Política

Imaginar un Brexit feliz

Un futuro radiante… Hace cuatro años, el Reino Unido se retiró definitivamente de la Unión Europea. Para celebrarlo, te ofrecemos una inmersión en el imaginario pro-Brexit con una traducción inédita de este texto de Daniel Hannan, que fue uno de sus activistas más enardecidos: tres días antes de la votación, describió el Reino Unido de 2025 como un paraíso. Es una lectura imprescindible para entender la visión del mundo que sigue dominando el Partido Conservador británico.

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El Grand Continent
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© SOPA Images/SIPA

El 21 de junio de 2016, tres días antes de la votación sobre la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea, Daniel Hannan, eurodiputado conservador (de 1999 a 2020), publicó un artículo prospectivo en la revista Reaction. En ese curioso texto, describe en qué se convertiría Gran Bretaña nueve años después, tras su salida de la Unión Europea.

Cuatro años después de la salida definitiva del Reino Unido de la Unión Europea, el 31 de enero de 2020, y con este año llamado a ser un importante año electoral para el futuro del país, el texto se lee como una curiosidad, una fuente para historiadores del punto de inflexión que supuso el Brexit, a ambos lados del Canal de la Mancha. Revela el optimismo desenfrenado de quienes, desde el Partido Conservador hasta el Ukip (por no hablar de los brexiters de izquierda, los partidarios del Lexit), creían que abandonar la Unión garantizaría al Reino Unido un futuro radiante.

Antes de leer una traducción comentada, que contrapone algunas cifras muy reales a las fantasiosas expectativas de Daniel Hannan, quizá podamos insistir en dos puntos.

Por un lado, el texto atestigua la convicción de muchos partidarios del Brexit de que Europa reaccionaría a la salida del Reino Unido dividiéndose: otros países la emularían, mientras que la Unión Europea aceptaría las condiciones que le impusiera su antiguo socio. Lo suficientemente fuerte como para poner en marcha, e imponer, regulaciones y directivas puntillosas que perjudicaran específicamente al Reino Unido, la Unión habría sido incapaz de definir una agenda común ante el anuncio de su salida.

Por otra parte, la certeza de que el Brexit se producirá en términos favorables al Reino Unido se nutre ya de una fe absoluta en la singularidad global del país: «la quinta economía y la cuarta potencia militar del mundo, uno de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y miembro destacado del G7 y de la Commonwealth». Estos términos recuerdan a los utilizados por algunos protagonistas del debate político francés. Como era de esperar, se trata de los dos países en los que una parte de la élite considera que la pérdida de los imperios coloniales es la causa de una pérdida de prestigio internacional a la que hay que oponerse a toda costa. En suma, la retórica de la Global Britain, que ha alimentado al Partido Conservador durante los últimos ocho años, está empezando a emerger.

Cuatro años después del Brexit, casi ocho años después del referéndum, vale la pena releer este Volver al futuro geopolítico. Ofrece muchas claves para entender el Reino Unido contemporáneo.

Es 24 de junio de 2025 y Gran Bretaña celebra su Día de la Independencia. Mientras los fuegos artificiales estallan en el no tan oscuro cielo estival, nos preguntamos por qué nos tardamos tanto en marcharnos. Los años transcurridos desde el referéndum de 2016 no solo han revitalizado nuestra economía, democracia y libertad, sino que han mejorado nuestras relaciones con nuestros vecinos.

Un estudio encargado por el alcalde de Londres, ciudad en la que el 60% de los electores votó por permanecer en la Unión Europea en 2016, cifra en 140 mil millones de libras el costo del Brexit para el Reino Unido en 2023. Es más, aunque el tema no sea una preocupación central para los votantes cuando el Parlamento se renueve en otoño, una proporción creciente de británicos lamenta el Brexit desde 2021: es sobre todo la gestión de la salida del Reino Unido lo que está siendo objeto de críticas.

El Reino Unido es ahora la primera economía del conocimiento de la región. Somos líderes mundiales en biotecnología, derecho, educación, audiovisual, servicios financieros y software. En todo el país han surgido nuevas industrias, desde la impresión en 3D hasta los coches sin conductor. Las industrias más antiguas también se han recuperado a medida que los precios de la energía han vuelto a caer a niveles mundiales: los productores de acero, cemento, papel, plásticos y cerámica han vuelto a ser competitivos.

Al haber escrito este texto casi seis años antes de la invasión rusa a gran escala de Ucrania, Daniel Hannan no podía prever la histórica subida de los precios de la energía que eso provocaría en Europa. Aunque en el Reino Unido ya se habían registrado subidas significativas, en septiembre y diciembre de 2021, la guerra empeoró aún más la situación para los consumidores y las empresas británicas. En el primer semestre de 2023, los precios del gas y la electricidad en el Reino Unido eran más altos que en la mayoría de los países de la Unión: de los 27, sólo cuatro tenían precios del gas más altos y dos tenían precios de la electricidad más altos. Los precios al consumo del gas y la electricidad en el Reino Unido subieron mucho más rápido que la media de la Unión en 2022, y las caídas de precios en 2023 fueron más tardías que en la mayoría de los demás países europeos. Además, según un informe de la Agencia Internacional de la Energía, desde 2019, el Reino Unido ha registrado un aumento del 19% en los precios de la electricidad por año, muy por encima de la media mundial. Por ejemplo, supera con creces el aumento medio anual del 5% registrado en Estados Unidos entre 2019 y 2023.

La Unión Europea, por su parte, sigue replegándose sobre sí misma, aferrada a su sueño de convergencia política, mientras se agravan las crisis del euro y de la inmigración. Su población envejece, su participación en el PIB mundial se reduce y sus ciudadanos protestan. «Tenemos los derechos de los trabajadores más completos del mundo», se queja Jean-Claude Juncker, que acaba de iniciar su segundo mandato como presidente de la Federación Europea, «pero cada vez tenemos menos trabajadores».

Lo último que quería la mayoría de los líderes europeos, una vez superada la conmoción, era una larga disputa con el Reino Unido que, el día de su salida, se convirtió en su mayor mercado. Las condiciones se fijaron con bastante facilidad. Gran Bretaña se retiró de las estructuras e instituciones políticas de la Unión, pero mantuvo sus acuerdos de exención arancelaria. Se confirmaron los derechos de los ciudadanos de la Unión que vivían en el Reino Unido y se mantuvieron varios acuerdos recíprocos sobre asistencia sanitaria y otros asuntos. Por razones de conveniencia administrativa, el Brexit entró oficialmente en vigor el 1 de julio de 2019, coincidiendo con los mandatos de un nuevo Parlamento Europeo y una nueva Comisión.

Ese día no marcó una salida repentina, sino el inicio de una reorientación gradual. Como había dicho el líder de la campaña por la permanencia, Lord Rose, durante la campaña del referéndum: «No será un cambio gradual, sino un proceso suave». Y tenía razón.

En muchos ámbitos, ya sea por economías de escala o porque las normas se establecen en gran medida a nivel mundial, el Reino Unido y la Unión Europea han seguido adoptando las mismas normas técnicas. Sin embargo, a partir de 2019, el Reino Unido podrá empezar a renunciar a las normativas cuyo costo de cumplimiento supere los beneficios.

La directiva de ensayos clínicos de la Unión, por ejemplo, ha acabado con gran parte de la investigación médica en Gran Bretaña. Al apartarnos de esa directiva, volvemos a estar a la vanguardia del progreso mundial. Al quedar exento de las normas de protección de datos de la Unión, Hoxton se ha convertido en la capital mundial del software. Gran Bretaña ya no se ve obstaculizada por las restricciones impuestas por Bruselas a las ventas, la publicidad y el comercio electrónico.

Los años posteriores al Brexit han estado marcados por una drástica caída de la inversión interna en el Reino Unido. En 2021, los flujos de inversión extranjera directa (IED) fueron negativos. En otras palabras, las empresas extranjeras retiraron más inversión de la que realizaron. Aunque las entradas de IED repuntaron en 2022, solo alcanzaron los 14 100 millones de dólares, menos de una quinta parte de la media observada en el periodo 2016-2019. Según el estudio encargado por el alcalde de Londres, en 2035 la inversión total en el Reino Unido podría ser un 32.4% menor de lo que habría sido si el país hubiera permanecido en la Unión.

Otras normativas europeas poco conocidas han causado enormes perjuicios. La directiva REACH, que restringe la importación de productos químicos, ha impuesto enormes costos a los fabricantes. La prohibición de suplementos vitamínicos y hierbas medicinales ha provocado el cierre de muchas tiendas de productos de salud. El mercado del arte londinense se vio brutalmente afectado por las normas de la Unión sobre el IVA y los impuestos retroactivos. Todos estos sectores han vuelto a la vida.

Los servicios financieros están en auge, no sólo en Londres, sino también en Birmingham, Leeds y Edimburgo. A los eurócratas nunca les gustó mucho la City, a la que consideraban un parásito. Antes del Brexit, atacaron Londres con regulaciones que no solo eran perjudiciales sino, en algunos casos, francamente malévolas: la directiva sobre gestores de fondos de inversión alternativos, la prohibición de las ventas en corto, el impuesto sobre las transacciones financieras, las restricciones sobre los seguros. Tras la salida de Gran Bretaña, la normativa de la Unión se hizo aún más restrictiva, lo que llevó a más exiliados a abandonar París, Fráncfort y Milán. Ninguna otra ciudad europea podía aspirar a competir: sus elevadas tasas del impuesto sobre la renta de las personas físicas y de sociedades, sus prácticas laborales restrictivas y la falta de servicios de asistencia dejaron a Londres sin competidor.

Sólo en Londres, el Brexit representaría una pérdida de 300 mil empleos en 2023 y de 500 mil para 2035. Al abandonar la Unión, el Reino Unido ha puesto en peligro su condición de capital financiera. Desde el referéndum de junio de 2016, el 44% de las mayores empresas de servicios financieros del Reino Unido han anunciado planes para trasladar parte de sus operaciones y/o empleados a la Unión, una tendencia que se ha reforzado entre 2017 y 2021. En Europa, varias ciudades se han beneficiado de esta tendencia. Fráncfort y París fueron los destinos de reubicación más populares para el sector bancario, pues atrajeron a 19 y 15 bancos de inversión respectivamente, mientras que los gestores de patrimonio y activos eligieron principalmente Dublín (18) y Luxemburgo (14). Las aseguradoras optaron por diversos destinos, entre ellos Dublín, Bruselas, Luxemburgo y París.

Otras ciudades también han tenido un auge, como Liverpool y Glasgow, que se habían encontrado en el lado equivocado del país cuando se introdujeron gradualmente las tarifas de la Comunidad Europea durante la década de 1970. En 2016, la viabilidad de nuestros puertos comerciales se vio amenazada por la directiva de servicios portuarios de la Unión, uno de los varios proyectos de reglamento que se habían retrasado para no favorecer el voto del Brexit. Hoy, el Reino Unido ha vuelto a convertirse en un centro mundial del transporte marítimo.

El petróleo y el gas de esquisto llegaron, casi providencialmente, justo cuando las reservas del Mar del Norte se estaban agotando y la mayor parte de la infraestructura ya estaba instalada. Fuera de la Unión, pudimos aumentar esta ganancia inesperada comprando paneles solares chinos baratos. Como resultado, nuestras facturas de combustible se redujeron, lo que impulsó la productividad, aumentó los ingresos de los hogares e impulsó la economía en su conjunto.

En los 12 meses transcurridos desde la votación, Gran Bretaña ha confirmado a los distintos países que tienen acuerdos comerciales con la Unión que éstos continuarán. También ha aprovechado este periodo para acordar condiciones mucho más liberales con países que se habían enfrentado al proteccionismo de la Unión, sobre todo India, China y Australia. Estos nuevos tratados entraron en vigor poco después de la independencia. Al igual que los países de la AELC, Gran Bretaña combina ahora el libre comercio mundial con la plena participación en los mercados de la Unión.

Nuestras universidades prosperan, acogen a los estudiantes más brillantes del mundo y, cuando procede, les cobran en consecuencia. Sus ingresos aumentan en proporción, mientras siguen colaborando con centros de investigación de Europa y de todo el mundo.

El número de visados de estudiante concedidos cada año lo deciden los diputados del Parlamento, que, al no tener que preocuparse ya por la inmigración ilimitada procedente de la Unión Europea, pueden permitirse una visión a largo plazo. El Parlamento fija el número de permisos de trabajo, el número de plazas para refugiados y las condiciones de reagrupación familiar. Un sistema de inmigración por puntos invita a los mejores talentos del mundo, y la sensación de haber tenido que ganarse una plaza competitivamente hace que los recién llegados lleguen con un orgullo y un patriotismo acordes.

No es de extrañar que otros países europeos hayan optado por copiar el acuerdo británico con la Unión, basado en un mercado común más que en un gobierno común. Algunos de estos países son miembros de la AELC (Noruega, Suiza e Islandia están alineando sus acuerdos con los nuestros). Otros vienen de más lejos (Serbia, Turquía, Ucrania). Por último, algunos nos han seguido y han abandonado la Unión (Dinamarca, Irlanda, Países Bajos).

Como versión europea del discurso sobre la Global Britain, este párrafo es una fuente fascinante para entender las representaciones de la geopolítica pro-Brexit. Mientras el Reino Unido estuvo en la Unión, encontró puntos de convergencia con otros Estados miembros, que compartían su escepticismo sobre los planes de una mayor integración, ya fuera política o económica. Pero el caso de los Países Bajos subraya la ruptura constituida por el referéndum de 2016, como explicó Tom de Bruijn: «Sin embargo, el acontecimiento político que más influyó en el estado de ánimo europeo neerlandés fue el referéndum del Brexit en el Reino Unido. La clase política tradicional, incluidos los partidos que habían coqueteado por motivos electorales con posiciones reservadas hacia Bruselas, se dieron cuenta de que existía el riesgo de que este tipo de discurso despertara una peligrosa tormenta antieuropea; peligrosa porque un ‘Nexit’ sería un desastre no sólo para la economía holandesa, sino, también, para la estabilidad de Europa en su conjunto. Esto explica no sólo la vuelta a la retórica proeuropea (por ejemplo, por parte del primer ministro Rutte), sino la posición extremadamente dura de los Países Bajos en las negociaciones sobre las condiciones de la salida británica».

El Reino Unido encabeza ahora un bloque de 22 Estados que forma una zona de libre comercio con la Unión Europea, pero permanece al margen de sus estructuras políticas. Por su parte, los 24 Estados miembros de la Unión han proseguido su fusión económica, militar y política. Ahora tienen una fuerza policial y un ejército comunes, un impuesto sobre la renta paneuropeo y un sistema de seguridad social armonizado. Estos avances han provocado referendos en otros tres Estados de la Unión sobre la conveniencia de copiar a Gran Bretaña.

Pero quizá el mayor beneficio no sea fácil de cuantificar. Gran Bretaña ha recuperado la confianza en sí misma. Cuando abandonamos la Unión, erguimos la cabeza, miramos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta de que seguíamos siendo una nación a tener en cuenta: la quinta economía y la cuarta potencia militar del mundo, uno de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y miembro destacado del G7 y de la Commonwealth. También señalamos que somos el primer exportador mundial de «poder blando», que nuestra lengua es la más estudiada del mundo y que estamos vinculados por parentesco y migración a todos los continentes y archipiélagos. Vimos que había grandes oportunidades más allá de los océanos y más allá de la eurozona. Sentíamos que aún no había llegado nuestro momento.

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