores intensivos en mano de obra y afecta a los ingresos del turismo. La brecha en la distribución de la renta se está ampliando. La tasa de desempleo supera el 20 %. A ello se suma la inseguridad jurídica, que también afecta al ámbito económico, lo que empuja a una parte de las clases ricas a trasladar su capital fuera del país. Las inversiones extranjeras directas están estancadas debido a las vacilaciones de la política económica turca y a su escasa previsibilidad. Por lo tanto, todas las señales parecen estar en rojo.
El fracaso del «erdoganismo» también se pone de manifiesto en los escasos resultados obtenidos durante los últimos 15 años en el marco de esta guerra cultural librada contra la hegemonía laica-modernista. En Turquía, parece que ha comenzado el ocaso de los piadosos. Durante estos años en el poder, no se ha asistido al surgimiento de una intelectualidad conservadora islamonacionalista, ya que el poder ha preferido centrarse en someter a los círculos culturales mediante investigaciones judiciales y detenciones arbitrarias, respaldadas por campañas de desprestigio y la prohibición de la mayoría de los actos culturales. Las series de televisión turcas, muy apreciadas más allá de las fronteras nacionales y auténtico pilar del «soft power» turco, comienzan a sufrir las consecuencias de esta política y pierden su atractivo. La política de reislamización del espacio público está produciendo resultados contrarios a los esperados. Las prácticas religiosas están en declive. Según una encuesta del instituto de sondeos Konda, el número de quienes se declaran creyentes practicantes ha caído nueve puntos entre 2008 y 2025, mientras que los no creyentes han aumentado seis puntos, para gran disgusto de los círculos religiosos y, en particular, de la Dirección de Asuntos Religiosos del país. Con una plantilla de cerca de 140.000 funcionarios religiosos, esta institución ha impulsado el refuerzo del control estatal sobre la religión suní, mediante una orientación moral de la población, especialmente de la juventud, y la revisión de los programas escolares. Ante esta política cultural ferozmente conservadora, una parte cada vez mayor de los jóvenes más calificados —médicos, ingenieros, informáticos— abandonan Turquía o se plantean seriamente hacerlo. La razón principal no siempre es económica. Se trata también de huir de un entorno cultural y político cada vez más asfixiante.
En Turquía, parece que ha comenzado el ocaso de los piadosos.
Ahmet Insel, Marc Semo
Por consiguiente, este fracaso a la hora de alcanzar una verdadera hegemonía cultural e ideológica provoca una auténtica huida hacia adelante por parte de Recep Tayyip Erdogan. Estamos asistiendo al establecimiento de un auténtico sultanismo republicano, a medio camino entre el régimen de Putin y el de la familia Aliyev, en la vecina Azerbaiyán. Este proyecto político, que parece extenderse mucho más allá de las próximas elecciones, no parece desagradar a Estados Unidos. Tom Barrack, embajador de Estados Unidos en Ankara y emisario de Donald Trump, no ha dudado en recordar en varias ocasiones que, en un Medio Oriente donde solo se respeta la fuerza, «lo único que sirve son los regímenes con un liderazgo fuerte y las monarquías misericordiosas o las monarquías republicanas». 19
Turquía sigue siendo oficialmente candidata a la Unión, a pesar de que el proceso de adhesión lleva 15 años paralizado. El último informe del Parlamento Europeo sobre Turquía, aprobado el 17 de junio, expresa su preocupación por la grave erosión del Estado de derecho y la falta de independencia del poder judicial, y pide que se impongan sanciones al ministro de Justicia turco. Por otra parte, en el Comité de Ministros del Consejo de Europa, la apertura de un procedimiento sancionador contra Turquía lleva más de un año pendiente, por la inaplicación de las resoluciones del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en particular por el mantenimiento en prisión del mecenas y defensor de los derechos humanos Osman Kavala. Una decisión que el Comité de Ministros aplaza cada tres meses para no «romper el diálogo con Turquía». Si bien el informe del Parlamento Europeo destaca la importancia estratégica y geopolítica de Turquía y la necesidad de reforzar la cooperación en materia de seguridad regional, también critica la doctrina de la «Patria Azul», relativa a la delimitación de la zona económica exclusiva de Turquía en el Mediterráneo oriental. Sin embargo, estas críticas se detienen sistemáticamente en el umbral de la acción y van acompañadas de un aplazamiento sine die del proceso de adhesión de Turquía y de la actualización del acuerdo de unión aduanera firmado en 1995.
Europa se debate entre sus principios políticos fundacionales y consideraciones de intereses económicos y geoestratégicos. Como siempre, estos últimos prevalecen sobre los primeros.
Notas al pie
- Cercano al árabe «raïs», el término turco «Reis» comparte la misma etimología: «cabeza» o «jefe».
- Dorothée Schmid, «Pour le camp occidental, le rôle que jouera la Turquie dans le dénouement de la crise ukrainienne est crucial», Le Monde, 29 de marzo de 2022.
- «Trump says he may “do something” to make Türkiye very happy on fighter jets», Agencia Anadolu, 25 de junio de 2026.
- «Erdoğan: Türkiye’siz bir Avrupa güvenliği düşünülemez», Bloomberg, 4 de marzo de 2025.
- Nicolas Bourcier y Céline Pierre-Magnani, «La Turquie, pilier du réarmement européen», Le Monde, 15 de marzo de 2026.
- Nadav Gavrielov, «Erdoğan compares Netanyahu to Hitler», The New York Times, 27 de diciembre de 2023.
- «Israël reconnaît le génocide arménien ; une décision historique qui ravive les tensions avec la Turquie», Le Monde, 28 de junio de 2026.
- Ragip Soylu, «NATO to set up new corps in Turkey as Ankara eyes regional deterrence», Middle East Eye, 27 de marzo de 2026.
- Marc Semo, «Le fantasme néo-ottoman du président Erdogan», Le Monde, 23 de diciembre de 2016.
- Ibid.
- «Erdoğan: Polise talimatı veren benim», BBC, 23 de junio de 2013.
- Delphine Minoui, « La démocratie turque balayée par la dérive autoritaire d’Erdogan», Le Figaro, 30 de mayo de 2019.
- Ayşe Sayın, «İstanbul seçim sonuçları : İmamoğlu İBB Başkanı seçildi, Erdoğan’ın kaybı Türkiye siyasetinin yol haritasını nasıl etkileyecek ?», BBC, 24 de junio de 2019.
- DHA (Demirören Haber Ajansı), «Cumhurbaşkanı Erdoğan: Türkiye’nin, vesayetten arınmış bir ana muhalefete ihtiyaç duyduğu açıktır», Habertürk, 27 de junio de 2026.
- Lucie Baudin, «Qui est la ‘bande des cinq’ (beșli çete) dénoncé par l’opposition au pouvoir en turquie ?», OBSERVATORIO de Turquía y su entorno geopolítico, IRIS, julio de 2024.
- Samar Kamuean, «Türkiye’den 5 inşaat firması dünyada en fazla ihale alan ilk 10 firma arasında », EuroNews, 8 de diciembre de 2020.
- Ali Arayici, « Face au ‘néo-ottomanisme’ d’Erdogan, la laïcité est le pilier essentiel de la démocratie en Turquie», L’Humanité, 2 de abril de 2019.
- Para más información, véase este artículo sobre la probable candidatura de Erdoğan a las próximas elecciones presidenciales turcas: Zuzanna Krzyżanowska, «In line for the throne: preparing for a transfer of power in Turkey», OSW Centre for Eastern Studies, 18 de marzo de 2026.
- Sirwan Kajjo, «Ambassador Tom Barrack Keeps Misreading the Middle East», Middle East Forum Observer, 20 de abril de 2026.