Jeanne Favret-Saada acaba de publicar un libro que supone todo un hito para las ciencias sociales. Cincuenta y tres años después de que Michel Foucault dirigiera en 1973, en el marco de un seminario cerrado del Collège de France, la publicación de un dossier titulado «Moi Pierre Rivière, ayant égorgé ma mère, ma sœur et mon frère…» («Yo, Pierre Rivière, habiendo degollado a mi madre, a mi hermana y a mi hermano…») 1 en el que había participado, reabre este caso de parricidio del siglo XIX.
Con una mente ágil y aguda y un tono refrescante, se sumerge en el caso Rivière repasando los numerosos escritos que ha suscitado entre historiadores, criminólogos, psiquiatras y psicoanalistas. Con la misma libertad, reflexiona también sobre su propio trabajo y el de sus colegas, coeditores de Moi, Pierre Rivière… avec Foucault.
Aborda desde una perspectiva inédita el documento que confiere a este expediente su carácter excepcional: el relato del asesinato de su madre. Cuarenta y nueve extensas hojas escritas desde la cárcel y dirigidas a sus jueces, para explicar su crimen y su deseo de salvar a su padre del martirio al que su madre lo sometía desde que se casaron.
¿Qué la llevó a retomar este trabajo? ¿Por qué sintió la necesidad de volver, por así decirlo, a la escena del crimen?
Cuando Michel Foucault desenterró las memorias de Pierre Rivière, en 1972, yo vivía en el Bocage, donde estaba terminando mi trabajo de campo en etnología sobre la brujería: 2 así pues, me contrató por mi supuesta competencia en el mundo campesino normando y me preguntó qué podía aportar mi disciplina sobre la época en que vivieron los Rivière, 1812-1835.
Volví a examinar para él el fondo de la biblioteca del Museo de Artes y Tradiciones Populares, que ya conocía. Por desgracia, ni los miembros de las sociedades científicas de la época posrevolucionaria, ni los folcloristas de finales del siglo XIX habían aportado datos que permitieran arrojar luz sobre las memorias de Rivière. Esto se debía a una sencilla razón: al salir de la Revolución, los eruditos de Normandía apenas conocían a los campesinos, cuyo dialecto, en la mayoría de los casos, ignoraban. A veces les hacían grandes visitas protocolarias, en presencia del alcalde y de los concejales, con el fin de estudiar las piedras y los monumentos celtas de cuya existencia se habían enterado. Por otra parte, cuando se dirigían a los campesinos, no les hablaban como a seres humanos o compatriotas, sino como a vestigios andantes de una supuesta civilización celta, de la que se suponía que su habla cotidiana conservaba el rastro, sin que ellos lo supieran. Y es que, para estos eruditos locales, la Francia celta era la verdadera Francia, aquella cuyos monumentos era urgente recopilar y celebrar, con el fin de enterrar para siempre las aberraciones del periodo revolucionario.
Al no poder arrojar luz sobre el texto de Pierre Rivière, salvo en dos o tres puntos, opté entonces por escribir, junto con Jean-Pierre Peter, una nota general inspirada en la lectura de Michelet.
En cualquier caso, el seminario aprobó rápidamente la decisión de Foucault: entregar al lector, tal cual, el texto íntegro del manuscrito original de un joven campesino de principios del siglo XIX. Se trataba de una decisión política más que científica: Foucault estaba por entonces comprometido con el movimiento que había creado en 1971 junto a Pierre Vidal-Naquet, Jean-Marie Domenach y Daniel Defert, el GIP (Grupo de Información sobre las Prisiones), que publicaba testimonios sin editar de presos franceses en la revista Intolérable. También había abandonado el programa por el que había sido elegido en el Collège de France, en la línea de La arqueología del saber, y había emprendido una nueva investigación sobre el sistema penitenciario que culminaría, en 1975, en Vigilar y castigar.
Unos treinta años más tarde, volví a examinar Moi, Pierre Rivière…, y quise releer la declaración de ese joven asesino a la luz de lo que habíamos aprendido desde entonces gracias a la microhistoria. Esta vez, quise centrarme en el fondo mismo del asunto: ¿qué ocurrió en la familia Rivière, entre 1812 y 1835? ¿Qué sucesión de acontecimientos llevó a Pierre, un muchacho de apenas veinte años, a cometer un triple asesinato tan espantoso?
De hecho, lo que distingue a la obra de 1973 es la ausencia de un análisis del testimonio de Rivière. Foucault quedó cautivado, atónito ante el manuscrito, que le fascinaba. Lo publicó, pero no lo tuvo en cuenta en el libro. Para Carlo Ginzburg, el análisis de Foucault gira esencialmente en torno a las intersecciones de dos lenguajes de la exclusión, que tienden a excluirse mutuamente: el de la justicia y el de la psiquiatría: 3 «La figura del asesino Pierre Rivière acaba pasando a un segundo plano, en el momento en que se publican sus memorias, de su puño y letra… La posibilidad de interpretar este texto queda explícitamente excluida, pues equivaldría a violentarlo, reduciéndolo a una “razón” que le es ajena». Foucault lo explica así: «Por una especie de veneración, y quizá también de terror hacia un texto que se llevó consigo cuatro muertes, no queríamos superponer nuestro texto a las memorias de Rivière. Nos sentimos subyugados por el parricida de ojos rojos». Ginzburg relaciona esta postura con lo que interesaba a Foucault en Historia de la locura, a saber, «el gesto y los criterios de la exclusión: los excluidos, un poco menos». ¿Qué opina al respecto?
Por mi parte, nunca me han «cautivado» los «ojos rojos» del asesino. En cuanto a la relación entre su escrito, su triple asesinato y su propia muerte, fui yo quien la planteó al principio del seminario, al preguntar cuándo y cómo había muerto ese chico: entonces no sabíamos que, tras haber sido indultado, se había ahorcado en su celda.
La crítica de Carlo Ginzburg debe entenderse en su contexto. El historiador italiano se sorprendía de que Foucault, al tiempo que publicaba el texto íntegro de un escrito «popular», se negara a comentarlo. Ginzburg veía en ello un procedimiento «oscurantista», un episodio más en la historia de una cultura erudita empeñada en impedir el reconocimiento de una cultura popular.
Esa crítica me había dolido profundamente porque admiraba El queso y los gusanos y compartía con Ginzburg sus aversiones y muchas de sus referencias, entre ellas la de Mijaíl Bajtín. No obstante, dudaba de que un análisis detallado de las memorias de Rivière revelara lo que Ginzburg creía que debía aparecer en ella: una cultura popular original, irreductible a la de las élites y que cuestionara violentamente el orden establecido.
¿Por qué?
Por dos razones. Por un lado, la familia Rivière no vivía, como Menocchio, el molinero friulano de Ginzburg, en el Italia del siglo XVI, poco después del descubrimiento de la imprenta y la Reforma protestante. Rivière vivía a principios del siglo XIX francés: es decir, tras el fin de la década revolucionaria, durante la Restauración y la monarquía de julio. Recordemos, por otra parte, que en Francia, a diferencia de Italia, el Estado se centralizó muy pronto, lo que no benefició precisamente a las culturas locales o «populares»; y que, además, la Revolución había prohibido recientemente numerosas fiestas tradicionales, que había sustituido por fiestas republicanas. Por último, mi investigación sobre la historia de las sociedades científicas de Normandía al término de la Revolución ya demostraba que ignorábamos por completo el posible contenido de la cultura «popular» en 1813, año en que se casó la pareja Rivière.
Por otra parte, en 1973, por supuesto, había examinado minuciosamente todos los libros, periódicos y almanaques que Pierre Rivière citaba en sus memorias, y que Ginzburg pronto nos reprocharía haber ignorado. Sin embargo, el joven asesino no había hecho una lectura especialmente ingeniosa de ellos, salvo en la medida en que creía haber encontrado en ellos lo que buscaba: la explicación de la parcialidad de los jueces a favor de su madre. Según Rivière, esas élites que son los magistrados habían traicionado la causa —sagrada y multisecular— del dominio masculino en el hogar.
He aquí, pues, a un autor considerado «popular», que militaba activamente a favor de la restauración de un orden eterno ya desaparecido, un orden que «las mujeres» —es decir, su madre— habrían derrocado con la complicidad de los jueces. En lo que respecta a las relaciones entre los sexos en el seno de la familia, este autor «popular» resultaba ser, por tanto, un auténtico «reaccionario».
En su libro, analiza con gran precisión el lenguaje en el que este campesino, con escasa formación escolar, redactó sus memorias. Destaca que este escrito, que a nuestros ojos está plagado de incorrecciones, fue sin embargo perfectamente recibido por sus destinatarios, los jueces y el Tribunal de Apelación de Caen, en 1835.
Al leer los documentos judiciales, queda claro que los destinatarios naturales de Rivière no tuvieron ninguna dificultad para entenderlo. Una primera razón radica en que la caligrafía del joven es de una claridad excepcional, a pesar de que había practicado muy poco la escritura desde que salió de la escuela, siete años antes. Además, estos notables locales de 1835 se habían acostumbrado desde la escuela primaria a descifrar la escritura manuscrita, ya que tenían que tratar con la mayoría de sus conciudadanos, para quienes el francés no era la lengua materna. Los campesinos, por su parte, lo aprenden en la escuela y, a diferencia de sus élites locales, solo lo hablan cuando tienen contacto con un representante del Estado. El resto del tiempo, hablan el dialecto de su pueblo, o el normando regional cuando visitan las ferias y los mercados provinciales.
Pierre Rivière asistió de forma intermitente a la escuela municipal, pero siempre le apasionó la lectura y el aprendizaje. Sin embargo, nunca tuvo la oportunidad de redactar un texto escrito antes de su encarcelamiento. Por eso redactó sus memorias en lo que él cree que es francés, aunque a veces recurre, sin saberlo, a expresiones del normando regional o al dialecto de Aunay.
A sus lectores de 1835 no les costó entenderlo, porque sabían que los franceses educados en las escuelas de pueblo no habían aprendido ortografía ni gramática, salvo por imitación, al copiar cada día dos líneas de un libro; también sabían que, a diferencia de ellos mismos, antiguos alumnos de las escuelas y luego de los institutos de la ciudad, los escolares rurales nunca habían oído formular ninguna regla gramatical ni habían hecho un ejercicio de dictado o de redacción en francés.
Por lo tanto, Pierre Rivière ignora la mayoría de las reglas gramaticales y prácticamente todas las convenciones que rigen el uso de las mayúsculas, la puntuación, la acentuación y la maquetación. Más concretamente: aunque no las haya aprendido en la escuela, sabe que existen porque ha leído algunos libros, pero no sabe cómo utilizarlas porque su conocimiento del francés es principalmente oral.
Por eso su manuscrito se presenta como un flujo verbal casi ininterrumpido, tal y como se puede ver en la publicación que hicimos de él en 1973: un preámbulo de unas pocas líneas, seguido de dos partes desiguales de las cuales solo la primera tiene título, y en la que el paso a la segunda solo se indica mediante un trazo de pluma; por último, a lo largo de todo el texto, hay muy pocos párrafos y una puntuación reducida, en la mayoría de los casos, con comas.
En su libro, somete el manuscrito de Rivière a un auténtico trabajo de edición, algo que, en la época de Foucault, se había negado a hacer.
Habíamos insistido en publicar el texto de Rivière tal cual para protestar contra la única publicación, erudita pero plagada de errores intencionados, que se había hecho de él en 1836 en los Annales d’Hygiène Publique: en realidad se trataba de una publicación militante, realizada por los alienistas que habían conseguido el indulto de Rivière, tras su condena a muerte, asegurando que estaba loco. En 1973, quisimos, por tanto, restablecer el texto original del manuscrito de Rivière.
Cuando, a partir de 2017, retomé la lectura de este manuscrito —un bloque de texto de noventa páginas impresas—, quise evocar una a una las múltiples situaciones familiares que Rivière había descrito con tanta precisión. De ahí surgió un trabajo de edición relativo, limitado, sin embargo, a la corrección de las deficiencias formales del autor: gracias a ello, el lector del siglo XXI accede por fin, sin necesidad de corregir mentalmente la ortografía de las palabras, a la historia de esta pareja de campesinos de principios del siglo XIX, Victoire y Pierre-Marguerin Rivière, cuyo hijo Pierre se ha convertido en el memorialista. Asistimos, pues, a las vicisitudes de su incapacidad para formar una familia de bien, desde su primer encuentro hasta el momento en que su hijo mayor, el autor de las memorias, pone fin a todo ello con un triple asesinato.
La gran originalidad de su obra radica en que se centra en la figura central del testimonio de Pierre Rivière, en aquella que es el objetivo principal de su triple asesinato: su madre. De este modo, desplaza la mirada y hace surgir, junto a Pierre Rivière, la figura de una mujer poderosa, la personalidad clave de esa familia «imposible», cuyo padre se ve constantemente aplastado, lejos de la figura del «buen padre de familia» que pretende imponer el Código Civil (1804).
El texto de las memorias, una vez depurado de sus imperfecciones formales, no es más que esta crónica, escrita por un hijo, de las interacciones entre sus dos progenitores a lo largo de más de dos décadas. Sin embargo, es siempre la madre, Victoire Rivière, de soltera Brion, quien toma la iniciativa de la acción. De hecho, desde el día de su boda, al salir del ayuntamiento, se niega obstinadamente a cumplir con la mayoría de sus obligaciones como esposa. Se trata de una situación sin precedentes, al menos entre las que se han recogido hasta ahora en las obras de ciencias sociales.
Sin embargo, el padre de familia, Pierre-Marguerin Rivière, no está, como usted dice, del todo «aplastado» por la situación. Al contrario, intenta con dignidad introducir un mínimo de rigor en la relación conyugal e impone, a su manera no violenta, su propio repertorio de acción a la rebelde: el de un marido cristiano más que normando, que por tanto se niega a golpear a su mujer y que espera persuadirla de que acepte su condición.
Las conductas de ambos constituyen, por tanto, anomalías sociológicas notables, y su cruce permite observar y cuestionar lo que, por lo general, se da por sentado, en particular la política de género que se practica en un grupo social determinado: los roles asignados a los cónyuges por la costumbre y por la ley, en este caso el Código Civil de 1804. Sin embargo, Victoire Rivière rechazará obstinadamente este sistema de dominación masculina desde el día de su boda, mientras que su marido, sin recurrir nunca a la fuerza según el testimonio de Pierre Rivière, intentará que ella lo acepte porque siempre ha sido así.
El principal interés del testimonio del hijo de esta pareja radica en que desentraña, una a una, para ponerlas ante los ojos de los jueces, las mil situaciones paradójicas que suscita ese extraño matrimonio. Constituye, en cierto modo, un manual de las posibilidades que ignoran las obras de sociología de la familia, de etnología de la pareja campesina e incluso de antropología general del parentesco.
Pero, ¿de verdad Victoire Brion y Pierre-Marguerin Rivière, cada uno por sus propios motivos, querían esta boda?
Claro, pero, en esa época, y sobre todo entre el campesinado, el matrimonio era una fatalidad para todos, tan inevitable para las chicas como la llegada de su primera menstruación. En cuanto a Pierre-Marguerin, intentaba así escapar del alistamiento de 1813, del que se sabe que perdió a la mitad de sus reclutas en las últimas guerras napoleónicas.
Victoire Rivière aún era menor de edad el día de su boda cuando, al salir del ayuntamiento, rechazó la fiesta nupcial que habían organizado ambas familias. ¿Cómo se explica eso?
Esta negativa a celebrar la «boda» constituye un escándalo sin precedentes, del que la literatura etnográfica no ofrece ningún ejemplo, ya que esta fiesta reúne a los parientes de ambas familias de todo el cantón. A falta de información, no podemos entender lo que ha sucedido, sino solo conjeturar que se ha producido un fracaso monumental a la hora de inculcar a la joven las normas matrimoniales.
Parece claro que el esfuerzo conjunto de sus padres, sus maestros, su catequista, su profesora de costura, los ritos propios de su edad, en definitiva, de todos esos pilares de la costumbre rural cuya eficacia celebran las ciencias sociales, han fracasado estrepitosamente en este caso concreto: ese día, Victoire rechaza los rituales y las celebraciones que pretenden inscribir socialmente su traslado de un pueblo a otro y de una familia a otra como consecuencia de su nuevo estado. Se desconoce qué o quién era lo que Victoire no quería, si el estado civil o la persona del marido. Sin embargo, ya es demasiado tarde para echarse atrás: en esa fecha, el 21 de mayo de 1813, el recurso al divorcio aún es posible durante tres años, pero el campesinado francés siempre lo ha rechazado, y la familia Brion no es una excepción.
Y, sin embargo, esto no es más que el principio…
De hecho, este acto de insubordinación de la joven no es más que el primero de una larga serie de incumplimientos de sus deberes como esposa, tanto los que establece el Código Civil como los que la costumbre siempre ha impuesto. Así, Victoire no quiere integrarse en la familia de su marido y no quiere que él vaya a vivir con sus padres; no lo obedece en nada, burlándose así del principio soberano de la autoridad marital; por último, cuando él va a arar los campos de su padre, ella lo recibe con frialdad, a menudo con hostilidad, aunque a veces acepta mantener relaciones sexuales.
Pierre-Marguerin, que gracias a su matrimonio se ha librado del servicio militar, responde a ese comportamiento con una serenidad que uno no esperaría encontrar en un joven de veinte años. Lejos de reclamar sus derechos como marido o de castigar a esa rebelde para enseñarle a obedecer, espera convencerla con dulzura y persuasión: «No hay que hacer ruido por eso», murmura en cuanto se vislumbra un conflicto. Solo establece algunos principios para organizar mínimamente esa situación irregular, ya que su condición de yerno lo obliga, de todos modos, a ir a cultivar la tierra de su suegro, quien, por cierto, lo aprecia.
Por lo tanto, parece que un acuerdo tácito de unión sin convivencia rige la relación de la pareja Rivière: el marido se encarga de las labores agrícolas de la pequeña granja de los Brion y, cuando su esposa no está de muy mal humor, se queda a dormir con ella.
A lo largo de los años, su relación sexual esporádica da lugar al nacimiento de seis hijos, y los registros civiles dan fe de que se trata efectivamente de una familia, aunque repartida entre dos pueblos. A pesar del carácter atípico de su relación, los cónyuges cumplen dos normas, una cívica y otra consuetudinaria: contribuyen al poder del Estado y a la conservación de los patrimonios familiares. De manera correlativa, los embarazos de Victoire le confieren el pleno estatus de «mujer», es decir, de un ser débil al que conviene proteger, a pesar de la vehemencia con la que ella no deja de manifestar su insubordinación.
Es precisamente esta situación de hecho, un simple acuerdo entre dos cónyuges condenados al matrimonio, la que acabará provocando una masacre.
En las familias campesinas, como saben, la historia de las personas está determinada por los avatares de su existencia biológica, que hacen aparecer herederos y desaparecer a los propietarios. Sin embargo, el derecho francés, desde el siglo XVI y a pesar de la Revolución, considera a las mujeres casadas incapaces civilmente. El artículo 1124 del Código Civil clasifica a las mujeres casadas entre las «incapaces de contratar», junto con los menores, los retrasados mentales y los delincuentes condenados.
Por ello, convertirse en heredero no tiene en absoluto las mismas consecuencias para ambos sexos, ya que las herederas, una vez que se convierten en propietarias, se ven privadas del ejercicio de sus derechos de posesión en beneficio de sus maridos. Estos disfrutan, por tanto, de la posesión de los bienes de los que son propietarios por haberlos heredado de sus padres, y de la posesión sin propiedad de los bienes de sus esposas.
En la familia Rivière, Pierre-Marguerin heredó de su padre en 1822 y, tres años más tarde, de su hermano, que había fallecido sin dejar descendencia. Por primera vez en su vida, poseía algo: se dedicó de inmediato a hacer fructificar su pequeño capital inmobiliario mediante alguna compra modesta o la construcción de un edificio de uso agrícola. Victoire, por su parte, hereda de su padre en 1826: ahora dispone de una pequeña propiedad que le permite, más o menos, mantener su sustento y el de los hijos que viven con ella, pero la ley le impide ejercer cualquier actividad empresarial. En resumen: no puede comprar ni vender cereales y ganado en los mercados locales, contratar jornaleros agrícolas (en caso de que prefiriera prescindir del trabajo de su marido), alquilar sus casas (tiene dos, además de la que ocupa) o sus campos. En resumen, no puede llevar a cabo sus proyectos por su cuenta, ni entablar relaciones comerciales con personas ajenas a la familia, ni generarse unos ingresos propios, independientes de los recursos de la comunidad conyugal.
En esta nueva etapa de su vida matrimonial, Pierre-Marguerin desempeña su cargo de administrador con una honestidad escrupulosa y un constante afán por hacer partícipe a su esposa de todas las decisiones, limitándose la mayoría de las veces a ejecutar aquellas que Victoire ha querido tomar. No obstante, sigue siendo él quien sale de la granja, quien compra o vende, quien negocia y quien firma. Esta nueva situación echa por tierra en pocos meses el acuerdo informal que los Rivière habían elaborado desde su matrimonio, ya que este se refería únicamente a la organización de una vida conyugal sin convivencia, con relaciones sexuales esporádicas.
A medida que Victoire se da cuenta de lo que significa la incapacidad civil, entra en un estado de ira crónica contra Pierre-Marguerin. Este no entiende nada, porque no concibe que se pueda cuestionar un orden de cosas que siempre ha existido. La sexualidad sucumbe tras el sexto parto. Los niños quedan entonces definitivamente repartidos entre las casas, cuatro con el padre y dos con la madre.
Lo que hasta entonces no era más que un matrimonio fallido se convertirá en una tragedia, en la que lo que está en juego es que Victoire asuma el control de la administración de sus bienes y, en términos más generales, de su autonomía personal en una sociedad que la niega a las mujeres casadas, al tiempo que prohíbe el celibato a las jóvenes. El caso Rivière es una tragedia de la desigualdad de género: al igual que los héroes de las tragedias antiguas, movidos desde arriba por los dioses del Olimpo, los dos cónyuges están poseídos por el orden soberano de los géneros, tanto si Victoire se rebela contra él como si Pierre-Marguerin intenta hacérselo aceptar, por cierto con delicadeza. Sus interacciones, descritas en detalle en las memorias de su hijo mayor, desembocan en la matanza perpetrada por este, impulsado a su vez por los ideales de género, y que acaba sustituyendo a su padre, ya en decadencia.
Usted decía que el trabajo de Rivière saca a la luz numerosas formas posibles de organización de la vida familiar que las ciencias sociales, incluida la antropología estructural del parentesco, han ignorado hasta ahora. ¿En qué sentido su libro aporta una nueva perspectiva al estado actual de los conocimientos en este ámbito?
Todas las realidades de las que hablo en mi libro se sitúan en el ámbito de las vidas individuales, consideradas desde la perspectiva de los vínculos íntimos entre las personas, los lazos familiares y conyugales. Por el contrario, Lévi-Strauss, a lo largo de toda su vida, desde Las estructuras elementales del parentesco en 1949 hasta sus últimos trabajos sobre los sistemas de maisons en la Francia rural, se esforzó por demostrar que estas reglas pertenecen a un orden casi matemático; de un orden tal, en cualquier caso, que trasciende las vidas humanas singulares y la conciencia que las personas pueden tener de ellas.
Mi trabajo no cuestiona la necesidad ni la pertinencia de tal construcción, pero pone de manifiesto sus límites: si bien es cierto, en términos generales, que en los grupos humanos conocidos hasta ahora los actores decisivos son los hombres; y si bien es cierto que estos grupos de hombres instituyen la familia y el parentesco intercambiando mujeres entre ellos, esto no nos dice nada sobre cómo se hace posible esta expropiación de la mitad de la humanidad. Más concretamente: cómo se inculca a todos los seres humanos hasta el punto de que a todos, incluidos los teóricos de las ciencias sociales, les parezca el orden natural de las cosas.
Por primera vez en 1975, una joven antropóloga estadounidense, Gayle Rubin, había planteado esta cuestión en un ensayo al que Lévi-Strauss se abstuvo de responder. Posteriormente, había manifestado su exasperación en las contadas ocasiones en que las antropólogas la planteaban, incluso treinta años después, en la revista que él mismo había fundado y cuyo título —L’Homme— era, sin embargo, emblemático del problema planteado. Hasta su muerte, Lévi-Strauss reiteró la lección de Estructuras elementales del parentesco: cuando se trata de definir las reglas de alianza, los seres humanos se consideran mutuamente como signos matemáticos, «más» y «menos». El gran antropólogo nunca se cansó de repetirlo: bien podría haber sido que fueran grupos de mujeres los que intercambiaran hombres, y no al revés. Quizás, pero eso no es en absoluto lo que ha ocurrido en la historia de la humanidad. Y en la medida en que la antropología es una ciencia empírica, le concierne una regularidad tan masiva.
En L’impossible famille Rivière he situado deliberadamente mi trabajo en el extremo opuesto de los fenómenos analizados: ¿qué ocurre cuando un ejemplar de la clase de las mujeres se opone radicalmente a ese orden de cosas? Me topé por casualidad con el caso muy particular de Victoire Rivière, una campesina del Bocage que, en 1813, aceptó el matrimonio pero rechazó sus deberes de esposa tras salir del ayuntamiento. La historia de su vida revela la existencia de casos en los que esta inculcación de las relaciones de género en el matrimonio fracasa por completo; también se podrían enumerar aquellos en los que fracasa en parte, así como las numerosas modalidades posibles de un fracaso parcial.
Valdría la pena incorporar estas situaciones al repertorio de las ciencias sociales, ya que el análisis de los casos aberrantes también forma parte de su programa, al menos si se las entiende como disciplinas empíricas. El caso de Victoire Rivière nos lleva, por tanto, a la necesidad de renovar nuestras etnografías —es decir, nuestras descripciones— de los vínculos familiares y matrimoniales, para incluir en ellas las mil y una formas en que la dominación de género se inculca y reproduce desde la primera infancia a los sujetos de ambos sexos, así como las mil y una formas en que solo lo consigue en parte, o incluso fracasa por completo.
En términos más generales, mi trabajo parte de la premisa de que la cuestión de las vidas humanas singulares —que concierne tanto a la etnografía de campo como al arte de la novela— se sitúa también en el centro de las ciencias sociales, y que tiene una importancia y una dignidad equivalentes a las de la teoría general. Esta última se construye, en definitiva, sobre etnografías, es decir, descripciones singulares.
Notas al pie
- Este dossier fue recopilado, estudiado y anotado en el marco de un trabajo colectivo llevado a cabo en el Collège de France por: Blandine Barret-Kriegel, Gilbert Burlet-Torvic, Robert Castel, Jeanne Favret, Alexandre Fontana, Michel Foucault, Georgette Legée, Patricia Moulin, Jean-Pierre Peter, Philippe Riot y Maryvonne Saison. Coedición Gallimard/Julliard, 1973, reedición Folio/Gallimard, 1994 (431 páginas).
- Posteriormente publiqué tres obras sobre el tema: Les mots, la mort, les sorts. La sorcellerie dans le Bocage (París, 1977, Gallimard); con Josée Contreras, Corps pour corps. Enquête sur la sorcellerie dans le Bocage (París, 1981, Gallimard), Désorceler (París, 2009, Editions de L’Olivier. París, 2024, Gallimard.
- Carlo Ginzburg, Le fromage et les vers, l’univers d’un meunier du XVIe siècle, traducido del italiano por Monique Aymard, prólogo de Patrick Boucheron, Flammarion, Champs histoire, 2019, pp. 16-17.