Hay momentos en los que la cuestión de la libertad deja de ser una abstracción para volver a convertirse en una cuestión práctica. Junio de 1940 es uno de esos momentos. Francia ha sido derrotada. Su territorio está ocupado. Su gobierno ha optado por el armisticio. Todo invita al realismo, es decir, a la aceptación del hecho consumado. Todo, salvo un hombre que se niega a creer que la debilidad obligue a la sumisión. Esta forma de insumisión ante la realidad, que muchos consideraban entonces una ilusión o incluso una locura, constituye quizás el núcleo del gesto de De Gaulle. La reciente película La batalla de De Gaulle, de Antonin Baudry, capta admirablemente su motor profundo: la soledad de quien se niega a considerar la derrota como definitiva cuando los demás ya se han resignado a ella. 1
Ya se ha dicho todo sobre esas 297 palabras pronunciadas el 18 de junio de 1940, que tan pocos franceses escucharon, pero que salvaron a nuestro país y su honor. Para mí, el Llamado siempre ha simbolizado un acto puro de libertad. A través de él, el general De Gaulle afirma una idea sencilla que es, al mismo tiempo, una gran lección política: las circunstancias nunca agotan el abanico de posibilidades. Aunque esté debilitada, aunque esté aislada, una nación siempre conserva una parte de libertad mientras se niegue a dejarse definir por la relación de fuerzas del momento.
Esta intuición no solo es válida para la Francia de 1940. Arroja luz sobre una cuestión más general: ¿cómo seguir siendo libre cuando no se es el más fuerte?
Ya no estamos en 1940. Las analogías históricas casi siempre resultan engañosas cuando se aplican de forma mecánica. Europa no está ni ocupada ni derrotada. Sigue siendo uno de los principales polos democráticos, económicos, científicos y culturales del mundo. Sin embargo, algo ha cambiado.
Durante varias décadas, los europeos vivieron con la idea de que la historia les era favorable. La paz estaba asegurada de forma duradera y la seguridad, en gran medida, garantizada por otros; la energía barata circulaba libremente; el comercio acercaba a las naciones y el progreso técnico parecía converger espontáneamente con el progreso político. Esa etapa ha llegado a su fin.
El regreso de una guerra total al continente europeo, la rivalidad entre las potencias, el debilitamiento de las alianzas, la militarización de las interdependencias, la competencia tecnológica y los ataques cada vez más intensos contra las democracias nos recuerdan una verdad más antigua: la libertad nunca debe darse por sentada. Siempre depende de condiciones materiales, de un contexto estratégico y de una voluntad política que hay que mantener continuamente.
El peligro que nos acecha no es, por otra parte, el de una ruptura visible. Es más insidioso y solapado. Es el de la vasallización silenciosa: una dependencia que se va instalando poco a poco, una soberanía que se va erosionando sin que lo hayamos decidido, hasta el día en que descubrimos que ya no somos realmente dueños de nuestras decisiones. Para entonces, ya es demasiado tarde.
La cuestión que se plantean hoy los europeos no es, por tanto, fundamentalmente económica. Ni siquiera es, en primer lugar, geopolítica. Es política en el sentido más profundo del término: ¿queremos seguir decidiendo por nosotros mismos o aceptamos que otros decidan por nosotros?
La respuesta que dio el general De Gaulle en junio de 1940 no puede reproducirse tal cual. Pero quizá no sea inútil preguntarnos qué nos sigue diciendo a nosotros, franceses y europeos de 2026. Su gesto conserva, en mi opinión, un valor metodológico: cuando una nación quiere seguir siendo libre, no puede delegar en otros la tarea de velar por sus intereses, proteger sus capacidades esenciales o definir su destino. Debe organizarse.
Esta lección merece ser reinterpretada en el contexto de nuestra época.
Porque las condiciones del poder han cambiado: la tecnología, los mercados financieros, las cadenas industriales y los sistemas energéticos han ido superando progresivamente el marco del Estado-nación. Esta transformación nos lleva a superar una oposición estéril entre soberanía nacional y soberanía europea. El gaullismo nunca ha sido un nacionalismo de repliegue: siempre ha buscado el nivel en el que el poder se hace posible. Es este principio, que podríamos denominar «subsidiariedad estratégica», el que debe guiar las decisiones europeas de hoy.
La subsidiariedad, en la tradición europea, significa que solo se actúa en un nivel superior si el nivel inferior resulta insuficiente. La subsidiariedad estratégica adapta este principio a la brutalización del mundo: se elige el nivel en el que se puede ser verdaderamente soberano, es decir, libre para actuar sin depender de la buena voluntad de un tercero.
Esto no tiene nada que ver con una elección binaria entre dos ideologías simplistas y opuestas, ya sea el federalismo o el soberanismo. Es una cuestión de física política. Siempre que Francia pueda ser más fuerte siendo Francia, debe elegir a Francia. Siempre que pueda ser más fuerte con Europa, debe elegir a Europa.
En este nuevo mundo, en el que vuelve a plantearse, una vez más en nuestra historia, la cuestión del futuro de nuestro poder, el legado de De Gaulle, la loca audacia de la Francia Libre y el extraordinario valor del Llamado aportan tres respuestas de una actualidad sorprendente: la soberanía integral, la no alineación democrática y la capacidad de decir «no».
La soberanía integral
La primera lección de la Francia Libre suele malinterpretarse.
A veces se reduce a la independencia nacional. Pero es algo más exigente. Para De Gaulle, la soberanía no es un principio abstracto. Es la capacidad efectiva de un pueblo para decidir su destino.
La soberanía no es, ante todo, una cuestión institucional, sino una cuestión de control.
Esta convicción explica tanto la negativa del general a aceptar la más mínima injerencia estadounidense en el territorio nacional desde la Liberación como la construcción decidida de una industria de defensa y una disuasión nuclear autónomas. Detrás de estas decisiones se esconde una misma idea: una nación que renuncia al control de sus funciones esenciales acaba siempre viendo mermada su libertad.
Sin embargo, las funciones esenciales del siglo XXI ya no son las mismas que las del siglo XX.
La energía, la tecnología, la defensa y las finanzas forman ahora un único sistema. Las centrales eléctricas alimentan los centros de datos. Los centros de datos alimentan los modelos de inteligencia artificial. Estos modelos controlan los sistemas militares. Los mercados financieros financian el conjunto. Renunciar a uno de estos eslabones es debilitar todos los demás.
A esta nueva realidad la denomino «soberanía integral».
Se basa en una idea sencilla: la libertad política depende ahora del control de un conjunto de funciones críticas estrechamente interrelacionadas: tecnología, energía, defensa y finanzas.
La exigencia de una soberanía plena significa que un continente en armas ya no puede permitirse el lujo de la dispersión. Europa debe concentrar sin demora sus recursos en estas cuatro políticas vitales; de lo contrario, será derrotada. Todas sus decisiones presupuestarias, normativas e industriales deben evaluarse a partir de ahora a la luz de esta exigencia.
En primer lugar, la tecnología se ha convertido en el principal motivo de nuestra dependencia. La decisión de la administración de Trump de suspender el acceso a los modelos más potentes de Anthropic para los no estadounidenses nos lo vuelve a recordar de forma contundente.
Siempre que Francia pueda ser más fuerte siendo Francia, debe optar por Francia. Siempre que pueda ser más fuerte con Europa, debe optar por Europa.
Édouard Philippe
Pero el fenómeno es más profundo. Apenas cinco de las cincuenta principales empresas tecnológicas del mundo son europeas. Las demás nos imponen sus estándares, sus arquitecturas, sus ritmos de innovación, sus recursos financieros e incluso su visión del mundo. Europa ha creído durante mucho tiempo que podía compensar este déficit mediante la regulación. Y ha hecho un buen trabajo: proteger los datos, regular la responsabilidad de las plataformas, imponer normas de competencia, defender a los consumidores… Todo ello tiene su importancia. Pero comprar productos estadounidenses seis días a la semana y regular a la europea el domingo no es una estrategia de poder. La primera regulación útil, para un continente que quiera seguir siendo libre, consiste en crear las condiciones para la adquisición de tecnologías europeas.
Por lo tanto, hay que pasar de una Europa que regula lo que no compra a una Europa que compra lo que quiere que exista. La contratación pública constituye una palanca considerable. En el caso de las tecnologías críticas financiadas con fondos públicos europeos o nacionales, debe darse preferencia a las soluciones europeas cuando estas existan o puedan surgir en un plazo razonable. Esta Buy European Tech Act servirá para garantizar un mercado inicial a nuestros líderes tecnológicos, tal y como llevan haciendo desde hace tiempo Estados Unidos y China, con menos escrúpulos y más resultados. Deberá ir acompañada de «mercados tecnológicos europeos», que permitan a varias administraciones y Estados europeos agruparse para invertir en IA, la nube, los drones, la ciberseguridad o los vehículos autónomos. No basta con instar a nuestras empresas a crecer si les negamos los primeros clientes que les permiten dar el salto a una escala superior. No basta con decir que queremos una IA europea si nuestras administraciones, nuestros hospitales, nuestras comunidades, nuestras fuerzas armadas y nuestros centros educativos acaban comprando mañana soluciones de actores no europeos por falta de un marco de contratación coordinado. Europa debe organizar la demanda para que surja la oferta.
Europa se ha construido sobre la base de la puesta en común de recursos. La Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) respondía a una evidencia: la paz y el poderío industrial dependían entonces de unas pocas materias primas y capacidades de producción decisivas. El carbón y el acero de nuestra época se llaman GPU, litio, cobalto, cables submarinos, centros de datos, máquinas de litografía, software de optimización, capacidades de refrigeración y redes eléctricas. Debemos crear una CECA del siglo XXI en torno a los semiconductores y la capacidad de cálculo. Una Europa seria debe poner en común la inversión, garantizar el abastecimiento, constituir reservas, agilizar los trámites de autorización, orientar los pedidos, aceptar el riesgo industrial y permitir la aparición de líderes europeos, sin los cuales todas nuestras ambiciones digitales seguirán dependiendo de las decisiones de otros.
La simplificación del marco normativo digital europeo es la otra condición de esta política. Europa debe dejar de ponerse trabas a sí misma. Las múltiples obligaciones, las interpretaciones divergentes, la fragmentación de las autoridades, la incertidumbre jurídica y la lentitud en la aplicación acaban favoreciendo a quienes ya cuentan con ejércitos de abogados y posiciones dominantes. Regular a los gigantes no debe equivaler a impedir que los pequeños crezcan. En el caso de las tecnologías críticas, se necesitan procedimientos rápidos, ventanillas únicas, experimentos supervisados, una doctrina clara sobre los datos y exenciones específicas cuando el interés estratégico europeo así lo exija.
Por último, la tecnología es una cuestión de formación. Francia, gran nación de ingenieros, debe fijarse el objetivo de formar a 100.000 cada año, frente a los 40.000 actuales. Por último, debe resolver la cuestión del costo de su mano de obra calificada, que la penaliza en la competencia por el talento. Por su parte, Europa debe crear las condiciones para su circulación en el seno de una Unión de talentos en tecnologías críticas. Esta ambición podría asociar a las mejores escuelas y universidades europeas, prever semestres de intercambio en empresas entre las empresas europeas, laboratorios comunes, así como una base formativa común en ciberseguridad, semiconductores, inteligencia artificial, energía y ética de las tecnologías. No se trata de crear un símbolo más, sino de formar una nueva generación de ingenieros europeos conscientes de que su competencia es un atributo de soberanía.
La energía es la segunda condición para la soberanía. Europa sigue importando más de la mitad de la energía que consume. Esta situación resulta aún más paradójica si se tiene en cuenta que Europa pretende liderar la transición ecológica más ambiciosa del mundo. La respuesta francesa debe ser clara: acelerar la energía nuclear y todas las capacidades de producción eléctrica descarbonizada. Francia cuenta aquí con una ventaja estratégica que durante demasiado tiempo ha dudado en reconocer. Nuestro parque nuclear, nuestro saber hacer industrial, nuestros ingenieros, nuestras empresas y nuestra experiencia en materia de seguridad son bienes nacionales y europeos. Prolongar su vida útil, modernizarlos, construir nuevos reactores, desarrollar los SMR, reforzar las redes y producir más electricidad con bajas emisiones de carbono son prioridades que deberían contar con un consenso en un país como el nuestro, sobre todo cuando se trata de alimentar lo que constituirá nuestra soberanía en el futuro: la IA, los centros de datos, las fábricas de baterías, el hidrógeno y la relocalización industrial.
Esta abundancia implica reducir drásticamente los plazos para la obtención de permisos y dar prioridad en el acceso a los recursos a nuestros actores industriales. Ya no podemos pretender liderar la transición ecológica, la reindustrialización y la soberanía energética con procedimientos concebidos para un mundo temeroso. Cada mes perdido en la tramitación de una conexión, una línea, un reactor, un parque de energías renovables, un centro de datos o una fábrica es un mes que cedemos a nuestros competidores. Hay que mantener las exigencias medioambientales, pero dejar de confundir exigencia con obstáculo. Francia debe proponer a Europa un pacto de permisos estratégicos: plazos máximos, tramitación paralela en lugar de secuencial, un juez especializado, el silencio como decisión en determinados casos y una doctrina común sobre las infraestructuras de interés europeo. El Estado de derecho no es la lentitud organizada.
La defensa es el tercer interés vital, aquel que la guerra ha puesto tan de manifiesto. Europa se ha dado cuenta de que se había desarmado demasiado rápido. Las reservas son insuficientes, las cadenas de producción demasiado lentas, las normas demasiado fragmentadas y las adquisiciones demasiado dispersas. Desde 2022 ha comenzado el esfuerzo de rearme, pero avanza con demasiada lentitud. Al contrario de lo que proclamamos, no nos encontramos en una «economía de guerra». Los gastos adicionales, al no poder ser asumidos por las líneas de producción existentes, han beneficiado principalmente a proveedores externos a la Unión Europea, con Estados Unidos a la cabeza. Europa —no Francia— ha caído en una paradoja: tomar conciencia de la necesidad de aumentar nuestro gasto en defensa al tiempo que nos damos cuenta de nuestra vulnerabilidad europea al financiar la capacidad industrial de otros. Esto no puede durar.
La historia de Europa es la de una civilización que, poco a poco, ha aprendido a poner límites al poder.
Édouard Philippe
La preferencia europea en las adquisiciones de defensa está empezando a implantarse con dificultad: debe convertirse en algo sistemático. Es cierto que algunos equipos seguirán procediendo de aliados, que algunas alianzas extraeuropeas seguirán siendo útiles y que la urgencia de la situación en Ucrania exige a veces comprar con rapidez; todo ello se entiende. Pero el dinero europeo debe destinarse, de forma prioritaria, a construir la base industrial y tecnológica de la defensa europea. Los programas comunes no deben convertirse en estructuras administrativas en las que cada país reclame su parte correspondiente. Debe prevalecer el modelo de proyecto: un núcleo de Estados voluntarios, una necesidad militar clara, un líder industrial, plazos vinculantes, cláusulas de salida, una gobernanza rigurosa y una financiación previsible. En esto, como en el resto, habrá que avanzar con firmeza y, por tanto, con rapidez.
Las finanzas, por último, constituyen el cuarto interés vital. A Europa no le falta capital, sino organización. Contamos con 30 billones de euros de ahorro privado. Esta cifra debería bastar para que no podamos quejarnos de nuestra falta de recursos. Pero ese ahorro, cuando no financia la deuda, el sector inmobiliario o los mercados estadounidenses, se invierte en productos sin riesgo, mientras que nuestras empresas más prometedoras cruzan el Atlántico para encontrar el capital necesario para su crecimiento. Formamos a personas con talento, financiamos la investigación, asumimos los primeros riesgos públicos y, luego, dejamos que otros se apropien del valor creado. Es una política industrial al revés.
Por lo tanto, la culminación de la Unión de los Mercados de Capitales debe convertirse en una prioridad estratégica y no en un tema administrativo que no acaba nunca. Armonizar determinados regímenes de insolvencia, simplificar las salidas a bolsa, facilitar las inversiones transfronterizas, fomentar una titulización sana, crear un auténtico mercado europeo de capital de riesgo y de capital de desarrollo, así como impulsar los fondos de pensiones a largo plazo, son condiciones imprescindibles para que las empresas europeas permanezcan y crezcan en Europa.
La no alineación democrática
La segunda lección de la Francia Libre suele ser más controvertida.
En ocasiones se ha presentado el gaullismo como una política de aislamiento. En realidad, fue una política de independencia. De Gaulle nunca fue neutral. Nunca mantuvo una posición equidistante entre las democracias y sus adversarios. La Francia Libre pertenecía plenamente al bando de las democracias. En su discurso del 25 de mayo de 1942 en Londres, el general llegó incluso a afirmar que, para Francia, «la democracia se confunde exactamente con la soberanía nacional». Pero también se negaba a que su pertenencia a una alianza, por muy democrática que fuera, le privara de su libertad de juicio y de acción.
Esta distinción sigue teniendo hoy toda su importancia. Estamos del lado de las democracias. Nuestra política debe estar al servicio de nuestros intereses.
En el mundo que se abre ante nosotros, la tentación será grande para los europeos de definirse a través de las rivalidades ajenas. La competencia entre China y Estados Unidos ya marca cada vez más las relaciones internacionales. Las presiones ejercidas sobre los aliados para que elijan un bando, adopten determinadas tecnologías, limiten ciertos intercambios o alineen sus posiciones diplomáticas no dejarán de aumentar.
Europa debe resistirse a esta lógica.
No porque pudiera mantenerse a igual distancia de Washington y Pekín. Una postura así sería tan artificial como ilusoria. Nuestras instituciones, nuestros valores, nuestra historia y nuestros intereses fundamentales nos vinculan al mundo democrático.
Pero precisamente porque pertenecemos a ese bando, debemos ser capaces de hacer oír en él una voz propia.
La alianza no implica subordinación. La amistad no exige alineación. Una democracia segura de sí misma no delega en otros la tarea de definir sus prioridades estratégicas.
Esta exigencia cobra aún más importancia ahora que el mundo entra en una fase de fragmentación duradera. La globalización, supuestamente beneficiosa, ha dado paso a un mundo conflictivo, en el que las relaciones de poder económicas, tecnológicas y militares vuelven a ocupar un lugar central. En este contexto, las potencias capaces de defender sus intereses serán aquellas que cuenten tanto con aliados sólidos como con autonomía en la toma de decisiones.
El primer ámbito de esta estrategia es, naturalmente, el europeo.
Ninguna potencia europea está hoy en día en condiciones de afrontar por sí sola los retos del siglo. La Unión Europea sigue siendo nuestro principal multiplicador de poder. Constituye el marco privilegiado de nuestra acción diplomática, económica y estratégica.
Pero Europa no se limita a las fronteras de la Unión.
El Reino Unido y Noruega son socios naturales con los que compartimos intereses y valores fundamentales. El Brexit ha separado a las instituciones, pero no ha separado las geografías ni los intereses estratégicos. El acercamiento entre la Unión Europea y el Reino Unido deberá constituir una de las prioridades de la próxima década.
Más allá del ámbito europeo, Canadá debe formar parte de un círculo privilegiado de democracias amigas con las que buscaremos una mayor coordinación y cooperación estratégica.
Sin embargo, esta política no puede limitarse al mundo occidental.
Una de las principales transformaciones del siglo XXI radica en el afianzamiento de potencias regionales que, a su vez, rechazan cualquier lógica de alineamiento. La India, Brasil, Indonesia y varios Estados africanos o del Golfo pretenden ahora defender sus propios intereses sin dejarse encasillar en las categorías heredadas de la Guerra Fría.
Siempre que se atienda su legítimo deseo de participar más ampliamente en la gobernanza mundial y no se dé pie a acusaciones, más o menos justificadas, de «doble rasero», estas potencias pueden ser aliadas para reformar un nuevo orden mundial.
No somos los únicos que defendemos el multilateralismo, el Estado de derecho, la soberanía y una globalización justa y equitativa: la mayoría de los Estados del mundo también lo hacen.
Por eso, Europa se equivocaría si considerara a estos actores como meros ámbitos de influencia disputados entre Washington y Pekín.
Por el contrario, debe establecer con ellos alianzas basadas en intereses concretos: energía, comercio, infraestructuras, tecnologías, clima, seguridad marítima o acceso a materias primas esenciales.
Europa no se limita a las fronteras de la Unión.
Édouard Philippe
Es un papel que le corresponde a Francia. Pocos países europeos cuentan a la vez con una presencia mundial, un puesto de miembro permanente en el Consejo de Seguridad, una capacidad militar autónoma y vínculos de larga data con África, la región del Indo-Pacífico, Medio Oriente y los países de América. Esta situación sitúa a nuestro país en una posición singular: la de un nexo de unión entre la potencia europea y el resto del mundo.
Este enfoque implica también replantearnos nuestra concepción del multilateralismo.
El orden internacional establecido en 1945 sigue siendo valioso. Pero ya no basta para organizar el mundo tal y como es hoy en día. Los grandes foros multilaterales suelen verse paralizados por las rivalidades entre potencias. Las instituciones existentes tienen dificultades para obtener resultados a la altura de los retos y para abordar nuevos ámbitos como la inteligencia artificial y el espacio.
Ante esta realidad, Europa debe dar muestras de pragmatismo. En lugar de esperar a una lejana reforma de la gobernanza mundial, debe fomentar la creación de coaliciones flexibles que reúnan a los Estados dispuestos a actuar en torno a objetivos concretos.
El siglo XXI será menos la era de los bloques que la de las coaliciones.
En este mundo cada vez más fragmentado, la libertad no se preservará ni mediante el aislamiento ni mediante la alineación. Dependerá de nuestra capacidad para elegir a nuestros socios sin renunciar a nuestra libertad de decisión.
Este es, hoy en día, el significado de la no alineación democrática.
La libertad de decir «no»
La tercera lección de la Francia Libre se resume en una sola palabra: no.
El 18 de junio es, ante todo, un rechazo. Un rechazo a la derrota. Un rechazo a la resignación. Un rechazo a la idea de que el equilibrio de fuerzas del momento deba determinar de forma definitiva el futuro.
Esta capacidad de decir «no» suele considerarse el núcleo del gaullismo, encarnación del espíritu de resistencia. Quizá sea también uno de los rasgos más profundos de la civilización europea.
Europa no se ha construido en torno a un imperio, a una lengua única ni a una religión única. Se ha construido a lo largo de una dilatada historia de limitaciones al poder. Decir «no» a la arbitrariedad. Decir «no» a la ley del más fuerte. Decir «no» a los totalitarismos. La historia europea es la de una civilización que ha aprendido progresivamente a imponer límites al poder.
Por eso, la libertad europea no puede sobrevivir sin esa capacidad de rechazo.
Decir «no» sigue siendo hoy en día una necesidad estratégica.
Ese «no» debe dirigirse a Rusia cuando ataca a un país soberano, bombardea a civiles y deporta a niños. Ucrania es la prueba europea de nuestra generación política, al igual que lo fue la Guerra Civil Española en los años treinta: ¿queremos la victoria de Ucrania o nos resignamos a la de Rusia? Quienes responden con timidez a esta pregunta no piensan en la seguridad de los europeos. Los franceses deben saberlo. No apoyar a Kiev es optar por una Europa débil. Imponer condiciones es anunciar de antemano nuestras futuras renuncias. Y hacer pasar eso por patriotismo es un engaño, cuando se trata precisamente de alinearnos con el discurso de potencias hostiles a nuestros intereses.
Este «no» debe dirigirse a China cuando incumple las normas del comercio mundial, genera un exceso de capacidad, acapara minerales críticos y cierra su mercado mientras se beneficia del nuestro. Europa no tiene nada que ganar con el proteccionismo, pero sí todo con la reciprocidad: perseguir las ayudas estatales encubiertas, imponer derechos correctores cuando se demuestre la existencia de dumping, proteger nuestros contratos públicos, asegurar nuestras cadenas de valor y filtrar las inversiones en los sectores estratégicos.
Este «no» también debe dirigirse a Estados Unidos cuando nos amenaza, cuando se vale de la extraterritorialidad de su legislación, cuando subvenciona masivamente sus industrias a costa de las nuestras, cuando pretende inmiscuirse en nuestras elecciones para apoyar a sus amigos de la nueva internacional reaccionaria. La amistad franco-estadounidense es antigua. Ha superado guerras, crisis y desacuerdos. Pero la amistad se basa en el respeto. De Gaulle lo entendió mejor que nadie: no se hace ningún favor a los aliados convirtiéndose en su dependiente. Una Europa más autónoma será una mejor aliada, no una aliada menos leal.
Este «no» debe dirigirse, en definitiva, a los gigantes tecnológicos. Los imperios del siglo XXI no son solo territoriales, sino también tecnológicos. Una parte cada vez mayor de nuestra atención, de nuestras interacciones, de nuestra información y de nuestros debates públicos depende ahora de un pequeño número de actores privados que disponen de un poder sin precedentes en la historia. Estas plataformas no gobiernan nuestros Estados, pero aspiran a reinar sobre nuestras mentes. Sin embargo, están configurando una parte cada vez mayor de nuestro entorno intelectual. La soberanía del siglo XXI es también una soberanía cognitiva.
Durante siglos, las democracias han velado por sus fronteras, sus instituciones y sus territorios. Ahora deben proteger las condiciones mismas en las que se forjan la atención, el juicio y el consentimiento de los ciudadanos.
Una civilización que deja su espacio informativo a merced de quienes quieren destruirla o debilitarla socava los propios cimientos de su democracia.
El riesgo, por otra parte, no es solo informativo. Es más profundo. Una democracia se basa en la existencia de hechos lo suficientemente compartidos como para permitir la deliberación colectiva. Cuando cada uno se mueve en su propio universo informativo, alimentado por las preferencias de los algoritmos, la avalancha de contenidos artificiales y el aluvión de manipulaciones selectivas, surge entonces el riesgo de un auténtico colapso epistemológico: la desaparición progresiva de las condiciones comunes que permiten distinguir lo verdadero de lo falso, y ponerse de acuerdo sobre los hechos al tiempo que se debaten las opiniones.
Europa debe hacer todo lo posible por proteger este espacio cívico.
Esto implica proteger mejor a nuestros hijos frente a los mecanismos de captación de la atención. Aplicar sin vacilar las leyes que amplían al ámbito digital las prohibiciones ya reconocidas en el mundo físico. Hacer cumplir el estricto marco regulador del uso de la inteligencia artificial que pueda alterar la sinceridad del debate democrático. Reforzar nuestros esfuerzos en la lucha contra las injerencias extranjeras y las manipulaciones informativas.
¿Qué tipo de Europa seríamos si solo veláramos por nuestro mercado y nuestros consumidores, pero no por nuestras democracias y nuestros hijos?
Sin embargo, el «no» a Europa nunca ha sido un rechazo al mundo, ni un aislamiento. Es la condición para nuestra afirmación y nuestra capacidad de ocupar el lugar que nos corresponde en el mundo.
Porque si Europa ha aprendido a decir «no», es también para poder decir «sí». Sí a la libertad. Sí al Estado de derecho. Sí a la dignidad de la persona humana. Sí a la justicia social. Sí a la palabra dada. Estos principios, que damos por sentados, se han convertido en excepciones. Por esta razón, hay quienes, incluso en Francia, querrían que renunciáramos a ellos, cuando son el fruto de varios siglos de luchas intelectuales, políticas y sociales y representan lo que nos distingue y lo mejor que tenemos para ofrecer.
Europa por fin escucha las ideas francesas: sería trágico que no fuéramos capaces de ponerlas en práctica nosotros mismos.
Édouard Philippe
Una civilización no desaparece cuando es derrotada. Desaparece cuando deja de creer en sus principios fundamentales, de defenderlos y de transmitirlos.
Desde este punto de vista, Francia no es un país europeo cualquiera. Dado que, desde la Ilustración, ha forjado su destino sobre la base de una determinada concepción de la libertad, sigue ocupando un lugar especial en la defensa de este patrimonio político europeo.
La propia Europa debe seguir asumiendo su vocación, sin arrogancia ni debilidad. Somos el único continente que valora por igual la libertad individual, el espíritu emprendedor y la justicia social. No nos disculpemos por ello, asumámoslo y transmitámoslo a las nuevas generaciones, para que sepan de qué luchas nacieron estos principios y cuál es su valor. Esto supone reforzar la enseñanza de la historia europea, fomentar el aprendizaje de las lenguas del continente, desarrollar la movilidad estudiantil y hacer surgir una verdadera conciencia cívica europea, lo que Romain Gary, un gran gaullista, denominó «educación europea» y a lo que también se conoce como humanismo.
El poder de Europa nunca se reducirá a su PIB, a sus ejércitos o a sus tecnologías. Se basará en aquello en lo que creemos juntos, en lo que queremos defender, ver crecer y compartir. En los momentos más oscuros de la historia de Europa, el genio francés se plasmó en la audacia de la Francia Libre. Ahora nos toca a nosotros hacer crecer esa audacia europea, en una época de nuevas amenazas y nuevos peligros.
Por un 18 de junio europeo
Dentro de exactamente un año, justo después de las elecciones presidenciales francesas, con una nueva mayoría y un nuevo impulso, Francia puede tener una nueva oportunidad de enviar un mensaje a todos los europeos: rechacemos el declive y organicémonos para conservar nuestra libertad. Organicemos nuestra tecnología, nuestra energía, nuestra defensa, nuestras finanzas. Organicemos nuestras escuelas, nuestras lenguas, nuestra memoria, nuestro espacio público. Organicemos nuestras alianzas, nuestros proyectos, nuestras inversiones, nuestras preferencias.
Un pacto por una Europa libre: eso es lo que propondrá Francia en junio de 2027.
Lo propondrá siendo plenamente consciente tanto de lo que se espera de ella como de lo que tiene que ofrecer.
En primer lugar, pondremos orden en casa. Nuestro país debe aprender la lección de estos últimos años: nuestros socios solo nos escucharán si ponemos nuestras propias casas en orden. No se puede pedir un trato preferencial en Europa si no se es capaz de producir con rapidez. No se puede exigir simplificación en Bruselas y multiplicar las demoras en París. No se puede invocar la independencia del continente mientras dejamos que nuestras finanzas públicas, nuestras competencias científicas o nuestras capacidades industriales se debiliten. Ahora que Europa se acerca a sus intuiciones estratégicas, Francia debe llevar a cabo por fin las reformas que muchos Estados europeos han llevado a cabo desde hace varias décadas. Europa escucha por fin las ideas francesas: sería trágico no ser capaces de ponerlas en práctica nosotros mismos.
Por lo tanto, Francia deberá garantizar a sus socios que está dispuesta a llevar a cabo una reforma profundia. Saneamiento de las finanzas públicas y cumplimiento de la regla del 3 %, porque la deuda siempre acaba decidiendo en lugar de los pueblos. Modernización de la acción pública, para devolver al Estado su fuerza allí donde es indispensable. Simplificación normativa, para dejar de desanimar a quienes producen, invierten, contratan e innovan. Reorientación del gasto hacia la educación, la investigación, la defensa, la justicia y la seguridad.
Sobre esta base, podremos participar plenamente en el impulso europeo.
En materia de tecnologías estratégicas, Francia propondrá un pacto europeo para el poderío digital. Este incluirá una Buy European Tech Act, contratos públicos comunes para la inteligencia artificial, la nube, los drones, la ciberseguridad y los vehículos autónomos, una CECA del siglo XXI para los semiconductores, las capacidades de cálculo y los minerales críticos, un fondo europeo de deep tech capaz de tomar decisiones con rapidez, y la simplificación de la normativa aplicable a las infraestructuras críticas. El objetivo deberá ser cuantificable: una participación mayoritaria de soluciones europeas en los contratos públicos críticos, capacidades de cálculo soberanas accesibles para las empresas y los laboratorios europeos, un plan de formación a gran escala y la aparición de al menos un líder europeo de talla mundial en el ámbito de los semiconductores avanzados.
En materia de energía, Francia propondrá un pacto europeo por la abundancia descarbonizada. Europa no logrará ni su transición ecológica, ni su soberanía industrial, ni su revolución digital sin producir mucha más electricidad con bajas emisiones de carbono. Esto supone financiar la expansión del parque nuclear a nivel europeo, reconocer plenamente su contribución a la descarbonización y a la seguridad del suministro, acelerar las interconexiones necesarias, modernizar las redes, reducir los plazos de conexión, apoyar los reactores de tamaño reducido (SMR), garantizar la seguridad de las cadenas de suministro de uranio y combustibles, y desarrollar las energías renovables allí donde resulten eficaces.
En materia de defensa, Francia propondrá ampliar la preferencia europea en la adquisición de equipamiento, replantearse programas industriales comunes realistas y coordinar mejor la planificación de las capacidades. Si bien los miembros europeos de la OTAN se han comprometido a elevar su gasto en defensa hasta al menos el 3,5 % del PIB, deberían dedicar al menos el 1 % de su riqueza nacional a la adquisición de equipamiento fabricado en Europa. Una Europa que invierta más en su defensa sin reforzar su industria de defensa correría el riesgo de financiar su dependencia en lugar de su seguridad. Las negociaciones en curso sobre el próximo marco financiero plurianual europeo (2028-2034) constituyen un momento decisivo para animar a la Unión a invertir masivamente en defensa. Francia abogará por un componente de defensa que sea, por fin, ambicioso, del orden de 100.000 millones de euros.
Ucrania es la prueba europea para nuestra generación política, al igual que lo fue la Guerra Civil Española en la década de 1930.
Édouard Philippe
En materia financiera, Francia propondrá un pacto de inversión para la innovación, la defensa y la industria. Los europeos deberán ultimar sin demora la Unión de los Mercados de Capitales, desarrollar fondos de pensiones a largo plazo (lo haremos en Francia), crear productos de ahorro europeos orientados a las empresas estratégicas, simplificar las salidas a bolsa, armonizar las normas necesarias para la circulación del capital y movilizar al Banco Europeo de Inversiones en torno a una doctrina de riesgo más adaptada a las tecnologías críticas. El ahorro europeo debe financiar el futuro de Europa antes de financiar el crecimiento de los demás.
Quizá no todos los países europeos quieran avanzar en todos los ámbitos. Algunos rechazarán la energía nuclear. Otros preferirán seguir comprando productos estadounidenses para su defensa. Otros temerán que una preferencia europea cierre los mercados. Europa ya no puede esperar a que todos estén preparados para avanzar. Porque, al ritmo al que avanza el mundo, el inmovilismo no supone la preservación del statu quo, sino la certeza de un retroceso. Como ha hecho siempre, desde Schengen hasta el euro, Francia estará al frente de las nuevas iniciativas que realmente necesitamos y seguirá adelante con todos aquellos que lo deseen.
El 18 de junio de 1940, el general de Gaulle hizo un llamado a la Francia Libre para que resistiera ante la derrota. El reto de los europeos de hoy es resistir ante la resignación. El declive no es una fatalidad. La vasallización no puede ser nuestro destino. Se lo digo desde ahora a los franceses: Europa es una condición indispensable para el poderío de Francia. Mañana se lo diré a los europeos: Francia no pide a los demás lo que se niega a hacer por sí misma. Asumiré ante nuestros aliados que seremos más útiles si somos más fuertes. Afirmaré ante nuestros adversarios que tendrán que contar con Europa y aprender a respetarla. Porque nosotros, los europeos, tenemos la firme intención de seguir siendo libres.
Notas al pie
- Le Grand Continent lanza una nueva serie. En este momento geopolítico, es indispensable conocer las posiciones sobre las cuestiones europeas e internacionales de los responsables políticos que prevén desempeñar un papel determinante en las elecciones más importantes del próximo año. Para poder juzgar sobre la base de los principios, estos textos, publicados en acceso libre, se ponen a disposición del debate público. Las posturas adoptadas por estas personalidades no comprometen a la redacción independiente de la revista.