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El discurso de victoria de Jon Ossoff

Derrotar a Trump no basta; hay que corregir lo que lo hizo posible. La noche de su reelección en Georgia, Jon Ossoff esbozó un programa que va mucho más allá del Senado.

Traducimos su discurso, que allana el camino hacia una candidatura presidencial.

La noche del 3 de noviembre de 2026, en Atlanta, el demócrata Jon Ossoff celebró su reelección al Senado de los Estados Unidos por Georgia, con una ventaja de casi dieciocho puntos sobre el republicano Mike Collins, respaldado por Donald Trump. Esa misma noche, la demócrata Keisha Lance Bottoms se alzó con el cargo de gobernadora del estado. 

Antes incluso de mencionar su reelección en Georgia, Ossoff celebró la victoria del «pueblo estadounidense» sobre Trump y la «supervivencia de nuestra república», tras lo cual hizo un análisis de la vida cotidiana de los estadounidenses y esbozó una visión del mundo. Al invocar «ese gran espíritu nacional que venció al fascismo, creó la Seguridad Social, envió al hombre a la Luna y logró la aprobación de las leyes de derechos civiles», se situó implícitamente en la estela de Roosevelt, Kennedy y Johnson, presentándose así como candidato presidencial.

¡Buenas noches, Atlanta! Gracias, Georgia. ¡Georgia, lo han conseguido! Y permítanme ser el primero en felicitar públicamente a la gobernadora electa del estado de Georgia, Keisha Lance Bottoms. 

A todos los voluntarios que se han entregado en cuerpo y alma a esta campaña, y a todos aquellos que han aportado su granito de arena para que podamos plantar cara a los super PAC financiados con dinero oculto: gracias.

A Charlie Bailey y a su equipo, que han convertido al Partido Demócrata de Georgia en el más poderoso que ha habido en toda una generación: gracias.

A mi equipo, a Ellen, Keenan, Rey, Miryam, Chandra y al mejor equipo de la política estadounidense: gracias.

A mi maravillosa esposa Alisha y a mis hijas Eva y Lila, a mis padres y a toda mi familia: gracias por su amor y su apoyo incondicional.

Y a los habitantes del gran estado de Georgia, por la confianza que me han depositado al permitirme seguir representándoles en el Senado de los Estados Unidos: gracias, gracias, gracias.

Ahora, Georgia.

Gracias.

[EL PÚBLICO: «TE QUIERO»]

Yo también los quiero. Yo también los quiero.

¡Escuchen! 

Con victorias contundentes y decisivas, el pueblo estadounidense ha rechazado la depravación, la corrupción y la incompetencia del presidente Donald J. Trump, el «pato cojo». Y si, en algún momento de estos dos últimos años, bajo el asalto incesante de la brutalidad y la indecencia, han dudado de la supervivencia de nuestra república, que los resultados de esta noche les devuelvan el ánimo: los primeros rayos del amanecer se vislumbran en el horizonte.

Pero recuerden que, en los salones, en los jardines y en los mítines celebrados por toda Georgia durante los dos últimos años, hemos afirmado juntos que nuestra tarea no consiste solo en contener la maldad de un presidente, sino en sanar la fractura más profunda que subyace a ella.

Que este momento supone un punto de partida, no para una restauración, sino para una reforma profunda. Y, por lo tanto, en medio de nuestra celebración de esta noche, debemos reconocer que la crisis fundamental que azota a nuestra república persiste y que, en consecuencia, nuestra labor más esencial aún está por hacer.

Porque mientras los ricos y quienes cuentan con una buena representación por parte de los grupos de presión se atiborran de información privilegiada y favores oficiales, las familias olvidadas de Estados Unidos son tratadas con un desprecio sistemático por parte de las empresas y con indiferencia oficial; trabajan cada vez más duro mientras la cinta de correr se acelera y se inclina cada vez más, y las facturas son cada vez más elevadas.

En lugar de leerle a tu hija su libro favorito durante esa preciada hora de libertad después del trabajo, estás al teléfono suplicando a tu aseguradora que cubra el medicamento que evita sus crisis epilépticas. Le avisas al propietario del moho negro, pero no repara la gotera, y la ambulancia que llamaste por el ataque de asma de tu pequeño viene acompañada de una factura de 3.000 dólares.

Para demasiadas personas, ser propietario es un sueño inalcanzable. Las explotaciones familiares están al borde de la ruina y, mientras que la asistencia sanitaria nunca ha sido tan cara, los plásticos invaden nuestros cuerpos, nuestra sangre y la leche materna. Los «contaminantes eternos» tóxicos contaminan el agua potable de la mitad del país, y los contaminadores han recibido un nuevo permiso para envenenar nuestro aire.

En el extranjero, la credibilidad y el liderazgo estadounidenses están en declive, y el mundo se está rearmando con vistas a un conflicto mundial. Y, a nuestro propio riesgo, la humanidad está olvidando a toda velocidad las terribles lecciones de las dos guerras mundiales y del Holocausto.

Mientras tanto, los titanes de Silicon Valley se construyen búnkeres y advierten de que la inteligencia artificial que están creando supone un riesgo de extinción para la humanidad. Y ante estos retos de un alcance y una complejidad sin precedentes, aunque celebremos con razón la victoria histórica de esta noche, lo cierto es que llevamos demasiado tiempo empantanados en una política mezquina y egoísta, comprada por las grandes fortunas, alejada de cualquier principio moral sólido y resignada a unas divisiones insuperables.

En otras palabras, Estados Unidos se ve arrastrado por la tormenta. Pero, Georgia, podemos retomar las riendas de nuestro destino, y lo haremos.

Esta noche hemos dado un paso necesario y decisivo en favor de la justicia y el progreso. Y esta noche, en Georgia, hemos demostrado no solo que la unidad es posible, sino que podemos superar la división sin renunciar a nuestros objetivos.

En cada rincón de Georgia, esta campaña ha defendido la necesidad de prohibir el dinero de las empresas y el dinero oculto en la política, un liderazgo estadounidense al servicio de la paz y los derechos humanos en el mundo, y la garantía de asistencia sanitaria para todos los estadounidenses, sin excepción.

Nos hemos comprometido a seguir trabajando para poner en su sitio a las grandes empresas farmacéuticas, a las grandes aseguradoras y a los gigantes tecnológicos, con el fin de defender a las familias georgianas que atraviesan dificultades; y, sobre esta base, hemos construido una nueva mayoría que va mucho más allá de las divisiones partidistas. La base de esta nueva mayoría es la confianza: una confianza forjada a lo largo de años de llamadas telefónicas a alcaldes, pastores y agricultores, una confianza que se mide por los problemas resueltos juntos, sin tener en cuenta la ideología ni la afiliación partidista.

Quiero dar las gracias a los alcaldes republicanos Matheson, Smith y Fry, de Valdosta, Tifton y Toccoa, así como a los innumerables responsables republicanos que se han sumado a nuestro equipo. Y doy las gracias a los cientos de miles de votantes independientes y republicanos que se han sumado a nuestra coalición ganadora. No duden nunca de que la unidad es posible.

Incluso en sus últimos meses, el diputado John Lewis siempre nos recordaba que todos vivimos en una misma casa: la casa de Estados Unidos. ¿Lo recuerdan? En una sola casa en el mundo. Él lo llamaba la verdad ineludible de que todos formamos parte de una misma familia humana.

Y sé que muchos de ustedes se han volcado en cuerpo y alma en esta campaña, no por mí ni por el Partido Demócrata, sino porque les conmueve profundamente el sufrimiento que están padeciendo nuestros semejantes en este momento: el terror de una niña que ve cómo el ICE se lleva a su madre, la desesperación de un paciente con cáncer que pierde su cobertura en pleno tratamiento. Pero ese dolor en su corazón, ese nudo en el estómago, ese sentimiento, es lo que nos recuerda que todos estamos en el mismo barco, que no somos solo Estados Unidos, sino un pueblo unido. E pluribus unum. De muchos, uno. Y a lo largo de los siglos, a pesar de nuestros pecados y gracias a valientes luchas, la llama de la libertad estadounidense ha brillado con un resplandor cada vez más intenso y audaz, y ha dado esperanza al mundo entero.

Hemos tropezado. Estuvimos a punto de perdernos. Pero, Georgia, a pesar de todas nuestras dificultades, se lo aseguro esta noche: impulsados por esta victoria histórica e innegable, las superaremos, no lo dudo ni por un instante. Y nuestra tarea ahora es despertar ese gran espíritu nacional que venció al fascismo y creó la Seguridad Social, que envió al hombre a la Luna y logró que se aprobaran las leyes de derechos civiles, para hacer frente a los retos y asumir las obligaciones de nuestro tiempo. Porque me niego a que mis dos nietas crezcan en un mundo tan sombrío, peligroso y cruel como el que este amenaza con convertirse.

Me niego a que Eva y Lila crezcan con IA como amigos y profesores, en una sociedad en la que los enfermos mueren no porque no exista un remedio, sino porque no tienen dinero. Donde tenemos armas nucleares suficientes para destruir el mundo mil veces, pero nos negamos a garantizar la asistencia sanitaria a todos los ciudadanos. En un planeta envenenado, que se rearmó para una guerra mundial, donde la vida humana no vale nada y donde la fuerza prevalece sobre el derecho.

Cuando Eva sea lo suficientemente mayor como para preguntarme por qué permití que eso sucediera, quiero poder responderle con toda sinceridad que no lo permití. Le contaré cómo, el mismo año en que ella cumplió cinco años, Georgia superó todas las dudas y todos los golpes bajos, no solo para ganar, sino para trazar un nuevo camino para nuestro estado, nuestro país y nuestro mundo.

Que hemos defendido el derecho al voto y los derechos civiles en nuestro país. Que hemos restablecido el liderazgo estadounidense en favor de la paz y los derechos humanos en el mundo. Que, por fin, hemos tomado medidas para prohibir el dinero de las empresas y el dinero oculto en nuestra vida política, y que hemos garantizado la asistencia sanitaria a todos los estadounidenses, sin excepción.

Gracias, Georgia. Esta noche celebramos esta victoria y mañana volvemos al trabajo. Muchas gracias. Gracias, Georgia. Gracias. Gracias.

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