En el transcurso de aproximadamente una década, la expresión «crisis de la masculinidad» (crisis of masculinity) ha pasado de las revistas especializadas en estudios de género a los estudios de podcasts, los discursos políticos, las comisiones parlamentarias y los comentarios en línea, en toda Europa, Norteamérica y más allá. 

Más recientemente, se ha relacionado con la «epidemia de soledad masculina» (male loneliness epidemic): al parecer, los hombres están hoy más aislados, tienen menos amigos y se sienten más desorientados emocionalmente que en el pasado. En 2023, Vivek Murthy, entonces director general de Salud Pública de Estados Unidos (Surgeon General), publicó un aviso oficial en el que alertaba sobre una «epidemia de soledad y aislamiento» a escala nacional. 1 Personalidades como Andrew Tate —influencer británico-estadounidense conocido por promover un discurso hipermasculino y antifeminista, detenido en Miami el 18 de julio de 2026 con vistas a su extradición al Reino Unido, 2 donde está siendo juzgado junto a su hermano Tristan por violaciones y trata de personas —y del que ya hablamos en nuestra entrada dedicada a la «Red Pill»—, describen esta epidemia de soledad como un fenómeno específicamente masculino. Presentan la «crisis de la masculinidad» como la consecuencia de una sociedad que consideran feminizada y hostil, que habría privado a los jóvenes de la posición y el estatus a los que, en su opinión, tienen derecho.

A finales de 2025, Scott Galloway, profesor de la Universidad de Nueva York y figura mediática, publicó Notes on Being a Man3 una obra que tuvo una gran repercusión mediática, desde The Guardian hasta la CNN, pasando por el podcast de Oprah Winfrey. 4 En él describe a una generación de jóvenes que se enfrentan a un descenso en su rendimiento académico, a una creciente precariedad económica y a un profundo aislamiento social. Galloway se presenta como liberal, favorable al feminismo y partidario de un análisis basado en los datos más que en la ideología. No obstante, su análisis sigue un patrón bien conocido: se dice que los hombres han perdido algo, que ahora son los primeros en quedarse atrás, y que la solución pasaría por recuperar un papel o una misión masculina, un esquema que se repite, bajo diferentes formas, desde hace más de un siglo.

Al mismo tiempo, la expresión «crisis de la masculinidad» se utiliza para referirse tanto a la vulnerabilidad como a la agresividad masculinas. En abril de 2026, el sindicato de docentes británico NASUWT publicó una encuesta realizada a más de 5.000 docentes, en la que advertía que «se está desarrollando una crisis de la masculinidad en los colegios británicos»: casi una de cada cuatro profesoras declaraba haber sufrido abusos misóginos por parte de alumnos durante el último año, frente al 17,4 % registrado en 2023. 5 Entre los incidentes denunciados figuraban comportamientos de carácter sexual: imágenes de profesoras desnudas generadas por inteligencia artificial, bromas sobre agresiones sexuales o incluso la negativa a obedecer las instrucciones dadas por mujeres. El secretario general del sindicato, Matt Wrack, destacó la relación entre estos comportamientos y los contenidos de Andrew Tate y Donald Trump. 6

Estos dos usos de un mismo término revelan una característica determinante del momento actual. Los niños y los hombres son representados simultáneamente como víctimas y como amenazas: solos y desorientados, por un lado; autores de acoso y radicalización, por otro. El relato de la crisis suele establecer un vínculo entre ambos, afirmando que la vulnerabilidad genera agresividad. Merece la pena analizar la validez de este argumento, así como lo que oculta.

¿De qué tipo de masculinidad estamos hablando?

El discurso sobre la «crisis de la masculinidad» se basa en una lógica bien conocida: las funciones tradicionales de los hombres, como proveedores y protectores, se habrían visto mermadas sin haber sido sustituidas. Sin embargo, esto plantea una pregunta: ¿de qué masculinidad estamos hablando? Es aquí donde entra en juego el concepto de «masculinidad hegemónica (hegemonic masculinity)», desarrollado por la socióloga australiana Raewyn Connell a partir de la década de 1980 y posteriormente perfeccionado junto con James Messerschmidt en un artículo ampliamente citado publicado en 2005 en Gender & Society, resulta indispensable. 7 La masculinidad hegemónica no se refiere a un comportamiento medio, sino al ideal cultural dominante. La forma de virilidad presentada como la norma con la que se compara a todos los hombres, pero que la mayoría de ellos no logra alcanzar: el éxito económico, el control de las emociones, la afirmación sexual, la heteronormatividad y la independencia son elementos que definen esta norma. La «crisis» no es, por tanto, una crisis de todos los hombres ni de todas las formas de masculinidad, sino de ese ideal jerárquico concreto que constituye también, en el marco discursivo de Connell, un mecanismo de poder que legitima la dominación de los hombres sobre las mujeres y de unos hombres sobre otros.

Cuando se habla de una «crisis de la masculinidad» sin precisar de qué masculinidad se trata, se puede acabar, de forma consciente o inconsciente, reforzando precisamente aquellas normas cuyos efectos son los más perjudiciales. El politólogo franco-canadiense Francis Dupuis-Déri, quien ha realizado la «autopsia de un mito persistente», 8 ha rastreado la presencia de este discurso a lo largo del tiempo y a través de los distintos regímenes: estructuralmente constante, siempre se organizaría en torno a la idea de que las mujeres ocupan el lugar de los hombres. En el debate académico europeo, la socióloga alemana Sylka Scholz observa, por su parte, que el concepto de «masculinidad tóxica» (toxic masculinity) sustituye cada vez más a la de «crisis de la masculinidad» como principal marco interpretativo, salvo en los discursos de la derecha, donde el enfoque en términos de crisis persistiría precisamente porque resulta políticamente útil. 9

De hecho, en España, una encuesta realizada en enero de 2025 por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) situaba al partido de extrema derecha Vox a la cabeza en popularidad entre los jóvenes de 18 a 24 años, con un apoyo del 29 % entre los hombres frente al 16,5 % entre las mujeres. 10 Del mismo modo, en las elecciones federales alemanas de 2025, la AfD obtuvo el voto del 24 % de los hombres jóvenes, mientras que las mujeres jóvenes expresaron su preferencia por el partido de izquierda Die Linke. Esta división no se explica, evidentemente, solo por la relación con el género (la precariedad, el descenso social y la desconfianza política también influyen), pero este constituye un factor fundamental. 11 Como ha demostrado la politóloga austriaca Birgit Sauer, la estrategia de la extrema derecha en torno a la masculinidad es doble: en primer lugar, invocar una crisis y, a continuación, prometer el restablecimiento del dominio masculino en la familia, del derecho a la agresividad y de la claridad heterosexual como solución. 12 La lógica emocional es reconocible de un contexto a otro: algo que por derecho les correspondía a los hombres les ha sido arrebatado, esa pérdida no es culpa suya y el restablecimiento es el único remedio.

Lo que dicen los datos

El concepto de «epidemia de soledad masculina», cuyo uso se ha generalizado en los últimos años, se inscribe en la prolongación de ese mismo marco narrativo. La idea central es que los hombres tendrían hoy en día menos amigos íntimos y redes de apoyo que las generaciones anteriores. Los datos al respecto son muy reales, pero hay que interpretarlos con cautela. En Estados Unidos, una encuesta de la American Perspectives Survey realizada en 2021 reveló que la proporción de hombres que afirmaban no tener ningún amigo íntimo había pasado del 3 % en 1990 al 15 %, mientras que la de los hombres que contaban con al menos seis amigos íntimos había caído del 55 % al 27 %. 13 Sin embargo, los datos comparativos matizan la idea de que se trate de un fenómeno específicamente masculino. Un estudio de Gallup publicado en 2025 muestra que, en la mayoría de los países de la OCDE, los hombres jóvenes no declaran niveles de soledad significativamente superiores a la media nacional, siendo Estados Unidos la excepción. 14 Por su parte, un informe de la OCDE sobre 22 países de la Unión Europea indica que el 8 % de la población no tiene ningún amigo cercano, sin diferencias notables entre mujeres y hombres, al tiempo que destaca que varios países, entre ellos Alemania, Finlandia y España, han puesto en marcha estrategias nacionales para combatir la soledad. 15

Lo que más destaca no es que los hombres se sientan más solos que las mujeres, sino que sus formas de conexión son estructuralmente más precarias. El sociólogo italiano Manolo Farci describe una amistad «spalla a spalla» (hombro con hombro): los hombres hacen cosas juntos, pero no se miran a los ojos. Las normas de la masculinidad hegemónica hacen que la intimidad emocional entre hombres resulte socialmente arriesgada, mientras que las relaciones amorosas se convierten en el principal, o incluso el único, espacio donde se puede expresar la vulnerabilidad, vivida, por tanto, menos como una verdadera forma de conexión que como un indicador del estatus y el éxito masculino. 16

Otro argumento que se esgrime con frecuencia se refiere a la biología y, más concretamente, a la disminución documentada de los niveles medios de testosterona. De hecho, diversos estudios han puesto de manifiesto una disminución intergeneracional de aproximadamente un 1 % anual desde finales de la década de 1980, independientemente de la edad, una evolución cuyas causas, aún objeto de debate, se atribuyen a factores sanitarios y medioambientales (obesidad, sedentarismo, disruptores endocrinos) mucho más que a un posible declive de la virilidad. 17 No obstante, esta observación se ha exagerado y reinterpretado ampliamente en las redes sociales. Un estudio publicado en 2026 por la Universidad de Sidney muestra que muchos influencers presentan experiencias cotidianas (fatiga, estrés, disminución de la libido) como síntomas de una supuesta «deficiencia» de testosterona, al tiempo que promueven la terapia hormonal como solución y el nivel de testosterona como indicador directo de la virilidad. 18 Los investigadores califican este fenómeno como «medicalización de la masculinidad» (medicalization of masculinity): una variación biológica común se transforma en una crisis que requiere una intervención comercial, mediante narrativas que se ajustan estrechamente a los mecanismos analizados en nuestro artículo anterior. Esta lógica se ha extendido ahora al ámbito estatal: el 15 de julio de 2026, el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, anunciaba, en un video titulado «High-T Department», un cribado anual de la «deficiencia de testosterona» para los militares mayores de 30 años, acompañada de una oferta de terapia hormonal sustitutiva, con el fin, según él, de garantizar a los soldados «los niveles adecuados de testosterona para rendir al máximo de [sus] capacidades». 19

Las investigaciones en psicología demuestran de forma sistemática que los hombres socializados según las normas de la masculinidad hegemónica (autosuficiencia, control de las emociones, dureza) son claramente menos propensos a pedir ayuda cuando se enfrentan a dificultades de salud mental, y presentan un mayor riesgo de suicidio. 20 En Inglaterra y Gales, la tasa de suicidio entre los hombres es aproximadamente tres veces superior a la de las mujeres; en Estados Unidos, es casi cuatro veces mayor. 21 El suicidio sigue siendo, sin duda, un fenómeno multifactorial que ninguna variable puede explicar por sí sola, pero es importante destacar que las consecuencias psicológicas documentadas están asociadas a las propias normas de la masculinidad hegemónica, más que a las críticas feministas que las cuestionan. 22

Un mito más antiguo que la vida en línea

La «crisis de la masculinidad» no es, contrariamente a lo que suele afirmarse, un diagnóstico nuevo. Se trata de un relato recurrente, que se reactiva y se reinterpreta cada vez que evoluciona la posición social de las mujeres. Dupuis-Déri lo remonta, al menos, a la Antigüedad romana. Como ha señalado el sociólogo británico John MacInnes, «la masculinidad siempre ha estado en crisis de una forma u otra». 23.

Los trabajos del sociólogo estadounidense Michael Kimmel sobre la masculinidad en Estados Unidos muestran que, desde finales del siglo XIX, la industrialización y el surgimiento del primer movimiento por los derechos de las mujeres provocaron una reafirmación angustiada de los ideales masculinos. El siglo XX repitió esta dinámica. El modelo del cabeza de familia que se impuso tras la Segunda Guerra Mundial se basaba en la confinación de las mujeres a la esfera doméstica. Cuando el feminismo de la segunda ola cuestionó este orden en los años sesenta y setenta, resurgió el discurso de una «crisis de la masculinidad». A principios de la década de 1980, lo que había surgido como un movimiento de liberación de los hombres (men’s liberation) se había transformado en gran medida en un movimiento por los derechos de los hombres (men’s rights movement), que presentaba el resentimiento masculino como consecuencia de una victimización imputable al feminismo. 24

Dupuis-Déri también ha demostrado cómo el relato masculinista de esta crisis constituía un pilar estructural del fascismo italiano y del nacionalsocialismo, que presentaban, ambos, la crisis de la masculinidad como una traición cometida por una élite feminizada y proponían una restauración viril como solución. El caso español resulta igualmente revelador: tal y como ha demostrado la socióloga española Zira Box, el nacionalismo franquista se basaba en una concepción explícitamente viril de la nación, en la que la masculinidad militar servía de antídoto contra la supuesta debilidad y feminización de la República. 25 En Francia, esta línea de pensamiento pasa por Alain Soral y Éric Zemmour, quienes publicaron textos masculinistas incluso antes de convertirse en ideólogos destacados de la extrema derecha. En ¿Hacia la feminización? (1999), Soral pretende desmontar una «conspiración antidemocrática» en la que «la feminización de las mentes» vendría a completar «la “maastrichtización” de las instituciones». 26 En El primer sexo (2006), Zemmour sostiene, por su parte, que «al feminizarse, los hombres se esterilizan, se privan de toda audacia, toda innovación, toda transgresión», llegando incluso a atribuir el «estancamiento intelectual y económico de Europa» a su «feminización». 27

La periodista estadounidense Susan Faludi analizó esta reacción antifeminista en Backlash: The Undeclared War Against American Women (1991), y posteriormente en Stiffed: The Betrayal of the American Man (1999), donde sostiene que los hombres de la clase obrera han sido efectivamente abandonados por los cambios económicos y sociales y que, como sustituto, se les ha ofrecido sobre todo una «masculinidad ornamental» (ornamental masculinity) basada en la imagen y la actuación. 28 Esta lógica encuentra eco en la cultura contemporánea del «looksmaxxing», en la que la optimización sistemática de la apariencia física se convierte en un sustituto de la identidad productiva o social que antes ofrecían los antiguos roles masculinos.

En Iron John (1990), el poeta estadounidense Robert Bly instaba a los hombres a reconectar con lo que él denominaba lo «masculino profundo» (deep masculine), una energía bruta e instintiva encarnada en una figura mítica de hombre salvaje, reprimida por la civilización y la vida doméstica. 29 La obra pretendía ser más terapéutica que denunciatoria, pero su estructura subyacente —la idea de que existiría una masculinidad auténtica, una fuerza primitiva debilitada por la sociedad moderna— ya anticipa la lógica de figuras como el «Chad» de la manósfera contemporánea: 30 un arquetipo idealizado de masculinidad natural y dominante, norma implícita con respecto a la cual se compara a los demás hombres y se les juzga insuficientes. En ambos casos, el arquetipo sigue siendo reconocible. Lo que cambia es su uso: de supuesta herramienta de integración psicológica, se convierte en un instrumento de jerarquización social.

En la década de los noventa, las comunidades de defensa de los derechos de los hombres surgidas de este cambio migraron hacia los primeros foros en línea. Estos espacios no se limitaban a difundir quejas, sino que también ofrecían algo que realmente echaban en falta los hombres solos y desorientados. 31 una comunidad, un lenguaje compartido y un sentimiento de reconocimiento. La dolorosa ironía, a menudo olvidada por la bibliografía sobre la soledad, es que la manósfera ofrece a ciertos hombres una forma de comunidad que no encuentran fácilmente en otros lugares, precisamente debido a las normas dominantes de la masculinidad. Por lo tanto, es a la vez una respuesta a la soledad masculina y una causa de sus formas más problemáticas. Sus sectores más radicales ya han caído en la violencia: en Estados Unidos, la matanza de Isla Vista, en 2014, cuyo autor, Elliot Rodger, había difundido un manifiesto misógino en el que anunciaba su intención de «castigar» a las mujeres que lo habían rechazado, antes de asesinar a seis personas, y el tiroteo en un estudio de yoga de Tallahassee, en 2018, fueron cometidos por jóvenes que se identificaban con el movimiento «incel» (solteros involuntarios), en cuyo seno Rodger es objeto desde entonces de una auténtica veneración. 32

La crisis de la masculinidad y la epidemia de soledad masculina reflejan dificultades muy reales. Los datos sobre las redes de apoyo entre hombres, las tasas de suicidio o los niveles de testosterona no son imaginarios y es precisamente porque describen un malestar tangible por lo que las fuerzas políticas que los aprovechan consiguen tanta repercusión. Estos problemas merecen una atención seria; aunque es necesario identificar correctamente sus causas. Sin embargo, el discurso de la «crisis» las atribuye al feminismo y a los avances de las mujeres, al tiempo que defiende las mismas normas (estoicismo, contención emocional, prohibición implícita de pedir ayuda) que provocan estos daños. De este modo, recicla una estructura argumentativa que reaparece, con una regularidad sorprendente, cada vez que evolucionan las relaciones de género, y así ha sido desde el siglo XIX.

El debate más sincero —y, sin duda, en última instancia, el más útil— sobre el bienestar de los hombres es aquel que distingue entre dos elementos: las dificultades reales, que exigen respuestas políticas y sociales, y el discurso ideológico que instrumentaliza esas dificultades para oponerse a la igualdad de género. También supone no restarle importancia a este malestar: ridiculizarlo es dejar que la «manósfera» tenga el monopolio de su tratamiento. Es un debate más exigente que el que propone la industria de la «crisis de la masculinidad». Y es precisamente por eso por lo que es necesaria.

Notas al pie
  1. Vivek H. Murthy, Our Epidemic of Loneliness and Isolation: The U.S. Surgeon General’s Advisory on the Healing Effects of Social Connection and Community, Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE. UU., 2023.
  2. El 23 de julio, la Casa Blanca declaró que «no intervendría» en el proceso de extradición, que requiere la aprobación del Departamento de Estado—, dando a entender que la administración de Trump, cuyos responsables, sin embargo, habían intervenido en 2025 a favor de los hermanos Tate ante las autoridades rumanas, está dispuesta a dejar que este siga su curso.
  3. Scott Galloway, Notes on Being a Man, Nueva York, Simon & Schuster, 2025.
  4. Véase, en particular, Steve Rose, «Scott Galloway on the masculinity crisis : ‘I worry we are evolving a new breed of asexual, asocial males’», The Guardian, 3 de diciembre de 2025; Brad Wilcox, « ‘Notes on Being a Man’ Review : Protect, Provide, Even Procreate», The Wall Street Journal, 9 de diciembre de 2025; Maureen Dowd, «Bros Need Some Bros», The New York Times, 1 de noviembre de 2025.
  5. «Teachers cry for help as misogyny in schools hits new high», NASUWT, abril de 2026.
  6. «Influencers fuelling misogyny in schools, teachers say», BBC News, abril de 2026.
  7. R. W. Connell y James W. Messerschmidt, «Hegemonic Masculinity: Rethinking the Concept», Gender & Society, vol. 19, n.º 6, pp. 829-859, 2005.
  8. F. Dupuis-Déri, La crise de la masculinité. Autopsie d’un mythe tenace, Montreal, Éditions du remue-ménage, 2018.
  9. Sylka Scholz, «Vom ‹toxischen Mann› zur ‹Krise der Männlichkeit›?», blog de Transcript, 2025; véase también, de la misma autora, Männlichkeitsforschung, UTB, 2025.
  10. Centro de Investigaciones Sociológicas, Barómetro de enero de 2025, enero de 2025.
  11. Véase John Burn-Murdoch, «A new global gender divide is emerging», Financial Times, 26 de enero de 2024.
  12. Birgit Sauer, «Authoritarian Right-Wing Populism as Masculinist Identity Politics: The Role of Affects», en Gabriele Dietze y Julia Roth (eds.), Right-Wing Populism and Gender: European Perspectives and Beyond, Bielefeld, transcript, 2020.
  13. Daniel A. Cox, «The State of American Friendship: Change, Challenges, and Loss», Survey Center on American Life / American Perspectives Survey, junio de 2021.
  14. «Younger Men in the U.S. Among the Loneliest in the West», Gallup, 20 de mayo de 2025.
  15. OCDE, «Social Connections and Loneliness in OECD Countries», París, Ediciones OCDE, octubre de 2025.
  16. Manolo Farci, «Quel che resta degli uomini. Sulla mascolinità», Nottetempo, 2025.
  17. Thomas G. Travison et al., «A Population-Level Decline in Serum Testosterone Levels in American Men», The Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism, vol. 92, n.º 1, 2007.
  18. Emma Grundtvig Gram, Ray Moynihan, Brooke Nickel et al., «Selling masculinity – A qualitative analysis of gender representations in social media content about ‘low T’», Social Science & Medicine, enero de 2026. DOI: 10.1016/j.socscimed.2025.118903.
  19. Publicación en el perfil de X de Pete Hegseth (@SecWar), 15 de julio de 2026.
  20. Michael E. Addis y James R. Mahalik, «Men, Masculinity, and the Contexts of Help Seeking», American Psychologist, vol. 58, n.º 1, 2003; Asociación Americana de Psicología, Guidelines for Psychological Practice with Boys and Men, 2018.
  21. Oficina Nacional de Estadística, «Suicides in England and Wales: 2023 registrations», 2024; Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, «Datos y estadísticas sobre el suicidio», 2024.
  22. Y. Joel Wong et al., «Meta-Analyses of the Relationship Between Conformity to Masculine Norms and Mental Health-Related Outcomes», Journal of Counseling Psychology, vol. 64, n.º 1, 2017.
  23. John MacInnes, The End of Masculinity, Buckingham, Open University Press, 1998.
  24. Michael Kimmel, Manhood in America: A Cultural History, Nueva York, Free Press, 1996; Michael A. Messner, Politics of Masculinities: Men in Movements, Thousand Oaks, Sage, 1997.
  25. Zira Box, España, año cero. La construcción simbólica del franquismo, Madrid, Alianza Editorial, 2010.
  26. Alain Soral, Vers la féminisation ? Démontage d’un complot antidémocratique, París, Blanche, 1999.
  27. Éric Zemmour, Le Premier Sexe, París, Denoël, 2006.
  28. Susan Faludi, Backlash: The Undeclared War Against American Women, Nueva York, Crown, 1991; Stiffed: The Betrayal of the American Man, Nueva York, William Morrow, 1999.
  29. Robert Bly, Iron John: A Book About Men, Reading (Mass.), Addison-Wesley, 1990.
  30. En la jerga de la manósfera, «Chad» designa al arquetipo del hombre convencionalmente guapo, atlético, dominante y con éxito sexual, que se supone que ocupa la cima de la jerarquía masculina y acapara la atención de las mujeres. Aparecido de forma irónica en los foros estadounidenses a principios de la década de 2010, el término se ha impuesto en las comunidades «incel» como la figura inversa de su propio supuesto fracaso —junto a su contraparte femenina, la «Stacy», y en oposición a los hombres «beta»—.
  31. Debbie Ging, «Alphas, Betas, and Incels: Theorizing the Masculinities of the Manosphere», Men and Masculinities, vol. 22, n.º 4, 2019.
  32. Alexander Meleagrou-Hitchen, Seamus Hughes, «(Re)Assessing the Threat from Incel Violence: A Study of Violent Incel-Related Federal Cases in America», Studies in Conflict & Terrorism, 2026.