La apropiación depredadora del poder político por parte de algunos gigantes tecnológicos ha introducido en el vocabulario común el término «tecnofascismo». En cierto sentido, es bastante comprensible: la adhesión de las élites de Silicon Valley a programas políticos autoritarios, su desprecio por la democracia liberal y el proceso deliberativo, y su concentración de poder sin obligación de rendir cuentas son elementos que hacen tentadora la comparación con el modelo fascista.
Sin embargo, este término nos parece inadecuado. El fenómeno al que asistimos, y que me parece más acertado calificar de «tecno-oligarquía», no es simplemente una variante «californiana» o «tecnológica» del fascismo. Por el contrario, representa una ruptura radical con prácticamente todas las tradiciones políticas modernas. En su antihumanismo, va teóricamente más allá de las deshumanizaciones mortíferas a las que alude el término «tecnofascismo».
Calificar a la tecno-oligarquía de fascismo no es, por tanto, suficiente y puede resultar engañoso. Este error de calificación corre el riesgo de llevarnos a malinterpretar la realidad a la que nos enfrentamos. El peligro es que, de ese modo, no estemos debidamente preparados para organizar una resistencia eficaz frente a esas fuerzas.
Nos gustaría explicar brevemente por qué, al menos por ocho razones, la tecno-oligarquía es, de hecho, más peligrosa que el fascismo.
Sin embargo, es necesario hacer algunas precisiones metodológicas importantes antes de lanzarnos a comparar lo que planteamos como dos fenómenos políticos fundamentalmente distintos. En primer lugar, esta comparación no pretende en absoluto atenuar o normalizar el fascismo, ni minimizar el grado de sufrimiento que los movimientos fascistas han infligido a las poblaciones de todo el mundo, tanto cuando estaban en el poder como durante su ascenso. Los crímenes fascistas —desde el genocidio de los judíos hasta el de los romaníes, pasando por las invasiones de países africanos, los programas de eutanasia masiva y la violencia terrorista neofascista de la posguerra— están documentados por la historia y los tribunales. No se trata, por lo tanto, de sostener que la tecno-oligarquía sea más peligrosa porque cometa o haya cometido crímenes de lesa humanidad de una magnitud comparable a la del fascismo histórico. Lo que nos parece útil destacar es más bien que la lógica subyacente de la tecno-oligarquía tiende hacia una configuración sociopolítica que ni siquiera el fascismo, por la naturaleza de ese proyecto político, había podido alcanzar y, sin duda, no podía alcanzar técnicamente.
Por otra parte, afirmar que este fenómeno político es peor que el fascismo tampoco implica que el fascismo haya sido o sea el único totalitarismo, ni siquiera el peor. Es precisamente porque el término «tecnofascismo» se ha impuesto para calificar esta nueva realidad por lo que nos parece pertinente tomar este tipo de totalitarismo como punto de referencia.
1 — El fascismo glorificaba lo colectivo. La tecno-oligarquía lo suprime.
El fascismo sitúa lo colectivo —definido en torno a una nación o una raza concebida de manera orgánica— en el centro de su doctrina política. La supervivencia —e incluso la salud— de este colectivo exclusivo se convierte en el fin último de toda política fascista. Es esto lo que justifica una violencia extrema contra todos aquellos a quienes el régimen considera una amenaza para el grupo, ya sea por su mera existencia o por sus prácticas sociales.
El principio de selección de la tecno-oligarquía es, por el contrario, puramente funcional y económico. Es radicalmente individualista y rechaza toda responsabilidad social como tal, considerando el interés público más como un obstáculo que como una obligación. Los objetivos privados de los tecno-oligarcas y la dinámica del desarrollo tecnológico se persiguen sin tener en cuenta el costo humano que acarrean.
2 — El fascismo tenía enemigos ontológicos. El enemigo de la tecno-oligarquía es el control en sí mismo.
Para existir, el fascismo necesitaba enemigos viscerales y permanentes, definidos por lo que son en esencia: otra nación u otra raza, una clase social, una identidad sexual, un estado de salud, etc. La persecución de estos enemigos no es algo secundario, sino constitutivo del régimen. La eliminación de categorías enteras de personas es indisociable del proyecto colectivista del fascismo.
El enemigo de la tecno-oligarquía, por el contrario, es la idea misma de que los colectivos políticos tienen derecho a supervisar y restringir el desarrollo tecnológico. Cada objetivo concreto encarna lo que para los tecno-oligarcas constituye la amenaza más profunda: el principio mismo de la responsabilidad política. En la práctica, esto implica que sus enemigos son, por tanto, funcionales y situacionales: se trata de cualquiera que represente, en un momento dado, un obstáculo para el dominio de los tecnoligarcas sobre el poder. En un régimen tecnoligárquico, nadie es blanco de ataques de forma permanente, pero tampoco nadie está nunca a salvo.
3 — El fascismo pasaba necesariamente por el Estado. La tecno-oligarquía lo vacía de su esencia.
El fascismo defiende un Estado fuerte, centralizado y totalitario, a menudo encarnado por un único líder o un único partido. El Estado es la autoridad suprema; las libertades individuales quedan subordinadas a sus objetivos. Los derechos no son universales, sino que se conceden de forma condicional a un grupo privilegiado, definido por su pertenencia etnocultural o su lealtad política.
Por el contrario, la tecno-oligarquía solo quiere hacerse con el Estado para vaciarlo de su esencia, despojándolo de sus funciones de redistribución y protección, al tiempo que conserva su capacidad coercitiva. Lo único que queda entonces es una cáscara vacía que impone sin más consecuencias. Los derechos y las libertades ya no se basan en la ciudadanía, sino en el valor económico y funcional. La sociedad tecno-oligárquica se basa en un modelo de protección por suscripción, rescindible en cuanto una persona deja de ser útil.
4 — El fascismo colectivizaba el futuro. La tecno-oligarquía lo privatiza.
El fascismo ofrece al grupo que lo apoya un proyecto orientado hacia el futuro en el que todos pueden participar a través de rituales colectivos de pertenencia.
En y a través de la violencia, la promesa de inmortalidad simbólica —la supervivencia de la raza, de la nación, del movimiento— se ofrecía a cada miembro del grupo empujado al sacrificio. Aunque esté empapado de sangre, el futuro fascista está dividido.
La tecno-oligarquía también abraza una visión del futuro, pero la reserva únicamente a un puñado de elegidos. Para todos los demás, el presente se prolonga indefinidamente: un flujo interminable, personalizado y generado por algoritmos, en el que el pasado, el presente y el futuro se confunden. Mientras tanto, los proyectos de inmortalidad de la tecno-oligarquía —conciencia digital, mejora biológica, prolongación de la vida— son logros privados, accesibles únicamente a los pocos que tienen los medios para escapar por completo de la condición humana.
5 — El fascismo censuraba la información. La tecno-oligarquía introduce un nuevo tipo de control epistémico.
El fascismo practicaba de forma sistemática la quema de libros: censuraba las ideas, el arte y los medios de comunicación que consideraba una amenaza para su proyecto ideológico o nacional. Esa censura impone la conformidad, elimina la disidencia y consolida el poder en un Estado totalitario.
El control de la información por parte de la tecno-oligarquía se basa en una manipulación algorítmica epistemológicamente inaccesible: la gente común no sabe qué se suprime, se relega o se amplifica, ni según qué lógica. No hay ningún límite identificable que traspasar, ni ninguna regla que infringir. Solo hay un sistema propietario, probabilístico y en constante evolución, optimizado para objetivos no revelados.
En este sentido, constituye una forma de poder epistémico cualitativamente más profunda —y potencialmente más peligrosa— que la censura.
6 — El fascismo vigilaba a los ciudadanos para castigarlos. La tecno-oligarquía los vigila, pero para convertirlos en datos.
El fascismo recurre a la vigilancia masiva para imponer la lealtad política y la pureza ideológica, nacional, racial, social y cultural. Esa vigilancia es el rasgo distintivo del control totalitario y tiene por objeto eliminar a la oposición y moldear la sociedad según una visión exclusiva.
La tecno-oligarquía también vigila, pero con otro objetivo. Busca extraer los datos de comportamiento que constituyen la materia prima de su poder económico y político. Los sujetos políticos no son, en sí mismos, sus objetivos principales: le interesan en la medida en que son fuentes de datos que explotar. La experiencia humana —la atención, el deseo, el movimiento, las relaciones— se convierte en este tipo de régimen en una mercancía que hay que predecir, monetizar y regular. En otras palabras, mientras que la vigilancia fascista buscaba eliminar la disidencia, la vigilancia tecno-oligárquica busca prevenirla, lo que constituye una forma más profunda de control social.
7 — El fascismo exigía devoción ideológica. La tecno-oligarquía se conforma con el compromiso algorítmico.
Desde el punto de vista histórico y doctrinal, el fascismo construye una cultura cuyo objetivo es encarnar su proyecto político modernista, mezclando aspiraciones revolucionarias y una visión mítica del renacimiento nacional. Esta cultura está profundamente estetizada, lo que transforma la política en una especie de religión política a través del espectáculo, el ritual y el simbolismo.
Por su parte, la tecno-oligarquía no siente ninguna necesidad de producir cultura. Las humanidades, las artes y la conciencia histórica se consideran obstáculos ineficaces. En su lugar, encontramos eslóganes de ciencia ficción, una versión kitsch y fantaseada de la Antigua Roma o bien un imaginario de videojuegos: un conjunto de estéticas tomadas de aquí y allá, pero que no sirven a ninguna visión. La cultura se disuelve en un contenido optimizado para los indicadores de compromiso, valorado no por lo que significa, sino por el tiempo que retiene la atención.
8 — El fascismo quería crear un «hombre nuevo». La tecno-oligarquía quiere dejar a la humanidad obsoleta.
El fascismo histórico llevaba a cabo su proyecto de deshumanización dentro de unos parámetros claramente humanos. Su visión de un «hombre nuevo» —purificado, disciplinado, orientado hacia la colectividad— seguía siendo biológica e históricamente humana. El telos del fascismo era antropocéntrico, aunque los medios para alcanzarlo —genocidio, eugenesia, control totalitario— fueran de una crueldad inhumana.
La tecno-oligarquía va más allá: su objetivo es suplantar a la especie humana. Pretende superar al ser humano mediante una IA que dejaría obsoleta la inteligencia humana, mejoras biológicas reservadas exclusivamente a las élites tecno-oligárquicas, interfaces cerebro-computadora y, en general, la singularidad tecnológica como horizonte. En este sentido, es, por otra parte, el primer fenómeno político de la historia cuyo objetivo, cada vez menos implícito, es la obsolescencia de la propia humanidad.
Por qué será más difícil resistirse a la tecno-oligarquía que al fascismo
Los grupos perseguidos bajo el fascismo podían desarrollar una solidaridad entre ellos en la medida en que su condición de enemigos era estable y compartida. Por el contrario, los objetivos en constante cambio de la tecno-oligarquía impiden la formación de coaliciones duraderas: cada grupo queda aislado, a menudo incluso antes de que los demás se den cuenta de lo que le está sucediendo.
La base más evidente y coherente de toda resistencia a la tecno-oligarquía es el humanismo: la insistencia en que la humanidad, en su diversidad y su carácter colectivo, no ha quedado obsoleta. La tecno-oligarquía lo sabe y trabaja sistemáticamente para impedirlo, amplificando las divisiones, profundizando los antagonismos y, a menudo, desplegando métodos propios del fascismo para fragmentar cualquier frente unido potencial.
En los tiempos que vivimos, la defensa de la humanidad no es una simple metáfora. Es la tarea política que está definiendo nuestra época. Y la democracia sigue siendo el único marco en el que esa defensa puede llevarse a cabo de manera significativa.