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Poco después de asumir el cargo de secretario general del Partido Comunista de Vietnam en julio de 2024, el general Tô Lâm proclamó «una nueva era de prosperidad nacional». Se comprometió a elevar el crecimiento económico del país a una tasa de dos dígitos para 2030, frente al 8 % actual. Y lo que es aún más destacable, rápidamente tradujo estas declaraciones en medidas concretas, prometiendo abrir un nuevo camino para Vietnam, fiel a su propia máxima: «El tiempo no nos espera».
Sus primeras decisiones se centraron en la simplificación del sistema administrativo y político del país. Así, se suprimieron o fusionaron varios ministerios. Asimismo, se eliminaron todas las administraciones de distrito y sus funcionarios fueron trasladados al ámbito provincial, destinados al ámbito municipal o animados a jubilarse. Si bien las regiones son tradicionalmente el bastión de las facciones dentro del partido, las 63 unidades provinciales y de nivel provincial se agruparon en 34 nuevas entidades, lo que supuso una reducción de casi la mitad, en tan solo unos meses.
Rompiendo con su predecesor, Tô Lâm ha abogado por convertir al sector privado en el principal motor de la economía. Ha autorizado la puesta en marcha de proyectos de infraestructuras de gran envergadura, como el tren de alta velocidad y las centrales nucleares, algunos de los cuales se han adjudicado a unos pocos conglomerados privados con buenos contactos políticos.
También se ha mostrado muy activo en materia de política exterior y ha visitado unos veinte países en los últimos dos años. Bajo su dirección, Vietnam ha elevado sus relaciones diplomáticas con varios países al máximo nivel posible. El país parece gozar de una excelente situación económica y, a pesar de los aranceles impuestos por Trump, su superávit comercial con Estados Unidos ha seguido aumentando.
¿Quién es el general Tô Lâm?
The Economist describe a Tô Lâm como «un tipo duro, un capitalista y un hedonista». 1 Quizá estas palabras sean acertadas, pero hay muchos otros aspectos de su personalidad que se nos escapan. Nacido en 1957 en la provincia de Hưng Yên, en el comunista Vietnam del Norte, en una época en la que el país aún estaba dividido en dos, alcanzó la mayoría de edad en 1975, cuando la guerra entre el Norte y el Sur concluyó con la victoria del Norte comunista.
El padre de Tô Lâm, el coronel Tô Quyền, era un agente de los servicios de seguridad que pasó la mayor parte de aquellos años de guerra en Vietnam del Sur, lejos de su familia, que se había quedado en el Norte, con el fin de apoyar la revolución comunista. Más tarde se convertiría en director del departamento penitenciario del Ministerio del Interior (antecesor del actual Ministerio de Seguridad Pública), supervisando el extenso sistema penitenciario que se extendía hasta las zonas más remotas del país.
Formado en la Escuela de Seguridad Pública en su juventud, Tô Lâm ha desarrollado toda su carrera en el aparato de seguridad, alcanzando el rango de general de división a los 50 años y, posteriormente, el de ministro a los 58. Los orígenes familiares constituyen un factor clave para el ascenso profesional de los dirigentes vietnamitas, y él no es una excepción. Se sabe poco sobre su vida privada, como suele ser habitual en el caso de los dirigentes del país. Aunque lleva décadas en el poder, el Partido Comunista sigue actuando en secreto, como en la época en que no era más que un grupo de revolucionarios clandestinos. Al mismo tiempo, el régimen defiende el colectivismo y considera el individualismo como un mal que aqueja a las sociedades capitalistas burguesas y decadentes. Los funcionarios ambiciosos deben aprender a callarse y a fingir humildad, so pena de no llegar nunca a la cima.
Sin embargo, Tô Lâm ha llevado una vida más agitada que la mayoría de sus compañeros: se divorció de su primera esposa tras tener dos hijos y luego se volvió a casar, algo casi inaudito entre los dirigentes de su generación. Su segunda esposa, Ngô Phương Ly, es 13 años más joven que él e hija de un artista y una actriz. Se formó en pintura, trabajó como presentadora de televisión y se convirtió en la primera dama más joven del Vietnam comunista. Además, se sabe que es un apasionado coleccionista de antigüedades.
Como ministro de Seguridad Pública, dirigió la construcción, en 2023, de la suntuosa y ultramoderna Ópera Ho Guom, situada en el centro de Hanói. Se desconoce si Ngô Phương Ly ejerció algún tipo de influencia, pero este supuesto templo del arte está gestionado conjuntamente por el ministerio y el ayuntamiento y probablemente servirá para dar visibilidad a las «artes» patrocinadas por el aparato de seguridad o, como mínimo, adaptadas a sus gustos.
Otro episodio, menos conocido, tuvo lugar en 2017, también bajo su supervisión: la instalación del busto de Félix Dzerzhinski, apodado «Félix de Hierro», en su alma máter (rebautizada desde entonces como Academia Popular de Servicios de Seguridad). Dzerzhinski, estrecho colaborador de Lenin, había fundado y dirigido la Cheka (predecesora del KGB) y desempeñado un papel clave en la creación de los primeros campos de concentración que más tarde se convertirían en el Gulag.
¿Se puede ser a la vez capitalista y admirador de Dzerzhinski?
Para responder a esta pregunta, hay que analizar las tendencias políticas, sociales y económicas de Vietnam desde el inicio de las reformas de mercado, hace más de tres décadas. De hecho, las contradicciones que se observan en Tô Lâm se ajustan bastante bien a esa evolución.
De una crisis grave a una reforma tímida
El modelo soviético, que el Vietnam comunista siguió fielmente hasta mediados de la década de 1980, provocó una grave crisis económica y hizo que se cerniera la amenaza de una hambruna masiva. Fue entonces cuando, a partir de 1986, una joven generación de dirigentes se inspiró en las reformas de Gorbachov en la Unión Soviética y puso en marcha un programa económico de «renovación» (Đổi Mới). Pero tras presenciar el colapso de los Estados comunistas de Europa del Este en 1989, y posteriormente el de la URSS en 1991, los dirigentes vietnamitas se orientaron sobre todo hacia el modelo chino, dando prioridad a las reformas económicas sin reformas políticas.
Liberalizaron los precios y autorizaron las actividades comerciales y las empresas privadas, abandonaron las cooperativas agrícolas que habían condenado a los agricultores vietnamitas al hambre crónica durante décadas, abrieron el país al comercio y a las inversiones, han permitido a los vietnamitas viajar al extranjero y a los miembros de la diáspora regresar al país.
Sin embargo, el gobierno ha mantenido la propiedad pública de las tierras y el control de los principales sectores económicos. No permite ni una prensa independiente ni organizaciones privadas, ya sean sociales, culturales o políticas. A medida que la economía se liberalizaba, el Estado —incluida su Constitución, sus leyes y sus instituciones clave, como el ejército y la policía— se ha dotado de las tecnologías más modernas para controlar la sociedad. Vietnam puede parecer capitalista visto desde fuera, pero sigue siendo comunista en su funcionamiento interno.
Han pasado más de tres décadas desde aquel periodo de crisis y el país ha experimentado una transformación considerable. Ya no es el Estado pobre y desamparado que era. Cada año, los inversores extranjeros inyectan decenas de miles de millones de dólares en la economía y dan empleo a millones de trabajadores locales. La mejora del nivel de vida ha permitido el surgimiento de una clase media urbana y de una sociedad civil incipiente, que se ha desarrollado bajo una estrecha vigilancia policial.
El valor anual de las exportaciones vietnamitas equivale ya al producto interior bruto anual. Además de los recursos naturales y los productos agrícolas, la industria manufacturera representa una parte importante de estas exportaciones, lo que crea la ilusión de que el país se está industrializando rápidamente y de que pronto se convertirá también en un «tigre» asiático. En realidad, las exportaciones manufactureras del país se basan en una mano de obra poco calificada que se limita esencialmente a montar productos cuyos componentes se fabrican en su mayoría en el extranjero, en países como China, Corea del Sur y Taiwán. Esta situación sitúa a Vietnam en la cadena de valor mundial como un centro de producción de escaso valor añadido. Tô Lâm ha lamentado públicamente esta situación y sus políticas, encaminadas a acelerar el crecimiento económico mediante una mayor centralización del poder, parecen reflejar su deseo de imitar a la China de Xi Jinping.
La era de los hombres fuertes
Para entender al general Tô Lâm, hay que retroceder un poco en el tiempo. Desde la década de 1990, el gobierno tolera las empresas privadas, pero, salvo algunas que cuentan con apoyo o vínculos políticos, da prioridad a las empresas estatales, que son el símbolo de las «orientaciones socialistas» del país. Tras largos debates internos, el Partido autorizó a sus miembros a dirigir empresas con fines de lucro, una actividad que antes se consideraba «explotadora». Dado que el Estado sigue siendo propietario de todas las tierras, cuyo valor no deja de aumentar, los miembros del Partido y sus familias han utilizado sus relaciones políticas para obtener derechos de uso del suelo a cambio de sumas irrisorias. Una vez urbanizados esos terrenos, han podido obtener enormes beneficios. Dado que las relaciones políticas son lucrativas, los cargos en el gobierno y en el Partido se han convertido en mercancías, que a menudo se compran y venden por cantidades que oscilan entre unos pocos miles y varios millones de dólares cada uno. La corrupción ha calado en todos los niveles del gobierno, lo que le ha restado gran parte de su legitimidad. Si bien los dirigentes vietnamitas comparten el deseo de monopolizar el poder y perpetuar el régimen del Partido Comunista, se ha desarrollado un sistema paralelo de redes personales rivales, basado en el poder y la riqueza, que compiten encarnizadamente por ocupar puestos clave dentro de este partido-Estado.
En este contexto, Nguyễn Phú Trọng se impuso a mediados de la década de 2010 como un ideólogo decidido a depurar el Partido. Había reforzado progresivamente el poder central y puesto en marcha una campaña anticorrupción inspirada en la que llevó a cabo Xi Jinping en China, conocida como el «horno ardiente» (đốt lò). Para desenmascarar a los funcionarios corruptos, tuvo que recurrir al Ministerio de Seguridad Pública, que cuenta con la autoridad y los medios necesarios para investigar e iniciar acciones judiciales.
Bajo la dirección de Tô Lâm, el Ministerio de Seguridad Pública se convirtió, por tanto, en una de las instituciones más poderosas de Vietnam, con la que solo el Ministerio de Defensa podía competir. Se encargaba de supervisar a las policías municipales y a las fuerzas auxiliares de seguridad de base. Contaba con directivos asesorados y formados en parte por la Stasi de Alemania Oriental durante la Guerra Fría, y empleaba a millones de personas, desde el ámbito local hasta el nacional, no solo agentes uniformados, sino también agentes infiltrados que operaban en colegios, instituciones religiosas, círculos artísticos, las ONG y las comunidades de la diáspora en todo el mundo.
En la vida política vietnamita, es de dominio público que la mayoría de los funcionarios mantienen estrechos vínculos con determinadas empresas «privadas», a menudo —aunque no siempre— dirigidas por personas de su entorno. Estas empresas se aprovechan de estas relaciones para conseguir fácilmente terrenos en ubicaciones privilegiadas, generosos préstamos de los bancos estatales, licencias de explotación comercial y lucrativos contratos con el gobierno. A cambio, proporcionan fondos a los funcionarios, no solo para financiar sus lujosas villas y los elevados gastos de escolarización de sus hijos en el extranjero, sino también para ofrecer regalos de lujo a sus superiores cuando se está considerando su ascenso a puestos de mayor responsabilidad. Es cierto que los funcionarios se cuidan mucho de hacer públicos estos vínculos, pero las empresas, por su parte, deben mostrarlos ante sus socios para obtener un trato de favor: estas relaciones son, por tanto, «secretos a voces». Por lo tanto, a Tô Lâm le resultaba fácil, si así lo deseaba, recabar discretamente información sobre las personas a las que quería apuntar y revelarla en el momento oportuno. Al mismo tiempo, podía saber más sobre sus rivales políticos de lo que ellos sabían sobre él.
Un hombre en el lugar adecuado en el momento adecuado
El general Tô Lâm se encontró, por tanto, en el lugar adecuado en el momento oportuno y resultó ser un valioso aliado en la represión llevada a cabo por Trọng. Las detenciones, incluidas las de activistas que actuaban respetando estrictamente la ley, sembraron el terror entre la sociedad civil.
La campaña anticorrupción de Trọng ha permitido, en el plazo de una década, destituir a miles de altos cargos del Partido, entre ellos varios miembros en activo del Politburó. Para detener a Trinh Xuan Thanh, un directivo corrupto de la empresa petrolera estatal PetroVietnam que había huido a Alemania y había solicitado asilo allí, Tô Lâm organizó una misión secreta que culminó con su espectacular secuestro en un parque de Berlín y, posteriormente, con su repatriación a Vietnam pasando por la República Checa y Eslovaquia.
A pesar de sus declaraciones de que no se perdonaría a ningún funcionario corrupto, Trọng solo persiguió a aquellos de los que quería deshacerse, y no a los miembros de su propia red. Como jefe del aparato de seguridad, la institución gubernamental más corrupta del país, Tô Lâm distaba mucho de ser irreprochable. Aunque todavía no se ha hecho pública ninguna prueba de corrupción que le incumba, llamó la atención en un video que se hizo viral en el que el famoso chef Salt Bae le sirve, en un restaurante de lujo londinense, un trozo de ternera recubierto de hoja de oro.
Quizá fue este video el que le valió a Tô Lâm el apodo de «hedonista». Sin embargo, eso no supuso el fin de su carrera. Mientras la salud de Trọng se deterioraba rápidamente en 2023, Tô Lâm lanzó una ofensiva contra miembros de alto rango del Politburó, algunos de los cuales figuraban entre los posibles sucesores. Durante los primeros seis meses de 2024, logró apartar a cinco miembros del Politburó.
Casi se podría imaginar una escena similar a las de la época imperial en Vietnam o en China, cuando un usurpador bloqueaba el acceso al palacio y falsificaba el testamento de un emperador moribundo para hacerse con el trono. Cuando Trọng falleció en julio, Tô Lâm era, de hecho, el primero en el orden de sucesión.
Más poder para un solo hombre
El ascenso al poder del general Tô Lâm no solo fue inesperado, sino también sin precedentes. De hecho, es el primer general de policía, al frente del aparato de seguridad, en ocupar el cargo más alto dentro del Partido. Contrariamente a lo que exige el reglamento oficial del Partido para este cargo, su experiencia profesional se limitaba a un único ministerio central. Aunque no habría podido llevar a cabo esta maniobra sin la colaboración de otros dirigentes clave, parece haber tomado la delantera a sus principales rivales.
Sin embargo, no se detuvo ahí en su búsqueda de un mayor poder personal. Tras ocupar brevemente la presidencia de la República entre mayo y octubre de 2024, cedió el cargo al general Lương Cường, respetando así la norma no escrita que reserva los dos cargos más altos a dos personas diferentes, lo que garantiza la dirección colectiva. Una vez consolidada su autoridad en el Partido —tras ser reelegido secretario general en el XIV Congreso, celebrado en enero de 2026—, fue elegido presidente en abril, para el mandato 2026-2031. Al acumular de forma duradera estos dos cargos, Tô Lâm se ha convertido en el líder del Partido más poderoso desde su fundador, Hô Chi Minh.
La cuestión de si un solo hombre debía ocupar simultáneamente los cargos de secretario del Partido y presidente del Estado llevaba ya algún tiempo siendo objeto de debate en el seno de la dirección del Partido, y puede justificarse en nombre de la eficacia y la eficiencia. Los dirigentes vietnamitas se inspiran, por otra parte, en China, donde Xi Jinping ocupa ambos cargos. Sin embargo, las medidas adoptadas por Tô Lâm para colocar a sus hombres de confianza, procedentes del aparato de seguridad o de su provincia natal de Hưng Yên, no dejarán de suscitar resentimiento. Se contabilizan nada menos que una docena —todos ellos hombres— en diversas administraciones del Estado y del Partido, así como en numerosas provincias del país.
¿Qué hay de la «nueva era»?
A los políticos les gusta hacer promesas que quizá no cumplan. Pero en el caso de Vietnam, los dirigentes comunistas no necesitan hacer campaña para conseguir el apoyo de los votantes y, por lo general, no hacen ninguna promesa.
Si Tô Lâm constituye una excepción, quizá sea debido a las circunstancias excepcionales que rodearon su llegada al poder. La falta de legitimidad habría sido demasiado evidente sin algunas promesas excepcionales. Al mismo tiempo, prometer una nueva era de fuerte crecimiento económico tenía sin duda como objetivo obtener el consentimiento de las élites políticas respecto a la concentración de su poder personal y a sus políticas radicales, como la racionalización administrativa.
Sin embargo, Tô Lâm y el régimen están asumiendo riesgos muy considerables. Al reprimir a la sociedad civil, los dirigentes vietnamitas han sofocado las aspiraciones democráticas que podrían haber surgido de forma pacífica, como en Corea del Sur o en Taiwán. Ahora que ya no pueden expresarse pacíficamente, estas aspiraciones podrían desembocar en enfrentamientos violentos.
Desde el punto de vista económico, Vietnam sencillamente no tiene capacidad para registrar un crecimiento de dos dígitos sin alimentar la inflación y el endeudamiento. Cuando se confían proyectos costosos a unos pocos conglomerados privados que carecen de conocimientos técnicos y experiencia, resulta difícil evitar la corrupción generalizada, los largos retrasos, los enormes sobrecostos y una deuda pública colosal. La concentración del poder en manos de un solo hombre también supone un riesgo considerable para la sucesión dentro del régimen. Con casi setenta años al día de hoy, es posible que el general no permanezca en el cargo más de una década.
El Partido Comunista de Vietnam celebrará su centenario en 2030. ¿Habrá aportado el general Tô Lâm un soplo de aire fresco al partido, o solo habrá acelerado su colapso?
Notas al pie
- «Vietnam’s new ruler: hardman, capitalist, hedonist», The Economist, 21 de agosto de 2024.