Cien años de soledad geopolítica

"Que el mundo perezca con Rusia." Hoy en día, la "soledad del mestizo" se consigue mediante la guerra total y la huida hacia adelante. Ocho años antes de la invasión de Ucrania, Vladislav Surkov, el ideólogo del putinismo, había teorizado el aislamiento ruso.

Autor
Guillaume Lancereau
Trad.
Ana Inés Fernández
Portada
© AP PHOTO/PETER DEJONG

Vladislav Surkov, cuya reputación en Occidente parece limitarse a los círculos de especialistas en la Rusia contemporánea, es una de las figuras centrales del entorno de Vladimir Putin. Sus funciones como mano derecha del presidente de la Federación hasta el verano de 2020 le valieron el título de «eminencia gris del Kremlin» (seryj kardinal Kremlja). Sus habilidades diplomáticas se pusieron a prueba en suelo ucraniano, donde su influencia con Viktor Janukovič en 2014 fue especialmente notable. Acusado por sus críticos de ser uno de los principales responsables de la monopolización del poder político por parte del partido gubernamental Rusia Unida (Edinaja Rossija) y de la erradicación de la oposición mediática y política, ha sido el principal ideólogo del Kremlin durante los últimos veinte años.

El artículo traducido a continuación es una de sus principales intervenciones teóricas. Publicada en la revista especializada en geopolítica, Rusia en la política mundial (Rossija v global’noj politike), esta intervención de 2018 se sitúa precisamente a medio camino entre los acontecimientos ucranianos de 2014 y la guerra en curso. La posición que ahí expresa Vladislav Surkov puede resumirse así: si bien la historia de Rusia está inextricablemente unida a la de Oriente y Occidente, ese país-continente sigue siendo una entidad independiente. La ruptura de 2014, que se hizo oficial con la cuestión ucraniana y las sanciones de Occidente, es un acto de divorcio que condena a Rusia al aislamiento geopolítico. Esta última ya no tendría nada que esperar de Occidente y debería abrazar por completo su destino de «mestizo» solitario.

Este artículo, con una prosa original y elaborada, alejada de los tópicos patrióticos en los que suelen caer los ideólogos activos en la “gran prensa» rusa, fue muy comentado —en Rusia y en otros países— cuando se publicó, y fue recibido de diferentes maneras. Algunos lo vieron no tanto como un gesto de previsión geopolítica como un intento de justificar los errores acumulados por el gobierno ruso desde 2014. Otros se alegraron de ver por fin que los dirigentes del Kremlin hicieran de la necesidad virtud y reconocieran el verdadero destino de este hápax histórico y geopolítico que es Rusia. Sin embargo, muchos analistas no pudieron dejar de señalar la falta de credibilidad del divorcio entre Rusia y Europa que profetiza el autor.

Las opiniones que despliega Vladislav Surkov no sólo tienen una relevancia inmediata. El autor ancla sus observaciones en el largo plazo y evoca hechos desde el siglo XVI hasta el XX. Esto no es sorprendente, ya que Surkov se ha hecho famoso por su teoría de los «cuatro modelos de Estado» en Rusia: El Estado de Iván III entre los siglos XV y XVII, el de Pedro el Grande entre los siglos XVIII y XIX, el de Lenin en el siglo XX y el de Putin en el siglo XXI (este último destinado, según el autor, a durar tanto como el «Estado galo» en la Francia de la Quinta República, el «Estado de Atatürk» en la Turquía contemporánea o el «Estado de los Padres Fundadores» en Estados Unidos. 

A pesar de sus insistentes referencias a la antigua Rusia, el artículo de Vladislav Surkov en realidad nos lleva al siglo XIX. Fue entonces cuando el movimiento de occidentalización —iniciado por Pedro el Grande en el siglo anterior— y la idea de un Sonderweg ruso (osobennyj puy’ Rossii), comenzaron a ocupar un lugar central en el debate político y cultural. Nicolás I (1825-1855) inauguró el discurso estatal sobre la identidad nacional rusa (narodnost’) asociándolo a la idea de una «Rusia Santa» (Svjataja Rus’), elegida por Dios. Al mismo tiempo, las décadas de 1830 y 1840 vieron cómo una nueva generación de intelectuales se enfrentaba a la modernización del país y a la relación que debía mantener con Occidente. Mientras que los «occidentalistas» (zapadniki) abogaban por el acercamiento, la colaboración y la emulación de Europa, los «eslavófilos» (slavjanofily) le conferían a Rusia un futuro y una función histórica distintos, en nombre de una contradicción insoluble entre los valores supuestamente rusos y los supuestamente propios de Occidente (materialismo frente a espiritualismo, individualismo frente a colectivismo, razón frente a fe, sentimiento o fuerza vital). La dialéctica del atraso y el avance entre los dos espacios y la tensión entre autonomía e integración internacional seguían impregnando los enfrentamientos entre los socialistas rusos de fines del siglo XIX.El divorcio anunciado por Vladislav Surkov nos regresa a esos debates obsoletos, que siempre han mostrado dos reflejos de pensamiento: el determinismo y el esencialismo. Determinismo: en la visión desesperada de la historia que se nos da aquí, son los muertos los que gobiernan a los vivos, es la «sangre», derramada o hirviendo, la que controla el destino del presente. Esencialismo: la «Rusia» en cuestión se plantea en última instancia como una entidad abstracta, que actúa como un iconostasio entre los rusos y su futuro. En ambos casos, este discurso revela nada menos que una ontología de lo social: según sus postulados, no existen los «rusos», animados por culturas, ambiciones e imaginarios plurales, sino una masa pasiva, atrapada entre las garras de su pasado y esclava de una entidad superior, «Rusia». Siempre actuados, nunca actores, sus destinos quedarían así en manos de los zares, los únicos portadores de la voz de la Madre Rusia, de la Santa Rusia, pero también de la Rusia atómica, aquélla cuyo presentador de la cadena gubernamental, Dimitri Kiselëv, dijo, este domingo 27 de febrero, mientras exaltaba el poder de destrucción nuclear del país: «¿Qué nos importa el mundo si Rusia ya no existe en él?, o, en otras palabras: «Que el mundo perezca con Rusia». El futuro juzgará esta ontología sierva, emanación atónica de la autocracia en el poder, y dirá si los propios rusos se reconocen en esta inalcanzable «soledad».

«Hay muchos tipos de oficios, algunos de los cuales sólo pueden realizarse en un estado ligeramente distinto al normal. Así, por ejemplo, un proletario de la industria periodística, un mero proveedor de noticias frescas, es por regla general una persona con un cerebro frenético, que vive en una especie de febrilidad permanente. No es de extrañar, ya que todo el sector de la información se encuentra en una carrera contra el tiempo: debe saberlo todo antes que los demás, comunicarlo todo antes que los demás, interpretarlo todo antes que los demás.

Estos mismos informadores contagian su febrilidad a los que informan. Al mismo tiempo, quienes la padecen suelen tomar su estado de febrilidad por un verdadero proceso intelectual, cuando no lo sustituye por completo. De ahí la tendencia a eliminar de su entorno objetos tan duraderos como las «convicciones» y los «principios» en favor de las «opiniones» desechables. De ahí también la total incoherencia de sus previsiones, lo que, por cierto, no parece molestar a nadie. Tal es el precio de las prisas y de la primacía de la información.

Son pocos los que pueden percibir el silencio burlón del destino, ahogado por el estruendo constante de los medios de comunicación. Pocos prestan atención a la información lenta y masiva, la que no surge de la espuma de la vida, sino de sus profundidades, del lugar donde se mueven y chocan las estructuras geopolíticas y los periodos históricos. Si sus significados sólo se nos muestran tras los hechos, nunca es demasiado tarde para tomar conciencia de ellos.

El año número 14 de este siglo se volvió memorable por una serie de logros importantes y significativos, conocidos por todos y de los que ya se ha dicho todo. Pero es ahora cuando se nos revela el acontecimiento fundamental de ese año, cuando nos llega su tardía y profunda enseñanza. Este acontecimiento no es otro que el final del épico viaje de Rusia hacia Occidente, la culminación de sus numerosos e infructuosos intentos de integrarse a la civilización occidental, de unirse a la «buena familia» de los pueblos europeos. 

Este año 14 de nuestro siglo inauguró una nueva era, de duración aún desconocida, la «era 14+», que nos reserva cien, doscientos, trescientos años, quién sabe, de soledad geopolítica.

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Durante cuatro siglos, no se ha dejado piedra sin remover en la occidentalización de Rusia, iniciada a la ligera por el «falso Dimitri» y proseguida con decisión por Pedro I. ¿Qué no ha hecho Rusia para imitar a Holanda y Francia, para convertirse en Estados Unidos o Portugal? ¿Qué esfuerzos no ha hecho para integrarse plenamente a Occidente? Todas las convulsiones de Occidente y todas las ideas que nos han llegado de ahí han sido acogidas por nuestra élite con un entusiasmo fenomenal y, quizá en parte, excesivo. 

Lžedmitrij o «el falso Dimitri», zar de 1605 a 1606 durante la «Época de la Inestabilidad», apoyado por el rey de Polonia. Véase, en particular, Yves-Marie Bercé, Le Roi caché. Sauveurs et imposteurs: mythes politiques populaires dans l’Europe moderne, París, Fayard, 1990.

Nuestros autócratas se casaban obstinadamente con mujeres alemanas; nuestra nobleza y burocracia imperial estaban pobladas de «extranjeros errantes». Pero si los europeos se han ido rusificando en masa y con mucha rapidez gracias al contacto con Rusia, los rusos no se han europeizado en absoluto.

La expresión «brodjažnye inozemcy» procede probablemente del poema Russkij Bog (El Dios ruso) de Pëtr Vjazemskij (1792-1878). 

Con triunfos y sacrificios, el ejército ruso ha luchado en todas las grandes guerras de Europa, cuya experiencia demuestra que bien puede considerarse como el continente más propenso a la violencia de masas y el más proclive a los baños de sangre. Estas grandes victorias y sacrificios nos han aportado muchos territorios occidentales, pero ni un solo amigo. 

En nombre de los valores europeos (entonces de carácter religioso-monárquico), San Petersburgo inició y garantizó la Santa Alianza de las tres monarquías. Cumplió concienzudamente sus deberes de aliado cuando hubo que salvar a los Habsburgo de la insurrección húngara. Pero cuando la propia Rusia se encontró en una situación desafortunada, Austria, a la que acababa de rescatar, no sólo se negó a ayudar, sino que incluso se volvió contra su aliado.

Un año después del levantamiento húngaro de 1849 contra el Imperio austriaco de Francisco José, un ejército de 150,000 soldados rusos comandados por el general Paskevič devolvió a Hungría al redil del Imperio.

Posteriormente, los valores europeos se invirtieron: Marx se puso de moda en París y Berlín. Algunas personas de Simbirsk y Yánovka querían que ocurriera lo mismo en Rusia. Les aterrorizaba que Occidente, entonces amante del socialismo, los dejara atrás. Tenían tanto miedo de que la revolución mundial, supuestamente liderada por los trabajadores europeos y estadounidenses, ignorara su territorio remoto. Hicieron todo lo que pudieron. Pero cuando las ráfagas de la lucha de clases se apagaron, la URSS, construida con un esfuerzo asombroso, se encontró con que la revolución mundial no había sucedido, que el mundo occidental no se había convertido en un mundo campesino-obrero, sino en lo contrario, un mundo capitalista, y que, por lo tanto, los crecientes síntomas del socialismo autista tendrían que ocultarse cuidadosamente tras una cortina de hierro. 

Simbirsk y Janovka son los lugares de nacimiento de Lenin y Trotsky respectivamente.

A finales del siglo pasado, Rusia se cansó de su aislamiento y buscó de nuevo integrarse a Occidente. Está claro que nuestro tamaño resultó ser un factor importante. Demasiado grandes, demasiado espantosamente tentaculares; simplemente no encajaríamos en Europa. Por lo tanto, teníamos que reducir nuestro territorio, nuestra población, nuestra economía, nuestro ejército y nuestras ambiciones a las proporciones de cualquier país de Europa Central, y sólo entonces podríamos ser uno de ellos. Nos hemos disminuido a nosotros mismos. Creímos en Hayek con la misma intensidad con la que antes creímos en Marx. Nuestro potencial demográfico, industrial y militar se redujo a la mitad. Nos separamos de las repúblicas de la Unión y empezamos a separarnos de las repúblicas autónomas… Pero incluso esta Rusia, disminuida y humillada, no encontró su lugar en el gran giro hacia Occidente. 

Por fin decidimos poner fin a la degradación y la humillación y, sobre todo, hacer valer nuestros derechos. Por lo tanto, los acontecimientos de 2014 fueron inevitables. 

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A pesar de las aparentes similitudes entre los modelos culturales ruso y europeo, no funcionan con el mismo software ni con las mismas interfaces. No se les permite formar un sistema común. Ahora que este presentimiento se ha convertido en un hecho innegable, brotan sugerencias: ¿por qué no girar en la otra dirección? ¿A Asia, a Oriente? 

No es necesario, por una razón muy sencilla: Rusia ya ha estado allí. 

El protoimperio de Moscú nació de una compleja colaboración político-militar con la Horda Asiática, un entramado que algunos suelen llamar «yugo», y otros, «alianza». Yugo o alianza, libre o forzado, el vector oriental de desarrollo ya se eligió y se probó alguna vez. 

Incluso después del «gran encuentro del río Ugrá», el zarato ruso seguía siendo fundamentalmente parte de Asia. Con gusto se anexó tierras orientales. Reivindicó la herencia de Bizancio, la Roma de Asia. Estaba bajo la abrumadora influencia de ilustres familias de la Horda.

El «gran encuentro del río Ugrá» es un acontecimiento de 1480 que marca clásicamente el fin del dominio tártaro sobre Rusia (1236-1480).

El colmo del asiatismo moscovita fue el nombramiento del Kan de Qasim, Simeón Bekbulatovič, como gran príncipe de todas las Rusias. Los historiadores, que suelen considerar a Iván el Terrible como una especie de «oberiu» con el gorro de Monómaco, atribuyen sus «desviaciones» a su carácter ligero, pero la realidad era más grave. Después del Terrible, se formó un sólido partido de la corte que hizo campaña para que Simeón Bekbulatovič se convirtiera en zar. Boris Godunov tuvo que exigir que, al jurar su cargo, los boyardos renunciaran a reclamar el trono para Simeón Bekbulatovič y sus descendientes. En otras palabras, el gobierno estaba a punto de quedar bajo control de una dinastía gengiskaní evangelizada y de consagrar el paradigma de desarrollo «oriental». 

Simeón Bekbulatovič, gran príncipe de todas las Rusias en 1575-1576, de origen tártaro.

Sin embargo, ni Bekbulatovič ni los Godunov (descendientes de una noble familia tártara) tendrían futuro. Había llegado el momento de la invasión polaco-cosaca, que trajo a Moscú nuevos zares de Occidente. Por muy breves que sean los reinados del falso Dimitri —mucho antes de que Pedro irritara a los boyardos con sus maneras europeas— y del príncipe polaco Vladislav, son muy simbólicos. A su luz, la Época de la Inestabilidad ya no aparece como una crisis dinástica, sino como una crisis de civilización. Rusia se ha desprendido de Asia y ha iniciado su traslación hacia Europa. 

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Así, durante cuatro siglos, Rusia ha ido avanzando hacia el este, y durante otros cuatro, hacia el oeste, sin arraigarse ni aquí ni allí. Ha viajado en ambos sentidos. Ahora formulará teorías sobre la tercera vía, el tercer tipo de civilización, el tercer mundo, la tercera Roma…

Y sin embargo, probablemente no seamos una tercera civilización. Lo más probable es que seamos una civilización dual y ambivalente. Situada en Oriente y en Occidente, tanto europea como asiática, sin ser totalmente asiática ni totalmente europea. 

Nuestra filiación cultural y geopolítica recuerda a la identidad errante de una persona nacida de un matrimonio mixto. En todas partes es «de la familia», sin ser «la familia» en ninguna parte. En casa entre extraños; una extraña entre los suyos. Capaz de entender a todo el mundo pero incomprendida por todos. Mestiza, de sangre mixta, extraña. 

Rusia es, en efecto, este país bastardo, occidental-oriental. Con su forma de Estado bicéfalo, su mentalidad híbrida, su territorio intercontinental, su historia bipolar, es, como todos los mestizos, carismática, talentosa, bella y solitaria. 

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Las palabras más destacadas de Alejandro III, «Rusia sólo tiene dos aliados: el ejército y la flota», son quizá la metáfora más clara de la soledad geopolítica que Rusia ya debería asumir como destino. Por supuesto, la lista de aliados puede ampliarse a voluntad: nuestros trabajadores y profesores, el petróleo y el gas, la clase creativa y los bots patrióticos, el «general Nieve» y el archiestratega Mijaíl… La conclusión sigue siendo la misma: somos nuestros propios aliados. 

El «general Nieve» es uno de los nombres dados al invierno, aliado de los rusos contra los invasores. El «archiestratega» uno de las epíclesis del arcángel Miguel en el cristianismo ortodoxo.

¿De qué estará hecha esta futura soledad? ¿Será la vida vegetativa de un campesino solitario en medio de la nada? ¿O será la feliz soledad del líder, de una nación alfa que avanza, ante la cual «los demás pueblos y naciones se apartan y ceden el paso»? Depende de nosotros.

Cita de Almas muertas de Nikolai Gogol (conclusión del capítulo XI del volumen I).

La soledad no significa el aislamiento total, pero tampoco la apertura infinita: cada una de estas opciones significaría repetir los errores del pasado. Pero el futuro conocerá sus propios errores; los del pasado no le sirven.

Sin duda, Rusia comerciará, atraerá inversiones, intercambiará conocimientos, luchará (porque la guerra también es una forma de comunicarse), participará en proyectos conjuntos, integrará organizaciones, competirá y colaborará, despertará miedo y odio, curiosidad, simpatía y admiración. Sólo que lo hará sin falsos objetivos ni autodesprecio.

Será difícil; más de una vez escucharemos ese gran clásico de la poesía nacional: «Alrededor, zarzas, zarzas, zarzas… p**a, ¿cuándo llegarán las estrellas?”.

Letra de la canción «Nevaljaška» del rapero ruso Oxxxymiron (2013), que recientemente canceló una serie de conciertos en Moscú y San Petersburgo en protesta por la guerra en Ucrania.

No nos lo podemos perder… Y habrá estrellas.

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